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Como antesala de la Jornada Mundial de las Misiones, el popular DOMUND, que este año se celebrará el 20 de octubre, el claustro de la catedral de Segovia acogerá la exposición “El DOMUND al descubierto”
La muestra se inaugurará mañana martes en el claustro de la catedral a partir de las 12:30 de la mañana, estarán presentes…………………………….
Este año por deseo expreso del Papa Francisco se celebra el mes de octubre como mes misionero extraordinario bajo el lema “Bautizados y enviados: la iglesia de Cristo en la misión del mundo”. Se ha elegido el año 2019 para conmemorar el centenario de la primera encíclica misionera firmada por Benedicto XVI con el nombre de “Maximun illud”.
La exposición que ha estado en otras ciudades como Madrid, Sevilla o Valladolid, llega a nuestra diócesis con el objetivo de sensibilizar y dar a conocer el DOMUND, y suscitar el deseo de sintonizar con el trabajo que desempeñan nuestros misioneros por los rincones del planeta.
Al adentrarnos en esta muestra el visitante recorre 90 años de historia del DOMUND, los modos y maneras de colaborar y participar en las misiones.
En este maravilloso recorrido hay un espacio destinado al recuerdo de los misioneros de la diócesis, en este caso los segovianos, siendo un merecido homenaje a su trabajo.
La diócesis de Segovia cuenta en la actualidad con 112 misioneros de las cuales 63 son mujeres. La mayor parte destinados en países del continente americano.
La exposición podrá visitarse en el horario de apertura de la catedral hasta el 20 de octubre, día en que se celebrará la tradicional encuestación del DOMUND.
OTRAS ACTIVIDADES DEL MES DE OCTUBRE.
Además de la exposición el secretariado de misiones ha organizado una vigilia mañana martes día 1 , en el Convento de las Madres Carmelitas (C/ Marques del Arco, 40) , a las 18:00 horas, haciéndola coincidir con el día de celebración de Santa Teresita del niño Jesús, patrona de las misiones.
La clausura del mes misionero extraordinario se desarrollará en la S.I. Catedral con una Eucaristía de envió, el dia 27 de octubre a las 12:30 horas.

 

TORREIGLESIAS INAUGURA LA IGLESIA EL PRÓXIMO DIA 28.

Durante algo más de tres meses la iglesia de la localidad segoviana de Torreiglesias se ha visto sometida a un proceso de restauración importante para evitar los problemas existentes en el tejado o cubierta así como las humedades de los muros.
El en proyecto inicial estaba previsto la sustitución de las vigas en la cubierta por cerchas metálicas, aislamiento y retejo con la tradicional teja segoviana, ascendiendo el importe de la misma a algo más de 60.000€.
Al comenzar los trabajos se vio necesario, por parte de los técnicos del obispado, así como por la dirección de la obra, el retejo del ábside, aprovechando la instalación de los andamios, y el picado de los muros que estaban sometidos a un proceso de humedad importante con el consiguiente deterioro que produce en el templo.
A esto se añade el retejo del baptisterio y su adecuación interior además del cambio de ventanas, puerta principal, saneamiento y pintura interior.
Todo ello ha supuesto que en la intervención en templo haya sido de más de 100.000€ de los cuales la parroquia ha aportado más del 60%; el resto se ha financiado por parte del Ayuntamiento de la localidad con 9.000 € la S.I. Catedral de Segovia con 20.000 € y el Obispado más de 8.000 además de facilitar la dirección de obra, el proyecto y el asesoramiento.

El sábado a las seis de la tarde se celebrará una Eucaristía, con motivo de la reapertura a los actos de culto.

OTRAS INTERVENCIONES EN TEMPLOS DIOCESANOS.
La comunidad parroquial de Marugan ha financiado el tratamiento antitérmitas, las obras para evitar las humedades y el solado del interior del templo. En próximas fechas se hará una intervención importante en la iglesia parroquial de Grado del Pico, así como la adecuación interior de la Casa Rectoral de la Virgen de la Fuencisla.

Viernes, 27 Septiembre 2019 10:58

Comunicado estado de salud del Obispo Diocesano.

Comunicado: estado de salud de Don César, obispo de Segovia

En la revisión médica que a Don César se le practicó ayer, jueves, los médicos aconsejaron continuar con el reposo. En previsión de posibles riesgos y por precaución le aconsejan no viajar. Por ello, no estará presente durante la celebración de la clausura de la novena de la Virgen de la Fuencisla.

