Secretariado de Medios

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Con la finalidad de respetar las medidas sanitarias de higiene y serugirad encaminadas a evitar el contagio y propagación de la Covid-19, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha modificado el rito del Miércoles de Ceniza adaptándose a este tiempo de pandemia.
 

El tiempo de Navidad se cierra con la fiesta del Bautismo del Señor. Hay que advertir, sin embargo, que desde la Navidad hasta el bautismo han pasado al menos treinta años. Estamos, pues, muy alegados en el espacio y en el tiempo de los misterios de Navidad y puede extrañar que el bautismo de Jesús sea celebrado como colofón de sus misterios. La liturgia tiene, sin embargo, una lógica perfecta. Navidad, Epifanía y el Bautismo componen un conjunto que podría agruparse bajo el concepto de manifestación de Dios. Dios ha roto su silencio —aunque desde la creación nunca ha dejado de hablar— para revelarse de modo definitivo en su Hijo: primero naciendo en nuestra carne, después revelándose a los pueblos paganos en la persona de los magos y, finalmente, hablando él mismo desde el Cielo para decir quién es ese Jesús que acaba de ser bautizado: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». En el bautismo de Jesús, por consiguiente, no queda ninguna duda de quién es el nacido en Belén.

Ahora bien, ¿qué significa este bautismo de Jesús? A pesar de su sobriedad, el evangelista Marcos es un insigne teólogo. Distingue muy bien la diferencia entre el bautismo del Bautista y lo que en su día hará Jesús al instituir su bautismo: «Yo —dice Juan Bautista— os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,8). Juan predicaba la conversión de los pecados y realizaba en el Jordán un bautismo que simbolizaba el lavatorio de los pecados, pero naturalmente era un mero símbolo que no perdonaba los pecados; tan solo mostraba el arrepentimiento y el deseo de ser purificado. El bautismo de Jesús, por el contrario, se realiza con el poder del Espíritu capaz de recrear al hombre haciendo de él una nueva criatura. Jesús viene a bautizar al hombre mediante una renovación total de su ser, cuya agente es el Espíritu, simbolizado también en el fuego. Por eso, cuando se despide de sus discípulos antes de su Ascensión, les dice: «Juan os bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hch 1,5). Se refería a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, cuando la comunidad apostólica recibió bajo la forma de lenguas de fuego la fuerza del Espíritu Santo.

Podemos preguntarnos, además, por qué Jesús quiso ser bautizado en el Jordán si él no necesitaba convertirse puesto que era el Hijo de Dios. Hay dos aspectos importantes en su bautismo además de lo ya dicho. En primer lugar, Jesús quiso hacerse solidario con los pecadores y mostrarse como si fuera uno de ellos pues asumió nuestra pobre naturaleza, aunque en él exenta de pecado. Esta solidaridad explica que en su ministerio busque a los pecadores, coma con ellos y los reconcilie. En segundo lugar, en cuanto hombre, Jesús necesitaba también recibir la unción del Espíritu que le capacitara para su misión. Por eso, dice el Evangelio que «apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma» (Mc 1,10). Los cielos ya se habían rasgado, como pedían los profetas, cuando Jesús nació en Belén. Pero ahora, él mismo ve que se rasgan para dar paso al Espíritu que permanecerá con él toda su vida como ungido de Dios para poder realizar la misión encomendada. Lo dice muy bien Pedro cuando predica sobre estos acontecimientos: «Me refiero —dice— a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).

Esto es lo que hemos celebrado en la Navidad. El Bautismo de Jesús es la palabra definitiva de Dios sobre su Hijo, investido solemnemente con la unción del Espíritu para realizar su misión.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Lunes, 04 Enero 2021 08:46

Enero 2021

enero2021

 

1 de enero. Solemnidad de María Madre de Dios

Estrenamos el año contemplando a María como Madre de Dios. En el belén descubrimos su ternura y amor hacia su Hijo recién nacido. Y también su actitud ante las contrariedades e incertidumbres que la vida le fue presentando: un pobre pesebre, pastores y sabios, la envidia de Herodes, profecías que anunciaban contradicciones y el alma traspasada… Y “María custodiaba todas estas cosas, meditándolas en el corazón”.

