Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

Por nuestro instinto de conservación y supervivencia, tendemos a acumular bienes pensando que de ello depende nuestra vida. La experiencia, sin embargo, nos dice lo contrario. La muerte no es aliada de nuestros bienes, y llega lo mismo a la casa del rico que a la del pobre. Los bienes nos aseguran una dolce vita o un nivel de bienestar, pero no nos aseguran la vida ni la inmortalidad. Las tumbas faraónicas son el mejor comentario a que la acumulación de bienes no prolonga la existencia ni satisface las expectativas de felicidad que el hombre lleva inscrito en su corazón.
Sabemos también que los bienes son ocasión de muchas divisiones y pleitos familiares. Precisamente el evangelio de hoy comienza con una interpelación que le hace a Jesús uno de sus oyentes: Maestro —le dice— dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Jesús, después de decirle que él no es juez para esos asuntos, afirma: «Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado la vida no depende de sus bienes». “Andar sobrado” es una expresión muy actual cuando queremos decir que alguien vive instalado en la altanería de sus riquezas o incluso en el orgullo de sí mismo por lo que cree ser y tener.
Para que entendamos el sentido de la codicia, Jesús cuenta la historia de un hombre que, ante un año de buena cosecha, decide tirar sus graneros y hacer otros más grandes que almacenen sus bienes. Y se dice a sí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come y bebe y date buena vida». Y concluye Jesús: «Necio, esta misma noche te van a exigir la vida y lo que has acumulado ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios». El contraste entre lo que el hombre piensa y lo que Dios depara es magnífico. La vida del hombre codicioso que se olvida de Dios es una necedad. ¿De quién será lo acumulado? ¿De qué servirá planear el futuro si el hombre no es dueño de su vida? En la catedral de Segovia está el cuadro del pintor flamenco Ignacio de Ries, conocido como el árbol de la vida. Los hombres banquetean en la copa de un árbol mientras el esqueleto de la muerte con su guadaña está a punto de cortarlo. Jesús toca una campana para advertir al hombre de su final trágico y en el ángulo superior izquierdo se leen estos versos: «Mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo; mira que te mira Dios, mira que te está mirando».
A veces este tipo de enseñanzas son tildadas de moralizantes, dando a esta expresión un matiz negativo. Es una forma de no querer mirar la verdad de frente, la verdad de la vida. Nadie negará, si es sabio, que no hay verdad más incontestable que la muerte y que la vida no depende de los bienes acumulados. La verdadera sabiduría, la que enseña Jesús, consiste en ser rico ante Dios y ponderar el fin que damos a nuestros bienes, que puede ser muy fecundo si les quitamos el valor absoluto que no tienen. ¡Cuánto podemos hacer en obras de caridad, en fundaciones benéficas, en atender a los pobres! ¡De cuántas esclavitudes podemos librar a hermanos nuestros que viven en pobrezas radicales, en miserias cuya sola existencia juzga el llamado estado de bienestar!
Jesús, a quien llamamos el Maestro, nos enseña la verdadera sabiduría. La verdadera riqueza es amasar bienes para Dios. Pero Dios no los necesita. Es el bien supremo, feliz en sí mismo. Es obvio que los bienes para el Señor son los bienes para nuestros hermanos. La riqueza alcanza así una finalidad social y fraterna de primera magnitud. Ya lo enseñaban los Padres al decir que sólo somos administradores de nuestros bienes, nunca señores absolutos. Seamos sabios. Es una cuestión de vida o muerte.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Viernes, 26 Julio 2019 11:53

Revista Diocesana. Julio Agosto 2019

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Miércoles, 24 Julio 2019 09:35

Importunar a Dios.D. XII. T.O.

