Secretariado de Medios

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El padre Frédéric Manns, profesor del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén ha mostrado, con su habitual competencia, que en el Evangelio de Juan existe una «sinfonía esponsal». Desde el inicio del Evangelio, Juan Bautista se denomina «amigo del esposo», que es Cristo. El título «esposo», aplicado a Cristo, es quizás uno de los menos conocidos entre los cristianos de a pie. Otros títulos se han impuesto con más preeminencia: Mesías, Hijo de Dios, Hijo del Hombre. Pero este de «esposo» es de enorme importancia porque recoge la gran tradición del Antiguo Testamento, según la cual Dios es el esposo de Israel con quien se ha comprometido en una alianza eterna.  A nadie se le escapa que el título de «esposo» lleva consigo connotaciones humanas, afectivas y psicológicas que están ausentes en otros títulos. Podríamos decir que llamar a Jesús «esposo» es afirmar que en él, el hombre —varón o mujer— puede encontrar la plenitud afectiva que anhela como base de su felicidad. En cierto sentido es lo que dice san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti». Pero, de modo indirecto, aplicar a Jesús el título «esposo» confirma algo propio del evangelio de Juan: en Jesús se ha hecho presente Dios mismo, quien, según los profetas, viene a unirse a la humanidad en unos esponsales de fidelidad eterna.

            En la liturgia de este domingo se confirma lo que venimos diciendo. La lectura del profeta Isaías es un poema de amor en la que se dice a Israel: «El Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá su esposo. Como un joven se desposa con una doncella […] como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo» (Is 62,5). El profeta utiliza, además, una imagen poética llena de significado, pues ante la vista de Jerusalén con su muralla almenada que el sol de la aurora cubre de luz, dice: «Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios» (Is 62,3). Dios es el rey victorioso, que como el sol, ilumina a su ciudad santa que «parece una corona refulgente sobre el monte visible desde lejos y magnífica» (Schökel).

            Que Jesús haga su primer milagro en las bodas de Caná tiene que ver con esta «sinfonía esponsal» de la que habla F. Manns. No es causalidad que Jesús quisiera participar en unas bodas y que, en su trascurso, ofreciera un vino espléndido y abundante. ¿De qué otra manera podía manifestarse Dios sino en la abundancia de sus dones? La venida del esposo definitivo de la humanidad se hace patente en el «signo» de Cristo que ilumina a los comensales con la gloria y la fe de su actuación. La presencia de María como «mujer» resalta el simbolismo. Ella es la imagen del nuevo pueblo de Dios que invita a los criados a servir al Mesías y preparar así la alianza nueva: «Haced lo que él os diga». Estas palabras recuerdan las de Moisés en la conclusión de la alianza primera. Jesús ha llegado como el «esposo» definitivo del pueblo de Israel y todos deben ponerse a disposición suya para celebrar las bodas definitivas. La cantidad de agua transformada en vino —600 litros—, teniendo el cuenta que el vino «alegra el corazón del hombre», subraya que Dios no escatima sus dones, sino que los reparte sin medida a quien se le acerca y se deja amar por él.

            Presenciamos, pues, la auto-manifestación de Jesús al inicio de su ministerio que desencadena otras revelaciones de sí mismo y que culminarán en la cruz, donde de su costado abierto nacerá la esposa —la Iglesia— que, unida a él, proclamará su amor a todas las generaciones. Allí, en la cruz, Jesús ofrecerá el vino nuevo y revelará el amor infinito que le trajo a habitar entre los hombres.

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Lunes, 03 Enero 2022 09:53

REVISTA DIOCESANA ENERO 2022

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El Obispo de Segovia, don César Franco Martínez, ha mantenido esta mañana el tradicional encuentro con los medios de comunicación de la ciudad previo a la celebración de la Navidad. Durante el mismo, el prelado ha hecho un balance de los acontecimientos que han marcado la agenda diocesana durante este año 2021.

            El obispo ha repasado dos de los eventos más importantes: la inauguración del Año Jubilar Henarense el 8 de agosto y la ordenación sacerdotal del joven segoviano Álvaro Marín Molinera el 20 de julio. En el Santuario de el Henar, ha reconocido, están contentos, pues las peregrinaciones y los actos previstos avanzan con buen ritmo, esperando que la incidencia de la pandemia les permita continuar. Respecto a la Álvaro Marín, se ha felicitado por la alegría que supone ordenar un sacerdote en más de una década. Una buena noticia a la que hay que sumar la reciente admisión a las Sagradas Órdenes de Alberto Janusz y la incorporación de tres nuevos chavales al Seminario Menor.

