Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

En el escueto resumen del envío de los apóstoles por parte de Jesús, que narra el evangelio de hoy, se presenta como elemento constitutivo de su misión la «autoridad sobre los espíritus inmundos», expresada en el hecho de «echar muchos demonios» (Mc 6,7.13). La importancia de este dato solo puede entenderse si tenemos en cuenta que la misión de Cristo es acabar con el imperio del mal, personificado en el diablo, a quien llama «el príncipe de este mundo» (Jn 14,30), «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), porque «no hay verdad en él».

La autoridad de Jesús sobre el diablo revela que es una criatura inferior, sometida al poder de Dios. Según la tradición bíblica, el diablo fue un ángel creado por Dios en belleza y santidad, que, puesto a prueba en su libertad, no se mantuvo en la adoración y cayó en la soberbia que le apartó para siempre de Dios. De ahí que busque perder al hombre llevándole por el mismo camino que le condenó a él. Las caricaturas que se han hecho del diablo, pintorescas y ridículas en su mayor parte, se alejan de la seriedad con que la Escritura y, sobre todo, Jesús hablan de él. No es extraño que, por influjo de esas visiones distorsionadas, mucha gente incluso en la Iglesia ha dejado de tomarlo en serio. Jesús se dejó tentar por él en el desierto y, desde el inicio de su ministerio, se enfrenta a él con su autoridad y le arrebata sus rehenes, como dice magistralmente el pasaje de Lc 11,21-26, mostrando así su poder sobre él. Esta es la autoridad que Cristo concede a sus doce apóstoles cuando les envía a la misión.

Dejando a un lado el tema de la posesión diabólica, que tanta curiosidad insana suscita en la gente, la malicia del diablo reside en la envidia y la mentira. Envidia de los hombres a quienes ha redimido Cristo: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo», dice el libro de la Sabiduría (2,24). Fue la envidia, provocada por la situación de amistad de Adán y Eva con Dios, la que le movió a engañarlos para perderlos con arte lúcido e inteligente. El diablo siempre miente; en él «no hay verdad», afirma Jesús. Desde el Génesis —en la tentación de Adán y Eva— hasta cuando se enfrenta a Cristo, miente. De ahí que la mentira sea su arma fundamental en la lucha contra el hombre. Se explica, pues, que Cristo prevenga a sus discípulos contra la mentira en el sermón de la montaña: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (Mt 5,37).

Educar en la verdad es fundamental para librarse de las insidias del diablo, y hay que reconocer que nuestro tiempo no es amigo de la verdad. Se niega que exista una verdad absoluta y universal; la «deconstrucción» del lenguaje ha llevado al ultraje de la palabra, la palabra dada y la palabra como vehículo de conocimiento de la realidad; la mentira se considera válida para alcanzar determinados fines; y nada hay más dañino que la mentira para arruinar la relación personal y social. En realidad, como dice D. von Hildebrand en su Ética, «la mentira implica una falta de respeto ante la dignidad y la majestad del ser. El mentiroso considera la realidad como algo que está a la disposición de su arbitraria soberanía. Niega la existencia de un hecho tan pronto como no le convenga a sus propósitos por una u otra razón, o le sea desagradable, peligroso o perjudicial […] la inmoralidad intrínseca a toda mentira consiste, en parte, en el desprecio del valor del ser en cuanto tal y en no plegarnos a la realidad en nuestra afirmación».

Decía santa Teresa de Jesús que «la verdad padece, pero no perece». Para librarse del influjo del Maligno, basta permanecer en la Verdad y no temer sus asechanzas. Así lo venció Cristo.

 

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Jueves, 15 Julio 2021 12:28

DECRETO DE OFICINA DE ABUSOS SEXUALES

El Santo Padre Francisco ha dispuesto, mediante el Motu proprio Vos estis lux mundi, del 7 de Mayo 2019, que se establezcan en las diócesis procedimientos para prevenir y combatir los delitos de abuso sexual, que ofenden tan gravemente a Dios, causan daños físicos, sicológicos y espirituales a víctimas y perjudican a la Iglesia de Cristo.

Dicha ley canónica establece en concreto la obligación de informar a la autoridad eclesiástica acerca de las conductas de clérigos y miembros de institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica que pudieran ser constitutivas de delitos relacionados con abusos sexuales, así como otras conductas de autoridades eclesiásticas «que consisten en acciones u omisiones dirigidas a interferir o eludir investigaciones canónicas, administrativas o penales, contra un clérigo o un religioso» (art. 1,b) con respecto a estos delitos.

Para este fin, el art. 2 § 1 de Vos estis lux mundi dispone que las diócesis, «individual o conjuntamente deben establecer, dentro de un año a partir de la entrada en vigor de esa norma, uno o más sistemas estables y fácilmente accesibles al público para presentar los informes», a los que se refiere el art. 1 del Motu proprio, «incluyendo eventualmente la creación de un oficio eclesiástico específico», de todo lo cual informarán al Nuncio Apostólico en España (art. 2 § 1).

