Una nota característica de la fe cristiana es su dimensión misionera. Si Cristo se presenta a sí mismo como el Salvador del hombre, es obvio que debe ser anunciado a todos los pueblos. La Iglesia es una casa abierta a todas las naciones, lenguas y culturas, porque Cristo, como decía san Juan Pablo II, es un derecho de todos los hombres.

En el evangelio de este último domingo de Cuaresma, la mirada a la totalidad de los pueblos llamados a adherirse a Cristo aparece en un hecho que es más que una simple anécdota. Dice san Juan que entre la gente venida  a  Jerusalén a celebrar la Pascua, había algunos griegos, sin duda simpatizantes con la fe judía, que manifestaron al apóstol Felipe su deseo de ver a Jesús. Felipe lo comentó con Andrés y ambos fueron a decírselo a Jesús. Éste, en lugar de complacer de inmediato sus deseos, hace un breve discurso lleno de misterio en el que alude directamente a su muerte, presentada bajo la imagen del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto. Habla, incluso, de la necesidad de perder la vida quienes deseen seguirle y participar de su destino y revela que su alma está angustiada ante la hora que se le avecina. Nos encontramos, pues, en un contexto semejante al de la oración de Getsemaní.

A primera vista, da la impresión de que Jesús no hace caso de la petición de los griegos que desean verlo. Pero es una falsa impresión. Porque al terminar su discurso, Jesús afirma que llega el momento en que el príncipe de este mundo -es decir, Satanás- será arrojado fuera, y añade «cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). El evangelista afirma que esto lo decía dando a entender la muerte que iba a sufrir. Ser elevado sobre la tierra es una clara indicación de la crucifixión, puesto que el reo era alzado sobre la tierra en el madero de la cruz.

Jesús, por tanto, no desoye la petición de los griegos que deseaban verlo, sino que ensancha el horizonte de su mirada al afirmar que atraerá a todos hacia él. El Hijo de Dios no ha venido para ser sólo de los judíos o de los griegos. Ha venido para ser expuesto en la cruz como propiedad de todos los que, sin saberlo o no, le buscan para conocerlo y quieren acercarse a él buscando la salvación que ofrece. Por eso, los estudiosos del cuarto evangelio, explican el deseo de este grupo de griegos como una aspiración de todos los que no pertenecen al pueblo judío que, con la predicación del evangelio, se abrirán a la fe y serán atraídos por el Crucificado, cuyo amor alcanza a toda la humanidad. Jesús no es propiedad de un pueblo, ni de una raza ni de una cultura, como puede ser la occidental. Es patrimonio de la humanidad que busca la salvación. Como dice Jesús, al ser elevado sobre la tierra suceden dos cosas: Satanás pierde su poder sobre el mundo, y Él, el Elevado en la cruz, revela definitivamente su gloria -¡enorme paradoja!- al manifestar que ha venido a atraer a todos hacia sí mismo.

Son muchos los que aún no conocen a Cristo pero anhelan la verdad y la salvación. Quizás han escuchado alguna vez su nombre, se ha despertado en ellos el deseo de conocerlo y buscan a alguien, como Felipe y Andrés, que les presente a Jesús: quieren verlo, descubrir la grandeza que encierra. La Semana Santa que estamos a punto de celebrar es el momento en que Cristo se da a conocer con toda su potencia salvífica. No se oculta a los ojos de nadie. Quienes desean verlo, basta que miren al que es elevado sobre la tierra para manifestar hasta qué punto Dios ama al mundo dándonos a su propio Hijo. Quienes tenemos la suerte conocerlo, no podemos por menos de señalarlo y decir: ése es al que buscáis. He aquí la dimensión misionera de la fe.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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Domingo, 20 Mayo 2018 19:55

La luz y las tinieblas , IV Cuaresma

El evangelio del cuarto domingo de Cuaresma arroja mucha luz sobre una cuestión que en ocasiones atormenta al creyente: ¿Cómo será el juicio de Dios al final de nuestra vida? La imaginación nos traiciona cuando nos representamos el juicio con la imagen de un tribunal humano en el que se sopesan los actos del hombre desde categorías jurídicas. Dios es juez, ciertamente, pero es Padre, es Luz, Verdad y Amor. Lo primero que dice Jesús es que Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por él. Dios desea como nadie la salvación del hombre, y así lo enseña Jesucristo con sus palabras y obras. Dios, escribe un teólogo, «no tiene ningún interés en condenar al hombre».