            Por otra parte, don César ha recordado que nos encontramos inmersos en la fase diocesana del Sínodo de los Obispos convocado por el Papa Francisco hasta el próximo año 2023. Y, al hilo de esto, ha subrayado la importante reunión mantenida por el presbiterio diocesano en el mes de noviembre: la Asamblea Presbiteral. Un encuentro en el que los sacerdotes abordaron el trabajo en los Arciprestazgos, la necesidad de acoger a los sacerdotes venidos desde otras diócesis o la intención de que la formación permanente del clero abarque todas las dimensiones de la vida del sacerdote.

            Asimismo, el prelado ha querido recordar que, como se reflejó con total transparencia en las cuentas presentadas por el administrador, la diócesis consignó un balance deficitario a causa, principalmente, de la pandemia. No obstante, haciendo hincapié en la posibilidad de realizar aportaciones por las diferentes vías posibles —domiciliación bancaria, por la web donoamiiglesia o a través de bizum—, don César ha agradecido «enormemente y de corazón» la colaboración de todos los feligreses.

NOVEDADES

            De cara al próximo año 2022, don César ha asegurado que el próximo 24 de enero viajará a Roma junto a los obispos de la provincia eclesiástica de Valladolid para mantener un encuentro con el Papa Francisco en la llamada visita ad limina apostolorum.  Encuentro que, tradicionalmente, tiene lugar cada cinco años y en el que los obispos trasladan al Santo Padre la actualidad de sus diócesis. Durante esta visita, Franco, que como ha confesado suele «cortarse» ante la presencia del pontífice, esperará a que Francisco le pregunte por Segovia para decirle que «es gente muy buena, que necesitamos curas, que lo de ser obispo es muy complicado porque es como tener una casa y no poderla administrar».

            Por otro lado, ha manifestado su firme intención de mantener su Visita Pastoral, pospuesta a causa de la pandemia. «Pase lo que pase», ha dicho don César, retomará su agenda para visitar a sus diocesanos y trasladarles su cercanía.

            Finalmente, el obispo ha revelado que durante este 2022 se reabrirá al público el museo diocesano ubicado en el Palacio Episcopal. Bajo la gestión del Cabildo catedralicio, el visitante podrá conocer la Catedral y, con la misma entrada, recorrer la «zona noble» del Palacio, visitando la muestra de orfebrería y arte allí expuesta: «lo aconsejo porque verdaderamente merece la pena», ha dicho Franco.

            Por último, ha felicitado la Navidad y el año nuevo a los periodistas, pidiéndoles que «sirvan siempre a la verdad».

 

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Queridos hermanos sacerdotes:

            En el último Consejo Presbiteral hicimos balance de la asamblea de sacerdotes celebrada en Ávila los días 7-9 del pasado noviembre. He juzgado oportuno compartir con vosotros mis impresiones personales y las expresadas por los participantes en esta carta que con motivo de la Navidad y Año Nuevo os dirijo con todo afecto de cara al futuro.

            Quiero decir, en primer lugar, que la asamblea ha sido una gracia del Señor por haber convivido juntos quienes formamos un solo presbiterio, por haber fortalecido la fraternidad sacerdotal nacida del sacramento del orden y por haber orado y reflexionado sobre nuestra tarea primordial: la evangelización. Agradezco de nuevo a quienes prepararon con esmero el desarrollo de la asamblea y a quienes participasteis en ella a pesar de tener lugar fuera de Segovia. Según el común sentir de los asistentes, fue un acierto aislarnos durante esos días para atender mejor a la necesidad, sentida hace tiempo, de reflexionar sobre los diversos aspectos de nuestra vida sacerdotal y sobre el futuro de nuestra diócesis. La experiencia muestra que, cuando nos ponemos bajo la acción del Espíritu y reforzamos la responsabilidad común en la misión recibida, siempre hallamos luz.

            Dado que lo vivido en la asamblea presbiteral afecta a todo el presbiterio, quiero dirigirme a todos los sacerdotes. De este modo, quienes no pudieron asistir por diversos motivos pueden participar también de nuestra experiencia.

