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El acto de inauguración tendrá lugar el próximo sábado, 13 de abril, a las 12.00 horas en el patio central del renovado Palacio Episcopal de Segovia.

Segovia Sacra nace como una oportunidad única para los miles de turistas que se acercan a la ciudad con una motivación clara de disfrute del patrimonio cultural segoviano.

Gracias a la adquisición de una pulsera turística, el visitante tendrá la oportunidad de acceder a un importante número de monumentos por un precio muy competitivo: Catedral, cuatro iglesias románicas de gran interés histórico-artístico y un palacio episcopal donde poder apreciar el magnífico museo de arte sacro segoviano Splendor Fidei, pasear por su jardín romántico o tomarse un respiro en la cafetería y gastrobar palaciego, rodeado de un entorno único.

Una de las principales novedades de la nueva visita cultural Segovia Sacra es su servicio de audioguías, un instrumento con el que el visitante tendrá la posibilidad de disfrutar del patrimonio del activo cultural de una forma amable y didáctica. Los guiones reproducidos combinarán investigación histórica-artística y sensibilidad para superar las expectativas del visitante. Los contenidos estarán disponibles en seis idiomas: español, inglés, francés, alemán, italiano y portugués.

San Miguel, San Martín, San Millán y los Santos Justo y Pastor, cuatro iglesias de gran riqueza histórica y patrimonial, además del palacio episcopal con su museo orfebre segoviano y sus renovadas zonas nobles, serán los puntos de referencia de unas audioguías que recogerán el resultado de todo el arte, la fe y la cultura a lo largo de su amplia historia.

Los más pequeños de la casa también podrán disfrutar con su visita. Una audioguía en la que serán los auténticos protagonistas de una divertida aventura mientras recorren los diferentes espacios de los activos culturales de Segovia. Los textos sintetizarán, a través de un lenguaje sencillo y ameno, algunos de los aspectos culturales, históricos y artísticos más importantes del lugar.

Esta apuesta por contenidos de calidad adaptados a la diversidad del público visitante supondrá un valor añadido a la visita.

A toda esta oferta se debe sumar otros numerosos servicios, entre ellos, las tiendas oficiales, la plataforma de venta de gestión de entradas articketing (también online), y las actuaciones musicales que se desarrollarán en algunos de los citados monumentos. En una segunda fase se inaugurará dentro de las estancias palaciegas el restaurante El Batihoja, un lugar de cita gastronómica obligada con un entorno privilegiado para todo amante de la buena mesa.

El drama de Adán y la pasión de Cristo son inseparables. En la Semana Santa ambos se relacionan e iluminan. Adán fue hecho por Dios señor y rey de la creación: su misión era gobernar el mundo creado y conducirlo a la plenitud de la gloria. Pero cayó dominado por la aspiración de ser Dios, olvidando que llevaba su imagen y semejanza. De rey quedó convertido en esclavo, obligado a cultivar la tierra con sudor y recibiendo en recompensa espinas y abrojos. Su vida se convirtió en un camino de sufrimiento y cruz.
El drama de Cristo comienza cuando decide hacerse siervo de los hombres, como dice el texto de Filipenses que leemos este domingo de Ramos en la segunda lectura. El Hijo de Dios escogió el camino opuesto al de Adán: se anonadó, se humilló y se hizo obediente hasta la cruz. La desobediencia de Adán fue redimida por la obediencia de Cristo. Y gracias a esta obediencia, el hombre —todo hombre— puede recuperar su dignidad perdida.
La celebración de la Semana Santa, que inicia el domingo de Ramos, contempla este doble drama en el que estamos implicados. Somos el viejo o el nuevo Adán en la medida en que escojamos el camino de la soberbia, como el primer hombre, o —por el contrario— caminemos siguiendo a Cristo, nuevo Adán, desde la humildad a la gloria. Por eso, la pasión de Cristo según Lucas leída este domingo comienza en la celebración de la Cena, donde Jesús hace esta pregunta a los discípulos: «¿Quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).
La pasión de Cristo es el mayor servicio prestado a los hombres, pues muestra el camino a la gloria, nos arranca de la esclavitud, y nos convierte en siervos de los hombres. En esto consiste la dignidad humana y el verdadero señorío, que pretendemos lograr mediante el poder, el dominio y la manipulación de los demás. Cristo se anonada, desciende de su cabalgadura, como buen samaritano, para servir al malherido del camino, que es símbolo de la humanidad dañada por el pecado.
La liturgia del domingo de Ramos nos presenta a Jesús, que entra triunfante en Jerusalén y es aclamado con palmas y vítores como Rey. En cierto sentido se anuncia el triunfo de la resurrección. Pero la escena cambia enseguida. Jesús aparece como un condenado a muerte que carga sobre sí mismo el pecado de los hombres. Es el Siervo de Dios y de los hombres, cuya misión es desandar el camino de Adán: desde la esclavitud a la gloria. El Cristo que carga con el madero de la cruz y sufre los tormentos de la pasión es la imagen de lo que el hombre es cuando se deja dominar por la soberbia de creerse Dios y poseer el dominio absoluto sobre el mundo y los hombres.
Sólo un hombre nuevo, restaurado según la imagen de Cristo, puede ser rey de lo creado y conducir el universo hacia su fin último. Por eso esta enseñanza no es meramente teológica, sino moral. En su magnífica obra Las dos ciudades, san Agustín saca las consecuencias sociales de estos misterios cuando presenta dos ciudades opuestas: la de Dios y de los hombres. El fundamento de la primera es el amor de Dios hasta el olvido de sí mismo; la segunda se sustenta en el amor desordenado a sí mismo hasta el desprecio de Dios y de los hombres. ¿No sucede esto en la actualidad? La Semana Santa es, ciertamente, la celebración de los misterios de la fe cristiana. Pero celebramos también la justicia que debe regir este mundo. Sería un error quedarnos en la piedad superficial que se reduce a las emociones externas si no entendemos que Cristo ha venido a restaurar el orden social dominado por el pecado del hombre.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

