Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

Por primera vez, la Diócesis de Segovia, ha reunido al Obispo, a un laico comprometido y al ecónomo diocesano para presentar la campaña del Día de la Iglesia Diocesana, que este año se celebra el próximo domingo 8 de noviembre con el lema: «Somos una gran familia contigo. Somos lo que tú nos ayudas a ser».

 

DON CESAR El Obispo y pastor de la Iglesia en Segovia, monseñor César Franco, ha comenzado su intervención agradeciendo su labor a todas aquellas personas que colaboran en sus parroquias, también con su aportación económica, gracias a lo cual «llegamos hasta donde se nos permite». Don César ha asegurado que durante este tiempo de pandemia, sacerdotes, religiosas y laicos han continuado estando junto a quienes los necesitaban, «con su testimonio, y su acompañamiento». Por ello, ha lanzado un mensaje de esperanza para el futuro porque «la alegría es algo que no se puede perder».

A renglón seguido, el prelado ha querido desgranar alguno de los proyectos de la Iglesia en Segovia para el futuro más inmediato. Así, ha aprovechado para confirmar, en primicia, que la Santa Sede ha concedido al Santuario del Henar el Año Jubilar Henarense para 2021, coincidiendo con el cuarto centenario de la concesión de la fiesta de la Virgen.

Asimismo, ha detallado que la Diócesis está inmersa en un proceso del que saldrá la nueva identidad corporativa; que existe una campaña para impulsar la vocación aprovechando la futura ordenación sacerdotal del recién ordenado diácono Álvaro Marín o que Cáritas tiene en proyecto el cambio de sede, entre otras acciones. Además, ha querido remarcar la importancia del cuidado del patrimonio, por lo que la Diócesis espera mantener los acuerdos con la Diputación de Segovia y la Junta de Castilla y León, «las instituciones no están para enfrentarse, sino para colaborar por el bien común», ha asegurado.

También ha presentado el convenio de colaboración con el centro penitenciario, mediante el que los reclusos con un régimen de salidas puedan realizar actividades para su incorporación en la sociedad. «Nosotros ofreceremos actividades para una integración de modo personalizado e integrador», ha dicho.

Finalmente, don César ha revelado que, por primera vez este año, se otorgará un reconocimiento a aquellas personas que han dejado de prestar su servicio a la Diócesis este año, que en esta ocasión son: Rosa Contreras (Manos Unidas); María Teresa Crespo (COF); María José Gallardo (Notaría) y Alejandra Gómez (EDETIL). En definitiva, un agradecimiento a «quienes nos han ayudado a ser lo que somos».

Testimonio comprometido

CARLOS  Carlos Monjas ha sido el encargado de ofrecer su testimonio de vivencia personal. Palabras de un joven segoviano comprometido con su parroquia de San Cristóbal de Segovia, y con la Diócesis, como miembro de los equipos de pastoral juvenil y universitaria.

Estudiante de magisterio, Carlos ha revelado que su vinculación parroquial comenzó con la catequesis. De pequeño, con ocho años, comenzó siendo monaguillo, después, tras la Confirmación, le ofrecieron ser catequista… Todo ello le hizo darse cuenta de que uno empieza su compromiso con la Iglesia local para luego comprometerse con su Diócesis.

Así, él realizó cursos de monitor de tiempo libre, acudió a campamentos y, posteriormente, se integró en los equipos diocesanos de pastoral juvenil y universitaria. Carlos, de familia cristiana, ha asegurado que es «mi condición de bautizado» la que hace que la Iglesia necesite «de mis cualidades, mi oración, mi tiempo y mi aportación económica».

Como miembro activo de su parroquia, sabe que cuando hay gente comprometida, «se crea una comunidad viva». Por esto, pertenecer a la Iglesia es «amarla y vivirla» haciendo lo que se necesite en cada momento.