            Como dije en el inicio de nuestra asamblea, los fines que pretendíamos eran claros: caminar hacia la conversión personal y pastoral, conocernos mejor para fortalecer la comunión y mirar con realismo, discernimiento y esperanza el futuro de la diócesis. Partíamos de un principio teológico y pastoral muy claro: por el sacramento del orden formamos parte de un presbiterio concreto —el de Segovia— y, al mismo tiempo, vivimos la preocupación por todas las Iglesias, típica del único sacerdocio de Cristo. El hecho de que sacerdotes venidos de fuera compartan nuestra responsabilidad pastoral nos enriquece, aunque sea también un reto para la comunión presbiteral que debemos asumir mediante actitudes de acogida y de integración en una diócesis concreta.

            Las cuestiones que se plantearon en las ponencias fueron debatidas en los grupos con sinceridad, objetividad y respeto mutuo.  En el contexto eclesial del Sínodo convocado por el Papa Francisco para 2023, se puede decir que esta asamblea ha sido un ejercicio ejemplar de sinodalidad, tanto por su gestación como por su desarrollo. Por todo ello, damos gracias a Dios.

            Los temas tratados, como sabéis, se concretaron en propuestas que fueron votadas al final de la asamblea para ser presentadas al obispo de cara a su discernimiento, aprobación y puesta en práctica en la medida de las posibilidades que tiene la diócesis. Son pistas para el camino.

            Aunque recibiréis en su momento las propuestas aprobadas en la asamblea, quisiera ofreceros mi reflexión sobre las mismas sin pretender ser exhaustivo, con el fin de dar una visión de conjunto sobre los cuatro temas que ocuparon nuestra atención.

            1. Acerca de dar pasos para una pastoral de conjunto que ayude a reestructurar la Diócesis.

 La situación actual de la diócesis nos urge a pensar en una posible nueva reestructuración de esta atendiendo a los núcleos de población y al número de sacerdotes que tenemos. Reconociendo la dificultad que supone una acción de esta naturaleza, la reflexión se centró en estos aspectos:

  1. Revitalizar los arciprestazgos como lugares de convivencia, trabajo y oración, hasta lograr que sean lugares de encuentros donde compartir la vida. Para ello, conviene revisar el tiempo que dedicamos a la reunión, la periodicidad y el estilo de vida sacerdotal que debemos fomentar.
  2. La importancia de los laicos en la vida de la Iglesia exige que sean escuchados, formados e incorporados a tareas concretas a nivel parroquial, arciprestal y diocesano. Se debe continuar el trabajo iniciado en la formación de los Consejos parroquiales y arciprestales y alentar el trabajo en grupos arciprestales de sacerdotes y laicos.
  3. En orden a una nueva restructuración de la Diócesis, que se considera necesaria, conviene estudiar la agrupación de parroquias que permita mejor distribución del clero; evaluar las experiencias hechas (vicarios foráneos, UPAS, celebradores de la Palabra); preparar equipos de sacerdotes y laicos que trabajen con criterios comunes; potenciar la presencia de laicos en la curia.
  4. Sobre los criterios comunes para una pastoral de conjunto en la diócesis, se valoró positivamente la celebración de un encuentro anual de sacerdotes, potenciar la sinodalidad y dar a conocer la normativa y los diversos directorios ya existentes.

2.  Acerca de cómo mejorar la acogida e integración de los sacerdotes extradiocesanos y nuestra comunión presbiteral.

  1. Además de potenciar lo que se realiza actualmente, se insistió en la conveniencia de formar un grupo de sacerdotes que, junto al Vicario para el Clero, faciliten la acogida de los sacerdotes que vienen a trabajar en la diócesis (un sacerdote de su cultura, el arcipreste o un sacerdote del arciprestazgo donde se integra).
  2. Atender a las necesidades concretas y acompañar al sacerdote durante un tiempo prudencial antes de incorporarlo a tareas ministeriales.
  3. Clarificar con él y el arcipreste su disponibilidad y tiempo de su presencia.
  4. Darle a conocer los criterios diocesanos sobre la acción pastoral, economía y aspectos organizativos.