El viernes 5 de abril de 2019, el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Argüello, presenta en rueda de prensa los trabajos de esta Asamblea.

Los obispos españoles han celebrado del 1 al 5 de abril la Asamblea Plenaria de primavera en la sede de la Conferencia Episcopal Española (CEE). La Plenaria se inauguraba el lunes 1 de abril con el discurso del presidente de la CEE, cardenal Ricardo Blázquez Pérez. Después, en nombre del nuncio apostólico en España, tomó la palabra el consejero de nunciatura Mons. Michael F. Crotty. (más info)

En la carta a los Romanos, san Pablo hace una afirmación que ha dado mucho trabajo a los intérpretes. Dice que «Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos». Según el apóstol, tanto los judíos como los gentiles son pecadores en razón del pecado original y nadie puede presumir de justo. Lo más sorprendente de la afirmación es que parece afirmar que Dios nos ha hecho pecadores para tener después misericordia de todos. Es obvio que Dios no nos ha creado en pecado, sino en gracia, de manera que Dios no es el autor del pecado del hombre. Pero en su providencia, el pecado que engloba a toda la humanidad ha sido la ocasión para que Dios mostrara su misericordia. Esto explica que nadie sea justo por sí mismo ni pueda por tanto juzgar y condenar a su hermano como si él fuera santo. El juicio sólo corresponde a Dios.
Dicho esto, entendemos la reacción de Jesús cuando, según leemos en el evangelio de hoy, le llevan a una mujer sorprendida en flagrante adulterio para preguntarle si, conforme a la ley de Moisés, debe ser lapidada. Jesús calla, escribe algo en la arena del suelo, y, al ser interpelado de nuevo, se pone en pie y lanza su sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8,7). Al oír esto, dice el evangelio que «se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos». La sentencia de Jesús había situado a los acusadores ante el juicio de Dios, y ante la verdad incontestable de que todos estamos envueltos en pecado. No falta ironía además al indicar que los más viejos empiezan a abandonar la escena, pues, a más años, más tiempo de haber pecado.
El adulterio en Israel se había convertido en un pecado que entrañaba un simbolismo religioso interesante. La idolatría, en la que muchas veces incurrió Israel, se consideraba un «adulterio espiritual», porque significaba el abandono de Dios, esposo fiel y celoso de Israel, para correr detrás de otros dioses paganos. Los textos proféticos en los que se compara el comportamiento de Israel con una mujer adúltera que se prostituye con amantes extranjeros son muy expresivos. Basta leer la historia de la idolatría de Israel, descrita bajo esta imagen del adulterio en el capítulo 16 del profeta Ezequiel, que constituye una de las cumbres literarias de la Biblia. Ante este pecado del pueblo elegido, Dios se muestra celoso, castiga a su pueblo con invasiones de pueblos enemigos, aunque al final siempre llega el perdón: Dios permanece como esposo fiel de su pueblo.
Es muy posible que esta simbología estuviera presente en la mente de Cristo al contemplar a la adúltera tendida en el suelo bajo la mirada condenatoria de los que, como ella, eran pecadores y —en el sentido descrito en la Escritura— adúlteros. No sabemos lo que Jesús escribió en el suelo, pero seguramente tenía que ver con palabras proféticas que iluminaban el drama que tenía ante sus ojos. Jesús no veía hombres justos celosos por la santidad de Dios. Veía hipócritas que buscaban tenderle una trampa aprovechando el pecado de una mujer adúltera. Era el momento, para Jesús, de hacer brillar la justicia de Dios y su misericordia. Así, reconociendo que la mujer ha pecado, la invita a no pecar más. Y recordando a los acusadores que no estaban exentos de culpa, les golpea su conciencia con la única palabra capaz de devolvernos a nuestro verdadero ser de pecadores: ¿Quién está libre de culpa? ¿Quién puede condenar y acusar al prójimo? ¿Quién se atreverá a dictar sentencia contra un hermano? Si, como dice san Pablo, Dios nos encerró a todos en el pecado para ofrecernos misericordia, ¿quién puede tenerse por justo juez de los demás?