 

Transparencia

RAFAFinalmente, el administrador de la Diócesis, don Rafael de Arcos, ha sido el encargado de presentar las cifras económicas. «Tenemos que ser transparentes; si no lo somos, fracasamos», ha asegurado el ecónomo para agregar que solo siendo transparentes y realistas podremos generar confianza entre los fieles.

Don Rafael ha subrayado que la Diócesis está emprendiendo inversiones sostenibles con el fin de seguir un camino hacia la autofinanciación. En este sentido, se ha aventurado a vaticinar que «en cinco años lleguemos al 20% de autofinanciación». Asimismo, ha querido a agradecer a los fieles sus aportaciones y ha destacado que «somos una Diócesis pequeña, pero buena. Cada fiel comprende lo que es estar dentro de la Iglesia».

Posteriormente, el administrador diocesano ha desgranado las cuentas de resultados de ingresos y gastos de la Diócesis, en su comparativa interanual. Así, ha hecho hincapié en que los fieles han descubierto que pueden suscribirse para hacer sus donativos, lo cual aporta mayor seguridad.

En cuanto al patrimonio, don Rafael ha asegurado que se ha invertido mucho dinero «bien gastado, porque el patrimonio hay que conservarlo». Para concluir asegurando que «cuando das tu confianza, las personas responden y ayudan». Finalmente, el ecónomo ha concluido su intervención asegurando que, «si los destinatarios están satisfechos, es que vamos por el buen camino».

Lunes, 02 Noviembre 2020 18:28

Noviembre 2020

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1 de noviembre – Solemnidad de Todos los Santos

Hoy hay una gran fiesta, una gran fiesta en el cielo y en la tierra, por el gran amor que nos tiene el Padre, que nos acoge a todos sin distinción y nos hace sus hijos. Nos concede la felicidad contraria a lo que el mundo espera y ansía, pidiéndonos a cambio tan solo acudir a Él en nuestro cansancio, en nuestro dolor, en nuestro sufrimiento. Pues al pasar por Cristo, todas las cosas se modifican, se transforman y se vuelven blancas vestiduras.

8 de noviembre – Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

La promesa de Dios es impresionante. Quien le ama lo ve con facilidad, quien le busca lo encuentra y, además, pone en nuestro corazón el deseo de buscarle, esa sed que clama y grita por Él en lo más hondo de nuestro ser, esperando estar siempre con el Señor. Pero ante las dificultades de la vida, la rutina del día a día y las distintas circunstancias del acontecer diario, nos hacen creer que tarda, que se olvida y quieNes nos olvidamos en verdad, somos nosotros que, ante el sueño que nos vence, nos quedamos dormidos a la espera.

15 de noviembre – Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

Dios reparte entre cada uno los dones que corresponden a su capacidad, dándonos el talento que como hijos podemos poner en juego. Su visión es contraria a lo que nos plantea nuestra sociedad actual; sin embargo, nunca estuvo tan acompasada y orquestada por falsos profetas que se atreven a hablar de bondad y belleza, tergiversando el mensaje de la Verdad, porque son hijos de la tiniebla. Nosotros vivamos como auténticos hijos de la luz e hijos del día, permaneciendo en el Señor y en su Verdad, sin entregarnos a sueños engañosos, para que Él permanezca en nosotros, bendiciéndonos todos los días de nuestra vida.

22 de noviembre – Solemnidad de Cristo Rey

Soñamos con un día en el que Dios sea todo en todos, sin darnos cuenta de que somos nosotros quienes hemos de darle a conocer. Cristo buscará su rebaño y lo cuidará, pero, por medio de los que el Señor ha elegido para hacer lo que Él hizo en la tierra: curar, sanar, acoger, perdonar. Teniendo la certeza de que el Pastor está con nosotros y a su lado nada nos falta. Que al final de nuestra vida se pueda decir de nosotros: “Bendito el que viene en el Nombre del Señor”, porque como Jesús, hemos hecho lo que teníamos que hacer. Y así Cristo reinará en todos como único Rey de todo lo creado.

