Secretariado de Medios

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Este martes 22 de febrero, coincidiendo con el aniversario de su consagración episcopal, se ha celebrado la tradicional ofrenda floral en recuerdo de don Antonio Palenzuela, quien fuera Obispo de Segovia desde 1970 hasta 1995. El acto, al que han asistido una veintena de personas en una agradable mañana de invierno, es iniciativa de la Plataforma de Amigos de don Antonio Palenzuela, que trata de mantener vivo el legado humano, doctrinal y espiritual de quien les da nombre.

La ofrenda, que consiste en la colocación de una sencilla corona de siemprevivas junto a la placa que atestigua su recuerdo en el exterior del edificio de las Hermanitas de los Pobres, estuvo animada este año por Isabel García Garcimartín, hermana jesuitina y secretaria de la Confederación de Religiosos (CONFER) de Segovia.

En su intervención, hizo memoria del carácter abierto a la escucha y dialogante de don Antonio, tan necesario en la sociedad actual y en el proceso sinodal abierto por el papa Francisco actualmente en la Iglesia. «Pongamos nuestros carismas al servicio de la Iglesia», aseguró para concluir: «busquemos la comunión con las obras y con la palabra libre y dialogante, al ejemplo de don Antonio Palenzuela».

Además de esta ofrenda floral, la figura del que fuera Obispo de la Diócesis estará muy presente en la oración que tendrá lugar el próximo domingo 27 de febrero a las 19 horas en la iglesia de las Hermanas Clarisas de Santa Isabel.

Puedes leer y descargar el texto completo de la ofrenda floral aquí 

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A comienzos de enero el Papa Francisco convocó al cuerpo diplomático ante la Santa Sede y le dirigió un discurso que figura entre los más importantes del año. Esta vez trató de la pandemia, las migraciones, los conflictos sociales en algunos países y el cuidado de la casa común. Insistió también en el diálogo y la fraternidad como medios para superar crisis actuales (Siria, Yemen, Palestina e Israel, Myanmar) y exhortó a evitar el recurso a las armas.

Recordando su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, subrayó, además, la necesidad de fomentar una cultura del dialogo y la fraternidad por medio de la educación y el trabajo, que son derechos fundamentales de la persona y, al mismo tiempo, ámbitos que necesitan constante protección y vigilancia para que sean cauces de verdadera humanización. En este contexto, el Papa se refirió a dos problemas que le preocupan de manera especial porque afectan a una antropología digna del hombre.

Aludiendo a las diversas visiones que las organizaciones internacionales tienen sobre el hombre y sus problemas, y a las divisiones que engendran, el Papa ha insistido en lo que él llama «colonización ideológica», nacida del intento de instaurar un pensamiento único, «que no deja espacio a la libertad de expresión y que hoy asume cada vez más la forma de esa cultura de la cancelación, que invade muchos ámbitos e instituciones públicas». Sabemos bien que la libertad de expresión es un derecho de la persona para manifestar sus opiniones sobre los problemas del hombre y de la sociedad aunque discrepen de lo políticamente correcto o establecido desde los ámbito del poder o de la cultura dominante. El intento de «colonizar» el pensamiento de los pueblos es propio de regímenes totalitarios y dictatoriales que, al amparo de grupos mayoritarios o de consensos políticos, se arrogan el derecho de manipular a la sociedad. En este sentido, dice el Papa, que «se está elaborando un pensamiento único —peligroso— obligado a renegar la historia o, peor aún, a reescribirla en base a categorías contemporáneas, mientras que toda situación histórica debe interpretarse según la hermenéutica de la época, no según la hermenéutica de hoy».

En una sociedad que valora la diversidad y la diferencia, sólo un auténtico diálogo puede ayudar a encontrar soluciones comunes para el bien de todos respetando siempre la dignidad de la persona y sus derechos inalienables. Para el Papa Francisco, «el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial». El Papa se refiere a los «valores permanentes», que, aunque no siempre es fácil reconocerlos, su aceptación «otorga solidez y estabilidad a una ética social. Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al diálogo y al consenso, vemos que esos valores básicos están más allá de todo consenso. Deseo destacar especialmente el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, y el derecho a la libertad religiosa».