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Martes, 02 Abril 2019 10:02

Revista Diocesana. Abril 2019

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Jueves, 28 Marzo 2019 09:58

Hijos, no jornaleros. D. IV de Cuaresma.

El movimiento hacia la conversión siempre empieza en Dios. Dios es quien, sirviéndose de causas diversas, llama al hombre a salir de su pecado, desandar el camino errado, y volver a la casa paterna. Salir del pecado es imposible para el hombre, sólo Dios puede hacerlo. «Dejaos reconciliar por Dios», dice san Pablo. En este sentido, los convertidos no son sólo los que pasan de la incredulidad a la fe. Son también los que cada vez que caen se levantan hasta entonar el mea culpa del hijo pródigo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo». Por eso, lo propio de Dios es esperar a que su llamada sea escuchada.
En la parábola del hijo pródigo, aunque no se diga expresamente, el padre está esperando la vuelta. Lo sugiere la frase: «Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió». El padre oteaba el horizonte, y pudo descubrir en la lejanía —el pecado siempre es lejanía— la figura entrañable del hijo, quizá irreconocible en sus débiles andares, al borde del desfallecimiento. «Su padre lo vio y se conmovió —dice el evangelio—; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo». Dice U. von Balthasar que «nunca describió Jesús al padre celeste de una manera más viva, clara e impresionante que aquí». Los pintores han representado al padre como un anciano. El amor, sin embargo, le impulsa a correr, a arrojarse al cuello y cubrir de besos al hijo. Cuando éste se excusa, el padre no responde con palabras. Su acogida es calurosa y desmedida: Ordena que le pongan el mejor vestido, anillo en la mano y sandalias en los pies y prepara un banquete para festejar que ha revivido.
Esta es la conversión: una fiesta por recuperar la vida. El pecado es la muerte: «Estaba muerto». La conversión es vida: «Ha revivido». Dios se ha servido del pecado, del alejamiento, del deshonor que suponía guardar cerdos, del hambre y la desolación de sentirse humillado, para llamar a su hijo desde lejos, sin que se diera cuenta, y recuperarlo para la vida. En esta parábola está resumido el evangelio. Es el evangelio hecho narración precisa y acción sagrada. Jesús nos ha dado el secreto de su misión, porque, aunque él no lo diga, al contarlo está describiendo qué ha venido a hacer entre nosotros: revelarnos al Padre.
De hecho, esta parábola se dirige a quienes no entendían que Jesús tratara con pecadores, comiera con ellos y los considerase amigos. Jesús se narra a sí mismo en su relación con quienes criticaban su actitud misericordiosa con los pecadores. Estos están representados en el hijo mayor que no entiende el derroche del Padre y se atreve a juzgarlo echándole en cara que nunca le ha dado un cabrito para comérselo con sus amigos. También aquí el padre se muestra padre: sale a la búsqueda del hijo mayor que, indignado, se negaba a entrar en la casa y celebrar la fiesta con su hermano. Y cuando el padre escucha los argumentos del hijo mayor, le revela el secreto de su paternidad: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado».
Los dos hijos estaban lejos del padre: uno, dilapidando la herencia; el otro, desconociendo que todo era suyo. Uno se había ido de casa; el otro, estaba dentro. Los dos eran pecadores a su manera. Los dos necesitaban que el padre los atrajera hacia sí. Con esta parábola, Jesús interpela a los que están dentro de la casa sin conocer al padre, imagen de Dios. Y pone el ejemplo de quien se marcha lejos, muy lejos, al país de la muerte, donde descubre que es preferible ser jornalero a morir de hambre. No sabía que el padre no quiere jornaleros, sino hijos.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

