En este tercer domingo de Pascua leemos el siempre sorprendente evangelio de los discípulos de Emaús, que, perdida la esperanza en Jesús, abandonan la Iglesia madre de Jerusalén para retomar su vida ordinaria. Precisamente, en ese retorno a lo ordinario, Jesús se presenta, caminando a su lado e interesándose por la conversación que traen por el camino.
No lo reconocen y lo tachan de forastero que no sabe lo sucedido. ¡Tremenda ironía de Lucas! Jesús, ¡un forastero! Llama la atención que, al describir los sucesos, los discípulos son capaces de narrarlos como si se tratara de un resumen de la fe: Presentan a Jesús de Nazaret como profeta poderoso, hablan de su condena a muerte y crucifixión, reconocen que las mujeres no encontraron su cuerpo en el sepulcro y que los ángeles les habían dicho que estaba vivo, respaldan la confesión de las mujeres por el testimonio de «algunos de los nuestros» que fueron al sepulcro pero a él no le vieron. Es una perfecta

En el segundo domingo de Pascua proclamamos en el evangelio las dos apariciones de Jesús a los discípulos en una casa, supuestamente el cenáculo, donde Jesús había celebrado la cena pascual. En las dos apariciones se dice que estaban con las puertas cerradas. En la primera, se apostilla que era por miedo a los judíos.
Jesús resucitado se presenta con poder, se sitúa en medio, les saluda con la paz y les muestra las manos y el costado para que entiendan que es el mismo que fue crucificado. Los discípulos se llenaron de alegría al verlo, y Jesús repite su saludo de paz y los envía del mismo modo que él fue enviado por el Padre. ¿A qué los envía? El texto lo aclara a continuación: «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”» (Jn 20,22-23). Este gesto de Cristo, soplando sobre los discípulos, expresa la donación

La Pascua de resurrección no es una fiesta más en el calendario litúrgico. Es la fiesta por excelencia. Sin la resurrección de Cristo no hay cristianismo. Sin la resurrección de nuestro cuerpo la fe cristiana se desvirtúa por completo. Cuando asistimos a las exequias de un cristiano, percibimos enseguida que la Iglesia proclama que los restos mortales del difunto resucitarán en el día final. Esta convicción la ha recibido de la Tradición que se remonta a Jesús y a los apóstoles. Nuestro cuerpo no es un apéndice del que se puede prescindir. Es parte sustantiva de nuestro ser. Por eso, en las exequias se honra al cadáver con el incienso porque recibirá la gloria de la resurrección, a semejanza del cuerpo resucitado de Cristo.
Al morir, el alma separada del cuerpo vive en la inmortalidad. Creada por Dios, vuelve a Dios y se somete a su juicio. El cuerpo —o, mejor dicho, el cadáver— espera la resurrección en que se unirá al alma para vivir su mismo

La Semana Santa se inicia con el Domingo de Ramos. Jesús partió desde Betfagé, al otro lado del monte de los olivos, montado en una borriquilla hasta Jerusalén. Este itinerario se actualiza cada año en la llamada procesión de ramos, que, bendecidos, se guardan en las casas como recuerdo. Aún conservo yo palmas de los años pasados en Segovia.
Este año, debido a la pandemia, la procesión no se realizará litúrgicamente. Su simbolismo, sin embargo, no queda afectado por el virus. Podemos vivirlo interiormente. El Papa emérito Benedicto XVI distinguía en la peregrinación, sin separarlas radicalmente, la dimensión externa de la interna. Sin la interna, la externa queda devaluada. Lo mismo puede decirse de las procesiones: sin el camino interior hacia la conversión, lo externo puede resultar ineficaz. Rasgad el corazón, no las vestiduras, decían los profetas.
¿De qué manera puede realizarse esta procesión interior en el domingo de de Ramos? La liturgia de

El milagro de la resurrección de Lázaro constituye un puente entre la primera y la segunda parte del evangelio de Juan. La primera parte, llamada «libro de los signos», es un conjunto de milagros a través de los cuales Jesús manifiesta su identidad. Las bodas de Caná, la multiplicación de los panes, el ciego de nacimiento permiten a Jesús hablar de sí mismo con el admirable lenguaje de los signos: él es el vino nuevo de la salvación, el pan bajado del cielo, la luz del mundo que nos permite ver el horizonte trascendente de las cosas. Con el milagro de la resurrección de Lázaro, se llega al clímax de las afirmaciones de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. Ninguna afirmación puede superar a esta que nos habla de Cristo como Absoluto, como el Día último en que resucitarán los muertos.
La segunda parte del evangelio de Juan se llama «libro de la gloria» porque presenta la muerte y resurrección de Jesús a la luz la «gloria» con la que Dios mismo se

