Secretariado de Medios

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En el evangelio de este domingo Jesús usa dos parábolas para explicar en qué consiste el Reino de Dios. Las dos tienen como elemento de comparación la semilla que se echa en tierra. En la primera parábola, Jesús quiere resaltar la acción de Dios, en apariencia imperceptible, pero eficaz porque hace crecer la semilla sin que el labrador sepa cómo. Se acuesta por la noche, se levanta por la mañana y la semilla va germinando hasta producir su fruto. En la segunda parábola, la del grano de mostaza, la intención de Jesús es resaltar la desproporción entre la diminuta semilla, la más pequeña de todas, y el árbol que genera, capaz de abrigar a todos los pájaros del cielo. No cabe duda de que, con estas comparaciones, Jesús se está refiriendo a la realidad que se llamará Iglesia, la comunidad de quienes acogen su palabra y crecen con el dinamismo que conlleva.

Se ha discutido mucho sobre la relación entre Reino de Dios y la Iglesia fundada con él. Algunos han separado tanto ambas realidades que han concluido que el Reino de Dios tiene poco o nada que ver con la Iglesia. Jesús anunciaría, según esta opinión, una realidad escatológica que solo se revelaría al fin de los tiempos. Dios establecería su señorío sobre todos los pueblos en la consumación del tiempo. Irónicamente se ha sintetizado este pensamiento con la expresión de A. Loisy: «Jesús anunció el Reino y vino la Iglesia».

Las parábolas de Jesús, sin embargo, aluden a una realidad que se hace presente ya en la tierra y que tienen su origen en él mismo, sembrador de palabras que crecen en el corazón de los hombres y se agigantan en virtud de ser Cristo quien es. No olvidemos que en la lengua hebrea el mismo término que significa «palabra» tiene también el significado de «acción». De ahí que, mediante ambos sentidos, se llega a definir a Dios como el Creador que «hace lo que dice». La conexión entre la palabra y la realidad es típica del ser de Dios. Su palabra siempre es eficaz, como un juramento que no admite retractación. Jesús, al sembrar su palabra en el corazón del hombre, la hace crecer misteriosa y eficazmente.

Para que el lector comprenda lo que queremos decir, basta leer el libro de los Hechos de Apóstoles, donde se narra el crecimiento de la Iglesia gracias a la palabra apostólica, al poder de la predicación. En el capítulo 6 de este apasionante libro se narra la institución de los diáconos como ayuda de los apóstoles para poder dedicarse con más empeño a la predicación. En este contexto, dice el narrador: «La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de los discípulos». Es claro el paralelismo de las dos frases: al crecimiento de la palabra corresponde la multiplicación de los discípulos. ¿Qué quiere decir esto sino que la palabra «crece» a medida que la Iglesia se consolida y desarrolla? Tenemos aquí lo prometido por Jesús en sus parábolas. El Reino de Dios se hace presente en la Iglesia que crece por medio de la Palabra. Es verdad que la plenitud del Reino solo tendrá lugar al fin de los tiempos, pero no hay que esperar a ese momento para verlo crecer humilde y trabajosamente en la realidad de la Iglesia. Dios actúa habitualmente sin hacer ruido, con sigilo, sin que el hombre incluso lo perciba. Su palabra lleva en sí misma el crecimiento y la tierra que la acoge como pequeña semilla verá el milagro de su desarrollo hasta el punto de convertirse en gran árbol, como dice hoy la profecía de Ezequiel con estas bellas palabras: «Yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos, Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

[Foto: Revista Molinero]

La importancia de la eucaristía en la vida de la Iglesia ha sido sintetizada en esta doble afirmación: la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. Las palabras de Jesús en la Última Cena ponen en paralelismo la primera alianza y la que Jesús establece con su muerte, que, según san Pablo, es comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sirviéndose del rito antiguo, Jesús establece el nuevo indicando así la continuidad entre ambos. La Pascua establecida por Dios para liberar a Israel de la esclavitud y convertirse en el pueblo de la alianza con Dios, es el telón de fondo para comprender los gestos de Cristo con el pan y con el vino que prefiguran y realizan ya en la cena lo que acontecerá en la cruz. Cristo parte su cuerpo y derrama su sangre para el perdón de los pecados. Quien participa de esta alianza está salvado de toda esclavitud y servidumbre.

