Secretariado de Medios

Secretariado de Medios

Jueves, 24 Octubre 2019 12:06

Fallado el III premio San Alonso Rodriguez.

Dª Marcela Sancho, de El Sotillo, gana el
III premio San Alfonso Rodríguez

El premio San Alfonso Rodríguez, instituido por la Diócesis hace dos años, reconoce la labor callada de tantos fieles que han dedicado su tiempo y su cariño a los pequeños servicios cotidianos en favor de la Iglesia segoviana durante gran parte de su vida.
Así lo ha hecho Doña Marcela Sancho Álvaro, de 70 años, natural de Chañe y feligresa de La Lastrilla, que se ha entregado al cuidado del templo de San Alfonso Rodríguez de El Sotillo y a sus labores pastorales desde antes incluso de su erección, hace 22 años. Encargada de las llaves de la iglesia, ha cuidado con mimo todo lo que se le ha pedido: la atención al altar, la limpieza, la catequesis, la preparación de las celebraciones…
El galardón se le entregará el 3 de noviembre, domingo siguiente a la celebración de San Alfonso, a las 5 de la tarde, en el Palacio Episcopal de Segovia (en la plaza de San Esteban). El acto se acompañará con un concierto de música sacra a cargo de Camerata Regina Mater. La diócesis invita a todos los segovianos a acompañarla.

Jueves, 24 Octubre 2019 08:33

Justos y pecadores. Domingo XXX T.O

 

La parábola del fariseo y del publicano, que leemos en este domingo, es algo más que una simple contraposición entre dos tipos de personajes que existían en tiempos de Jesús. Los fariseos eran un grupo social bien definido, que se caracterizaba por el estricto cumplimiento de las prescripciones de la ley. Etimológicamente, la palabra «fariseo» proviene de la raíz hebrea que significa «separado», porque dicho grupo se caracterizaba por formar un especie de casta dentro del judaísmo, que, en su afán por la ortodoxia, se convertían en censores del comportamiento moral de los demás. Sabemos, por los evangelios, que espiaban a Jesús para ver si cumplía la ley y si la enseñaba según sus propios cánones. El evangelio de hoy retrata muy bien a este tipo de personas cuando dice que Jesús dirige la parábola «a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás». En su oración, en efecto, el fariseo comienza dando gracias a Dios por no ser como los demás —ladrones, injustos, adúlteros— y alabándose a sí mismo por sus obras buenas.
Los publicanos eran recaudadores de los impuestos que el imperio romano imponía a los habitantes de Palestina. Tenían, en general, mala fama porque, abusando de su autoridad, extorsionaban a la gente y exigían más de lo que se debía pagar. Llama la atención, sin embargo, que Jesús presente la oración del publicano como modélica. Este, dándose golpes de pecho, se contenta con decir, sin levantar siquiera los ojos al cielo: «¡Oh, Dios, ten compasión de este pecador». Es evidente que no todos los fariseos y publicanos se ajustaban al retrato que Jesús hace de ellos. Había fariseos verdaderamente justos y piadosos, y publicanos impíos. La intención de Jesús es defender a aquellos publicanos que habían abandonado su mala vida y le seguían, convirtiéndose por este hecho en el blanco de las críticas de aquellos fariseos que buscaban la muerte de Jesús.
En realidad, Jesús, al utilizar estos personajes, está diciendo dos cosas fundamentales. En primer lugar, que, ante Dios, el hombre no puede presumir de justo pues todo hombre es pecador. En segundo lugar, que el desprecio a los demás es detestable a los ojos de Dios. Por eso, el fariseo volvió a su casa sin ser justificado, mientras que el publicano, por haberse humillado ante Dios, mereció su perdón. Dios ensalza a quien se humilla y humilla al que se enaltece.
Estas dos formas de situarse ante Dios son universales. Por ello, aquí no tenemos un juicio sobre dos grupos humanos del tiempo de Jesús, sino sobre dos actitudes del corazón humano. Hay personas que se presentan ante Dios haciendo valer sus méritos, seguros de una santidad que no tienen, o basados en un cumplimiento de la ley carente de caridad. Son los que desprecian a quienes consideran peores que ellos. Caen en el juicio inmisericorde de los demás y se atreven a condenarlos. En lugar de reconocerse un pobre pecador, este tipo de hombre cree poder mantenerse en pie ante Dios considerándose justo. Pero el desprecio a los demás le delata. De ahí que si queremos saber si nuestra oración es auténtica, debemos preguntarnos en primer lugar, si nos comparamos con otros, si nos creemos mejores y si nos atrevemos a juzgarlos. «No juzguéis y no seréis juzgados», dice Jesús.
En la oración, el hombre verdaderamente religioso se dirige a Dios, tres veces santo, lo adora y reconoce su pecado. Es un pobre que pone su confianza en el amor de Dios, no en sus méritos ni en su supuesta santidad. No levanta sus ojos altaneros ante Dios. Se humilla simplemente y, desde su pobreza, sólo pide la compasión del Compasivo y Misericordioso. El hombre que reza así será justificado.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