3 de enero. II Domingo después de Navidad

El niño Jesús que hemos colocado en nuestro belén representa la Palabra de Dios. ¿Sabemos nosotros escuchar a Dios? Este niño nos habla de fragilidad, cercanía, a veces dificultades, huidas, silencios… “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Y así pasó a ser uno como nosotros para concedernos el regalo de convertirnos en hijos de Dios y enseñarnos a vivir.

6 de enero. Solemnidad de la Epifanía del Señor

Una estrella en el cielo y un niño acostado en un pesebre. Hoy al portal se acercan unos sabios. Supieron ver las señales y reconocer en la pequeñez de unos signos, la presencia de Dios. En sus personas, la sabiduría y el poder se arrodillan ante la fragilidad, la pobreza y el desvalimiento. Pidamos al Niño el regalo de tener una mirada que pueda ir más allá de lo que vemos.

10 de enero. Bautismo del Señor

Con el Bautismo del Señor concluimos el tiempo de Navidad. Jesús, que se pone a la fila de los pecadores y se deja bautizar por Juan, nos vuelve a recordar el deseo de Dios de hacerse uno de nosotros para que nosotros podamos ser de Él. “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

17 de enero. II Domingo del Tiempo Ordinario

Retomamos el tiempo ordinario en el que deseamos vivir las cosas más cotidianas de la vida con Jesús. ¿Cómo encontrarle en nuestras rutinas? Preguntándole “¿dónde vives?”. Y Él nos invitará personalmente a acompañarle para conocerle y abrirnos su intimidad. “Venid y lo veréis” y nosotros iremos para quedarnos junto a Él.

24 de enero. III Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús comienza su ministerio público anunciando la cercanía del Reino de Dios y la necesidad de conversión. Este cambio fue real para Simón, Andrés, Santiago y Juan, cuando Jesús los vio trabajando junto al lago. Los vio significa que los miró por dentro. Y los amó llamándoles a estar con Él y a ser pescadores de hombres. Nosotros, ¿dejamos espacio para que el Señor nos llame y nos invite a participar de su misión?

31 de enero, IV Domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio nos presenta a Jesús enseñando “no como los escribas, sino con autoridad”. El estilo de Jesús no fue mandar ni ejercer la fuerza, ni utilizar su autoridad para imponerse. Jesús muestra su autoridad con hechos y palabras, sanando a personas, no dando por perdido a nadie, viviendo con coherencia el anuncio del Reino de Dios. ¿Somos nosotros personas auténticas?

Patricia González Fernández, OMI

Miércoles, 30 Diciembre 2020 19:53

REVISTA DIOCESANA ENERO 2021

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Al comenzar un nuevo año todos nos felicitamos avivando la esperanza ante el tiempo que se nos ofrece como posibilidad de ser felices o, al menos, más felices de lo que fuimos en el año que expira. Este deseo de plenitud que el hombre abriga en su corazón solo es posible si acepta como condición que el tiempo no le pertenece. El hombre es un «ser en el tiempo», mas no es «señor del tiempo». El tiempo es siempre una incógnita que se desvela mientras suceden las estaciones, los años, los meses y los días. Si acaso, como dice el Papa Francisco, somos dueños del momento presente, porque determinamos lo que queremos hacer y programamos nuestra agenda, aunque también sabemos la facilidad con que, inevitablemente, se desprograma. Cuentan las circunstancias.

El hombre tiene, además, experiencia de que el tiempo le devora. Sin apenas advertirlo, nos hacemos viejos, y contamos el tiempo no como posibilidad de vivir sino como disminución ante la muerte que se intuye próxima. No comulgo con la definición de que «el hombre es un ser para la muerte», pero ahí está la muerte, en cada encrucijada, y el tiempo la avecina inevitablemente.