Esta nueva alianza tiene diversos aspectos. Es banquete de comunión. Quienes participan en la Eucaristía comulgan con el cuerpo y la sangre de Cristo. Es decir, se hacen uno con Él. Este banquete, anunciado por los profetas, tendrá su consumación definitiva en la gloria eterna. Al celebrar cada domingo la Cena del Señor anunciamos que estamos orientados hacia ese banquete final en la casa del Padre. Por eso, comulgar del Cuerpo y de la Sangre del Señor nos exige vivir en comunión con él, en amistad verdadera, siendo fieles a su alianza. Exige pureza de corazón y de vida para transformarnos en él mediante la comida que nos ofrece y nos identifica con sus actitudes más profundas.

La Eucaristía es también sacrificio, ofrenda agradable a Dios, la más agradable porque se trata de su propio Hijo que se ofrece al Padre y a los hombres con un amor infinito, libre y gozoso. La mesa del banquete es también el altar de la cruz, el sacrificio perfecto. Cristo ha venido con este fin: ofrecerse total y radicalmente por amor a Dios y a sus hermanos los hombres. No es un sacrificio equiparable a ninguno de los realizados en el ámbito de las demás religiones: ofrendas de la naturaleza, libaciones, incienso quemado en los altares. Todos estos sacrificios anunciaban el definitivo de Cristo. Lo que sucedió en la cruz estableció la alianza nueva. Por ello, no repetimos en la liturgia aquel acontecimiento único. Lo actualizamos, lo re-presentamos mediante la fuerza del Espíritu y la oración de la Iglesia. Y nosotros, si lo vivimos bien, nos ofrecemos con Cristo asociados a su propio sacrificio.

La Eucaristía es, por estas razones, la fiesta que identifica la fe cristiana. La Eucaristía es siempre celebración festiva porque en ella Cristo resucitado nos introduce en la alegría de la vida eterna. Los cristianos celebramos incluso la muerte de nuestros seres queridos trascendiendo el dolor de la separación con la esperanza del reencuentro en la vida eterna. Por eso es importante cuidar el aspecto festivo de la celebración, comprender el mensaje gozoso de los gestos litúrgicos, participar en el canto y expresar en la vida ordinaria que nos sentimos salvados. Un filósofo ateo decía a este respecto que otros cantos deberían cantar los cristianos para creer que han sido redimidos. Se refería no a los cantos que tienen lugar en el templo, sino al canto de la vida ordinaria que debe expresar lo que realizamos en el culto. Esta alegría es la que debemos transmitir a los demás y hacerla extensiva especialmente a los pobres con el ejercicio de la caridad que nace de la misma entrega de Cristo. Participar del Cuerpo y de la Sangre de Cristo exige vivir la comunión de bienes con los necesitados. Por eso el día del Corpus Christi es también el día de Cáritas.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Viernes, 28 Mayo 2021 12:21

REVISTA DIOCESANA JUNIO 2021

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Viernes, 28 Mayo 2021 09:23

ANIVERSARIO SACERDOTAL

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No ha sido, en esta ocasión, la iglesia del Seminario, como ha ocurrido a lo largo de los últimos años, sino la Catedral, el espacio que ha acogido la celebración de las bodas de plata, oro, diamante y platino sacerdotales. No ha podido ser en el día de san Juan de Ávila, diez de mayo, patrón del clero secular, sino en la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, cuando el obispo de Segovia, César Franco, acompañado por el obispo emérito de la diócesis, Ángel Rubio y por el nuncio de Sudan y Eritrea, Luis Miguel Muñoz, natural de un pueblo de Segovia, ha presidido la Eucaristía que ha sido concelebrada, además, por los sacerdotes que celebraban alguna de esas efemérides este año 2021, pero también los del año pasado, puesto que no se pudo tener en su momento a causa del COVID. Así pues, un total de veinticuatro sacerdotes, ente ellos dos sacerdotes extranjeros, que están realizando un servicio pastoral en nuestra diócesis, y otros dos sacerdotes claretianos, que están destinados aquí en Segovia.