En realidad, el Papa viene a recordar que en la naturaleza de la persona existe un pauta de comportamiento ético que es preciso descubrir porque ahí —y solo ahí— se halla el fundamento de los derechos. Lo que llamamos ley natural, inscrita en el hombre por el hecho serlo, es previo a todo consenso cultural y político, especialmente en aquellas cuestiones que afectan a la naturaleza misma del ser humano y a su desarrollo integral como persona. Conviene recordar, como hace el Papa, estas verdades elementales que están en el debate actual y que, con frecuencia, se olvidan por quienes quieren establecer su propia ética o forma de vivir.

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La campaña de Manos Unidas forma parte ya de nuestra conciencia social en la lucha contra el hambre en el mundo. La solidaridad entre todos los seres humanos, propia de la fe cristiana y puesta de relieve con insistencia en el magisterio del Papa Francisco, nos impide contemplar los problemas del hombre desde un punto de vista meramente individual. Todo lo que afecta al individuo es una cuestión social, que involucra a la sociedad entera y a sus instituciones. El individualismo no encaja en la naturaleza del cristianismo: ni en la oración dominical, que empieza con «Padre nuestro», ni en la cumbre de la liturgia que es la eucaristía, donde Cristo se ofrece por toda la humanidad.

            Ser indiferente a las problemas del hombre es desvincularse de la propia identidad y negarse a sí mismo en cuanto miembro de la humanidad. ¿Nos gustaría encontrarnos solos y aislados en un mundo hostil? ¿Qué sentiríamos si gritáramos nuestro dolor sin encontrar ningún eco? La indiferencia significa pérdida de sensibilidad, de empatía, de comunión con el hombre. Es una especie de escudo protector de nuestros intereses que se ven amenazados cuando quienes sufren reclaman nuestra atención y ayuda. Es mejor olvidar que hacer memoria de qué somos y cuáles son los verdaderos vínculos que nos unen a los demás.

            Uno de los signos de la decadencia de nuestra sociedad es precisamente el afán por protegernos ante los problemas de los demás. La fe cristiana es justamente lo opuesto. Jesucristo, en sus palabras y gestos, nos recuerda que solo la caridad nos salva. La venida de Cristo a nuestra carne y la plena participación en el destino del hombre hasta llegar a la cruz es el camino que nos propone si queremos que un día, en el juicio final de la historia, seamos proclamados benditos para entrar en el reino eterno. Jesús es el buen samaritano que carga con el malherido en el camino, el pastor que da la vida por los suyos, el siervo que lava los pies de los discípulos, el cordero que asume los pecados de los hombres, el compasivo que unge las heridas y sana a los enfermos, el misericordioso que atiende a los que la sociedad desprecia o margina: sordos, ciegos, lisiados, leprosos. No hay rastro de indiferencia en las palabras de Cristo ni en sus gestos. Su lema es el olvido de sí; su mandamiento: amaos unos a otros como yo os amo.

              Manos Unidas ha nacido de esta profunda convicción de fe de unas mujeres de Acción Católica que, con una primera colecta por el hambre, desafiaron a quienes piensan que la caridad es obsoleta y que lo importante es la justicia. Tal contraposición entre caridad y justicia es anticristiana. En Dios no existen contradicciones en sus infinitos atributos. Y, cuando establece la justicia en el mundo, lo hace por medio del amor, que es su esencia misma. Al asumir el Hijo nuestra condición humana en el seno de María, al hacerse carne como nosotros, el amor se hizo visible, como dice la primera carta de Juan. Se hizo palpable, audible. Fuimos rescatados del egoísmo y de la indiferencia. Cuando olvidamos este camino de Cristo en nuestra carne humana, negamos lo nuclear de nuestra fe y, al mismo tiempo, condenamos a los pobres al olvido. Porque nadie puede decir que ama a Dios si no ama a su prójimo. Más aún, quien diga y haga eso, es un mentiroso y la verdad no está en él. Dejémonos arrastrar por esta corriente del amor de Dios, que nos permite vivir la memoria de nuestra condición de hijos de Dios, hermanos de los hombres, para no condenar a los que sufren al olvido, ni condenarnos a nosotros en las tinieblas de la indiferencia.

