Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

El Papa Francisco instituyó hace dos años el Domingo de la Palabra de Dios que coincide con el domingo III del tiempo ordinario, que celebramos hoy. Con este gesto desea que el pueblo cristiano comprenda «la riqueza inagotable que proviene del diálogo constante de Dios con su pueblo». Para ello, trae a la memoria el momento en que Jesús, caminando junto a los discípulos de Emaús, les «abrió la inteligencia para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Sin esta apertura de la inteligencia, las Escrituras santas, pueden ser letra hermosa pero muerta, por la sencilla razón de que los libros que constituyen el Canon de la Iglesia, sólo pueden entenderse si se leen como Palabra viva de Dios que sigue hablando a su pueblo en cada momento de la historia. Es Palabra escrita, ciertamente, pero Palabra viva que comunica su mensaje de salvación a todas las generaciones.

El Concilio Vaticano II ha dejado claro que la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición constituyen la única Palabra viva de Dios, el cual quiere comunicarse con su pueblo y conducirle a la plenitud de la revelación. Tanto la Escritura como la Tradición, sostenida y salvaguardada por el Magisterio de la Iglesia, tienen su clave de interpretación en Cristo, Palabra eterna de Dios. Por eso decía san Jerónimo que la ignorancia de las Escrituras —y lo mismo podemos decir de la Tradición— es ignorancia de Cristo».

A pesar del gran movimiento bíblico desplegado en los siglos XIX y XX, que cuajó en la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II sobre la Palabra de Dios, el acceso a la Biblia y la comprensión de su mensaje siguen siendo para la mayoría del pueblo cristiano una asignatura pendiente. Es posible que la Biblia no falte en los hogares cristianos, pero ¿se lee, se medita, se comprende, se hace vida práctica? «Lamentablemente —escribe el Papa Francisco— en muchas familias cristianas nadie se siente capaz —como en cambio está prescrito en la Torá (cf. Dt 6,6)— de dar a conocer a sus hijos la Palabra del Señor, con toda su belleza, con toda su fuerza espiritual. Por eso quise establecer el Domingo de la Palabra de Dios, animando a la lectura orante de la Biblia y a la familiaridad con la Palabra de Dios. Todas las demás manifestaciones de la religiosidad se enriquecerán así de sentido, estarán orientadas por una jerarquía de valores y se dirigirán a lo que constituye la cumbre de la fe: la adhesión plena al misterio de Cristo».

En este domingo del tiempo ordinario se proclaman dos lecturas que, por sí mismas, bastan para comprender la fuerza de la Palabra de Dios. La del Antiguo Testamento describe la conversión de Nínive por la predicación del profeta Jonás, que se negaba a ir porque desconfiaba de que pudiera convertirse. En el evangelio, aparece Jesús predicando en Galilea con estas palabras: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Aquí, la palabra «evangelio» no se refiere a ninguno de los que conocemos porque sencillamente no habían sido escritos. Esta palabra se refiere a todo el mensaje de la salvación, que alcanza su máxima expresión en la misma persona de Jesús —Evangelio de Dios—, y que está contenido en lo que llamamos Palabra de Dios, gracias a la cual podemos entrar en diálogo con él, conocer su voluntad y configurar nuestra vida según sus enseñanzas. Dios quiere la conversión del hombre, busca atraerle hacia sí para llevarle a la verdad y felicidad plena. Por eso, desde el principio de la humanidad le ha hablado por medio de profetas, sabios y maestros, y, finalmente, por medio de su Hijo. Recibamos sus palabras como el mejor tesoro para conservarlo, no como un libro más, sino como la Palabra de la salvación y de la vida.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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Con motivo de la grave crisis que estamos padeciendo, a causa de la pandemia provocada por la enfermedad de la COVID-19, las parroquias asumimos que había que extremar las medidas higiénicas y sanitarias según los criterios establecidos por el Ministerio de Sanidad y la Junta de Castilla y León, de forma que hasta el presente no se ha podido detectar ningún brote epidémico en las iglesias, ni en los actos litúrgicos, ni en las catequesis. Por eso, no podemos menos que unir nuestras voces a las de los obispos de la Comunidad, que han solicitado a la Junta de Castilla y León la revocación de la decisión de establecer 25 personas como criterio para los actos de culto. Nos parece un criterio poco fundamentado y un tanto arbitrario.

