El relato de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús es uno de los pasajes más conmovedores de los evangelios. Y también de las más actuales. Los peregrinos —representación del homo viator— somos los hombres en busca de certezas y calor de hogar. Los discípulos se alejan de Jerusalén porque consideran invento de mujeres el anuncio de la resurrección. Se alejan de la casa universal para ir a la propia. Caminan entristecidos. Conversan sobre lo sucedido utilizando, sin embargo, un lenguaje de creyentes. Pero su esperanza se ha desfondado.

La presencia de Jesús, que se une a ellos en el camino con total normalidad, no les alerta sobre su identidad. Jesús se interesa por la conversación que se traen y entra de lleno en el asunto, calificándoles de «necios y torpes». Ellos, que han definido a Jesús como «profeta poderoso en

Jueves, 08 Abril 2021 10:04

«La fe de Tomás» Domingo II de Pascua

El mismo día de la resurrección, al anochecer, Jesús se apareció a los apóstoles cuando estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Dice el Evangelio que Jesús se puso en medio de ellos, les saludó con la paz, les mostró las manos y el costado y, soplando sobre ellos, les concedió el Espíritu Santo con la potestad de perdonar los pecados. Los apóstoles —dice el evangelista— se llenaron de alegría al ver al Señor. Con estas breves indicaciones, se nos hace un perfecto resumen del significado de la resurrección. Jesús resucitado vuelve con los suyos —se pone en el centro—; se identifica como el Crucificado mostrando sus llagas; les otorga la paz, que no es un simple saludo, sino la plenitud de los bienes mesiánicos; sopla sobre ellos, como sopló Dios sobre el barro de Adán insuflando vida, para concederles la capacidad de perdonar pecados. La alegría es el signo de la salvación

La importancia de los dogmas se valora, entre otros argumentos, por los ataques que reciben. Desde el inicio del cristianismo, verdades como la encarnación del Hijo de Dios y la resurrección se atacaron fuera y dentro de la Iglesia. La razón era la misma: desprecio por la carne, que se consideraba indigna de Dios e incompatible con la vida del más allá. Ya en escritos del Nuevo Testamento se defiende con firmeza que Dios y la carne del hombre no son incompatibles. San Pablo tuvo que salir en defensa de la resurrección de Cristo, sin la cual el cristianismo sería una pura ficción.

Cuando, a partir del siglo XVIII, comienza la crítica racionalista de los evangelios, el punto de mira es la resurrección de Cristo, que queda diluida en una experiencia íntima de los apóstoles, los cuales no se resignaban al fracaso de Jesús. Cuando se vuelve

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. Su liturgia aúna los dos aspectos del Triduo Pascual: la gloria y la cruz. La procesión de Ramos es preludio del triunfo pascual. Según el Evangelio de Marcos, proclamado al bendecir los ramos, Jesús planifica su entrada en Jerusalén inspirado en la profecía de Zacarías, que presenta al Mesías como rey humilde y pacífico montado en una borriquilla. Merece destacarse algunos detalles del relato, en el que Jesús se llama a sí mismo «Señor», título que corresponde al Resucitado.

Llama la atención que Jesús haya previsto lo que va a suceder: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto» (Mc

El Día del Seminario tiene este año el siguiente lema: «Padre y hermano, como san José». En el año dedicado a san José, se quiere resaltar la condición del sacerdote como hermano y padre de los hombres. El sacerdote es tomado de entre los hombres, sus hermanos, para ser constituido padre por el sacramento del orden. Se trata de la paternidad nacida de la predicación de la Palabra de Dios y de los sacramentos. Como dice san Pablo, «por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Cor 4,15).

