Secretariado de Medios

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Jueves, 11 Febrero 2021 11:32

Febrero 2021

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2 de febrero. Solemnidad de la Presentación del Señor

La Iglesia celebra hoy el día de la Presentación del Señor y la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Los padres de Jesús llevan al Niño al templo y a la entrada se encuentran a Simeón y Ana. Estos dos ancianos son modelos de fe y esperanza. Pidamos la gracia de concluir cada día reconociendo la obra de Dios y alabándolo, «porque mis ojos han visto a tu Salvador».

7 de febrero. V Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús entra en la casa de Pedro, donde su suegra estaba postrada por la fiebre. Acercándose, la toma de la mano para curarla. Él desea acercarse a nuestra casa, a nuestra intimidad y cotidianidad, para curar y levantarnos de nuestras enfermedades físicas, espirituales y sociales. Está a la puerta y nos llama al corazón en el silencio de la oración, en la lectura de la Palabra y en los Sacramentos. Acerquémonos hoy a ser curados y levantados.

14 de febrero. VI Domingo del Tiempo Ordinario

Si pensamos en quiénes eran las personas que, en tiempo de Jesús, estaban en los márgenes de la sociedad, los leprosos estarían en el primer puesto. Excluidos de la familia, de la sociedad, del templo. Hoy escuchamos que un leproso se acerca a Jesús, suplicándole «si quieres, puedes limpiarme». Y Jesús, compadeciéndose dice: «Quiero, queda limpio». El Evangelio nos cuestiona por las barreras que levantamos frente a otros, por los límites que marcamos, por nuestra calidez en la acogida, por nuestra capacidad de integrar al que percibimos diferente. Quizás seamos nosotros los que, ante nuestro corazón endurecido, tengamos que arrodillarnos ante Jesús y decir: «Si quieres...»

21 de febrero. I Domingo de Cuaresma

El Evangelio nos presenta a Jesús en casa, predicando sin aforos ni distancias de seguridad, ya que la casa estaba llena a rebosar. Entonces descuelgan a un paralítico por el tejado para acercarlo a Jesús. Él, conocedor de lo que guarda el corazón, le dice: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Junto con las enfermedades del cuerpo, hay parálisis que encadenan el corazón. Pongámonos delante de Jesús para ser levantados de nuestras camillas, de las heridas del pasado, de los miedos ante las debilidades. Tomemos nuestras vidas y echemos a andar.

28 de febrero. II Domingo de Cuaresma

Jesús utiliza una imagen propia de la tradición judía y se presenta como el Esposo, el único que es capaz de llenar el corazón de cualquier persona. Pero para que esto sea posible, necesitamos cultivar espacio en el corazón, liberándonos de lo accesorio que nos pueda distraer. Frente a la tentación del consumismo y del narcisismo, que supone el mirarse a uno mismo, surge la invitación a hacer silencio y desierto. Solo cuando en nuestro corazón haya un vacío, podrá ser conquistado y ocupado por el amor del Esposo.


Patricia González Fernández, OMI

 

 

La Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el 11 de febrero, memoria de la Virgen de Lourdes, tiene este año el siguiente lema: «la relación de confianza, fundamento del cuidado del enfermo». Todos sabemos lo importante que es confiar en quien nos cuida para saber que estamos en buenas manos y abrir el corazón para compartir nuestras dudas, temores, inseguridades y turbaciones. Las lecturas de este domingo iluminan la «noche del dolor» por la que pasa todo hombre cuando siente que «los días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza», como dice Job. La enfermedad nos sitúa ante los límites de nuestra existencia. El Papa Francisco describe muy bien estos límites: «La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos”».

En la enfermedad sentimos que dejamos de ser autónomos, que no valen solo nuestras fuerzas, pues nos hacemos dependientes de otros, necesitados de los demás. Al perder incluso nuestra libertad de movimientos, comprendemos que no somos tan «libres» como pensábamos y que nuestro futuro —siempre incierto— depende en gran medida de lo que otros hagan por mi. ¡Cuánto se agradece entonces la mano compasiva, la compañía de un familiar o de un amigo! ¡Con cuánta gratitud respondemos al personal sanitario que nos cuida y que gana nuestra confianza en la medida en que se nos muestra «hermano, prójimo y buen samaritano»! Experimentamos de alguna manera que Dios está cerca y que, como dice el salmo, «sana los corazones destrozados y venda sus heridas».

