La Ascensión de Jesús a los cielos es el broche final de su vida histórica entre los hombres. Utilizo el adjetivo «histórica» a sabiendas de que esa vida también abarca los cuarenta días que discurren entre la Resurrección y su elevación a la derecha del Padre. Ese tiempo de resucitado también es histórico, aunque de manera diferente al del ministerio público. Los testigos que tuvieron la dicha de verlo resucitado fueron personas concretas, sujetos de la historia en la que Jesús resucitado se hace presente para compartir su vida con una novedad misteriosa y real al mismo tiempo.

La ascensión es el momento que pone fin a su dejarse ver, escuchar y tocar por testigos garantes de los hechos acontecidos. Describir la ascensión a los cielos era una empresa difícil al tener que conjugar la verdad de

Mucho se ha escrito sobre la misión del cristiano en el mundo desde la publicación de la Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual del Concilio Vaticano II. Las dos palabras latinas —alegría y esperanza— muestran el espíritu de este documento reflejado en el tenor de su redacción. En el Evangelio de hoy, Jesús, al despedirse de sus discípulos, nos ofrece el fundamento de ese espíritu y también habla de alegría y presupone la esperanza que nunca debe faltar en la misión de la Iglesia.

Para entender bien el discurso de Jesús, hay que tener en cuenta que el término «mundo», que aparece diez veces en el Evangelio de hoy, tiene un doble sentido: uno amplio, equivalente al conjunto de los hombres en la tierra; y otro restringido, que denota el sistema hostil a Jesús y a los suyos. Tanto Jesús como los

De todas las imágenes que Jesús utiliza para describir la relación entre él y los suyos, quizás la de la vid sea la más sugerente y, aunque nos remita al ámbito de la naturaleza, la más personalista. Tiene como trasfondo la imagen de la viña, cantada por Isaías, que presenta a Dios cuidando de Israel como hace un agricultor con su viña. Este la rodea con una cerca para librarla de alimañas, la descanta y la abona para que produzca buenos frutos. El desencanto del agricultor —el de Dios— sucede cuando, en lugar de dulces racimos, da agrazones.

La diferencia con el relato de Juan es que Jesús ocupa el lugar de Israel: él es la vid. Todo el amor de Dios se personaliza en él. Toda la vida procede de él. Toda la actividad viene de propia vitalidad. Los discípulos son sus sarmientos. Su vocación

La imagen del buen pastor, que da nombre al cuarto domingo de Pascua, comporta una idea fundamental para entender por qué Cristo se aplica a sí mismo este título tan entrañable: Yo soy el buen pastor que da la vida por sus ovejas. En contraste con los ladrones, salteadores y bandidos, Jesús no sólo cuida del rebaño, sino que, cuando llega el lobo, da la vida por el rebaño. Jesús insiste en que este gesto, el de amar y morir, nace de su soberana libertad. E insiste de forma inequívoca: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10,18).

Llama la atención, frente a esta claridad evangélica, que algunos exegetas expliquen la muerte de Cristo como algo inesperado para él, de forma que no tuvo más remedio que aceptar el

El relato de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es uno de los pasajes más conmovedores de los evangelios. Y también de las más actuales. Los peregrinos —representación del homo viator— somos los hombres en busca de certezas y calor de hogar. Los discípulos se alejan de Jerusalén porque consideran invento de mujeres el anuncio de la resurrección. Se alejan de la casa universal para ir a la propia. Caminan entristecidos. Conversan sobre lo sucedido utilizando, sin embargo, un lenguaje de creyentes. Pero su esperanza se ha desfondado.

La presencia de Jesús, que se une a ellos en el camino con total normalidad, no les alerta sobre su identidad. Jesús se interesa por la conversación que se traen y entra de lleno en el asunto, calificándoles de «necios y torpes». Ellos, que han definido a Jesús como «profeta poderoso en

Jueves, 08 Abril 2021 10:04

«La fe de Tomás» Domingo II de Pascua

El mismo día de la resurrección, al anochecer, Jesús se apareció a los apóstoles cuando estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Dice el Evangelio que Jesús se puso en medio de ellos, les saludó con la paz, les mostró las manos y el costado y, soplando sobre ellos, les concedió el Espíritu Santo con la potestad de perdonar los pecados. Los apóstoles —dice el evangelista— se llenaron de alegría al ver al Señor. Con estas breves indicaciones, se nos hace un perfecto resumen del significado de la resurrección. Jesús resucitado vuelve con los suyos —se pone en el centro—; se identifica como el Crucificado mostrando sus llagas; les otorga la paz, que no es un simple saludo, sino la plenitud de los bienes mesiánicos; sopla sobre ellos, como sopló Dios sobre el barro de Adán insuflando vida, para concederles la capacidad de perdonar pecados. La alegría es el signo de la salvación

La importancia de los dogmas se valora, entre otros argumentos, por los ataques que reciben. Desde el inicio del cristianismo, verdades como la encarnación del Hijo de Dios y la resurrección se atacaron fuera y dentro de la Iglesia. La razón era la misma: desprecio por la carne, que se consideraba indigna de Dios e incompatible con la vida del más allá. Ya en escritos del Nuevo Testamento se defiende con firmeza que Dios y la carne del hombre no son incompatibles. San Pablo tuvo que salir en defensa de la resurrección de Cristo, sin la cual el cristianismo sería una pura ficción.

Cuando, a partir del siglo XVIII, comienza la crítica racionalista de los evangelios, el punto de mira es la resurrección de Cristo, que queda diluida en una experiencia íntima de los apóstoles, los cuales no se resignaban al fracaso de Jesús. Cuando se vuelve

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Su liturgia aúna los dos aspectos del Triduo Pascual: la gloria y la cruz. La procesión de Ramos es preludio del triunfo pascual. Según el Evangelio de Marcos, proclamado al bendecir los ramos, Jesús planifica su entrada en Jerusalén inspirado en la profecía de Zacarías, que presenta al Mesías como rey humilde y pacífico montado en una borriquilla. Merece destacarse algunos detalles del relato, en el que Jesús se llama a sí mismo «Señor», título que corresponde al Resucitado.

Llama la atención que Jesús haya previsto lo que va a suceder: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto» (Mc

El Día del Seminario tiene este año el siguiente lema: «Padre y hermano, como san José». En el año dedicado a san José, se quiere resaltar la condición del sacerdote como hermano y padre de los hombres. El sacerdote es tomado de entre los hombres, sus hermanos, para ser constituido padre por el sacramento del orden. Se trata de la paternidad nacida de la predicación de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Como dice san Pablo, «por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Cor 4,15).

Son muchas las virtudes de san José que el Papa Francisco resalta en su carta apostólica Patris corde («con corazón de padre») para este año jubilar: ternura, obediencia, acogida, valentía creativa, laboriosidad. Lo presenta finalmente como si fuera para Jesús «la sombra

A medida que nos acercamos a la Semana Santa, el drama de Jesús se hace más patente en la Liturgia bajo imágenes diversas. En el Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma, Jesús dice a Nicodemo que de la misma manera que Moisés elevó a la serpiente de bronce en el desierto, «así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). Esta elevación no es simbólica, como lo fue la serpiente de bronce que Dios ordenó levantar como un estandarte para que los mordidos por serpiente se curaran al mirarla. Jesús se refiere a que será «levantado» en la cruz para salvar a los hombres. Hasta qué grado es puro realismo lo sabemos cuando el Viernes Santo miremos al Crucificado.
Otra imagen que san Juan utiliza para describir el drama de Cristo es la luz que ha brillado en las tinieblas. Ya en el prólogo de su

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