Anunciamos también que, como medida de precaución y a pesar de que no se ha detectado ningún problema hasta ahora, suspendemos durante dos semanas tanto las catequesis presenciales como los grupos de clases de español para inmigrantes, y de apoyo escolar para niños.

Rogamos a Dios para que pase pronto esta pandemia, y ofrecemos nuestros servicios a esta sociedad herida por el dolor de la muerte de muchos de nuestros vecinos y por la soledad y desamparo emocional que está provocando. Para muchos de ellos, la Eucaristía que ahora queda limitada es fuente de consuelo y de esperanza.

Fdo. Párrocos de la ciudad de Segovia

 

 

COMUNICADO CYL

 

Los Arzobispos y Obispos de las once Diócesis de Castilla y León ante las medidas publicadas en el BOCYL del 16 de enero de 2021 quieren expresar a los miembros de sus respectivas comunidades diocesanas y a la sociedad castellanoleonesa lo siguiente:

1º.- Somos conscientes del grave momento sanitario que vive nuestra Comunidad autónoma a causa de la pandemia COVID-19. La situación nos exige a todos una gran responsabilidad y cuidar las medidas preventivas e higiénicas que impidan la expansión de la enfermedad.

2º.- En todos estos meses de pandemia las once diócesis, en sus miles de parroquias y comunidades, hemos aplicado las indicaciones sanitarias y aceptado la limitación de aforos y actividades. El trabajo realizado por las diversas comunidades de nuestras respectivas diócesis ha sido grande, como también enorme el esfuerzo de Cáritas y otras organizaciones eclesiales para prestar ayuda en estos meses tan difíciles.

3º.- Aceptamos que en la actual situación haya que hacer un esfuerzo mayor para evitar los contagios y evitar el colapso de nuestro sistema sanitario.

4º.- No nos parece razonado ni aceptable que el criterio de ese mayor esfuerzo sea una limitación de aforo expresada en términos absolutos –máximo de 25 personas por templo– cuando la superficie y volumen de los miles de templos, ermitas y capillas que hay en Castilla y León es muy diversa. Creemos que el criterio proporcional que se ha seguido en toda España durante las diversas fases de la pandemia puede considerarse más ecuánime.

5º.- El criterio del numerus clausus es además injusto por desproporcionado, ya que impide el ejercicio del derecho fundamental de la libertad de culto (art. 16, 1º de nuestra Constitución) a personas que podrían ejercerlo en tantos de nuestros templos que, aun con estricta limitación proporcional de aforo, podrían acoger a más de 25 participantes sin poner en riesgo la salud propia y ajena.

6º.- Hemos hecho llegar a los responsables políticos nuestra firme oposición al criterio de numerus clausus, en la esperanza de que nuestras razones fueran escuchadas a ejemplo de lo ocurrido en otras Comunidades autónomas que, habiendo establecido numerus clausus, rectificaron y volvieron al criterio proporcional aplicado de manera general en los diversos aforos.

7º.- Pedimos al Gobierno de CyL que suprima el numerus clausus de 25 personas y permanezca la limitación proporcional y razonada de aforos en templos, como en el resto de CC.AA. Al mismo tiempo, manifestamos nuestro compromiso de seguir instando al pueblo cristiano a poner en práctica las medidas acordadas por las autoridades para prevenir los contagios.

8º.- Si reivindicamos el derecho del pueblo cristiano a participar en la Eucaristía es porque estamos convencidos de que la celebración de la Pascua dominical es fuente del amor y de la esperanza que nuestra sociedad necesita especialmente en esta hora.

16 de enero de 2021

 

OBISPOS CYL

 + Ricardo Blázquez, Cardenal Arzobispo de Valladolid
+ Mario Iceta, Arzobispo de Burgos
+ Carlos López, Obispo de Salamanca
+ César Franco, Obispo de Segovia
+ José Mª Gil, Obispo de Ávila
+ Jesús G. Burillo, Administrador apostólico de Ciudad Rodrigo
+ Fernando Valera, Obispo de Zamora
+ Manuel Herrero, Obispo de Palencia
+ Abilio Martínez, Obispo de Osma-Soria
+ Jesús Fernández, Obispo de Astorga
+ Luis Ángel de las Heras, Obispo de León
+ Luis J. Argüello, Obispo auxiliar de Valladolid