 

En el evangelio de hoy, Jesús, además de enseñarnos a rezar el Padre Nuestro, añade unos consejos que revelan su pensamiento sobre el tema de la oración. Todos parten de que Dios, como Padre bueno, jamás deja de escuchar la oración de sus hijos, aunque a veces parezca que ha cerrado sus oídos a nuestras súplicas. Y argumenta diciendo que, si nosotros que somos malos no damos cosas malas a nuestros hijos, ¡cuánto más Dios dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan! He aquí el secreto de la eficacia de la oración: lo primero que debemos pedir es el Espíritu Santo, el don más grande podemos recibir.
Otro rasgo de la enseñanza de Jesús sobre la oración es la necesidad de insistir. Muy a menudo el cristiano, al no recibir de inmediato lo que pide, se desanima y deja de pedir. Para recalcar la importancia de insistir, Jesús cuenta la parábola del amigo inoportuno, que recibe la llamada de éste cuando ya está la familia en la cama, para suplicarle unos panes para una visita que ha llegado a esas horas. Jesús dice que, aunque sólo sea para que deje de importunar, se levantará de la cama y atenderá a su amigo. La enseñanza es clara: debemos importunar a Dios hasta que acceda a nuestros deseos. Dios quiere que le importunen para saber la confianza que tenemos en la oración. A este respecto es muy elocuente la primera lectura de hoy en la que Abrahán regatea con Dios, como si se tratara de dos comerciantes en un mercado callejero, sobre el número de justos que sería necesario encontrar para que Dios no destruyera la ciudad de Sodoma. Podemos decir que Abrahán le gana a Dios en el regateo, pues de cincuenta —punto de partida puesto por Dios—, consigue descender hasta diez.
Con esta parábola, Jesús nos enseña que Dios quiere ser importunado. En ocasiones, nuestro concepto de Dios nos impide mostrar con naturalidad nuestra confianza, la certeza de que es nuestro Padre y expresar los deseos del corazón con toda simplicidad hasta obtener lo que queremos. Jesús revela una imagen de su Padre que puede ser comprendida hasta por los niños que nos irritan con su insistencia o nos conmueven con sus llantos cuando piden algo que nace de sus deseos más íntimos. Ningún padre —dice Jesús— dará una piedra cuando su hijo le pide pan, ni una serpiente si le pide un pez, ni un escorpión si le pide un huevo. Dios es incomparable en su grandeza y providencia. Dios es siempre infinitamente Padre. Y aunque la distancia entre Dios y el hombre es infinita, la oración tiene el poder de superar esa distancia y situarnos de inmediato en la presencia de Dios con las manos vacías para que él las llene con sus dones. Para ello debemos acentuar la confianza de que Dios conoce nuestras necesidades mejor que nosotros.
También debemos empezar pidiendo lo esencial para pasar a lo que, según nuestro juicio, es de extrema necesidad. Cuando caemos enfermos, como es mi caso en estos momentos, nos parece que lo importante es la curación. Y, desde luego, la pido todos los días. Pero en el plan de Dios, la enfermedad puede ser para mí más necesaria que la salud por los bienes espirituales que me aporta. Por eso, pido a Dios que me eduque en esta situación y aprenda el bien que trae el sufrimiento. No dejaré de pedir la salud, pero pediré a Dios el Espíritu Santo para que, en salud o en enfermedad, en lágrimas o en gozo, reciba, como dice el libro de Job, lo bueno y lo malo, pues sólo así comprenderé el camino de Dios que pasa por mi vida.
Os agradezco a todos los que oráis por mi. Vuestra oración es mi mayor consuelo y esperanza. Yo rezo por Segovia cada día y ofrezco a Dios lo que tenga que sufrir, convencido de que todo es para bien de los que amamos a Dios.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

Miércoles, 17 Julio 2019 07:34

Santiago y la fe en España.

