Viernes, 16 Agosto 2019 08:49

Paz y división. D. XX. Tiempo Ordinario.

La fe cristiana implica a toda la persona en su adhesión a Cristo como Hijo de Dios encarnado. Creer no es sólo confesar el Credo. Es, sobre todo, acoger a Cristo como Señor y Redentor del género humano. Razón y corazón van unidos en el único acto de fe que hace el cristiano. Por ello, cuando confesamos la fe, acogemos en nuestra vida a Cristo y buscamos identificarnos con él en deseos, pensamientos, palabras y obras. Es imposible ser cristiano sin implicarse totalmente en la adhesión a Cristo. En el prólogo de su evangelio, san Juan afirma que los que acogen a Cristo han creído en su nombre y han recibido la gracia de ser hijos de Dios.
Acoger a Cristo, optar por él, tiene consecuencias muy serias en la vida ordinaria. Cristo se convierte en un signo de contradicción, dado que marca la frontera entre la luz y la oscuridad, la verdad y la mentira. Han sido muchos desde el inicio del cristianismo los que han muerto a causa de su fe o han sido perseguidos,

En este domingo, que coincide con la fiesta de santa Clara, Jesús habla en el evangelio de dos actitudes evangélicas que han hecho de la fundadora de las clarisas un faro esplendoroso en la Iglesia. Me refiero a la pobreza y a la vigilancia que supone el retorno de Cristo al fin de la historia.
Jesús comienza su enseñanza con una vibrante llamada a vender los bienes y dar el dinero a los pobres, porque no se puede servir a dos señores: a Dios y a las riquezas. El corazón del hombre no se puede dividir en parcelas, sino que goza de una unidad admirable, como indica la sentencia de Jesús: Donde está tu tesoro, allí está vuestro corazón. Santa Clara, siguiendo los pasos de san Francisco, entendió esta llamada a la pobreza total como el don que recibía de Cristo para dedicarse enteramente a él. Hija de noble familia, huyó de su casa y cambió su estilo de vida fundando la segunda orden de vírgenes consagradas a Dios, con el estilo de Francisco de Asís. La

Por nuestro instinto de conservación y supervivencia, tendemos a acumular bienes pensando que de ello depende nuestra vida. La experiencia, sin embargo, nos dice lo contrario. La muerte no es aliada de nuestros bienes, y llega lo mismo a la casa del rico que a la del pobre. Los bienes nos aseguran una dolce vita o un nivel de bienestar, pero no nos aseguran la vida ni la inmortalidad. Las tumbas faraónicas son el mejor comentario a que la acumulación de bienes no prolonga la existencia ni satisface las expectativas de felicidad que el hombre lleva inscrito en su corazón.
Sabemos también que los bienes son ocasión de muchas divisiones y pleitos familiares. Precisamente el evangelio de hoy comienza con una interpelación que le hace a Jesús uno de sus oyentes: Maestro —le dice— dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Jesús, después de decirle que él no es juez para esos asuntos, afirma: «Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado

Miércoles, 24 Julio 2019 09:35

Importunar a Dios.D. XII. T.O.

 

En el evangelio de hoy, Jesús, además de enseñarnos a rezar el Padre Nuestro, añade unos consejos que revelan su pensamiento sobre el tema de la oración. Todos parten de que Dios, como Padre bueno, jamás deja de escuchar la oración de sus hijos, aunque a veces parezca que ha cerrado sus oídos a nuestras súplicas. Y argumenta diciendo que, si nosotros que somos malos no damos cosas malas a nuestros hijos, ¡cuánto más Dios dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan! He aquí el secreto de la eficacia de la oración: lo primero que debemos pedir es el Espíritu Santo, el don más grande podemos recibir.
Otro rasgo de la enseñanza de Jesús sobre la oración es la necesidad de insistir. Muy a menudo el cristiano, al no recibir de inmediato lo que pide, se desanima y deja de pedir. Para recalcar la importancia de insistir, Jesús cuenta la parábola del amigo inoportuno, que recibe la llamada de éste cuando ya está la familia en la cama, para

Miércoles, 17 Julio 2019 07:34

Santiago y la fe en España.

 

El 25 de Julio celebraremos la solemnidad de Santiago apóstol, patrono de España. La tradición del traslado de sus restos a Compostela ha convertido este lugar en uno de los tres lugares más importantes de peregrinación: Jerusalén, Roma y Compostela. Le veneramos con mucho fervor y gratitud por haber traído la fe a nuestra tierra, según una venerable tradición. Desde los inicios del cristianismo, España ha recibido la fe apostólica mediante la predicación de san Pablo y de Santiago, junto a otros varones apostólicos.
Sabemos que Santiago era hermano de Juan, el evangelista, y que ambos eran hijos de Zebedeo, pescador en el lago de Galilea. Jesús les llamó, y dejando a la barca y a su padre, le siguieron. Por su carácter impetuoso, Jesús les impuso el sobrenombre de «hijos del trueno». Como el resto de los apóstoles, pensaban que Jesús iba a ser un mesías político que daría de nuevo a Israel su autonomía y la liberación del yugo de

