marta

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Viernes, 16 Agosto 2019 08:49

Paz y división. D. XX. Tiempo Ordinario.

La fe cristiana implica a toda la persona en su adhesión a Cristo como Hijo de Dios encarnado. Creer no es sólo confesar el Credo. Es, sobre todo, acoger a Cristo como Señor y Redentor del género humano. Razón y corazón van unidos en el único acto de fe que hace el cristiano. Por ello, cuando confesamos la fe, acogemos en nuestra vida a Cristo y buscamos identificarnos con él en deseos, pensamientos, palabras y obras. Es imposible ser cristiano sin implicarse totalmente en la adhesión a Cristo. En el prólogo de su evangelio, san Juan afirma que los que acogen a Cristo han creído en su nombre y han recibido la gracia de ser hijos de Dios.
Acoger a Cristo, optar por él, tiene consecuencias muy serias en la vida ordinaria. Cristo se convierte en un signo de contradicción, dado que marca la frontera entre la luz y la oscuridad, la verdad y la mentira. Han sido muchos desde el inicio del cristianismo los que han muerto a causa de su fe o han sido perseguidos, humillados y marginados. Entendemos así las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo que sorprenden a muchos lectores. Dice Jesús: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Y habla de las divisiones que pueden existir en el seno mismo de una familia a causa de él.
Lo sorprendente de esta afirmación reside en que parece contradecir lo que afirman otros textos del Nuevo Testamento: que Cristo ha venido al mundo para traer la paz definitiva. San Pablo dice que Cristo es «nuestra paz». Sabemos además que su misión es la de reconciliar al mundo con Dios y derribar el muro de odio que se levanta entre los pueblos. Cuando Jesús dice que ha venido a traer división se refiere a que la opción por él puede acarrear divisiones hasta en la misma familia, por la sencilla razón de que no todos están dispuestos a acogerlo. Y así ha sucedido, sucede y sucederá siempre. En este sentido decía que la fe puede traer consecuencias muy serias en la vida ordinaria, como ha ocurrido en la vida de los mártires.
En el evangelio de hoy Jesús dice que ha venido a prender fuego en la tierra y desearía que ya estuviera ardiendo. Se refiere al fuego del espíritu que ungiría a los apóstoles como testigos cualificados del Señor. Pero afirma también que tiene que ser bautizado, expresión que se refiere a su muerte. Jesús es muy consciente de que necesita morir para que el Espíritu descienda sobre el mundo. Esta relación entre muerte de Cristo y venida del Espíritu ayuda a entender las exigencias de la fe cristiana en la vida ordinaria. Lo que el cristiano tiene que sufrir a causa de la fe debe interpretarse a la luz de la entrega de Cristo hasta morir. Su ejemplo siempre ha animado a los cristianos a seguir sus pasos y dar la vida si fuera preciso. Por eso el mártir es el prototipo del creyente que no antepone nada al amor de Cristo.
Hay que reconocer que esta forma de entender la fe resulta muy exigente, incluso para los cristianos. Y ciertamente lo es. Marca la diferencia entre la fe auténtica y la fe acomodada a nuestros propios intereses. El teólogo evangélico, mártir del nacismo, D. Bonhöffer, distinguía con mucha lucidez entre la fe barata y la fe cara. La fe barata es la que ha perdido la exigencia radical que afecta a toda la vida del cristiano. La fe cara es la que, a la luz de la entrega de Cristo por amor, nos permite someternos plenamente a él como Señor de nuestras vidas. Se hace evidente así que el destino de Cristo y el del cristiano están indisolublemente unidos. Como dice san Pedro, hemos sido rescatados por la sangre del cordero. Cristo nos ha amado muriendo por nosotros. La única respuesta posible al amor de Cristo por parte del cristiano es la disponibilidad a hacer lo mismo por él.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