La vocación de los primeros discípulos de Jesús en el Evangelio de Juan, que leemos este domingo, ha sido comparada con el fuego del anuncio que prende rápidamente, con el alud de nieve que arrastra más nieve y con el corredor que pasa el testigo al siguiente. Da la impresión de estar ante un movimiento que no cesa. Todo empieza con una indicación del Bautista, que, viendo a Jesús pasar, lo señala y dice: «He ahí el cordero de Dios». Inmediatamente, Andrés y Juan comienzan a seguir a Jesús quien les invita a ver donde vive. Andrés se lo comunica a Simón y lo conduce a Jesús. Después, Jesús llama a Felipe y éste se lo dice a su amigo Natanael, de modo que en breve tiempo se ha formado el primer grupo de los Doce. La Iglesia ha comenzado a existir convocada por Jesús, que parece tener prisa en constituirla. Para ello, viaja desde Judea a Galilea, tierra de Andrés y Pedro, donde conoce a Felipe y Natanael. Todo produce la impresión de que se trata de un plan previsto. Y así fue. A Simón le cambia el nombre y a Natanael le revela que le conoce de tiempo atrás, cuando estaba debajo de la higuera.

Este movimiento hacia Cristo no ha cesado desde entonces. La fe se transmite de persona a persona, como dice el Papa Francisco. Basta que uno se atreva a señalar a Cristo para que provoque en alguien el deseo de conocerlo, como ocurrió con los dos primeros discípulos, que le preguntaron: «Maestro, ¿dónde vives?». Para que esto suceda, es preciso que, como en el caso del Bautista, sepa bien quién es Jesús. Dice J. Pieper que para que haya alguien que crea tiene que haber alguien que sepa. ¿Tenemos hoy esta clase de testigos? ¿Sabemos realmente quién es Jesús para poder encaminar hacia él a otras personas? El conocimiento de Cristo viene, como es obvio, de la experiencia del trato con él. El Papa Francisco ha insistido mucho en el acompañamiento de quienes son evangelizados. Para ello se requiere experiencia de Cristo y de la salvación que ofrece. Exige también formación en la fe para poder dar razón de lo que se cree. Es preciso reconocer que andamos muy escasos de cristianos capaces de realizar esta misión. ¿Cómo voy a entender si nadie me guía?, replica el ministro de la reina de Etiopía a Felipe cuando éste le pregunta si entiende la Escritura santa que iba leyendo. Fue necesario que Felipe se detuviera a explicárselo.

La evangelización tiene una dinámica muy simple: señalar a Jesús, decir quién es y acompañar a los que se adhieren a él o buscan conocerlo. Es el fuego del anuncio que prende en el corazón del hombre y necesita que alguien avive la llama. Jesús mismo utilizó esta imagen cuando presentó su misión: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12,49). Desde Pentecostés, el fuego del Espíritu no cesa de expandirse por su propio dinamismo. Pero es preciso que alguien porte la llama y comunique a otros su propia experiencia de creyente. Aunque Dios puede obrar directamente en el corazón de los hombres el milagro de la fe, el camino ordinario es la evangelización directa y personal. Cuando Pedro y Juan son llevados al tribunal del Sanedrín y reciben la prohibición de anunciar el nombre de Jesús, responden: «Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Ser testigos de lo acontecido es la base de la evangelización y la clave de la expansión del cristianismo en los primeros momentos de su historia. Hoy, en el tercer milenio de la Iglesia, no hallaremos mejor síntesis de la misión de los cristianos que estas palabras de dos testigos cualificados: contar lo que hemos visto y oído con la convicción de ser testigos de la verdad.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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Con la finalidad de respetar las medidas sanitarias de higiene y serugirad encaminadas a evitar el contagio y propagación de la Covid-19, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha modificado el rito del Miércoles de Ceniza adaptándose a este tiempo de pandemia.
 

El tiempo de Navidad se cierra con la fiesta del Bautismo del Señor. Hay que advertir, sin embargo, que desde la Navidad hasta el bautismo han pasado al menos treinta años. Estamos, pues, muy alegados en el espacio y en el tiempo de los misterios de Navidad y puede extrañar que el bautismo de Jesús sea celebrado como colofón de sus misterios. La liturgia tiene, sin embargo, una lógica perfecta. Navidad, Epifanía y el Bautismo componen un conjunto que podría agruparse bajo el concepto de manifestación de Dios. Dios ha roto su silencio —aunque desde la creación nunca ha dejado de hablar— para revelarse de modo definitivo en su Hijo: primero naciendo en nuestra carne, después revelándose a los pueblos paganos en la persona de los magos y, finalmente, hablando él mismo desde el Cielo para decir quién es ese Jesús que acaba de ser bautizado: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». En el bautismo de Jesús, por consiguiente, no queda ninguna duda de quién es el nacido en Belén.