En el evangelio de este domingo, Jesús cuenta la parábola del juez inicuo que no quería atender las quejas de una viuda que acudía a él para que la defendiera de sus enemigos. Harto de escuchar los lamentos de la pobre mujer decidió atenderla, no tanto movido por la justicia, cuanto para evitar que, al no ser acogida, terminara por pegarle en la cara. El evangelista dice claramente cuál es la intención de la parábola: animar a los discípulos a orar sin desfallecer, pues si el juez inicuo termina haciendo justicia, Dios, que es sumamente justo, escuchará las súplicas de quienes acudan a él.
Recordarán los lectores que, en domingos anteriores, hemos comentado una parábola muy parecida a ésta: la del amigo inoportuno, que, a fuerza de insistir, consigue el favor que quiere. Jesús utiliza situaciones de la vida ordinaria para explicar su doctrina sobre los diversos aspectos de la vida moral. La parábola de hoy se cierra con unas palabras de Jesús que intentan ponernos en guardia contra uno de los peligros más frecuentes de la vida cristiana. Después de afirmar que Dios escuchará a quienes griten a él día y noche y les hará justicia sin tardar, Jesús termina con esta pregunta: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». Por la retórica de su discurso, Jesús da a entender con esta pregunta que el hombre está amenazado de perder la fe, si no es perseverante en la oración. En otro pasaje del evangelio de Lucas, Jesús dice abiertamente: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).
Perseverar no es fácil. El hombre tiene un corazón inconstante y cambiante, según dice la Escritura. Y esta falta de perseverancia se hace más notable en la vida espiritual, y, especialmente, en la determinación de practicar la oración. En el libro de su vida, santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, habla de las dificultades que experimentaba ella para ser fiel a Dios en la oración. Siempre tenía alguna excusa para dejarla: atender a otras necesidades, dedicarse a ocupaciones más satisfactorias o simplemente acortar el tiempo de la oración cuando se le hacía cuesta arriba. Hasta que Dios le hizo entender que por este camino nunca llegaría a la perfección que aspiraba. Fue entonces cuando esta maestra de oración se comprometió «con determinada determinación» a ser fiel a Dios en la oración diaria.
Muchos cristianos no llegan a la madurez espiritual por esta falta de perseverancia en la oración, que consiste, como dice también santa Teresa, en «tratar de amistad con quien sabemos que nos ama». Sin oración es difícil descubrir la voluntad de Dios sobre uno mismo, y es más difícil aún que, una vez descubierta, pueda perseverar en ella superando los constantes reclamos de una cultura enferma de hiperactivismo. Si no damos tiempo a Dios en nuestra vida, si no le dejamos entrar hasta en los últimos rincones de nuestra morada interior, Dios terminará siendo insignificante y, tarde o temprano, perderemos la fe. A eso se refiere Jesús con su pregunta retórica: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
La perseverancia se alimenta, no sólo de la determinación de la propia voluntad, sino de la conciencia de nuestra propia debilidad, es decir, de la humildad. Sólo quien tiene conciencia clara de su pobreza, acudirá, con súplicas ardientes, de día y de noche, como la viuda del evangelio, a quien puede hacerle justicia frente a sus enemigos. Y permanecerá insistiendo hasta que se abra la puerta del único que puede darnos la perseverancia en la fe. Por eso, la Iglesia se reúne todos los días en oración, consciente de que sólo así, cuando el Señor vuelva, la encontrará en vela esperando la salvación.