3. Acerca del acompañamiento de los sacerdotes

La reflexión sobre este tema se orientó a las características que deben tener los sacerdotes que acompañan (cercanía, paciencia, capacidad de escucha), aunque se reconoció que no siempre se encuentran todas en la misma persona. Se destacó la disponibilidad para visitar a los sacerdotes en los lugares de trabajo. Entre los que formasen el grupo, debería haber un sacerdote extradiocesano que haya pasado por esta experiencia. Los sacerdotes dedicados a esta tarea, aunque trabajen en coordinación con el Consejo de gobierno, no deben ser miembros de él.

4. Acerca de la formación integral

Entre las propuestas más destacadas sobre la formación integral de los sacerdotes, señalo las siguientes:

  1. Temas que susciten interés por su actualidad e importancia.
  2. Temas sobre problemas humanos, de consistencia humanística e intelectual.
  3. Temas que compaginen la formación intelectual con los aspectos de la vida ordinaria (la soledad, el ocio, la convivencia).
  4. El tema de la sinodalidad.
  5. Temas sugeridos por los arciprestazgos.

Es obvio que esta síntesis de los asuntos debatidos y las propuestas no agota la riqueza de la reflexión, aunque permite hacerse una idea de las preocupaciones pastorales del presbiterio. Como entramado de los diversos bloques es fácil descubrir la necesidad que todos experimentamos de evangelizar en un cambio de época que exige más creatividad, discernimiento y, sobre todo, generosidad. El reconocimiento de nuestra pobreza y limitación fue también una constante en los momentos de oración y reflexión. Sin embargo, durante toda la asamblea prevaleció la esperanza basada en la certeza de que Cristo nos ha elegido para hacernos testigos y apóstoles en nuestro mundo.

Si observamos bien los bloques temáticos, encontramos una serie de características comunes en todos ellos, que podríamos resumir de esta manera:

1) La importancia de la persona del presbítero y de sus circunstancias concretas que debe impregnar nuestra relación fraterna y ministerial. Somos hermanos y debemos acogernos unos a otros como tales.

            2) La necesidad de la comunión presbiteral para llevar adelante la única misión de la Iglesia. Esta comunión nos exige a todos vivir lo esencial de nuestro ministerio al servicio de los hombres. No somos piezas de recambio ni meros funcionarios. Nuestra vida se explica desde la elección de Cristo y el envío misionero. El mutuo acompañamiento es un signo de la fraternidad derivada del sacramento del orden.

            3) La diócesis es la viña del Señor a la que debemos servir con disponibilidad atendiendo a sus necesidades reales, que son las de las personas que la forman. Los laicos son copartícipes de la única misión de Cristo. Son necesarios para realizar la evangelización y deben ser formados en orden a la misión.

            4) Las estructuras diocesanas (curia, arciprestazgo, parroquias) deben adaptarse a las necesidades reales de la evangelización en una sociedad que se muestra indiferente o rechaza la trascendencia. Debemos aprender a vivir en la dialéctica de atender a los que creen y suscitar la fe en los incrédulos e indiferentes.

            5) La acción misionera no será posible si no vivimos en la unidad de criterios que nace de la comunión eclesial y de la historia concreta de nuestra diócesis, plasmada en orientaciones doctrinales, directorios, planes de pastoral y otros documentos que nos dirigen hacia el futuro.

            6) Aunque figure como último apartado, es esencial que la misión parta siempre de la configuración con Cristo, Señor y Maestro de nuestras vidas. La conversión constante a su persona, mediante la oración, la experiencia de la gracia sacramental y la constante formación espiritual y teológica es el fundamento de una evangelización fecunda, aunque no recojamos la frutos esperados, pues «ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios que hace crecer… nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificio de Dios» (1 Cor 3, 7-9).

            En la asamblea no abordamos todos los temas de nuestra vida sacerdotal. Los momentos largos de oración bien cuidada nos situaban ante la necesidad de orar más y mejor y nos interrogaron sobre el lugar que ocupa la oración en nuestra vida. Tampoco se abordó el tema de las vocaciones al ministerio y la pastoral vocacional en general sin la que es imposible entregar el testigo de la fe a las nuevas generaciones. Reflexionamos sobre la necesidad de agrupar parroquias, pero sin plantear paralelamente la posibilidad de vida en equipo de los sacerdotes para atender las necesidades pastorales de posibles agrupaciones. Tiempo habrá para ampliar la reflexión y buscar caminos de solución para problemas tan complejos. Seguramente la experiencia nos ayudará a discernir lo posible de lo deseable y lo real de lo ideal. Si nos situamos bajo la acción del Espíritu, siempre hallaremos luz y fuerza para el camino.

