Secretariado de Medios

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Martes, 31 Agosto 2021 08:50

REVISTA DIOCESANA SEPTIEMBRE 2021

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La tradición religiosa de Israel está basada en el cumplimiento de los preceptos de la ley mosaica. La importancia de esta ley, expresada en los diez mandamientos o palabras de Dios radica en que, gracias a ella, el pueblo de Israel alcanzó la tierra prometida, como dice el libro del Deuteronomio. A pesar de que en dicho libro se dice que «no añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada» (Dt 4,2), a lo largo de la historia los rabinos han añadido preceptos nuevos para explicar o aclarar dudas sobre la correcta comprensión de la ley. Estos preceptos se agrupaban por materias, una de las cuales versa sobre los alimentos y sobre el modo de comerlos.

            En el evangelio de hoy, los vigilantes de la ortodoxia judía se acercan a Jesús para reprocharle que sus discípulos comían con manos «impuras», es decir, sin lavarse bien las manos como prescribían ciertos preceptos. Se explica que el evangelista se vea obligado a precisar lo siguiente: «Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas» (Mc 7,3-4). Es evidente que este concepto de pureza o impureza depende de un concepto externo y ritual del comportamiento humano. Por eso Jesús les responde con un texto de Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan están vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». En esta respuesta, Jesús deja claro, apelando al profeta, que hay un culto vacío sustentado en preceptos humanos que nada tiene que ver con el culto del corazón que busca agradar a Dios. Por si no estuviera claro, añade aún: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Jesús distingue, pues, entre mandamiento de Dios y la tradición de los hombres.

            Cuando los discípulos regresan a casa con Jesús y le preguntan sobre el sentido de sus palabras, Jesús explicita aún más en qué consiste la pureza del hombre y dónde está su origen. En primer lugar, Jesús declara que todos los alimentos son puros y ninguno de ellos puede convertir en impuro el corazón del hombre, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y termina en la letrina. ¿Qué hace entonces impuro al hombre? «Lo que sale de dentro del hombre —dice Jesús— eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc 7,20-23).

            Con esta explicación, Jesús recoge la enseñanza profética del culto que agrada a Dios centrado en la pureza o integridad del corazón. Por usar una imagen familiar a la mentalidad judía, recogida por san Pablo en la carta a los Romanos, la verdadera circuncisión no es la del prepucio, sino la del corazón, como dice Dt 10,16. En el famoso salmo 50, el salmista pide a Dios un corazón puro, que significa la renovación interior, la conversión. Este es el culto que agrada a Dios porque lleva consigo la pureza interior, esa pureza que no se alcanza mediante purificaciones con agua, sino con la obediencia a la voluntad de Dios. Esto es lo que propone Jesús en la bienaventuranza sobre los limpios de corazón que verán a Dios. Si la visión de Dios es lo más grande a lo que el hombre puede aspirar, la pureza de corazón es precisamente el medio para alcanzar esa meta. Y, naturalmente, esto no se consigue con meras prácticas rituales.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

La tradición religiosa de Israel está basada en el cumplimiento de los preceptos de la ley mosaica. La importancia de esta ley, expresada en los diez mandamientos o palabras de Dios radica en que, gracias a ella, el pueblo de Israel alcanzó la tierra prometida, como dice el libro del Deuteronomio. A pesar de que en dicho libro se dice que «no añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada» (Dt 4,2), a lo largo de la historia los rabinos han añadido preceptos nuevos para explicar o aclarar dudas sobre la correcta comprensión de la ley. Estos preceptos se agrupaban por materias, una de las cuales versa sobre los alimentos y sobre el modo de comerlos.