En la revelación judeo-cristiana, Dios es el Señor del tiempo y de la historia. Suyo es el tiempo y la eternidad y rige la historia hacia la plenitud, aunque en ocasiones parezca que el tiempo y la historia se le ha ido de las manos porque no entendemos la lógica de cuanto sucede. La historia de Israel provocó en el pueblo elegido profundas crisis de fe en el Dios revelado a Abrahán, que parecía olvidar sus promesas de paz, prosperidad y justicia. El tiempo parecía ir en contra de la providencia divina, que se ocultaba en lo que Israel consideraba infortunio, fracaso, ruina y desolación. También la Iglesia pasó por esa misma prueba, como atestigua la segunda carta de Pedro: «para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión» (3,8-9). El secreto es la paciencia: el tiempo se dilata para hacer posible la conversión de los hombres.

Con el nacimiento de Cristo en nuestra carne, el tiempo empieza a ser, además, una dimensión de Dios. Un prefacio de Navidad dice expresamente de Cristo: «engendrado antes de todo tiempo, comenzó a existir en el tiempo para devolver su perfección a la creación entera». Se explica que san Pablo afirme que «cuando legó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo» (Gál 4,4). El tiempo llega a su plenitud con la entrada de Dios en la historia de los hombres. Dios se limita a sí mismo asumiendo el devenir de las horas, los días, meses y años. Se limita, sobre todo, en la muerte que, como hombre, debía padecer para hacerse semejante a los hijos de Adán. Pero, al hacerlo, el límite se hace trascendente y ofrece explicación al sentido último de la historia, que no va a la deriva, sino hacia la plena consumación. De ahí que Cristo ha sido llamado el «éschaton» de Dios, lo último, lo definitivo, lo que da sentido a cada momento del vivir humano. Como dice Gaudium et Spes, «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre [...], semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado» (GS 22). Aquí está la clave para entender el misterio del tiempo: si el Hijo de Dios se ha hecho «contemporáneo» de cada hombre, quiere decir que vive con nosotros el tiempo de nuestra vida y podemos desearnos la felicidad en cada año que comienza.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Logo Año Familia

 

El Santo Padre convoca el Año especial dedicado a la familia, que se inaugurará el 19 de marzo de 2021, quinto aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. Precisamente a partir de la celebración de este aniversario, el Santo Padre ofrecerá a la Iglesia la oportunidad de reflexionar y profundizar en el riquísimo contenido de la Exhortación Apostólica, fruto de un intenso camino sinodal, que aún continúa a nivel pastoral.

La iniciativa, que lleva el nombre de Año “Familia Amoris Laetitia” (www.amorislaetitia.va) y que estará marcada por propuestas e instrumentos pastorales que se pondrán a disposición de las realidades eclesiales y de las familias, concluirá con la celebración del X Encuentro Mundial de las Familias en Roma, en junio de 2022.

 

El año de la “Familia Amoris Laetitia” es una iniciativa del Papa Francisco que se propone llegar a todas las familias del mundo a través de propuestas espirituales, pastorales y culturales que se podrán llevar a cabo en las parroquias, diócesis, universidades, movimientos eclesiales y asociaciones familiares. El objetivo es ofrecer a la Iglesia oportunidades de reflexión y profundización para vivir concretamente la riqueza de la exhortación apostólica Amoris Laetitia.

La experiencia de la pandemia ha puesto de relieve el papel central de la familia como Iglesia doméstica y la importancia de los lazos comunitarios entre las familias, que hacen de la Iglesia una “familia de familias” (AL 87).

Esta merece un año de celebraciones para que sea puesta en el centro del compromiso y del cuidado de cada realidad pastoral y eclesial.