Entonces, ¿qué significa la condenación? Hoy escuchamos en el evangelio estas palabras de Jesús a Nicodemo: «El que cree en el Hijo no será juzgado; el que no cree ya est a amar.  se convierte en infierno, incluso aquellos a los que estamos obligados a amar, y hablo Cuando nos cerramos a esta llamá juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas». Quien rechaza el amor ofrecido por Dios se juzga y condena a sí mismo. Se ha cerrado en su propia oscuridad. «El infierno son los otros», ha dicho un existencialista ateo. ¿Qué quiere decir? Dios nos ha hecho para darnos a él y a los demás, nos ha creado para el amor sin medida, de forma que nuestra existencia se realice en el amor. Cuando nos cerramos a esta llamada, todo se convierte en infierno, incluso aquellos a los que estamos «obligados» a amar. ¡Cuántas veces, los mayores desprecios, odios y crímenes, suceden en el ámbito de la familia, que es por esencia el ámbito del amor! Y al revés: ¡cuántos ejemplos hay de personas que perdonan, aman y son capaces de dar la vida por sus propios enemigos! El infierno, ya aquí en la tierra, es la soledad de quien solo se ama a sí mismo y cierra sus entrañas de compasión en un egoísmo suicida. Es la noche sin día, el silencio que no escucha los gritos de quien sufre, el mal amado por sí mismo.

Dios es Luz. Por eso dice Jesús que «quien obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras. El cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios». Aquí tenemos la esencia del juicio último de nuestra vida. El hombre, al morir, se encuentra con la Luz eterna e increada, la Verdad pura, y reconoce si su vida ha estado orientada en esa dirección o, por el contrario, ha caminado en dirección contraria. Todo pecado se realiza en el ámbito de la oscuridad. Nos escondemos para pecar, como si pudiéramos escapar no sólo a la mirada de Dios sino a la luz de nuestra propia conciencia que nos acusa y nos juzga de forma inexorable.

¿Cuál es entonces el papel de Dios en el juicio? Constatar el uso que hemos hecho de nuestra libertad. Dios nos ha creado libres. No puede forzarnos al bien, ni tampoco nos determina al mal. La vida del hombre es ejercicio permanente de la libertad, que nos conduce a la vida o a la muerte. Tenemos experiencia de que en la medida en que elegimos el bien, avanzamos en la luz; si escogemos el mal, vivimos en la tiniebla. Por eso, en la cuaresma pedimos la luz necesaria para guiar nuestros pasos por el camino del bien y la fuerza necesaria para oponernos al mal. Este es el gran dilema del hombre que fragua poco a poco su destino. Siempre hay tiempo para convertirse, para retornar a los brazos del Padre misericordioso con la certeza de que su amor es infinito. Un amor que excluye todo juicio condenatorio a no ser que el hombre rechace la luz y opte por las tinieblas. Podemos decir que Dios ha dejado en nuestras manos el juicio.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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Domingo, 20 Mayo 2018 19:53

La autoridad del amor, III Cuaresma

Vivimos tiempos en que el concepto de autoridad ha entrado en crisis. Los sociólogos dicen que las nuevas generaciones se sienten desvinculadas y desarraigadas. Quienes ostentan la autoridad -padres, maestros, tutores- reconocen las enormes dificultades para ejercerla sin que tal ejercicio sea interpretado como una invasión de la libertad personal. Se afirma que vivimos en una sociedad «sin padres ni maestros». El Papa Francisco ha dicho recientemente que «está teniendo lugar un conflicto generacional sin precedentes» que consiste en la ruptura con los valores de la tradición que impide mirar el futuro con esperanza. 