+ César Franco
Obispo de Segovia

El evangelio de este domingo narra la curación de diez leprosos en el camino entre Samaría y Galilea. La curación de leprosos era uno de los signos de la presencia del Mesías, junto con otras curaciones milagrosas de ciegos, sordos y paralíticos. Jesús había manifestado este poder que dejaba asombrada a la gente y se preguntaba si no sería el Mesías.
En el evangelio de hoy, después de sanar a los diez leprosos, uno de ellos, al reconocer que estaba curado, retorna a Jesús y, arrojándose a los pies, le agradece el milagro. El evangelista nos ofrece un dato de interés para entender el mensaje del evangelio: dice que este leproso sanado era un samaritano. Cuando Jesús se dirige a él, le hace esta observación: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». Es sabido que los samaritanos eran considerados por los judíos como extranjeros, además de enemigos. Jesús se asombra de que, habiendo curado a los diez, sólo uno de ellos, un samaritano extranjero, vuelva a darle gracias. Aunque no lo diga, parece suponer que el resto de los leprosos eran judíos. Con esta observación, Jesús insiste en un aspecto de su enseñanza, que hemos comentado en otras ocasiones: dirigiéndose a sus hermanos de raza, Jesús les advierte de que vendrán de pueblos extranjeros, paganos, que les precederán en el Reino de Dios porque han sabido reconocer al Mesías y acogerlo como Salvador. En este pasaje evangélico, la fe del samaritano curado se ha hecho explícita en la acción de gracias. Por eso Jesús le dice que le ha salvado su fe.
En el evangelio de hoy, la oración se expresa en sus dos formas tradicionales: la petición y la acción de gracias. Los leprosos, al encontrarse con Jesús, le suplican: «Maestro, ten compasión de nosotros». Exponen su necesidad y piden compasión. Pero, una vez obtenida, sólo uno se postra ante Jesús para darle gracias. Este comportamiento es muy frecuente entre los creyentes: apremiados por la necesidad, acudimos a Dios para pedirle gracias y favores. Entendemos fácilmente la exhortación de Jesús: «Pedid y se os dará». Pero no siempre retornamos a Dios para darle gracias. Olvidamos cuál es el origen y la fuente de todos los bienes: El Dios bueno. Para agradecer, además, no necesitamos que el Señor nos conceda un milagro o una gracia extraordinaria. Nunca nos faltan motivos para dar gracias a Dios si vemos la vida con ojos de fe. El hecho mismo de vivir, la familia, el trabajo, la amistad y la salud, ¿no son ocasiones para la acción de gracias? Por otra parte, la fe en Cristo, que celebramos en los sacramentos, la esperanza de alcanzar un día la vida eterna prometida, la caridad que nos une a los hombres con el mismo amor que Dios nos tiene, ¿no son estímulos para la gratitud? No hay que olvidar además que el Señor ha realizado en cada uno de nosotros el milagro más grande que pudiéramos imaginar: nos ha hecho hijos suyos, herederos del reino de los cielos. Así como Naamán el sirio fue curado de la lepra por lavarse siete veces en el río Jordán, como le había mandado Eliseo, nosotros fuimos lavados del pecado en la fuente bautismal, regenerados a una vida nueva, y constituidos hijos de Dios por pura gracia. ¿Nos parece poco milagro? ¿Damos gracias a Dios cada día por este don inmerecido que nos permite llamar a Dios Padre y esperar de su bondad todas las gracias?
Jesús no sólo nos ha enseñado la oración de petición, sino también la de acción de gracias, que él mismo practicó en numerosas ocasiones, especialmente cuando dio gracias al Padre por haber revelado a los humildes y sencillos los secretos del Reino.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Este fin de semana el Obispo de Segovia, César Franco, ha reaparecido en varios actos diocesanos después de los meses que ha estado fuera de Segovia por enfermedad. El prelado presidió la misa de inicio de curso pastoral el viernes por la tarde en la Casa de Espiritualidad. Manifestó su alegría por estar de regreso en la diócesis de la que nunca se ha ido pues siempre ha estado muy presente durante su enfermedad en su mente, corazón y oraciones. El domingo por la tarde, celebró la Eucaristía de inicio de curso del Seminario. Durante la homilía expresó su agradecimiento porque le consta, dijo D. César: “los seminaristas me han tenido muy presente en sus oraciones”. Aunque deberá mantener el necesario reposo, es intención del Obispo, y según le vayan orientando los médicos, incorporarse paulatinamente a sus tareas cotidianas.