En su homilía el Obispo ha recordado que «solo por gracia, los sacerdotes, vivimos esta realidad de la vocación y de la misión sacerdotal, solo por pura gracia. No somos mejores que los demás, ni tenemos más méritos. Nos llamó porque quiso, nos miró, nos llamó y pronunció nuestro nombre». Y en este día «repetís ese “aquí estoy”, que respondisteis en el momento de vuestra llamada, aquí me tienes en tu presencia para vivir en disponibilidad para el Señor y para su pueblo». Porque el ministerio sacerdotal no se entiende sin esa doble relación a Dios y al Pueblo.

Invitaba el Obispo a los sacerdotes homenajeados a «vivir la novedad, la frescura del Evangelio de Cristo, como si hoy estrenarais vuestro sacerdocio» y alertaba del peligro de «acostumbrarse a lo que es misterio inagotable, a hacernos burócratas en la Iglesia, “profesionales” de lo sagrado». El evangelio sigue siendo necesario para nuestro mundo, decía el prelado, por eso «somos sacerdotes las veinticuatro horas del día. Y nuestra disponibilidad debe ser total porque siempre hay una ocasión para ser testigos de la salvación».

El Obispo finalizaBa la homilía agradeciendo la tarea desempeñada por todos los sacerdotes, especialmente por los que ahora, enfermos y mayores, ya no pueden tener tarea pastoral; pero, aun así, —afirmaba— «su vida es signo de la fidelidad no solo de Dios, sino también del hombre que puede ser fiel y lo es cuando, unido a Cristo, dice sus palabras, se une a sus sentimientos y comparte su misión. Y por eso damos gracias».

Los sacerdotes homenajeados han recibido una placa de recuerdo de su aniversario de ordenación sacerdotal y han estado acompañados por un gran número de sacerdotes de la diócesis y un nutrido grupo de fieles, familiares y amigos.

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Bajo el vocablo latino ‘LUX’, Burgos, Carrión de los Condes y Sahagún albergarán la vigésima quinta edición de la exposición de “Las Edades del Hombre”, enmarcada en la celebración del Año Santo Jacobeo 2021 y el VIII Centenario de la Catedral de Burgos. Una muestra que llega a su edición número veinticuatro y por la que han pasado, a lo largo de todos estos años, más de doce millones de visitantes; y ha permitido que se expusieran más de 5000 obras de arte del rico patrimonio de nuestra comunidad, como ha subrayado el delegado territorial José Mazarías.

Por su parte, el Obispo de Segovia, D. César Franco, miembro del patronato de la Fundación Las Edades del Hombre, ha afirmado que la aportación de estas piezas de la diócesis de Segovia a la muestra expositiva es expresión de la comunión de bienes, que siempre se ha vivido en el seno de la Iglesia. Así mismo, ha valorado que el tema elegido haya sido el de la Virgen María, tan presente en la vida cristiana. A través de ella, de María, nos llega la “Lux” (Luz) del Mundo, Cristo Jesús.

Esta vigésima quinta edición de la muestra, como ha afirmado José María Vicente, del Departamento de Arte de la Fundación Edades del Hombre, se desarrollará en tres provincias y cinco sedes expositivas, ejemplos de la arquitectura románica, mudéjar y gótica: la Catedral de Burgos; las iglesias de Santiago y Santa María del Camino, en Carrión de los Condes; y el santuario de la Peregrina y la iglesia de San Tirso, en Sahagún.

La Diócesis de Segovia, —ha finalizado exponiendo Alberto Espinosa, delegado de Patrimonio de la diócesis—, aporta a esta muestra 'LUX' siete piezas: dos planos con la trazas de la Catedral de Segovia, de Juan Gil de Ontañon, una antigua polea y la imagen de Nuestra Señora del Perdón, que se podrán apreciar en la primera de las sedes y proceden de la Catedral de Segovia. La sede de Carrión de los Condes acogerá dos óleos: uno de la Purísima Concepción, del pintor Mariano Salvador Maella, procedente de la iglesia de Trescasas; y otro, de La Virgen niña con San Joaquín y Santa Ana, en este caso de Luca Giordano, de la parroquia de Cuéllar. La última de las piezas se podrá contemplar en la tercera sede, Sahagún: se trata de 'La imposición de la casulla a san Ildefonso', un temple sobre tabla, del Maestro de las Once mil Vírgenes, perteneciente a la iglesia de San Martín de Segovia.