            En el evangelio de hoy, los vigilantes de la ortodoxia judía se acercan a Jesús para reprocharle que sus discípulos comían con manos «impuras», es decir, sin lavarse bien las manos como prescribían ciertos preceptos. Se explica que el evangelista se vea obligado a precisar lo siguiente: «Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas» (Mc 7,3-4). Es evidente que este concepto de pureza o impureza depende de un concepto externo y ritual del comportamiento humano. Por eso Jesús les responde con un texto de Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan están vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». En esta respuesta, Jesús deja claro, apelando al profeta, que hay un culto vacío sustentado en preceptos humanos que nada tiene que ver con el culto del corazón que busca agradar a Dios. Por si no estuviera claro, añade aún: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Jesús distingue, pues, entre mandamiento de Dios y la tradición de los hombres.

            Cuando los discípulos regresan a casa con Jesús y le preguntan sobre el sentido de sus palabras, Jesús explicita aún más en qué consiste la pureza del hombre y dónde está su origen. En primer lugar, Jesús declara que todos los alimentos son puros y ninguno de ellos puede convertir en impuro el corazón del hombre, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y termina en la letrina. ¿Qué hace entonces impuro al hombre? «Lo que sale de dentro del hombre —dice Jesús— eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro» (Mc 7,20-23).

            Con esta explicación, Jesús recoge la enseñanza profética del culto que agrada a Dios centrado en la pureza o integridad del corazón. Por usar una imagen familiar a la mentalidad judía, recogida por san Pablo en la carta a los Romanos, la verdadera circuncisión no es la del prepucio, sino la del corazón, como dice Dt 10,16. En el famoso salmo 50, el salmista pide a Dios un corazón puro, que significa la renovación interior, la conversión. Este es el culto que agrada a Dios porque lleva consigo la pureza interior, esa pureza que no se alcanza mediante purificaciones con agua, sino con la obediencia a la voluntad de Dios. Esto es lo que propone Jesús en la bienaventuranza sobre los limpios de corazón que verán a Dios. Si la visión de Dios es lo más grande a lo que el hombre puede aspirar, la pureza de corazón es precisamente el medio para alcanzar esa meta. Y, naturalmente, esto no se consigue con meras prácticas rituales.

+ César Franco

Obispo de Segovia

El discurso de Jesús sobre el pan de vida, cuyo final leemos en el evangelio de hoy, termina con una hermosa confesión de fe en labios de Pedro. Para comprender su importancia, es preciso recordar dicho discurso provocó asombro, y hasta escándalo, en sus oyentes, porque afirmó sin ambages que para tener vida eterna era necesario comer su carne y beber su sangre. Este lenguaje resultó incomprensible y duro, de manera que muchos discípulos no volvieron a ir con él. Jesús lanzó entonces a sus doce apóstoles esta pregunta: «¿También vosotros queréis marcharos?». Fue entonces cuando Pedro confesó la fe: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68).

            Algunos estudiosos afirman que esta confesión es muy semejante a la que Pedro hace en Cesarea de Filipo cuando Jesús pregunta a sus apóstoles sobre lo que la gente y ellos piensan de él. En dicha ocasión, Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Aunque cada una de las dos fórmulas responde a situaciones distintas, es evidente su semejanza. Pedro confiesa el carácter único de Jesús al definir su identidad como Mesías, Hijo de Dios y el Santo de Dios. Hay algo, sin embargo, en la fórmula del cuarto evangelio que resulta muy significativo. Pedro habla en plural, como representante del grupo de los Doce. Se siente portavoz de una comunidad reunida en torno a Cristo, que, a pesar de las deserciones, permanece unida a él. Creen y saben quién es Jesús. Además de esto, Pedro hace una pregunta conmovedora: ¿A quién pueden acudir sino a Jesús? En esta pregunta se adivina el desamparo y orfandad del hombre si Jesús no estuviera entre nosotros, porque solo él —como concluye Pedro— tiene palabras de vida eterna. Solo en él, en definitiva, el hombre puede saciar su deseo de vivir para siempre.