Él se mantiene unido espiritualmente a toda la Diócesis.

Sigamos rezando por su pronta recuperación.

 

Un año más, la fiesta de la Fuencisla nos congrega junto a la Madre que alienta nuestra fe, esperanza y caridad y nos conforta en nuestras debilidades. Junto a ella, experimentamos que, como familia de los hijos de Dios, contamos con la presencia de la Madre de Cristo que acompaña a la descendencia de Jesús y vela por ella, como dice el libro del Apocalipsis.
Como obispo, de modo particular, tengo que manifestar mi gratitud a la Virgen por su presencia a mi lado en este tiempo de enfermedad, porque la desolación no ha podido hacer mella en mí, gracias a su cuidado maternal y poderosa intercesión. ¡Gracias, Madre, porque me has permitido recuperarme de las dolencias que he sufrido y porque en ningún momento te he dejado de sentir cercana! Como en las bodas de Caná, has puesto mi debilidad ante los ojos de tu Hijo y le has dicho que me faltaba el vino de la salud y de la prosperidad, y el Señor me ha restablecido para que pueda servir a su pueblo. Como Madre has permanecido firme al pie de mi pequeña cruz y me has enseñado a ofrecer mi sufrimiento y debilidad, con la mirada clavada en tu Hijo. Señora, ¡aquí me tienes! Mi corazón rebosa gratitud, afecto de hijo y alabanza porque, como tú dijiste en el Magnificat, el Señor hace proezas con su brazo y su misericordia se extiende de generación en generación.
Comenzamos un curso pastoral y queremos poner bajo la mirada atenta de María nuestra actividad evangelizadora. Queremos hacerlo con las actitudes de María, estrella de evangelización, que nos marca el camino descubriendo el horizonte que debemos tener en cuenta en toda programación.
María nos pone, en primer lugar, bajo la obediencia de Cristo: «Haced lo que él os diga». Reconocer el Señorío de Cristo es aceptar que somos siervos suyos, administradores, humildes obreros de su Hijo. No inventamos nada, sino que ponemos en práctica lo que él nos ha enseñado a lo largo de tantos siglos de historia para que la Iglesia sea el lugar de la salvación y de la gracia, de la acogida y de la misericordia, el hogar donde todos los hombres pueden reconocerse hermanos.
Cada cristiano debe aprender a decir con nuestra Madre: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». No hacemos nuestra voluntad, ni llevamos adelante nuestros planes sin la perfecta aceptación de la voluntad de Dios, al que servimos. Sin esta actitud de servicio, no podemos avanzar en la misión. Es preciso la docilidad al Espíritu Santo para que sea él, y no nosotros, el verdadero protagonista de la historia de la salvación como sucedió desde la Encarnación a Pentecostés. Bajo su acción, toda la comunidad diocesana se pone en marcha y avanza con seguridad por los caminos de la historia. La presencia de María en Pentecostés como Reina de los apóstoles, indica que ella tuvo parte muy activa en el desarrollo de la Iglesia. ¡No en vano ella es el tipo perfecto de la Iglesia!
María nos enseña, además, la alegría de pertenecer a la Iglesia y cantar las maravillas de Dios. La alegría de evangelizar aparece cuando María visita a su pariente Isabel y la colma de gozo con la presencia oculta del Mesías en su seno. Sin hacer alarde de nada, su presencia es netamente evangelizadora al ser portadora de Cristo. Hagamos lo mismo y experimentaremos que el mundo se alegra con la presencia del Príncipe de la Paz.
Quiera Dios que esta alegría alcance a los más pobres y necesitados, a los humildes y sencillos de corazón, a los que viven agobiados y cansados por la vida. A quienes han perdido la esperanza y no conocen a Cristo, para que ellos, con María, puedan cantar eternamente las misericordias del Señor. Entenderemos entonces aquellas palabras de San Agustín: «¡Canta y camina!».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