 

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Viernes, 28 Mayo 2021 08:57

RETIRO PARA EL ENCUENTRO

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Se levantó un día soleado de primavera; el tiempo invitaba a salir a la calle y dejar que tanto el sol como la brisa acariciasen tu cara.

Habíamos quedado a media mañana, pero, aun así, yo me levanté pronto, nerviosa, por aquel encuentro. Era la primera vez que iba a reunirme con gente “extraña” desde hacía mucho tiempo; no quería llegar tarde. Por el camino iba imaginando cómo sería, qué haríamos y si sería capaz de tranquilizarme para poder disfrutar de ese momento.

Riiiing! Llamo al timbre, ya estoy allí, hecha un manojo de nervios, pero me abren y entro con paso firme. Al entrar me encuentro con dos muchachas que con cara de sorpresa me miran fijamente y me saludan amablemente preguntando mi nombre. Acto seguido, yo pregunto el suyo.

Entablamos un poco de conversación a la espera de que vengan todos los que faltan. Una vez reunidos todos, se hacen las presentaciones oportunas y se decide, con muy buen criterio, hacer nuestro Retiro en el patio- jardín. Y hacia él nos encaminamos.
Mientras recorremos aquellas amplias estancias me vienen a la mente recuerdos de mi etapa en el colegio de las MM. Concepcionistas, cuando desde fuera me preguntaba cómo sería aquello por dentro. Y ahora, unos cuantos años después y desde dentro, me pregunto cuanto tiempo hace de eso. Prefiero no echar cuentas y aprovecho la oportunidad para poder conversar de manera distendida con la persona que va a mi lado y poder conocernos un poco.

Llegamos al jardín y nos colocamos en círculo en los bancos que están bajo los árboles; comenzamos nuestro Encuentro…

Estoy mucho más relajada (el hecho de ser pocos también ayuda) y comenzamos con una oración y una lectura del Evangelio.

Unas lecturas que hablan de amor, pero del AMOR con mayúsculas. Ese amor que Dios nos da. Y que nosotros debemos también dar a los demás.

Mientras reflexionábamos sobre ese amor y mientras escuchaba a Esther, fui capaz de cerrar los ojos relajadamente (algo bastante difícil en mi día a día salvo si me duermo) y hacer un repaso de mi día cotidiano cayendo en la cuenta de la cantidad de momentos en los que se puede dar amor y que repercuta en ti en forma de felicidad por aquello que has dado y que sin embargo eliges estar enfadada, o triste o indignada por todo.

En esta época tan difícil por la que estamos pasando, se nos olvida que cada día es un regalo; un regalo que se nos da y que no siempre sabemos apreciar. Se hablaba de que el amor de Dios es incondicional, es decir, nos ama seamos como seamos; buenos o malos, obedientes o desobedientes; nos ama sin límite. Y también aquí me hizo pensar que yo debía actuar como Dios me daba a entender, sin importarme la reacción del otro y sin esperar que el otro actuase de la misma manera que yo. Me sentí muy identificada porque ¿quién no ha tenido alguna decepción de ese tipo alguna vez en su vida? Y ¿por qué continúas actuando así? Porque hay algo o Alguien dentro de ti que te impulsa a seguir, que te dice que vas por el buen camino y que no te suelta de la mano.

Por otro lado, cuando pusimos en común nuestras reflexiones, me encantó escuchar a mis compañeros, darme cuenta de que todos teníamos las mismas inquietudes (no ver los frutos que sembramos) y me gustó sentir que mis preocupaciones son las mismas que las de mis compañeras; y caer en la cuenta de que, efectivamente, los profes de reli no son otros profes cualesquiera; son algo más. Y pensaba en la suerte que tenía de poder estar allí compartiendo eso con ellos.

Después, durante el ratito del café, poder compartir conversación con personas que tienes cosas en común es muy enriquecedor, tanto desde el punto de vista personal como profesional. Te da la oportunidad de escuchar otros puntos de vista a cerca de un mismo tema. Y ver como cada uno lo siente diferente según su experiencia.

Por tanto, ¿qué me pareció el Retiro?, ¿cuál fue mi impresión, mis sensaciones? Creo que fue un ratito corto pero intenso en el que a cada momento que avanzaba me sentía más cómoda y en el que una vez más se afianzó mi idea de que el contacto personal enriquece el espíritu. Que somos seres sociales que dependemos y nos necesitamos unos a otros y me dio tiempo a parar y pensar, reflexionar sobre mi propia vida y mi actitud ante ella.