            Esta confesión de fe, que quitó del camino la piedra de escándalo que provocaron las palabras de Jesús sobre la eucaristía, tiene perenne actualidad. Los cristianos nos reunimos cada domingo para celebrar la eucaristía convencidos de que en ella recibimos la vida eterna. Comemos y bebemos ciertamente el cuerpo y la sangre del Señor. Creemos y sabemos quién es Jesús, el Santo de Dios. Hay que reconocer, no obstante, que son muchos los que abandonan la fe, desertan de nuestras asambleas —como ocurría en el primitivo cristianismo— y no vuelven a seguir a Jesús porque encuentran duro su lenguaje. No me refiero ahora a las palabras de la eucaristía, a las que quizás nos hemos acostumbrado sin apreciar su absoluta novedad. Me refiero a tantas palabras de Jesús que no son «modernas» y resultan inadmisibles a quienes se han acomodado al espíritu pagano. Son palabras sobre el amor, la vida, las riquezas, la felicidad, la condenación, el pecado. Palabras que han perdido su fuerza y brillo original y nos colocan contra las cuerdas en el combate que hemos dejado de mantener frente al «misterio de la iniquidad», como dice san Pablo. Muchos cristianos han sucumbido al no conseguir adaptar el evangelio a la modernidad, la nueva diosa que exige el sacrificio de la fe. No es nueva esta tentación. También Jesús fue tentado de abandonar la voluntad del Padre y postrarse ante la riqueza, la vanidad y el orgullo satánico. Por eso, la confesión de Pedro nos mantiene en la fidelidad a Cristo y experimentamos que sus palabras son de vida eterna. La clave, por tanto, para discernir si somos o no la Iglesia fundada por Cristo es si, al escuchar sus palabras sin glosas ni comentarios, como decía san Francisco de Asís, nos escandalizamos o, por el contrario, descubrimos en la experiencia cotidiana que son «palabras de vida eterna».

 

+ César Franco

Obispo de Segovia

El 15 de agosto la Iglesia celebra la Asunción de María a los cielos en cuerpo y alma, último de los dogmas católicos definido solemnemente. En el Nuevo Testamento no hay referencia alguna a la muerte (o dormición de María) ni a su asunción al cielo. Sin embargo, desde los orígenes del cristianismo se mantiene la tradición de esta elevación de María a los cielos en cuerpo y alma, como aparece en textos apócrifos primitivos, especialmente en el «Transitus Mariae», que se lee en la vigilia de la solemnidad de la Asunción junto al sepulcro de la Virgen en el torrente Cedrón de Jerusalén.

            La tradición de que María vivió sus últimos días en Jerusalén y murió allí está mejor atestiguada que la que sitúa estos hechos en la ciudad de Éfeso. El sepulcro de la Virgen ha pasado por muchos avatares históricos. Gracias a las excavaciones del padre franciscano Bagatti se sabe que la tumba de María formaba parte de un complejo sepulcral clásico compuesto de tres cámaras. En el siglo IV el emperador Teodosio construyó un santuario sobre el sepulcro, que embelleció el emperador Mauricio en el siglo VI construyendo una iglesia, quedando el sepulcro como cripta. Posteriormente los persas destruyeron el templo que fue reconstruido años después. Los cruzados encontraron de nuevo una iglesia en ruinas y la reedificaron dando su custodia a los benedictinos. Finalmente, durante la invasión de Saladino  se demolió la parte superior para utilizar sus piedras en la construcción de la muralla de la ciudad. Sólo quedó la preciosa fachada ojival por la que se desciende por una gran escalinata al sepulcro de la Virgen, lugar de numerosas peregrinaciones.

            El dogma mariano de la Asunción de la Virgen, además de estar sustentado por la tradición y la fe del pueblo cristiano en Oriente y Occidente, posee una coherencia teológica de primer orden, que conforma el núcleo de la definición dogmática del 1 de noviembre de 1950 por el papa Pío XII. Esté núcleo se deduce de una interpretación de la Sagrada Escritura sobre la relación entre el pecado y la muerte. Según la doctrina bíblica, la muerte es fruto del pecado que, por envidia, introdujo el diablo en la historia de los hombres al engañar a Adán y Eva en el paraíso. La muerte aparece en el horizonte de la historia de la humanidad, no como obra de Dios, que no quiere la muerte, sino por envidia del diablo. La santidad de María, constatada en el relato de la Anunciación con términos inequívocos, hizo pensar a los teólogos que Dios mismo había preservado a la que sería Madre de su Hijo de toda mancha de pecado, incluido el original. La libertad de María no queda anulada con este privilegio de su santidad desde el primer momento de su concepción, sino fortalecida con la gracia de manera que siempre se orientó hacia el bien. Si esto es así, es razonable pensar que María, exenta del pecado, fue también eximida de la corrupción del sepulcro y llevada al cielo en cuerpo y alma conservando la unidad que Dios pensó desde el principio para el hombre creado en gracia. En realidad, el dogma de la Asunción muestra las consecuencias que habría tenido el plan de Dios sobre el hombre si este no hubiera pecado.