29 de noviembre – Domingo I de Adviento

Una vez más se nos alienta a no quedarnos dormidos, a espabilar, estar alerta y vigilar, porque el Señor sale al encuentro de quien vive con alegría los valores del Reino y espera anhelante al Dios libertador. Dejémosle inundarnos con su misericordia, llenándonos de vida para invocar con fe su Nombre. Y con absoluta confianza en su Palabra dada, pues Él, que es fiel, nos mantendrá firmes hasta el final.

Lunes, 02 Noviembre 2020 18:25

REVISTA DIOCESANA NOVIEMBRE 2020

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Lucía y Ana han sido las encargadas de recoger el IV Premio San Alfonso Rodríguez concedido, a título póstumo, a su madre, Pilar Jiménez Huertas en una emotiva ceremonia de entrega. En ella, las hijas de Pili han estado acompañadas por su padre y su hermana pequeña Raquel. También han estado presentes los padres y una de las hermanas de Pilar, tíos y primos, niños y jóvenes a los que daba catequesis y numerosos amigos, conocidos y feligreses de las parroquias de Palazuelos de Eresma y Tabanera del Monte.

Un acto introducido por David San Juan, miembro de la comisión organizadora de los premios, y que ha comenzado con el recital de música y lectura, casi a modo de diálogo, a cargo de Fernando Hidalgo y José Antonio Barbudo.

Tras ellos, ha tomado la palabra Emilio Calvo párroco de Palazuelos y Tabanera- quien a comenzado leyendo unas palabras sobre Pilar «Pili ha sido parte de las manos de Dios en esta tierra, una sonrisa discreta de la que somos más conscientes ahora que nunca (…) Su testimonio queda reflejado en muchas personas con nombres y apellidos (…) Más allá de los muros de una iglesia, de un edificio que supo trascender y transmitir en su vida diaria».

Emilio ha destacado que Pilar «ha sido y es mujer de familia», como san Alfonso Rodríguez. Pero también, «buscadora de Dios», volcando su vida en un servicio dedicado al Señor y a los demás con sus catequesis, convivencias, dedicando tiempo a niños y jóvenes, y a su parroquia contestando siempre, como san Alfonso, «ya voy, Señor». Finalmente, ha resaltado su humildad, asegurando que era una mujer discreta y sencilla, que siempre estaba cuando se la necesitaba desde el anonimato. Por esto, el párroco ha mostrado su orgullo y agradecimiento por la concesión de este galardón a Pili.

Posteriormente, ha sido el Obispo de Segovia, don César Franco, quien ha tomado la palabra afirmando «me la imagino asomándose por una ventana del cielo, mirando este premio y pensando en el rastro que ha podido dejar aquí de esa belleza que ahora contempla cara a cara». Asimismo, el prelado ha asegurado que el significado del premio (una mano agarrada a un llamador) es el de Cristo, que nos llama. Pero también, es lo que nosotros haremos cuando nos llegue la hora «al término de nuestra vida, llamamos a la puerta que nos abre a la luz y a la felicidad eterna».

Ha sido don César el encargado de entregar ese llamador, recogido por Raquel y Lucía, dos de las tres hijas de Pili. Visiblemente emocionadas y, apenas sin poder articular palabra, han agradecido la concesión del premio a su madre, como una forma de reconocer su labor dentro y fuera de la Iglesia. «Mi madre está con nosotras y con todos los que la habéis querido», ha concluido su hija.

El acto ha concluido con el canto del himno a san Alfonso Rodríguez interpretado al órgano por su creador, don Alfonso María Frechel, y entonado por Fernando Hidalgo junto a todos los presentes.

Premios San Alfonso Rodríguez

El Premio San Alfonso Rodríguez fue instituido por la Diócesis en 2017, con el objetivo de reconocer la labor callada de muchísimos fieles que han dedicado su tiempo y su cariño a los pequeños servicios cotidianos, en favor de la Iglesia y la sociedad segoviana, durante gran parte de su vida.

