Jueves, 24 Octubre 2019 08:33

Justos y pecadores. Domingo XXX T.O

 

La parábola del fariseo y del publicano, que leemos en este domingo, es algo más que una simple contraposición entre dos tipos de personajes que existían en tiempos de Jesús. Los fariseos eran un grupo social bien definido, que se caracterizaba por el estricto cumplimiento de las prescripciones de la ley. Etimológicamente, la palabra «fariseo» proviene de la raíz hebrea que significa «separado», porque dicho grupo se caracterizaba por formar un especie de casta dentro del judaísmo, que, en su afán por la ortodoxia, se convertían en censores del comportamiento moral de los demás. Sabemos, por los evangelios, que espiaban a Jesús para ver si cumplía la ley y si la enseñaba según sus propios cánones. El evangelio de hoy retrata muy bien a este tipo de personas cuando dice que Jesús dirige la parábola «a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás». En su oración, en efecto, el fariseo

 

En el evangelio de este domingo, Jesús cuenta la parábola del juez inicuo que no quería atender las quejas de una viuda que acudía a él para que la defendiera de sus enemigos. Harto de escuchar los lamentos de la pobre mujer decidió atenderla, no tanto movido por la justicia, cuanto para evitar que, al no ser acogida, terminara por pegarle en la cara. El evangelista dice claramente cuál es la intención de la parábola: animar a los discípulos a orar sin desfallecer, pues si el juez inicuo termina haciendo justicia, Dios, que es sumamente justo, escuchará las súplicas de quienes acudan a él.
Recordarán los lectores que, en domingos anteriores, hemos comentado una parábola muy parecida a ésta: la del amigo inoportuno, que, a fuerza de insistir, consigue el favor que quiere. Jesús utiliza situaciones de la vida ordinaria para explicar su doctrina sobre los diversos aspectos de la vida moral. La parábola de hoy se cierra con unas palabras de

El evangelio de este domingo narra la curación de diez leprosos en el camino entre Samaría y Galilea. La curación de leprosos era uno de los signos de la presencia del Mesías, junto con otras curaciones milagrosas de ciegos, sordos y paralíticos. Jesús había manifestado este poder que dejaba asombrada a la gente y se preguntaba si no sería el Mesías.
En el evangelio de hoy, después de sanar a los diez leprosos, uno de ellos, al reconocer que estaba curado, retorna a Jesús y, arrojándose a los pies, le agradece el milagro. El evangelista nos ofrece un dato de interés para entender el mensaje del evangelio: dice que este leproso sanado era un samaritano. Cuando Jesús se dirige a él, le hace esta observación: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». Es sabido que los samaritanos eran considerados por los judíos como extranjeros, además de enemigos. Jesús se

Octubre misionero

El Papa Francisco ha pedido a toda la Iglesia vivir este mes de octubre con un especial espíritu misionero, para conmemorar el centenario de la carta apostólica Maximun illud del papa Benedicto XV. Durante este mes la oración, la reflexión y la actividad apostólica deben ayudarnos a vivir como enviados por Cristo a proclamar la buena nueva de la salvación.
La misión de la Iglesia ha nacido de la voluntad expresa de Cristo. Desde el inicio de su ministerio público, Jesús declara que ha venido a anunciar el Reino de Dios invitando a los hombres a acogerlo y a vivir bajo su gracia y poder. Jesús anuncia la salvación, no sólo a las ovejas de Israel, sino a los pueblos paganos que son invitados a conocer al único y verdadero Dios. Antes de subir a los cielos, Jesús deja a sus discípulos la tarea de enseñar y conservar sus enseñanzas y de bautizar en el nombre de la Trinidad. La evangelización no es sólo anuncio, sino realización de la

Un año más, la fiesta de la Fuencisla nos congrega junto a la Madre que alienta nuestra fe, esperanza y caridad y nos conforta en nuestras debilidades. Junto a ella, experimentamos que, como familia de los hijos de Dios, contamos con la presencia de la Madre de Cristo que acompaña a la descendencia de Jesús y vela por ella, como dice el libro del Apocalipsis.
Como obispo, de modo particular, tengo que manifestar mi gratitud a la Virgen por su presencia a mi lado en este tiempo de enfermedad, porque la desolación no ha podido hacer mella en mí, gracias a su cuidado maternal y poderosa intercesión. ¡Gracias, Madre, porque me has permitido recuperarme de las dolencias que he sufrido y porque en ningún momento te he dejado de sentir cercana! Como en las bodas de Caná, has puesto mi debilidad ante los ojos de tu Hijo y le has dicho que me faltaba el vino de la salud y de la prosperidad, y el Señor me ha restablecido para que pueda servir a su pueblo. Como Madre has