Ahora bien, ¿qué significa este bautismo de Jesús? A pesar de su sobriedad, el evangelista Marcos es un insigne teólogo. Distingue muy bien la diferencia entre el bautismo del Bautista y lo que en su día hará Jesús al instituir su bautismo: «Yo —dice Juan Bautista— os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo» (Mc 1,8). Juan predicaba la conversión de los pecados y realizaba en el Jordán un bautismo que simbolizaba el lavatorio de los pecados, pero naturalmente era un mero símbolo que no perdonaba los pecados; tan solo mostraba el arrepentimiento y el deseo de ser purificado. El bautismo de Jesús, por el contrario, se realiza con el poder del Espíritu capaz de recrear al hombre haciendo de él una nueva criatura. Jesús viene a bautizar al hombre mediante una renovación total de su ser, cuya agente es el Espíritu, simbolizado también en el fuego. Por eso, cuando se despide de sus discípulos antes de su Ascensión, les dice: «Juan os bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hch 1,5). Se refería a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, cuando la comunidad apostólica recibió bajo la forma de lenguas de fuego la fuerza del Espíritu Santo.

Podemos preguntarnos, además, por qué Jesús quiso ser bautizado en el Jordán si él no necesitaba convertirse puesto que era el Hijo de Dios. Hay dos aspectos importantes en su bautismo además de lo ya dicho. En primer lugar, Jesús quiso hacerse solidario con los pecadores y mostrarse como si fuera uno de ellos pues asumió nuestra pobre naturaleza, aunque en él exenta de pecado. Esta solidaridad explica que en su ministerio busque a los pecadores, coma con ellos y los reconcilie. En segundo lugar, en cuanto hombre, Jesús necesitaba también recibir la unción del Espíritu que le capacitara para su misión. Por eso, dice el Evangelio que «apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma» (Mc 1,10). Los cielos ya se habían rasgado, como pedían los profetas, cuando Jesús nació en Belén. Pero ahora, él mismo ve que se rasgan para dar paso al Espíritu que permanecerá con él toda su vida como ungido de Dios para poder realizar la misión encomendada. Lo dice muy bien Pedro cuando predica sobre estos acontecimientos: «Me refiero —dice— a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).

Esto es lo que hemos celebrado en la Navidad. El Bautismo de Jesús es la palabra definitiva de Dios sobre su Hijo, investido solemnemente con la unción del Espíritu para realizar su misión.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Lunes, 04 Enero 2021 08:46

Enero 2021

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1 de enero. Solemnidad de María Madre de Dios

Estrenamos el año contemplando a María como Madre de Dios. En el belén descubrimos su ternura y amor hacia su Hijo recién nacido. Y también su actitud ante las contrariedades e incertidumbres que la vida le fue presentando: un pobre pesebre, pastores y sabios, la envidia de Herodes, profecías que anunciaban contradicciones y el alma traspasada… Y “María custodiaba todas estas cosas, meditándolas en el corazón”.

3 de enero. II Domingo después de Navidad

El niño Jesús que hemos colocado en nuestro belén representa la Palabra de Dios. ¿Sabemos nosotros escuchar a Dios? Este niño nos habla de fragilidad, cercanía, a veces dificultades, huidas, silencios… “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Y así pasó a ser uno como nosotros para concedernos el regalo de convertirnos en hijos de Dios y enseñarnos a vivir.

6 de enero. Solemnidad de la Epifanía del Señor

Una estrella en el cielo y un niño acostado en un pesebre. Hoy al portal se acercan unos sabios. Supieron ver las señales y reconocer en la pequeñez de unos signos, la presencia de Dios. En sus personas, la sabiduría y el poder se arrodillan ante la fragilidad, la pobreza y el desvalimiento. Pidamos al Niño el regalo de tener una mirada que pueda ir más allá de lo que vemos.