            Al celebrar esta gozosa fiesta, el pueblo cristiano mira a la Virgen no como un hada singular que hace piruetas por los aires. La misma palabra —asunción— indica que María no sube al cielo por su propio poder, como hace Jesús en la ascensión, sino que es elevada a la gloria por la acción de Dios para mostrar la obra acabada de ella, libre del pecado y de la muerte, y para que nosotros tengamos en ella un espejo de belleza y santidad para conocer nuestro último destino.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

           

El 15 de agosto la Iglesia celebra la Asunción de María a los cielos en cuerpo y alma, último de los dogmas católicos definido solemnemente. En el Nuevo Testamento no hay referencia alguna a la muerte (o dormición de María) ni a su asunción al cielo. Sin embargo, desde los orígenes del cristianismo se mantiene la tradición de esta elevación de María a los cielos en cuerpo y alma, como aparece en textos apócrifos primitivos, especialmente en el «Transitus Mariae», que se lee en la vigilia de la solemnidad de la Asunción junto al sepulcro de la Virgen en el torrente Cedrón de Jerusalén.

            La tradición de que María vivió sus últimos días en Jerusalén y murió allí está mejor atestiguada que la que sitúa estos hechos en la ciudad de Éfeso. El sepulcro de la Virgen ha pasado por muchos avatares históricos. Gracias a las excavaciones del padre franciscano Bagatti se sabe que la tumba de María formaba parte de un complejo sepulcral clásico compuesto de tres cámaras. En el siglo IV el emperador Teodosio construyó un santuario sobre el sepulcro, que embelleció el emperador Mauricio en el siglo VI construyendo una iglesia, quedando el sepulcro como cripta. Posteriormente los persas destruyeron el templo que fue reconstruido años después. Los cruzados encontraron de nuevo una iglesia en ruinas y la reedificaron dando su custodia a los benedictinos. Finalmente, durante la invasión de Saladino  se demolió la parte superior para utilizar sus piedras en la construcción de la muralla de la ciudad. Sólo quedó la preciosa fachada ojival por la que se desciende por una gran escalinata al sepulcro de la Virgen, lugar de numerosas peregrinaciones.

            El dogma mariano de la Asunción de la Virgen, además de estar sustentado por la tradición y la fe del pueblo cristiano en Oriente y Occidente, posee una coherencia teológica de primer orden, que conforma el núcleo de la definición dogmática del 1 de noviembre de 1950 por el papa Pío XII. Esté núcleo se deduce de una interpretación de la Sagrada Escritura sobre la relación entre el pecado y la muerte. Según la doctrina bíblica, la muerte es fruto del pecado que, por envidia, introdujo el diablo en la historia de los hombres al engañar a Adán y Eva en el paraíso. La muerte aparece en el horizonte de la historia de la humanidad, no como obra de Dios, que no quiere la muerte, sino por envidia del diablo. La santidad de María, constatada en el relato de la Anunciación con términos inequívocos, hizo pensar a los teólogos que Dios mismo había preservado a la que sería Madre de su Hijo de toda mancha de pecado, incluido el original. La libertad de María no queda anulada con este privilegio de su santidad desde el primer momento de su concepción, sino fortalecida con la gracia de manera que siempre se orientó hacia el bien. Si esto es así, es razonable pensar que María, exenta del pecado, fue también eximida de la corrupción del sepulcro y llevada al cielo en cuerpo y alma conservando la unidad que Dios pensó desde el principio para el hombre creado en gracia. En realidad, el dogma de la Asunción muestra las consecuencias que habría tenido el plan de Dios sobre el hombre si este no hubiera pecado.