En los tratados morales que explican las virtudes cardinales, se distingue la prudencia sobrenatural de la astucia de la carne. En cuanto a la primera, es virtud sobrenatural porque, con la mirada puesta en el fin último, que es Dios, dirige todos sus actos a la consecución del mismo y la salvación del alma. Está siempre regida por la caridad. La astucia de la carne nace del propio interés y busca que todo concurra en la satisfacción de sus propios instintos aunque no sean pecaminosos.
En el evangelio de hoy, Jesús cuenta una parábola conocida como la del administrador infiel, en la que el protagonista, al enterarse de que ha perdido el favor de su amo, busca por todos los medios salvarse a sí mismo del negro futuro que le espera, si el amo le despide. Para ello, comienza a llamar a los deudores y, buscando su favor, les perdona parte de la deuda que deben al amo. De este modo, cuando se encuentre en la calle, encontrará «amigos» que le echen una mano. Cuando

Viernes, 13 Septiembre 2019 10:47

La alegría de la fiesta.D. XXIV Tiempo Ordinario

En las parábolas de la misericordia Jesús nos ha dejado el retrato de su Padre. Si por un azar, los evangelios se perdieran y sólo nos quedáramos con estas tres parábolas de Lucas, habríamos conservado la quintaesencia de la enseñanza de Jesús sobre la misericordia del Padre.
Es sabido que en estas parábolas Jesús se defiende de quienes, entre los fariseos y los letrados criticaban su relación con los pecadores, dado que un maestro de la ley debía evitarla. Jesús les dirige este alegato para que conozcan cuál es el secreto del juicio de Dios sobre los pecadores arrepentidos.
En las dos primeras parábolas sorprende la desproporción del comportamiento del pastor que abandona sus noventa y nueve ovejas por salir a buscar solo una. Y el de la mujer que pierde una moneda y pone todo su empeño en encontrarla. Quiere decir, en ambos casos, que lo perdido es más estimable que lo poseído. Y que una oveja y una dracma tienen el valor del conjunto. Por otra

Las sentencias de Jesús en el evangelio de este domingo apuntan a los fundamentos de su seguimiento. Podemos decir que Jesús establece las condiciones que debe tener en cuenta quien quiera seguirlo. A primera vista, resultan exigentes, pero no hay que olvidar que la exigencia se mide en proporción al fin que se quiere alcanzar. Desde la perspectiva humana, la exigencia en el trabajo es condición necesaria para llegar a ser un auténtico profesional. Nadie pensará ser un excelente médico, ingeniero o arquitecto, si no está dispuesto a ser exigente con el estudio de las distintas disciplinas. Lo mismo podemos decir de aspira a ganar los juegos olímpicos o llegar a ser un virtuoso de cualquier instrumento musical. El alma tiene más exigencias que el cuerpo, porque se trata de salvarse o no, más allá de la muerte y esto no es una cuestión baladí.
Las exigencias de Jesús parten de un principio fundamental: Para seguir a Jesús hay que posponer todo, incluso la propia

Banquetes y recompensas

La enseñanza moral de Jesús está llena de pequeños detalles, que le sirven para explicar actitudes fundamentales del vivir cristiano. Partiendo de costumbres sociales, Jesús abre el horizonte del conjunto de la vida moral indicando así que en lo pequeño subsiste lo grande. En el evangelio de hoy, Jesús explica dos virtudes fundamentales de la vida cristiana: la humildad y la magnanimidad. La primera constituye el fundamento de la vida moral; la segunda, es la actitud de los espíritus grandes que buscan hacer el bien por encima de todo.
Para ayudar a entender la importancia de estas virtudes, Jesús parte de una costumbre típica de oriente: el banquete, símbolo de comunión de vida y de hospitalidad. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en uno de ellos, observando el comportamiento de los participantes. Viendo que muchos se afanaban por escoger los primeros puestos, exhorta a la humildad haciendo lo contrario: «Cuando te

Las palabras de Jesús que concluyen el evangelio de este domingo son muy conocidas y las usamos con frecuencia para señalar la paradoja de la vida humana en la que, como si fuera una carrera, los primeros en salir son los últimos en llegar, y los últimos se colocan en la primera línea.
En su enseñanza itinerante, mientras recorría aldeas y ciudades de Palestina, una persona plantea a Jesús esta pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Como en otras ocasiones, Jesús no responde directamente a la cuestión, sin duda por considerar que la pregunta es impertinente, nacida de la mera curiosidad. Como maestro de moral, Jesús responde con una llamada a entrar por la puerta estrecha, pues muchos intentarán entrar y no podrán. En ese día, no valdrá decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Es evidente que, con esta expresión, Jesús se dirige a sus contemporáneos que han tenido la oportunidad de conocerlo, comer y

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