  • Difundir el contenido de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, para hacer experimentar que el Evangelio de la familia es alegría que “llena el corazón y la vida entera” (AL 200).
  • Anunciar que el sacramento del matrimonio es un don y tiene en sí mismo una fuerza transformadora del amor humano. Para ello es necesario que los pastores y las familias caminen juntos en una corresponsabilidad y complementariedad pastoral entre las diferentes vocaciones en la Iglesia (Cf. AL 203).
  • Hacer a las familias protagonistas de la pastoral familia. Para ello se requiere “un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia” (AL 200), ya que una familia discípula se convierte también en una familia misionera.
  • Concienciar a los jóvenes de la importancia de la formación en la vierdad del amor y el don de sí mismos, con iniciativas dedicadas a ellos.
  • Ampliar la mirada y la acción de la pastoral familiar para que se convierta en transversal, para incluir a los esposos, a los niños, a los jóvenes, a las personas mayores y las situaciones de fragilidad familiar.

Iniciativas y recursos

Aquí se describen algunas de las iniciativas. La invitación, dirigida a todas las   comunidades,   es   a   participar, y a  convertirse   en   protagonistas con otras propuestas a  implementar en la propia Iglesia local (diócesis, parroquias, comunidades eclesiales).

  • Fórum “¿Dónde estamos con Amoris Laetitia? Estrategias para la aplicación de la exhortación apostólica   del   Papa   Francisco”, del 9 al 12 de junio de 2021, con los responsables de las delegaciones de pastoral familiar de las conferencias episcopales, movimientos y asociaciones familiares internacionales.
  • Proyecto “10 Videos Amoris Laetitia”: el Santo Padre explicará los capítulos de la exhortación apostólica, junto con las familias que darán testimonio de algunos aspectos de su  vida  cotidiana.  Cada mes  se difundirá un vídeo para despertar el  interés  pastoral  por  la   familia en las diócesis y parroquias de todo el mundo.
  • # lamChurch : difusión de algunos videos testimoniales sobre el protagonismo eclesial y la fe de las personas con discapacidad.
  • “En camino con las familias”: 72 propuestas pastorales concretas para caminar con las familias inspirándose en Amoris Laetitia. Con vistas al X Encuentro Mundial de las Familias en Roma 2022, se invitan a las diócesis y a las familias de todo el mundo a difundir y profundizar las catequesis que serán distribuidas por  la  diócesis  de  Roma  y a comprometerse con iniciativas pastorales en este sentido.