 

El 25 de Julio celebraremos la solemnidad de Santiago apóstol, patrono de España. La tradición del traslado de sus restos a Compostela ha convertido este lugar en uno de los tres lugares más importantes de peregrinación: Jerusalén, Roma y Compostela. Le veneramos con mucho fervor y gratitud por haber traído la fe a nuestra tierra, según una venerable tradición. Desde los inicios del cristianismo, España ha recibido la fe apostólica mediante la predicación de san Pablo y de Santiago, junto a otros varones apostólicos.
Sabemos que Santiago era hermano de Juan, el evangelista, y que ambos eran hijos de Zebedeo, pescador en el lago de Galilea. Jesús les llamó, y dejando a la barca y a su padre, le siguieron. Por su carácter impetuoso, Jesús les impuso el sobrenombre de «hijos del trueno». Como el resto de los apóstoles, pensaban que Jesús iba a ser un mesías político que daría de nuevo a Israel su autonomía y la liberación del yugo de Roma. Es muy conocida la escena en que Santiago y Juan, acompañados de su madre, piden a Jesús ocupar los puestos de su derecha e izquierda en el futuro reino. Jesús les hace una pregunta decisiva para probar su fidelidad a él: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Respondieron afirmativamente, aunque no sabemos si entendieron en un primer momento el alcance de la pregunta que indicaba el martirio de Cristo. Su disposición, no obstante, era generosa. Ambos sufrieron el martirio. Santiago murió decapitado por Herodes Agripa, en el año 44. En el barrio armenio de Jerusalén, la iglesia conocida como la de los dos Santiagos evoca el lugar de su martirio y el del pariente del Señor. Juan, según la tradición, sufrió el martirio, aunque sobrevivió a los tormentos, de ahí que se le conociera como el que permanecería hasta que llegara el Señor.
Ambos hermanos, junto con Pedro, formaron parte del grupo conocido como los predilectos del Señor. Fueron testigos de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor y de la agonía de Cristo de Getsemaní. Vieron, pues, de cerca la gloria de Cristo y su terrible angustia ante la inminencia de su muerte. Es un testimonio muy valioso que nos confirma en la fe de la divinidad y humanidad de Cristo, como sucede con el testimonio del resto de los apóstoles, columnas de la fe.
España se honra con el patronazgo de Santiago, que nos ayuda a comprender la importancia de la fe en nuestro pueblo. Que nuestra historia de fe se remonte a la predicación apostólica es un gracia especial de Dios y una gran responsabilidad. La fe cristiana pertenece, valga la expresión, al ADN de nuestra identidad como pueblo, que lo ha configurado con los valores del evangélico constitutivos de Europa, gracias en parte al cruce de los caminos que iban a Santiago y que se convirtieron en una red preciosa para la transmisión de la fe. Desde Santiago de Compostela, san Juan Pablo II nos exhortó vivamente el 9 de Noviembre de 1982 con estas memorables palabras que cobran quizás hoy mayor actualidad: «Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma… Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: “lo puedo”».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