Por todo ello,

DECRETO PARA LA CONSTITUCIÓN DE LA OFICINA DE DENUNCIAS DE DELITOS DE NATURALEZA SEXUAL. DIÓCESIS DE SEGOVIA.

1. Que se establezca en la diócesis de Segovia, en la sede la Curia diocesana (C/ Seminario, 4), una oficina destinada a facilitar y asegurar que las noticias o las denuncias sobre posibles abusos sexuales a los que se refiere el art. 1 del Motu proprio sean tratadas en tiempo y forma con la disciplina canónica y civil, respetando los derechos de las partes implicadas.
2. Al frente de la oficina se establece a un director/a, que podrá eventualmente ayudarse de personas con experiencia y conocimiento jurídicos-penales y psicológicos-psiquiátricos, cuyos nombres se darán a conocer cuando el obispo las nombre en su debido momento.
3. Corresponde al director/a de la oficina, entre otras, las siguientes funciones:
a. Recibir cualquier tipo de denuncia o información —directamente de la presunta víctima o de terceros—, relacionada con las conductas a las que se refiere este decreto, de lo cual acusará recibo al denunciante y, en su caso, a la presunta víctima.
b. Recoger cuantos datos sean necesarios a efectos de la identificación del denunciado y de las posibles víctimas, así como cualquier ulterior dato relacionado con los hechos invocados y con las personas afectadas.
c. Orientar al denunciante y, en su caso, a la presunta víctima sobre la tramitación procesal, tanto en la vía canónica como en la civil.
d. Ayudar inicialmente a las presuntas víctimas con un atento acompañamiento personal.
e. Enviar al ordinario el acta de denuncia y de las actuaciones realizadas con discreción y celeridad, dejando constancia documental del envío y de su fecha, de lo que se dará noticia al denunciante.
f. Custodiar debidamente el correspondiente registro.
g. Informar periódicamente a la autoridad eclesiástica competente de la actividad realizada.
h. En caso de denuncia oral, se deberá levantar acta de todo cuanto se afirme, que deberá ser firmada por el denunciante, dejando constancia igualmente de las actuaciones realizadas, para lo que se requerirá la presencia de un notario canónico.
i. No le corresponde a esta oficina realizar un juicio de verosimilitud sobre los hechos, sino recabar los datos invocados por el denunciante.
4. Recibidas las actas de la oficina de recepción de denuncias, el ordinario procederá a su examen y actuará en cada caso conforme a derecho.

Y para que conste, lo firmo y sello en Segovia a veintiséis de abril de dos mil veinte.

Oficina de denuncias de abusos en la Diócesis de Segovia


El Obispo de Segovia, Mons. César A. Franco Martínez, en cumplimiento de lo que dispone el Papa Francisco en el Motu proprio Vos estis lux mundi, de fecha 7 de mayo de 2019, en el Artículo 2, ha publicado un Decreto, de fecha 1 de mayo de 2020, por el que se crea una Oficina destinada a facilitar y asegurar que las noticias o denuncias sobre posibles abusos sexuales a los que se refiere el Artículo 1 del citado Motu proprio sean tratadas en tiempo y forma, de acuerdo con la disciplina canónica y civil, respetando los derechos de todas las partes implicadas.

Para el desempeño de esta tarea se nombra a Dña. Ana Isabel Gallardo Martin, como directora del mismo. La dirección de la sede de la Oficina es: Obispado de Segovia. Calle del Seminario 4, 40001 SEGOVIA. Y el teléfono de contacto es 608 814 708.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46)

Carta pastoral con ocasión del Año Jubilar de Nuestra Señor del Henar

 

Queridos diocesanos:

El Papa Francisco nos ha concedido la gracia de celebrar un año jubilar con ocasión del cuarto centenario del breve pontificio de Gregorio XV mediante el que establecía la fiesta de Nuestra Señora del Henar el 9 de agosto de 1621. Desde entonces la devoción a la Virgen en el santuario que lleva su nombre ha crecido hasta convertirse en una seña de identidad de la diócesis de Segovia y en un lugar privilegiado de piedad mariana de Castilla y León. En torno a la imagen venerada de María y a su santuario se ha desarrollado, además, una cultura popular en la que el folclore castellano y, especialmente, la música, ha encontrado su cuna. Se cumple una vez más que la fe cristiana es inspiradora y creadora de cultura cuando realmente arraiga en el pueblo.

            Con ocasión de este año jubilar deseo dirigirme a los diocesanos para animarles a aprovechar las gracias que trae consigo. Los jubileos nos recuerdan, en primer lugar, que Dios es Señor de la historia y la conduce hasta la segunda venida de Cristo. La nota de los jubileos, como indica su nombre, es la alegría de la salvación que su Hijo nos ha traído con su encarnación en el seno de María. Nos alegramos, pues, de que el Hijo de Dios e hijo de María viva entre nosotros y comparta nuestro destino haciendo de todos los hombres hermanos. Nos alegramos de pertenecer al pueblo santo de Dios, al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Nos alegramos por el amor que Dios nos tiene y nos hace capaces de amar a los hombres como él mismo los ama. Y nos alegramos de comunicar a otros el evangelio de la alegría, de la verdad y de la vida.