En el Evangelio de este domingo Jesús, después de predicar en la sinagoga, acude a la casa de Simón Pedro y Andrés y le comunican que la suegra de Pedro está enferma con fiebre y Jesús, tomándola de la mano, la curó. A la caída del sol, le llevaron enfermos de diversos males que también fueron sanados por él. ¿De dónde procedía esta confianza que las gentes depositaban en Jesús? La única explicación que ofrecen los Evangelios es la cercanía que ofrecía Jesús especialmente a los que estaban aquejados por algún mal espiritual o corporal. Los santos, a semejanza de Jesús, han despertado esa misma confianza en quienes sufren: san Juan de Dios, san Camilo de Lelis, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta, se han acercado sin miedo ni prejuicios a los enfermos despertando una especial confianza que ha sido el fundamento del cuidado que les han ofrecido. A esto llamamos compasión: padecer con otro y junto al otro compartiendo su propia situación.

En su mensaje para esta Jornada Mundial, el Papa Francisco dice que «la cercanía, de hecho, es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad. Como cristianos, vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano, que con compasión se ha hecho cercano a todo ser humano, herido por el pecado. Unidos a Él por la acción del Espíritu Santo, estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre y a amar, en particular, a los hermanos enfermos, débiles y que sufren». Y nos invita a vivir esta cercanía de forma personal y comunitaria generando así una comunidad capaz de sanar, sin abandonar a nadie y acogiendo a los más frágiles. Solo así seremos la Iglesia de Cristo.

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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SAN JUAN DE ÁVILA

 

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha aprobado hoy la inscripción de la celebración de San Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia en el calendario romano general.

La santidad se vincula con el conocimiento, que es experiencia del misterio de Jesucristo, indisolublemente unido al misterio de la Iglesia. Este vínculo entre santidad e inteligencia de las cosas divinas y también humanas, brilla de modo particular en aquellos que han sido adornados con el título de “doctor de la Iglesia”. De hecho, la sabiduría que caracteriza a estos varones y mujeres no les concierne solo a ellos, ya que, al convertirse en discípulos de la Sabiduría divina, se han convertido a su vez en maestros de sabiduría para toda la comunidad eclesial. Por este motivo, los santos y las santas “doctores” son inscritos en el Calendario Romano General.

Por ello, teniendo en cuenta que recientemente han sido reconocidos con del título de doctor de la Iglesia grandes santos de Occidente y Oriente, el Sumo Pontífice Francisco ha decretado inscribir en el Calendario Romano General con el grado de memoria ad libitum:

-San Gregorio de Narek, abad y doctor de la Iglesia, el día 27 de febrero,
–San Juan De Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia, el día 10 de mayo,
-Santa Hildegarda de Bingen, virgen y doctora de la Iglesia, el día 17 de septiembre.

Estas nuevas memorias deben ser inscritas en todos los Calendarios y Libros litúrgicos para la celebración de la Misa y la Liturgia de las Horas; los textos litúrgicos que han de ser adoptados, adjuntos al presente decreto, deben ser traducidos, aprobados y, tras su confirmación por parte de este Dicasterio, publicados por las Conferencias Episcopales.
Sin que obste nada en contrario.

En la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, a 25 de enero de 2021, fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol.

Robert Card. Sarah
Prefecto

Arthur Roche
Arzobispo Secretario

manos unidas

 

La campaña anual de Manos Unidas, que tiene lugar en el mes de febrero, lleva este año un título que nos recuerda por un lado el contagio que tanto tememos y, por otro, la tragedia del hambre. Todos tenemos miedo a contagiarnos de algo que resulta difícil vencer, pues se escapa de nuestras manos: la COVID19. Ponemos todos los medios para evitar el contagio. El hambre no es una enfermedad ni una pandemia. Es una tragedia que se prolonga con sus muertes diarias, desnutriciones y terribles consecuencias para la salud y el bienestar de los más pobres. Paradójicamente, la humanidad sí puede vencer esta «pandemia» utilizando los recursos que posee a favor de la gente que padece hambre.

Esta dramática contradicción —lamentar lo que no podemos vencer por el momento y no luchar contra lo que podemos evitar— pone en evidencia la falta de compromiso moral ante problemas cuyas soluciones están en nuestras manos y el escándalo farisaico de rasgarnos las vestiduras ante el mal ajeno cuando no colaboramos eficazmente en su solución.