Mi objetivo de este Retiro era tener un encuentro con Dios y para ser sincera, no iba con ninguna expectativa más ya que desconocía cual sería el procedimiento, pero además de disfrutar con cada intervención de mis compañeras, me vine con nuevos conocidos, ¿una nueva y práctica aplicación en el móvil y un montón de buenos propósitos…se puede pedir más?... Sí, que si Dios quiere podamos repetir.

Belén Sierra Nicolás

Aunque sea un obviedad, conviene recordar que la teología, en cuanto reflexión sobre Dios, parte de lo que Dios ha dicho de sí mismo, es decir, de la Revelación. El Dios inefable y trascendente ha querido revelarse y comunicarse con los hombres. La historia de la salvación es, en realidad, la secuencia de los diálogos que Dios ha mantenido con Adán y Eva, Abrahán, Moisés y el resto de los patriarcas, profetas y sabios de Israel. La comunicación definitiva es la que hizo su propio Hijo, Jesucristo, al encarnarse y vivir entre los hombres. Se explica así que la Sagrada Escritura sea el alma de la teología.

El misterio de Dios Trinidad aparece en la Biblia desde el principio al fin. No aparece sistematizado como en los manuales de teología, sino que se nos presenta a través de su manifestación en la historia de los hombres, lo cual es más conmovedor y, por supuesto, más accesible a la experiencia humana. Dios se la revelado al mismo tiempo como el único Dios y como comunión de tres personas. La dificultad de entender que tres personas sean un solo y único Dios no lo explica la Sagrada Escritura mediante discursos, apologías o desarrollo teológicos. La mentalidad semítica es más concreta, más pegada a la vida y a la experiencia de los hombres. Así, cuando Dios crea al hombre, habla en plural: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». El plural indica distinción de personas. Y a renglón seguido añade: «Y creó Dios al hombre a su imagen». La teología explica esta aparente contradicción distinguiendo entre naturaleza y persona. Una sola naturaleza divina participada por las tres personas.

En la visita de los tres peregrinos (que son ángeles) a Abrahán para anunciarle que tendrá descendencia, la tradición ha visto una imagen del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El gran pintor ruso Andrei Rublev, considerado el Fray Angélico de la iglesia de Oriente, ha plasmado esta escena, pintando a las tres personas con el mismo rostro en torno a la mesa eucarística. Detrás de cada persona está su propio símbolo que permite identificarlas.

A lo largo de la revelación del Antiguo Testamento hubo un proceso de «personalización» de los atributos de Dios: su Palabra y su Espíritu delimitaron sus contornos y adquirieron vida propia, sin perder jamás su relación eterna con el Padre, preparándose así la revelación definitiva que nos llega con Jesucristo, el Verbo de Dios que nos ha explicado como nadie este misterio. Jesús nos ha hablado de sí mismo, del Padre y del Espíritu como una comunión de personas que mantienen relaciones entre sí para llevar adelante la creación del mundo y la redención de los hombres. Por eso la fiesta de la Santísima Trinidad se celebra después de Pentecostés. La lógica es perfecta: una vez conocida la identidad del Espíritu Santo y su acción divina en el nacimiento de la Iglesia, la liturgia mira al conjunto de las tres personas para mostrar que se trata de un mismo Dios que actúa, con su peculiaridad propia, en la salvación del hombre. Como bien dice el prefacio de la eucaristía de la Trinidad, las tres gozan de la misma dignidad y merecen idéntica adoración.