En camino con las familias

12 Itinerarios con las familias para poner en práctica Amoris Laetitia.

  1. Reforzar la pastoral de preparación al matrimonio con nuevos itinerarios catecumenales a nivel de diócesis y parroquias (cf. AL 205-222) para ofrecer una preparación remota, próxima e inmediata al matrimonio y un acompañamiento de las parejas en los primeros años de matrimonio. Un compromiso confiado de manera especial a los matrimonios que, junto con los pastores, se convierten en compañeros de viaje de los prometidos y de las parejas de recién casados.
  2. Potenciar la pastoral de acompañamiento de los matrimonios con encuentros de profundización y momentos de espiritualidad y oración dedicados a ellos para adquirir conciencia del don y de la gracia del sacramento nupcial {cf. AL 58 ss. y 223-230).
  3. Organizar encuentros para los padres sobre la educación de sus hijos y sobre los desafíos más actuales (cf. AL172 ss. y 259-290). Respondiendo a las indicaciones del Papa Francisco a los padres para tratar de comprender “dónde están sus hijos en su camino” (cf. AL 261).
  4. Promover encuentros de reflexión e intercambio sobre la belleza y las dificultades de la vida familiar (cf. AL 32 ss. y 89 ss.), para impulsar el reconocimiento del valor social de la familia, y la realización de una red de pastores y familias capaces de hacerse cercanos en las situaciones de dificultad a través del anuncio, el compartir y el testimonio.
  5. Intensificar el acompañamiento de las parejas en crisis (cf. AL 232 ss.) para sostener y formar en una actitud resiliente que les lleve a ver las dificultades como oportunidades, para crecer en el amor y hacerse más fuertes.
  6. Insertar a los matrimonios en las estructuras diocesanas y parroquiales para potenciar la pastoral familiar (cf. AL 86-88) y la formación de los agentes de pastoral, de los seminaristas y sacerdotes para que estén a la altura de los desafíos actuales (cf. AL 202 ss.) y colaboren con las familias. Para ello será importante hacer funcionar la reciprocidad entre la “familia-Iglesia doméstica” y la Iglesia {AL 200), para que se descubran y valoren como un don insustituible la una para la otra.
  7. Promover en las familias su natural vocación misionera (cf. AL 201, 230 y 324) creando momentos de formación para la evangelización e iniciativas misioneras (p. ej. con ocasión de la formación para los sacramentos de los hijos, matrimonios, aniversarios o momentos litúrgicos importantes).
  8. Desarrollar una pastoral de las personas mayores (cf. AL 191-193) que tenga como objetivo superar la cultura del descarte y la indiferencia y promover propuestas transversales en relación con las diferentes edades de la vida, haciendo que las personas mayores sean también protagonistas de la pastoral comunitaria.
  9. Involucrar a la pastoral juvenil con iniciativas para reflexionar y confrontarse con temas sobre la familia, el matrimonio, la castidad, la apertura a la vida, el uso de los medios de comunicación social, la pobreza, el respeto por la creación (cf. AL 40). Es necesario poder despertar el entusiasmo y mejorar la capacidad de los jóvenes para comprometerse plenamente con los grandes ideales y los desafíos que éstos implican. Este año se debe prestar especial atención a los niños para que conozcan el Año de la “Familia Amoris Laetitia” y las iniciativas propuestas.
  10. Promover la preparación del X Encuentro Mundial de las Familias con las catequesis y caminos formativos que, a través de diversas etapas y experiencias, acompañen a las familias hacia el Encuentro con el Santo Padre.
  11. Lanzar   iniciativas de acompañamiento y discernimiento para las familias heridas (cf. AL 50 ss., 241 ss. y 291 ss.). para ayudarlas a descubrir y poner en práctica la misión que tienen en su familia y en su comunidad, a partir del Bautismo.
  12. Organizar grupos en las parroquias y comunidades para reuniones de profundización sobre “Amoris Laetitia”, con el fin de sensibilizar sobre las oportunidades pastorales concretas que se presentan en las distintas comunidades eclesiales (cf. AL 199 ss.).

Fuente: Conferencia Episcopal Española

La fiesta de la Sagrada Familia nos introduce en el portal de Belén para adorar el misterio del Dios encarnado en el seno de una familia. Esta familia es sin duda misteriosa por varios motivos: Dios toma carne en el seno de una virgen que permanecerá por siempre en la integridad virginal; José es llamado por Dios para cuidar de la familia e introducir a Jesús en la casas de David de donde nacerá el Mesías; por último, el niño recién nacido es el Hijo eterno de Dios, que, sin perder su condición divina, asume plenamente la condición humana menos en el pecado. Es una familia pobre, humilde, obediente a Dios y, sobre todo, sagrada. Sufrirá persecución, emigración y destierro, y, a la vuelta de Egipto, volverá al pueblecito de María, Nazaret, donde Jesús será conocido como el profeta Nazareno.

Toda familia es sagrada, pues tiene su origen en Dios, autor y señor de la vida. Desde el inicio mismo de la creación, Dios llamó al hombre y a la mujer —en su alteridad y complementariedad insustituibles— a ser una sola carne y a cooperar con él en la procreación. El hombre y la mujer, unidos en alianza de amor, son, por tanto, cooperadores necesarios de Dios en la transmisión de la vida, que es el fruto de su propia entrega de amor. El ámbito del amor y de la entrega mutua es tan sagrado como la vida que en él se produce. Nada ni nadie puede interferir esa acción que tiene por protagonistas a Dios y a los cónyuges. Se explica así que las lecturas de este domingo de la Sagrada Familia ensalcen el plan de Dios sobre el padre, la madre y los hijos, que constituyen una comunidad de amor y de vida en la que todo está orientado al bien común de cada miembro.

