La campaña de Manos Unidas forma parte ya de nuestra conciencia social en la lucha contra el hambre en el mundo. La solidaridad entre todos los seres humanos, propia de la fe cristiana y puesta de relieve con insistencia en el magisterio del Papa Francisco, nos impide contemplar los problemas del hombre desde un punto de vista meramente individual. Todo lo que afecta al individuo es una cuestión social, que involucra a la sociedad entera y a sus instituciones. El individualismo no encaja en la naturaleza del cristianismo: ni en la oración dominical, que empieza con «Padre nuestro», ni en la cumbre de la liturgia que es la eucaristía, donde Cristo se ofrece por toda la humanidad.

            Ser indiferente a las problemas del hombre es desvincularse de la propia identidad y negarse a sí mismo en cuanto miembro de la humanidad.

El pasado viernes, 28 de enero, los obispos de las provincias eclesiásticas de Valladolid, Toledo, Madrid y el arzobispo castrense de España fuimos recibidos por el Papa Francisco en la audiencia que concede al finalizar las reuniones con los organismos de la Santa Sede con ocasión de la visita ad limina. Cada cinco años, los obispos estamos obligados a informar al sucesor de Pedro y cabeza del colegio episcopal de la marcha de nuestras diócesis. Fue un encuentro cordial, fraterno, sincero y «sin censuras», como le gusta decir al Papa a propósito de la colegialidad episcopal. Cada obispo pudo presentar al Papa sus inquietudes e impresiones sobre la marcha de la Iglesia. Previamente, en las reuniones con los llamados Dicasterios o Congregaciones (que son como los ministerios del Papa), habíamos tratado los temas prioritarios de nuestra tarea episcopal: familia y vida, evangelización y trasmisión de la

Conocer el corazón del hombre es tarea ardua e inacabable.  Por mucho que creamos conocer la interioridad de la persona, siempre hay algo que se nos escapa, por incapacidad nuestra o por decisión de quien se guarda sus secretos. Según la Biblia, el corazón es la sede de los afectos, y estos son inestables y caprichosos. El hombre puede cambiar si se deja llevar de sus estados anímicos, pero también por impulsos de una voluntad poco consistente. Pasamos del amor a la indiferencia o al desprecio; del interés a la desidia; de la fe a la increencia. No extraña, pues, que el profeta Jeremías afirme: «Nada hay mas falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce?» (19,7). Y añade a continuación: «Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres». Lo que al hombre resulta difícil es fácil para Dios, que ha creado al hombre y escudriña los pliegues íntimos del corazón. También Jesús

Jueves, 20 Enero 2022 11:32

«Domingo de la Palabra de Dios»

El Papa Francisco ha instituido el domingo de la Palabra de Dios, que, en este año, coincide con el 23 de enero. Quiere el Papa que el pueblo de Dios reflexione, celebre y divulgue la Palabra de Dios contenida en la Escritura, es decir, en los libros que forman la Biblia. No es una palabra escrita sin más; es palabra viva, cada vez que se proclama en la liturgia o cada creyente la lee y medita en su corazón. Junto a la Eucaristía, la Palabra de Dios constituye el mayor tesoro de la Iglesia. Hay que reconocer que, a pesar del esfuerzo de la Iglesia por llevar la Palabra de Dios a la vida cotidiana de los cristianos, aún estamos lejos de conseguir este fin.

            En este domingo leemos dos lecturas muy afines que ayudan a entender la importancia de la Palabra de Dios. La primera, tomada del libro de Nehemías, reconstruye el

El padre Frédéric Manns, profesor del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén ha mostrado, con su habitual competencia, que en el Evangelio de Juan existe una «sinfonía esponsal». Desde el inicio del Evangelio, Juan Bautista se denomina «amigo del esposo», que es Cristo. El título «esposo», aplicado a Cristo, es quizás uno de los menos conocidos entre los cristianos de a pie. Otros títulos se han impuesto con más preeminencia: Mesías, Hijo de Dios, Hijo del Hombre. Pero este de «esposo» es de enorme importancia porque recoge la gran tradición del Antiguo Testamento, según la cual Dios es el esposo de Israel con quien se ha comprometido en una alianza eterna.  A nadie se le escapa que el título de «esposo» lleva consigo connotaciones humanas, afectivas y psicológicas que están ausentes en otros títulos. Podríamos decir que llamar a Jesús «esposo» es afirmar que en él, el hombre