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El pasado viernes, 28 de enero, los obispos de las provincias eclesiásticas de Valladolid, Toledo, Madrid y el arzobispo castrense de España fuimos recibidos por el Papa Francisco en la audiencia que concede al finalizar las reuniones con los organismos de la Santa Sede con ocasión de la visita ad limina. Cada cinco años, los obispos estamos obligados a informar al sucesor de Pedro y cabeza del colegio episcopal de la marcha de nuestras diócesis. Fue un encuentro cordial, fraterno, sincero y «sin censuras», como le gusta decir al Papa a propósito de la colegialidad episcopal. Cada obispo pudo presentar al Papa sus inquietudes e impresiones sobre la marcha de la Iglesia. Previamente, en las reuniones con los llamados Dicasterios o Congregaciones (que son como los ministerios del Papa), habíamos tratado los temas prioritarios de nuestra tarea episcopal: familia y vida, evangelización y trasmisión de la fe, clero y laicado, medios de comunicación, educación, liturgia y sacramentos. La visión de nuestra iglesia particular se enriquece cuando se sitúa en el marco de la iglesia universal. Junto al sucesor de Pedro la catolicidad crece aún más y nos abre horizontes que, en ocasiones, tenemos la tentación de reducir a los límites de nuestra diócesis.

            Hace tiempo, en una reunión ecuménica, los hermanos de las comunidades reformadas de Occidente y los obispos de la ortodoxia reconocían que los católicos contábamos con la «gracia» del Primado de Pedro, que nos permite ahondar en la unidad y en la comunión de todas las iglesia. Esta es la experiencia más gozosa del encuentro con el Papa. Y así se ha manifestado en esta visita ad limina. La visión global de la situación de la Iglesia y de su permanente desarrollo permite al Papa realizar lo propio de su ministerio: confirmar a sus hermanos en la fe. Ninguna de las preguntas que le hicimos quedó sin responder, aun cuando, con la humildad que le caracteriza, tampoco ofrecía soluciones improvisadas ni respuestas retóricas. Iba al núcleo del problema y sugería por dónde se puede avanzar hacia la verdad que todos buscamos. Lo hacía desde dos principios fundamentales: el respeto a la persona en su contexto vital; y el de la salvación del hombre que es el fin de la Iglesia. Por otra parte, como decía el prefecto de una Congregación, el Papa actúa con una libertad de espíritu admirable. Estudia, se aconseja, analiza las situaciones atendiendo a todos sus factores y, al final, decide lo que en conciencia considera el mejor bien para los hombres. Como buen jesuita, es maestro en el discernimiento. Los asuntos tratados con él giraron en torno a cuatro bloques temáticos: la evangelización en general, el trabajo con la juventud, el cuidado de los pobres y el peligro actual de la colonización ideológica que pretende imponer los criterios del pensamiento único. Tampoco faltaron temas más concretos, como la vida consagrada, el sentido del sacramento de la reconciliación y la ideología de género.  Y todo esto enmarcado en la preocupación de cómo ser obispos en la sociedad actual.

            Al saludarle, lo hice en nombre de la Diócesis de Segovia. Le aseguré el afecto y la oración de tantas personas que me lo pidieron, entre ellas las monjas contemplativas, y le pedí algo que, aunque lo daba por supuesto, merecía ser recordado: que rezara por esta Iglesia que, en comunión con todas las Iglesias del mundo, quiere ser fiel testigo de Cristo. Esto es lo que también hicimos los obispos cada mañana al celebrar la Eucaristía a primera hora antes de comenzar nuestros encuentros. Era la mejor forma de hacerlos fecundos y de no olvidar que, como nos dijo el Papa, nuestra primera obligación es rezar por nuestras Iglesias.

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La campaña de Manos Unidas forma parte ya de nuestra conciencia social en la lucha contra el hambre en el mundo. La solidaridad entre todos los seres humanos, propia de la fe cristiana y puesta de relieve con insistencia en el magisterio del Papa Francisco, nos impide contemplar los problemas del hombre desde un punto de vista meramente individual. Todo lo que afecta al individuo es una cuestión social, que involucra a la sociedad entera y a sus instituciones. El individualismo no encaja en la naturaleza del cristianismo: ni en la oración dominical, que empieza con «Padre nuestro», ni en la cumbre de la liturgia que es la eucaristía, donde Cristo se ofrece por toda la humanidad.