Cuando Jesús expulsa a los comerciantes y cambistas de monedas del templo de Jerusalén, las autoridades religiosas le preguntan sobre la «autoridad» para actuar así. No critican el hecho, pues era un gesto profético laudable, sino que le piden explicaciones sobre su autoridad para hacerlo, dado que sólo el Mesías podía realizar la purificación. Jesús responde con unas palabras enigmáticas: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Sus oponentes interpretaron literalmente estas palabras y se mofaron de él pues el templo había tardado cuarenta y seis años en construirse. Pero Jesús, como apostilla el evangelista, se refería al templo de su cuerpo, aludiendo claramente al misterio de su muerte y resurrección al tercer día. Por eso los apóstoles sólo entendieron esta enigmática respuesta de Cristo cuando resucitó de entre los muertos.

Lo más interesante de esta escena, sin dejar de lado el hecho, es la cita de la Escritura que acompaña al gesto de Jesús. Dice el evangelio de Juan que, al purificar el templo, los discípulos se acordaron de que estaba escrito: «el celo de tu casa me devora». ¿Qué quieren decir estas palabras». Al purificar el templo, Jesús predispuso a sus enemigos para que acabaran por él: el acto de la purificación, signo de que Cristo venía a establecer un culto nuevo basado en el templo de su cuerpo, aceleró la sentencia de muerte. Este es el significado último de las palabras de la Escritura: Cristo ha sido devorado por haber mostrado el celo por la casa de Dios. Con otras palabras: la autoridad de Cristo reside precisamente en que por hacer el bien y santificar a los hombres ha sido entregado a la muerte, que era su destino.

Si lo pensamos bien, Jesús viene a decir algo semejante a lo que afirma en la última cena: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». El Papa Francisco repite con frecuencia que hoy nos falta generosidad y celo para emprender con audacia la reforma de las instituciones de la Iglesia. Nos falta valentía para purificar tantas y tantas realidades que adormecen bajo la rutina, el desánimo y la falta de espíritu. Falta «autoridad», en el sentido más pleno del término, a saber, la potestad que nace del ser mismo de quien hace crecer a los que le son confiados. La Iglesia sólo se reforma con la autoridad de Cristo, que es su capacidad de amar y de dejarse devorar por el celo de salvar a los hombres. En realidad, la autoridad sólo puede ejercerse desde el amor, desde la entrega de sí hasta dar la vida. Por eso cuando Jesús tiene que dar la razón de su actuar se remite al hecho de su muerte y resurrección. Sólo quien es capaz de dar su vida por los que ama, puede permitirse la purificación del templo de Jerusalén y mostrar así que ha venido a establecer un nuevo camino en la relación del hombre con Dios. Es la autoridad del pastor que da la vida por sus ovejas, la del buen samaritano que desciende de su cabalgadura para sanar las heridas de quien yace herido, la del Mesías que purifica el templo con su propia sangre.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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Domingo, 20 Mayo 2018 19:48

Transfiguración, II Cuaresma

En un mundo tan hedonista como el nuestro, todo dolor o sufrimiento es considerado un sinsentido. Huimos de todo lo que pueda producir malestar o aproximarnos a la experiencia del padecer. Nos parece que nada humano puede aportar el sufrimiento cuando sucede inesperadamente en nuestra vida. Conocemos, sin embargo, experiencias que demuestran lo contrario. Personas que, ante el dolor, han sacado lo mejor de sí mismos, se han recreado en cierta medida y han superado lo que Scheler denominaba «frivolidad metafísica» dirigiendo todas sus energías para afrontar la prueba del dolor, la enfermedad y la muerte. Entendemos a Dostoyeski cuando decía que sólo tenía miedo a no ser digno de sus padecimientos.

