Jueves, 20 Enero 2022 11:32

«Domingo de la Palabra de Dios»

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El Papa Francisco ha instituido el domingo de la Palabra de Dios, que, en este año, coincide con el 23 de enero. Quiere el Papa que el pueblo de Dios reflexione, celebre y divulgue la Palabra de Dios contenida en la Escritura, es decir, en los libros que forman la Biblia. No es una palabra escrita sin más; es palabra viva, cada vez que se proclama en la liturgia o cada creyente la lee y medita en su corazón. Junto a la Eucaristía, la Palabra de Dios constituye el mayor tesoro de la Iglesia. Hay que reconocer que, a pesar del esfuerzo de la Iglesia por llevar la Palabra de Dios a la vida cotidiana de los cristianos, aún estamos lejos de conseguir este fin.

            En este domingo leemos dos lecturas muy afines que ayudan a entender la importancia de la Palabra de Dios. La primera, tomada del libro de Nehemías, reconstruye el momento en que el pueblo de Israel, a la vuelta del exilio de Babilonia, es congregado para escuchar la lectura del libro de la Ley que Dios había dado a Moisés. Dice el texto que se leyó el libro desde la mañana hasta el mediodía y que «todo el pueblo escuchaba con atención la lectura del libro» (Neh8, 3). Cuando Esdras tomó el libro y lo abrió en presencia de todo la gente, «el pueblo se puso de pie». Quienes participan de la eucaristía evocarán el momento en que, al comenzar la lectura del evangelio, la comunidad se pone de pie, por respeto a Cristo que se dirige a los fieles.

            El texto de Nehemías tiene su correspondencia con el evangelio. Jesús, como fiel judío, acude el sábado a la sinagoga para celebrar la liturgia. Como adulto que era, podía hacer la lectura tomando el rollo de la Escritura y leyéndolo en público. Por su condición de rabino o maestro, podía hacer también un comentario (lo que nosotros llamamos homilía) y exhortar al pueblo. Aquel sábado, Jesús buscó el pasaje del profeta Isaías en el que se lee la vocación del Siervo que Dios envía para «anunciar un año de gracia del Señor». Al terminar la lectura, devolvió el rollo a quien le ayudaba, y se sentó para hacer su comentario. San Lucas, que lo narra, dice que «toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc4, 21).  Es indiscutible el paralelismo con el texto de Nehemías, y también indiscutible su diferencia. Jesús atrae la mirada de toda la asamblea y afirma algo sorprendente: que la palabra del profeta se ha cumplido en él. La Palabra de Dios, por tanto, no es solo lo escrito por Isaías, sino lo cumplido en Jesús. El evangelista no explicita la homilía de Jesús; le basta afirmar que lo dicho por el profeta tiene su cumplimiento en su persona.

            Dos cosas quiero subrayar de todo lo dicho: en primer lugar, la Palabra de Dios debe ser recibida con respeto y atención porque es Dios quien habla. ¿Comprendemos bien el significado de esta verdad? Dios dialoga con el hombre, entra en comunión con él por medio de lo más hermoso que tiene: la palabra. Se dirige a mí, en mi circunstancia personal, me interpela y me enseña. En segundo lugar, la Palabra de Dios se ha cumplido plenamente en Jesús, el Verbo eterno que nos habla de todo lo que visto y oído al Padre. Cristo se convierte, por tanto, en la clave de las Escrituras, la «norma» de su interpretación. Según los grandes maestros, lo que estaba latente en el Antiguo Testamento se hace patente en el Nuevo, porque la Palabra de Dios se ha encarnado para interpretar lo que Dios había dicho por medio de profetas, sabios y poetas. Dios ha hablado definitivamente en el Hijo, el muy amado, al que debemos escuchar. ¿Comprendemos entonces el tesoro que tenemos en la iglesia, nuestra casa, y descubrimos su belleza?

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