La parábola del buen samaritano, una de las más bellas de Jesús, permanece en la memoria de la Iglesia como la mejor definición de quién es el prójimo. Un letrado pregunta directamente a Jesús: ¿quién es mi prójimo? Y Jesús le responde con la parábola. Desde el comienzo de la parábola, es notable que la pregunta del letrado sobre cómo alcanzar la vida eterna no revela un corazón limpio, sino que desea «poner a prueba» a Jesús. Busca examinarle sobre la ley mosaica y sus exigencias porque Jesús tenía fama de no cumplirla o de suprimir alguna de sus exigencias. Otro dato que merece tenerse en cuenta sobre la actitud del letrado es la apostilla del evangelista cuando dice que, «queriendo aparecer como justo», pregunta a Jesús: «Y, ¿quién es mi prójimo?». Cualquier israelita sabía que prójimo era el más cercano que necesitara ayuda, medios para subsistir. Eran también los huérfanos, viudas y emigrantes, que vivían indefensos, sin recursos y marginados de la sociedad. La pregunta sobre el prójimo, sobre todo en labios de un letrado, revelaba ignorancia fingida o retórica vana.
La respuesta de Jesús no es abstracta. Cuenta una historia que, según algunos estudiosos, podía haber tenido lugar por aquellos días. Un hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, fue asaltado por bandidos que le despojaron de todo e, hiriéndole, le dejaron medio muerto. Pasaron por allí un sacerdote y un levita que, dando un rodeo, pasaron de largo. Pasó un samaritano que, al verlo, sintió compasión. Lo montó en su cabalgadura, lo llevó a la posada y lo cuidó. Al día siguiente, le dio al posadero dos denarios y le dijo que cuidara de él y que le pagaría a su vuelta lo debido.
La actitud de este samaritano es el núcleo de la parábola. Jesús escoge adrede, frente al sacerdote y al levita, un enemigo clásico de los judíos: un samaritano. A pesar de la enemistad, es el que siente compasión por el herido. La expresión más exacta del verbo griego es se le conmovieron las entrañas, la misma que utiliza la parábola del hijo pródigo para expresar los sentimientos del Padre cuando ve retornar a su hijo perdido. El samaritano es el signo de la compasión de Dios. No le basta curarle las heridas, lo sube a su cabalgadura y le lleva a la posada para que le cuiden hasta su vuelta. Esta caridad sin medida contrasta con la frialdad del sacerdote y del levita, que, seguramente para no contraer impureza ritual, pasaron de largo para poder hacer sus oraciones en el templo.
Al terminar la parábola, Jesús recoge la pregunta del letrado y se la devuelve a modo de interpelación moral: ¿Quién actuó como prójimo? El letrado respondió: el que tuvo misericordia de él. Y Jesús le sitúa en el mismo camino de la compasión: Vete y haz tú lo mismo. Se ha pasado de una pregunta sobre quién es el prójimo a una actitud moral: tener misericordia del prójimo. La novedad evangélica de esta parábola es que Jesús rompe el esquema de las relaciones humanas para situar en el centro de la acción a un «enemigo» que practica la caridad en contraste con quienes debían haberlo hecho por ser precisamente hermanos de mismo pueblo y religión. La caridad supera las fronteras cuando el prójimo, sea quien sea, reclama nuestra atención. El amor verdadero no se fija en culturas, razas, lenguas religiones. Sobran las preguntas retóricas sobre quién es o no nuestro prójimo —¿acaso no lo sabemos?— y sobra mantener apariencias de justos cuando todos necesitamos la misericordia de Dios. Sobra, sobre todo, querer poner una trampa a Cristo, que es la Verdad suprema, pues él sabe mejor que nadie lo que existe en el interior del hombre. Como el letrado, podemos caer en nuestra propia trampa.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