En los tratados morales que explican las virtudes cardinales, se distingue la prudencia sobrenatural de la astucia de la carne. En cuanto a la primera, es virtud sobrenatural porque, con la mirada puesta en el fin último, que es Dios, dirige todos sus actos a la consecución del mismo y la salvación del alma. Está siempre regida por la caridad. La astucia de la carne nace del propio interés y busca que todo concurra en la satisfacción de sus propios instintos aunque no sean pecaminosos.
En el evangelio de hoy, Jesús cuenta una parábola conocida como la del administrador infiel, en la que el protagonista, al enterarse de que ha perdido el favor de su amo, busca por todos los medios salvarse a sí mismo del negro futuro que le espera, si el amo le despide. Para ello, comienza a llamar a los deudores y, buscando su favor, les perdona parte de la deuda que deben al amo. De este modo, cuando se encuentre en la calle, encontrará «amigos» que le echen una mano. Cuando termina la parábola, Jesús hace este comentario: «El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz». Es obvio que Jesús no alaba el proceder de este pícaro ladronzuelo, sino las astucia de la carne con que procede. Y contrapone claramente a quienes son «hijos de este mundo» y «los hijos de la luz», dejando claro que son dos comportamientos opuestos.
Jesús, sin embargo, no se contenta con subrayar la astucia del administrador infiel, sino que, tomando pie de su historia, hace unas consideraciones sobre el «vil dinero» que especifican la enseñanza contenida en la parábola. Invita a sus oyentes a menospreciar el dinero, especialmente si se ha ganado con malas artes, para hacer el bien, de modo que, cuando falte, sean recibidos en las moradas eternas. Y, sobre todo, a ser fiel en lo menudo para ser dignos de confianza en lo grande. Es evidente que Jesús amplía el horizonte de la parábola para inculcar el recto comportamiento moral en el uso del dinero y de los bienes temporales. Sólo así, cuando llegue la hora, podrán recibir el premio de una herencia no perecedera.
Que Jesús no piensa sólo en el dinero ganado con astucia de la carne, sino en todo dinero en general, lo indica el final de sus palabras: «Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará a uno y no hará caso del segundo. No se puede servir a Dios y al dinero». Este colofón de la parábola pone de relieve el pensamiento de Jesús sobre el dinero y toda clase de riquezas, que aparece en otros lugares del evangelio: El hombre no está hecho para servir a dos amos. Nacidos de Dios y para Dios, nuestra único Señor sólo puede ser él. Cualquier intento de fundamentar nuestra existencia entre Dios y el dinero es estéril y terminaremos siendo esclavos del dinero. «Guardaos de toda clase de codicia», decía Jesús en el evangelio de un domingo pasado. Si ya de por sí, al hombre le cuesta vivir en la adoración de Dios, ¡cuánto más le costará si se deja llevar por la codicia de los bienes de este mundo, que nos seduce con su apariencia de estabilidad! A lo sumo, el dinero nos traerá en esta vida amigos, poder, disfrute, vanagloria, todo y sólo lo que este mundo puede darnos. La vida del hombre no depende de sus bienes ni consiste en ellos. Un mal golpe de suerte, una enfermedad, la caída de la bolsa, puede acabar en un momento con el fundamento de nuestra postiza felicidad. Por eso, la prudencia sobrenatural que orienta nuestros actos al bien supremo es la única que nos hace vivir como hijos de la luz, la luz eterna que hace palidecer toda riqueza.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Viernes, 13 Septiembre 2019 10:47