San Alfonso Rodríguez es nuestro “santo de andar por casa”. Nacido en 1530 en el barrio de El Salvador de Segovia, fue un pequeño empresario de la entonces pujante industria pañera de la ciudad. Con casi cuarenta años, vio morir a toda su familia, mujer e hijos, y vio como la crisis económica de la época lo dejó arruinado. Dejó la ciudad, fue admitido en la Compañía de Jesús como hermano lego y se santificó trabajando otros cuarenta años como portero del colegio jesuita de Palma de Mallorca, atendiendo con prontitud y sencillez a los que llamaban a su puerta.

Uno de los dogmas que más cuesta entender a los cristianos es el del Purgatorio, como estado en que, pasado el umbral de la muerte, el alma se purifica del lastre que deja el pecado en la vida del hombre antes de gozar de la visión de Dios. Los motivos de esta incomprensión son varios: Si afirmamos que Dios perdona los pecados por medio de la confesión, ¿no es suficiente el sacramento para entrar en la gloria? Por otra parte, ¿cómo entender que, si morimos en gracia de Dios, necesitamos esperar a verlo cara a cara? Y, si después de morir, el tiempo cesa, ¿qué significa entonces ese tiempo de purificación que llamamos purgatorio? ¿Cuánto dura? ¿En qué consiste? Las imágenes del fuego purificador con que se representa el estado del purgatorio también pueden confundirnos si las interpretamos literalmente. Es evidente que se trata de una metáfora que no puede entenderse con nuestras categorías materiales que son inadecuadas para representar el más allá. También el fuego es un símbolo del amor que purifica y que incita a la caridad. Sabemos, además, que Dios puede purificar el alma en un instante y devolverle la santidad perdida.

La iglesia, en la Escritura y la Tradición, no nos ha revelado muchas cosas sobre el purgatorio. Es dogma de fe definida en los concilios de Florencia y Trento. Sin embargo, lo sustancial del dogma es muy esperanzador: los fieles que mueren en gracia de Dios están salvados, son miembros de la Iglesia y participan de la comunión de los santos. Por eso, podemos ofrecer por ellos oraciones y limosnas, pues, después de la muerte, ya no pueden merecer para sí mismos. Dado que nadie conoce el estado en que una persona muere, la Iglesia celeste y la que peregrina en el mundo interceden por los difuntos para que alcancen la perfección necesaria para ver a Dios. El pecado mortal, además de romper la amistad con Dios, produce en el alma una debilidad de la fe, esperanza y caridad, que necesita ser superada para hacer desaparecer todo afecto al pecado. Por eso, la penitencia que el sacerdote nos propone al confesarnos y la que nos imponemos libremente, ayudan a purificarnos de todo lo que puede impedir la visión directa de Dios más allá de la muerte.

El santo converso John Henry Newman escribió un poema titulado El sueño de Geroncio, de gran valor literario y teológico, que inspiró al compositor E. Elgar (1857-1934), la obra musical que lleva el mismo título. Newman escribió esta obra maestra cuando tenía 64 años como el testimonio sincero y estremecedor del hombre que, ante la muerte, vislumbra el encuentro definitivo con Dios. El poema, que —repetimos— es de una gran profundidad y belleza literaria, intenta describir el momento en que el alma realiza el tránsito de este mundo al celeste, acompañada, por una parte, de la oración de la iglesia peregrina y de la iglesia triunfante, por otra, que viene en su ayuda. Si hago mención de esta obra es porque, en su ascensión hacia Dios, el alma de Geroncio descubre que la belleza y majestad de Dios es tan infinita que se reconoce indigno de verlo cara a cara: «Yo no merezco ver de nuevo el rostro/ del día y mucho menos Su semblante/ que es el sol mismo. Durante mi vida,/ cuando imaginaba mi purgatorio,/me complacía creer que vislumbrar Su rostro/ como una intensa lumbre entre la llama oscura/me otorgaría fuerzas para el trance».

