El próximo lunes, 22 de junio, la Diócesis de Segovia celebrará en su iglesia Catedral la misa crismal. Esta misa se celebra litúrgicamente el Jueves Santo por la mañana, día en que Jesucristo instituye los sacramentos de la eucaristía y del sacerdocio y proclama el mandamiento del amor. Es una misa poco conocida por los fieles. No obstante, cuando participan en ella perciben su extraordinario contenido teológico, espiritual y profundamente humano. En ella, el obispo y su presbiterio convocan a la diócesis para bendecir los óleos de catecúmenos y enfermos y consagrar el crisma que se usará en el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. También en esta misa los sacerdotes renuevan los compromisos asumidos en su ordenación en favor del pueblo cristiano.

Debido a la pandemia del coronavirus, la misa crismal no pudo celebrarse en el día más cercano al jueves santo como suele hacerse en las diócesis de España. Los obispos recibimos de la Santa Sede la

Aunque este año no habrá procesión del Corpus a causa de la pandemia, la Eucaristía merece que le prestemos toda la atención, pues sin ella la Iglesia no sería el Cuerpo de Cristo. Hay que recordar que la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. Son dos realidades que se exigen la una a la otra, como se deriva de la enseñanza de san Pablo. Al comer todos del mismo pan formamos un solo cuerpo.

El Señor Jesús ha querido quedarse con nosotros de una forma misteriosa pero real: sabemos que vive entre nosotros de muchas maneras, pero especialmente mediante el sacramento de la Eucaristía que prolonga en la historia su auto-donación. El se ha dado de una vez por todas en el sacrificio de la cruz y se sigue dando en su presencia sacramental, que constituye el gran tesoro que custodia la Iglesia. Quizás nos hemos acostumbrado a ello, y lo valoramos poco. En este tiempo de pandemia, muchos cristianos echan de menos comulgar, participar en la mesa del

El domingo de la Santísima Trinidad celebramos la Jornada Mundial Pro Orantibus, es decir, por los que dedican su vida en los monasterios de vida contemplativa a orar por la Iglesia y la humanidad. Son hombres y mujeres que han hecho de su vida una permanente ofrenda a Dios, una alabanza continua a su gloria y una intercesión por las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Permanecen muchas veces en el olvido, no digo ya del mundo, sino incluso de cristianos que desconocen este modo de vivir en la Iglesia o no lo valoran como conviene.
El hecho de que se celebre esta Jornada el día de la Santísima Trinidad es todo un signo. Dios es el fundamento de todo lo que existe. El Dios revelado en Cristo es, además, un Dios amor y comunión. Son tres personas que se aman en una unidad indestructible a imagen de la cual hemos sido creados. Este Dios inefable y cercano, trascendente y encarnado en el Hijo, todopoderoso y anonadado en la cruz, Juez universal y humilde

La fiesta de Pentecostés era la segunda fiesta de peregrinación del pueblo judío. Se la denominaba «la fiesta de las semanas», porque se celebraba siete semanas después de la Pascua. Se llevaba como ofrenda dos panes fermentados y ramos de espigas, frutos de la cosecha, en recuerdo de sus orígenes como fiesta de la siega.

La venida del Espíritu tiene mucho de Pascua y de cosecha. De Pascua, porque el Espíritu nos viene de Cristo muerto y resucitado. Cuando Jesús muere, Marcos dice escuetamente que «expiró»; Juan matiza: «entregó el espíritu». El agua que brota del costado abierto de Cristo es el símbolo del Espíritu, el agua viva que promete a la samaritana, y que podrán beber todos los que tengan sed y deseen creer en él. Cuando Jesús resucitado se aparece a los apóstoles —como dice hoy el evangelio— les muestra las llagas de su pasión y les otorga la paz. Después realiza un gesto que recuerda lo que hizo Dios en la creación: sopló sobre

Jesús no es un profeta más de los que, según la tradición bíblica, fueron llevados al cielo en un carro de fuego como Elías o Henoc, a quien Dios lo arrebató sin pasar por la muerte. El misterio de la Ascensión, que celebramos este domingo, no es un paralelo de estas elevaciones al cielo, sino que se sitúa en el nivel de la trascendencia divina. Quien sube a los cielos es el eterno Hijo de Dios que tomó nuestra carne en el seno de María y, resucitado de entre los muertos, alcanza el señorío sobre el cosmos, como dice Jesús en su despedida: «Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra» (Mt 26,18).