La alegría de la fiesta.D. XXIV Tiempo Ordinario

En las parábolas de la misericordia Jesús nos ha dejado el retrato de su Padre. Si por un azar, los evangelios se perdieran y sólo nos quedáramos con estas tres parábolas de Lucas, habríamos conservado la quintaesencia de la enseñanza de Jesús sobre la misericordia del Padre.
Es sabido que en estas parábolas Jesús se defiende de quienes, entre los fariseos y los letrados criticaban su relación con los pecadores, dado que un maestro de la ley debía evitarla. Jesús les dirige este alegato para que conozcan cuál es el secreto del juicio de Dios sobre los pecadores arrepentidos.
En las dos primeras parábolas sorprende la desproporción del comportamiento del pastor que abandona sus noventa y nueve ovejas por salir a buscar solo una. Y el de la mujer que pierde una moneda y pone todo su empeño en encontrarla. Quiere decir, en ambos casos, que lo perdido es más estimable que lo poseído. Y que una oveja y una dracma tienen el valor del conjunto. Por otra parte, para un pastor que ama a sus ovejas, cada una tiene un gran valor, y para una mujer que seguramente ha perdido una dracma de la dote de su boda, como parece ser el caso, se trataba de la décima parte de su pequeño tesoro.
En la tercera parábola la relación no es la del propietario con sus cosas, sino la del padre con su hijo menor, que se marcha de casa para dilapidar la parte de su hacienda. Entra el juego la relación paternofilial que va más allá del valor de un objeto.
La parábola del hijo pródigo está cargada de simbolismo. En su desvarío, el hijo termina cuidando puercos, animal impuro para los judíos, símbolo de la bajeza de su estado. El traje, la túnica, el anillo y las sandalias con que el padre le reviste, indican la recuperación de su dignidad perdida, la que tenía antes de marcharse de casa. El encuentro entre el padre y el hijo está descrito con una conmovedora emoción, pues al padre, al divisar en la lejanía el retorno, echa a correr, conmovido internamente, se le echa al cuello, lo abraza y le cubre de besos. Al hijo apenas le da tiempo a confesar su culpa y arrepentimiento. Todo ha quedado disuelto por el abrazo del padre, que se adelanta en el amor, y lo engendra de nuevo con la misericordia.
Es claro reconocer en la figura del hijo mayor, el símbolo de los fariseos que criticaban a Jesús. El enfado, el orgullo, la negación a entrar en el banquete son actitudes que no corresponden a un hermano bueno, que se alegra del retorno de quien se había perdido. El padre actúa con misericordia, saliendo afuera y recordándole su condición de hijo fiel que cuenta con todo el patrimonio del padre: «Todo lo mío es tuyo». No cabe mayor magnanimidad ni mayor signo de confianza. Este hijo, que se creía bueno, ha estado viviendo en la casa del padre, como si fuera un mercenario, no un hijo; un asalariado, no un heredero; un extraño que no reconoce a su hermano. El «deberías alegrarte» es un reproche del padre que indica la única actitud posible, capaz de derrotar a la envidia asesina de las entrañas misericordiosas. La alegría por el retorno del pecador tiene en el cielo la magnitud de la fiesta, que en la tierra se refleja en el banquete que se da al hijo recuperado, que, para el padre, nunca ha dejado de ser hijo, como el hermano mayor.
El secreto del juicio de Dios es la misericordia que Jesús practica precisamente en la relación que sostiene con los pecadores. Como fruto de ella, la alegría se extiende sobre la tierra porque ha llegado el único que puede acoger a los pecadores e incorporarlos a la fiesta, pues cada vez que uno se convierte hay más alegría en el cielo que por aquellos que, teniéndose por justos, creen que no necesitan perdón. Son estos los que, como el hermano mayor, no entienden la alegría de la fiesta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Las sentencias de Jesús en el evangelio de este domingo apuntan a los fundamentos de su seguimiento. Podemos decir que Jesús establece las condiciones que debe tener en cuenta quien quiera seguirlo. A primera vista, resultan exigentes, pero no hay que olvidar que la exigencia se mide en proporción al fin que se quiere alcanzar. Desde la perspectiva humana, la exigencia en el trabajo es condición necesaria para llegar a ser un auténtico profesional. Nadie pensará ser un excelente médico, ingeniero o arquitecto, si no está dispuesto a ser exigente con el estudio de las distintas disciplinas. Lo mismo podemos decir de aspira a ganar los juegos olímpicos o llegar a ser un virtuoso de cualquier instrumento musical. El alma tiene más exigencias que el cuerpo, porque se trata de salvarse o no, más allá de la muerte y esto no es una cuestión baladí.
Las exigencias de Jesús parten de un principio fundamental: Para seguir a Jesús hay que posponer todo, incluso la propia vida, hay que tomar la cruz y seguir en pos de él. Sólo sabiendo quién es Jesús, el Hijo de Dios, se puede entender su pretensión de no anteponer nada a él. Sólo sabiendo lo que ofrece —la vida eterna— podemos asumir la necesidad de que él sea siempre el primero en nuestras vidas. Lo cual no desmerece el amor a los padres, esposos, familia. Porque todas estas realidades son también don de Cristo. En cuanto a tomar la propia cruz y seguirle, ¿es que se puede entender de otra manera la respuesta a lo que él ha hecho por nosotros? Amor con amor se paga, solemos decir. La cruz es el signo del amor de Cristo, al que sólo corresponde adecuadamente el amor con que aceptamos nuestra propia cruz.
Que el hombre se juega en el seguimiento de Jesús la vida entera lo da a entender las dos comparaciones que Jesús establece, orientadas a discernir con prudencia nuestro comportamiento. Un hombre que desea construir una torre debe calcular primero si tiene medios para ello, no sea que empiece a construir y no logre su objetivo siendo objeto de burlas de quienes lo ven. Del mismo modo, un rey que quiere librar una batalla contra otro deberá ponderar si puede ganarle con diez mil hombres a quien viene a él con veinte mil. Son ejemplos de clara prudencia.
Si en el orden temporal actuamos así, ¿cuál será nuestro comportamiento en el orden espiritual? La vida cristiana es la construcción de un edificio espiritual que debe durar la vida entera. En la construcción de ese edificio entran las virtudes, las actitudes evangélicas, la práctica de la oración y de los sacramentos, la dirección espiritual, las obras de caridad y todo el conjunto de la vida moral. Y todo esto unido con la argamasa de la gracia y docilidad al Espíritu Santo, sin el que no podemos edificar nada. ¿Nos sentamos a considerar si podemos edificarlo? Las veces que hemos fracasado, ¿no se debe a nuestra falta de reflexión y prudencia?
También se compara la vida cristiana con una batalla en la que, como dice san Pablo, no luchamos contra enemigos de carne y sangre, sino con los poderes del mal que están actuando en nuestro mundo y buscan perdernos. Sólo un infeliz, que olvide el poder de estos poderes, sale al campo de batalla mal pertrechado. Caerá en el primer ataque. Los grandes tratados de vida espiritual nos advierten del peligro de ser vencidos por no haber tenido en cuenta las armas del Espíritu que necesitamos poseer y que san Pablo describe admirablemente en la carta a los Efesios 6, 11-13. Sin esas armas, podemos dar por segura la derrota. El mismo Jesús nos ha dicho, en el momento de su prueba, que sin vigilancia y oración, somos pura fragilidad. Y nos ha advertido que el enemigo busca constantemente el flanco más débil para introducirse en nuestra casa.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Banquetes y recompensas

