En muchas ocasiones, los críticos del cristianismo afirman que Jesús nunca
se designo a sí mismo como Dios. Deducen de aquí que la confesión cristiana sobre
Jesús como Hijo de Dios es un invento de la Iglesia que lo ha divinizado. La fe de la
Iglesia —y Jesús— sería simplemente un mito.
Es cierto que Jesús nunca dijo abiertamente de sí mismo que era Dios, pero
lo dijo claramente mediante afirmaciones que cualquier judío formado en la
tradición de las Escrituras podía entender. De ahí que, ante el tribunal judío que le
condena por blasfemo, se le acusa de haberse proclamado Dios.
Sabedor de que el pueblo judío tenía un respeto sagrado por el nombre de
Dios, que revelaba su esencia, Jesús recurrió a formas de expresarse que,
respetando la trascendencia divina, indicaran la conciencia que tenía de sí mismo
como Hijo de Dios. Pongamos un ejemplo: la institución más importante

Las imágenes que Jesús utiliza en el evangelio de este domingo para describir la vocación cristiana son muy expresivas: luz del mundo, sal de la tierra. Jesús mismo explica el simbolismo que encierran. Una lámpara no se enciende para colocarla debajo de un celemín, del mismo modo que no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto del monte. La sal que perdiera su sabor sólo serviría para tirarla y ser pisada por la gente. Con estas elocuentes comparaciones, Jesús afirma que los cristianos no podemos ocultar nuestra condición renunciando a la vocación de iluminar y vivificar este mundo. Dicho con palabras modernas: los cristianos tenemos vocación de hacernos presentes en la vida pública, dando testimonio con las obras y las palabras. Y, cuando hablo de cristianos, incluyo también a los pastores de la Iglesia que han recibido de Cristo el carisma de enseñar.
Esta doctrina es tan clara que no necesitaría comentarios si no fuera porque en la actualidad se ha

Las bienaventuranzas de Jesús son la ley que debe regir la Iglesia. No están formuladas como mandatos, al estilo de la ley del Sinaí, sino que se presentan como una invitación a vivir según el estilo de Jesús. Al comenzar con la palabra «bienaventurados», se afirma que son el camino para ser felices en esta vida y poseer la eterna. La pobreza, la misericordia, la pureza de corazón no se imponen, sino que se ofrecen a los discípulos de Cristo como actitudes que les capacitan para formar parte de la Iglesia.
Cuando Jesús proclama las bienaventuranzas está realizando la promesa del profeta Sofonías: «Dejaré en medio de ti un resto, un pueblo humilde y pobre, que buscará refugio en el nombre del Señor» (Sof 3,12). La palabra «resto», o la expresión «resto de Israel», hace referencia a que el Señor se escogerá para sí una parte de Israel para llevar adelante la constitución de ese pueblo pobre y humilde. La razón de esta elección se debe a que no todos

Por deseo del Papa Francisco, el tercer domingo del tiempo ordinario debe dedicarse a mostrar el valor de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y del cristiano. Durante la preparación del Jubileo del año 2000, san Juan Pablo II pedía examinar cómo se habían recibido las cuatro constituciones del Concilio Vaticano II. Respecto a la Dei Verbum (dedicada a la Palabra de Dios), preguntaba en qué medida «la Palabra de Dios ha llegado a ser plenamente el alma de la teología y la inspiradora de toda la vida cristiana», pues el Concilio la presenta como «sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21).
No se puede evangelizar si faltan los testigos de la Palabra de Dios, «regla suprema de la fe de la Iglesia» (DV 21). Si vale el símil, sólo quien ha comido la Palabra de Dios, como hace físicamente el profeta Ezequiel, podrá anunciarla con autoridad ante los demás.

El día dieciocho de enero comenzaba la semana de oración por la unidad de los cristianos que concluye con la fiesta de la conversión de san Pablo, el día 25. La importancia que la Iglesia da a la unidad de los cristianos —lo que llamamos ecumenismo— responde a la ferviente súplica que Jesús dirige al Padre en la última cena: que todos seamos uno. Jesús intuyó que su Iglesia sufriría desde sus comienzos los desgarrones de la división, la herejía y el cisma. Ya en los escritos del Nuevo Testamento encontramos llamadas a la unidad provocadas por las divisiones entre los cristianos. «He oído —escribe Pablo a los corintios— que cuando se reúne vuestra asamblea hay divisiones entre vosotros» (1Cor 11,18). Estas divisiones aparecen en la primitiva Iglesia de Jerusalén entre los cristianos de lengua aramea y griega y en las disputas que provocaron la convocatoria del Concilio de Jerusalén para determinar si los paganos debían circuncidarse o no. La imagen

Viernes, 10 Enero 2020 07:32

Bautismo de Cristo y del cristiano.