10 de enero. Bautismo del Señor

Con el Bautismo del Señor concluimos el tiempo de Navidad. Jesús, que se pone a la fila de los pecadores y se deja bautizar por Juan, nos vuelve a recordar el deseo de Dios de hacerse uno de nosotros para que nosotros podamos ser de Él. “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

17 de enero. II Domingo del Tiempo Ordinario

Retomamos el tiempo ordinario en el que deseamos vivir las cosas más cotidianas de la vida con Jesús. ¿Cómo encontrarle en nuestras rutinas? Preguntándole “¿dónde vives?”. Y Él nos invitará personalmente a acompañarle para conocerle y abrirnos su intimidad. “Venid y lo veréis” y nosotros iremos para quedarnos junto a Él.

24 de enero. III Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús comienza su ministerio público anunciando la cercanía del Reino de Dios y la necesidad de conversión. Este cambio fue real para Simón, Andrés, Santiago y Juan, cuando Jesús los vio trabajando junto al lago. Los vio significa que los miró por dentro. Y los amó llamándoles a estar con Él y a ser pescadores de hombres. Nosotros, ¿dejamos espacio para que el Señor nos llame y nos invite a participar de su misión?

31 de enero, IV Domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio nos presenta a Jesús enseñando “no como los escribas, sino con autoridad”. El estilo de Jesús no fue mandar ni ejercer la fuerza, ni utilizar su autoridad para imponerse. Jesús muestra su autoridad con hechos y palabras, sanando a personas, no dando por perdido a nadie, viviendo con coherencia el anuncio del Reino de Dios. ¿Somos nosotros personas auténticas?

Patricia González Fernández, OMI

Miércoles, 30 Diciembre 2020 19:53

REVISTA DIOCESANA ENERO 2021

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Al comenzar un nuevo año todos nos felicitamos avivando la esperanza ante el tiempo que se nos ofrece como posibilidad de ser felices o, al menos, más felices de lo que fuimos en el año que expira. Este deseo de plenitud que el hombre abriga en su corazón solo es posible si acepta como condición que el tiempo no le pertenece. El hombre es un «ser en el tiempo», mas no es «señor del tiempo». El tiempo es siempre una incógnita que se desvela mientras suceden las estaciones, los años, los meses y los días. Si acaso, como dice el Papa Francisco, somos dueños del momento presente, porque determinamos lo que queremos hacer y programamos nuestra agenda, aunque también sabemos la facilidad con que, inevitablemente, se desprograma. Cuentan las circunstancias.

El hombre tiene, además, experiencia de que el tiempo le devora. Sin apenas advertirlo, nos hacemos viejos, y contamos el tiempo no como posibilidad de vivir sino como disminución ante la muerte que se intuye próxima. No comulgo con la definición de que «el hombre es un ser para la muerte», pero ahí está la muerte, en cada encrucijada, y el tiempo la avecina inevitablemente.

En la revelación judeo-cristiana, Dios es el Señor del tiempo y de la historia. Suyo es el tiempo y la eternidad y rige la historia hacia la plenitud, aunque en ocasiones parezca que el tiempo y la historia se le ha ido de las manos porque no entendemos la lógica de cuanto sucede. La historia de Israel provocó en el pueblo elegido profundas crisis de fe en el Dios revelado a Abrahán, que parecía olvidar sus promesas de paz, prosperidad y justicia. El tiempo parecía ir en contra de la providencia divina, que se ocultaba en lo que Israel consideraba infortunio, fracaso, ruina y desolación. También la Iglesia pasó por esa misma prueba, como atestigua la segunda carta de Pedro: «para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión» (3,8-9). El secreto es la paciencia: el tiempo se dilata para hacer posible la conversión de los hombres.

Con el nacimiento de Cristo en nuestra carne, el tiempo empieza a ser, además, una dimensión de Dios. Un prefacio de Navidad dice expresamente de Cristo: «engendrado antes de todo tiempo, comenzó a existir en el tiempo para devolver su perfección a la creación entera». Se explica que san Pablo afirme que «cuando legó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo» (Gál 4,4). El tiempo llega a su plenitud con la entrada de Dios en la historia de los hombres. Dios se limita a sí mismo asumiendo el devenir de las horas, los días, meses y años. Se limita, sobre todo, en la muerte que, como hombre, debía padecer para hacerse semejante a los hijos de Adán. Pero, al hacerlo, el límite se hace trascendente y ofrece explicación al sentido último de la historia, que no va a la deriva, sino hacia la plena consumación. De ahí que Cristo ha sido llamado el «éschaton» de Dios, lo último, lo definitivo, lo que da sentido a cada momento del vivir humano. Como dice Gaudium et Spes, «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre [...], semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado» (GS 22). Aquí está la clave para entender el misterio del tiempo: si el Hijo de Dios se ha hecho «contemporáneo» de cada hombre, quiere decir que vive con nosotros el tiempo de nuestra vida y podemos desearnos la felicidad en cada año que comienza.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Logo Año Familia

