Cada vez me sorprende más la ignorancia religiosa que asola a las nuevas generaciones. Cuando voy a confirmar o visito alguna parroquia he dejado de preguntar a los jóvenes —como solía hacer antes— porque me temo lo peor: que no sepan o que respondan con un disparate. En realidad, la formación humanista en sentido amplio del término ha sufrido un deterioro lamentable. Lo hacía notar Doris Lessing, premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras. En su discurso al recibir este premio hizo notar que la formación humanista estaba desapareciendo y se refería concretamente al estudio de las lenguas clásicas —latín y griego— y de la Biblia.

            La ignorancia religiosa y humanista implica otras ignorancias que hacen del hombre un ser desamparado. Acabar con la fe y la metafísica es aniquilar cualquier anhelo de trascendencia. Incluso grandes intelectuales sin fe han confesado el drama de esta carencia. No es extraño, por

En el escueto resumen del envío de los apóstoles por parte de Jesús, que narra el evangelio de hoy, se presenta como elemento constitutivo de su misión la «autoridad sobre los espíritus inmundos», expresada en el hecho de «echar muchos demonios» (Mc 6,7.13). La importancia de este dato solo puede entenderse si tenemos en cuenta que la misión de Cristo es acabar con el imperio del mal, personificado en el diablo, a quien llama «el príncipe de este mundo» (Jn 14,30), «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), porque «no hay verdad en él».

La autoridad de Jesús sobre el diablo revela que es una criatura inferior, sometida al poder de Dios. Según la tradición bíblica, el diablo fue un ángel creado por Dios en belleza y santidad, que, puesto a prueba en su libertad, no se mantuvo en la adoración y cayó en la soberbia que le apartó para siempre de Dios. De ahí que busque perder al hombre

Las lecturas de este domingo coinciden en un tema común: el rechazo del profeta. Ezequiel, Pablo y, finalmente, Jesús, son rechazados por llamar a la conversión a su pueblo. Ezequiel es enviado a un pueblo obstinado y rebelde que ha ofendido a Dios. El profeta debe cumplir su misión tanto si le hacen caso como si no. Así sabrán que «hubo un profeta en medio de ellos».

San Pablo reconoce que, para que no sea soberbio le han metido en la carne «una espina, un ángel de Satanás» que le abofetea. Se refiere a las dificultades que tuvo que experimentar en el ejercicio de su ministerio: insultos, privaciones, persecuciones y los sufrimientos padecidos por Cristo y su evangelio. Esos son los obstáculos que, interpretados como debilidades, convierten su ministerio en una lucha permanente.

Jesús, finalmente, después de enseñar en la sinagoga de Nazaret, padece también el rechazo de su pueblo, por la única razón de que es uno de los suyos. Aun reconociendo

Una de las definiciones que Jesús da de sí mismo es «yo soy la vida». Lo dice de modo absoluto indicando su poder de dar la vida en plenitud, es decir, más allá de la muerte. Los tres relatos evangélicos que narran milagros de resurrección pretenden afianzar esta convicción. Naturalmente, en estos milagros se trata de devolver la vida física a quienes habían muerto; no se trata de la resurrección que conlleva la superación y transformación de esta vida terrena. En este sentido se habla de resucitación más que de resurrección, o, con palabras de santo Tomás de Aquino, de resurrección imperfecta en contraste con la perfecta, la que esperamos al fin de los tiempos cuyo paradigma ejemplar es la resurrección de Cristo.

San Marcos es un evangelista que, a pesar de su sobriedad, compone relatos llenos de viveza y dramatismo para presentar a Jesús y, en el caso de este domingo, su poder de dar vida. Hoy leemos el milagro de la resurrección de la hija

Jueves, 08 Julio 2021 14:18

Carta a un neopresbítero

Querido Álvaro: esta tarde serás ordenado sacerdote de Cristo en el marco hermoso de la catedral de Segovia. Mediante la imposición de las manos y la oración de la iglesia, Cristo te identificará con él para siempre con la única finalidad de hacerse presente en ti a favor de los hombres como mediador de la salvación. Desde que por vez primera oíste su llamada, han pasado años de formación, estudio y vida comunitaria con compañeros que ya son sacerdotes o lo serán pronto. Has vivido en la escuela de Cristo para conformarte con él, sentir y amar como él, y vivir con la conciencia del apóstol Pablo que decía: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

No te canses de saborear estas palabras. Al levantarte, al acostarte, al realizar tu ministerio. Es la clave para ser «otro Cristo», aunque seas un pálido reflejo de su persona. No olvides que ya no vivirás para ti, sino para él y para los hombres que ponga en tu camino.