Aunque el bautismo de Cristo y del cristiano son de distinta naturaleza, están íntimamente relacionados, de forma que, sin el de Cristo, no es posible el de los cristianos. Muchos cristianos confunden la naturaleza de ambos bautismos, porque no entienden que Cristo, el Hijo de Dios sin pecado, baje al río Jordán a ser bautizado por el Bautista junto a muchos otros pecadores. ¿Era pecador Jesús? ¿Necesitaba hacer penitencia por sus pecados? De ninguna manera. Jesús es santo en su naturaleza, sencillamente porque es el Hijo de Dios, Dios mismo. Entonces, ¿por qué bautizarse?
Digamos, como primera observación, que Jesús, al unirse a los pecadores que buscan conversión, muestra de modo simbólico que, asumiendo nuestra naturaleza humana, se ha hecho, en cierto sentido, solidario con el pecado de los hombres. Ha venido a redimirnos y salvarnos de nuestro pecado. Y lo hace apareciendo entre los pecadores como si fuera uno más. De ahí que Juan Bautista, conocedor de

Las fiestas de Navidad pueden definirse como fiestas de la luz. Desde la claridad que inunda a los pastores, cuando el ángel les anuncia el nacimiento del Hijo de Dios, hasta la estrella que guía a los magos, la Navidad es la manifestación de la luz inefable de Dios que brilla en Jesucristo. Así como en el primer día de la creación, Dios dijo: «Exista la luz y la luz existió», así, al iniciarse la nueva creación con el nacimiento de Cristo, se afirma en el prólogo de Juan: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo».
La paradoja Cristo, Luz del mundo, es que «la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió». Esta afirmación es una clara referencia a aquellos que, perteneciendo a la casa de Cristo —el pueblo de Israel— no acogieron a Cristo. Por eso, puntualiza el evangelista: «Vino a su casa y los suyos no lo recibieron». Naturalmente no sólo fueron ellos quienes lo rechazaron. Son muchos los hombres que,

La familia es sagrada. Con esta afirmación utilizamos dos acepciones del adjetivo «sagrado», recogidas en el Diccionario de la RAE: 1) que tiene relación con la divinidad, y 2) que es digno de veneración y respeto. Para la tradición cristiana, ambas acepciones son inseparables. El hecho de que Dios esté en el origen de la institución familiar, como creador del hombre y de la mujer, la dota de toda veneración y respeto como aparece en los textos que leemos hoy en la fiesta de la Sagrada Familia.
En la creación de Adán y Eva, Dios ha dejado su huella divina, de manera que en la unión de ambos se refleja la misma comunión que existe entre las personas de la Trinidad. La familia, instituida en la creación, merece un respeto sagrado. En este plan de Dios, es perfectamente lógico que, al enviar a su Hijo a la tierra, lo hiciera nacer en el seno de una familia, que se convierte en el paradigma e icono visible del plan de Dios. La fiesta de la Sagrada Familia nos

Viernes, 20 Diciembre 2019 07:43

El Enmanuel es Jesús.D. IV adviento

En la Biblia Dios recibe muchos nombres y apelativos. Es el Creador, el Salvador y Redentor, el Rey y Pastor de Israel. En razón de su misericordia, es «Dios de ternura y compasión», que protege a huérfanos, viudas y emigrantes. Es Remunerador de vivos y muertos, el Juez inapelable y Señor de todos los pueblos. Por su acción en la historia de Israel es el «Dios de nuestros padres», al que rinden culto todas las generaciones. Y, por su capacidad de recrear el universo, es el Dios de la vida, el que hace fecundos los senos estériles y resucita a los muertos.
Al revelarse a Moisés, Dios se ha nombrado a sí mismo: «Soy el que soy», fórmula que sintetiza el nombre propio de Dios: Yahveh. Dado que el nombre de Dios representa su naturaleza, el pueblo judío evita pronunciar su nombre usando otros apelativos. Así salvaguarda su trascendencia y santidad. En cierto sentido es el innombrable.
Además del sentido trascendente del nombre de Dios, hay otro nombre que

Además de las ocho bienaventuranzas que conocemos por el evangelio de Mateo, existen otras pronunciadas por Jesús, que salpican los relatos evangélicos y forman un conjunto de dichos que ayudan al cristiano a vivir la alegría del evangelio. Técnicamente se les llama «macarismos» porque comienzan con la palabra griega «makarios», que significa dichoso, bienaventurado. En este tercer domingo de Adviento tenemos precisamente uno de esos dichos, que resulta un tanto enigmático.
Para comprenderlo bien, es preciso tener en cuenta el contexto en que se halla. Juan Bautista, que estaba encarcelado, recibió noticias del modo en que Jesús se presentaba como mesías, muy distinto del que se esperaba en Israel, y envió a dos de sus discípulos para que le preguntasen si era él el mesías que había de venir o tenían que esperar a otro. Jesús no responde a los emisarios de Juan de modo abstracto, ni con teorías sobre el mesías, sino se remite a los hechos que hace y a

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