Cuando Jesús comunica a sus apóstoles que sube a Jerusalén para morir, desata en el grupo de los Doce, y sobre todo en Pedro, una tormenta de repulsa y rechazo a la cruz. Hasta el punto de que Jesús llama a Pedro “Satanás” porque intenta apartarle de su camino. Un Mesías sufriente era, para la mentalidad judía, un sinsentido. Por eso, el mayor escándalo del cristianismo es la cruz, que, aunque nos cueste, forma parte de la vida como dice Jesús al invitarnos a cargar con ella.

Mucho se ha utilizado la célebre frase de G. Büchner de que el dolor es la «roca del ateísmo», es decir, la más firme objeción contra la fe en Dios y la creación. Cuesta entender cómo se compagina la fe en un Dios bueno y compasivo con el hecho del sufrimiento que nos constituye por el simple hecho de ser criaturas. Pero una cosa es clara: Jesús, el Hijo de Dios, se introdujo en la vida de los hombres asumiendo el sufrimiento como parte integrante de su misión. No elaboró teorías filosóficas para refutar los argumentos que denigran el valor del sufrimiento, sino que él mismo cargó con el dolor de la humanidad para revelarnos el misterio que encierra. Y lo que Dios no permitió que hiciera Abrahán con su único hijo Isaac en el monte Moria, se consumó en el Gólgota mediante la entrega de Cristo en la cruz.

Jesús no quiso, sin embargo, que sus apóstoles permanecieran ignorantes de que el sufrimiento tiene sentido. No permitió que le vieran en la agonía del huerto de los Olivos sudando sangre o en la cruz manifestando su dramática soledad ante el Padre. Por eso, según proclama el evangelio de este domingo, se transfiguró en el Tabor revelando la gloria que contenía su humanidad, y por un momento les dio a entender que el sufrimiento, del que había hablado previamente, sólo era un trance necesario para llegar a la gloria. Con esta pedagogía les preparó para asumir la paradoja de la cruz.

Lo que vieron los tres apóstoles predilectos en la cima del Tabor es más que una explicación filosófica, que siempre puede refutarse con argumentos contrarios. Es una experiencia única que pertenece ciertamente al mundo de Dios, pero que tuvo lugar en la carne de Jesús, que compartió con nosotros al encarnarse. Al contemplar a Jesús transfigurado, que anuncia con este hecho su resurrección, aumenta en nosotros la certeza de que también nuestro sufrimiento dará paso a la gloria. Esto no es un consuelo para desesperados. Es la clave que nos ayuda a llevar la cruz de cada día y la luz que ilumina nuestro camino en la noche. Podemos decir que la fe nos transfigura y nos permite aceptar el sufrimiento desde una perspectiva nueva, esperanzada y llena de sentido. Es la perspectiva del destino último del hombre que le permite transfigurar la noche en día, la prueba en ocasión de vivir más allá de lo que nos atemoriza, y el miedo a sufrir en la confianza de que el Hijo de Dios ha asumido lo que nosotros solos no podríamos entender sin la luz de su rostro trasfigurado.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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La cuaresma siempre es gracia por la sencilla razón de que nos pone en camino hacia la Pascua que es el acontecimiento central de la salvación. ¿Quién no se siente necesitado de salvación? ¿Quién no aspira a la pureza de corazón? ¿Quién no se sabe totalmente pobre cuando se trata de salvarse a sí mismo? Decía G. Greene que, «si conociéramos el porqué de las cosas, tendríamos compasión hasta de las estrellas». Este mundo, herido por el pecado, como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco al tratar de la ecología, necesita ser salvado en su totalidad. Y el hombre, como cima de la creación, con mayor razón, pues de su corazón obstinado proceden muchos de los males que afectan a toda la creación. También de mi corazón y del tuyo. No somos una excepción. Todos necesitamos la gracia de la renovación que nos llega con la Pascua.

            La actitud del hombre ante la Cuaresma es abrirse a la gracia de este tiempo que pretende dar muerte al egoísmo. Las prácticas cuaresmales que propone la Iglesia, siguiendo los consejos de Cristo, son una ayuda para luchar contra el egoísmo, el desamor, la dureza del corazón. Mediante la oración, la limosna y el ayuno, nos preparamos a vivir la novedad de la Pascua.