 

El Santo Padre convoca el Año especial dedicado a la familia, que se inaugurará el 19 de marzo de 2021, quinto aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. Precisamente a partir de la celebración de este aniversario, el Santo Padre ofrecerá a la Iglesia la oportunidad de reflexionar y profundizar en el riquísimo contenido de la Exhortación Apostólica, fruto de un intenso camino sinodal, que aún continúa a nivel pastoral.

La iniciativa, que lleva el nombre de Año “Familia Amoris Laetitia” (www.amorislaetitia.va) y que estará marcada por propuestas e instrumentos pastorales que se pondrán a disposición de las realidades eclesiales y de las familias, concluirá con la celebración del X Encuentro Mundial de las Familias en Roma, en junio de 2022.

 

El año de la “Familia Amoris Laetitia” es una iniciativa del Papa Francisco que se propone llegar a todas las familias del mundo a través de propuestas espirituales, pastorales y culturales que se podrán llevar a cabo en las parroquias, diócesis, universidades, movimientos eclesiales y asociaciones familiares. El objetivo es ofrecer a la Iglesia oportunidades de reflexión y profundización para vivir concretamente la riqueza de la exhortación apostólica Amoris Laetitia.

La experiencia de la pandemia ha puesto de relieve el papel central de la familia como Iglesia doméstica y la importancia de los lazos comunitarios entre las familias, que hacen de la Iglesia una “familia de familias” (AL 87).

Esta merece un año de celebraciones para que sea puesta en el centro del compromiso y del cuidado de cada realidad pastoral y eclesial.

  • Difundir el contenido de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, para hacer experimentar que el Evangelio de la familia es alegría que “llena el corazón y la vida entera” (AL 200).
  • Anunciar que el sacramento del matrimonio es un don y tiene en sí mismo una fuerza transformadora del amor humano. Para ello es necesario que los pastores y las familias caminen juntos en una corresponsabilidad y complementariedad pastoral entre las diferentes vocaciones en la Iglesia (Cf. AL 203).
  • Hacer a las familias protagonistas de la pastoral familia. Para ello se requiere “un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia” (AL 200), ya que una familia discípula se convierte también en una familia misionera.
  • Concienciar a los jóvenes de la importancia de la formación en la vierdad del amor y el don de sí mismos, con iniciativas dedicadas a ellos.
  • Ampliar la mirada y la acción de la pastoral familiar para que se convierta en transversal, para incluir a los esposos, a los niños, a los jóvenes, a las personas mayores y las situaciones de fragilidad familiar.

Iniciativas y recursos

Aquí se describen algunas de las iniciativas. La invitación, dirigida a todas las   comunidades,   es   a   participar, y a  convertirse   en   protagonistas con otras propuestas a  implementar en la propia Iglesia local (diócesis, parroquias, comunidades eclesiales).

  • Fórum “¿Dónde estamos con Amoris Laetitia? Estrategias para la aplicación de la exhortación apostólica   del   Papa   Francisco”, del 9 al 12 de junio de 2021, con los responsables de las delegaciones de pastoral familiar de las conferencias episcopales, movimientos y asociaciones familiares internacionales.
  • Proyecto “10 Videos Amoris Laetitia”: el Santo Padre explicará los capítulos de la exhortación apostólica, junto con las familias que darán testimonio de algunos aspectos de su  vida  cotidiana.  Cada mes  se difundirá un vídeo para despertar el  interés  pastoral  por  la   familia en las diócesis y parroquias de todo el mundo.
  • # lamChurch : difusión de algunos videos testimoniales sobre el protagonismo eclesial y la fe de las personas con discapacidad.
  • “En camino con las familias”: 72 propuestas pastorales concretas para caminar con las familias inspirándose en Amoris Laetitia. Con vistas al X Encuentro Mundial de las Familias en Roma 2022, se invitan a las diócesis y a las familias de todo el mundo a difundir y profundizar las catequesis que serán distribuidas por  la  diócesis  de  Roma  y a comprometerse con iniciativas pastorales en este sentido.