Es de notar que grandes místicos y santos, sin especial formación teológica, pero penetrados de sabiduría divina, no han tenido dificultad para entender este misterio, tal como lo revela Cristo. Y han sido capaces de mantener una relación personal con cada persona divina. Me refiero, por ejemplo, a santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, y a santa Isabel de la Santísima Trinidad. Entendieron que si Dios se ha revelado como Trinidad es porque desea que nuestra relación con él se enriquezca mediante el trato con cada persona divina.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Estamos tan acostumbrados a mirar y comprender la Iglesia como una empresa humana, que nos incapacitamos para reconocer en ella la acción del Espíritu. Es cierto que la Iglesia está formada por hombres y es para los hombres. La primera acción de Jesús después de su bautismo fue llamar a sus colaboradores. Sin ellos, no habría Iglesia. Pero estos no pasaron de la noche a la mañana de pescadores a apóstoles. Necesitaron tiempo, formación, convivencia con Jesús y, finalmente, el soplo del Resucitado sobre ellos, es decir, el Espíritu Santo, sin el que no hubieran podido ejercer su ministerio. En la ordenación de presbíteros y obispos no asistimos a una junta de accionistas ni a una asamblea que elige a su presidente o líder. Participamos en una consagración, la acción transformadora del Espíritu que capacita al elegido para realizar su misión. Sin Espíritu, no existe la Iglesia. De ahí que la Iglesia, como decía san Pablo VI, esté siempre necesitada de un Pentecostés permanente.

Si olvidamos esta realidad sobrenatural del Espíritu, la Iglesia sufrirá un deterioro progresivo que afectará a su misión en el mundo. Y esto es lo que sucede hoy, aunque cueste reconocerlo. Hace muchos años que se viene hablando del Espíritu Santo como el gran desconocido. Es cierto que en la teología se han dado grandes avances para poner el tratado sobre el Espíritu Santo —llamado Pneumatología— en el puesto que le corresponde. El movimiento carismático ha sido un aldabonazo, como un SOS del Espíritu, reclamando su lugar. Aún así, necesitamos Espíritu, más Espíritu.

La falta de fe, o la tibieza de la misma en Jesucristo Hijo de Dios, incluso dentro de la Iglesia, es carencia de Espíritu. San Pablo dice con claridad que sin el Espíritu nadie puede confesar que Jesús es el Señor Resucitado. El debilitamiento del apostolado en la vida de nuestras comunidades es un signo claro de que vivimos «según la carne» y no «según el espíritu». La crisis de los sacramentos, en especial de la confirmación —sacramento de la madurez cristiana— revela que falta catequesis sobre el Espíritu. La escasez de vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada —sin olvidar al matrimonio cristiano— manifiesta que las nuevas generaciones han marginado de sus vidas la voz de quien, según Jesús, ha venido a comunicarnos toda la Verdad.

Sin el Espíritu, la Iglesia y la humanidad es como el campo de huesos secos que vio Ezequiel, como símbolo de Israel que había perdido el Espíritu de Dios. Dios le dice al profeta: «Yo mismo infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis» (Ex 37,7). Y así fue. Pentecostés es la Pascua del Espíritu. El momento en que Dios sopla de nuevo sobre la Iglesia para que viva de forma apasionada su misión. Dios sopla para avivar la brasa que se esconde bajo las cenizas; sopla para que la Iglesia respire con el aliento de Cristo; sopla para que los cristianos no crean que son solo materia, carne y huesos, sino hombres «espirituales», capaces de proclamar el Evangelio del Reino; sopla para que la iglesia, formada por hombres, aparezca como la casa y el reino del Espíritu de la libertad y no de la cobardía, del temor o de la tibieza.

En cierta ocasión Jesús dijo: «He venido a prender fuego a la tierra, y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo» (Lc 12,49). Pentecostés es el momento en que Cristo Resucitado nos bautiza con fuego. Después de 21 siglos de este acontecimiento, cabe preguntarnos con sinceridad ¿qué hemos hecho con ese fuego? ¿Lo hemos apagado? ¿Lo tenemos escondido en nuestras sacristías? ¿O lo comunicamos a la gente para que experimenten lo que dice otra palabra del Señor: «Quien se acerca a mí se acerca al fuego»?

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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El Obispado de Segovia y el Ilmo. Ayuntamiento de Cantimpalos han acordado prorrogar el convenio de cesión de uso público del entorno de la iglesia parroquial de la Inmaculada, ubicada en dicha localidad. En virtud de este convenio, el consistorio podrá disponer del espacio durante los próximos cuatro años, añadiendo su compromiso de incluir el seguro de responsabilidad civil.

De esta forma, el ecónomo diocesano D. Rafael de Arcos (con el visto bueno del vicario general de la Diócesis, D. Ángel Galindo) y D. Amador Álvarez de Frutos, alcalde-presidente del Ayuntamiento de Cantimpalos, sellan la continuidad de una colaboración institucional que se inició con la firma del convenio inicial el 28 de julio de 2015.