1.        Llamados a la conversión y reconciliación

            Hemos atravesado tiempos difíciles de pandemia, que aún convive con nosotros. Muchos nos han dejado, otros han sufrido dramáticamente la enfermedad y sus secuelas, y todos hemos experimentado la fragilidad e, incluso, el temor a morir. En estas circunstancias, la celebración de un año jubilar tiene más significación. Levantamos los ojos a nuestra Madre y Señora del Henar para suplicarle que acabe la pandemia y nos permita vivir con salud y normalidad la vida cotidiana. Ella, que es Madre, comprende nuestras necesidades y, como en las bodas de Caná, las presenta a su Hijo para que las remedie. «Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos», rezamos en la Salve. Y añadimos: «muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre». María, en efecto, nos muestra a Jesús como Salvador del mundo y consuelo en la tribulación.

La misión de María es conducirnos a su Hijo. «Ponme con tu Hijo», suplicaba san Ignacio de Loyola. Un jubileo mariano tiene su centro en Cristo, «guía de la salvación» (Heb 2,10), aunque se celebre en honor de su Madre. Por eso, la gracia fundamental del Jubileo, es la conversión a Cristo y la reconciliación para vivir siempre como hijos de Dios. Os invito, por tanto, a pedir la conversión y responder a la llamada de Dios a través de san Pablo: «En nombre de Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Cor 5,20). Los graves problemas de nuestro tiempo tienen como raíz el orgullo y la prepotencia del hombre que, alejado de Dios, se considera totalmente autónomo y señor de sí mismo. La realidad, tan dura como la que vivimos en esta pandemia, nos dice lo contrario. El hombre no tiene el dominio sobre el mundo, ni es capaz de salvarse a sí mismo no solo de la muerte, sino de sus propias miserias, fragilidades y fracasos.  Un mundo sin Dios se destruye a sí mismo. De ahí que el Evangelio nos llame constantemente a la conversión, a salir de nosotros mismos en búsqueda de Dios y de nuestros hermanos para ofrecerles nuestra ayuda. Solo la caridad da plenitud al hombre y le hace ser feliz.

            La reconciliación supone reconocer nuestras culpas y confesarlas al único que puede perdonar y santificar: Cristo Jesús. La Iglesia es casa de reconciliación y de perdón. Y el sacramento de la confesión es como un segundo bautismo que nos purifica de todo pecado. Este sacramento no ha pasado de moda, es muy actual. Basta mirar al mundo para comprender la necesidad que tenemos de ser perdonados por tantos graves atentados contra la persona, su dignidad y derechos, que degradan a quienes los cometen y a toda la sociedad que termina por acostumbrarse al mal que nos rodea. Cristo amó al pecador, pero denunció y condenó el pecado. Tiende la mano siempre al que ha caído, pero le anima y exhorta a no pecar más. Está siempre dispuesto a la misericordia y nos exige ser misericordiosos con nuestros hermanos.

2.        Llamados a evangelizar

            El jubileo es también una ocasión de evangelizar a quienes no tienen fe, la viven con tibieza o la han perdido. Cuando Cristo predica en su ciudad de Nazaret, anuncia un año de gracia del Señor, proclama la noticia más bella jamás escuchada: Dios viene a liberarnos. Hoy se habla mucho de libertad, pero, como decía san Pablo, utilizamos la libertad «como estímulo para la carne» (Gál 5,13), es decir, en nuestro propio beneficio y para nuestras satisfacciones. La libertad que nos ofrece Cristo es la que nos libera de nuestro propio interés, del egoísmo y del afán de dominio sobre los demás. Se es verdaderamente libre cuando se ama y se entrega la vida por los demás y por el bien común. Evangelizar es dar testimonio de esta libertad que tiene en Cristo su más potente ejemplo y estímulo. Los cristianos nos hacemos creíbles si conformamos nuestra vida a la del Señor que no «ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

A lo largo de este año se convocarán muchos actos pensando en destinatarios diversos: jóvenes, niños, adultos, personas mayores, etc. Los fundamentales serán, sin duda, los actos litúrgicos: eucaristías, adoración al Santísimo, la liturgia del sacramento de la confesión, las devociones marianas, retiros espirituales, etc.  Otros tendrán una finalidad catequética y formativa. También habrá actos culturales, que ayuden a comprender que la fe cristiana no está separada de la vida social, sino que forma parte de su expresión más genuina a través del arte, la música, la poesía y todo lo que el hombre es capaz de crear animado por las convicciones religiosas que han configurado nuestro pueblo. Todos estos actos deben estar unidos por un mismo fin: trasmitir a la sociedad que la fe y la vida no son dos realidades separadas ni contrapuestas, sino que se relacionan en perfecta armonía y contribuyen a que la alegría sea plena y perfecta.

