La Iglesia celebró el 10 de mayo la fiesta de san Juan de Ávila (1499-1569)., patrono del clero español. Muchos calificativos se han usado para designar a esta figura insigne de la iglesia española: predicador, confesor, padre espiritual, misionero, doctor, teólogo, reformador de la Iglesia. En todos estos ámbitos, san Juan de Ávila sobresale de forma eminente por su profunda vida evangélica, su austeridad de vida y su celo apostólico, que le llevó a desear ir a América como misionero. Su camino, sin embargo, estaba en España y, más concretamente, en Andalucía, donde ejerció su ministerio con tanta dedicación que se le ha llamado «apóstol de Andalucía».

            La liturgia, en la oración colecta de la Eucaristía, le llama, sin embargo, «maestro ejemplar» para el pueblo cristiano. Todo lo que hizo —estudio,

Con hondo pesar no pude celebrar, a causa del COVID, la Eucaristía de despedida de las monjas cistercienses de Santa María y San Vicente el Real, cuyo monasterio, acostado en la ribera del Eresma, en línea con San Juan de la Cruz, el Parral de los Jerónimos, la iglesia de la Veracruz y el Santuario de la Fuencisla ofrece de Segovia una fisonomía mística, heredera de grandes tradiciones espirituales que marcan la historia del Occidente cristiano. Perdemos el Císter, arraigado en la regla de san Benito y reformado por monjes, entre los que destaca san Bernardo de Claraval, que retornaron a las fuentes del ora et labora y a la austeridad tanto artística como litúrgica que se había descuidado por los benedictinos de Cluny.

            Pero quiero hablar sobre todo de sus cuatro monjas que aún habitan el monasterio,

Los cuatro Evangelios terminan con relatos de apariciones de Jesús a los suyos. Aunque no narran el hecho de la resurrección, las apariciones confirman que Jesús ha vencido la muerte. Está vivo y se manifiesta a los suyos. Con frecuencia, sin embargo, la idea que se tiene de la resurrección es la de un alejamiento de los suyos en un mundo que no tiene relación con el nuestro. Nada más ajeno a la realidad. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Ya el hecho de que diga «yo estoy», en presente, es significativo. La resurrección no aleja a Cristo de los suyos, sino que establece una relación más estrecha que la de su vida terrena. Así lo indica el final de Marcos: «Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Jesús, no

En las apariciones del Resucitado, que narran los Evangelios, Jesús quiere dejar claro que posee la misma identidad de quien vivió entre los hombres y murió en la cruz. Mucha gente se pregunta la razón por la que, en algunas apariciones, los testigos no lo reconocen enseguida. Hay una razón teológica y otra pedagógica. En cuanto a la teológica, es obvio que el cuerpo de Jesús ha sufrido una transformación radical sin dejar de ser el mismo. Su cuerpo ha pasado a la gloria de Dios y esto significa que su forma de existir ha cambiado radicalmente. Ya no está sometido a las leyes de espacio y de tiempo y su naturaleza humana se ha perfeccionado haciéndose «espiritual». Lo espiritual no debe entenderse en sentido etéreo, fantasmal, como el de algunas películas de ficción. San Pablo habla de cuerpo «celeste», «espiritual» o pneumático, es decir, el cuerpo que ha alcanzado la perfección a la que

La resurrección de Cristo es el acontecimiento trascendental de la historia y el que hace de ella historia de salvación. Que sea un misterio de fe no significa que pertenezca al mundo de las ideas abstractas. El Evangelio de este domingo de Pascua no narra el hecho de la Resurrección. Los Evangelios no dicen cómo sucedió, sencillamente porque trasciende la historia y pertenece al ámbito de Dios. Pero los discípulos vieron al Resucitado, comieron con él, según dice Lucas, y pudieron tocarlo y abrazarlo como las piadosas mujeres. Cuando Pedro y Juan van al sepulcro porque la Magdalena comunica que estaba vacío, corren y ven la piedra desplazada, la sábana mortuoria y el sudario doblado en el lugar donde reposó la cabeza de Jesús. Son las consecuencias de la resurrección, no el hecho mismo. Junto al sepulcro vacío, las apariciones completan lo que podríamos llamar huellas del misterio. El misterio en sí