El próximo 18 de agosto los vecinos de Fuensoto volverán a celebrar culto en la iglesia parroquial, tras los dos años que ha permanecido cerrada por problemas estructurales. El Obispado de Segovia, ante los problemas de seguridad que planteaba el templo, tuvo que adoptar la decisión de cerrar al culto este templo hasta que no se acometiesen las obras necesarias para evitar cualquier desprendimiento en las cubiertas.
El proyecto de restauración que ha tenido un plazo de ejecución de mas de un año y medio ha consolidado las cubiertas de la nave y de la torre entre otras mejoras. Las obras se han acometido en 5 fases, ascendiendo la inversión realizada a más de 130.000 €, financiados en gran mayoría por la parroquia y por el Obispado de Segovia.
En la primera y segunda fase los trabajos se centraron en la restauración integral de la cubierta de las naves del templo y de la torre, siendo la inversión más costosa. En una tercera fase se realizó el acondicionamiento de los accesos a la torre y los suelos de la torre y el coro del templo. En las últimas dos fases, los trabajos se han centrado en la modificación y mejora de los accesos desde el exterior al interior de la iglesia, el cambio en la ventanas la limpieza y pintura integral del templo.
El domingo dia 18 a las 12, se celebrará una Eucaristía presidida por el Vicario General de la Diócesis, Ángel Galindo, acompañado por Helber A. Daza , párroco de la localidad y José Mª Bermejo, hermano de San Juan de Dios, natural Fuentesoto.

En este domingo, que coincide con la fiesta de santa Clara, Jesús habla en el evangelio de dos actitudes evangélicas que han hecho de la fundadora de las clarisas un faro esplendoroso en la Iglesia. Me refiero a la pobreza y a la vigilancia que supone el retorno de Cristo al fin de la historia.
Jesús comienza su enseñanza con una vibrante llamada a vender los bienes y dar el dinero a los pobres, porque no se puede servir a dos señores: a Dios y a las riquezas. El corazón del hombre no se puede dividir en parcelas, sino que goza de una unidad admirable, como indica la sentencia de Jesús: Donde está tu tesoro, allí está vuestro corazón. Santa Clara, siguiendo los pasos de san Francisco, entendió esta llamada a la pobreza total como el don que recibía de Cristo para dedicarse enteramente a él. Hija de noble familia, huyó de su casa y cambió su estilo de vida fundando la segunda orden de vírgenes consagradas a Dios, con el estilo de Francisco de Asís. La diócesis de Segovia tiene el privilegio de contar con seis monasterios de clarisas que siguen dando el testimonio de la pobreza como camino de identificación con Cristo. Hoy les agradecemos su existencia y pedimos a Dios que sean muchas las jóvenes que escuchen la misma llamada que sintió santa Clara.
La segunda actitud evangélica que aparece en el evangelio de hoy es la vigilancia porque no sabemos el momento de la segunda venida de Cristo en gloria y majestad. El cristiano —dice Jesús— no es dueño de sí ni de sus bienes. Es un criado, un administrador de los dones que ha recibido de Dios. Por esta razón, debe estar vigilante, a la espera del Señor y dueño de la casa. No debe vivir ajeno al señorío de Cristo, que nos juzgará sobre cómo hemos administrado los bienes que, en último término, vienen de Dios. Y del mismo modo que vigilamos para que el ladrón no desvalije nuestra casa, lo mismo debemos hacer si queremos que el Señor, al llegar, nos encuentre en vela. Esta actitud prudente, propia de quien se sabe siervo y no señor, brilló en santa Clara de manera eminente. Como abadesa del monasterio de san Damián, que san Francisco de Asís se lo entregó como sede para su orden, santa Clara vivió en la constante espera de Cristo, recordando lo que dice Jesús: «Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá». Santa Clara cuidó de sus hijas con la humildad propia del siervo. Las cuidó con ternura, atendía a las enfermas y las protegió de las ocasiones en que el monasterio podía ser invadido por musulmanes y enemigos de la ciudad.
La vigilancia no significaba para ella una fuente de incertidumbre, inquietud o miedo al juicio de Cristo. Era la vigilancia de la esposa que espera la venida del esposo con alegría desbordante. Esta alegría evangélica, junto a la oración y el trabajo, han sido las señas de identidad de las clarisas que se extendieron rápidamente por Europa como un signo de que el evangelio se actualizaba en estas comunidades nacientes. El centro de su vida es Cristo, verdadero tesoro capaz de llenar el corazón del hombre. La llamada «dama pobreza» situaba a Francisco y Clara en el camino de la perfecta imitación de quien no tuvo en la tierra sitio donde reclinar la cabeza. Y la alegría de vivir el evangelio expresa la profunda liberación del redimido que entiende la vida como dependencia del Señor y Criador de todo el universo. Si atendemos bien a lo que sucedió en santa Clara y en sus hijas, no es otra cosa que lo afirmado por Jesús en el evangelio de hoy: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