El evangelio de este domingo recoge parte del discurso de Jesús cuando envía a los discípulos a su primera misión evangelizadora. Los consejos que reciben sirven para entender la transcendencia del envío y, en gran medida, la naturaleza del Reino de Dios que anuncian. Los discípulos son como la avanzadilla que precede a Jesús y le preparan el camino, pues, como dice el evangelio, los envía a los lugares donde pensaba ir él. Los discípulos nunca sustituyen al Señor, son servidores, colaboradores. Sólo Jesús es el Maestro y el Señor.
Lo primero que les pide Jesús es que oren al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración es presupuesto de la misión, condición indispensable de su éxito. Dios dirige la historia con Providencia. Por eso, hay que suplicar, llamar a la puerta y pedir como pobres. Las vocaciones no son conquistas del hombre, son dones de Dios que deben pedirse. El Reino de Dios es obra suya. Por eso, es necesario dar primacía a la oración.
Siendo obra de Dios, no debe sorprender que Jesús les envíe en pobreza de medios indicando que el Reino tiene la fuerza en sí mismo para implantarse. Los discípulos están investidos con la autoridad de Cristo y no necesitan más. Importa sobre todo que no pierdan el tiempo deteniéndose a saludar por los caminos y pongan su interés en la misión.
Deben saber, además, que el enemigo acecha y los lobos buscan presas. Por eso son enviados como corderos en medio de lobos. También Jesús es llamado cordero y conoce las embestidas del lobo. Por eso les advierte del peligro. El tesoro del Reino de Dios no puede quedar expuesto a la voracidad de los lobos ni a la astucia de los ladrones.
El mensaje que deben anunciar es la paz. Jesús asegura a los suyos que siempre encontrarán gente que acojan la paz, aunque otros le cierren la puerta. No deben preocuparse por cambiar de casas y ciudades. La paz arraiga allí donde es acogida y produce frutos. Por eso, ordena a sus discípulos que permanezcan allí donde les acojan y sacudan hasta el polvo de las sandalias del lugar que les rechace, en testimonio contra ellos.
Como signo de que el Reino de Dios está cerca, Jesús da potestad a sus discípulos para sanar a los enfermos, como él mismo hace cuando quiere mostrar el poder de la fe suplicante y de la acción del Dios Salvador. El Reino de Dios es señorío de Dios y vida. Por eso, entrar en el Reino es acoger la salvación que Dios ofrece y participar de su vida.
Una vez dados los consejos, los discípulos son enviados, y a la vuelta de su misión comparten con Cristo su alegría. Interesa notar que la clave de esta alegría es, como dicen los discípulos, que hasta los demonios se les someten en el nombre de Jesús. Jesús confirma este hecho con unas palabras que revelan la naturaleza del Reino que ha venido a instaurar: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno». Pocas palabras pueden consolar tanto a los evangelizadores que estas asegurando la certeza del triunfo. El Reino de Dios ha venido a terminar con el poder del mal. Entonces y ahora, quienes somos enviados por Cristo, sabemos que, aunque las apariencias nos induzcan a pensar lo contrario, el mal ha sido vencido, porque Satanás, su padre, ha caído del cielo como un rayo. Esta expresiva imagen de Jesús indica que el príncipe del mal ha perdido todo su poder ante la venida de Cristo y el Reino de Dios, presente en Jesús, se ha abierto paso en la historia de los hombres. Así se explica la alegría de los discípulos cuando retornan de su misión. Esta alegría, la del evangelio proclamado, debería ser la marca distintiva de todos los que nos dedicamos al anuncio misionero. El premio de este trabajo es, por supuesto, el de haber luchado contra el mal, pero Jesús termina su discurso con otro motivo para la alegría: el de saber que nuestros nombres están escritos en el cielo.

+César Franco
Obispo de Segovia.

 