            Ser indiferente a las problemas del hombre es desvincularse de la propia identidad y negarse a sí mismo en cuanto miembro de la humanidad. ¿Nos gustaría encontrarnos solos y aislados en un mundo hostil? ¿Qué sentiríamos si gritáramos nuestro dolor sin encontrar ningún eco? La indiferencia significa pérdida de sensibilidad, de empatía, de comunión con el hombre. Es una especie de escudo protector de nuestros intereses que se ven amenazados cuando quienes sufren reclaman nuestra atención y ayuda. Es mejor olvidar que hacer memoria de qué somos y cuáles son los verdaderos vínculos que nos unen a los demás.

            Uno de los signos de la decadencia de nuestra sociedad es precisamente el afán por protegernos ante los problemas de los demás. La fe cristiana es justamente lo opuesto. Jesucristo, en sus palabras y gestos, nos recuerda que solo la caridad nos salva. La venida de Cristo a nuestra carne y la plena participación en el destino del hombre hasta llegar a la cruz es el camino que nos propone si queremos que un día, en el juicio final de la historia, seamos proclamados benditos para entrar en el reino eterno. Jesús es el buen samaritano que carga con el malherido en el camino, el pastor que da la vida por los suyos, el siervo que lava los pies de los discípulos, el cordero que asume los pecados de los hombres, el compasivo que unge las heridas y sana a los enfermos, el misericordioso que atiende a los que la sociedad desprecia o margina: sordos, ciegos, lisiados, leprosos. No hay rastro de indiferencia en las palabras de Cristo ni en sus gestos. Su lema es el olvido de sí; su mandamiento: amaos unos a otros como yo os amo.

              Manos Unidas ha nacido de esta profunda convicción de fe de unas mujeres de Acción Católica que, con una primera colecta por el hambre, desafiaron a quienes piensan que la caridad es obsoleta y que lo importante es la justicia. Tal contraposición entre caridad y justicia es anticristiana. En Dios no existen contradicciones en sus infinitos atributos. Y, cuando establece la justicia en el mundo, lo hace por medio del amor, que es su esencia misma. Al asumir el Hijo nuestra condición humana en el seno de María, al hacerse carne como nosotros, el amor se hizo visible, como dice la primera carta de Juan. Se hizo palpable, audible. Fuimos rescatados del egoísmo y de la indiferencia. Cuando, olvidamos este camino de Cristo en nuestra carne humana, negamos lo nuclear de nuestra fe y, al mismo tiempo, condenamos a los pobres al olvido. Porque nadie puede decir que ama a Dios si no ama a su prójimo. Más aún, quien diga y haga eso, es un mentiroso y la verdad no está en él. Dejémonos arrastrar por esta corriente del amor de Dios, que nos permite vivir la memoria de nuestra condición de hijos de Dios, hermanos de los hombres, para no condenar a los que sufren al olvido, ni condenarnos a nosotros en las tinieblas de la indiferencia.

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Lunes, 31 Enero 2022 10:56

REVISTA DIOCESANA FEBRERO 2022

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El Secretariado de Pastoral de Juventud de la Diócesis de Segovia lanza la iniciativa #GoToSanFrutos, basada en el emblemático Camino de San Frutos, que cruza la provincia en dirección nordeste desde la ciudad de Segovia. #GoToSanFrutos es un camino de fe, cultura y convivencia, cuya realización se llevará a cabo de manera virtual y presencial, y está abierta a todos los adolescentes y jóvenes de la provincia.

La parte virtual del camino se llevará a cabo semanalmente, a través de las redes sociales del Secretariado de Pastoral de Juventud. Cada miércoles se lanzará un cartel que nos destaque los aspectos más relevantes de un lugar de interés que podemos encontrar en esa etapa del camino, y los viernes tendrá lugar una catequesis virtual y síncrona. Los sábados se pondrán a prueba los conocimientos adquiridos a través de una prueba breve, interactiva, y en línea. Además, los domingos se invitará a los participantes a realizar un reto a través de las redes sociales.

Para mostrar que este camino lo hacemos acompañados y valorando el encuentro real, en las mañanas de los últimos sábados de cada mes se realizará la etapa del Camino de San Frutos que corresponda. Este componente presencial de la iniciativa invita a los participantes a conocerse más profundamente, y compartir juntos la experiencia de la peregrinación, que concluirá en la ermita de San Frutos.