Por nuestro instinto de conservación y supervivencia, tendemos a acumular bienes pensando que de ello depende nuestra vida. La experiencia, sin embargo, nos dice lo contrario. La muerte no es aliada de nuestros bienes, y llega lo mismo a la casa del rico que a la del pobre. Los bienes nos aseguran una dolce vita o un nivel de bienestar, pero no nos aseguran la vida ni la inmortalidad. Las tumbas faraónicas son el mejor comentario a que la acumulación de bienes no prolonga la existencia ni satisface las expectativas de felicidad que el hombre lleva inscrito en su corazón.
Sabemos también que los bienes son ocasión de muchas divisiones y pleitos familiares. Precisamente el evangelio de hoy comienza con una interpelación que le hace a Jesús uno de sus oyentes: Maestro —le dice— dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Jesús, después de decirle que él no es juez para esos asuntos, afirma: «Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado la vida no depende de sus bienes». “Andar sobrado” es una expresión muy actual cuando queremos decir que alguien vive instalado en la altanería de sus riquezas o incluso en el orgullo de sí mismo por lo que cree ser y tener.
Para que entendamos el sentido de la codicia, Jesús cuenta la historia de un hombre que, ante un año de buena cosecha, decide tirar sus graneros y hacer otros más grandes que almacenen sus bienes. Y se dice a sí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come y bebe y date buena vida». Y concluye Jesús: «Necio, esta misma noche te van a exigir la vida y lo que has acumulado ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios». El contraste entre lo que el hombre piensa y lo que Dios depara es magnífico. La vida del hombre codicioso que se olvida de Dios es una necedad. ¿De quién será lo acumulado? ¿De qué servirá planear el futuro si el hombre no es dueño de su vida? En la catedral de Segovia está el cuadro del pintor flamenco Ignacio de Ries, conocido como el árbol de la vida. Los hombres banquetean en la copa de un árbol mientras el esqueleto de la muerte con su guadaña está a punto de cortarlo. Jesús toca una campana para advertir al hombre de su final trágico y en el ángulo superior izquierdo se leen estos versos: «Mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo; mira que te mira Dios, mira que te está mirando».
A veces este tipo de enseñanzas son tildadas de moralizantes, dando a esta expresión un matiz negativo. Es una forma de no querer mirar la verdad de frente, la verdad de la vida. Nadie negará, si es sabio, que no hay verdad más incontestable que la muerte y que la vida no depende de los bienes acumulados. La verdadera sabiduría, la que enseña Jesús, consiste en ser rico ante Dios y ponderar el fin que damos a nuestros bienes, que puede ser muy fecundo si les quitamos el valor absoluto que no tienen. ¡Cuánto podemos hacer en obras de caridad, en fundaciones benéficas, en atender a los pobres! ¡De cuántas esclavitudes podemos librar a hermanos nuestros que viven en pobrezas radicales, en miserias cuya sola existencia juzga el llamado estado de bienestar!
Jesús, a quien llamamos el Maestro, nos enseña la verdadera sabiduría. La verdadera riqueza es amasar bienes para Dios. Pero Dios no los necesita. Es el bien supremo, feliz en sí mismo. Es obvio que los bienes para el Señor son los bienes para nuestros hermanos. La riqueza alcanza así una finalidad social y fraterna de primera magnitud. Ya lo enseñaban los Padres al decir que sólo somos administradores de nuestros bienes, nunca señores absolutos. Seamos sabios. Es una cuestión de vida o muerte.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Viernes, 26 Julio 2019 11:53

Revista Diocesana. Julio Agosto 2019

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Miércoles, 24 Julio 2019 09:35

Importunar a Dios.D. XII. T.O.

 

