Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

El tiempo de verano es propicio para descansar. Pero, además de descansar, también necesitamos orar más y reflexionar sobre temas de nuestra vida. Y no será por falta de ellos. Aunque la pandemia ha supuesto un cierto parón en el ritmo de vida, hay que reconocer que la rapidez con que pasan los acontecimientos nos impide activar la mente para discernir los signos de los tiempos y cuál debe ser la actitud cristiana frente a los problemas de la sociedad.

            Decimos que temas no faltan. Recientemente se ha aprobado la ley de la eutanasia; en breve se llevará al Congreso la ley llamada «trans», de consecuencias imprevisibles; y los rebrotes del Covid19 nos alertan sobre una nueva ola de contagios. ¿Nos afectan estos temas? Recuerdo que, cuando se hizo balance de la pandemia en su primera y segunda ola, muchos afirmaban con optimismo que nos había hecho más conscientes de nuestra fragilidad. ¿Es esto cierto? ¿No hemos olvidado rápidamente el sufrimiento de tantos profesionales de la salud, enfermos, familias que han perdido un ser querido?

            Decía Kierkegaard que el hombre es un ser contradictorio porque reclama derechos como la libertad de expresión y no practica la libertad de pensamiento. La fe cristiana, además de proporcionar un «código» de conducta moral —lo que llamamos vida en Cristo o ley evangélica— nos permite juzgar los problemas del hombre a la luz de la dignidad de la persona creada a imagen y semejanza de Dios. El «hombre nuevo» se nos ha manifestado en Cristo y es precisamente su imagen la que debemos «reproducir» en nosotros de forma que hagamos patente su absoluta novedad.

            En este tiempo de verano podemos aprovechar para leer, por ejemplo, la encíclica de san Juan Pablo II, Evangelium vitae, sobre aspectos de la vida humana que están en juego cuando se acepta la eutanasia o la ley «tans», que deja nada menos que la configuración de la condición sexuada de la persona al arbitrio de la voluntad de adolescentes en un momento determinado de su proceso evolutivo. Podemos leer también la Carta de la Congregación para la doctrina de la Fe «Samaritanus bonus» o el documento de los obispos españoles «Sembradores de esperanza», ambos sobre la protección de la vida en su etapa final. La banalidad con que se tratan estos aspectos esenciales de la persona desde una visión materialista, sin apertura a la trascendencia, indica el grado de decadencia espiritual y humana a la que hemos llegado en esta civilización que presume de avanzada. En realidad, el lenguaje ha dejado de tener consistencia y términos que  agradan al oído llegan a significar lo contrario de lo que enuncian. La sociedad lleva tiempo sin reaccionar ante atropellos a los valores del espíritu y a la condición de la persona humana creada a imagen y semejanza de su Creador. No en vano los Papas Benedicto XVI y Francisco han definido la ideología de género como una ofensa contra el Creador y la creación. Y el Papa Francisco considera que se pretende «colonizar» la inteligencia cuando, con imperativos legales, se quiere adoctrinar a las jóvenes generaciones con las tendencias ideológicas que se fabrican en los laboratorios de la cultura imperante.

            Verano, ¿tiempo de pensar? ¿por qué no? Tiempo de descansar, por supuesto; tiempo de orar más de lo habitual; tiempo de hacer una parada en la vida para preguntarnos si realmente vivimos dejándonos llevar por la corriente sin la menor autocrítica o si realmente nos interesa la inteligencia, la razón y la verdad última de las cosas. Porque se trata de eso: de llegar a la verdad que da sentido a nuestra existencia. A no ser que pensemos que estamos en el mundo por puro azar.

+ César Franco

Obispo de Segovia

El apóstol Santiago es patrono de España. Así consta en la liturgia de hoy y en los libros de historia que no censuran lo católico. Llama la atención que promotores del camino de Santiago lo reduzcan a un hecho cultural, ecológico y, por supuesto, a un motor de la economía. Silencian el origen y hasta el santo que le da nombre. ¿Sabrán quien fue? Y si lo saben, ¿no tienen nada que decir? Aunque sólo sea que también él fue un caminante que trajo a España nuestra fe.

            Cuando el Papa Francisco recibió el premio Carlomagno citó al escritor judío Elie Wiesel, superviviente de un campo de concentración nazi, quien decía que hoy es imprescindible «una transfusión de memoria». Memoria de la historia, de nuestras raíces, de los orígenes. El Papa Francisco retoma esta idea para no cometer los errores del pasado y para «tener acceso a los logros que ayudaron a nuestros pueblos a superar positivamente las encrucijadas históricas que fueron encontrando». Hacer memoria de Santiago es reconocer que España no sería lo que es sin la fe que nos trajo y, con la fe, la cultura, el arte, el valor de la dignidad de la persona creada a imagen de Dios. En esto de hacer memoria, hoy se es muy selectivo. Se hace memoria de lo que interesa al pensamiento único y se olvida o se hace olvidar elementos esenciales que nos constituyen. La «amnesia de lo eterno» es parte de la desmemoria. Cuando Jesús instituye la eucaristía pide a los apóstoles que la celebren en «memoria suya». Esta fórmula, de inspiración semita, no nos remite al pasado para recordarlo. Su contenido es más profundo. Dios no necesita la memoria para tenernos siempre presentes en su pensamiento. La memoria de Jesús es presencia de su amor redentor, de su gracia, de su vivir en pura contemporaneidad con nosotros. Vive junto a, con, entre nosotros.