La enseñanza moral de Jesús está llena de pequeños detalles, que le sirven para explicar actitudes fundamentales del vivir cristiano. Partiendo de costumbres sociales, Jesús abre el horizonte del conjunto de la vida moral indicando así que en lo pequeño subsiste lo grande. En el evangelio de hoy, Jesús explica dos virtudes fundamentales de la vida cristiana: la humildad y la magnanimidad. La primera constituye el fundamento de la vida moral; la segunda, es la actitud de los espíritus grandes que buscan hacer el bien por encima de todo.
Para ayudar a entender la importancia de estas virtudes, Jesús parte de una costumbre típica de oriente: el banquete, símbolo de comunión de vida y de hospitalidad. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en uno de ellos, observando el comportamiento de los participantes. Viendo que muchos se afanaban por escoger los primeros puestos, exhorta a la humildad haciendo lo contrario: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tu, y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante los comensales. Porque todo el que se enaltece, será humillado y el que se humilla será enaltecido». Escoger el último puesto es propio del hombre humilde que ha superado la convencional apariencia de ser importante. Parece un gesto trivial, pero no lo es. ¡Cómo nos gusta figurar, sentarnos al lado de personas importantes! Dios no mira las apariencias sino el corazón humilde y pequeño. Sólo a Dios corresponde enaltecer, y suele hacerlo cuando descubre a alguien de corazón humilde.
Por lo que respecta a la magnanimidad, Jesús, dirigiéndose a quien le había invitado, le exhorta a invitar, cuando dé un banquete, no a quienes pueden devolverle el favor —parientes, amigos, vecinos ricos— pagándole con la misma moneda. Por le contrario le anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos. Y la razón que da para este comportamiento tan inusual es la siguiente: «Dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos». Las obras buenas —viene a decir Jesús— las premia Dios, no los hombres. La dicha de hacer el bien consiste en que el hombre no busca recompensa humana, reconocimientos y homenajes públicos. Si fuere así, ya estaríamos pagados y nuestra obra buena habría quedado reconocida en el ámbito de este mundo pasajero. El hombre magnánimo piensa en el bien en sí mismo. Su corazón se abre no a los propios intereses, sino al bien común, que alcanza sobre todo a los más pobres y necesitados. Y la recompensa que tendrá por su caridad es la vida eterna de la resurrección final. Sólo Dios puede premiar de este modo, porque sólo Dios conoce el interior del corazón humano y discierne la rectitud con que hacemos nuestras buenas obras.
En la eucaristía que celebra la Iglesia tenemos presentadas de modo eminente estas dos actitudes evangélicas. La humildad del Hijo encarnado que sirve la mesa ocupando el último lugar, el del siervo que se humilla hasta dar la vida. Y la magnanimidad de quien invita a su mesa a quienes jamás podrán pagarle ese banquete, porque todos los que participamos en él, independientemente de nuestra condición social más o menos elevada, pertenecemos a ese grupo de pobres, lisiados, cojos, es decir, los humildes de la tierra que se sientan con Cristo, no en razón de sus méritos, sino de la amistad que Cristo nos brinda.
+ César Franco
Obispo de Segovia.