El lema de la campaña nos invita, en primer lugar, a contagiar solidaridad. No solo se contagia lo malo, también lo bueno. El ejemplo cunde porque el bien se difunde por sí mismo. Cuando vivimos junto a personas generosas nos sentimos estimulados a la imitación. Y la bondad tiene un especial atractivo que invita a la emulación. Jesús, en «El Sermón de la Montaña», invita a sus discípulos a que hagan buenas obras y sean vistas por la gente para que, al verlas, alaben al Padre que está en los cielos. Con esta invitación, Jesús subraya la importancia de que el bien sea visto de modo que pueda contagiar a otros a practicarlo, y así Dios será reconocido y alabado en las obras de sus hijos. Para ello debemos quitar barreras y obstáculos al bien de modo que pueda expandirse en la sociedad. Lamentarse ante el mal es ineficaz. Luchar contra él es obligación moral. Hacer el bien es propio de quienes se compadecen ante las necesidades ajenas y renuncian a sí mismos para que los demás sean felices y vivan con la dignidad de hijos de Dios. También la carta a los Hebreos insiste en la importancia del ejemplo que damos a los demás, cuando dice: «Fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras» (Heb 10,24). Con frecuencia nos fijamos más en los defectos ajenos que en las virtudes. Si reconociéramos el bien que otros hacen, nos contagiaremos de su virtud y disculparemos con magnanimidad sus errores.

Además de invitarnos a hacer el bien, Jesús nos advierte de la seriedad con que seremos juzgados cuando damos la espalda a las necesidades de los hombres. El juicio de Cristo sobre nuestros pecados de acción y omisión en el ejercicio de la caridad no tiene atenuantes. Lo que hacemos o dejamos de hacer con hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados, lo hacemos o dejamos de hacer a él mismo, que ha querido identificarse con los pobres y marginados de este mundo. Acabar con el hambre en el mundo es tarea de todos, empezando por quienes gobiernan los pueblos. Todos podemos contribuir de diversas maneras para que nadie muera por hambre, ni por sed, ni por una vida infrahumana. Es cuestión de dejarnos contagiar por el amor de Dios, nuestro Padre, que, a la hora de hacer el bien no distingue entre justos y pecadores, santos e impíos. Por eso, decir que amamos a Dios y no practicar la caridad con el prójimo es mentir, y la mentira es abominable a los ojos de Dios. Se trata, por tanto, de conocer el amor de Dios y ponerlo en práctica. Así dice 1 Jn 3,16-18: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras».

Contagiémonos unos a otros del amor que procede de Dios y que tiene su término también en Dios, pues hacia él caminamos. Pero no olvidemos que Dios ha querido revelarse en su Hijo Jesucristo, quien ha escogido hacerse uno con nosotros para que aprendamos a amar a Dios y a los hombres como lo hizo él.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Lunes, 01 Febrero 2021 11:56

REVISTA DIOCESANA FEBRERO 2021

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Es un dato constatado en los Evangelios que la enseñanza de Jesús revelaba una autoridad hasta entonces desconocida. En el Evangelio de este domingo, los asistentes a la sinagoga afirman que Jesús «les enseñaba con autoridad y no como los escribas». La diferencia entre Jesús y los escribas radica en que Jesús no repetía sin más lo que decía la ley y los profetas, sino que daba un paso adelante: añadía su propia interpretación, que, en muchas ocasiones, suponía una superación de la ley mosaica. Es decir, se situaba en el mismo nivel de Moisés, lo cual provocó naturalmente escándalo, dado que Moisés era el portavoz del mismo Dios para el pueblo escogido. En el «Sermón de la Montaña», que leemos en Mateo, esta autoridad de Jesús, situándose por encima de Moisés al interpretar los preceptos de la ley, queda perfectamente plasmada en la contraposición utilizada por Jesús: «Habéis oído que se os dijo […] pero yo os digo». Tal modo de enseñar revela que Jesús se sentía investido de una autoridad que superaba la de Moisés. Así lo reconoce J. Neusner en su libro Un rabino habla con Jesús. Resumiendo cuál es la clave de la enseñanza de Jesús, J. Ratzinger dice: «La centralidad del Yo de Jesús en su mensaje, que da a todo una nueva orientación» (Jesús de Nazaret, primera parte, p.135).

La autoridad de Jesús, en realidad, radica en su propia persona, en su conciencia de ser Hijo de Dios y su enviado, que enseña no solo con palabra, sino con obras. Así, en el Evangelio de hoy, Jesús realiza la curación de un poseso que gritaba contra Jesús porque había venido a destruir el poder del mal. Después de curarlo, los testigos del milagro afirman: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen» (Mc 1,27). Es claro, en este comentario de la gente, que la enseñanza de Jesús es nueva, no solo por sus contenidos, sino por la autoridad que la respalda con su poder milagroso. Como sucede con la curación del paralítico curado en Cafarnaún, el milagro de Jesús refrenda su capacidad para perdonar los pecados, que es propia y exclusiva de Dios.