La entrega al uso público de este espacio supone su utilización por parte de los ciudadanos de Cantimpalos y por sus visitantes en la forma que disponga el Ayuntamiento. No obstante, dada la idiosincrasia de las partes, en especial del Obispado y la parroquia, el acuerdo manifiesta de forma expresa que la utilización de la zona cedida no podrá atentar contra la moral cristiana. Asimismo, tampoco debe interferir en el culto ni uso de la iglesia.

Con la renovación de este convenio, el Obispado da muestra una vez más de su interés por la colaboración con otras instituciones así como de su preocupación por el mantenimiento del patrimonio cultural y eclesiástico de la provincia.

La Ascensión de Jesús a los cielos es el broche final de su vida histórica entre los hombres. Utilizo el adjetivo «histórica» a sabiendas de que esa vida también abarca los cuarenta días que discurren entre la Resurrección y su elevación a la derecha del Padre. Ese tiempo de resucitado también es histórico, aunque de manera diferente al del ministerio público. Los testigos que tuvieron la dicha de verlo resucitado fueron personas concretas, sujetos de la historia en la que Jesús resucitado se hace presente para compartir su vida con una novedad misteriosa y real al mismo tiempo.

La ascensión es el momento que pone fin a su dejarse ver, escuchar y tocar por testigos garantes de los hechos acontecidos. Describir la ascensión a los cielos era una empresa difícil al tener que conjugar la verdad de la fe con el fenómeno que sucedía ante sus ojos. Se explica así que los escritores acudieran a imágenes de enorme sobriedad y de simbología sagrada. Marcos, cuyo Evangelio leemos hoy, dice sencillamente: «Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16,19). Nada dice sobre cómo fue esa elevación. Y «sentarse a la derecha de Dios» es una fórmula bíblica para afirmar que Jesús, en cuanto Hijo de Dios, recibe la misma autoridad del Padre, como si fuera un primer ministro que se sienta a la derecha del rey.

En el pasaje de la carta a los Efesios de hoy, san Pablo presenta la ascensión de manera parecida a la de Marcos. Dice que Dios resucitó a Cristo de entre los muertos «sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro» (Ef 1,20-21). El apóstol no habla expresamente de la ascensión, pero es obvio que, para sentarse a la derecha de Dios, tuvo que ascender al cielo.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas nos ha dejado una descripción de la ascensión llena de simbolismo religioso. La describe también como una «elevación» al cielo «hasta que una nube se lo quitó de la vista». Incluso afirma que «cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando», unos ángeles les comunicaron que el mismo Jesús volvería como le habían visto marchar. Lucas, pues, representa en imágenes lo que Marcos y Pablo describen como «elevación». La nube que «se lo quitó de la vista» es una bella imagen de la fe, que no permite ver el misterio que trasciende la simple vista física. Recuerda la nube que en la transfiguración de Jesús cubre a los testigos y les impide ver todo el misterio. A esta nube alude el poeta Daniel Cotta en estos versos: «Pero ¿todavía/ se está despidiendo?/ A ver si esa nube/ se quita de en medio». Esa nube es la presencia del misterio que sólo puede ser contemplado por Dios.

La Ascensión tiene otro aspecto trascendente que arroja luz sobre lo que sucede en Cristo. El que sube a los cielos es el Hijo de Dios que bajó a nuestro mundo en carne humana. Hay algo, por tanto, absolutamente nuevo, que permite ver a los testigos lo que nadie vio en la encarnación. Se trata del Verbo encarnado que sube al Padre llevando nuestra propia carne ya redimida. Daniel Cotta lo canta así: «¡Que ya sube Cristo!/ ¡Que ya sube el Verbo!/ Bajó siendo espíritu/ y vuelve en un cuerpo/ Por fin los cuarenta/ días se cumplieron; estábamos todos/ muriendo por verlo…». El poeta se refiere a los ángeles que, como espectadores asomados en las barandas del cielo, asisten al prodigio de ver al que descendió subiendo con carne humana. Un prodigio que a todos nos hubiera gustado ver con nuestros propios ojos. Eso dice Lucas cuando lo narra.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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