Así es. Cuando vislumbramos la belleza del rostro de Dios, comprendemos que su «intensa lumbre» nos purifica y nos prepara para el encuentro definitivo con él. Por eso, el cristiano no teme el trance de la muerte ni la purificación que viene tras ella, pues es obra del amor de Dios que perfecciona a su criatura.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Este domingo, a las cinco de la tarde en la catedral, la diócesis de Segovia contará con un nuevo diácono después de diez años de carestía. Es una gran alegría y un motivo para dar gracias al Señor en la fiesta de san Frutos. Dios sigue llamando a quien quiere y Alvaro Marín —así se llama el nuevo diácono— ha respondido a la llamada.

La vocación es un gran misterio de elección de Dios. La persona siente que Dios pronuncia su nombre y le dice: ¡sígueme! Así fue al principio, cuando Jesús llamó a los Doce, y así es ahora y lo será siempre. Para verificar la vocación, la iglesia pide un tiempo de maduración y estudio. Jesús llamó a los Doce y vivió con ellos varios años educándolos a vivir como él. Fue una auténtica «escuela» en la que aprovechó toda ocasión para iniciarlos en el servicio que un día les confiaría. A esto ahora lo llamamos seminario, «escuela del seguimiento de Jesús». Si leemos los evangelios con atención, nos damos cuenta de que el trabajo no era fácil. Jesús tuvo que cambiar su mentalidad, pues ellos pensaban en poder temporal, en un reino con puestos importantes, y, como Pedro le dijo en una ocasión, esperaban recompensas humanas por haber dejado todo para seguirlo. Hasta en la última cena, a punto de constituirlos sacerdotes de la nueva alianza, estaban discutiendo sobre quién de ellos era el primero. Entre los Doce había de todo: uno publicano, un zelote revolucionario, un pragmático como Tomás, un despistado como Felipe, y hasta un traidor. Eso por no hablar de Pedro, que lo negó tres veces a pesar de haberle jurado fidelidad. Los apóstoles eran hombres como nosotros. De ahí que la tarea de Jesús no fuera fácil.

Durante la cena, hay un momento sobrecogedor. Cristo se levanta, se quita el manto y empieza a lavar los pies de los Doce. Realiza un oficio de esclavo. Quería dejar grabada esta imagen para que nunca olvidaran el ministerio al que los llamaba: amar como él y hacer su propio oficio, que san Hipólito llamaba «diácono del Padre». Jesús había dicho que no había venido a ser servido sino a servir y dar la vida por los suyos (cf. Mc 10,45). Eso significa el diaconado: servir al evangelio, a la Iglesia y, en especial, a los pobres. Fue instituido por los apóstoles para poder dedicarse ellos a la oración y al ministerio de la palabra. Eligieron a siete varones, llenos de espíritu y de sabiduría, que les ayudaron en la edificación de la Iglesia. Aunque sea el primer paso hacia el sacerdocio, el diaconado tiene la capacidad de revelar la esencia del ministerio como servicio incondicional. San Ignacio, obispo de Antioquía, decía que los diáconos tenían encomendado el ministerio de Jesucristo, y debían ser respetados como a Jesucristo, puesto que eran «ministros de los misterios de Cristo». Él mismo los llamaba «consiervos míos».

La Iglesia de Segovia se alegra con esta ordenación diaconal. Da gracias a Dios por el nuevo diácono, por su familia que lo educó en la fe, por la parroquia de santa Teresa donde descubrió la vocación y por el seminario donde ha madurado hasta este momento. Una vocación es un inmenso regalo. La Iglesia discierne la llamada de Dios y la confirma en la ordenación. Sólo tenemos motivos para la acción de gracias y la alabanza. Y también para seguir pidiendo al Señor que envíe operarios a su mies. Nunca debe faltar la oración por las vocaciones. Sabemos que Jesús, antes de elegir a los Doce, pasó la noche entera en oración. Quería saber que aquellos doce primeros discípulos eran los que su Padre le daba para llevar adelante su misión en el mundo. Oremos, pues, sin desfallecer para contar siempre con ministros de Cristo que nos ofrezcan la salvación.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

álvaro marín
 El joven seminarista segoviano Álvaro Marín Molinera será ordenado diácono el próximo domingo 25 de octubre. Coincidiendo con la festividad del patrón de la diócesis, san Frutos, la S.I. Catedral acogerá la celebración a partir de las cinco de la tarde, presidida por el obispo, D. César Franco.