3.        Llamados a la caridad

            Tampoco puede faltar en este año jubilar la intensificación de la caridad con aquellos que más necesitan nuestra cercanía y ayuda material y espiritual. Los jubileos han sido siempre ocasión para redimir condenas, ofrecer libertad a cautivos, crear cauces e instituciones que ayuden a superar las esclavitudes que padecen los hombres de cada época. La promoción integral de la persona, el desarrollo de una sociedad que piense en el bienestar de los más pobres, la lucha contra todo tipo de desigualdad y marginación, la protección de los más débiles, la atención a las personas que viven en soledad o en situación de riesgo por falta de recursos o por el abandono de los suyos, son signos inequívocos de que el año jubilar es un año de gracia para aquellos que son los preferidos de Dios porque son los más olvidados de los hombres. También la Virgen, desde su trono de gracia, los mira con piedad y renueva su Magníficat cantando las misericordias de Dios que ensalza a los humildes y enriquece a los pobres. Invito, pues, a que este año jubilar potencie la caridad individual y comunitaria de manera que nadie se sienta al margen de la vida de la iglesia por culpa de nuestro desinterés, negligencia o pecado. Recordemos que «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20).

4.        Peregrinar con fe y desprendimiento

            Peregrinar es un acto de fe y de desprendimiento. Creemos en el Dios que sacó a Abrahán de su tierra, casa y parentela para conducirle a una tierra llena de promesas, figura de la mansión celeste. También su Hijo Jesucristo dejó la morada celeste para peregrinar por este mundo acompañando a los hombres, y lo hace ahora con cada uno de nosotros. La fe, cuando es verdadera, lleva anejo el desprendimiento. Ponerse en camino con lo necesario e imprescindible, es peregrinar en la fe en espera de llegar al lugar santo que nos habla de la patria del cielo.

El Santuario de Nuestra Señora del Henar será durante este año, la meta de nuestra peregrinación. Vayamos a él, desde todos los lugares de la diócesis, con fe y desprendimiento de todo lo que impide caminar con ligereza, con libertad y con la alegría de ir a la casa de nuestra Madre. Ella nos espera, porque durante toda su vida fue peregrina: de Nazaret a Ein Karem y a Belén; de Belén a Egipto; de Egipto a Nazaret; y de Nazaret, siguiendo a su Hijo, por los caminos de Palestina. Peregrina fue, sobre todo, en el camino hacia al Calvario para llegar a ser la Madre de todos los cristianos. Y peregrina es porque no hay rincón de este mundo donde ella deje de ir a ejercer su papel de Madre y buscar la unidad de los hijos de Dios dispersos.

            Ella es maestra de la fe y del desprendimiento. Creyó al recibir el mensaje de Gabriel y su vida quedó colgada de Dios para siempre. Se desprendió de su voluntad para caminar libre de todo lo que no fuera la voluntad del Padre y el amor de su Hijo. Por eso es la que muestra el camino, que es Cristo, y la que acompaña a la Iglesia que «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» (San Agustín. Cf. LG 8)

            Que nuestra Madre y Señora del Henar nos colme con todas las gracias y dones de su Hijo en este año jubilar y conceda a la Iglesia de Segovia cantar con ella su Magníficat y vivirlo con pureza y alegría de corazón.

            En Segovia, a veinticinco de marzo de dos mil veintiuno, solemnidad de la Anunciación del Señor.

            Con mi bendición y afecto

           

           

            + César A. Franco Martínez

            Obispo de Segovia

Las lecturas de este domingo coinciden en un tema común: el rechazo del profeta. Ezequiel, Pablo y, finalmente, Jesús, son rechazados por llamar a la conversión a su pueblo. Ezequiel es enviado a un pueblo obstinado y rebelde que ha ofendido a Dios. El profeta debe cumplir su misión tanto si le hacen caso como si no. Así sabrán que «hubo un profeta en medio de ellos».

San Pablo reconoce que, para que no sea soberbio le han metido en la carne «una espina, un ángel de Satanás» que le abofetea. Se refiere a las dificultades que tuvo que experimentar en el ejercicio de su ministerio: insultos, privaciones, persecuciones y los sufrimientos padecidos por Cristo y su evangelio. Esos son los obstáculos que, interpretados como debilidades, convierten su ministerio en una lucha permanente.

Jesús, finalmente, después de enseñar en la sinagoga de Nazaret, padece también el rechazo de su pueblo, por la única razón de que es uno de los suyos. Aun reconociendo que posee sabiduría y que sus manos realizan milagros, se escandalizan de él y le rechazan. «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa», sentencia Jesús admirado de su falta de fe.