            España no pasa por su mejor momento, tampoco en lo que se refiere a la memoria de la fe, anclada en los orígenes de nuestra conciencia como pueblo. No hace mucho un parlamentario interpelaba a los católicos con la insolencia propia del ignorante ridiculizando los dogmas de fe. Ninguno respondió a su retahíla de despropósitos, aunque solo hubiera sido para explicarle la diferencia entre metáfora y significado. ¿Habría pasado lo mismo si la interpelación hubiera sido sobre otras «memorias» con categoría de leyes? ¿Son conscientes los católicos de que creer significa confesar y confesar exige responder con la propia vida como hizo Santiago?

            Es verdad que en esta desmemoria, España no está sola. Europa la acompaña de forma culpable en el olvido de su patrimonio espiritual. Los Papas últimos han recordado a Europa su responsabilidad con los fundamentos que la constituyen como comunidad de pueblos, que deben mucho al camino de Santiago y a su sepulcro. La red de relaciones creadas  por la fe se entiende bien desde la cultura que ha generado y que muchos pretender sepultarla en el olvido, como si la verdad pudiera morir y sus obras ser destruidas.

            Para recuerdo, antídoto de la desmemoria, el Papa Francisco hacía en el discurso aludido estas preguntas a Europa en un intento de despertarla de su ensoñación suicida: «¿Qué te ha sucedido, Europa humanista; defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te pasa Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas, músicos, escritores? ¿Qué te ha ocurrido, Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de los hermanos?». Habría que escuchar a Santiago, cuando Jesús le preguntó si era capaz de beber su cáliz. Pero, ¿quién se acuerda de ese momento, de esas palabras, de ese desafío?

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

 

Imagen de Santiago de la parroquia de Turégano (Segovia)

 

 

Lunes, 19 Julio 2021 12:28

REVISTA DIOCESANA JULIO-AGOSTO 2021

Loading...

Cada vez me sorprende más la ignorancia religiosa que asola a las nuevas generaciones. Cuando voy a confirmar o visito alguna parroquia he dejado de preguntar a los jóvenes —como solía hacer antes— porque me temo lo peor: que no sepan o que respondan con un disparate. En realidad, la formación humanista en sentido amplio del término ha sufrido un deterioro lamentable. Lo hacía notar Doris Lessing, premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras. En su discurso al recibir este premio hizo notar que la formación humanista estaba desapareciendo y se refería concretamente al estudio de las lenguas clásicas —latín y griego— y de la Biblia.

            La ignorancia religiosa y humanista implica otras ignorancias que hacen del hombre un ser desamparado. Acabar con la fe y la metafísica es aniquilar cualquier anhelo de trascendencia. Incluso grandes intelectuales sin fe han confesado el drama de esta carencia. No es extraño, por tanto, que Jesús, según el evangelio de hoy, se compadecía de la gente porque andaba como ovejas sin pastor y les enseñaba muchas cosas. No creo que Jesús perdiera el tiempo en asuntos triviales. Su doctrina encandilaba y suscitaba adhesiones incondicionales entre los diversos estratos sociales. Se habla de los pobres y sencillos que seguían a Jesús, pero se olvida que tenía alta reputación y discípulos entre las clases altas y cultas de la sociedad. Entraba en debates con los doctores judíos y su sabiduría dejaba sin respuesta a quienes buscaban sorprenderle en un renuncio, una herejía o, más aún, en una blasfemia.

            Hoy hay gente que lleva a gala no ser creyente ni entender de religión. Están en su derecho. Se afilian, sin embargo, a «creencias» de todo tipo y dogmatizan sobre Dios —¡si no existe!— y sobre el hombre como si fueran nuevos profetas, maestros de sabiduría y artesanos de una nueva sociedad que pretenden imponer para liberar a los hombres de los prejuicios religiosos que les alienan y subyugan. Siempre ha habido y habrá detractores de lo divino para deificar lo banal, lo efímero y aberrante. Es clásica la postura de quien niega a Dios para afirmar la nada; de quien niega al hombre para venerarse a sí mismo. El intento de arrebatar a Dios su gloria para revestirse de ella es tan viejo como la humanidad.

            La compasión de Jesús enseñando muchas cosas domina el evangelio. Lo abras al azar o intencionadamente encuentras limpia y fluyente el agua viva de su verdad. Sus palabras y gestos, sus silencios y emociones delatan la compasión por el hombre. De ahí que se llame pastor, título que Dios se da a sí mismo, cuando contempla a su pueblo descarriado, o conducido por pastores que dispersan, confunden o aniquilan su rebaño. En el salmo 22, que empieza con las palabras «el Señor es mi pastor», el salmista desborda de alegría porque no le falta nada y, aunque pase por cañadas oscuras, nada teme porque la vara y el cayado del pastor le sosiegan. Le acompaña siempre, le prepara una mesa frente a sus enemigos y le unge con perfume la cabeza. Vive con la certeza de su bondad y misericordia todos los días de su vida y sabe que habitará en la casa del Señor por años sin término.