Octubre misionero

El Papa Francisco ha pedido a toda la Iglesia vivir este mes de octubre con un especial espíritu misionero, para conmemorar el centenario de la carta apostólica Maximun illud del papa Benedicto XV. Durante este mes la oración, la reflexión y la actividad apostólica deben ayudarnos a vivir como enviados por Cristo a proclamar la buena nueva de la salvación.
La misión de la Iglesia ha nacido de la voluntad expresa de Cristo. Desde el inicio de su ministerio público, Jesús declara que ha venido a anunciar el Reino de Dios invitando a los hombres a acogerlo y a vivir bajo su gracia y poder. Jesús anuncia la salvación, no sólo a las ovejas de Israel, sino a los pueblos paganos que son invitados a conocer al único y verdadero Dios. Antes de subir a los cielos, Jesús deja a sus discípulos la tarea de enseñar y conservar sus enseñanzas y de bautizar en el nombre de la Trinidad. La evangelización no es sólo anuncio, sino realización de la salvación de Cristo a través de los sacramentos instituidos por él.
La misión de la Iglesia es tarea de todos los bautizados. Desde el Concilio Vaticano II, se ha ido tomando cada vez más conciencia de que cada bautizado es un obrero de la viña del Señor y no puede permanecer ocioso, como dice san Juan Pablo II en Christifideles Laici. Al final de sus días este Papa repetía con insistencia que la Iglesia del siglo XXI se definía con la palabra «misión». Y afirmaba en su encíclica Redemptoris Missio que, a pesar de los veinte siglos de cristianismo, estábamos como en el inicio de la misión. Cualquiera que mire con realismo a su alrededor comprenderá las proféticas palabras de este gran Papa. Tanto en los países de vieja cristiandad como en los recientemente evangelizados, la misión es la primera urgencia de la fe. «Auméntanos la fe», dicen hoy a Jesús sus discípulos. Necesitamos que el Señor aumente la fe para llevar adelante la evangelización. Si los testigos no estamos convencidos de lo que confesamos, ¿cómo podremos transmitirlo? La Iglesia viene padeciendo una profunda crisis de fe que la hace especialmente vulnerable. En el sínodo sobre Europa se habló de «apostasía silenciosa» de quienes abandonan la Iglesia, aunque no haya apostasía formal. Sabemos además que en muchas familias cristianas no se inicia en la fe, ni se ora en común, dándose así el drama señalado por Concilio Vaticano II de la separación entre fe y vida. Dios ha dejado de ser significativo en una sociedad donde los creyentes no sabemos —o no queremos— dar razón de nuestra fe.
La misión, por tanto, tiene como primera exigencia la conversión de quienes somos enviados. Es urgente recuperar la alegría del evangelio, como nos recuerda el papa Francisco. Sólo quien vive la alegría de ser amado y redimido puede ser un testigo creíble. La fe no es una herencia muerta, sino un depósito vivo. Por esta razón, san Pablo recuerda a Timoteo que Dios no le ha dado un espíritu cobarde, sino de energía, amor y buen juicio. Y le exhorta a no tener miedo de dar la cara por Cristo y a participar en los duros trabajos del Evangelio. Evangelizar no es fácil, pero tampoco es misión de superhombres. En realidad, como dice Jesús, «somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Se trata de ponerse al servicio de Cristo, convencidos de que él es el Salvador. Quien arriesga su vida por él, dado que él la entregó por nosotros, pierde todo miedo y respeto humano, todo temor a ser rechazado. El cristiano vive así en la gratuidad de dar lo que él ha recibido gratis. La misión es la consecuencia de su fe viva y activa en el Señor que le lleva a comprometerse en los duros trabajos del evangelio, consciente de que la mayor carga la ha llevado Cristo.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Como antesala de la Jornada Mundial de las Misiones, el popular DOMUND, que este año se celebrará el 20 de octubre, el claustro de la catedral de Segovia acogerá la exposición “El DOMUND al descubierto”
La muestra se inaugurará mañana martes en el claustro de la catedral a partir de las 12:30 de la mañana, estarán presentes…………………………….
Este año por deseo expreso del Papa Francisco se celebra el mes de octubre como mes misionero extraordinario bajo el lema “Bautizados y enviados: la iglesia de Cristo en la misión del mundo”. Se ha elegido el año 2019 para conmemorar el centenario de la primera encíclica misionera firmada por Benedicto XVI con el nombre de “Maximun illud”.
La exposición que ha estado en otras ciudades como Madrid, Sevilla o Valladolid, llega a nuestra diócesis con el objetivo de sensibilizar y dar a conocer el DOMUND, y suscitar el deseo de sintonizar con el trabajo que desempeñan nuestros misioneros por los rincones del planeta.
Al adentrarnos en esta muestra el visitante recorre 90 años de historia del DOMUND, los modos y maneras de colaborar y participar en las misiones.
En este maravilloso recorrido hay un espacio destinado al recuerdo de los misioneros de la diócesis, en este caso los segovianos, siendo un merecido homenaje a su trabajo.
La diócesis de Segovia cuenta en la actualidad con 112 misioneros de las cuales 63 son mujeres. La mayor parte destinados en países del continente americano.
La exposición podrá visitarse en el horario de apertura de la catedral hasta el 20 de octubre, día en que se celebrará la tradicional encuestación del DOMUND.
OTRAS ACTIVIDADES DEL MES DE OCTUBRE.
Además de la exposición el secretariado de misiones ha organizado una vigilia mañana martes día 1 , en el Convento de las Madres Carmelitas (C/ Marques del Arco, 40) , a las 18:00 horas, haciéndola coincidir con el día de celebración de Santa Teresita del niño Jesús, patrona de las misiones.
La clausura del mes misionero extraordinario se desarrollará en la S.I. Catedral con una Eucaristía de envió, el dia 27 de octubre a las 12:30 horas.