            Os invito a todos, hermanos sacerdotes, a poner en juego todas vuestras capacidades y especialmente la disponibilidad para el servicio de modo que el Señor nos confirme cada día en su llamada y nos envíe a su viña como fieles trabajadores cuyo salario es la dicha de predicar el evangelio de la salvación.

            Os deseo a todos que la cercana fiesta de Navidad revitalice la admiración ante el Verbo hecho carne y haga crecer el conocimiento y amor de quien nos ha redimido con la entrega de su vida.

            Con mi afecto en el Señor

            En Segovia, 14 de diciembre de 2021, fiesta de san Juan de la Cruz.

 

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Navidad es la fiesta familiar por excelencia. A pesar de la secularización e indiferencia religiosa, las familias se reúnen en Navidad como atraídas por una fuerza irresistible que se remonta a Belén. Allí, en la noche más clara de la historia, Dios habitó la escena humana en el seno de una familia que llamamos sagrada. Con toda sencillez lo cuenta san Lucas: «Y sucedió que, mientras estaban allí (María y José), le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre» (Lc 2,6). Sin retórica, sin amplificaciones legendarias, sin apelación a lo sobrenatural, el Hijo de Dios nace en nuestra carne constituyendo la familia que permanecerá para siempre como paradigma del amor mutuo y sin fisuras. Dios ha querido reflejar su vida trinitaria en la convivencia sobrecogedora de una virgen madre, un varón recto y justo y un niño cuyo nombre —Jesús— lo dice todo: Dios salva.

            Al hablar de paradigma nos referimos a su carácter de ideal y prototípico. Bien sabemos que esta familia es única, irrepetible, nacida de una acción directa de Dios, que rehace su plan original mediante misterios trascendentes que forman la trama sobrenatural de lo que sucede. El Dios hecho carne justifica la concepción inmaculada de María, su virginidad perpetua; también justifica la elección de José con su paternidad legal y davídica y su papel de custodio y protector de María y José. Pero es indudable que el carácter único de esta familia no se agota en el misterio que la sostiene, sino que se proyecta sobre el mundo para que toda familia humana tenga un espejo donde mirarse y aprender las virtudes que ensalza la liturgia de este domingo.

            La familia de Belén, además, es el fundamento de otra que ensancha las fronteras de aquella aldea hasta el confín del mundo. Para participar en ella, Jesús invita al hombre a «nacer de nuevo». Se lo dice a Nicodemo y, en él,  a todos los que quieran escucharle. Lo dice públicamente cuando, al decirle que su madre y sus familiares le buscan, afirma: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?. Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,48-50). Con estas palabras, Jesús describe la familia que ha venido a fundar y abre el horizonte de una comprensión más amplia de la familia que se funda, en último término, en la actitud de María al acoger la palabra de Dios sin reservas y decir «hágase en mi según tu palabra». Por eso, en el prólogo del cuarto evangelio se dice que los miembros de esta familia no nacen «de sangre, ni de deseo de carne ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios» (Jn 1,13). Es obvio que el evangelista sitúa en paralelo el nacimiento del Verbo en nuestra carne y el de los cristianos que acogen con fe a Cristo y creen en su nombre. Ambos nacimientos se explican mutuamente desde la fe. Gracias a la fe, Dios engendra a sus hijos en el bautismo, los une en la consistencia de un solo cuerpo, que es la Iglesia, y los convierte en su familia, que tiene la misión de extenderse por el mundo.

            El Hijo de Dios se ha hecho hijo de los hombre no solo para santificar la primera institución humana, cuna de la vida y origen inviolable de derechos, sino también para revelarnos el plan de Dios sobre la humanidad, que está llamada a participar de la vida de Dios al modo «familiar», es decir, según el amor trinitario que nos vincula unos a otros, no con lazos de carne y sangre, sino con el vínculo indestructible de la vida divina. Como dice san Juan, no sólo nos llamamos sino que en verdad somos hijos de Dios.

