Jueves, 08 Julio 2021 14:18

Carta a un neopresbítero

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Querido Álvaro: esta tarde serás ordenado sacerdote de Cristo en el marco hermoso de la catedral de Segovia. Mediante la imposición de las manos y la oración de la iglesia, Cristo te identificará con él para siempre con la única finalidad de hacerse presente en ti a favor de los hombres como mediador de la salvación. Desde que por vez primera oíste su llamada, han pasado años de formación, estudio y vida comunitaria con compañeros que ya son sacerdotes o lo serán pronto. Has vivido en la escuela de Cristo para conformarte con él, sentir y amar como él, y vivir con la conciencia del apóstol Pablo que decía: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

No te canses de saborear estas palabras. Al levantarte, al acostarte, al realizar tu ministerio. Es la clave para ser «otro Cristo», aunque seas un pálido reflejo de su persona. No olvides que ya no vivirás para ti, sino para él y para los hombres que ponga en tu camino. Te postrarás en el suelo reconociendo tu pobreza; escucharás la letanía de los santos que interceden por ti ante la Santa Trinidad; postrado, sentirás la fuerza de la gracia que en breves instantes te trasformará en ministro de Cristo y de la Iglesia. De rodillas ante el obispo, en un silencio más elocuente que cualquier palabra, sentirás las manos del obispo sobre tu cabeza, que, con el poder del Espíritu, te consagrarán sacerdote para siempre. Ya no serás el mismo. Cuando los sacerdotes pasen ante ti y te impongan las manos comprenderás que te remontas, a través de las generaciones, a los orígenes del cristianismo cuando Cristo, en la última cena, instituyó el sacerdocio diciendo «haced esto en memoria mía». Cuando te levantes y te impongan las vestiduras sacerdotales, el pueblo entenderá que Cristo se nos da nuevo en tu pobre persona revestida de su dignidad.

Tus manos serán ungidas para celebrar la eucaristía en la que, actuando en la persona de Cristo, dirás las palabras que deberán resonar siempre en tu existencia: Tomad y comed, tomad y bebed… Tu vida está llamada a ser lo que realizas en el altar. Dejas de pertenecerte a ti mismo para pertenecer a Cristo y a su iglesia. Serás siervo, ministro, administrador, nunca dueño. No buscarás otra cosa que la gloria de Dios y el servicio de los hombres. El sacramento del orden realizará una cierta expropiación de ti mismo, potenciando tu propio ser y cualidades, puesto todo a disposición de Cristo.

Serás un homo ecclesiasticus, nunca un «funcionario clerical». Huye de todo lo que te recluya en el mundo asfixiante de las luchas e intrigas internas de la iglesia, de los grupos cerrados en sí mismos que persiguen cuotas de poder, de todo lo que te desvíe del centro vital de la Iglesia, que es Cristo y su amor por los hombres. Los cristianos no formamos guetos cerrados. Somos la iglesia del Señor que no conoce fronteras ni se alimenta de ideologías de uno u otro signo, sino del evangelio de Cristo, que nos hace libres para proclamar la verdad de la salvación y amar sin acepción de personas. En la iglesia, a pesar de los conflictos e imperfecciones de quienes la formamos, encontrarás siempre tu patria y, latiendo, a su ritmo, vivirás la universalidad propia de la fe y del ministerio sacerdotal. Gozarás de tu pertenencia a Cristo que día tras día te irá configurando, si te dejas, con sus entrañas de Buen Pastor que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida por los hombres. Piensa que cuando los fieles besen tus manos, lo besan a él, que ha querido, sin mérito alguno de tu parte, llamarte por su nombre para hacerte tan totalmente suyo que, cuando pienses en ti, siempre te reconozcas en Él. Enhorabuena.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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