Las palabras de Jesús que concluyen el evangelio de este domingo son muy conocidas y las usamos con frecuencia para señalar la paradoja de la vida humana en la que, como si fuera una carrera, los primeros en salir son los últimos en llegar, y los últimos se colocan en la primera línea.
En su enseñanza itinerante, mientras recorría aldeas y ciudades de Palestina, una persona plantea a Jesús esta pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Como en otras ocasiones, Jesús no responde directamente a la cuestión, sin duda por considerar que la pregunta es impertinente, nacida de la mera curiosidad. Como maestro de moral, Jesús responde con una llamada a entrar por la puerta estrecha, pues muchos intentarán entrar y no podrán. En ese día, no valdrá decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Es evidente que, con esta expresión, Jesús se dirige a sus contemporáneos que han tenido la oportunidad de conocerlo, comer y beber con él y escuchar su doctrina abiertamente. Jesús les dice que sólo con eso no se alcanza la salvación. Es preciso algo más para que, cuando llamemos a la puerta del banquete del Reino, se nos abra para participar en él.
¿A qué se refiere Jesús con estas advertencias? Sabemos por otras palabras de Jesús que él entendió su misión, en primer lugar, como una llamada al pueblo elegido para que le aceptara como el Mesías prometido. La mayor parte de su ministerio público lo dedicó al pueblo judío, descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob, que esperaban la salvación anunciada por los profetas. En esta misión, muchos le dieron la espalda y no lo acogieron como Mesías. Pero Jesús no sólo era el Mesías de Israel, sino el esperado de las naciones, es decir, de los pueblos gentiles. Por eso, los evangelios narran episodios en los que Jesús sale a los pueblos paganos, vecinos de Israel, para predicar y hacer milagros. Baste recordar aquí el emotivo encuentro con la mujer sirofenicia que le suplica la curación de su hija con tanta fe que Jesús, conmovido, le concede lo que pide. Aquella mujer de gran fe es el símbolo de los paganos que esperaban la salvación.
Teniendo en cuenta estos datos, entendemos que las palabras de Jesús son un reproche a quienes, perteneciendo al pueblo elegido, le dan la espalda. Jesús les dice que no entrarán en el Reino si no cambian de actitud. Sus palabras no pueden ser más provocativas y luminosas: «Entonces será el llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad. Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». Los primeros destinatarios de la misión de Cristo son los hijos de Israel; los últimos, los paganos. Pero el orden puede invertirse dependiendo de la acogida o no de Jesús como Mesías y Salvador.
Nosotros pertenecemos a esos paganos que han llegado a la fe en Cristo gracias a los primeros evangelizadores. Pero no podemos dormirnos en los laureles, porque también nosotros podemos ser los últimos si no somos fieles al seguimiento del Señor. De hecho, Europa, en su vivencia y práctica de la fe, ha quedado muy atrás en relación a otros continentes que nos aventajan por su vitalidad y dinamismo de la fe. El Papa Francisco ha llegado a decir que la tradición cristiana de Europa se ha trastocado en traición a sus fundamentos. Las palabras de Jesús, advirtiendo que podemos quedar fuera del Reino, valen también para nosotros: De ahí la necesidad de una conversión radical a Cristo y a su evangelio para que cuando llamemos a la puerta del Reino la encontremos abierta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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