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La historia de la salvación es una sucesión ininterrumpida de promesas de Dios. Cuando los testigos de los acontecimientos de Cristo —apóstoles y evangelistas— deciden consignar por escrito lo que han visto, oído y tocado de Jesús, personaje histórico, recurrirán continuamente a las Escrituras para encontrar claves, indicios, anuncios más o menos explícitos y contrastarlo todo con lo que un exegeta alemán llama el «Cristo acontecido». Eran conscientes de que la presencia de Cristo entre los hombres tenía que ver necesariamente con la revelación al pueblo de Israel, llamado pueblo de las promesas. Con ese pueblo, el más pequeño de los pueblos de la tierra, Dios había hecho un pacto que ni siquiera el pecado podría romper. Israel sabía que Dios era fiel y cumpliría sus promesas. Cada promesa nueva era, en cierto sentido, una renovación de la alianza. Se explica, por tanto, que en los evangelios aparezcan expresiones como estas: para que se cumpliera la Escritura, según dice la Escritura, como dice el profeta, etc. En otras ocasiones, los hechos de Jesús son presentados, aunque no expresamente, como el cumplimiento de las profecías y promesas del Antiguo Testamento.

            En el pasaje evangélico de este cuarto domingo de Adviento, se lee el encuentro de María con su pariente Isabel en casa de Zacarías. Es un pasaje entrañable donde se evocan temas del Antiguo Testamento de extraordinario simbolismo. Al escuchar Isabel el saludo de María, la criatura saltó en su vientre y, llena del Espíritu Santo, Isabel levantó la voz y exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,42-45). En la exclamación de Isabel se utiliza un término que en la Biblia griega de los LXX se vincula a la liturgia de los levitas ante el arca de la alianza. De modo indirecto, Isabel vocea con grito grande ante la presencia del arca de la nueva alianza, que es María, en cuyo seno habita ya el Señor. El título aplicado a María — «la madre de mi Señor»— desvela el misterio sucedido en la Virgen que lleva en su seno al «Señor» de cielos y tierra, el Hijo del Altísimo.

            Otro título —«bienaventurada la creyente»— se contrapone a la incredulidad de Zacarías, esposo de Isabel, que no dio fe a las palabras del ángel cuando le anunció el nacimiento de un hijo. María es «la creyente» por excelencia, y su gozo consistirá en el cumplimiento de las palabras del Señor. Más aún: Lo dicho por el Señor ha empezado a realizarse en la gestación del hijo de María. Dios ha sido fiel a sus promesas gracias a la fe de María. Como predicaba el papa Inocencio III, «el autor de la fe no podía ser concebido por una madre incrédula».

            No hay que discurrir mucho para concluir que este pasaje evangélico es el mejor colofón del Adviento y la mejor obertura para las fiestas de Navidad. Dos mujeres encinta: una lleva al precursor; otra al Mesías. Un saludo repleto de gozo y esperanza, porque en la escena aparece «la madre de mi Señor». Y una bienaventuranza que, dicha de María, se hace extensiva a quienes desde entonces a hoy son bienaventurados porque creen que las cosas dichas por Dios no son en vano, sino que tienen cumplimiento, realización. No cabe mayor esperanza para el mundo saber que si el Verbo de Dios se ha hecho carne, es que Dios se ha implicado de tal modo en la historia de los hombres que nada ni nadie podrá abatir la esperanza que nos sostiene como peregrinos de este mundo. ¡Feliz Navidad!

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En el Evangelio de este tercer domingo de Adviento, por tres veces consecutivas, diversos grupos de personas dirigen a Juan Bautista la misma pregunta en orden a la conversión: «¿Qué debemos hacer?». Quienes preguntan pertenecen a tres grupos bien definidos de personas que el evangelista describe como la gente en general, los publicanos y un grupo de soldados. A cada uno de ellos, el Bautista les marca una pauta de conducta antes de bautizarlos en el Jordán. En cuanto al primer grupo, la gente del pueblo llano, Juan les invita a practicar la caridad compartiendo con quienes no tienen ropa y comida. Vestir al desnudo y dar de comer al hambriento figuraban entre las obras típicas de misericordia, a las que alude Jesús en el juicio final: Tuve hambre y me distéis de comer, estuve desnudo y me vestisteis. Al grupo de publicanos, servidores públicos que recaudaban impuestos y tenían fama de abusar de la gente, el Bautista les dice: «no exijáis más de lo establecido». Y, finalmente, exhorta así a los soldados: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga» (Lc 3,14).