En el evangelio de hoy, Jesús, además de enseñarnos a rezar el Padre Nuestro, añade unos consejos que revelan su pensamiento sobre el tema de la oración. Todos parten de que Dios, como Padre bueno, jamás deja de escuchar la oración de sus hijos, aunque a veces parezca que ha cerrado sus oídos a nuestras súplicas. Y argumenta diciendo que, si nosotros que somos malos no damos cosas malas a nuestros hijos, ¡cuánto más Dios dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan! He aquí el secreto de la eficacia de la oración: lo primero que debemos pedir es el Espíritu Santo, el don más grande podemos recibir.
Otro rasgo de la enseñanza de Jesús sobre la oración es la necesidad de insistir. Muy a menudo el cristiano, al no recibir de inmediato lo que pide, se desanima y deja de pedir. Para recalcar la importancia de insistir, Jesús cuenta la parábola del amigo inoportuno, que recibe la llamada de éste cuando ya está la familia en la cama, para suplicarle unos panes para una visita que ha llegado a esas horas. Jesús dice que, aunque sólo sea para que deje de importunar, se levantará de la cama y atenderá a su amigo. La enseñanza es clara: debemos importunar a Dios hasta que acceda a nuestros deseos. Dios quiere que le importunen para saber la confianza que tenemos en la oración. A este respecto es muy elocuente la primera lectura de hoy en la que Abrahán regatea con Dios, como si se tratara de dos comerciantes en un mercado callejero, sobre el número de justos que sería necesario encontrar para que Dios no destruyera la ciudad de Sodoma. Podemos decir que Abrahán le gana a Dios en el regateo, pues de cincuenta —punto de partida puesto por Dios—, consigue descender hasta diez.
Con esta parábola, Jesús nos enseña que Dios quiere ser importunado. En ocasiones, nuestro concepto de Dios nos impide mostrar con naturalidad nuestra confianza, la certeza de que es nuestro Padre y expresar los deseos del corazón con toda simplicidad hasta obtener lo que queremos. Jesús revela una imagen de su Padre que puede ser comprendida hasta por los niños que nos irritan con su insistencia o nos conmueven con sus llantos cuando piden algo que nace de sus deseos más íntimos. Ningún padre —dice Jesús— dará una piedra cuando su hijo le pide pan, ni una serpiente si le pide un pez, ni un escorpión si le pide un huevo. Dios es incomparable en su grandeza y providencia. Dios es siempre infinitamente Padre. Y aunque la distancia entre Dios y el hombre es infinita, la oración tiene el poder de superar esa distancia y situarnos de inmediato en la presencia de Dios con las manos vacías para que él las llene con sus dones. Para ello debemos acentuar la confianza de que Dios conoce nuestras necesidades mejor que nosotros.
También debemos empezar pidiendo lo esencial para pasar a lo que, según nuestro juicio, es de extrema necesidad. Cuando caemos enfermos, como es mi caso en estos momentos, nos parece que lo importante es la curación. Y, desde luego, la pido todos los días. Pero en el plan de Dios, la enfermedad puede ser para mí más necesaria que la salud por los bienes espirituales que me aporta. Por eso, pido a Dios que me eduque en esta situación y aprenda el bien que trae el sufrimiento. No dejaré de pedir la salud, pero pediré a Dios el Espíritu Santo para que, en salud o en enfermedad, en lágrimas o en gozo, reciba, como dice el libro de Job, lo bueno y lo malo, pues sólo así comprenderé el camino de Dios que pasa por mi vida.
Os agradezco a todos los que oráis por mi. Vuestra oración es mi mayor consuelo y esperanza. Yo rezo por Segovia cada día y ofrezco a Dios lo que tenga que sufrir, convencido de que todo es para bien de los que amamos a Dios.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

Miércoles, 17 Julio 2019 07:34

Santiago y la fe en España.

 

El 25 de Julio celebraremos la solemnidad de Santiago apóstol, patrono de España. La tradición del traslado de sus restos a Compostela ha convertido este lugar en uno de los tres lugares más importantes de peregrinación: Jerusalén, Roma y Compostela. Le veneramos con mucho fervor y gratitud por haber traído la fe a nuestra tierra, según una venerable tradición. Desde los inicios del cristianismo, España ha recibido la fe apostólica mediante la predicación de san Pablo y de Santiago, junto a otros varones apostólicos.
Sabemos que Santiago era hermano de Juan, el evangelista, y que ambos eran hijos de Zebedeo, pescador en el lago de Galilea. Jesús les llamó, y dejando a la barca y a su padre, le siguieron. Por su carácter impetuoso, Jesús les impuso el sobrenombre de «hijos del trueno». Como el resto de los apóstoles, pensaban que Jesús iba a ser un mesías político que daría de nuevo a Israel su autonomía y la liberación del yugo de Roma. Es muy conocida la escena en que Santiago y Juan, acompañados de su madre, piden a Jesús ocupar los puestos de su derecha e izquierda en el futuro reino. Jesús les hace una pregunta decisiva para probar su fidelidad a él: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Respondieron afirmativamente, aunque no sabemos si entendieron en un primer momento el alcance de la pregunta que indicaba el martirio de Cristo. Su disposición, no obstante, era generosa. Ambos sufrieron el martirio. Santiago murió decapitado por Herodes Agripa, en el año 44. En el barrio armenio de Jerusalén, la iglesia conocida como la de los dos Santiagos evoca el lugar de su martirio y el del pariente del Señor. Juan, según la tradición, sufrió el martirio, aunque sobrevivió a los tormentos, de ahí que se le conociera como el que permanecería hasta que llegara el Señor.
Ambos hermanos, junto con Pedro, formaron parte del grupo conocido como los predilectos del Señor. Fueron testigos de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor y de la agonía de Cristo de Getsemaní. Vieron, pues, de cerca la gloria de Cristo y su terrible angustia ante la inminencia de su muerte. Es un testimonio muy valioso que nos confirma en la fe de la divinidad y humanidad de Cristo, como sucede con el testimonio del resto de los apóstoles, columnas de la fe.
España se honra con el patronazgo de Santiago, que nos ayuda a comprender la importancia de la fe en nuestro pueblo. Que nuestra historia de fe se remonte a la predicación apostólica es un gracia especial de Dios y una gran responsabilidad. La fe cristiana pertenece, valga la expresión, al ADN de nuestra identidad como pueblo, que lo ha configurado con los valores del evangélico constitutivos de Europa, gracias en parte al cruce de los caminos que iban a Santiago y que se convirtieron en una red preciosa para la transmisión de la fe. Desde Santiago de Compostela, san Juan Pablo II nos exhortó vivamente el 9 de Noviembre de 1982 con estas memorables palabras que cobran quizás hoy mayor actualidad: «Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma… Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: “lo puedo”».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