Estas consideraciones sobre la «novedad» que aporta Cristo en su enseñanza y en su modo de actuar explican el impacto que produjo su persona entre sus contemporáneos y sus propios discípulos que se preguntaban: ¿Quién es este? Esta cuestión se halla en el centro de los tratados cristológicos. Sin decirlo expresamente, Jesús ha respondido a esta pregunta mediante circunloquios que le sitúan en el ámbito de Dios, en la unidad con aquel a quien llama Padre. Esta conciencia de ser Hijo de Dios explica la novedad en todo lo que hace: puede hablar en su nombre, interpretar la ley, hacer milagros y, sobre todo, entregar su vida a favor de los hombres en su muerte y resurrección. El modo de hablar de Jesús sobre sí mismo revela su identidad y nos abre las puertas de su propia conciencia. Sus obras, por otra parte, dan testimonio de que su enseñanza es verdadera porque hace lo que dice con plena autoridad. La curación del poseso muestra sobre todo que su poder está por encima del mal, al que ha venido a vencer. Por eso, el espíritu inmundo, al ver a Jesús, reconoce su poder y su identidad: «¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios» (Mc 1,24).

La novedad de Jesús es, en realidad, él mismo. Su persona encarna el reino que trae y la salvación que ofrece a los hombres. No es un profeta más, ni siquiera el que esperaba Israel, según la promesa de Moisés. Jesús supera las profecías y trasciende los esquemas del Antiguo Testamento. En su persona ha comenzado el tiempo definitivo porque solo él puede decir: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21,5).

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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«Ven y lo verás» (Jn 1,46). Comunicar encontrando a las personas donde están y como son

 

24 de enero de 2021, san Francisco de Sales. En este día en el que celebramos la memoria del patrón de los comunicadores, desgranamos el Mensaje del Papa Francisco para la LV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que se celebrará el próximo 16 de mayo, solemnidad de la Ascensión.

El Mensaje titula con la invitación de Felipe a Natanael, "Ven y verás", que no consiste en ofrecer un razonamiento, más bien un conocimiento directo. En este sentido, el Papa asegura que «desde hace más de dos mil años es una cadena de encuentros que comunican la fascinación de la aventura cristiana". De otra parte, «en la comunicación, nada puede sustituir completamente a la visión en persona». Para cada forma de expresión que busque ser honesta, el Papa sugiere la invitación a "venir a ver" la galaxia comunicativa actual, desde los periódicos a la web, pero también la «predicación ordinaria de la Iglesia» y la comunicación política o social.

En el texto tiene una gran importancia la dinámica de ponerse en marcha con pasión y curiosidad, lo que viene a ser salir «de la cómoda presunción de lo ya conocido». En referencia a la actualidad, el pontífice avisa a trabajadores de la comunicación y público del grave riesgo de verse aplastado por «periódicos fotocopiados o por telediarios y páginas web sustancialmente iguales», en los que las investigaciones pierden espacio en beneficio de la «información preempaquetada y de palacio». Esta información, recuerda, «es cada vez menos capaz de interceptar la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas, y ya no es capaz de captar ni los fenómenos sociales más graves ni las energías positivas que se liberan desde la base de la sociedad». «La crisis de la industria editorial corre el riesgo de llevar a la información a construirse en las redacciones, frente al ordenador sin 'gastar las suelas de los zapatos'», lamenta el Papa.

Digitalización y pandemia

La web con los medios sociales puede incrementar exponencialmente la difusión de las noticias y ser «una herramienta formidable». «Todo el mundo puede convertirse en testigo de acontecimientos que de otro modo serían pasados por alto por los medios de comunicación tradicionales y hacer que surjan más historias, incluso positivas», dice el Papa. Por otro lado, existe el riesgo de una comunicación social sin verificar, por lo que no debemos demonizar la herramienta, sino tener más capacidad de discernir asumiendo la responsabilidad para difundir contenidos.