Álvaro, de 24 años y con formación en el Teologado de Ávila y en la Universidad Pontificia de Salamanca, se convierte así en el primer ordenado en la última década. Diez años de carestía y de escasez vocacional que convierten esta ordenación en un motivo de orgullo y júbilo para la diócesis.

Familiares, amigos, sacerdotes y fieles acompañarán a Álvaro en este día tan especial en su camino hacia el ministerio sacerdotal, con el que comienza una nueva etapa al servicio de la Iglesia segoviana y su pastor, el Sr. Obispo.

Celebración en la Catedral

La Eucaristía de ordenación diaconal es una celebración en la que se suceden varios momentos de especial relevancia para el futuro diácono. Tras el Evangelio, tiene lugar el acto de reconocimiento de que Álvaro Marín es un candidato digno para ser ordenado. «Después de haber consultado al pueblo cristiano, doy testimonio de que ha sido considerado digno», son las palabras que pronunciará D. Juan Cruz Arnanz, rector del Seminario diocesano.

Posteriormente, Álvaro efectuará sus promesas, aquellas que contribuyen a la realización de sus funciones: celibato, obediencia y colaboración con el obispo, rezar la Liturgia de las Horas, atender el altar… Y tras ello, el joven seminarista segoviano protagonizará la postración, momento en el que se invocará la intercesión de los santos mediante el canto de las letanías.

A continuación, tendrá lugar el rito de ordenación diaconal con la imposición de manos y la plegaria de ordenación, tras el que Álvaro recibirá su estola al estilo diaconal y será vestido con la dalmática.

Por último, recibirá el libro de los Evangelios como símbolo de su misión de anunciar la Buena Nueva mientras D. César pronuncie estas palabras: «Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado».

El ministerio diaconal

Los diáconos se ordenan mediante la imposición de las manos heredada de los Apóstoles, para desempeñar eficazmente su ministerio por la gracia sacramental. Por eso, ya desde la primitiva época de los Apóstoles, la Iglesia Católica ha tenido en gran honor el sagrado Orden del diaconado.

Es oficio propio del diácono, administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, leer la sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y de la sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: “Compasivos, diligentes, actuando según la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos”. (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 29)

cartel san alfonso

La Diócesis de Segovia ha concedido el IV Premio San Alfonso Rodríguez a Dña. Pilar Jiménez Huertas (Pili). Este galardón fue instituido por la diócesis en 2017 con el objetivo de reconocer la labor callada de muchísimos fieles que han dedicado su tiempo y su cariño a los pequeños servicios cotidianos, en favor de la Iglesia y la sociedad segoviana, durante gran parte de su vida.

En nuestros días, hay muchos san Alfonsos Rodríguez entregados a una multitud de labores muy necesarias que pueden pasar desapercibidas. Una de estas personas ha sido Pilar Jiménez Huertas, madre de familia y feligresa de Palazuelos de Eresma y Tabanera del Monte. Desde joven, realizó todo tipo de labores sencillas y necesarias con un espíritu humilde y colaborador: catequesis de niños y jóvenes, animación de grupos parroquiales, atención al templo, convivencias, campañas solidarias, talleres… Una persona que nos ha dejado, legando una vida de entrega al servicio discreto a los demás, como nuestro santo segoviano.

El galardón se le entregará el próximo sábado 31 de octubre, precisamente el día en que celebramos a san Alfonso, a las cinco y media de la tarde (17.30h) en la iglesia del Seminario, guardando todas las medidas de seguridad. El acto vendrá precedido por un sencillo recital de música y lectura de textos de san Alfonso, san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, a cargo de D. Fernando Hidalgo y D. José Antonio Barbudo, y concluirá con el canto compartido del himno a San Alfonso Rodríguez.

