Es frecuente entre los cristianos tener una idea equivocada de la fe. No me refiero al aspecto intelectual de la fe que acepta las verdades reveladas, sino al aspecto existencial que nos lleva a confiar en Dios en las adversidades de la vida. De hecho, cuando nos toca pasar por pruebas duras, nuestra fe se tambalea y hasta dejamos de confiar plenamente en Dios. Basta leer la vida de los santos para darse cuenta de que a ellos les pasó lo mismo, con la diferencia de que confiaron en Dios hasta el final. Es conocida la frase de santa Teresa de Jesús, cuando, en una de sus luchas, le dijo con humor al Señor: «Si así tratas a tus amigos, ahora entiendo por qué tienes tan pocos».

            La fe, como actitud vital, no es una posesión pacífica exenta de escollos. Creer, como amar, supone dificultades y asumir que Dios puede probar nuestra confianza. ¿No

Hay una palabra que define la misión de Cristo entre los hombres: compasión. Para ser exactos, los evangelistas utilizan un verbo griego que, traducido literalmente, significa «estremecerse las entrañas». Así lo dice el evangelio de este domingo cuando Jesús, al contemplar la multitud que le seguía para escucharle, «se le estremecieron las entrañas y curó a mucha gente» (Mt 14,14). Esta compasión de Jesús es la misma que define al padre del hijo pródigo, cuando ve que retorna a casa; y la del buen samaritano que encuentra al herido junto al camino por donde pasa. Podríamos decir que la compasión es lo que el hombre experimenta cuando sus entrañas se estremecen ante el sufrimiento ajeno. Movido a compasión, se hace solidario con su dolor y se compromete a aliviarlo.

En el evangelio de este domingo, después de curar a la gente, Jesús realiza otro gesto de compasión. Al advertir que el día se ha

La Conferencia Episcopal Española ha pedido a las diócesis que los días 25 y 26 de julio celebren funerales por los difuntos de la pandemia. La diócesis de Segovia ha elegido el domingo 26, fiesta de san Joaquín y santa Ana. Hemos escogido el domingo por ser el día del Señor, de su resurrección de entre los muertos. Además, la fiesta de los abuelos de Jesús nos permite recordar a tantos mayores fallecidos que están siendo llorados por sus nietos y nietas. ¡Que el Dios de la Vida acoja a todos en su paz!

La Biblia nos dice que “Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera” (Sab 1,13-14). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, que engañó a nuestros primeros padres para que se rebelaran contra Dios. Junto a la caída, vino la muerte que se extiende a todas las generaciones. Aun así, la muerte no tiene el poder definitivo

Las enseñanzas de Jesús partían de ejemplos muy concretos de la vida ordinaria. Era una forma de enseñar propia de los rabinos, aunque Jesús dejara su propia impronta que el pueblo valoraba con una rotunda expresión: «enseña con autoridad». La autoridad de Jesús se manifestaba de dos maneras: ayudaba a mirar las cosas ordinarias desde la perspectiva del Reino de Dios, de la salvación del hombre, del juicio al final de la historia. Sus parábolas, ordenadas en bloques, son auténticos arcones de sabiduría de donde sacaba lo nuevo y lo viejo. Su autoridad, además, se mostraba en extraer el misterio que ocultan las cosas más pequeñas y sencillas cuando se miran desde la óptica de Dios.

Otra característica de su enseñanza es la invitación a escuchar con atención: «el que tenga oídos para oír, que oiga». No todo lo que el hombre recibe por el oído madura en su interior. Necesita prestar atención

La parábola del sembrador que leemos este domingo en la liturgia es una llamada a acoger la Palabra de Dios para que fructifique en el corazón. Entre los obstáculos que encuentra la semilla, esparcida a voleo por el sembrador sobre la tierra, Jesús habla de la falta de raíces y de la inconstancia. Dos peligros muy actuales de nuestro tiempo. Ambos impiden que la palabra arraigue y dé mucho fruto.