La libertad es un don precioso que el hombre protege con todas sus fuerzas para que no se lo arrebaten. Pero la libertad implica también a uno mismo, pues —querámoslo o no— con harta frecuencia somos esclavos de nosotros mismos. Podemos gritar: ¡libertad, libertad!, y ser pobres esclavos en la cárcel que nos fabricamos. Cuando Pablo dice que «para ser libres nos liberó Cristo», no se refiere a esclavitudes externas, como la del pueblo de Israel en Egipto o en Babilonia. El apóstol se refiere a la libertad que Cristo nos da al rescatarnos de nuestras esclavitudes internas: el tributo que pagamos servilmente a nuestro amor propio. Por eso, el apóstol aclara: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor» (Gál 3,13). En realidad, nacemos esclavos de nuestro yo, y la vida nos reta a ser libres mediante la entrega generosa a los demás. Por eso, la tentación del hombre en su marcha hacia la libertad es mirar hacia atrás añorando todo aquello de lo que se ha desprendido. El pueblo de Israel, ante la dificultad de ser libre en el desierto, miraba hacia atrás y hambreaba los ajos y cebollas de Egipto, es decir, la esclavitud en la que en cierto sentido vivía cómodamente; al menos, con ajos y cebollas.
En el evangelio de hoy, Jesús dice que quien mira hacia atrás no vale para el Reino de Dios. El contexto de estas palabras es el relato de tres personas que se acercan a Jesús porque quieren seguirle, y Jesús les plantea la vocación con toda claridad. A uno le dice: las zorras tienen madrigueras y los pájaros nido, pero yo no tengo donde reclinar la cabeza. Otro quiere seguirle pero le pide primero enterrar a su padre, es decir, esperar a que su padre muera. Jesús le responde sin contemplaciones: deja que los muertos entierren a sus muertos. Por último, otro le pide despedirse de su familia antes de seguirle, y Jesús replica: quien pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el Reino de Dios.
¿Qué se esconde detrás de esta pedagogía sorprendente? Sencillamente la llamada a la libertad. Dios no admite condiciones cuando se trata de servirle y trabajar por su Reino. Quiere hombres libres: sin ataduras de ningún tipo. La vocación es una llamada a la libertad plena, la que se ejercita frente a sí mismo cuando el hombre pone su vida a disposición de Dios. Mirar hacia atrás supone retornar a la esclavitud, al anhelo de lo que un día se entregó incondicionalmente. Es la tentación del hombre que desea recuperar espacios para sí mismo olvidando que Dios basta y llena la vida plenamente. Se añoran los afectos perdidos, las posesiones abandonadas y hasta los pecados cometidos. Preferimos la esclavitud a la libertad.
Cristo educa en la libertad. Cuando envía a los suyos a predicar, les pide que no lleven nada, salvo un bastón y sandalias. Se trata de vivir en la confianza suprema en Dios y a la intemperie. Este tipo de libertad hoy no se entiende, por eso escasean las vocaciones. Preferimos depender de nosotros mismos, de nuestras cosas, seguridades, costumbres arraigadas, diversiones y todo tipo de distracciones. Exaltamos la libertad, pero si nos miramos bien, somos más esclavos de lo que creemos. Mirar hacia el futuro engrandece nuestra sed de libertad y de progreso. Mirar hacia atrás nos impide desarrollar nuestras posibilidades y nos ata al pasado del que terminamos dependiendo con la falsa ilusión de conservar nuestra historia. Pero sólo quien pone la mano en el arado y deja de mirar atrás, abre surcos de vida y de esperanza. Sólo ese vale para el Reino de Dios.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

El acto tendrá lugar el próximo día 26 de junio, a las 20.00 horas, en el interior del Palacio Episcopal y estará amenizado por la Orquesta Sinfónica californiana Mira Costa.

El Palacio Episcopal de Segovia dispondrá desde el próximo día 26 de un elegante jardín romántico de influencia francesa. Entre las intervenciones que se han llevado a cabo para la puesta en valor de este pintoresco espacio destacan: la plantación de césped natural y otras plantas de ornamentación, la sustitución de toda la instalación eléctrica, tratamiento y arreglo de árboles catalogados como bien de interés cultural e instalación de escenario para eventos musicales. Además, dicho jardín estará disponible para su utilización en eventos gastronómicos y sociales. Toda intervención se ha llevado a cabo de acuerdo a las pautas establecidas por la Comisión Territorial de Patrimonio.

La puesta en valor de este entorno natural privilegiado incluirá la actuación de la Orquesta Sinfónica Mira Costa HS. Esta agrupación musical californiana es reconocida mundialmente por presentar un programa diverso y de excelente calidad para sus múltiples conciertos anuales. Ha actuado en algunos de los mejores escenarios del mundo como el Beijing Concert Hall, el Shangai Oriental Arts Center, el Carnegie Hall de Nueva York y el Walt Disney Concert Hall.

Esta actuación forma parte de la serie de conciertos musicales que artiSplendore y Performinspain organizan en diferentes espacios monumentales de España. La entrada será gratuita pero tendrán que retirarse las invitaciones en el Gastrobar, Batihoja, situado en el patio del Palacio Episcopal.