En el evangelio de este domingo Jesús usa dos parábolas para explicar en qué consiste el Reino de Dios. Las dos tienen como elemento de comparación la semilla que se echa en tierra. En la primera parábola, Jesús quiere resaltar la acción de Dios, en apariencia imperceptible, pero eficaz porque hace crecer la semilla sin que el labrador sepa cómo. Se acuesta por la noche, se levanta por la mañana y la semilla va germinando hasta producir su fruto. En la segunda parábola, la del grano de mostaza, la intención de Jesús es resaltar la desproporción entre la diminuta semilla, la más pequeña de todas, y el árbol que genera, capaz de abrigar a todos los pájaros del cielo. No cabe duda de que, con estas comparaciones, Jesús se está refiriendo a la realidad que se llamará Iglesia, la comunidad de quienes acogen su palabra y crecen con el dinamismo que conlleva.

Se ha discutido mucho sobre la relación entre Reino de Dios y la Iglesia fundada con él. Algunos han

La importancia de la eucaristía en la vida de la Iglesia ha sido sintetizada en esta doble afirmación: la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. Las palabras de Jesús en la Última Cena ponen en paralelismo la primera alianza y la que Jesús establece con su muerte, que, según san Pablo, es comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sirviéndose del rito antiguo, Jesús establece el nuevo indicando así la continuidad entre ambos. La Pascua establecida por Dios para liberar a Israel de la esclavitud y convertirse en el pueblo de la alianza con Dios, es el telón de fondo para comprender los gestos de Cristo con el pan y con el vino que prefiguran y realizan ya en la cena lo que acontecerá en la cruz. Cristo parte su cuerpo y derrama su sangre para el perdón de los pecados. Quien participa de esta alianza está salvado de toda esclavitud y servidumbre.

Aunque sea un obviedad, conviene recordar que la teología, en cuanto reflexión sobre Dios, parte de lo que Dios ha dicho de sí mismo, es decir, de la Revelación. El Dios inefable y trascendente ha querido revelarse y comunicarse con los hombres. La historia de la salvación es, en realidad, la secuencia de los diálogos que Dios ha mantenido con Adán y Eva, Abrahán, Moisés y el resto de los patriarcas, profetas y sabios de Israel. La comunicación definitiva es la que hizo su propio Hijo, Jesucristo, al encarnarse y vivir entre los hombres. Se explica así que la Sagrada Escritura sea el alma de la teología.

El misterio de Dios Trinidad aparece en la Biblia desde el principio al fin. No aparece sistematizado como en los manuales de teología, sino que se nos presenta a través de su manifestación en la

Estamos tan acostumbrados a mirar y comprender la Iglesia como una empresa humana, que nos incapacitamos para reconocer en ella la acción del Espíritu. Es cierto que la Iglesia está formada por hombres y es para los hombres. La primera acción de Jesús después de su bautismo fue llamar a sus colaboradores. Sin ellos, no habría Iglesia. Pero estos no pasaron de la noche a la mañana de pescadores a apóstoles. Necesitaron tiempo, formación, convivencia con Jesús y, finalmente, el soplo del Resucitado sobre ellos, es decir, el Espíritu Santo, sin el que no hubieran podido ejercer su ministerio. En la ordenación de presbíteros y obispos no asistimos a una junta de accionistas ni a una asamblea que elige a su presidente o líder. Participamos en una consagración, la acción transformadora del Espíritu que capacita al elegido para realizar su misión. Sin Espíritu, no existe la Iglesia. De ahí que la Iglesia,

La Ascensión de Jesús a los cielos es el broche final de su vida histórica entre los hombres. Utilizo el adjetivo «histórica» a sabiendas de que esa vida también abarca los cuarenta días que discurren entre la Resurrección y su elevación a la derecha del Padre. Ese tiempo de resucitado también es histórico, aunque de manera diferente al del ministerio público. Los testigos que tuvieron la dicha de verlo resucitado fueron personas concretas, sujetos de la historia en la que Jesús resucitado se hace presente para compartir su vida con una novedad misteriosa y real al mismo tiempo.

La ascensión es el momento que pone fin a su dejarse ver, escuchar y tocar por testigos garantes de los hechos acontecidos. Describir la ascensión a los cielos era una empresa difícil al tener que conjugar la verdad de

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