El evangelio está sembrado de llamadas a la conversión. La primera palabra que Jesús pronuncia al iniciar su ministerio es: «convertíos». La conversión es la actitud del hombre religioso que, desandando el camino errado, se vuelve a Dios que espera el retorno del hijo pródigo para abrazarle con ternura.
La actitud del hombre pagano está bien definida en el «carpe diem» de quienes se beben el tiempo como si fuera un elixir de disfrute que les enajena para olvidar la seriedad de vivir. Disfruta del momento, dice el pagano; convertíos o pereceréis, dice Jesús en el evangelio de hoy. El contexto histórico de esta advertencia, fueron dos hechos que conmovieron la opinión pública en tiempo de Jesús: el desplome de la torre de Siloé, que provocó dieciocho muertos, y la matanza que ordenó Pilato de algunos amotinados en el templo de Jerusalén, cuya sangre se mezcló con la de los sacrificios rituales. Cuando cuentan a Jesús tales sucesos, él no los achaca a un castigo por sus pecados, como era frecuente interpretar tales desgracias, sino que las utiliza para interpelar a sus oyentes: vosotros —viene a decir— no sois mejores que los que han muerto. Y, si no os convertís, también pereceréis.
Hablar hoy de estas cosas parece anticuado. El ateísmo consigue adeptos que se convencen de que la muerte es el final de todo. Es una cuestión antigua. Pero el problema de la salvación última, por mucho que lo releguemos al olvido, constituye el drama definitivo del hombre. Salvarse o no, es la cuestión crucial de la existencia. O mejor: dejarse salvar. Porque el hombre no puede salvarse a sí mismo en el sentido que Jesús da a la palabra salvación. La salvación es el juicio último de Dios sobre la vida del hombre. Trasciende este tiempo fugaz. Hay una forma cristiana de entender el «carpe diem» pagano: Jesús invita a vivir cada día su afán, asumiendo con seriedad la existencia cotidiana. Podíamos decir que nos invita a vivir cada día como si fuera el último, exprimiendo todas las posibilidades de hacer el bien. Convertirse es la actitud de quien se desvive por amar a Dios y a los demás como dos actos de la misma pasión unitaria: es el doble mandamiento de la ley. Quien sabe disfrutar así, hace del tiempo una ocasión única e irrepetible para escuchar aquellas palabras que pronuncia el Rey cuando viene a juzgar el último día: Venid, benditos de mi Padre al reino prometido; o aquellas parecidas: Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor.
La salvación que ofrece Cristo se teje en el tiempo, pero lo trasciende. El tiempo es una dimensión de la existencia que se consume en el paso a la eternidad. De esto trata Cristo cuando, al final del evangelio de hoy, nos cuenta la historia de la higuera que, plantada en la viña, no daba fruto. El dueño decide arrancarla, cansado de cuidarla con esmero. El viñador —que es el mismo Cristo— intercede ante el amo para que la deje un año más. La cuidará, la echará estiércol, a ver si da fruto. «Déjala todavía este año», dice suplicante; «si no, la cortas».
No se puede describir mejor la urgencia de la salvación y el paso inexorable del tiempo que nos urge a dar frutos de conversión, justicia y caridad. El tiempo no es una dimensión del hombre meramente cronológica. Es tiempo de salvación. Dios —el dueño de la higuera— tiene paciencia un año y otro a la espera del fruto. El viñador se desvive por cuidar de la higuera. Pero la advertencia sigue en pie: «Si no, la cortas». Escamotear esta advertencia es ceder al inexorable paso del tiempo como si se tratara de ir quitando hojas de un calendario como quien se desprende de su vida esperando que el mañana nos sonría mejor. «Carpe diem».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

Martes, 19 Marzo 2019 07:26

Catequistas en formación.