Jueves, 07 Abril 2022 08:33

«Triduo Pascual» Domingo de Ramos

El Triduo Pascual —jueves, viernes y sábado santo— nos permite vivir los acontecimientos de la muerte y resurrección de Cristo como una secuencia histórica que ha sido sacralizada por medio de la acción litúrgica. Dicho de otra manera: el fundamento del Triduo Pascual es la historia misma de los acontecimientos últimos de la vida de Jesús, que, en sí mismos, son la liturgia que él mismo ofrece al Padre. Su vida es el definitivo culto que sustituye el culto de Israel y el de los diversos sistemas religiosos surgidos a través de las edades del mundo. Cristo realiza y da plenitud, en su persona y en su acción, al sacerdocio como mediación entre Dios y los hombres y al sacrificio como ofrenda que reconcilia al mundo con Dios.

            La liturgia cristiana es la acción del mismo Cristo que sucede en nuestro tiempo, para

Cercana ya la Pascua, este domingo último de Cuaresma nos dispone para vivir la absoluta novedad que trae la muerte y resurrección de Jesús, que termina con todo lo antiguo para establecer lo definitivo. Dice Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,18). Eso de antaño son las grandes hazañas que Dios hizo con su pueblo. Sorprende esta afirmación porque las obras de Dios deben recordarse siempre. El profeta, sin embargo, lanza su mirada al futuro y ve cosas mayores, inauditas, sorprendentes. Dios actuará con un poder admirable, que dejará pequeñas las obras realizadas hasta el presente.

La escena de la adúltera perdonada por Jesús es un ejemplo de esas obras mayores y una advertencia para no mirar al pasado, en este caso, la ley de Moisés.

La parábola del hijo pródigo, que se proclama en este domingo de Cuaresma, termina con unas palabras del padre al hijo mayor que describen lo que ha sucedido a su hermano pequeño cuando retorna a casa después de malgastar su herencia de forma disoluta. «Hijo —dice el padre— era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,31-32). El paralelismo literario que concluye el relato da la clave de la enseñanza de Jesús: el alejamiento de la casa del padre es muerte y pérdida; el retorno es revivir y ser hallado de nuevo para el padre.

            No se puede decir mejor ni más sintéticamente el significado de la conversión cuaresmal cuando uno retorna al hogar paterno. Sucede hoy que la nula conciencia del pecado impide al hombre en

La Iglesia comenzó a formarse caminando con Jesús. La llamada de los primeros discípulos formó una comunidad en camino que invitaba a la gente a entrar en lo que más tarde se llamaría «Iglesia». Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de caminar, hasta el punto de que el cristianismo fue llamado ya en Jerusalén «el camino». Esta expresión designaba la enseñanza moral del cristianismo, pero recogía la espiritualidad judía del caminar juntos en la dirección marcada por la ley de Dios.  Lo «sinodal» no es un invento actual; es consubstancial a la Iglesia. Después de Pentecostés, los apóstoles y sus colaboradores se dirigieron a todos los pueblos para que Cristo fuera reconocido como Salvador del hombre. Que la Iglesia formara comunidades estables, presididas por los apóstoles y sus sucesores, los obispos, no quiere decir que haya dejado de caminar por el mundo como hizo al inicio de su

Después de haber subido el domingo pasado al monte de las tentaciones para ser testigos del enfrentamiento entre Jesús y el diablo, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en el monte Tabor. Pasamos del desierto de la prueba al monte de la luz y de la gloria. Esta pedagogía de la Iglesia en la Cuaresma pretende iluminar el misterio de la persona de Jesús en su doble dimensión: humana y divina. En cuanto hombre, Jesús es tentado como otro cualquiera y experimenta la necesidad de Dios en su prueba. En cuanto Hijo de Dios, revela su gloria mientras ora al Padre.

            El relato de Lucas, proclamado este domingo, a pesar de su brevedad, dice muchas más cosas de las que aparenta. Afirma que la transfiguración sucede «mientras oraba» Jesús. El salmo 34, 2 invita a la oración de esta manera:

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