            Al celebrar esta gozosa fiesta, el pueblo cristiano mira a la Virgen no como un hada singular que hace piruetas por los aires. La misma palabra —asunción— indica que María no sube al cielo por su propio poder, como hace Jesús en la ascensión, sino que es elevada a la gloria por la acción de Dios para mostrar la obra acabada de ella, libre del pecado y de la muerte, y para que nosotros tengamos en ella un espejo de belleza y santidad para conocer nuestro último destino.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

           

Virgen paregrina de Efeso programa

 

De mayo a octubre, la imagen de la Virgen está recorriendo los principales santuarios marianos, saliendo del Pilar y con final en el Cerro de los Ángeles, pasando por Santiago en el Año Compostelano • Los días 11 y 12 de agosto hará parada en Segovia, acogida en el Santuario de la Fuencisla

 

Un grupo de laicos y sacerdotes han puesto en marcha, bajo el lema “Madre, ven”, una peregrinación que está llevando por toda España una imagen de la Inmaculada Concepción llegada desde Éfeso por avión expresamente para este evento. Éfeso, en la actual Turquía, es el lugar donde la Virgen María vivió sus últimos años en compañía de San Juan Evangelista. Su casa fue descubierta en el siglo XIX y es hoy lugar de culto y devoción.

La peregrinación “Madre, ven” ha iniciado su peregrinar el mes de mayo desde la basílica del Pilar de Zaragoza y recorrerá los lugares más significativos de la espiritualidad mariana en España. La imagen ha visitado la catedral de Santiago de Compostela en el Año Jubilar, y concluirá su camino en el santuario del Cerro de los Ángeles el 12 de octubre.

“Queremos rememorar la visita de la Virgen María al Apóstol Santiago peregrinando una imagen de la Inmaculada desde Zaragoza hasta Compostela y por los lugares más significativos de la espiritualidad mariana en España”, explica Jaime Bertodano, vicario de Apostolado Seglar de la diócesis de Getafe (Madrid). Fue donde comenzó a fraguarse el proyecto: “Somos un grupo de laicos y sacerdotes que queremos llevar a la Virgen a nuestros hermanos para pedirle consuelo y esperanza en Cristo. Y también la renovación de esos santuarios como lugar de gracia, y la de España como Tierra de María”.

La finalidad de la peregrinación es “enraizarnos de nuevo en la fe en Jesucristo”: “A nivel social, espiritual y eclesial necesitamos y pedimos la ayuda de María para esta situación y para el reto de la reevangelización de España. España es tierra de María y no ha dejado de serlo”.

Loyola, Santo Toribio de Liébana, Covadonga, Guadalupe o el Rocío son algunos de los santuarios que acogerán la imagen peregrina, y varios obispos ya han anticipado su disposición a recibirla. La peregrinación va a durar unos seis meses, de mayo a octubre, en dos partes. La primera ya ha tenido lugar y se ha desarrollado a pie y a caballo desde Zaragoza a Santiago de Compostela, donde llegó el 25 de julio, festividad del Apóstol. Posteriormente, desde allí, de agosto a octubre, la imagen está recorriendo distintos santuarios marianos que lo solicitaron, culminando con la celebración de Nuestra Señora del Rosario en Alcalá de Henares el 7 de octubre, y la del Pilar, el 12 de octubre, en el Cerro de los Ángeles.