El destino del auténtico profeta siempre está marcado con el estigma del rechazo. De ahí que resulte tan incómodo ser profeta y existan tan pocos. Proclamar la verdad y la conversión, llamar a los rebeldes a la obediencia y proponer la vida evangélica es determinarse a abrazar la cruz. La palabra de Dios, y su proclamación, no admite componendas. Jesús nos advierte que no se puede servir a dos señores: a Dios y a los poderes de este mundo. Por eso el profeta, si quiere salvar su vida y ministerio, debe afrontar su destino, sin temer los juicios que puedan emitir sobre él. Así le dice Dios a Ezequiel: «Y tú, hijo de hombre, no los temas, ni temas sus palabras, aunque te rodeen cardos y espinas, y estés sentado sobre escorpiones: no temas sus palabras ni te espantes de ellos, porque son un pueblo rebelde. Les dirás mis palabras, te escuchen o no te escuchen, porque son unos rebeldes» (Ez 2,6).

Los cristianos, sacerdotes y, sobre todo, los obispos, en cuanto profetas, tenemos una ineludible vocación profética, que, a causa de nuestra natural debilidad, nos cuesta ejercer por el temor a ser rechazados o incomprendidos por quienes rechazan de antemano la verdad, la justicia y el orden moral. Nos acobarda el juicio que viene de fuera y nos olvidamos del juicio que viene de Dios. Para fortalecer nuestro carisma profético, conviene no olvidar lo que dice Dios a Ezequiel: «Si yo digo al malvado “morirás inexorablemente”, y tú no lo habías amonestado ni le habías advertido que se apartara de su perversa conducta para conservar la vida, el malvado morirá por su culpa; pero a ti te pediré cuenta de su vida. En cambio, si amonestas al malvado y él no se convierte de su maldad y de su perversa conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida» (Ez 3,18-19).

Salvar o perder la vida es un tema predilecto de la predicación de Jesús. Nos jugamos la vida en la medida en que permanecemos fieles a Dios y a su palabra. Nos desautorizamos si, en el equilibrio de falsas componendas, ponemos sordina a la Palabra de Dios. Por eso Dios le hace comer a Ezequiel el rollo de su palabra. «Abre la boca y come lo que te doy —le dice—. Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escrito elegías, lamentos y ayes» (Ex 2, 8-10). De igual modo, Jesús nos advierte de la ruina que conlleva edificar una casa —en este caso la Iglesia— si no tiene como fundamento su Palabra.

+ César Franco

Obispo de Segovia

[Imagen: San Óscar Romero]

 

Una de las definiciones que Jesús da de sí mismo es «yo soy la vida». Lo dice de modo absoluto indicando su poder de dar la vida en plenitud, es decir, más allá de la muerte. Los tres relatos evangélicos que narran milagros de resurrección pretenden afianzar esta convicción. Naturalmente, en estos milagros se trata de devolver la vida física a quienes habían muerto; no se trata de la resurrección que conlleva la superación y transformación de esta vida terrena. En este sentido se habla de resucitación más que de resurrección, o, con palabras de santo Tomás de Aquino, de resurrección imperfecta en contraste con la perfecta, la que esperamos al fin de los tiempos cuyo paradigma ejemplar es la resurrección de Cristo.

San Marcos es un evangelista que, a pesar de su sobriedad, compone relatos llenos de viveza y dramatismo para presentar a Jesús y, en el caso de este domingo, su poder de dar vida. Hoy leemos el milagro de la resurrección de la hija de Jairo, jefe de sinagoga, que, postrándose a sus pies, le ruega que acuda a su casa para sanar a su hija que está muy enferma. Jesús parte con él en dirección a su casa, pero en el camino una mujer que tenía flujos de sangre y había gastado casi toda su fortuna en médicos, convencida de que con solo tocar el borde del manto de Jesús se curará, se abre paso entre la gente agolpada en torno a él y logra tocarle el manto quedando curada de inmediato. La descripción de este hecho es magnífica. Jesús se detiene y pregunta quién le ha tocado. Los discípulos se asombran ante una pregunta insólita pues todo el mundo le apretujaba. No perciben que Jesús habla de un «tocar» con fe viva. Al sentirse descubierta, la mujer confiesa que ha sido ella y recibe el elogio de Jesús: «Hija, tu fe te ha salvado».

Mientras tanto, el lector del evangelio se inquieta porque este episodio inoportuno de la hemorroísa puede demorar la curación de la hija de Jairo. ¿Llegará a tiempo de sanarla? Una embajada de personas de la casa de Jairo trae la noticia de que la niña ha muerto. Ya no merece la pena molestar al maestro, dicen a Jairo. Pero Jesús, atento a lo que hablan, no declina su intención de ir a la casa, sino que dice al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que tengas fe». El camino hacia la vida sigue abierto y, cuando Jesús llega a la casa y se encuentra con el alboroto de las plañideras, impone silencio y dice: «la niña no está muerta; está dormida». Después, acompañado de sus padres y de los tres discípulos predilectos, coge de la mano a la niña y le dice en arameo: «Talitha qumi» (niña, levántate). Y la niña resucita. Todos se llenaron de estupor.

