Jueves, 21 Abril 2022 10:31

«¡Ha resucitado!» Domingo II de Pascua

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En las apariciones del Resucitado, que narran los Evangelios, Jesús quiere dejar claro que posee la misma identidad de quien vivió entre los hombres y murió en la cruz. Mucha gente se pregunta la razón por la que, en algunas apariciones, los testigos no lo reconocen enseguida. Hay una razón teológica y otra pedagógica. En cuanto a la teológica, es obvio que el cuerpo de Jesús ha sufrido una transformación radical sin dejar de ser el mismo. Su cuerpo ha pasado a la gloria de Dios y esto significa que su forma de existir ha cambiado radicalmente. Ya no está sometido a las leyes de espacio y de tiempo y su naturaleza humana se ha perfeccionado haciéndose «espiritual». Lo espiritual no debe entenderse en sentido etéreo, fantasmal, como el de algunas películas de ficción. San Pablo habla de cuerpo «celeste», «espiritual» o pneumático, es decir, el cuerpo que ha alcanzado la perfección a la que Dios nos ha destinado desde la creación. Santo Tomás de Aquino, apoyado en los textos bíblicos, resumía las cualidades del cuerpo resucitado con estas palabras: claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza. Algunas de estas cualidades se describen en los evangelios cuando Jesús aparece y desaparece de repente, atraviesa las puertas y los sitios cerrados o se habla de metáforas relacionadas con la luz, como el relámpago que precede a la remoción de la losa del sepulcro (cf. Mt 28,3), o la aparición a Saulo de Tarso en el camino de Damasco (Hch 9,3).

            En cuanto a la razón pedagógica por la que Jesús no es reconocido de inmediato, como sucede en la aparición a la Magdalena, a los discípulos de Emaús y en el lago de Galilea, los teólogos argumentan de la siguiente manera: las apariciones del Resucitado no son descubrimientos de los discípulos, sino iniciativa de Jesús, que se hace ver. Es Jesús quien desea mostrarse a los suyos en el momento determinado, porque la fe en su resurrección es un don, una gracia que él concede. Su presencia, por tanto, es revelada por él mismo y esto explica esa especie de «juego» que consiste en manifestarse poco a poco, como en un crecimiento hacia la fe que culmina con el reconocimiento de su persona cuando él lo decide. Se puede decir que Jesús, para llevar a los suyos a la fe, utiliza pedagógicamente el método de la revelación progresiva de sí mismo.

            Esta pedagogía de Jesús se sirve, además, de la memoria de la vida anterior. Cuando se aparece a María Magdalena, el momento de la revelación final sucede cuando Jesús pronuncia el nombre de María. En los discípulos de Emaús, Jesús recurre a la fracción del pan, gesto inolvidable para los suyos. En la aparición junto al lago de Galilea, Jesús evoca la pesca milagrosa de su vida pública con otra pesca semejante. Y cuando se aparece a los apóstoles y a Tomás, según leemos en el Evangelio de hoy, Jesús les muestra las señales de la pasión en las manos y el costado. Este es el principio de identidad de su propio cuerpo, que, aunque ha sido trasformado en cuerpo «celeste» o glorioso, sigue siendo el mismo y puede ser reconocido como tal. Por ello, la resurrección confirma que se trata del Crucificado. Esto lo dice muy bien san Juan en el Apocalipsis, que también leemos hoy. Cuando Jesús Resucitado se le revela en la isla de Patmos, le dice: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo» (Apc 1,17-18). No se puede explicar mejor el misterio de la Resurrección. Es lo mismo que dicen los ángeles a las mujeres cuando encuentran vacío el sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,5-6).

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