Nuestra sociedad, aquejada de escepticismo y del relativismo que todo lo reduce a lo que cada persona determina en su subjetividad, se ha convertido, según la expresión de Bauman, en una sociedad «moderna líquida». Al definir este concepto, dice que «es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas». Los cambios frenéticos de nuestra sociedad impiden ciertamente consolidar hábitos, o, con

Hay palabras de Jesús especialmente significativas. Se dirigen a cada persona y son una invitación a la relación con él. En el evangelio de hoy, Jesús se dirige al Padre para darle gracias porque ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos y los ha revelado a la gente sencilla. Para entender bien estas palabras hay que tener en cuenta que el evangelista, previamente, hace notar que la predicación de Jesús ha sido rechazada por quienes le acusan de tener relación con pecadores y publicanos e incluso de estar endemoniado. Son los «sabios» de este mundo que se consideran con derecho de juzgar a los demás, incluso a Jesús, descalificando su enseñanza. Por el contrario, los que seguían a Jesús eran considerados como una pobre gente, sin formación ni doctrina, que, no obstante, acogían con alegría las palabras de Jesús. Por eso Jesús da gracias al Padre, porque a estos les ha revelado las cosas del Reino.

Jesús da un paso más: a esa gente

En el evangelio de este domingo, Jesús se presenta con la exigencia radical de ser amado por encima de todo: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (M7 10,37-39). El amor a Jesús debe estar por encima de cualquier otro amor, hasta el punto de llegar a dar la vida por él.

Si lo pensamos bien, esta radicalidad del amor que pide Jesús para sí, es semejante a la que el hombre solicita. No nos contentamos con ser amados a medias, ni toleramos un amor que se reserve zonas privadas . Queremos la entrega total, la sinceridad de la donación, la exclusividad de ser amados como únicos. Incluso cuando la familia interfiere en las relaciones conyugales o de simple amistad, nos sentimos amenazados es la totalidad que deseamos.

El próximo lunes, 22 de junio, la Diócesis de Segovia celebrará en su iglesia Catedral la misa crismal. Esta misa se celebra litúrgicamente el Jueves Santo por la mañana, día en que Jesucristo instituye los sacramentos de la eucaristía y del sacerdocio y proclama el mandamiento del amor. Es una misa poco conocida por los fieles. No obstante, cuando participan en ella perciben su extraordinario contenido teológico, espiritual y profundamente humano. En ella, el obispo y su presbiterio convocan a la diócesis para bendecir los óleos de catecúmenos y enfermos y consagrar el crisma que se usará en el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. También en esta misa los sacerdotes renuevan los compromisos asumidos en su ordenación en favor del pueblo cristiano.

Debido a la pandemia del coronavirus, la misa crismal no pudo celebrarse en el día más cercano al jueves santo como suele hacerse en las diócesis de España. Los obispos recibimos de la Santa Sede la

Aunque este año no habrá procesión del Corpus a causa de la pandemia, la Eucaristía merece que le prestemos toda la atención, pues sin ella la Iglesia no sería el Cuerpo de Cristo. Hay que recordar que la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. Son dos realidades que se exigen la una a la otra, como se deriva de la enseñanza de san Pablo. Al comer todos del mismo pan formamos un solo cuerpo.

El Señor Jesús ha querido quedarse con nosotros de una forma misteriosa pero real: sabemos que vive entre nosotros de muchas maneras, pero especialmente mediante el sacramento de la Eucaristía que prolonga en la historia su auto-donación. El se ha dado de una vez por todas en el sacrificio de la cruz y se sigue dando en su presencia sacramental, que constituye el gran tesoro que custodia la Iglesia. Quizás nos hemos acostumbrado a ello, y lo valoramos poco. En este tiempo de pandemia, muchos cristianos echan de menos comulgar, participar en la mesa del

El domingo de la Santísima Trinidad celebramos la Jornada Mundial Pro Orantibus, es decir, por los que dedican su vida en los monasterios de vida contemplativa a orar por la Iglesia y la humanidad. Son hombres y mujeres que han hecho de su vida una permanente ofrenda a Dios, una alabanza continua a su gloria y una intercesión por las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Permanecen muchas veces en el olvido, no digo ya del mundo, sino incluso de cristianos que desconocen este modo de vivir en la Iglesia o no lo valoran como conviene.
El hecho de que se celebre esta Jornada el día de la Santísima Trinidad es todo un signo. Dios es el fundamento de todo lo que existe. El Dios revelado en Cristo es, además, un Dios amor y comunión. Son tres personas que se aman en una unidad indestructible a imagen de la cual hemos sido creados. Este Dios inefable y cercano, trascendente y encarnado en el Hijo, todopoderoso y anonadado en la cruz, Juez universal y humilde

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