            Estoy convencido de que la gente que se apiñaba en torno a Jesús y no le permitía incluso descansar cuando se retiraba con los suyos a un lugar tranquilo para descansar, reconocía en él lo que dice este hermoso salmo. Y aprendían cosas, recibían sabiduría, comprendían el sentido de su vida y, sobre todo, se sentían amados por alguien que terminaría dando la vida por ellos en la cruz donde se consumaba la verdad que había enseñado a lo largo de su vida. Por ello duele tanto la ignorancia religiosa que anida en el corazón de las nuevas generaciones.

           

+ César A. Franco Martínez

Obispo de Segovia

En el escueto resumen del envío de los apóstoles por parte de Jesús, que narra el evangelio de hoy, se presenta como elemento constitutivo de su misión la «autoridad sobre los espíritus inmundos», expresada en el hecho de «echar muchos demonios» (Mc 6,7.13). La importancia de este dato solo puede entenderse si tenemos en cuenta que la misión de Cristo es acabar con el imperio del mal, personificado en el diablo, a quien llama «el príncipe de este mundo» (Jn 14,30), «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), porque «no hay verdad en él».

La autoridad de Jesús sobre el diablo revela que es una criatura inferior, sometida al poder de Dios. Según la tradición bíblica, el diablo fue un ángel creado por Dios en belleza y santidad, que, puesto a prueba en su libertad, no se mantuvo en la adoración y cayó en la soberbia que le apartó para siempre de Dios. De ahí que busque perder al hombre llevándole por el mismo camino que le condenó a él. Las caricaturas que se han hecho del diablo, pintorescas y ridículas en su mayor parte, se alejan de la seriedad con que la Escritura y, sobre todo, Jesús hablan de él. No es extraño que, por influjo de esas visiones distorsionadas, mucha gente incluso en la Iglesia ha dejado de tomarlo en serio. Jesús se dejó tentar por él en el desierto y, desde el inicio de su ministerio, se enfrenta a él con su autoridad y le arrebata sus rehenes, como dice magistralmente el pasaje de Lc 11,21-26, mostrando así su poder sobre él. Esta es la autoridad que Cristo concede a sus doce apóstoles cuando les envía a la misión.

Dejando a un lado el tema de la posesión diabólica, que tanta curiosidad insana suscita en la gente, la malicia del diablo reside en la envidia y la mentira. Envidia de los hombres a quienes ha redimido Cristo: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo», dice el libro de la Sabiduría (2,24). Fue la envidia, provocada por la situación de amistad de Adán y Eva con Dios, la que le movió a engañarlos para perderlos con arte lúcido e inteligente. El diablo siempre miente; en él «no hay verdad», afirma Jesús. Desde el Génesis —en la tentación de Adán y Eva— hasta cuando se enfrenta a Cristo, miente. De ahí que la mentira sea su arma fundamental en la lucha contra el hombre. Se explica, pues, que Cristo prevenga a sus discípulos contra la mentira en el sermón de la montaña: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (Mt 5,37).

Educar en la verdad es fundamental para librarse de las insidias del diablo, y hay que reconocer que nuestro tiempo no es amigo de la verdad. Se niega que exista una verdad absoluta y universal; la «deconstrucción» del lenguaje ha llevado al ultraje de la palabra, la palabra dada y la palabra como vehículo de conocimiento de la realidad; la mentira se considera válida para alcanzar determinados fines; y nada hay más dañino que la mentira para arruinar la relación personal y social. En realidad, como dice D. von Hildebrand en su Ética, «la mentira implica una falta de respeto ante la dignidad y la majestad del ser. El mentiroso considera la realidad como algo que está a la disposición de su arbitraria soberanía. Niega la existencia de un hecho tan pronto como no le convenga a sus propósitos por una u otra razón, o le sea desagradable, peligroso o perjudicial […] la inmoralidad intrínseca a toda mentira consiste, en parte, en el desprecio del valor del ser en cuanto tal y en no plegarnos a la realidad en nuestra afirmación».

Decía santa Teresa de Jesús que «la verdad padece, pero no perece». Para librarse del influjo del Maligno, basta permanecer en la Verdad y no temer sus asechanzas. Así lo venció Cristo.

 

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Jueves, 15 Julio 2021 12:28

DECRETO DE OFICINA DE ABUSOS SEXUALES

El Santo Padre Francisco ha dispuesto, mediante el Motu proprio Vos estis lux mundi, del 7 de Mayo 2019, que se establezcan en las diócesis procedimientos para prevenir y combatir los delitos de abuso sexual, que ofenden tan gravemente a Dios, causan daños físicos, sicológicos y espirituales a víctimas y perjudican a la Iglesia de Cristo.