Cuidar la familia es, por tanto, la tarea primordial de la sociedad y del Estado que deben poner todos los recursos al servicio de esta institución divina y humana. La familia requiere estabilidad, seguridad jurídica, hogar adecuado, trabajo justo y humanizado, beneficios sanitarios, protección y salvaguarda de los derechos de los padres y de los hijos, educación en todos los niveles. Una sociedad justa debe situar a la familia, como comunidad de personas con sus derechos y obligaciones, en el lugar prioritario de sus políticas.

El libro del Eclesiástico recoge las obligaciones que los hijos tienen para con sus padres, incluso en los momentos difíciles de la vejez con la amenaza de perder las facultades mentales. Lo dice claramente: «Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros […] Hijo mío, cuida de tu padre en su vejez y durante su vida no le causes tristeza; aunque pierda el juicio, sé indulgente con él y no lo desprecies aún estando tú en pleno vigor» (Eclo 3,3.12-13).

También san Pablo ofrece una tabla de virtudes domésticas orientadas a vivir en familia con misericordia entrañable, bondad y comprensión. Exhorta al sobrellevarse mutuamente y al perdón. En la familia todos se enseñan y corrigen mutuamente mediante el amor y en el ámbito de la acción de gracias al Señor Jesús en cuyo nombre la familia ha sido constituida (Col 3,12-21). Así fue la familia de Nazaret en todos los avatares por los que pasó. En ella, la voluntad de Dios siempre tuvo acogida; y brilló la verdadera humanidad que ha traído Jesucristo en la Encarnación. Se explica, por tanto, que al final del evangelio de hoy se diga de Jesús que «el niño iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40). Es difícil imaginar cómo Dios puede crecer. Pero así es. Todo es más comprensible si pensamos que nuestro Dios es también hombre, miembro de la familia humana. Y eso sólo es posible si cada familia concreta se convierte en escuela de humanidad.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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El Obispo de Segovia, don César Franco Martínez, ha hecho esta mañana un balance del año que está a punto de terminar. En su tradicional encuentro con motivo de las fechas navideñas con los medios de comunicación que trabajan en la Diócesis, ha aprovechado también para avanzar algunos eventos que se producirán a lo largo del próximo 2021.

Así, ha querido comenzar asegurando que, aunque la actividad diocesana se ha visto condicionada por la pandemia, no se han dejado de llevar a cabo las actividades más fundamentales. Fue en marzo cuando llegó el confinamiento, prácticamente nada más terminar el encuentro de obispos y vicarios de la región en Villagarcía de Campos.

Desde entonces, la mayoría de los eventos quedaron supeditados al avance de la Covid-19 y las restricciones sanitarias. De esta forma, festividades como la Semana Santa, el Corpus Christi o la Misa Crismal se vieron alteradas, celebrándose de una manera más íntima y sencilla que nunca. Emotivo fue el funeral diocesano con el que, en palabras del prelado, «se quiso dar una despedida digna a las víctimas de la Covid» .

Motivos para la alegría

Las órdenes religiosas de la Diócesis también han sido noticia. Por una lado, los Padres Carmelitas salieron del Santuario del Henar de Cuéllar después de décadas de labor allí. Y al santuario acudieron las Carmelitas Samaritanas del Sagrado Corazón, junto a D. Carlos García Nieto, sacerdote cuellarano cedido por la Diócesis de Toledo. Como ha recordado don César, la alegría también llegó de la mano de las Misioneras Oblatas de María Inmaculada, agradeciendo que una nueva comunidad se instale en nuestra Diócesis. Y de los monjes jerónimos, que recibieron agradecidos una carta personal del Papa Francisco por la efeméride de san Jerónimo.

Cuéllar y su comarca también tienen algo importante que celebrar, este año hemos conocido que el Papa ha concedido un Año Jubilar Henarense con motivo del IV centenario de la fiesta de la Virgen del Henar.