La oración nos centra en Dios, nuestro principio y meta final. Nos recuerda que somos hijos suyos y hermanos de los hombres. Nos sumerge en la verdad de lo que somos: criaturas nacidas de su amor. Y nos fortalece para vivir diariamente agradando al Padre bueno de los cielos. La oración es antídoto para nuestra autosuficiencia. Nos sitúa ante la luz de Dios que conoce hasta los últimos entresijos del corazón. Orad en todo momento, orad sin desfallecer, orad con confianza: son los mensajes de la Iglesia que recoge la enseñanza de Cristo. Sólo quien ora en el secreto de su corazón, retorna a su origen y se descubre amado por Dios y proyectado hacia sus hermanos los hombres. Sólo quien ora así, mira hacia el futuro con el deseo de ver a Dios al término de su peregrinación en esta tierra.

La oración sólo se hace eficaz en la limosna y el ayuno. La gracia que recibimos en la oración se convierte en misericordia hacia los demás. Y la misericordia tiene dos manos generosas: con una, nos quitamos de nuestro haber lo que corresponde a los necesitados; con la otra, lo damos a los demás, sin que una mano sepa lo que hace la otra. Así evitamos todo tipo de complacencia en nuestra bondad. Las dos manos actúan: una nos priva mediante el ayuno; otra nos enriquece con la misericordia. Una nos hiere el egoísmo; otra nos sana con la compasión. Y todo los hacemos con la unidad de nuestro ser, que quiere traslucir el ser de nuestro Padre, el cual hace salir el sol sobre buenos y malos y hace descender la lluvia sobre justos e impíos.

La Cuaresma es un itinerario que nos prepara para renovar las promesas del bautismo, fuente de nuestra dignidad de hijos de Dios. Supone un despojamiento del hombre viejo, que nos recuerda que somos polvo de la tierra; pero sin ese despojamiento no viviremos la alegría de ser revestidos de Cristo, el Hombre Nuevo, que vence el pecado y la muerte. Despojarse de lo viejo y vestirse de lo nuevo es una actitud muy humana, que practicamos constantemente y que nos produce alegría. ¿No empleamos en esto nuestro dinero cuando cambiamos de traje, de muebles o de coche? ¿Por qué no vivimos con esta actitud las realidades del espíritu de forma que abandonemos las viejas costumbres del egoísmo y nos revistamos cada día más de ese hombre nuevo que todos llevamos dentro desde el bautismo y espera el momento de manifestarse con toda su grandeza en la Pascua de Cristo? He ahí la gracia y el trabajo de la Cuaresma.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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Martes, 22 Marzo 2016 08:28

Hosanna y Cruz

 

La liturgia del domingo de Ramos ofrece una visión completa de la contradicción que persiguió a Cristo durante toda su vida. Los hosannas del pueblo que le acoge jubiloso en Jerusalén se cambian en rechazo cuando piden a Pilato que lo crucifiquen. El príncipe de la paz se convierte en el nazareno cargado con la cruz. Esta contradicción expresa claramente que Jesús nunca fue comprendido por sus contemporáneos, por la sencilla razón de que no sació sus expectativas de un mesías político. Incluso dentro de los Doce Jesús padeció la contradicción. Hasta Pedro, que confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, se opone al Maestro cuando anuncia su pasión. En varias ocasiones Jesús corrige a sus apóstoles cuando percibe que interpretan la instauración de su Reino desde una perspectiva temporal, en la que ellos ocuparán puestos de importancia. Cuando Jesús multiplica los panes y los peces, la multitud quiere hacerlo rey para tener así cubiertas sus necesidades más básicas. Y al explicar que no ha venido para eso, sino para saciarnos con el Pan de la Vida, Jesús comienza a quedarse solo.