 

TORREIGLESIAS INAUGURA LA IGLESIA EL PRÓXIMO DIA 28.

Durante algo más de tres meses la iglesia de la localidad segoviana de Torreiglesias se ha visto sometida a un proceso de restauración importante para evitar los problemas existentes en el tejado o cubierta así como las humedades de los muros.
El en proyecto inicial estaba previsto la sustitución de las vigas en la cubierta por cerchas metálicas, aislamiento y retejo con la tradicional teja segoviana, ascendiendo el importe de la misma a algo más de 60.000€.
Al comenzar los trabajos se vio necesario, por parte de los técnicos del obispado, así como por la dirección de la obra, el retejo del ábside, aprovechando la instalación de los andamios, y el picado de los muros que estaban sometidos a un proceso de humedad importante con el consiguiente deterioro que produce en el templo.
A esto se añade el retejo del baptisterio y su adecuación interior además del cambio de ventanas, puerta principal, saneamiento y pintura interior.
Todo ello ha supuesto que en la intervención en templo haya sido de más de 100.000€ de los cuales la parroquia ha aportado más del 60%; el resto se ha financiado por parte del Ayuntamiento de la localidad con 9.000 € la S.I. Catedral de Segovia con 20.000 € y el Obispado más de 8.000 además de facilitar la dirección de obra, el proyecto y el asesoramiento.

El sábado a las seis de la tarde se celebrará una Eucaristía, con motivo de la reapertura a los actos de culto.

OTRAS INTERVENCIONES EN TEMPLOS DIOCESANOS.
La comunidad parroquial de Marugan ha financiado el tratamiento antitérmitas, las obras para evitar las humedades y el solado del interior del templo. En próximas fechas se hará una intervención importante en la iglesia parroquial de Grado del Pico, así como la adecuación interior de la Casa Rectoral de la Virgen de la Fuencisla.

Viernes, 27 Septiembre 2019 10:58

Comunicado estado de salud del Obispo Diocesano.