Uno de los «acontecimientos más gozosos», como ha destacado Monseñor Franco, fue la ordenación diaconal de Álvaro Marín, el primer ordenado en más de una década en la Diócesis. Y, aunque invadido por la tristeza, el homenaje a Pilar Jiménez Huertas con la concesión del Premio San Alfonso Rodríguez a título póstumo sirvió para recordar a una mujer «servicial donde las hubiera, en todo sentido».

Este repaso ha concluido con otra buena noticia, ya que don César ha revelado que por el belén instalado en el claustro del Seminario ya han pasado más de 3.000 personas.

Servicio generoso y gratuito

En definitiva, el Obispo de Segovia ha remarcado que durante todo este año la Iglesia diocesana ha realizado un «importante y muy valorado» servicio de acompañamiento en los hospitales, ha alentado en la esperanza a las familias que despedían a sus seres queridos en los cementerios, y ha asistido de una u otra forma a quienes lo han requerido hasta el punto de que «Cáritas se ha visto casi desbordada».

Junto a esto, un «ejército de solidaridad» que, en los momentos más difíciles, fabricó pantallas, mascarillas y demás material de protección para entregar a quienes luchaban contra el virus en primera línea.

Mirada al frente

De cara al futuro, don César espera poder ordenar pronto como presbítero a Álvaro Marín y retomar su visita pastoral a los arciprestazgos. Asimismo, ha avanzado la próxima celebración de una Asamblea Presbiteral en la que reflexionar sobre el futuro de las vocaciones y la organización diocesana. Destacando que 2021 será Año Jubilar de San José y que la familia será fundamento de la reflexión pastoral en el V aniversario de la encíclica papal Amoris laetitia.

Finalmente, el obispo ha felicitado la Navidad asegurando que «estas fiestas no nos las puede arrebatar nadie» porque el mensaje más gozoso que podemos recibir es que no estamos solos, porque «llevamos a nuestro lado a Dios en la persona de Jesús».

 

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La Diócesis de Segovia cuenta ya con con una imagen corporativa con la que englobar bajo un mismo paraguas a todos los que forman parte de ella. De esta forma, se consigue la finalidad buscada: que los valores que la diócesis representa queden recogidos en una imagen que pueda ser reconocible e identificable por todos aquellos que la contemplen.

Es importante tener en cuenta que la Diócesis es una porción del Pueblo de Dios de la que formamos parte todos los bautizados y que peregrina en un lugar concreto, la provincia de Segovia. Con el Sr. Obispo como padre y pastor de todos los que forman esta comunidad cristiana, la misión abarca tres ámbitos: evangelización, caridad, y culto, liturgia y religiosidad popular.

Está constituida por parroquias las cuales, para coordinar su misión, se agrupan en nueve zonas, los arciprestazgos. En el ámbito más humano, al frente se encuentra Monseñor César Franco Martínez, quien recibe la asistencia de los sacerdotes. Ambos, asesorados por grupos de laicos que forman los consejos pastorales. FInalmente, el obispo lleva a cabo el cuidado pastoral a través del Obispado, formado por quienes gestionan los diferentes ámbitos de la vida de la Iglesia diocesana.

¿Qué nos representa a todos los segovianos? ¿Cómo identificamos a la Iglesia en Segovia? ¿Cómo transmitimos todo lo que nos representa? Los segovianos nos sentimos identificados con el Acueducto, símbolo por excelencia de la ciudad que es un monumento de piedra formado, esencialmente, por arcos. Los mismos que podemos encontrar en la gran mayoría de iglesias de la provincia.

Por este motivo, la nueva imagen de nuestra DIócesis está compuesta por dos elementos: un arco formado por varios más pequeños con una línea abierta, y una cruz que ocupa un lugar preferencial. La imagen es sencilla, representada en una gama cormática que permite claridad y que, en conjunto, transmite que somos Iglesia y que somos Segovia.

Todo ello acompañado de un lema, «Bienvenidos», con el que aspiramos a que todas las personas comprendan y sientan que las puertas de la Diócesis están abiertas para cada uno de ellos, independientemente de su condición. Por eso, no duden que en la Diócesis de Segovia serán siempre bienvenidos.