            Estas exhortaciones morales, que recogen principios básicos de la ley de Dios, responden, en primer lugar, al deseo de conversión de quienes se acercaban a recibir el bautismo; y, en el segundo lugar, a la expectación que existía sobre la llegada del Mesías, que algunos identificaban con Juan Bautista. En el contexto de esta expectación, el Bautista confiesa abiertamente que él no es el Mesías, pues solo bautiza con agua, mientras que el Mesías bautizará con Espíritu santo y fuego. El pasaje del evangelio termina con estas palabras significativas: «Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio». La predicación de Juan, según el evangelista Lucas, pertenece, por tanto, al Evangelio, el que Jesús trae en su propia persona y que explicitará mediante sus hechos y enseñanza.

            Si leemos este pasaje de san Lucas en el tercer domingo de Adviento es porque, en la preparación a la Navidad, la iglesia nos invita a preguntamos también nosotros: «¿qué debemos hacer?». La llamada a la conversión, que conlleva el Adviento, suscita en el cristiano el deseo de hacer obras de santidad y justicia para recibir a Cristo en la Navidad. Reducir la Navidad a simples fiestas de invierno sin el significado cristiano que comporta, supone perder de vista su origen y finalidad. No hay que olvidar, además, que la palabra «evangelio» significa buena noticia, anuncio gozoso. Precisamente este domingo tercer de Adviento es llamado «domingo Gaudete», porque en el texto de san Pablo, que leemos como segunda lectura, utiliza dos veces este verbo latino que invita a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4). La alegría es la nota distintiva del Evangelio en cuanto anuncio de la venida del Mesías, Cristo Jesús. No se trata de una alegría cualquiera, y mucho menos pagana, sino de la que produce el hecho histórico de que Dios entra en la escena de los hombres para ofrecerles la redención del pecado y de la muerte. Es la alegría de la salvación última que se ofrece a los hombre como regalo de Dios en su Hijo Jesucristo. Ante tal acontecimiento, el hombre salta de gozo porque deja de ser un condenado a muerte sin remedio y pasa a ser un redimido por Cristo. Por eso, la pregunta «¿qué debemos hacer?» revela la actitud de que, ante la misericordia de Dios manifestada en Cristo, sólo cabe salir de uno mismo, acoger el regalo que Dios nos hace, y responder con obras de conversión a la oferta de su entrañable misericordia. A esto nos invita la buena noticia del Adviento.

 

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Viernes, 03 Diciembre 2021 12:14

SAN MIGUEL ABRE SUS PUERTAS A LAS VISITAS

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La iglesia de San Miguel abre sus puertas al público. Un proyecto con el que se busca acercar a segovianos y visitanes tanto el legado cultural cristiano como su aportación al patrimonio de la ciudad. Así, el encargado de la parroquia de San Miguel, D. Isaac Benito Melero, defiende que el principal motivo para la apertura del templo es que «una iglesia cerrada no evangeliza». De hecho, que la iglesia se abra a las visitas supone una continua catequesis, como instrumento e instrucción en la fe para todos aquellos que «estén dispuestos a abrir su corazón a este misterio divino». 

Además, Isaac Benito cree que con este proyecto se rinde un recuerdo especial a los antepasados, ya que es «increíble» que nada más derrumbarse la primitiva iglesia románica, fueran capaces de construir «este templo tan hermoso» con el esfuerzo enorme —alentado por la fe— de los feligreses de la parroquia. Por ello, es también un signo de agradecimiento a todos los que a lo largo de los siglos han hecho posible que la iglesia cuente con el rico patrimonio que hoy alberga: construcción, altares, imaginería, pinturas... en definitiva, todo aquello que nos invita a penetrar e interiorizar nuestra fe. 