Comunicado: estado de salud de Don César, obispo de Segovia

En la revisión médica que a Don César se le practicó ayer, jueves, los médicos aconsejaron continuar con el reposo. En previsión de posibles riesgos y por precaución le aconsejan no viajar. Por ello, no estará presente durante la celebración de la clausura de la novena de la Virgen de la Fuencisla.

Él se mantiene unido espiritualmente a toda la Diócesis.

Sigamos rezando por su pronta recuperación.

 

Un año más, la fiesta de la Fuencisla nos congrega junto a la Madre que alienta nuestra fe, esperanza y caridad y nos conforta en nuestras debilidades. Junto a ella, experimentamos que, como familia de los hijos de Dios, contamos con la presencia de la Madre de Cristo que acompaña a la descendencia de Jesús y vela por ella, como dice el libro del Apocalipsis.
Como obispo, de modo particular, tengo que manifestar mi gratitud a la Virgen por su presencia a mi lado en este tiempo de enfermedad, porque la desolación no ha podido hacer mella en mí, gracias a su cuidado maternal y poderosa intercesión. ¡Gracias, Madre, porque me has permitido recuperarme de las dolencias que he sufrido y porque en ningún momento te he dejado de sentir cercana! Como en las bodas de Caná, has puesto mi debilidad ante los ojos de tu Hijo y le has dicho que me faltaba el vino de la salud y de la prosperidad, y el Señor me ha restablecido para que pueda servir a su pueblo. Como Madre has permanecido firme al pie de mi pequeña cruz y me has enseñado a ofrecer mi sufrimiento y debilidad, con la mirada clavada en tu Hijo. Señora, ¡aquí me tienes! Mi corazón rebosa gratitud, afecto de hijo y alabanza porque, como tú dijiste en el Magnificat, el Señor hace proezas con su brazo y su misericordia se extiende de generación en generación.
Comenzamos un curso pastoral y queremos poner bajo la mirada atenta de María nuestra actividad evangelizadora. Queremos hacerlo con las actitudes de María, estrella de evangelización, que nos marca el camino descubriendo el horizonte que debemos tener en cuenta en toda programación.
María nos pone, en primer lugar, bajo la obediencia de Cristo: «Haced lo que él os diga». Reconocer el Señorío de Cristo es aceptar que somos siervos suyos, administradores, humildes obreros de su Hijo. No inventamos nada, sino que ponemos en práctica lo que él nos ha enseñado a lo largo de tantos siglos de historia para que la Iglesia sea el lugar de la salvación y de la gracia, de la acogida y de la misericordia, el hogar donde todos los hombres pueden reconocerse hermanos.
Cada cristiano debe aprender a decir con nuestra Madre: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». No hacemos nuestra voluntad, ni llevamos adelante nuestros planes sin la perfecta aceptación de la voluntad de Dios, al que servimos. Sin esta actitud de servicio, no podemos avanzar en la misión. Es preciso la docilidad al Espíritu Santo para que sea él, y no nosotros, el verdadero protagonista de la historia de la salvación como sucedió desde la Encarnación a Pentecostés. Bajo su acción, toda la comunidad diocesana se pone en marcha y avanza con seguridad por los caminos de la historia. La presencia de María en Pentecostés como Reina de los apóstoles, indica que ella tuvo parte muy activa en el desarrollo de la Iglesia. ¡No en vano ella es el tipo perfecto de la Iglesia!
María nos enseña, además, la alegría de pertenecer a la Iglesia y cantar las maravillas de Dios. La alegría de evangelizar aparece cuando María visita a su pariente Isabel y la colma de gozo con la presencia oculta del Mesías en su seno. Sin hacer alarde de nada, su presencia es netamente evangelizadora al ser portadora de Cristo. Hagamos lo mismo y experimentaremos que el mundo se alegra con la presencia del Príncipe de la Paz.
Quiera Dios que esta alegría alcance a los más pobres y necesitados, a los humildes y sencillos de corazón, a los que viven agobiados y cansados por la vida. A quienes han perdido la esperanza y no conocen a Cristo, para que ellos, con María, puedan cantar eternamente las misericordias del Señor. Entenderemos entonces aquellas palabras de San Agustín: «¡Canta y camina!».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

© 2018. Diócesis de Segovia