Procedente de Zamora, llegará al Santuario de Nuestra Señora la Virgen de la Fuencisla el miércoles día 11 de agosto, por la tarde, donde será recibida por el obispo emérito de Segovia, Ángel Rubio, el vicario general, el rector del Santuario, las religiosas Carmelitas Samaritanas y todos los devotos que quieran participar en el acto. Tras el rezo del rosario se tendrá la eucaristía, que se celebrará a las siete de la tarde y estará presidida por el vicario general de la diócesis de Segovia, Angel Galindo. Por la noche, a las diez, tendrá lugar una vigilia de oración animada por la Adoración Nocturna. Al día siguiente, jueves, se rezarán los laudes acompañados de una meditación sobre la Virgen a las nueve. El rosario y la eucaristía presidida por el rector del santuario, Angel Miguel Alonso, pondrán el punto final a la estancia de la Virgen peregrina de Éfeso en Segovia. Su siguiente parada será en Arenas de San Pedro (Ávila).

Para más información se puede consultar la web: www.madreven.es y hablar con el rector del Santuario Ángel Miguel Alonso: 657 59 68 51.

 

En las lecturas de la misa de este domingo hay un paralelismo muy significativo entre la lectura del primer libro de los Reyes y el texto del evangelio de san Juan. Un paralelismo literario que implica un paralelismo existencial. No hay que olvidar que la Palabra de Dios proclamada en la liturgia no es para regocijo estético, sino para vivir conforme al querer de Dios.

            En la primera lectura, el profeta Elías, huyendo de la ira del rey Ajab y de su mujer Jezabel, se adentra en el desierto y, exhausto por el camino, se sienta bajo una retama y suplica la muerte. Mientras dormía, un ángel del Señor le despierta y le invita a comer un pan cocido sobre piedras calientes y a beber un jarro de agua. Volvió a recostarse, y de nuevo el ángel le invita a comer para recuperar fuerzas y seguir caminando. Dice el texto que comió y bebió y, «con la fuerza de aquella comida, caminó durante cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios» (1 Re 19,8). Allí Dios se le manifestó en el suave rumor de una brisa para revelarle su voluntad.

            En paralelismo con esta escena, Jesús se presenta a sí mismo como el pan de la vida que ha bajado del cielo y afirma: «El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). Es preciso recordar que Jesús en ese discurso hace referencia a los antepasados de Israel que murieron en el desierto a pesar del maná, una especie de pan que caía del cielo. Por el contrario, quien coma del pan, que es Jesús, no morirá jamás.

            Tanto en la historia de Elías como en el discurso de Jesús, la misteriosa comida es un antídoto contra la muerte cuando el hombre siente que sus fuerzas flaquean. En el primer caso, la comida evita la muerte física de Elías. En el caso de Jesús, su carne ofrecida como alimento es comida de inmortalidad. El maná que Dios envió al desierto, como el pan que el ángel entrega a Elías, son símbolos, figuras del alimento definitivo de Cristo. Cuando este se aparece resucitado junto al lago de Galilea y, gracias a su poder, se produce una pesca milagrosa, dice el evangelio que, cuando llegaron a la orilla con la red llena de peces, encontraron sobre unas brasas un pan y un pescado. Esta indudable alusión a la eucaristía aparece en contraste con los 153 peces de la pesca milagrosa. El evangelista viene a decir que, superando o dando plenitud al milagro, sucede otro más significativo: el del Señor resucitado que ofrece la eucaristía a la Iglesia que peregrina en pos de él a lo largo de la historia.

            Al comenzar este comentario he hablado del paralelismo existencial entre los textos porque, a la luz de lo dicho, lo que está en juego es la existencia del hombre en este mundo. La muerte física nos acecha a todos y todos pasaremos por ella. La muerte espiritual también acecha al hombre cuando olvida que solo Dios puede salvarnos de ella. Como ha resaltado con acierto un gran periodista, en el último homenaje de los muertos de la pandemia, celebrado frente a la iglesia catedral de Madrid, a nadie se le ocurrió mencionar a Dios, hacer una oración, como si el conjunto de los que han muerto no tuvieran fe. Sin embargo, se habló de «adiós eterno». Aunque entendemos lo que quiere decir este adiós, no se le puede calificar de «eterno» sin referirnos a Dios, a la vida más allá de la muerte, al banquete festivo del Reino de los cielos. Sin Dios no hay nada eterno, ni siquiera el hombre por mucho que aspire a la inmortalidad. Sólo Dios, a través de un humilde pan y del vino que alegra al hombre, puede darle un alimento que le sostenga en el camino hasta llegar al hogar, definitivo y eterno, del Padre.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Martes, 03 Agosto 2021 17:02