CATEQUISTAS EN FORMACIÓN
Siguiendo los pasos de la programación pastoral, el sábado día 23, se desarrollará en la localidad de Cuellar el encuentro diocesano de catequistas.
La primera parte del día se dedicará a trabajar “El nuevo proyecto de acción católica, centrado en las cuatro dimensiones: espiritualidad, misión, formación y organización” la presentación estará a cargo de Dña. Eva Fernández Mateo, Presidenta de Acción Católica , y de Dña. Inmaculada López González, responsable del área de infancia.
Con el trabajo en grupos y la exposición final concluirá la mañana para dar paso a una comida compartida.
Durante la tarde se ofrecerá una visita guida a la villa a todos aquellos que lo deseen y concluirá con la Eucaristía en la iglesia de San Miguel a las 5 de la tarde, presidida por el obispo de la diócesis.
Estas jornadas son momentos para compartir, reflexionar sobre la importancia de la iniciación cristiana en los niños y unificar criterios y dinámicas para trabajar en los grupos de catequesis.

En el segundo domingo de Cuaresma se proclama el evangelio de la Transfiguración del Señor. Testigos de este milagro fueron los tres apóstoles predilectos —Pedro, Santiago y Juan—, testigos también de su agonía en Getsemaní. Me sirvo de este dato para reflexionar sobre el sacerdocio, ya que en este domingo, cercano a la fiesta de san José, celebramos el día del Seminario. Lo diré una vez más: Segovia necesita urgentemente vocaciones al sacerdocio si queremos asegurar su pervivencia como comunidad creyente. Quien no quiera verlo, está ciego; y quien lo ve y se cruza de brazos como si fuera un asunto ajeno es que no valora la fe.
Volvamos a la Transfiguración. Ser sacerdote es, en primer lugar, seguir a Jesús, subir con él al monte Tabor y experimentar su grandeza. Nadie es digno de ser sacerdote. Nadie se da a sí mismo la vocación. Es Cristo quien llama e invita a seguirlo. Unos responden, otros le dan la espalda. Cuando una vocación madura, Cristo desvela poco a poco su ser, hasta revelarse totalmente como el Hijo de Dios, Salvador del hombre. Toda vocación tiene procesos de luces y sombras, certezas y dudas, gozos y temores. Pedro, al contemplar a Cristo transfigurado, manifiesta su deseo de permanecer allí para siempre. Pensaba que todo era gloria y disfrute de una belleza inabarcable. Sabemos cuánto le costó aprender que Jesús debía morir en la cruz y que él debía seguirlo por ese camino. Tuvo que cambiar su modo de entender el ministerio.
Hoy ser sacerdote no comporta gloria humana. Por esta razón, quien se decide a seguir a Jesús sabe desde el primer momento que escoge un camino difícil, de contradicción, como fue el camino de Cristo. Pero es justamente ahí donde reside la gloria de Cristo: por eso Jesús se transfigura después de haber hablado de su pasión y muerte de cruz. Hoy el mundo necesita sacerdotes que sean testigos de Cristo crucificado y resucitado al mismo tiempo. Hombres que asumen el riesgo de ser incomprendidos y rechazados, pero conscientes de que en su pobreza y fragilidad actúa la fuerza de Cristo. El Papa, en su discurso al final de la cumbre sobre protección de menores en el Vaticano, ha agradecido «a la gran mayoría de sacerdotes que no solo son fieles a su celibato, sino que se gastan en un ministerio que es hoy más difícil por los escándalos de unos pocos —pero siempre demasiados— hermanos suyos». Cargar sobre uno mismo el pecado de los demás es también una forma de redención, si estamos unidos a Cristo.
Ser sacerdote es, sobre todo, llevar a los hombres la salvación de Cristo. Por eso, cuando Jesús baja del Tabor, cura a un epiléptico. Es un signo de la autoridad que concederá a sus ministros, aunque les advierte que sólo podrán hacerlo con oración. El sacerdote es un hombre de oración. Si la abandona, está perdido. Queda expuesto a su pobreza y miseria. Sin la unión con Cristo no puede dar frutos. Es un sarmiento seco.
La Iglesia de Segovia debe pedir al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. No basta, sin embargo, la oración. Debemos trabajar por las vocaciones, invitando y animando a los niños, adolescentes y jóvenes a seguir a Cristo, si pasa a su lado y los llama. Dios se sirve de muchos factores para llamar al sacerdocio: la familia, los sacerdotes y catequistas, los educadores. Para ello, es preciso valorar la vocación al ministerio y no tener miedo a la amistad con Cristo, que nos ayuda a superar todas las dificultades y a caminar en pos de él hacia el monte Tabor, donde revela su gloria, para que subamos también sin temor al Gólgota donde manifiesta de modo definitivo que ser sacerdote es entregar la vida por amor sin escandalizarse de la cruz.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Viernes, 08 Marzo 2019 07:52