Este poder, o autoridad, es simbolizado también en el gesto de sentarse a la derecha del Padre, indicando así que Jesús, también en cuanto hombre, goza de su misma dignidad. Cuando san Pablo reflexiona sobre este hecho en la carta a los Efesios, dice que Dios lo sentó a su derecha «por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por

Celebramos en este domingo la Pascua del Enfermo. Es el sexto domingo de Pascua, cerca ya de la Ascensión. Las palabras de Jesús tienen aire de despedida: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14,18). Jesús no se refiere a su vuelta al fin de los tiempos, sino a una inmediata que tendrá lugar en Pentecostés cuando envíe al Espíritu Santo, que en griego se llama Paráclito. «Yo pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16). ¿Por qué habla Jesús de otro Paráclito? ¿Qué significa este nombre?

En griego, Paráclito significa «el que consuela». Es natural que, al quedarse sin Jesús, los discípulos se sintieran tristes, huérfanos. Se marchaba su maestro y su amigo. Regresaba al Padre el que había sido su consuelo durante el tiempo que había estado con ellos. Por eso habla de otro Paráclito, porque el primero fue él. Este título de «consolador» se daba al Mesías, pues

Es frecuente, en el diálogo pastoral, que personas no creyentes manifiesten su deseo de creer y lo expresen de diversas maneras: si yo tuviera la suerte de tener fe… si alguien me mostrara el camino… La hija de Charles Chaplin, Geraldin, cuenta que su padre era ateo, pero la envió a estudiar a colegios católicos. En cierta ocasión, fue invitado por el colegio de su hija y afirmó: «Querría tanto poder creer, sería tan bello que alguien me convirtiese…».
La fe es un don de Dios, ciertamente. Pero es también una búsqueda del hombre que, en ocasiones, se hace tortuosa y difícil. Hay un camino, sin embargo, en esta búsqueda que siempre da resultado. Consiste en mirar a Cristo, contemplar su persona, observar sus obras. Exactamente es lo que dice él en el evangelio que se proclama en este domingo de Pascua. Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su partida, se entristecen. El Maestro los consuela diciendo que va a prepararles una morada en la casa de su Padre y

El cuarto domingo de Pascua se centra en el Buen Pastor. No puedo celebrar este domingo sin recordar a quienes, en estos días de confinamiento, nos han abandonado. Pastores y fieles. Todos hemos sufrido. Las familias sin poder acompañar a sus seres queridos. El presbiterio diocesano que no ha podido celebrar unido la eucaristía por quienes han pastoreado el pueblo de Dios en Segovia. Quiero recordar sus nombres: Isidoro Mardomingo, Juan Bayona, Ángel García, Andrés Rodao. Todos ellos nos han precedido en el ejercicio de un ministerio que nos supera, el de Cristo, Pastor y Puerta de las ovejas.
Llama la atención que Jesús utilice esta doble imagen, en apariencia contradictoria, para definirse a sí mismo. Todos entendemos la imagen del pastor, que conoce y reúne a sus ovejas, las llama por su nombre y conduce a verdes praderas. La imagen del Buen Pastor está, sobre todo, asociada a su muerte. Porque Jesús ha arriesgado su vida hasta darla totalmente por salvar a su

En este tercer domingo de Pascua leemos el siempre sorprendente evangelio de los discípulos de Emaús, que, perdida la esperanza en Jesús, abandonan la Iglesia madre de Jerusalén para retomar su vida ordinaria. Precisamente, en ese retorno a lo ordinario, Jesús se presenta, caminando a su lado e interesándose por la conversación que traen por el camino.
No lo reconocen y lo tachan de forastero que no sabe lo sucedido. ¡Tremenda ironía de Lucas! Jesús, ¡un forastero! Llama la atención que, al describir los sucesos, los discípulos son capaces de narrarlos como si se tratara de un resumen de la fe: Presentan a Jesús de Nazaret como profeta poderoso, hablan de su condena a muerte y crucifixión, reconocen que las mujeres no encontraron su cuerpo en el sepulcro y que los ángeles les habían dicho que estaba vivo, respaldan la confesión de las mujeres por el testimonio de «algunos de los nuestros» que fueron al sepulcro pero a él no le vieron. Es una perfecta

En el segundo domingo de Pascua proclamamos en el evangelio las dos apariciones de Jesús a los discípulos en una casa, supuestamente el cenáculo, donde Jesús había celebrado la cena pascual. En las dos apariciones se dice que estaban con las puertas cerradas. En la primera, se apostilla que era por miedo a los judíos.
Jesús resucitado se presenta con poder, se sitúa en medio, les saluda con la paz y les muestra las manos y el costado para que entiendan que es el mismo que fue crucificado. Los discípulos se llenaron de alegría al verlo, y Jesús repite su saludo de paz y los envía del mismo modo que él fue enviado por el Padre. ¿A qué los envía? El texto lo aclara a continuación: «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”» (Jn 20,22-23). Este gesto de Cristo, soplando sobre los discípulos, expresa la donación

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