ARRANCA EL AÑO JUBILAR HENARENSE

 

La tarde del domingo 8 de agosto el Santuario del Henar acogerá la celebración con la que se da inicio al Jubileo para celebrar el cuarto centenario de la fiesta en honor a la 'Morenita de Castilla'

 

Como ya se anunció en su momento la Santa Sede ha concedido al Santuario de Nuestra Señora del Henar un Año Jubilar para celebrar el cuarto centenario de su fiesta. Esta concesión de la Sede Apostólica representará sin duda una revitalización de la fe en todos los fieles. Más allá de la repercusión benéfica en el orden económico, cultural y de relaciones entre las gentes, nuestro objetivo es netamente pastoral: evangelizar a todo aquel que se acerque a esta casa de la Virgen; infundir aliento y vida espiritual en nuestra Diócesis y en las diócesis vecinas.

De hecho, desde muy antiguo la Virgen del Henar ha irradiado devoción y espiritualidad hacia la mayor parte de las diócesis castellano-leonesas: Flor de Castilla, Reina de Castilla, Morenita de Castilla…, son denominaciones que distinguen a esta advocación. En este lugar la fe se ha ido haciendo cultura durante muchos años, a tal punto que se le considera como una de las cunas del folklore castellano, tal y como lo ha destacado nuestro pastor diocesano, don César, en su carta pastoral ante la apertura del Año Jubilar Henarense.

Con el lema Mi Madre y mis hermanos se desea destacar la figura de María íntimamente ligada a la Iglesia. Quien acuda al Santuario para recibir la gracia de la indulgencia plenaria, será invitado a reencontrarse con sus raíces cristianas y eclesiales, a redescubrir el gozo de sentirse miembro de la Iglesia, comunidad de hermanos. Ojalá que el fruto de conversión de este Año jubilar sea precisamente éste: un amor profundo a Santa María y un compromiso maduro en el seno de la Iglesia.

Con gozo comunicamos que la apertura de este Año jubilar, tendrá lugar el próximo 8 de agosto, domingo, a las 18,30h. La celebración inaugural, por motivos de la nueva ola de la pandemia que estamos padeciendo, se verá reducida en aforo y espacios. Además es necesario que quien desee tomar parte en dicha Eucaristía se inscriba previamente para controlar la asistencia. Al final de estas letras damos las indicaciones al respecto.

La celebración se iniciará en la fuente del cirio hasta donde se desplazarán los sacerdotes celebrantes para procesionar desde allí hasta la entrada del Santuario en donde, con una breve liturgia, el obispo de Segovia, Don César Franco, procederá a la apertura simbólica de la puerta santa. La Eucaristía continuará posteriormente dentro del templo.

Acompañando al Obispo de Segovia estarán el obispo auxiliar de Valladolid y Secretario de la Conferencia Episcopal Española, don Luis Argüello, y el obispo emérito de Segovia, don Ángel Rubio.

La apertura del Año Jubilar Henarense se verá precedida por una serie de actos culturales que aparecen en el programa que puede verse bajo estas líneas y que recoge además los actos que en torno al Jubileo se celebrarán durante este último trimestre del año 2021.

Asimismo se recuerda, por parte de la organización, que el mejor acceso al Santuario durante esa tarde será por Viloria del Henar; en su momento se informará de los cortes de carretera que se realizarán para el desarrollo del acto. Una vez que se llegue a El Henar, encontrarán indicaciones para el lugar de aparcamiento. El acceso al templo y a la zona acotada para sillas será por medio de entrada, que podrá recogerse gratuitamente en el Santuario a partir del sábado 31 de julio a las 18 h. (información y reservas en el teléfono 921 141 061). Con respecto al concierto de la coral Ágora, habrá un control en el acceso (gratuito) al Santuario para respetar la limitación de aforo. El mismo protocolo se seguirá para el concierto de música barroca del grupo Dichos Diabolos el día 9. Por último, podrán adquirirse entradas para el recital flamenco del día 6 de agosto en la sala Tenerías de Cuéllar.

