Jueves, 25 Febrero 2021 11:43

«Según las Escrituras» Domingo II Tiempo de Cuaresma

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El Evangelio de hoy tiene como escenario el monte Tabor. En la actualidad, existe allí una hermosa basílica que recuerda la Transfiguración de Jesús, cuyo relato leemos hoy en la Liturgia. En el mosaico que representa la escena sobre el altar mayor, aparecen Elías y Moisés hablando con Jesús. Estos dos personajes fueron testigos de teofanías en el monte Horeb o Sinaí. Ahora, parece que Jesús les convoca en el Tabor para hablar de su destino de muerte y gloria. Por eso, leemos este pasaje al adentrarnos en la Cuaresma, camino de la Pascua.

La importancia de Elías y Moisés en el relato de la transfiguración es muy significativa. Elías representa el profetismo de Israel por su celo al defender la unicidad del verdadero Dios. Moisés representa la ley, pues la recibió de manos de Dios como signo de la alianza con su pueblo. Jesús es la culminación y superación de la ley y de los profetas. Por eso, cuando camina con los discípulos de Emaús, después de la Resurrección, les habla de sí mismo «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas». Todo lo que Jesús dice y hace está en conformidad con las Escrituras, expresión técnica para decir que algo sucede según la voluntad de Dios.

Antes de transfigurarse en el Tabor, Jesús habló a sus discípulos de su muerte y resurrección sin que estos entendieran. El pensamiento de la muerte sobrevolaba por la imaginación de los discípulos como algo inadecuado para el Mesías. Jesús, para ayudarles a entender, toma a Pedro, Santiago y Juan y sube con ellos al Tabor. La elección de estos tres discípulos está justificada: son los mismos que contemplarán con sus propios ojos la agonía de Jesús en Getsemaní, donde, según Lucas, suda sangre ante el terror de la muerte. La transfiguración, desde esta perspectiva, ayudará a los discípulos a comprender que la cruz es el camino de la gloria, como dice el prefacio de la misa de este domingo.

A pesar del esfuerzo de Jesús para hacer entender a sus discípulos el plan de Dios sobre él, y a pesar de este milagro, sabemos que tuvo poco éxito. No entendieron el sentido de la muerte ni el misterio de la resurrección. Después de la visión, Jesús les prohíbe contar a nadie lo que habían visto «hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos». Y añade el evangelista que «esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos».

Cuando la mañana de la resurrección Pedro y Juan corren hacia el sepulcro, al conocer por María Magdalena que la piedra había sido removida, y contemplan el sepulcro vacío y el lienzo y el sudario colocados en su sitio, dice el evangelista que «hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9). A pesar del anuncio de Jesús y de la transfiguración, no creían. La fe cristiana no es un invento de gente crédula ni un mito construido por discípulos deseosos de que la causa de Jesús perviviera, como dicen los críticos racionalistas. La fe cristiana es el acontecimiento que, por su propio dinamismo, se abre paso en la inteligencia de quienes no creían pero terminan postrándose a los pies del Resucitado por la evidencia de la misma verdad. Después de tantos siglos, muchos cristianos siguen pidiendo a Dios signos para creer más o mejor. Hoy la Iglesia nos invita a subir al Tabor para participar del diálogo que mantiene Jesús con Elías y Moisés —es decir, el diálogo con las Escrituras— y comprender que Dios ha realizado su plan con Jesús, que pasa por la muerte para llegar a la gloria. ¿Acaso no es esto la Cuaresma? Caminar con Jesús hacia la Pascua reconociendo que en su misterio pascual nos ha redimido del pecado y de la muerte.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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