La liturgia del domingo de Ramos escenifica, insisto, esta contradicción. Comienza con una procesión de cánticos gloriosos, pero inmediatamente se da paso a la lectura de la pasión y muerte de Cristo. A pesar de los siglos trascurridos, esta contradicción permanece, porque al hombre, y también al cristiano, le cuesta entender que la pasión y muerte de Cristo sirva para algo. A lo sumo, se valora como un acto ejemplar de Cristo, que manifiesta su bondad dejándose llevar a la cruz.

¿Por qué era necesario que el Mesías padeciera? se preguntaban desolados los discípulos de Emaús. ¿Por qué algunos miembros de la comunidad de Filipos, según dice Pablo, se declaran enemigos de la cruz de Cristo? ¿Cuál es la razón de que los griegos paganos consideren una necedad la predicación de la cruz y los judíos religiosos la valorasen como un escándalo?

Jesús responde a estas preguntas apelando al plan de su Padre a favor del hombre. Un plan que tiene que ver con el pecado de la humanidad, que Cristo se echa sobre sí para mostrarnos dos cosas que son inseparables: la gravedad del pecado y la infinita compasión de Dios. El hombre que no valore el pecado, nunca entenderá la pasión de Cristo, ni el significado de sus palabras en la última cena: «Esta es mi sangre de la alianza derramada por muchos para el perdón de los pecados». La pasión y muerte de Cristo revela lo que Pablo llama «misterio de iniquidad», es decir, el pecado, entendido como oposición a Dios y ruptura de la alianza con él. Y, al mismo tiempo, el Crucificado manifiesta la infinita compasión del Hijo de Dios con el hombre, al asumir el pecado de todos y clavarlo en la cruz estableciendo la paz definitiva con Dios. Esta compasión de Cristo con el hombre revela además que ningún sufrimiento humano, ninguna pasión que ponga al hombre al límite de sus capacidades, dejan indiferente a Dios, puesto que en su Hijo ha querido asumirlas e iluminarlas con la luz que brota del Resucitado. En su encíclica Spe Salvi dice Benedicto XVI: «Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza».

+ César Franco

Obispo de Segovia

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Martes, 22 Marzo 2016 08:26

Gritarán las piedras

 

El Triduo pascual viene precedido de un domingo gozoso que escenifica en la procesión de ramos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén montado sobre un asno. Cuando algunos fariseos le dicen a Jesús que reprenda a sus discípulos por los gritos que daban alabando a Dios y por los milagros que le habían visto hacer, Jesús les replica: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras».

Estas palabras suenan a proverbio y se han asociado a dos textos del Antiguo Testamento que ayudan a entender su significado en labios de Jesús. En Isaías 52,9 se dice: «Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén». Es una invitación al júbilo del pueblo elegido porque se acerca el mensajero que proclama la paz y la cercanía de Dios que viene a reinar. Las ruinas de Jerusalén, símbolo del pueblo de Dios que había sido humillado por sus enemigos, cantarán a coro ante la salvación inmediata. El otro texto es del profeta Habacuc, que dice: «Las piedras de los muros gritan, las vigas de madera claman» (2,11). Estas palabras pertenecen a una serie de ayes de amenaza contra el imperio asirio por haber saqueado a pueblos y naciones, entre las que se encuentra Israel. El profeta alza su voz intercediendo por su pueblo y amenazando al opresor.

Al utilizar estas palabras, Jesús pudo anudar ambos sentidos. Por una parte, como mensajero y príncipe de la paz, montado sobre un asno como anunció Zacarías, justificaría que los suyos entonaran alabanzas a Dios, de modo que, si ellos callaran, gritarían las piedras. Se presentaría a sí mismo como el que viene a reinar mediante el establecimiento de la paz. Por otra parte, siguiendo al profeta Habacuc, sus palabras podrían traslucir una amenaza contra aquellos que le rechazaban y perseguían como hizo en otras ocasiones. Ambos sentidos cuadran con la situación por la que atraviesa Jesús, que entra en Jerusalén entre cantos de júbilos, pero saldrá de ella, cargado con la cruz y expulsado de la ciudad santa como si fuera un malhechor.