PROGRAMA TRIMESTRAL AÑO JUBILAR HENARENSE I

El tiempo de verano es propicio para descansar. Pero, además de descansar, también necesitamos orar más y reflexionar sobre temas de nuestra vida. Y no será por falta de ellos. Aunque la pandemia ha supuesto un cierto parón en el ritmo de vida, hay que reconocer que la rapidez con que pasan los acontecimientos nos impide activar la mente para discernir los signos de los tiempos y cuál debe ser la actitud cristiana frente a los problemas de la sociedad.

            Decimos que temas no faltan. Recientemente se ha aprobado la ley de la eutanasia; en breve se llevará al Congreso la ley llamada «trans», de consecuencias imprevisibles; y los rebrotes del Covid19 nos alertan sobre una nueva ola de contagios. ¿Nos afectan estos temas? Recuerdo que, cuando se hizo balance de la pandemia en su primera y segunda ola, muchos afirmaban con optimismo que nos había hecho más conscientes de nuestra fragilidad. ¿Es esto cierto? ¿No hemos olvidado rápidamente el sufrimiento de tantos profesionales de la salud, enfermos, familias que han perdido un ser querido?

            Decía Kierkegaard que el hombre es un ser contradictorio porque reclama derechos como la libertad de expresión y no practica la libertad de pensamiento. La fe cristiana, además de proporcionar un «código» de conducta moral —lo que llamamos vida en Cristo o ley evangélica— nos permite juzgar los problemas del hombre a la luz de la dignidad de la persona creada a imagen y semejanza de Dios. El «hombre nuevo» se nos ha manifestado en Cristo y es precisamente su imagen la que debemos «reproducir» en nosotros de forma que hagamos patente su absoluta novedad.

            En este tiempo de verano podemos aprovechar para leer, por ejemplo, la encíclica de san Juan Pablo II, Evangelium vitae, sobre aspectos de la vida humana que están en juego cuando se acepta la eutanasia o la ley «tans», que deja nada menos que la configuración de la condición sexuada de la persona al arbitrio de la voluntad de adolescentes en un momento determinado de su proceso evolutivo. Podemos leer también la Carta de la Congregación para la doctrina de la Fe «Samaritanus bonus» o el documento de los obispos españoles «Sembradores de esperanza», ambos sobre la protección de la vida en su etapa final. La banalidad con que se tratan estos aspectos esenciales de la persona desde una visión materialista, sin apertura a la trascendencia, indica el grado de decadencia espiritual y humana a la que hemos llegado en esta civilización que presume de avanzada. En realidad, el lenguaje ha dejado de tener consistencia y términos que  agradan al oído llegan a significar lo contrario de lo que enuncian. La sociedad lleva tiempo sin reaccionar ante atropellos a los valores del espíritu y a la condición de la persona humana creada a imagen y semejanza de su Creador. No en vano los Papas Benedicto XVI y Francisco han definido la ideología de género como una ofensa contra el Creador y la creación. Y el Papa Francisco considera que se pretende «colonizar» la inteligencia cuando, con imperativos legales, se quiere adoctrinar a las jóvenes generaciones con las tendencias ideológicas que se fabrican en los laboratorios de la cultura imperante.

            Verano, ¿tiempo de pensar? ¿por qué no? Tiempo de descansar, por supuesto; tiempo de orar más de lo habitual; tiempo de hacer una parada en la vida para preguntarnos si realmente vivimos dejándonos llevar por la corriente sin la menor autocrítica o si realmente nos interesa la inteligencia, la razón y la verdad última de las cosas. Porque se trata de eso: de llegar a la verdad que da sentido a nuestra existencia. A no ser que pensemos que estamos en el mundo por puro azar.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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