Es evidente que Marcos ha puesto sus recursos literarios al servicio de la fe. El camino de Jesús hacia la casa de Jairo es portador de vida. En un inciso, cuando la hemorroísa toca a Jesús, dice Marcos que este notó que «había salido fuerza de él», indicando que el milagro no se realiza de modo automático sino por voluntad de Cristo. En ambos milagros es la fe en Jesús la que actúa como fundamento. «Basta que tengas fe», le dice a Jairo. Y es la fe —la de Marcos y la de la Iglesia— lo que resalta el evangelista para presenta a Jesús como fuente de vida inagotable. En realidad estos milagros confirman lo que dice el libro de la Sabiduría en la lectura de hoy: «Dios no ha hecho la muerte ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte […] Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los de su bando». Jesús ha venido para acabar con el imperio de la muerte. Y Marcos lo narra así.

             

+ César Franco

Obispo de Segovia

[imagen: Pintura estuco s. IV Catacumbas de San Pedro y San Marcelino]

 

 

Jueves, 08 Julio 2021 14:18

Carta a un neopresbítero

Querido Álvaro: esta tarde serás ordenado sacerdote de Cristo en el marco hermoso de la catedral de Segovia. Mediante la imposición de las manos y la oración de la iglesia, Cristo te identificará con él para siempre con la única finalidad de hacerse presente en ti a favor de los hombres como mediador de la salvación. Desde que por vez primera oíste su llamada, han pasado años de formación, estudio y vida comunitaria con compañeros que ya son sacerdotes o lo serán pronto. Has vivido en la escuela de Cristo para conformarte con él, sentir y amar como él, y vivir con la conciencia del apóstol Pablo que decía: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

No te canses de saborear estas palabras. Al levantarte, al acostarte, al realizar tu ministerio. Es la clave para ser «otro Cristo», aunque seas un pálido reflejo de su persona. No olvides que ya no vivirás para ti, sino para él y para los hombres que ponga en tu camino. Te postrarás en el suelo reconociendo tu pobreza; escucharás la letanía de los santos que interceden por ti ante la Santa Trinidad; postrado, sentirás la fuerza de la gracia que en breves instantes te trasformará en ministro de Cristo y de la Iglesia. De rodillas ante el obispo, en un silencio más elocuente que cualquier palabra, sentirás las manos del obispo sobre tu cabeza, que, con el poder del Espíritu, te consagrarán sacerdote para siempre. Ya no serás el mismo. Cuando los sacerdotes pasen ante ti y te impongan las manos comprenderás que te remontas, a través de las generaciones, a los orígenes del cristianismo cuando Cristo, en la última cena, instituyó el sacerdocio diciendo «haced esto en memoria mía». Cuando te levantes y te impongan las vestiduras sacerdotales, el pueblo entenderá que Cristo se nos da nuevo en tu pobre persona revestida de su dignidad.

Tus manos serán ungidas para celebrar la eucaristía en la que, actuando en la persona de Cristo, dirás las palabras que deberán resonar siempre en tu existencia: Tomad y comed, tomad y bebed… Tu vida está llamada a ser lo que realizas en el altar. Dejas de pertenecerte a ti mismo para pertenecer a Cristo y a su iglesia. Serás siervo, ministro, administrador, nunca dueño. No buscarás otra cosa que la gloria de Dios y el servicio de los hombres. El sacramento del orden realizará una cierta expropiación de ti mismo, potenciando tu propio ser y cualidades, puesto todo a disposición de Cristo.

Serás un homo ecclesiasticus, nunca un «funcionario clerical». Huye de todo lo que te recluya en el mundo asfixiante de las luchas e intrigas internas de la iglesia, de los grupos cerrados en sí mismos que persiguen cuotas de poder, de todo lo que te desvíe del centro vital de la Iglesia, que es Cristo y su amor por los hombres. Los cristianos no formamos guetos cerrados. Somos la iglesia del Señor que no conoce fronteras ni se alimenta de ideologías de uno u otro signo, sino del evangelio de Cristo, que nos hace libres para proclamar la verdad de la salvación y amar sin acepción de personas. En la iglesia, a pesar de los conflictos e imperfecciones de quienes la formamos, encontrarás siempre tu patria y, latiendo, a su ritmo, vivirás la universalidad propia de la fe y del ministerio sacerdotal. Gozarás de tu pertenencia a Cristo que día tras día te irá configurando, si te dejas, con sus entrañas de Buen Pastor que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida por los hombres. Piensa que cuando los fieles besen tus manos, lo besan a él, que ha querido, sin mérito alguno de tu parte, llamarte por su nombre para hacerte tan totalmente suyo que, cuando pienses en ti, siempre te reconozcas en Él. Enhorabuena.