También nosotros somos interpelados por estas palabras de Cristo, porque con frecuencia participamos de las actitudes que aparecen en el evangelio: unas veces alabamos a Cristo y cantamos con júbilo su salvación, y otras veces, le rechazamos con nuestros comportamientos que merecen la advertencia de Cristo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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Sábado, 12 Marzo 2016 12:16

La misericordia vence al juicio

Hay pecados y pecados. Y, sobre todo, hay pecadores. Hay pecados que exponen al hombre a la vergüenza pública. Otros, permanecen ocultos en el corazón del hombre, sólo a la vista de Dios. Algunos pecados degradan al hombre en su relación social y pública, pueden ser señalados por el dedo, y estigmatizan a quien los comete. Otros, los ocultos, también degradan, y oscurecen la conciencia del hombre hasta tal punto que le impiden reconocer su culpa. Necesita muchas dosis de luz para romper la tiniebla que le ciega.

En cualquier caso, no hay pecado sin pecador, y éste con sus circunstancias. Y es el pecador el que es digno de toda misericordia, sobre todo si es expuesto a la ignominia pública o al escarnio de la sociedad. Es el caso de la mujer adúltera, sorprendida en el mismo pecado, y arrastrada hasta Jesús. La dejan a sus pies como a una presa de caza, y exigen que Jesús pronuncie la última condena. Quienes la han llevado, escribas y fariseos, también son pecadores, pero sus pecados no se ven, aunque sí sus consecuencias. En una de las diatribas más fuertes que Jesús mantiene con ellos en el evangelio, los llama «sepulcros blanqueados» porque, encalados por fuera, por dentro están llenos de rapiña y corrupción. Su peor pecado es la soberbia: juzgan a los demás, y se atreven también a juzgar a Cristo, como el fariseo Simón en la escena de la mujer arrepentida, conocida como la Magdalena.

Jesús, sorteando la trampa que le tienden, al preguntarle si deben cumplir la ley de Moisés que ordenaba lapidar a las adúlteras, les lanza una sentencia irreprochable: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Nadie lo hizo, se fueron retirando empezando por los más viejos, que naturalmente, en razón de la edad, habrían cometido más pecados. Jesús penetró con sus palabras en el santuario secreto de la conciencia, donde el hombre, si es sincero, reconoce que no está exento de culpa, sea la que sea. Como Sem y Jafet cubrieron con un manto la desnudez de su padre Noé, que estaba ebrio, así Jesús cubrió con sus palabras la vergonzosa humillación de la adúltera, y la levantó de su postración con el perdón. La absolvió de su culpa, y al mismo tiempo le dijo que no pecara más. Libró a la mujer de la lapidación y, superando la ley de Moisés, quebrantó el corazón de quienes se creían justos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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Sábado, 12 Marzo 2016 11:54

El que esté sin pecado…

En varias ocasiones los escribas y fariseos pretendieron tender una trampa a Jesús para acusarle ante el Sanedrín o ante el procurador romano. Una de ellas es la de la mujer adúltera, conducida ante Jesús para preguntarle si, como decía la ley de Moisés, debía ser lapidada. Era una pregunta con trampa. Si decía que no, sería acusado de contradecir a Moisés. Si decía que sí, podían llevarle ante el procurador de Roma por atribuirse una decisión que sólo correspondía al tribunal romano, la condena a muerte. El evangelio afirma que Jesús, ante la pregunta, se inclinó y escribía en la arena. Nadie sabe lo que escribió. Dice Papini que posiblemente «para que el viento se llevase las palabras que los hombres tal vez no hubieran podido leer sin miedo».

Como los acusadores insistían ante el silencio de Jesús, éste, erguido, pronunció una sentencia que se ha convertido en patrimonio de la moral universal: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».  Como una pedrada heriría esta sentencia el corazón de los hipócritas acusadores. Y, empezando por los viejos, se fueron escabullendo hasta dejar a Jesús y a la mujer solos. El seguía escribiendo en el suelo, mientras ella esperaba alguna palabra. Y esa palabra llegó en forma de pregunta, absolución y mandato. «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús dijo: Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más».