Dicha ley canónica establece en concreto la obligación de informar a la autoridad eclesiástica acerca de las conductas de clérigos y miembros de institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica que pudieran ser constitutivas de delitos relacionados con abusos sexuales, así como otras conductas de autoridades eclesiásticas «que consisten en acciones u omisiones dirigidas a interferir o eludir investigaciones canónicas, administrativas o penales, contra un clérigo o un religioso» (art. 1,b) con respecto a estos delitos.

Para este fin, el art. 2 § 1 de Vos estis lux mundi dispone que las diócesis, «individual o conjuntamente deben establecer, dentro de un año a partir de la entrada en vigor de esa norma, uno o más sistemas estables y fácilmente accesibles al público para presentar los informes», a los que se refiere el art. 1 del Motu proprio, «incluyendo eventualmente la creación de un oficio eclesiástico específico», de todo lo cual informarán al Nuncio Apostólico en España (art. 2 § 1).

Por todo ello,

DECRETO PARA LA CONSTITUCIÓN DE LA OFICINA DE DENUNCIAS DE DELITOS DE NATURALEZA SEXUAL. DIÓCESIS DE SEGOVIA.

1. Que se establezca en la diócesis de Segovia, en la sede la Curia diocesana (C/ Seminario, 4), una oficina destinada a facilitar y asegurar que las noticias o las denuncias sobre posibles abusos sexuales a los que se refiere el art. 1 del Motu proprio sean tratadas en tiempo y forma con la disciplina canónica y civil, respetando los derechos de las partes implicadas.
2. Al frente de la oficina se establece a un director/a, que podrá eventualmente ayudarse de personas con experiencia y conocimiento jurídicos-penales y psicológicos-psiquiátricos, cuyos nombres se darán a conocer cuando el obispo las nombre en su debido momento.
3. Corresponde al director/a de la oficina, entre otras, las siguientes funciones:
a. Recibir cualquier tipo de denuncia o información —directamente de la presunta víctima o de terceros—, relacionada con las conductas a las que se refiere este decreto, de lo cual acusará recibo al denunciante y, en su caso, a la presunta víctima.
b. Recoger cuantos datos sean necesarios a efectos de la identificación del denunciado y de las posibles víctimas, así como cualquier ulterior dato relacionado con los hechos invocados y con las personas afectadas.
c. Orientar al denunciante y, en su caso, a la presunta víctima sobre la tramitación procesal, tanto en la vía canónica como en la civil.
d. Ayudar inicialmente a las presuntas víctimas con un atento acompañamiento personal.
e. Enviar al ordinario el acta de denuncia y de las actuaciones realizadas con discreción y celeridad, dejando constancia documental del envío y de su fecha, de lo que se dará noticia al denunciante.
f. Custodiar debidamente el correspondiente registro.
g. Informar periódicamente a la autoridad eclesiástica competente de la actividad realizada.
h. En caso de denuncia oral, se deberá levantar acta de todo cuanto se afirme, que deberá ser firmada por el denunciante, dejando constancia igualmente de las actuaciones realizadas, para lo que se requerirá la presencia de un notario canónico.
i. No le corresponde a esta oficina realizar un juicio de verosimilitud sobre los hechos, sino recabar los datos invocados por el denunciante.
4. Recibidas las actas de la oficina de recepción de denuncias, el ordinario procederá a su examen y actuará en cada caso conforme a derecho.

Y para que conste, lo firmo y sello en Segovia a veintiséis de abril de dos mil veinte.

Oficina de denuncias de abusos en la Diócesis de Segovia


El Obispo de Segovia, Mons. César A. Franco Martínez, en cumplimiento de lo que dispone el Papa Francisco en el Motu proprio Vos estis lux mundi, de fecha 7 de mayo de 2019, en el Artículo 2, ha publicado un Decreto, de fecha 1 de mayo de 2020, por el que se crea una Oficina destinada a facilitar y asegurar que las noticias o denuncias sobre posibles abusos sexuales a los que se refiere el Artículo 1 del citado Motu proprio sean tratadas en tiempo y forma, de acuerdo con la disciplina canónica y civil, respetando los derechos de todas las partes implicadas.

Para el desempeño de esta tarea se nombra a Dña. Ana Isabel Gallardo Martin, como directora del mismo. La dirección de la sede de la Oficina es: Obispado de Segovia. Calle del Seminario 4, 40001 SEGOVIA. Y el teléfono de contacto es 608 814 708.

«Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46)

Carta pastoral con ocasión del Año Jubilar de Nuestra Señor del Henar

 

Queridos diocesanos:

El Papa Francisco nos ha concedido la gracia de celebrar un año jubilar con ocasión del cuarto centenario del breve pontificio de Gregorio XV mediante el que establecía la fiesta de Nuestra Señora del Henar el 9 de agosto de 1621. Desde entonces la devoción a la Virgen en el santuario que lleva su nombre ha crecido hasta convertirse en una seña de identidad de la diócesis de Segovia y en un lugar privilegiado de piedad mariana de Castilla y León. En torno a la imagen venerada de María y a su santuario se ha desarrollado, además, una cultura popular en la que el folclore castellano y, especialmente, la música, ha encontrado su cuna. Se cumple una vez más que la fe cristiana es inspiradora y creadora de cultura cuando realmente arraiga en el pueblo.