Navidad es la fiesta familiar por excelencia. A pesar de la secularización e indiferencia religiosa, las familias se reúnen en Navidad como atraídas por una fuerza irresistible que se remonta a Belén. Allí, en la noche más clara de la historia, Dios habitó la escena humana en el seno de una familia que llamamos sagrada. Con toda sencillez lo cuenta san Lucas: «Y sucedió que, mientras estaban allí (María y José), le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre» (Lc 2,6). Sin retórica, sin amplificaciones legendarias, sin apelación a lo sobrenatural, el Hijo de Dios nace en nuestra carne constituyendo la familia que permanecerá para siempre como paradigma del amor mutuo y sin fisuras. Dios ha querido reflejar su vida trinitaria en la convivencia sobrecogedora de una virgen madre, un varón recto y justo y un niño cuyo nombre

La historia de la salvación es una sucesión ininterrumpida de promesas de Dios. Cuando los testigos de los acontecimientos de Cristo —apóstoles y evangelistas— deciden consignar por escrito lo que han visto, oído y tocado de Jesús, personaje histórico, recurrirán continuamente a las Escrituras para encontrar claves, indicios, anuncios más o menos explícitos y contrastarlo todo con lo que un exegeta alemán llama el «Cristo acontecido». Eran conscientes de que la presencia de Cristo entre los hombres tenía que ver necesariamente con la revelación al pueblo de Israel, llamado pueblo de las promesas. Con ese pueblo, el más pequeño de los pueblos de la tierra, Dios había hecho un pacto que ni siquiera el pecado podría romper. Israel sabía que Dios era fiel y cumpliría sus promesas. Cada promesa nueva era, en cierto sentido, una renovación de la alianza. Se explica, por tanto, que en los evangelios

En el Evangelio de este tercer domingo de Adviento, por tres veces consecutivas, diversos grupos de personas dirigen a Juan Bautista la misma pregunta en orden a la conversión: «¿Qué debemos hacer?». Quienes preguntan pertenecen a tres grupos bien definidos de personas que el evangelista describe como la gente en general, los publicanos y un grupo de soldados. A cada uno de ellos, el Bautista les marca una pauta de conducta antes de bautizarlos en el Jordán. En cuanto al primer grupo, la gente del pueblo llano, Juan les invita a practicar la caridad compartiendo con quienes no tienen ropa y comida. Vestir al desnudo y dar de comer al hambriento figuraban entre las obras típicas de misericordia, a las que alude Jesús en el juicio final: Tuve hambre y me distéis de comer, estuve desnudo y me vestisteis. Al grupo de publicanos, servidores públicos que recaudaban impuestos y tenían fama de abusar de la gente, el

La figura de Juan Bautista personifica la espiritualidad del Adviento. Algunas representaciones que se han hecho de él, basadas en los pocos datos que los evangelios ofrecen, rayan en la caricatura y hacen de él un personaje excéntrico, marginal y alejado de los intereses y problemas sociales. Sin embargo, sabemos que era un profeta influyente, capaz de hacer discípulos y convocar a la gente para la oración y la penitencia. Hasta el tetrarca Herodes Antipas, que ordenó su decapitación, lo respetaba, le oía con gusto, y lo defendía porque sabía que era un «hombre justo y santo» (Mc 6,19). Pero el mejor elogio de Juan lo hace Jesús, al presentarlo como el mayor entre los nacidos de mujer y definirlo como la lámpara que ardía y brillaba. El dato de que el prólogo del cuarto evangelio, que es un himno dedicado al Verbo eterno y encarnado, introduzca al Bautista y afirme que fue «enviado por Dios» como

El año litúrgico cristiano comienza con el tiempo de Adviento, invitación a la esperanza. Todo comienzo conlleva esperanza. Es el anhelo de llegar a término y culminar una obra en la que hemos comprometido el deseo más íntimo del corazón. Cuando no esperamos, la vida se congela en la tristeza, el sinsentido y la rutina de vivir. No hay meta.

            Desde la creación del hombre y el pecado que lo expulsó del paraíso, Dios ha mantenido a la humanidad con promesas de salvación. Podemos decir que Dios no ha dejado de echar aceite en la lámpara de la vida para que nunca se apagara la llama de la esperanza. Y cuando Cristo aparece en el horizonte de la historia humana, las promesas de Dios alcanzan su cumplimiento. Según dice san Pablo, «todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en él. Así, por medio de él, decimos