Son muchas las virtudes de san José que el Papa Francisco resalta en su carta apostólica Patris corde («con corazón de padre») para este año jubilar: ternura, obediencia, acogida, valentía creativa, laboriosidad. Lo presenta finalmente como si fuera para Jesús «la sombra

A medida que nos acercamos a la Semana Santa, el drama de Jesús se hace más patente en la Liturgia bajo imágenes diversas. En el Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma, Jesús dice a Nicodemo que de la misma manera que Moisés elevó a la serpiente de bronce en el desierto, «así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). Esta elevación no es simbólica, como lo fue la serpiente de bronce que Dios ordenó levantar como un estandarte para que los mordidos por serpiente se curaran al mirarla. Jesús se refiere a que será «levantado» en la cruz para salvar a los hombres. Hasta qué grado es puro realismo lo sabemos cuando el Viernes Santo miremos al Crucificado.
Otra imagen que san Juan utiliza para describir el drama de Cristo es la luz que ha brillado en las tinieblas. Ya en el prólogo de su

La Cuaresma es tiempo de purificación. Y eso es lo que hace Jesús en el templo de Jerusalén —purificarlo—, cuando observa que se ha convertido en un mercado, según dice el Evangelio de hoy. En tiempo de Jesús, con ocasión de la Pascua, las autoridades del templo permitían que en uno de sus atrios se ofrecieran a los peregrinos animales para los sacrificios y que, para los que venían de otros países, hubiera cambistas de monedas, que facilitaran las ofrendas. Ante este abuso, Jesús realiza un gesto de purificación que va más lejos de lo que parece a primera vista. Fabrica un látigo con algunas cuerdas y expulsa a los animales y vuelca las mesas de los cambistas con estas palabras: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Esta referencia al templo convertido en «mercado» alude al profeta Zacarías: «Aquel día no quedará ni un mercader en el templo del Señor del

El Evangelio de hoy tiene como escenario el monte Tabor. En la actualidad, existe allí una hermosa basílica que recuerda la Transfiguración de Jesús, cuyo relato leemos hoy en la Liturgia. En el mosaico que representa la escena sobre el altar mayor, aparecen Elías y Moisés hablando con Jesús. Estos dos personajes fueron testigos de teofanías en el monte Horeb o Sinaí. Ahora, parece que Jesús les convoca en el Tabor para hablar de su destino de muerte y gloria. Por eso, leemos este pasaje al adentrarnos en la Cuaresma, camino de la Pascua.

La importancia de Elías y Moisés en el relato de la transfiguración es muy significativa. Elías representa el profetismo de Israel por su celo al defender la unicidad del verdadero Dios. Moisés representa la ley, pues la recibió de manos de Dios como signo de la

Jueves, 18 Febrero 2021 09:20

«¿Tentación?» Domingo I de Cuaresma

Las tentaciones de Jesús han dado pie a mucha literatura exegética, teológica, literaria y también grotesca. Cualquiera que lea los Evangelios con un mínimo sentido común, observará que nos encontramos ante un hecho común a todo hombre: en su esencia, la tentación —toda tentación— es apartar al hombre de la adoración de Dios. El ansia de poder, de vanagloria y de bienes terrenos son forma de sustituir a Dios. Que Jesús, en cuanto Hijo de Dios, fue tentado es dicho abiertamente en el evangelio. En este domingo, el de Marcos lo dice con la mayor claridad y concisión: «El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Santanas» (Mc 1,12-13). No puede ser mas breve. Los otros evangelios sinópticos describen las tentaciones con detalles inspirados en pasajes del Antiguo Testamento para presentar a Jesús como el nuevo Israel que peregrina por el desierto

La próxima semana comienza el tiempo de Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza, que nos invita a la conversión. Hay conversiones fulminantes. Son acciones gratuitas de Dios que intervienen con fuerza en la vida de los hombres. Son famosas las de san Pablo, san Agustín, el beato Carlos de Foucauld. Otras conversiones se realizan de modo progresivo y otras muy lentamente, con altos y bajos. Mientras vivimos, siempre estamos en proceso de conversión. La oración, el ayuno y las obras de caridad son medios para abandonar nuestra vida de pecado o de mediocridad y lanzarnos en la carrera de la fe para alcanzar a Cristo.

La conversión más difícil es la de los buenos. ¿A qué me refiero? Con mucha frecuencia, el cristiano se acostumbra a una vida de piedad que cumple con sus aspiraciones: evitar el pecado mortal, ser fiel a los

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