            Con ocasión de este año jubilar deseo dirigirme a los diocesanos para animarles a aprovechar las gracias que trae consigo. Los jubileos nos recuerdan, en primer lugar, que Dios es Señor de la historia y la conduce hasta la segunda venida de Cristo. La nota de los jubileos, como indica su nombre, es la alegría de la salvación que su Hijo nos ha traído con su encarnación en el seno de María. Nos alegramos, pues, de que el Hijo de Dios e hijo de María viva entre nosotros y comparta nuestro destino haciendo de todos los hombres hermanos. Nos alegramos de pertenecer al pueblo santo de Dios, al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Nos alegramos por el amor que Dios nos tiene y nos hace capaces de amar a los hombres como él mismo los ama. Y nos alegramos de comunicar a otros el evangelio de la alegría, de la verdad y de la vida.

1.        Llamados a la conversión y reconciliación

            Hemos atravesado tiempos difíciles de pandemia, que aún convive con nosotros. Muchos nos han dejado, otros han sufrido dramáticamente la enfermedad y sus secuelas, y todos hemos experimentado la fragilidad e, incluso, el temor a morir. En estas circunstancias, la celebración de un año jubilar tiene más significación. Levantamos los ojos a nuestra Madre y Señora del Henar para suplicarle que acabe la pandemia y nos permita vivir con salud y normalidad la vida cotidiana. Ella, que es Madre, comprende nuestras necesidades y, como en las bodas de Caná, las presenta a su Hijo para que las remedie. «Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos», rezamos en la Salve. Y añadimos: «muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre». María, en efecto, nos muestra a Jesús como Salvador del mundo y consuelo en la tribulación.

La misión de María es conducirnos a su Hijo. «Ponme con tu Hijo», suplicaba san Ignacio de Loyola. Un jubileo mariano tiene su centro en Cristo, «guía de la salvación» (Heb 2,10), aunque se celebre en honor de su Madre. Por eso, la gracia fundamental del Jubileo, es la conversión a Cristo y la reconciliación para vivir siempre como hijos de Dios. Os invito, por tanto, a pedir la conversión y responder a la llamada de Dios a través de san Pablo: «En nombre de Cristo, os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Cor 5,20). Los graves problemas de nuestro tiempo tienen como raíz el orgullo y la prepotencia del hombre que, alejado de Dios, se considera totalmente autónomo y señor de sí mismo. La realidad, tan dura como la que vivimos en esta pandemia, nos dice lo contrario. El hombre no tiene el dominio sobre el mundo, ni es capaz de salvarse a sí mismo no solo de la muerte, sino de sus propias miserias, fragilidades y fracasos.  Un mundo sin Dios se destruye a sí mismo. De ahí que el Evangelio nos llame constantemente a la conversión, a salir de nosotros mismos en búsqueda de Dios y de nuestros hermanos para ofrecerles nuestra ayuda. Solo la caridad da plenitud al hombre y le hace ser feliz.

            La reconciliación supone reconocer nuestras culpas y confesarlas al único que puede perdonar y santificar: Cristo Jesús. La Iglesia es casa de reconciliación y de perdón. Y el sacramento de la confesión es como un segundo bautismo que nos purifica de todo pecado. Este sacramento no ha pasado de moda, es muy actual. Basta mirar al mundo para comprender la necesidad que tenemos de ser perdonados por tantos graves atentados contra la persona, su dignidad y derechos, que degradan a quienes los cometen y a toda la sociedad que termina por acostumbrarse al mal que nos rodea. Cristo amó al pecador, pero denunció y condenó el pecado. Tiende la mano siempre al que ha caído, pero le anima y exhorta a no pecar más. Está siempre dispuesto a la misericordia y nos exige ser misericordiosos con nuestros hermanos.

2.        Llamados a evangelizar

            El jubileo es también una ocasión de evangelizar a quienes no tienen fe, la viven con tibieza o la han perdido. Cuando Cristo predica en su ciudad de Nazaret, anuncia un año de gracia del Señor, proclama la noticia más bella jamás escuchada: Dios viene a liberarnos. Hoy se habla mucho de libertad, pero, como decía san Pablo, utilizamos la libertad «como estímulo para la carne» (Gál 5,13), es decir, en nuestro propio beneficio y para nuestras satisfacciones. La libertad que nos ofrece Cristo es la que nos libera de nuestro propio interés, del egoísmo y del afán de dominio sobre los demás. Se es verdaderamente libre cuando se ama y se entrega la vida por los demás y por el bien común. Evangelizar es dar testimonio de esta libertad que tiene en Cristo su más potente ejemplo y estímulo. Los cristianos nos hacemos creíbles si conformamos nuestra vida a la del Señor que no «ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

A lo largo de este año se convocarán muchos actos pensando en destinatarios diversos: jóvenes, niños, adultos, personas mayores, etc. Los fundamentales serán, sin duda, los actos litúrgicos: eucaristías, adoración al Santísimo, la liturgia del sacramento de la confesión, las devociones marianas, retiros espirituales, etc.  Otros tendrán una finalidad catequética y formativa. También habrá actos culturales, que ayuden a comprender que la fe cristiana no está separada de la vida social, sino que forma parte de su expresión más genuina a través del arte, la música, la poesía y todo lo que el hombre es capaz de crear animado por las convicciones religiosas que han configurado nuestro pueblo. Todos estos actos deben estar unidos por un mismo fin: trasmitir a la sociedad que la fe y la vida no son dos realidades separadas ni contrapuestas, sino que se relacionan en perfecta armonía y contribuyen a que la alegría sea plena y perfecta.