En un contexto marcado por la pandemia que afecta a todo el mundo desde principios de 2020, el mensaje del Papa también hace alusión a esta situación. Y nos advierte de que se corremos el riesgo de contarla, como otras crisis, «solo con los ojos del mundo más rico». La reflexión del pontífice se dirige a las vacunas y la atención médica, al riesgo de exclusión de las poblaciones más pobres. «¿Quién nos hablará sobre la espera de la curación en los pueblos más pobres de Asia, América Latina y África?», se cuestiona. Asimismo, nos recuerda que se trata de un peligro que también afecta a los afortunados, donde «el drama social de las familias que han caído rápidamente en la pobreza permanece en gran medida oculto». De esta firna, las diferencias económicas corren el riesgo de marcar el orden de distribución de la vacuna contra la Covid, con los pobres siempre en último lugar.

Finalmente, el Papa lanza un sentido mensaje de agradecimiento al valor de los trabajadores de la comunicación. De ellos dice que gracias a periodistas, camarógrafos o editores que arriesgan en su labor «hoy conocemos la difícil condición de las minorías perseguidas en diversas partes del mundo; se han denunciado muchos abusos e injusticias contra los pobres y contra la creación o se han denunciado muchas guerras olvidadas». Por eso, señala que sería un empobrecimiento perder todas esas voces.

 

 

Puedes leer y descargar el MENSAJE COMPLETO del Papa Francisco aquí 

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La delegación de Manos Unidas de Segovia ha tomado la difícil decisión de posponer sine die la celebración del tradicional ‘Bocadillo Solidario’ acción que se lleva a cabo en la jornada del Ayuno Voluntario, que este año tendría que haberse desarrollado el próximo 12 de febrero, y que tiene por finalidad intentar concienciar a la sociedad española de que más allá de una cuestión de horario, tendencias o costumbres, el acto de comer para muchos seres humanos se convierte en un mero acto de supervivencia.

El equipo de voluntarios que trabaja para la organización de dicha actividad ha considerado que, atendiendo a la incidencia de la Covid-19 en Segovia capital y provincia, lo más adecuado es aplazar esta cita de gran arraigo. Cada año, el ‘Bocadillo Solidario’ congrega a centenares de alumnos y profesores de los colegios de la ciudad en un evento multitudinario y en esta edición del 2021 pretendía hacerse extensiva al resto de la provincia.

Dada la cercanía de la cita, las líneas de trabajo para que esta actividad pudiera tener lugar estaban ya muy avanzadas. La organización contaba con el visto bueno de centros escolares y administraciones para una iniciativa diferente a la de otros años: el plan era llevar los bocadillos a los distintos centros docentes y organizaciones repartidos por numerosos punto de la geografía segoviana. Sin embargo, la pandemia y sus consecuencias han llevado a tomar la decisión más responsable y adecuada a la situación actual.

No obstante, desde la delegación de Manos Unidas de Segovia no cejan en su labor de colaboración con los tres proyectos establecidos para la campaña de este año. Por eso, y siempre atendiendo a la situación y criterios sanitarios para evitar la propagación de la Covid-19, plantearán las actividades que puedan ser oportunas y viables con el objetivo de seguir ayudando a quienes más lo necesitan.

PROYECTOS E INGRESOS

Mejorar las condiciones de alojamiento en las internas de Purul, en Senepati (India), prosperar en la seguridad alimentaria y los ingresos de las familias campesinas en Uganda, y trabajar en la prevención y reparación de desastres naturales en la población rural de Filipinas. Estos son los proyectos que no serían posibles sin la ayuda de los segovianos y el trabajo incansable de los voluntarios de Manos Unidas de Segovia.

Organización que el pasado año 2020 ingresó más de 190.000 euros destinados a la financiación de los planes encaminados a mejorar las condiciones de vida de los más vulnerables. De esa cantidad, la mayor parte, un total de 87.416 euros, son provenientes de los ingresos de socios y donativos de particulares que colaboran activamente con la organización.

Una cantidad similar recibieron por parte de las colectas parroquiales e instituciones religiosas, montante que asciende a los 85.638 euros. Finalmente, otras donaciones y actividades de la propia delegación diocesana lograron sumar 9.000 y 8.500 euros, respectivamente.

Cantidades significativas cuyo fin es aportar un pequeño granito de arena para hacer que la vida de quienes más sufren la ausencia de recursos sea lo más digna posible.

El Papa Francisco instituyó hace dos años el Domingo de la Palabra de Dios que coincide con el domingo III del tiempo ordinario, que celebramos hoy. Con este gesto desea que el pueblo cristiano comprenda «la riqueza inagotable que proviene del diálogo constante de Dios con su pueblo». Para ello, trae a la memoria el momento en que Jesús, caminando junto a los discípulos de Emaús, les «abrió la inteligencia para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Sin esta apertura de la inteligencia, las Escrituras santas, pueden ser letra hermosa pero muerta, por la sencilla razón de que los libros que constituyen el Canon de la Iglesia, sólo pueden entenderse si se leen como Palabra viva de Dios que sigue hablando a su pueblo en cada momento de la historia. Es Palabra escrita, ciertamente, pero Palabra viva que comunica su mensaje de salvación a todas las generaciones.