En camino con las familias

12 Itinerarios con las familias para poner en práctica Amoris Laetitia.

  1. Reforzar la pastoral de preparación al matrimonio con nuevos itinerarios catecumenales a nivel de diócesis y parroquias (cf. AL 205-222) para ofrecer una preparación remota, próxima e inmediata al matrimonio y un acompañamiento de las parejas en los primeros años de matrimonio. Un compromiso confiado de manera especial a los matrimonios que, junto con los pastores, se convierten en compañeros de viaje de los prometidos y de las parejas de recién casados.
  2. Potenciar la pastoral de acompañamiento de los matrimonios con encuentros de profundización y momentos de espiritualidad y oración dedicados a ellos para adquirir conciencia del don y de la gracia del sacramento nupcial {cf. AL 58 ss. y 223-230).
  3. Organizar encuentros para los padres sobre la educación de sus hijos y sobre los desafíos más actuales (cf. AL172 ss. y 259-290). Respondiendo a las indicaciones del Papa Francisco a los padres para tratar de comprender “dónde están sus hijos en su camino” (cf. AL 261).
  4. Promover encuentros de reflexión e intercambio sobre la belleza y las dificultades de la vida familiar (cf. AL 32 ss. y 89 ss.), para impulsar el reconocimiento del valor social de la familia, y la realización de una red de pastores y familias capaces de hacerse cercanos en las situaciones de dificultad a través del anuncio, el compartir y el testimonio.
  5. Intensificar el acompañamiento de las parejas en crisis (cf. AL 232 ss.) para sostener y formar en una actitud resiliente que les lleve a ver las dificultades como oportunidades, para crecer en el amor y hacerse más fuertes.
  6. Insertar a los matrimonios en las estructuras diocesanas y parroquiales para potenciar la pastoral familiar (cf. AL 86-88) y la formación de los agentes de pastoral, de los seminaristas y sacerdotes para que estén a la altura de los desafíos actuales (cf. AL 202 ss.) y colaboren con las familias. Para ello será importante hacer funcionar la reciprocidad entre la “familia-Iglesia doméstica” y la Iglesia {AL 200), para que se descubran y valoren como un don insustituible la una para la otra.
  7. Promover en las familias su natural vocación misionera (cf. AL 201, 230 y 324) creando momentos de formación para la evangelización e iniciativas misioneras (p. ej. con ocasión de la formación para los sacramentos de los hijos, matrimonios, aniversarios o momentos litúrgicos importantes).
  8. Desarrollar una pastoral de las personas mayores (cf. AL 191-193) que tenga como objetivo superar la cultura del descarte y la indiferencia y promover propuestas transversales en relación con las diferentes edades de la vida, haciendo que las personas mayores sean también protagonistas de la pastoral comunitaria.
  9. Involucrar a la pastoral juvenil con iniciativas para reflexionar y confrontarse con temas sobre la familia, el matrimonio, la castidad, la apertura a la vida, el uso de los medios de comunicación social, la pobreza, el respeto por la creación (cf. AL 40). Es necesario poder despertar el entusiasmo y mejorar la capacidad de los jóvenes para comprometerse plenamente con los grandes ideales y los desafíos que éstos implican. Este año se debe prestar especial atención a los niños para que conozcan el Año de la “Familia Amoris Laetitia” y las iniciativas propuestas.
  10. Promover la preparación del X Encuentro Mundial de las Familias con las catequesis y caminos formativos que, a través de diversas etapas y experiencias, acompañen a las familias hacia el Encuentro con el Santo Padre.
  11. Lanzar   iniciativas de acompañamiento y discernimiento para las familias heridas (cf. AL 50 ss., 241 ss. y 291 ss.). para ayudarlas a descubrir y poner en práctica la misión que tienen en su familia y en su comunidad, a partir del Bautismo.
  12. Organizar grupos en las parroquias y comunidades para reuniones de profundización sobre “Amoris Laetitia”, con el fin de sensibilizar sobre las oportunidades pastorales concretas que se presentan en las distintas comunidades eclesiales (cf. AL 199 ss.).

Fuente: Conferencia Episcopal Española

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