La parábola del buen samaritano, una de las más bellas de Jesús, permanece en la memoria de la Iglesia como la mejor definición de quién es el prójimo. Un letrado pregunta directamente a Jesús: ¿quién es mi prójimo? Y Jesús le responde con la parábola. Desde el comienzo de la parábola, es notable que la pregunta del letrado sobre cómo alcanzar la vida eterna no revela un corazón limpio, sino que desea «poner a prueba» a Jesús. Busca examinarle sobre la ley mosaica y sus exigencias porque Jesús tenía fama de no cumplirla o de suprimir alguna de sus exigencias. Otro dato que merece tenerse en cuenta sobre la actitud del letrado es la apostilla del evangelista cuando dice que, «queriendo aparecer como justo», pregunta a Jesús: «Y, ¿quién es mi prójimo?». Cualquier israelita sabía que prójimo era el más cercano que necesitara ayuda, medios para subsistir. Eran también los huérfanos, viudas y emigrantes, que vivían indefensos, sin recursos y marginados de la sociedad. La pregunta sobre el prójimo, sobre todo en labios de un letrado, revelaba ignorancia fingida o retórica vana.
La respuesta de Jesús no es abstracta. Cuenta una historia que, según algunos estudiosos, podía haber tenido lugar por aquellos días. Un hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, fue asaltado por bandidos que le despojaron de todo e, hiriéndole, le dejaron medio muerto. Pasaron por allí un sacerdote y un levita que, dando un rodeo, pasaron de largo. Pasó un samaritano que, al verlo, sintió compasión. Lo montó en su cabalgadura, lo llevó a la posada y lo cuidó. Al día siguiente, le dio al posadero dos denarios y le dijo que cuidara de él y que le pagaría a su vuelta lo debido.
La actitud de este samaritano es el núcleo de la parábola. Jesús escoge adrede, frente al sacerdote y al levita, un enemigo clásico de los judíos: un samaritano. A pesar de la enemistad, es el que siente compasión por el herido. La expresión más exacta del verbo griego es se le conmovieron las entrañas, la misma que utiliza la parábola del hijo pródigo para expresar los sentimientos del Padre cuando ve retornar a su hijo perdido. El samaritano es el signo de la compasión de Dios. No le basta curarle las heridas, lo sube a su cabalgadura y le lleva a la posada para que le cuiden hasta su vuelta. Esta caridad sin medida contrasta con la frialdad del sacerdote y del levita, que, seguramente para no contraer impureza ritual, pasaron de largo para poder hacer sus oraciones en el templo.
Al terminar la parábola, Jesús recoge la pregunta del letrado y se la devuelve a modo de interpelación moral: ¿Quién actuó como prójimo? El letrado respondió: el que tuvo misericordia de él. Y Jesús le sitúa en el mismo camino de la compasión: Vete y haz tú lo mismo. Se ha pasado de una pregunta sobre quién es el prójimo a una actitud moral: tener misericordia del prójimo. La novedad evangélica de esta parábola es que Jesús rompe el esquema de las relaciones humanas para situar en el centro de la acción a un «enemigo» que practica la caridad en contraste con quienes debían haberlo hecho por ser precisamente hermanos de mismo pueblo y religión. La caridad supera las fronteras cuando el prójimo, sea quien sea, reclama nuestra atención. El amor verdadero no se fija en culturas, razas, lenguas religiones. Sobran las preguntas retóricas sobre quién es o no nuestro prójimo —¿acaso no lo sabemos?— y sobra mantener apariencias de justos cuando todos necesitamos la misericordia de Dios. Sobra, sobre todo, querer poner una trampa a Cristo, que es la Verdad suprema, pues él sabe mejor que nadie lo que existe en el interior del hombre. Como el letrado, podemos caer en nuestra propia trampa.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