El Concilio Vaticano II ha dejado claro que la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición constituyen la única Palabra viva de Dios, el cual quiere comunicarse con su pueblo y conducirle a la plenitud de la revelación. Tanto la Escritura como la Tradición, sostenida y salvaguardada por el Magisterio de la Iglesia, tienen su clave de interpretación en Cristo, Palabra eterna de Dios. Por eso decía san Jerónimo que la ignorancia de las Escrituras —y lo mismo podemos decir de la Tradición— es ignorancia de Cristo».

A pesar del gran movimiento bíblico desplegado en los siglos XIX y XX, que cuajó en la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II sobre la Palabra de Dios, el acceso a la Biblia y la comprensión de su mensaje siguen siendo para la mayoría del pueblo cristiano una asignatura pendiente. Es posible que la Biblia no falte en los hogares cristianos, pero ¿se lee, se medita, se comprende, se hace vida práctica? «Lamentablemente —escribe el Papa Francisco— en muchas familias cristianas nadie se siente capaz —como en cambio está prescrito en la Torá (cf. Dt 6,6)— de dar a conocer a sus hijos la Palabra del Señor, con toda su belleza, con toda su fuerza espiritual. Por eso quise establecer el Domingo de la Palabra de Dios, animando a la lectura orante de la Biblia y a la familiaridad con la Palabra de Dios. Todas las demás manifestaciones de la religiosidad se enriquecerán así de sentido, estarán orientadas por una jerarquía de valores y se dirigirán a lo que constituye la cumbre de la fe: la adhesión plena al misterio de Cristo».

En este domingo del tiempo ordinario se proclaman dos lecturas que, por sí mismas, bastan para comprender la fuerza de la Palabra de Dios. La del Antiguo Testamento describe la conversión de Nínive por la predicación del profeta Jonás, que se negaba a ir porque desconfiaba de que pudiera convertirse. En el evangelio, aparece Jesús predicando en Galilea con estas palabras: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Aquí, la palabra «evangelio» no se refiere a ninguno de los que conocemos porque sencillamente no habían sido escritos. Esta palabra se refiere a todo el mensaje de la salvación, que alcanza su máxima expresión en la misma persona de Jesús —Evangelio de Dios—, y que está contenido en lo que llamamos Palabra de Dios, gracias a la cual podemos entrar en diálogo con él, conocer su voluntad y configurar nuestra vida según sus enseñanzas. Dios quiere la conversión del hombre, busca atraerle hacia sí para llevarle a la verdad y felicidad plena. Por eso, desde el principio de la humanidad le ha hablado por medio de profetas, sabios y maestros, y, finalmente, por medio de su Hijo. Recibamos sus palabras como el mejor tesoro para conservarlo, no como un libro más, sino como la Palabra de la salvación y de la vida.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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Con motivo de la grave crisis que estamos padeciendo, a causa de la pandemia provocada por la enfermedad de la COVID-19, las parroquias asumimos que había que extremar las medidas higiénicas y sanitarias según los criterios establecidos por el Ministerio de Sanidad y la Junta de Castilla y León, de forma que hasta el presente no se ha podido detectar ningún brote epidémico en las iglesias, ni en los actos litúrgicos, ni en las catequesis. Por eso, no podemos menos que unir nuestras voces a las de los obispos de la Comunidad, que han solicitado a la Junta de Castilla y León la revocación de la decisión de establecer 25 personas como criterio para los actos de culto. Nos parece un criterio poco fundamentado y un tanto arbitrario.

Anunciamos también que, como medida de precaución y a pesar de que no se ha detectado ningún problema hasta ahora, suspendemos durante dos semanas tanto las catequesis presenciales como los grupos de clases de español para inmigrantes, y de apoyo escolar para niños.

Rogamos a Dios para que pase pronto esta pandemia, y ofrecemos nuestros servicios a esta sociedad herida por el dolor de la muerte de muchos de nuestros vecinos y por la soledad y desamparo emocional que está provocando. Para muchos de ellos, la Eucaristía que ahora queda limitada es fuente de consuelo y de esperanza.

Fdo. Párrocos de la ciudad de Segovia

 

 

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