San Alfonso Rodríguez es nuestro “santo de andar por casa”. Nacido en 1530 en el barrio de El Salvador de Segovia, fue un pequeño empresario de la entonces pujante industria pañera de la ciudad. Con casi cuarenta años, vio morir a toda su familia, mujer e hijos, y vio como la crisis económica de la época lo dejó arruinado. Dejó la ciudad, fue admitido en la Compañía de Jesús como hermano lego y se santificó trabajando otros cuarenta años como portero del colegio jesuita de Palma de Mallorca, atendiendo con prontitud y sencillez a los que llamaban a su puerta.

El delegado diocesano del Secretariado de Misiones, D. Isaac Benito Melero, ha estado acompañado esta mañana por D. José Ponce y D. Fidele Nkanza para presentar la campaña de la Jornada Mundial por la Evangelización de los Pueblos, el DOMUND, que celebramos el domingo 18 de octubre.

«Aquí estoy, envíame» es el lema de este año, unas palabras que nos recuerdan que todos tenemos una misión que cumplir. De forma especial, como ha resaltado D. Isaac, recordamos al más de centenar de misioneros que la diócesis tiene repartidos por los cinco continentes. El delegado de misiones ha querido recordar que, «la forma más importante de colaborar es con la oración, pero no la única». De esta forma, ha añadido que se puede colaborar con el DOMUND con tiempo, ejerciendo de misionero permanente o voluntario y, como siempre, con aportaciones económicas.

En este último apartado se ha detenido D. Isaac para recordar que, a causa de la pandemia y las restricciones de aforo en los templos, este año hay más posibilidades de colaborar de manera telemática. Así, se puede hacer un donativo mediante BIZUM, por transferencia bancaria en la cuenta de las Obras Misionales Pontificias (OMP), por teléfono o a través de la página web del DOMUND.

Asimismo, también ha resaltado que, como novedad, este año ha surgido una nueva forma de colaboración, una carrera virtual que se desarrollará los días 17 y 18 de octubre.

Un mexicano en Segovia

ponce Por su parte, D. José Ponce ha querido contar su historia personal. Originario de México, ha dicho que es una de esas llamadas «vocaciones tardías», puesto que ingresó en los Operarios del Reino de Cristo en 2003. Ponce ha destacado que su motivación ha sido siempre la cita bíblica «reconciliaos con Dios» (Cor2, 5-20), la cual le ha llevado siempre a actuar respondiendo a la pregunta «¿qué podemos hacer para vivir así, reconciliados con Dios?».

 Asimismo, ha subrayado que la misión no es solo ir a un país lejano a colaborar con sus gentes, sino «ayudar al de al lado, aquí y ahora». La misión de cada uno ha de ser colaborar con quien más lo necesita también en la cercanía, «y si doy para hacer más, lo haré con mucho gusto», ha concluido el mexicano.

 

Del calor del Congo al frío de la sierra


fideleDe su lado, D. Fidele Nkanza, natural de la República Democrática del Congo, ha comenzado relatando sus orígenes en una familia cristiana, puesto que su padre era animador pastoral. «Yo colaboraba como monaguillo, en el coro… sin darme cuenta de que algo estaba surgiendo ahí», ha comentado.

Nkanza ha subrayado que «aceptar la misión no es fácil», ya que supone salir del país de origen para ayudar en otro lugar, añadiendo que lo más importante es aceptar, porque con el Señor «siempre sale bien». Igualmente, ha querido incidir en que la ayuda que se envía a los países necesitados «sí que llega: yo de pequeño llevaba una camiseta que ponía Ibiza sin conocer que eso era España», ha relatado.

Agradecido de que en su país la pandemia no haya llegado ni afectado tan profundamente como aquí, ha querido recordar que nuestra misión es «ayudar al que está en la puerta de al lado», para añadir que la pandemia nos tiene que servir para darnos cuenta de que «debemos abrir nuestro corazón para ayudar a todo aquel que lo necesite, en cualquier ámbito y de cualquier forma».