No hay que olvidar que que la iglesia de San Miguel tiene una especial concexión con personajes históricos de relevancia, como la reina Isabel la Católica y el médico Andrés Laguna. De hecho, en la tribuna de la primitiva iglesia de San Miguel, que entonces ocupaba el centro de la Plaza Mayor, fue proclamada Isabel como reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474. Para la contemplación artística y la vivencia de la fe, la iglesia permanecerá abierta al público desde hoy, de lunes a sábado de 11.00 a 14.00 horas y de 16.00 a 18.00 horas. Domingos y festivos de 11.00 a 12.30 horas y de 16.00 a 18.00 horas. Durante la visita, se pordrá recorrer el interior del templo y conocer su valor e historia a través de los paneles y códigos QR instalados en diferentes puntos de interés.

Finalmente, y fruto de la colaboración entre parroquia, Obispado y Ayuntamiento, surge un proyecto piloto mediante el cual, Turismo de Segovia ofrecerá visitas guiadas al interior del templo. Las visitas, de carácter gratuito, tendrán lugar los días 20, 21 y 22 de diciembre a las 17 horas. Para inscribirse, es necesario acudir de manera presencial al Centro de Reservas de Turismo de Segovia, ubicado en la plaza del Azoguejo.

 

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Jueves, 02 Diciembre 2021 08:49

REVISTA DIOCESANA DICIEMBRE 2021

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La figura de Juan Bautista personifica la espiritualidad del Adviento. Algunas representaciones que se han hecho de él, basadas en los pocos datos que los evangelios ofrecen, rayan en la caricatura y hacen de él un personaje excéntrico, marginal y alejado de los intereses y problemas sociales. Sin embargo, sabemos que era un profeta influyente, capaz de hacer discípulos y convocar a la gente para la oración y la penitencia. Hasta el tetrarca Herodes Antipas, que ordenó su decapitación, lo respetaba, le oía con gusto, y lo defendía porque sabía que era un «hombre justo y santo» (Mc 6,19). Pero el mejor elogio de Juan lo hace Jesús, al presentarlo como el mayor entre los nacidos de mujer y definirlo como la lámpara que ardía y brillaba. El dato de que el prólogo del cuarto evangelio, que es un himno dedicado al Verbo eterno y encarnado, introduzca al Bautista y afirme que fue «enviado por Dios» como «testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él», es la prueba de su eminente papel en la vida de Cristo.

            Juan Bautista es el último gran profeta del Antiguo Testamento cuya misión es presentar al Mesías que llevará a cabo la restauración del mundo y la redención del hombre. Él deja claro que no es el Mesías, ni Elías ni el Profeta definitivo. Se define a sí mismo simplemente con las palabras de Isaías: «La voz que grita en el desierto: allanad el camino el Señor». Si Cristo es la Palabra, el Bautista es la voz que prepara su venida. Si Cristo es la Luz del mundo, Juan es la lámpara que arde y brilla. Si el Precursor bautiza con agua, Cristo bautizará con Espíritu Santo. Juan está al servicio de Cristo. De ahí que se desprenda de sus discípulos para que sigan a Jesús, y define su relación con Cristo con estas significativas palabras: «Él tiene que crecer y yo que menguar» (Jn 3,30).

             En este segundo domingo de Adviento, el Evangelio de Lucas presenta a Juan en las coordenadas históricas de su tiempo con gran solemnidad para darnos a entender que el Bautista no es una ficción ni un personaje de leyenda, sino que pertenece a la historia de Cristo. Dice así: «En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto» (Lc 3,1). Lucas no puede ser más preciso, pero, junto a los datos históricos, introduce la nota distintiva de la fe: «vino la palabra de Dios sobre Juan». Como sucedió en otros momentos de la historia de Israel, Juan es un llamado por Dios para proclamar su palabra, que anunciará la llegada de los tiempos nuevos. La voz que grita en el desierto posee la fuerza de la palabra de Dios que está a punto de intervenir de modo definitivo en la historia de Israel y de la humanidad enviando a su Hijo. Se explica entonces que el Bautista personifique la espiritualidad del Adviento, pues invita a acoger al Salvador y le prepara el camino, según la profecía de Baruc que se lee este domingo: «Dios ha mandado rebajarse a todos los montes elevados  y a todas las colinas encumbradas; ha mandado rellenarse a los barrancos hasta hacer que el suelo se nivele, para que Israel camine seguro,  guiado por la gloria de Dios. Ha mandado a los bosques y a los árboles aromáticos que den sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel con alegría, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia». Esta es la misión de Juan: anunciar que el desierto será un vergel porque Dios, en su Hijo, viene a guiar a su pueblo.

 

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