+ César Franco

Obispo de Segovia

En el evangelio de este domingo Jesús usa dos parábolas para explicar en qué consiste el Reino de Dios. Las dos tienen como elemento de comparación la semilla que se echa en tierra. En la primera parábola, Jesús quiere resaltar la acción de Dios, en apariencia imperceptible, pero eficaz porque hace crecer la semilla sin que el labrador sepa cómo. Se acuesta por la noche, se levanta por la mañana y la semilla va germinando hasta producir su fruto. En la segunda parábola, la del grano de mostaza, la intención de Jesús es resaltar la desproporción entre la diminuta semilla, la más pequeña de todas, y el árbol que genera, capaz de abrigar a todos los pájaros del cielo. No cabe duda de que, con estas comparaciones, Jesús se está refiriendo a la realidad que se llamará Iglesia, la comunidad de quienes acogen su palabra y crecen con el dinamismo que conlleva.

Se ha discutido mucho sobre la relación entre Reino de Dios y la Iglesia fundada con él. Algunos han separado tanto ambas realidades que han concluido que el Reino de Dios tiene poco o nada que ver con la Iglesia. Jesús anunciaría, según esta opinión, una realidad escatológica que solo se revelaría al fin de los tiempos. Dios establecería su señorío sobre todos los pueblos en la consumación del tiempo. Irónicamente se ha sintetizado este pensamiento con la expresión de A. Loisy: «Jesús anunció el Reino y vino la Iglesia».

Las parábolas de Jesús, sin embargo, aluden a una realidad que se hace presente ya en la tierra y que tienen su origen en él mismo, sembrador de palabras que crecen en el corazón de los hombres y se agigantan en virtud de ser Cristo quien es. No olvidemos que en la lengua hebrea el mismo término que significa «palabra» tiene también el significado de «acción». De ahí que, mediante ambos sentidos, se llega a definir a Dios como el Creador que «hace lo que dice». La conexión entre la palabra y la realidad es típica del ser de Dios. Su palabra siempre es eficaz, como un juramento que no admite retractación. Jesús, al sembrar su palabra en el corazón del hombre, la hace crecer misteriosa y eficazmente.

Para que el lector comprenda lo que queremos decir, basta leer el libro de los Hechos de Apóstoles, donde se narra el crecimiento de la Iglesia gracias a la palabra apostólica, al poder de la predicación. En el capítulo 6 de este apasionante libro se narra la institución de los diáconos como ayuda de los apóstoles para poder dedicarse con más empeño a la predicación. En este contexto, dice el narrador: «La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de los discípulos». Es claro el paralelismo de las dos frases: al crecimiento de la palabra corresponde la multiplicación de los discípulos. ¿Qué quiere decir esto sino que la palabra «crece» a medida que la Iglesia se consolida y desarrolla? Tenemos aquí lo prometido por Jesús en sus parábolas. El Reino de Dios se hace presente en la Iglesia que crece por medio de la Palabra. Es verdad que la plenitud del Reino solo tendrá lugar al fin de los tiempos, pero no hay que esperar a ese momento para verlo crecer humilde y trabajosamente en la realidad de la Iglesia. Dios actúa habitualmente sin hacer ruido, con sigilo, sin que el hombre incluso lo perciba. Su palabra lleva en sí misma el crecimiento y la tierra que la acoge como pequeña semilla verá el milagro de su desarrollo hasta el punto de convertirse en gran árbol, como dice hoy la profecía de Ezequiel con estas bellas palabras: «Yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos, Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

[Foto: Revista Molinero]

La importancia de la eucaristía en la vida de la Iglesia ha sido sintetizada en esta doble afirmación: la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. Las palabras de Jesús en la Última Cena ponen en paralelismo la primera alianza y la que Jesús establece con su muerte, que, según san Pablo, es comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sirviéndose del rito antiguo, Jesús establece el nuevo indicando así la continuidad entre ambos. La Pascua establecida por Dios para liberar a Israel de la esclavitud y convertirse en el pueblo de la alianza con Dios, es el telón de fondo para comprender los gestos de Cristo con el pan y con el vino que prefiguran y realizan ya en la cena lo que acontecerá en la cruz. Cristo parte su cuerpo y derrama su sangre para el perdón de los pecados. Quien participa de esta alianza está salvado de toda esclavitud y servidumbre.

Esta nueva alianza tiene diversos aspectos. Es banquete de comunión. Quienes participan en la Eucaristía comulgan con el cuerpo y la sangre de Cristo. Es decir, se hacen uno con Él. Este banquete, anunciado por los profetas, tendrá su consumación definitiva en la gloria eterna. Al celebrar cada domingo la Cena del Señor anunciamos que estamos orientados hacia ese banquete final en la casa del Padre. Por eso, comulgar del Cuerpo y de la Sangre del Señor nos exige vivir en comunión con él, en amistad verdadera, siendo fieles a su alianza. Exige pureza de corazón y de vida para transformarnos en él mediante la comida que nos ofrece y nos identifica con sus actitudes más profundas.