La realización de cada etapa se llevará a cabo los siguientes días:

  • 26 de febrero: Segovia – Tizneros
  • 26 de marzo: Tizneros – Pelayos del Arroyo
  • 30 de abril: Pelayos del Arroyo – Pedraza
  • 28 de mayo: Pedraza – Consuegra de Murera
  • 25 de junio: Consuegra de Murera – Ermita de San Frutos

Esta iniciativa forma parte del itinerario de actividades marcado por el Secretariado de Pastoral de Juventud de la Diócesis de Segovia, que culminará el presente curso con la realización del Camino de Santiago y la celebración del Encuentro Europeo de Jóvenes, que se celebra del 3 al 7 de agosto de 2022 en Santiago de Compostela.

«Esta iniciativa busca ofrecer a los adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo un itinerario a través de las redes sociales, por las que navegan y se relacionan, descubriendo que desde allí pueden encontrar un camino hacía algo más grande», afirma Alberto Janusz Kasprzykowski, integrante del Secretariado de Pastoral de Juventud de la Diócesis de Segovia. «Además, la realización de la etapa presencial manifiesta esa convocatoria eclesial de caminar juntos y manifestar el valor y el enriquecimiento de caminar al lado del otro», concluye.

 

go to san frutos

Conocer el corazón del hombre es tarea ardua e inacabable.  Por mucho que creamos conocer la interioridad de la persona, siempre hay algo que se nos escapa, por incapacidad nuestra o por decisión de quien se guarda sus secretos. Según la Biblia, el corazón es la sede de los afectos, y estos son inestables y caprichosos. El hombre puede cambiar si se deja llevar de sus estados anímicos, pero también por impulsos de una voluntad poco consistente. Pasamos del amor a la indiferencia o al desprecio; del interés a la desidia; de la fe a la increencia. No extraña, pues, que el profeta Jeremías afirme: «Nada hay mas falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce?» (19,7). Y añade a continuación: «Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres». Lo que al hombre resulta difícil es fácil para Dios, que ha creado al hombre y escudriña los pliegues íntimos del corazón. También Jesús conocía el corazón humano y, según el evangelio de Juan, no se confiaba a los que creían en él por los signos que hacía, «porque los conocía a todos, y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre» (2,24-25). Al decir esto, el evangelista presenta a Jesús con el atributo propio de Dios, que es el conocimiento corazón.

            Un pasaje elocuente de la mutabilidad del corazón del hombre es el que ofrece el evangelio de este domingo al narrar la sorprendente reacción de los vecinos de Nazaret cuando Jesús participa en el culto de la sinagoga. Dice Lucas que, al escuchar a Jesús, «todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22). Pero, a renglón seguido, Jesús les echa en cara que le pidan milagros como los que ha hecho en Cafarnaúm. Sin duda, la gente de Nazaret había oído hablar de tales milagros y le pedían que hiciera lo mismo en su pueblo. Jesús afirma que «ningún profeta es aceptado en su pueblo» pues entiende que, si no hace los milagros que piden, le rechazarán. En su argumentación, Jesús alude a dos milagros que grandes profetas de Israel —Elías y Eliseo— habían hecho en tierra pagana. El primero, a una viuda de Sarepta en el territorio de Sidón; el segundo, a Naamán, el sirio, que fue curado de la lepra. La sola mención de estos hechos provoca tal reacción en la sinagoga, que, según el evangelista, «todos se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo» (Lc 4,28-29).

            ¿Qué ha sucedido para explicar este cambio de conducta? ¿Por qué quienes admiraban a Jesús desean ahora despeñarlo? Sencillamente, porque Jesús ha puesto a sus oyentes frente a la verdad de sí mismos. Como judíos, eran conscientes de ser el pueblo elegido por Dios y, por tanto, merecedores de milagros. Elías y Eliseo, sin embargo, hicieron milagros entre paganos. Al poner estos ejemplos, Jesús critica el particularismo judío que les impide ver que Dios no es manipulable y actúa con toda libertad allí donde encuentra la fe y la acogida que Nazaret no dispensa a Cristo si no realiza milagros. Como dice Pedro, «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hch 10,34). El corazón de los vecinos de Jesús cambió de actitud y pretendieron despeñarlo antes que aceptar la verdad que proclamaba. Y es que la peor enfermedad del corazón del hombre es negarse a acoger humildemente la verdad, que nos hace salir de nuestros esquemas y planteamientos de vida y aceptar, como dice Jesús, que solo la verdad nos «hará libres» (Jn 8,32).