Viernes, 21 Junio 2019 07:41

Eucaristía: Dios abajado.Corpus Christi.

Puede abajarse Dios más de lo que se ha humillado en un trozo de pan y un poco de vino? ¿Pude pensarse mayor humildad que la de quedar al alcance de la mano como alimento de pobres y sencillos?
La revelación cristiana conoce muchos abajamientos de Dios. En el Edén, a la brisa de la tarde, Dios bajaba a pasear con Adán y Eva. Se dejó acoger por Abrahán en su tienda del desierto, bajo figura de tres caminantes. Luchó cuerpo a cuerpo con Jacob como si fuera un semejante. Permitió que Moisés le viera la espalda —nunca el rostro— y hablaba con él como con un amigo. En todo esto, Dios siempre protegió su trascendencia. Pero anunció que sería pastor y cordero, gusano y cacharro inútil, un maldito colgado del madero.
Al llegar la plenitud de los tiempos —es decir, cuando el tiempo alcanzó su madurez— el Hijo de Dios tomó nuestra carne, asumió nuestra vida y nuestra muerte. Nació y vivió pobre. Murió desnudo y ultrajado. Sufrió el desprecio, la blasfemia, el rechazo y la ignominia. Vendido y negado por dos de los suyos. Crucificado entre dos malhechores. ¿Hay mayor abajamiento? Sí, lo hay.
Descendió al sepulcro en una «noche» terrible que ha permitido decir: «Dios ha muerto». ¿Quién creerá nuestro anuncio?, se preguntaba el profeta, previendo cuánto costaría aceptar que Dios se abajaba hasta tal punto. Es como si Dios quisiera enseñar que se negaba a sí mismo para que entendiéramos que en él la fuerza de la gravedad es el amor, por el que desciende y se anonada hasta el sacrificio de sí mismo «por vosotros y por muchos».
¿Puede abajarse aún más? Sí, repartiéndose como el pan que multiplica sus manos en el evangelio de hoy, solemnidad del Corpus Christi. Jesús levanta los ojos al cielo, suplica y da gracias al Padre, y los cincos panes se multiplican como profecía de lo que hará con su cuerpo partido en la cruz en ofrenda al mundo. Como la sangre derramada para el perdón de los pecados. Jesús se autoprodiga en una donación de sí mismo que alcanza al último rincón del mundo, donde un sagrario conserva al mismo Dios escondido y humillado en un trozo de pan.
Cuando Jesús reparte su cuerpo y sangre en la última cena no hace magia. Anuncia su donación en la cruz: y este gesto quedará para siempre en la memoria de la Iglesia, de modo que, al repetirse, todos sabemos que es Cristo vivo dándose en su existencia encarnada y gloriosa. Siempre será reconocido en la fracción del pan, por la sencilla razón de que tal abajamiento, humildad y entrega sólo es posible en Dios. Por eso, la Eucaristía resume y concentra todos los dogmas de la Iglesia y revela como ningún otro misterio la trascendencia de Dios en su inconcebible e inefable inmanencia. En la Eucaristía se juntan cielo y tierra, autoridad y servicio, divinidad y humanidad, gloria y pobreza, tiempo y eternidad. La Eucaristía es el Amor en acto. Por eso, dice Pablo que cada vez que comemos este pan y bebemos este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga. Anunciar la muerte del Señor es lo mismo que actualizar su memoria: la memoria de lo que él hizo, hace y hará por nosotros: amar hasta dar la vida. Sólo en este contexto de hacer lo que él hizo podemos celebrar y vivir la Eucaristía. Sólo así entendemos la humildad de Dios, que nos invita a entregar la vida como él y a abajarnos —nosotros que somos puro barro— cada vez que tengamos la tentación del orgullo, que es autoidolatría. Pasó entonces y sigue pasando ahora en la Iglesia: que mientras Jesús se disponía al máximo abajamiento en la entrega de su cuerpo y de su sangre, los discípulos discutían entre sí quién era el mayor entre ellos. ¿Cuándo nos enteraremos de una vez que Dios se ha hecho pan al alcance de la mano?

