Jueves, 10 Marzo 2022 09:09

«Contempladlo y quedaréis radiantes» Domingo II de Cuaresma

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Después de haber subido el domingo pasado al monte de las tentaciones para ser testigos del enfrentamiento entre Jesús y el diablo, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en el monte Tabor. Pasamos del desierto de la prueba al monte de la luz y de la gloria. Esta pedagogía de la Iglesia en la Cuaresma pretende iluminar el misterio de la persona de Jesús en su doble dimensión: humana y divina. En cuanto hombre, Jesús es tentado como otro cualquiera y experimenta la necesidad de Dios en su prueba. En cuanto Hijo de Dios, revela su gloria mientras ora al Padre.

            El relato de Lucas, proclamado este domingo, a pesar de su brevedad, dice muchas más cosas de las que aparenta. Afirma que la transfiguración sucede «mientras oraba» Jesús. El salmo 34, 2 invita a la oración de esta manera: «Contempladlo y quedaréis radiantes». Esto sucede en Cristo: mientras ora, «lo penetra la gloria de Dios y transfigura luminosamente su rostro y vestidos (Sal 104,2). Como si la materia se convirtiese en energía luminosa» (Alonso Schökel). Los apóstoles duermen indicándose así que eran incapaces de contemplar tal misterio, preludio de la resurrección. La nube que los envuelve simboliza la presencia velada de Dios, y la voz del Padre evoca la revelación definitiva acerca de Jesús. Las chozas —o tiendas— de las que habla Pedro son una alusión a la fiesta de los tabernáculos, evocación del tiempo pasado en el desierto cuando los israelitas vivían en chozas. Y recuerda también la tienda del encuentro en la que Dios habitaba y donde dialogaba con Moisés.

            Como vemos, todo el relato apunta a Cristo como el lugar santo por excelencia donde se manifiesta la gloria de Dios. Este Jesús es el mismo de las tentaciones en el desierto. Por un momento se transfigura cuando ora y prepara a los discípulos a superar el escándalo de la cruz, cuando de nuevo lo vean como un hombre traspasado de dolor (no de gloria) en la ciudad santa de Jerusalén hacia la cual camina con sus discípulos para consumar su éxodo hacia el Padre, es decir, su muerte y resurrección.

            En el camino hacia la muerte, el milagro de la Transfiguración tiene un doble sentido pedagógico: por una parte, nos aclara que muerte y gloria son inseparables. La cruz no es el final de la vida de Cristo. Es camino para la gloria. La fe cristiana tiene su fundamento último en la resurrección sin la cual la muerte sería un fracaso total. Por otra parte, aclara también que el cristiano está llamado a transfigurarse en el sentido del salmo 34: «contempladlo y quedaréis radiantes». En la medida en que el cristiano ora a Cristo glorioso, va caminando hacia la gloria definitiva y su rostro —es decir, su persona— se inunda de gloria. Es lo que vemos en los santos que, gracias a su unión con Dios, nos revelan la gloria de su rostro. Cuando Moisés hablaba con Dios, según la Biblia, su rostro se iluminaba cada vez más y tenía que cubrirse el rostro con un velo para no deslumbrar a quienes le miraban. Es una forma simbólica de hablarnos de la transfiguración del hombre cuando se encuentra con Dios: su ser cambia, se hace nuevo, deslumbra por la verdad, bondad y belleza de su vida. En nuestro caminar hacia la Pascua, la Cuaresma es la posibilidad de trasfigurar nuestras vidas según el modelo de Cristo. Como decía san Pablo, «todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18). De esta manera, los cristianos podemos ser en el mundo un signo luminoso de la presencia de Dios. ¿No se nos propone una aventura apasionante? ¿No estamos llamados a ser luz de este mundo?

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