Nadie que desee hacer algo malo lo hace a plena luz. Busca la oscuridad. Se esconde de toda mirada. El mal se identifica con las tinieblas. En su diálogo con Nicodemo, Jesús le dice: «Todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz» (Jn 3,20-21). El milagro de Jesús, al curar al ciego de nacimiento, dramatiza esta contraposición entre la luz y las tinieblas. En este «signo» —dice H. Schürmann— «somos introducidos en el centro de la gran contienda entre la luz y las tinieblas que constituye el acontecimiento decisivo del mundo, un acontecimiento dramático en el que paulatinamente en un pobre ciego se va haciendo la luz al paso que en los “judíos”, que representan la humanidad ciega todo se vuelve paso a paso cada vez más tenebroso».

Si leemos con atención el evangelio de este domingo (Jn 9,1-41) descubriremos la maestría del evangelista al

La Cuaresma es un tiempo oportuno para encontrarnos con Dios cara a cara. Así se encontró la samaritana con Cristo. Este pasaje del cuarto evangelio es un magnífico relato de lo que significa la sed de Dios que hay en el hombre, quiera éste o no quiera. Somos sedientos de Dios. Basta un momento para que esa sed estalle como torrente de agua viva en el interior del hombre. Es sabido la importancia que la filosofía moderna da al deseo que habita en el hombre y le impulsa a buscar la felicidad plena. Sin saberlo, la samaritana buscaba ser feliz, es decir, buscaba la verdad.
Jesús le pide agua porque estaba cansado del camino y, seguramente, sediento. La mujer se sorprende, dada la enemistad entre judíos y samaritanos y comienza un diálogo con Jesús sobre el agua: la del pozo y la que sólo puede dar Jesús. Aparece aquí lo que llaman los estudiosos el malentendido joánico, que establece dos planos de comprensión sobre una misma palabra: el agua. Agua física y agua

En el segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia proclama el evangelio de la transfiguración de Jesús. El hecho es narrado por Mateo con mucha sobriedad mediante el uso de dos metáforas: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17,2). No tenemos espacio para explicar en qué pudo consistir el hecho, pues nos interesa sobre todo entrar en su significado. El narrador nos ofrece dos claves. En primer lugar, todo sucede después de haber anunciado Jesús a sus discípulos que será ejecutado en manos de sus enemigos. Tal anuncio provoca desconcierto entre los suyos, pues no entendían que el Mesías tuviera que padecer. Pedro, incluso, se planta ante Jesús para decirle que tal cosa no debe suceder. Jesús reprende duramente a Pedro, llamándole Satanás, y diciéndole que no se interponga en su camino. La otra clave que ofrece el evangelio es el mandato de Jesús de no contar nada de lo que han visto hasta que resucite de entre los

No es fácil hablar de la Cuaresma en tiempos en que se ha oscurecido la conciencia del pecado. Esta situación viene de lejos. Ya Pío XII afirmaba que el problema de su tiempo era la pérdida del sentido del pecado. Si la Cuaresma llama a la conversión, y no hay conversión sin aborrecimiento del pecado, ¿cómo podemos vivirla? A lo sumo, el hombre reconoce que tiene fallos, debilidades, incorrecciones en su comportamiento. El pecado es más que eso: es dar la espalda a Dios y a su amor, y, por tanto, dejar de amar al prójimo como a sí mismo. El pecado es un acto deliberado mediante el cual nos oponemos al plan de Dios, a sus mandatos revelados en la alianza y, en último término, al mandamiento del amor dado por Cristo en la última cena. El pecado es una cuestión de relación entre dos personas que están llamadas a amarse: Dios y el hombre, el hombre y su prójimo.
Cuando Dios llama a la conversión, parte siempre del amor que nos tiene: un amor de padre, semejante

El pueblo de Israel ha tenido siempre una conciencia muy viva de la santidad de Dios. Es el Dios infinitamente santo que ha hecho alianza con su pueblo para hacerle partícipe de su misma santidad. Por eso, la santidad de Dios y la del pueblo judío están estrechamente unidas como aparece claro en la conocida como ley de la santidad judía: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2). La razón de la santidad del pueblo radica en que el Dios Creador ha dejado su impronta en la criatura, de modo que ésta debe reflejar la santidad de Dios. Además, al pactar con su pueblo, Dios le pide que viva sus mandamientos como forma concreta de santidad. Se comprende, entonces, que después de enunciar la ley de santidad —«Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo»—, el Levítico enuncie algunos preceptos que se refieren al amor, como expresión de la santidad de Dios.
En el texto del sermón de la montaña Jesús recoge la ley de

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