3.        Llamados a la caridad

            Tampoco puede faltar en este año jubilar la intensificación de la caridad con aquellos que más necesitan nuestra cercanía y ayuda material y espiritual. Los jubileos han sido siempre ocasión para redimir condenas, ofrecer libertad a cautivos, crear cauces e instituciones que ayuden a superar las esclavitudes que padecen los hombres de cada época. La promoción integral de la persona, el desarrollo de una sociedad que piense en el bienestar de los más pobres, la lucha contra todo tipo de desigualdad y marginación, la protección de los más débiles, la atención a las personas que viven en soledad o en situación de riesgo por falta de recursos o por el abandono de los suyos, son signos inequívocos de que el año jubilar es un año de gracia para aquellos que son los preferidos de Dios porque son los más olvidados de los hombres. También la Virgen, desde su trono de gracia, los mira con piedad y renueva su Magníficat cantando las misericordias de Dios que ensalza a los humildes y enriquece a los pobres. Invito, pues, a que este año jubilar potencie la caridad individual y comunitaria de manera que nadie se sienta al margen de la vida de la iglesia por culpa de nuestro desinterés, negligencia o pecado. Recordemos que «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20).

4.        Peregrinar con fe y desprendimiento

            Peregrinar es un acto de fe y de desprendimiento. Creemos en el Dios que sacó a Abrahán de su tierra, casa y parentela para conducirle a una tierra llena de promesas, figura de la mansión celeste. También su Hijo Jesucristo dejó la morada celeste para peregrinar por este mundo acompañando a los hombres, y lo hace ahora con cada uno de nosotros. La fe, cuando es verdadera, lleva anejo el desprendimiento. Ponerse en camino con lo necesario e imprescindible, es peregrinar en la fe en espera de llegar al lugar santo que nos habla de la patria del cielo.

El Santuario de Nuestra Señora del Henar será durante este año, la meta de nuestra peregrinación. Vayamos a él, desde todos los lugares de la diócesis, con fe y desprendimiento de todo lo que impide caminar con ligereza, con libertad y con la alegría de ir a la casa de nuestra Madre. Ella nos espera, porque durante toda su vida fue peregrina: de Nazaret a Ein Karem y a Belén; de Belén a Egipto; de Egipto a Nazaret; y de Nazaret, siguiendo a su Hijo, por los caminos de Palestina. Peregrina fue, sobre todo, en el camino hacia al Calvario para llegar a ser la Madre de todos los cristianos. Y peregrina es porque no hay rincón de este mundo donde ella deje de ir a ejercer su papel de Madre y buscar la unidad de los hijos de Dios dispersos.

            Ella es maestra de la fe y del desprendimiento. Creyó al recibir el mensaje de Gabriel y su vida quedó colgada de Dios para siempre. Se desprendió de su voluntad para caminar libre de todo lo que no fuera la voluntad del Padre y el amor de su Hijo. Por eso es la que muestra el camino, que es Cristo, y la que acompaña a la Iglesia que «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» (San Agustín. Cf. LG 8)

            Que nuestra Madre y Señora del Henar nos colme con todas las gracias y dones de su Hijo en este año jubilar y conceda a la Iglesia de Segovia cantar con ella su Magníficat y vivirlo con pureza y alegría de corazón.

            En Segovia, a veinticinco de marzo de dos mil veintiuno, solemnidad de la Anunciación del Señor.

            Con mi bendición y afecto

           

           

            + César A. Franco Martínez

            Obispo de Segovia

Las lecturas de este domingo coinciden en un tema común: el rechazo del profeta. Ezequiel, Pablo y, finalmente, Jesús, son rechazados por llamar a la conversión a su pueblo. Ezequiel es enviado a un pueblo obstinado y rebelde que ha ofendido a Dios. El profeta debe cumplir su misión tanto si le hacen caso como si no. Así sabrán que «hubo un profeta en medio de ellos».

San Pablo reconoce que, para que no sea soberbio le han metido en la carne «una espina, un ángel de Satanás» que le abofetea. Se refiere a las dificultades que tuvo que experimentar en el ejercicio de su ministerio: insultos, privaciones, persecuciones y los sufrimientos padecidos por Cristo y su evangelio. Esos son los obstáculos que, interpretados como debilidades, convierten su ministerio en una lucha permanente.