Cuaresma y sociedad

 

La Cuaresma ha dejado de decir algo, no sólo al mundo de la increencia, sino a muchos cristianos que no aprecian el sentido de este tiempo litúrgico. Decir Cuaresma es sinónimo de penitencia, ayuno y oración. Y, para otros, es rememorar prácticas anticuadas, oscurantistas y extrañas a nuestra mentalidad.
La Cuaresma es, en primer lugar, un tiempo intenso cuya finalidad es prepararnos para el Misterio Pascual de Cristo, su muerte y resurrección, culmen de todos los misterios de su vida. Siguiendo el ejemplo de Cristo, que dedicó cuarenta días a la oración y al ayuno antes de comenzar su actividad pública, la Iglesia ha instituido un tiempo semejante de purificación y de caridad con el prójimo.
Jesús ha hablado con meridiana claridad de la oración, el ayuno y la limosna, que son las clásicas prácticas cuaresmales. ¿Siguen teniendo vigencia?
Sólo quien haya perdido el sentido de la interioridad podrá afirmar sin pudor que la oración es obsoleta. En cualquiera de sus formas, es la expresión más genuina de la relación con Dios y de la búsqueda de la verdad en el corazón del hombre, lugar donde Dios habla y se revela. La crisis de interioridad, propia de nuestra cultura, ha desterrado —como reconocen pensadores creyentes o no— muchas prácticas espirituales que exigen al hombre retirarse al silencio y a la soledad, encontrarse consigo mismo y recapacitar sobre el sentido de su ser y estar en el mundo. Jesús invita a entrar dentro de nosotros (en nuestra habitación interior) y orar en secreto al Padre para descubrir la necesidad que tenemos de él. Ya decía Pascual que la mayor dificultad que tiene el hombre para ser él mismo es su incapacidad de quedarse quieto en su habitación y pensar.
¿Es obsoleto el ayuno? ¿Cómo explicar entonces los sacrificios que hacemos para estar en forma privándonos de alimentos o ajustándonos a dietas exigentes? ¿Es más humana la forma física que la espiritual? En todo necesitamos motivación, perspectiva y metas. El ayuno es una forma de dominio de sí mismo, una gimnasia espiritual para mantener en forma el sujeto cristiano y purificarlo del deseo hedonista de disfrutar de las cosas mediante el consumo y la posesión de cosas superfluas que acrecientan el afán insaciable de placer. Podemos preguntarnos cuántos «ayunos» de cosas legítimas nos imponemos cuando queremos conseguir metas en el terreno deportivo o estético. ¿Hacemos lo mismo en el ámbito del espíritu? ¿Nos proponemos ayunar para desterrar de nosotros comportamientos que nos hacen egoístas?
El ayuno está además vinculado a la limosna. ¿Está anticuada la limosna? Cuando nos privamos de algo, sobre todo si es superfluo, es para darlo a quienes carecen de lo necesario. Hablar de solidaridad y fraternidad sin contribuir al bienestar de los demás es pura hipocresía. El Papa Francisco ha insistido en que cada vez es más grande el abismo que separa a los que cada vez son más ricos de los que se hunden progresivamente en la miseria. La justicia en el uso y disfrute de los bienes creados interpela a quienes se comportan con indiferencia ante las necesidades básicas del hombre mientras ellos no ponen límites al desorden de sus apetencias en la posesión y consumo de los bienes de la tierra. Compartir con otros los bienes no es asunto de mera piedad individual o de caridad entendida como lástima ante el mal ajeno; es un deber de elemental justicia que nos llama a vivir austeramente para que otros vivan con la dignidad que les corresponde como seres humanos.
Contemplada así, la Cuaresma es actualísima. Más aún: no puede reducirse a los cuarenta días del tiempo litúrgico, porque, si lo pensamos bien, siempre estamos en Cuaresma.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

© 2018. Diócesis de Segovia