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

La Trinidad y la vida contemplativa

 

El domingo de la Santísima Trinidad la Iglesia nos invita a orar por quienes forman la vida contemplativa. Son hombres y mujeres que, a diferencia de quienes se dedican a la vida activa, escogen el silencio, la oración y el trabajo para dedicarse a Dios mediante la contemplación de su verdad, bondad y belleza. La importancia de este modo de vivir sólo se comprende si tenemos en cuenta que Dios es el Absoluto, bien supremo y felicidad infinita. Dios supera todo lo creado e imaginable. De ahí que haya personas que experimenten la atracción irresistible de buscar su rostro, contemplar en la fe lo que un día será la visión cara a cara de Dios, meta de todo hombre.
En un mundo que ha perdido —hablamos en general— el sentido de la trascendencia, no es fácil entender la vida contemplativa que da sentido a tantos monasterios. Sin embargo, cuando la gente se acerca a estos lugares de paz, silencio y oración, y participa en la liturgia, descubre ese otro mundo que habitualmente resulta desconocido. Hasta personas que no creen, confiesan, cuando pasan por un monasterio, que hay algo que les invade como una ráfaga de otro mundo imperceptible para los sentidos, pero real. Es el mundo de Dios en el que se adentran quienes aspiran a la contemplación.
Con mucha frecuencia, se piensa que lo más importante del hombre es hacer. El homo faber se ha convertido en el prototipo que construye civilizaciones, técnicas, arte y cultura. Es evidente que el hombre ha sido creado para la acción. «Creced, multiplicaos, dominad la tierra y sometedla», dice el Creador a Adán y Eva. Pero no olvidemos que este mandato de Dios sólo se explica desde el presupuesto de que el hombre ha sido hecho «a imagen y semejanza de Dios». Y Dios, además de Creador, es relación entre las tres divinas personas. Su ser más íntimo es esta comunión interpersonal que hace de la vida de Dios una fascinante realidad de comunicación amorosa. Entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fluye la vida divina no sólo entre ellos sino entre quienes, por la gracia del bautismo, participamos de su mismo ser.
Para la vida contemplativa, por tanto, la Santísima Trinidad es el icono en que mirarse para realizar su vocación. Cada una de las tres personas nos introduce en el diálogo eterno del único Dios que busca relacionarse con el hombre. Y los tres, en su armonía indestructible, nos enseñan a vivir como reflejo de su comunión. Un misterio tan insondable hace de la contemplación una tarea inacabable, pues Dios, en su inmensidad sin principio ni fin, siempre está más allá de nuestras posibilidades de comprensión. Sólo a través del silencio interior y exterior, de la adoración y de la súplica confiada, de la acogida de lo que nos sobrepasa, podemos llegar a ser contemplativos, aunque no vivamos en un claustro. Dios se revela a quienes le buscan con humildad y sencillez de corazón, y, sobre todo, a los que le aman. Como dice Jesús, Dios pone su morada en quienes cumplen su voluntad y le agradan en todo.
Contemplar a Dios no es sólo tarea de las personas contemplativas sino de todo hombre que tiene su origen y meta en Dios. Y aunque nos parezca difícil hacerlo, no olvidemos que, al hacerse hombre, el Hijo de Dios nos ha facilitado el camino, pues quien ve al Hijo ve al Padre, dado que ambos son uno. Y ambos viven en el amor del Espíritu Santo que, según san Pablo, ha sido derramado en nuestros corazones para que podamos llevar la vida misma de Dios. En realidad, basta recordar que cada cristiano es templo vivo del Espíritu de Dios y no olvidar que Dios «es más íntimo a nosotros mismos que nuestra propia intimidad» (San Agustín).

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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