La Diócesis de Segovia no busca otra cosa que cumplir con su misión, transmitiendo los valores que emanan del Evangelio de Jesucristo y subrayando que la Iglesia en Segovia está disponible para todos “24/7”: todo el día en todo el territorio buscando el bien integral desde una actitud de gratuidad y generosidad. En definitiva, la Iglesia de Segovia es un lugar de acogida para todos, donde cualquiera es bienvenido sin que se sienta excluido.

Jesús posee dos títulos que revelan su identidad: Hijo de Dios e Hijo de David. Hijo de Dios se remonta a la eternidad. El Hijo existe desde siempre. Hijo de David se refiere a la dinastía de la que, según los profetas, nacería el Mesías, que reinaría para siempre como pastor de su pueblo. Las dos perspectivas, la eterna y la histórica, se cruzan en la persona de Jesús, tal como el ángel dice a María en el Evangelio que se proclama en este último domingo de Adviento. Por una parte, le comunica que «el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios»; y, por otra, le habla de su dignidad regia: «El Señor le dará el trono de David, su padre […] y su reino no tendrá fin». Estas últimas expresiones pueden confundir al lector porque Jesús no se ha sentado en el trono de David. El hecho de que al rey David se le prometiera un descendiente que reinaría para siempre suscitó la expectativa de que el Mesías fuera un nuevo David. Así se explica que José, padre adoptivo de Jesús, pertenezca a la casa de David y reciba la misión de introducir a Jesús en la descendencia del rey Mesías, quien, como sabemos, era pastor de ovejas. Por eso, en el relato del nacimiento de Jesús, dice Lucas que «José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Galilea, llamada Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén» (Lc 2,4).

Cuando Jesús es proclamado Hijo de David se confiesa, por tanto, su condición de Mesías que viene a cuidar de su pueblo. En la entrada triunfante en Jerusalén, sus habitantes lo reciben aclamándolo: «Hosanna, al Hijo de David» (Mt 21,9). Con esta alabanza, confesaban la condición de Jesús como Mesías.

Los dos títulos de Jesús —Hijo de Dios e Hijo de David— expresan magistralmente el misterio de su persona: su condición divina y su participación en la historia de los hombres mediante la encarnación. María, al recibir el anuncio del ángel, consiente en ser madre del Hijo del Altísimo e Hijo de David. De ahí que, al final del Adviento, se proclame este gozoso anuncio que se cumplirá en la Nochebuena. El niño que nace en Belén es el Mesías anunciado por los profetas que viene a ejercer su realeza pastoreando a su pueblo. No en vano los primeros que reciben la noticia de su nacimiento son pastores del mismo pueblo donde David cuidaba también del rebaño de su padre. Este hecho no es un dato bucólico que el evangelista utiliza para dar al relato un aire idílico. Los pastores eran considerados por la espiritualidad farisea un gremio al margen de la ley porque con frecuencia metían sus rebaños en pastos que no eran suyos. Eran, por tanto, considerados «pecadores» públicos que no tendrían acceso al reino de Dios. El anuncio a los pastores y el gozo con que acuden a adorar al Mesías recién nacido, al Salvador, tiene un especial interés teológico: revela desde el inicio de la vida de Jesús que no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores; y expresa que son ellos los primeros en recibir la buena noticia del nacimiento de Hijo de Dios e Hijo de David. Lucas, llamado el evangelista de la misericordia, sitúa, por tanto, a los pecadores en el primer plano del portal de Belén para decirnos que ha llegado el reino de la misericordia y que hasta los excluidos, según los clichés farisaicos de quienes se creen justos, son los primeros en adorar a Dios y llevarle sus pobres ofrendas, que en realidad son el símbolo de los pecados. Esto es, en definitiva, lo que ha buscado el Hijo de Dios al encarnarse entre nosotros: tener compasión de los hombres y ofrecerles el regalo de su misericordia. Por eso, los enfermos le suplicaban gritando: «Hijo de David, ten compasión de mí».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

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