 

La parábola del buen samaritano, una de las más bellas de Jesús, permanece en la memoria de la Iglesia como la mejor definición de quién es el prójimo. Un letrado pregunta directamente a Jesús: ¿quién es mi prójimo? Y Jesús le responde con la parábola. Desde el comienzo de la parábola, es notable que la pregunta del letrado sobre cómo alcanzar la vida eterna no revela un corazón limpio, sino que desea «poner a prueba» a Jesús. Busca examinarle sobre la ley mosaica y sus exigencias porque Jesús tenía fama de no cumplirla o de suprimir alguna de sus exigencias. Otro dato que merece tenerse en cuenta sobre la actitud del letrado es la apostilla del evangelista cuando dice que, «queriendo aparecer como justo», pregunta a Jesús: «Y, ¿quién es mi prójimo?». Cualquier israelita sabía que prójimo era el más cercano que necesitara ayuda, medios para subsistir. Eran también los huérfanos, viudas y emigrantes, que vivían indefensos, sin

 

El evangelio de este domingo recoge parte del discurso de Jesús cuando envía a los discípulos a su primera misión evangelizadora. Los consejos que reciben sirven para entender la transcendencia del envío y, en gran medida, la naturaleza del Reino de Dios que anuncian. Los discípulos son como la avanzadilla que precede a Jesús y le preparan el camino, pues, como dice el evangelio, los envía a los lugares donde pensaba ir él. Los discípulos nunca sustituyen al Señor, son servidores, colaboradores. Sólo Jesús es el Maestro y el Señor.
Lo primero que les pide Jesús es que oren al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración es presupuesto de la misión, condición indispensable de su éxito. Dios dirige la historia con Providencia. Por eso, hay que suplicar, llamar a la puerta y pedir como pobres. Las vocaciones no son conquistas del hombre, son dones de Dios que deben pedirse. El Reino de Dios es obra suya. Por eso, es necesario

La libertad es un don precioso que el hombre protege con todas sus fuerzas para que no se lo arrebaten. Pero la libertad implica también a uno mismo, pues —querámoslo o no— con harta frecuencia somos esclavos de nosotros mismos. Podemos gritar: ¡libertad, libertad!, y ser pobres esclavos en la cárcel que nos fabricamos. Cuando Pablo dice que «para ser libres nos liberó Cristo», no se refiere a esclavitudes externas, como la del pueblo de Israel en Egipto o en Babilonia. El apóstol se refiere a la libertad que Cristo nos da al rescatarnos de nuestras esclavitudes internas: el tributo que pagamos servilmente a nuestro amor propio. Por eso, el apóstol aclara: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor» (Gál 3,13). En realidad, nacemos esclavos de nuestro yo, y la vida nos reta a ser libres mediante la entrega generosa a los demás. Por eso, la

Viernes, 21 Junio 2019 07:41

Eucaristía: Dios abajado.Corpus Christi.

Puede abajarse Dios más de lo que se ha humillado en un trozo de pan y un poco de vino? ¿Pude pensarse mayor humildad que la de quedar al alcance de la mano como alimento de pobres y sencillos?
La revelación cristiana conoce muchos abajamientos de Dios. En el Edén, a la brisa de la tarde, Dios bajaba a pasear con Adán y Eva. Se dejó acoger por Abrahán en su tienda del desierto, bajo figura de tres caminantes. Luchó cuerpo a cuerpo con Jacob como si fuera un semejante. Permitió que Moisés le viera la espalda —nunca el rostro— y hablaba con él como con un amigo. En todo esto, Dios siempre protegió su trascendencia. Pero anunció que sería pastor y cordero, gusano y cacharro inútil, un maldito colgado del madero.
Al llegar la plenitud de los tiempos —es decir, cuando el tiempo alcanzó su madurez— el Hijo de Dios tomó nuestra carne, asumió nuestra vida y nuestra muerte. Nació y vivió pobre. Murió desnudo y ultrajado. Sufrió el desprecio, la

La Trinidad y la vida contemplativa

 

El domingo de la Santísima Trinidad la Iglesia nos invita a orar por quienes forman la vida contemplativa. Son hombres y mujeres que, a diferencia de quienes se dedican a la vida activa, escogen el silencio, la oración y el trabajo para dedicarse a Dios mediante la contemplación de su verdad, bondad y belleza. La importancia de este modo de vivir sólo se comprende si tenemos en cuenta que Dios es el Absoluto, bien supremo y felicidad infinita. Dios supera todo lo creado e imaginable. De ahí que haya personas que experimenten la atracción irresistible de buscar su rostro, contemplar en la fe lo que un día será la visión cara a cara de Dios, meta de todo hombre.
En un mundo que ha perdido —hablamos en general— el sentido de la trascendencia, no es fácil entender la vida contemplativa que da sentido a tantos monasterios. Sin embargo, cuando la gente se acerca a estos lugares de paz, silencio y oración, y

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