Jesús, finalmente, después de enseñar en la sinagoga de Nazaret, padece también el rechazo de su pueblo, por la única razón de que es uno de los suyos. Aun reconociendo que posee sabiduría y que sus manos realizan milagros, se escandalizan de él y le rechazan. «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa», sentencia Jesús admirado de su falta de fe.

El destino del auténtico profeta siempre está marcado con el estigma del rechazo. De ahí que resulte tan incómodo ser profeta y existan tan pocos. Proclamar la verdad y la conversión, llamar a los rebeldes a la obediencia y proponer la vida evangélica es determinarse a abrazar la cruz. La palabra de Dios, y su proclamación, no admite componendas. Jesús nos advierte que no se puede servir a dos señores: a Dios y a los poderes de este mundo. Por eso el profeta, si quiere salvar su vida y ministerio, debe afrontar su destino, sin temer los juicios que puedan emitir sobre él. Así le dice Dios a Ezequiel: «Y tú, hijo de hombre, no los temas, ni temas sus palabras, aunque te rodeen cardos y espinas, y estés sentado sobre escorpiones: no temas sus palabras ni te espantes de ellos, porque son un pueblo rebelde. Les dirás mis palabras, te escuchen o no te escuchen, porque son unos rebeldes» (Ez 2,6).

Los cristianos, sacerdotes y, sobre todo, los obispos, en cuanto profetas, tenemos una ineludible vocación profética, que, a causa de nuestra natural debilidad, nos cuesta ejercer por el temor a ser rechazados o incomprendidos por quienes rechazan de antemano la verdad, la justicia y el orden moral. Nos acobarda el juicio que viene de fuera y nos olvidamos del juicio que viene de Dios. Para fortalecer nuestro carisma profético, conviene no olvidar lo que dice Dios a Ezequiel: «Si yo digo al malvado “morirás inexorablemente”, y tú no lo habías amonestado ni le habías advertido que se apartara de su perversa conducta para conservar la vida, el malvado morirá por su culpa; pero a ti te pediré cuenta de su vida. En cambio, si amonestas al malvado y él no se convierte de su maldad y de su perversa conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida» (Ez 3,18-19).

Salvar o perder la vida es un tema predilecto de la predicación de Jesús. Nos jugamos la vida en la medida en que permanecemos fieles a Dios y a su palabra. Nos desautorizamos si, en el equilibrio de falsas componendas, ponemos sordina a la Palabra de Dios. Por eso Dios le hace comer a Ezequiel el rollo de su palabra. «Abre la boca y come lo que te doy —le dice—. Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escrito elegías, lamentos y ayes» (Ex 2, 8-10). De igual modo, Jesús nos advierte de la ruina que conlleva edificar una casa —en este caso la Iglesia— si no tiene como fundamento su Palabra.

+ César Franco

Obispo de Segovia

[Imagen: San Óscar Romero]

 

Una de las definiciones que Jesús da de sí mismo es «yo soy la vida». Lo dice de modo absoluto indicando su poder de dar la vida en plenitud, es decir, más allá de la muerte. Los tres relatos evangélicos que narran milagros de resurrección pretenden afianzar esta convicción. Naturalmente, en estos milagros se trata de devolver la vida física a quienes habían muerto; no se trata de la resurrección que conlleva la superación y transformación de esta vida terrena. En este sentido se habla de resucitación más que de resurrección, o, con palabras de santo Tomás de Aquino, de resurrección imperfecta en contraste con la perfecta, la que esperamos al fin de los tiempos cuyo paradigma ejemplar es la resurrección de Cristo.

San Marcos es un evangelista que, a pesar de su sobriedad, compone relatos llenos de viveza y dramatismo para presentar a Jesús y, en el caso de este domingo, su poder de dar vida. Hoy leemos el milagro de la resurrección de la hija de Jairo, jefe de sinagoga, que, postrándose a sus pies, le ruega que acuda a su casa para sanar a su hija que está muy enferma. Jesús parte con él en dirección a su casa, pero en el camino una mujer que tenía flujos de sangre y había gastado casi toda su fortuna en médicos, convencida de que con solo tocar el borde del manto de Jesús se curará, se abre paso entre la gente agolpada en torno a él y logra tocarle el manto quedando curada de inmediato. La descripción de este hecho es magnífica. Jesús se detiene y pregunta quién le ha tocado. Los discípulos se asombran ante una pregunta insólita pues todo el mundo le apretujaba. No perciben que Jesús habla de un «tocar» con fe viva. Al sentirse descubierta, la mujer confiesa que ha sido ella y recibe el elogio de Jesús: «Hija, tu fe te ha salvado».

Mientras tanto, el lector del evangelio se inquieta porque este episodio inoportuno de la hemorroísa puede demorar la curación de la hija de Jairo. ¿Llegará a tiempo de sanarla? Una embajada de personas de la casa de Jairo trae la noticia de que la niña ha muerto. Ya no merece la pena molestar al maestro, dicen a Jairo. Pero Jesús, atento a lo que hablan, no declina su intención de ir a la casa, sino que dice al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que tengas fe». El camino hacia la vida sigue abierto y, cuando Jesús llega a la casa y se encuentra con el alboroto de las plañideras, impone silencio y dice: «la niña no está muerta; está dormida». Después, acompañado de sus padres y de los tres discípulos predilectos, coge de la mano a la niña y le dice en arameo: «Talitha qumi» (niña, levántate). Y la niña resucita. Todos se llenaron de estupor.