Finalmente, D. Isaac (quien ejerció como misionero durante 23 años en África) se ha mostrado «agradecido y lleno de gozo» porque José Ponce y Fidele Nkanza son el ejemplo de que «la misión evangelizadora tiene sus frutos».

 

 web domund

El lema del Domund para este año tiene aire profético. Recuerda la vocación de Isaías, cuando, después de haber sido purificados sus labios con un ascua encendida, dice a Dios: «aquí estoy, mándame». La disponibilidad del profeta es total ante la llamada de Dios. Es la misma disponibilidad de los apóstoles de Jesús cuando éste los llama: dejándolo todo, lo siguieron.

Es imposible ser miembros de la Iglesia y no estar disponibles a la misión. La llamada de Dios es imperiosa, no admite demoras. No podemos reducir el Domund a una colecta extraordinaria, a unas celebraciones litúrgicas especiales, o a testimonios emotivos de misioneros que acuden a las parroquias a contarnos su vida. Todo eso está bien. La misión ad gentes es mucho más.

En primer lugar, es tomar conciencia de que «aquí estoy». Soy yo, mi persona, quien es interpelada por la llamada de Dios. Estamos en el mundo con una misión, cada persona es misión. Dios cuenta conmigo para cooperar en la obra redentora de Cristo que se extiende generación tras generación. «Aquí estoy» significa reconocer que mi existencia es un regalo de Dios al mundo. Solo quien toma conciencia de lo que significa existir como don y regalo de Dios a los hombres, puede decir con pleno sentido «aquí estoy».

En segundo lugar, la misión ad gentes implica decir «envíame». Nadie se da a sí mismo la misión ni la vocación. Ambas cosas unidas vienen de Dios. Somos llamados para ser enviados. Sólo así podemos realizar una misión que no es nuestra, ni en la que tenemos la iniciativa. Dios solo es quien envía y nos prepara para la misión con el don de la disponibilidad. Sin esta libertad, centrada en la voluntad de Dios, reduciríamos la misión a una empresa particular en la que me siento protagonista. No es así. El protagonismo en la Iglesia lo tiene el Espíritu Santo, que se sirve de los cristianos para llevar adelante la expansión del cristianismo. La disponibilidad al Espíritu Santo es, como dicen los Padres de la Iglesia, la actitud primordial del cristiano, de la que derivan las demás: fortaleza, ánimo apostólico, alegría, capacidad de entrega, fidelidad hasta el martirio.

Cuando pensamos en la misión, nos creemos importantes por lo que aportamos a países necesitados. Todo esto es verdad. Pero el primer beneficiado de la misión es el enviado por Dios. Su vida, en las manos de Dios, adquiere un sentido nuevo porque se convierte en un signo de la misión de Cristo en el mundo. Así como Cristo, en cuanto enviado, es el signo del amor del Padre, así los enviados por Cristo son signos suyos y de su salvación. Lo dice claramente Jesús en el discurso de despedida: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». Para vivir la misión en la Iglesia no podemos perder este horizonte que nos remite al Enviado por excelencia, Jesús, el Hijo de Dios. Identificarse con Cristo en su propia misión es necesario para ejercer la nuestra y olvidarnos de nosotros mismos para ser fecundos como el grano de trigo que cae en tierra. Las palabras de Jesús adquieren un sentido nuevo cuando las acogemos desde esta perspectiva. No existimos para que nos sirvan, sino para servir; no vivimos para conservar la vida, sino para perderla; no buscamos nuestra propia gloria, sino la de Dios; no somos dueños de ninguna parcela en la Iglesia, sino trabajadores de la viña del Señor; no ostentamos poderes mundanos, sino espirituales en orden a incorporar a los hombres a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. En definitiva, somos enviados para testimoniar que Cristo ama al mundo y lo ha redimido con la entrega de sí mismo. Solo viviendo así podemos decir: «Aquí estoy, envíame».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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