 

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A la luz del encuentro mantenido esta semana entre el presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), el cardenal Juan José Omella, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, las inmatriculaciones de la Iglesia vuelven a ponerse sobre la mesa.

            En lo que concierne a la Diócesis de Segovia, el listado completo de bienes inmatriculados en el periodo de 1998 a 2015 fue publicado hace más de un año en el portal de transparencia de la página web de la Diócesis.

            Ayer, 24 de enero de 2022, la Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española hizo público el INFORME SOBRE BIENES INMATRICULADOS POR EL ART. 206 DE LA LEY HIPOTECARIA DE 1998 A 2015. Este informe surge a partir del listado remitido por el Gobierno al Congreso de los Diputados —en febrero de 2021— en cumplimiento de la PNL de 17 de febrero de 2017 sobre los bienes inmatriculados por la Iglesia Católica en el periodo 1998-2015.

            Este informe recoge un total de 407 bienes inmatriculados por la Diócesis de Segovia, de los cuales 81 registran alguna incidencia. Por un lado, existe una duplicidad en un inmueble en Revenga y por otro, el cambio de titularidad por una venta en La Higuera, ambas anomalías ya subsanadas.

            En cuanto a los 79 inmuebles restantes de los que faltan datos para identificar, la Diócesis de Segovia ya comunicó esto mismo en su momento como respuesta a la solicitud que se hizo por parte de la Conferencia Episcopal. En muchos casos, los bienes atribuidos por el informe son difícilmente localizables y en otros no consta certificación de inscripción por parte de la Diócesis. No obstante, se estudiará nuevamente cada caso para aportar una solución adecuada.

            Cabe recordar que, en su momento, la vicepresidenta primera del Gobierno, Dña. Carmen Calvo, subrayaba que «las inmatriculaciones que ha hecho la Iglesia católica se han producido al amparo de una situación legal». Es decir, el Gobierno reconocía que la Iglesia ha inmatriculado sus bienes conforme a la legalidad. Asimismo, la Diócesis de Segovia, mantiene su colaboración con las instituciones públicas y remarca que no pretende poner a su nombre nada que no le pertenezca.

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Don César inicia el lunes su primera visita «ad limina apostolorum» a Roma como obispo de Segovia, que incluye una audiencia con el Papa • El Obispo de Segovia acude junto a los prelados de las provincias eclesiásticas de Valladolid, Madrid, Toledo y al Arzobispado Castrense

 

El Obispo de Segovia, Mons. César Franco, vivirá desde este próximo lunes día 24 su visita «ad limina apostolorum» a Roma junto a los 19 prelados de las provincias eclesiásticas de Valladolid, Madrid y Toledo, así como el Obispo Castrense. Todos ellos constituyen el cuarto y último grupo de obispos en que se ha organizado esta visita por parte de la Conferencia Episcopal Española.

En el caso de don César, la convocatoria que se inicia el próximo lunes día 24 y se prolongará hasta el sábado 29 supone la primera ocasión que acude a Roma como obispo de Segovia en esta visita «ad limina», después de que la pandemia obligara a retrasar la cita, cuya última edición tuvo lugar en 2014, siendo por entonces obispo de Segovia, actualmente obispo emérito, don Ángel Rubio.

Encuentros y celebraciones

La estancia de don César en Roma comenzará con una misa votiva a San Pedro en el altar mayor de la Tumba de San Pedro presidida por el arzobispo de Valladolid, Mons. Ricardo Blázquez. Tras esta celebración, todos los prelados mantendrán diferentes sesiones de trabajo y encuentros en las Congregaciones vaticanas. Asimismo, participarán de las celebraciones eucarísticas en las basílicas pontificias de Roma, además de la capilla del Colegio Español y la Iglesia Rectoral de Santiago y Monserrat de los Españoles.

El encuentro central de esta visita «ad limina» tendrá lugar el próximo viernes día 28, será entonces cuando el Papa Francisco reciba en audiencia a los veinte obispos participantes en el Palacio Apostólico, en la que está previsto un tiempo de diálogo y comunión con los prelados.

Visita «ad limina»

La visita «ad limina apostolorum» es una convocatoria que propicia, cada cinco años, el encuentro de los obispos católicos con el Santo Padre para informar de la situación de la Iglesia en la diócesis que cada prelado tiene encomendada. Así, esta visita enlaza con la tradición arraigada de peregrinar a Roma para visitar la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo como expresión de comunión eclesial.