Es evidente que Marcos ha puesto sus recursos literarios al servicio de la fe. El camino de Jesús hacia la casa de Jairo es portador de vida. En un inciso, cuando la hemorroísa toca a Jesús, dice Marcos que este notó que «había salido fuerza de él», indicando que el milagro no se realiza de modo automático sino por voluntad de Cristo. En ambos milagros es la fe en Jesús la que actúa como fundamento. «Basta que tengas fe», le dice a Jairo. Y es la fe —la de Marcos y la de la Iglesia— lo que resalta el evangelista para presenta a Jesús como fuente de vida inagotable. En realidad estos milagros confirman lo que dice el libro de la Sabiduría en la lectura de hoy: «Dios no ha hecho la muerte ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte […] Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los de su bando». Jesús ha venido para acabar con el imperio de la muerte. Y Marcos lo narra así.

             

+ César Franco

Obispo de Segovia

[imagen: Pintura estuco s. IV Catacumbas de San Pedro y San Marcelino]

 

 

Jueves, 08 Julio 2021 14:18

Carta a un neopresbítero

Querido Álvaro: esta tarde serás ordenado sacerdote de Cristo en el marco hermoso de la catedral de Segovia. Mediante la imposición de las manos y la oración de la iglesia, Cristo te identificará con él para siempre con la única finalidad de hacerse presente en ti a favor de los hombres como mediador de la salvación. Desde que por vez primera oíste su llamada, han pasado años de formación, estudio y vida comunitaria con compañeros que ya son sacerdotes o lo serán pronto. Has vivido en la escuela de Cristo para conformarte con él, sentir y amar como él, y vivir con la conciencia del apóstol Pablo que decía: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

No te canses de saborear estas palabras. Al levantarte, al acostarte, al realizar tu ministerio. Es la clave para ser «otro Cristo», aunque seas un pálido reflejo de su persona. No olvides que ya no vivirás para ti, sino para él y para los hombres que ponga en tu camino. Te postrarás en el suelo reconociendo tu pobreza; escucharás la letanía de los santos que interceden por ti ante la Santa Trinidad; postrado, sentirás la fuerza de la gracia que en breves instantes te trasformará en ministro de Cristo y de la Iglesia. De rodillas ante el obispo, en un silencio más elocuente que cualquier palabra, sentirás las manos del obispo sobre tu cabeza, que, con el poder del Espíritu, te consagrarán sacerdote para siempre. Ya no serás el mismo. Cuando los sacerdotes pasen ante ti y te impongan las manos comprenderás que te remontas, a través de las generaciones, a los orígenes del cristianismo cuando Cristo, en la última cena, instituyó el sacerdocio diciendo «haced esto en memoria mía». Cuando te levantes y te impongan las vestiduras sacerdotales, el pueblo entenderá que Cristo se nos da nuevo en tu pobre persona revestida de su dignidad.

Tus manos serán ungidas para celebrar la eucaristía en la que, actuando en la persona de Cristo, dirás las palabras que deberán resonar siempre en tu existencia: Tomad y comed, tomad y bebed… Tu vida está llamada a ser lo que realizas en el altar. Dejas de pertenecerte a ti mismo para pertenecer a Cristo y a su iglesia. Serás siervo, ministro, administrador, nunca dueño. No buscarás otra cosa que la gloria de Dios y el servicio de los hombres. El sacramento del orden realizará una cierta expropiación de ti mismo, potenciando tu propio ser y cualidades, puesto todo a disposición de Cristo.

Serás un homo ecclesiasticus, nunca un «funcionario clerical». Huye de todo lo que te recluya en el mundo asfixiante de las luchas e intrigas internas de la iglesia, de los grupos cerrados en sí mismos que persiguen cuotas de poder, de todo lo que te desvíe del centro vital de la Iglesia, que es Cristo y su amor por los hombres. Los cristianos no formamos guetos cerrados. Somos la iglesia del Señor que no conoce fronteras ni se alimenta de ideologías de uno u otro signo, sino del evangelio de Cristo, que nos hace libres para proclamar la verdad de la salvación y amar sin acepción de personas. En la iglesia, a pesar de los conflictos e imperfecciones de quienes la formamos, encontrarás siempre tu patria y, latiendo, a su ritmo, vivirás la universalidad propia de la fe y del ministerio sacerdotal. Gozarás de tu pertenencia a Cristo que día tras día te irá configurando, si te dejas, con sus entrañas de Buen Pastor que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida por los hombres. Piensa que cuando los fieles besen tus manos, lo besan a él, que ha querido, sin mérito alguno de tu parte, llamarte por su nombre para hacerte tan totalmente suyo que, cuando pienses en ti, siempre te reconozcas en Él. Enhorabuena.

+ César Franco

Obispo de Segovia

© 2018. Diócesis de Segovia