La Eucaristía es también sacrificio, ofrenda agradable a Dios, la más agradable porque se trata de su propio Hijo que se ofrece al Padre y a los hombres con un amor infinito, libre y gozoso. La mesa del banquete es también el altar de la cruz, el sacrificio perfecto. Cristo ha venido con este fin: ofrecerse total y radicalmente por amor a Dios y a sus hermanos los hombres. No es un sacrificio equiparable a ninguno de los realizados en el ámbito de las demás religiones: ofrendas de la naturaleza, libaciones, incienso quemado en los altares. Todos estos sacrificios anunciaban el definitivo de Cristo. Lo que sucedió en la cruz estableció la alianza nueva. Por ello, no repetimos en la liturgia aquel acontecimiento único. Lo actualizamos, lo re-presentamos mediante la fuerza del Espíritu y la oración de la Iglesia. Y nosotros, si lo vivimos bien, nos ofrecemos con Cristo asociados a su propio sacrificio.

La Eucaristía es, por estas razones, la fiesta que identifica la fe cristiana. La Eucaristía es siempre celebración festiva porque en ella Cristo resucitado nos introduce en la alegría de la vida eterna. Los cristianos celebramos incluso la muerte de nuestros seres queridos trascendiendo el dolor de la separación con la esperanza del reencuentro en la vida eterna. Por eso es importante cuidar el aspecto festivo de la celebración, comprender el mensaje gozoso de los gestos litúrgicos, participar en el canto y expresar en la vida ordinaria que nos sentimos salvados. Un filósofo ateo decía a este respecto que otros cantos deberían cantar los cristianos para creer que han sido redimidos. Se refería no a los cantos que tienen lugar en el templo, sino al canto de la vida ordinaria que debe expresar lo que realizamos en el culto. Esta alegría es la que debemos transmitir a los demás y hacerla extensiva especialmente a los pobres con el ejercicio de la caridad que nace de la misma entrega de Cristo. Participar del Cuerpo y de la Sangre de Cristo exige vivir la comunión de bienes con los necesitados. Por eso el día del Corpus Christi es también el día de Cáritas.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Viernes, 28 Mayo 2021 12:21

REVISTA DIOCESANA JUNIO 2021

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Viernes, 28 Mayo 2021 09:23

ANIVERSARIO SACERDOTAL

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No ha sido, en esta ocasión, la iglesia del Seminario, como ha ocurrido a lo largo de los últimos años, sino la Catedral, el espacio que ha acogido la celebración de las bodas de plata, oro, diamante y platino sacerdotales. No ha podido ser en el día de san Juan de Ávila, diez de mayo, patrón del clero secular, sino en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, cuando el obispo de Segovia, César Franco, acompañado por el obispo emérito de la diócesis, Ángel Rubio y por el nuncio de Sudan y Eritrea, Luis Miguel Muñoz, natural de un pueblo de Segovia, ha presidido la Eucaristía que ha sido concelebrada, además, por los sacerdotes que celebraban alguna de esas efemérides este año 2021, pero también los del año pasado, puesto que no se pudo tener en su momento a causa del COVID. Así pues, un total de veinticuatro sacerdotes, ente ellos dos sacerdotes extranjeros, que están realizando un servicio pastoral en nuestra diócesis, y otros dos sacerdotes claretianos, que están destinados aquí en Segovia.

En su homilía el Obispo ha recordado que «solo por gracia, los sacerdotes, vivimos esta realidad de la vocación y de la misión sacerdotal, solo por pura gracia. No somos mejores que los demás, ni tenemos más méritos. Nos llamó porque quiso, nos miró, nos llamó y pronunció nuestro nombre». Y en este día «repetís ese “aquí estoy”, que respondisteis en el momento de vuestra llamada, aquí me tienes en tu presencia para vivir en disponibilidad para el Señor y para su pueblo». Porque el ministerio sacerdotal no se entiende sin esa doble relación a Dios y al Pueblo.

Invitaba el Obispo a los sacerdotes homenajeados a «vivir la novedad, la frescura del Evangelio de Cristo, como si hoy estrenarais vuestro sacerdocio» y alertaba del peligro de «acostumbrarse a lo que es misterio inagotable, a hacernos burócratas en la Iglesia, “profesionales” de lo sagrado». El evangelio sigue siendo necesario para nuestro mundo, decía el prelado, por eso «somos sacerdotes las veinticuatro horas del día. Y nuestra disponibilidad debe ser total porque siempre hay una ocasión para ser testigos de la salvación».

El Obispo finalizaBa la homilía agradeciendo la tarea desempeñada por todos los sacerdotes, especialmente por los que ahora, enfermos y mayores, ya no pueden tener tarea pastoral; pero, aun así, —afirmaba— «su vida es signo de la fidelidad no solo de Dios, sino también del hombre que puede ser fiel y lo es cuando, unido a Cristo, dice sus palabras, se une a sus sentimientos y comparte su misión. Y por eso damos gracias».

Los sacerdotes homenajeados han recibido una placa de recuerdo de su aniversario de ordenación sacerdotal y han estado acompañados por un gran número de sacerdotes de la diócesis y un nutrido grupo de fieles, familiares y amigos.

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