El evangelio de este domingo recoge parte del discurso de Jesús cuando envía a los discípulos a su primera misión evangelizadora. Los consejos que reciben sirven para entender la transcendencia del envío y, en gran medida, la naturaleza del Reino de Dios que anuncian. Los discípulos son como la avanzadilla que precede a Jesús y le preparan el camino, pues, como dice el evangelio, los envía a los lugares donde pensaba ir él. Los discípulos nunca sustituyen al Señor, son servidores, colaboradores. Sólo Jesús es el Maestro y el Señor.
Lo primero que les pide Jesús es que oren al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración es presupuesto de la misión, condición indispensable de su éxito. Dios dirige la historia con Providencia. Por eso, hay que suplicar, llamar a la puerta y pedir como pobres. Las vocaciones no son conquistas del hombre, son dones de Dios que deben pedirse. El Reino de Dios es obra suya. Por eso, es necesario dar primacía a la oración.
Siendo obra de Dios, no debe sorprender que Jesús les envíe en pobreza de medios indicando que el Reino tiene la fuerza en sí mismo para implantarse. Los discípulos están investidos con la autoridad de Cristo y no necesitan más. Importa sobre todo que no pierdan el tiempo deteniéndose a saludar por los caminos y pongan su interés en la misión.
Deben saber, además, que el enemigo acecha y los lobos buscan presas. Por eso son enviados como corderos en medio de lobos. También Jesús es llamado cordero y conoce las embestidas del lobo. Por eso les advierte del peligro. El tesoro del Reino de Dios no puede quedar expuesto a la voracidad de los lobos ni a la astucia de los ladrones.
El mensaje que deben anunciar es la paz. Jesús asegura a los suyos que siempre encontrarán gente que acojan la paz, aunque otros le cierren la puerta. No deben preocuparse por cambiar de casas y ciudades. La paz arraiga allí donde es acogida y produce frutos. Por eso, ordena a sus discípulos que permanezcan allí donde les acojan y sacudan hasta el polvo de las sandalias del lugar que les rechace, en testimonio contra ellos.
Como signo de que el Reino de Dios está cerca, Jesús da potestad a sus discípulos para sanar a los enfermos, como él mismo hace cuando quiere mostrar el poder de la fe suplicante y de la acción del Dios Salvador. El Reino de Dios es señorío de Dios y vida. Por eso, entrar en el Reino es acoger la salvación que Dios ofrece y participar de su vida.
Una vez dados los consejos, los discípulos son enviados, y a la vuelta de su misión comparten con Cristo su alegría. Interesa notar que la clave de esta alegría es, como dicen los discípulos, que hasta los demonios se les someten en el nombre de Jesús. Jesús confirma este hecho con unas palabras que revelan la naturaleza del Reino que ha venido a instaurar: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno». Pocas palabras pueden consolar tanto a los evangelizadores que estas asegurando la certeza del triunfo. El Reino de Dios ha venido a terminar con el poder del mal. Entonces y ahora, quienes somos enviados por Cristo, sabemos que, aunque las apariencias nos induzcan a pensar lo contrario, el mal ha sido vencido, porque Satanás, su padre, ha caído del cielo como un rayo. Esta expresiva imagen de Jesús indica que el príncipe del mal ha perdido todo su poder ante la venida de Cristo y el Reino de Dios, presente en Jesús, se ha abierto paso en la historia de los hombres. Así se explica la alegría de los discípulos cuando retornan de su misión. Esta alegría, la del evangelio proclamado, debería ser la marca distintiva de todos los que nos dedicamos al anuncio misionero. El premio de este trabajo es, por supuesto, el de haber luchado contra el mal, pero Jesús termina su discurso con otro motivo para la alegría: el de saber que nuestros nombres están escritos en el cielo.

+César Franco
Obispo de Segovia.

 

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