Las palabras de Jesús actuaron en el corazón de los que pedían la muerte como una espada aguda que llega a los entresijos del alma y discierne las intenciones. Al escucharlas, los jueces de la mujer se convirtieron en reos de la justicia de Cristo, y se escabulleron, considerando sin duda sus propios crímenes, sus posibles adulterios, sus juicios inmisericordes, su falsa justicia, como aquellos viejos que quisieron abusar de la casta Susana, y cuyos pecados inconfesables fueron puestos al descubierto por el profeta Daniel.

Una vez solos, Jesús, erguido de nuevo pues seguía escribiendo en la arena, le manifiesta su perdón, la absuelve de su pecado, con la advertencia de que no peque más. La misericordia de Cristo no disimula el pecado ni le resta importancia. Cristo es al mismo tiempo misericordia y verdad. Y ambas caminan juntas. Jesús, que ha venido a dar plenitud a la ley, no escamotea la gravedad del pecado, aunque esté siempre dispuesto a perdonar. Y la defensa que hace de la mujer frente a quienes deseaban lapidarla muestra que nadie puede condenar a otro, y que sólo Dios tiene la última palabra en el juicio de cada hombre, porque sólo él es el Santo y Justo.

Con sus palabras, Jesús desbarató la trampa que querían tenderle. Ni contradijo a Moisés, ni usurpó los derechos del procurador. Sencillamente, como en otras ocasiones, puso el dedo en la llaga de quienes se consideran justos y condenan a los demás. Vino a decir lo que san Juan afirma con toda claridad: «Si alguien dice que no tiene pecado, miente y la verdad no está en él». Todo hombre es pecador y, por tanto, necesita misericordia. El juicio y la condena no pertenecen a los hombres, muy dados a tirar la primera piedra a quien es sorprendido en pecado. ¡Cuántas veces se hace leña del árbol caído! Y en cuántas ocasiones lanzamos piedras a quienes cometen nuestros mismos pecados, que, si salieron a la luz, mostrarían la hipocresía de nuestros comportamientos y la falsedad de nuestra justicia cuando nos escandalizamos de los pecados ajenos. Deberíamos invertir los roles y decir con un gran predicador: «Dame, oh Dios, espíritu de hijo para contigo, espíritu de madre para con los demás, y espíritu de juez para conmigo». Entonces la piedra amenazadora se nos caería de las manos.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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Sábado, 05 Marzo 2016 14:44

El padre era el que más lloraba

La parábola del hijo pródigo, que leemos este domingo, ha sido llamada también parábola del padre misericordioso, porque es un hermoso panegírico de la misericordia del padre, que es Dios. Por extraño que pueda parecer, Jesús no dirigió esta parábola a los pecadores, aunque están en su horizonte, sino a los escribas y fariseos que criticaban su conducta al sentarse a la mesa de publicanos y pecadores. Basta leer el inicio de la parábola para darse cuenta de la diana a la que Jesús dirige la flecha de su enseñanza. Dice san Lucas: «Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús se defiende a sí mismo con la parábola y justifica su trato con los pecadores como el signo de que el Padre los busca para reconciliarlos. En oriente, sentarse a la mesa de los pecadores y comer con ellos era una forma de manifestarles que Jesús les ofrecía una comunión de vida y amistad. Cristo ha venido a sentarse con ellos y ofrecerles su perdón. Por eso, aunque el hijo pródigo ocupe un lugar central en la parábola, es, sobre todo, el hijo mayor —personificación de los escribas y fariseos— el que aparece como contrapunto del amor del Padre. Se ha dicho que aunque nunca dejó la casa del padre, vivía en ella «como un mercenario» a quien no le importaban las cosas del padre, como no le importa que su hermano retorne salvo y sano a casa. Su actitud es la del hombre que se cree justo, intachable, y se atreve a juzgar el comportamiento del padre. Es como el fariseo Simón, en la escena de la pecadora arrepentida, cuya frialdad ante Jesús y su condena de la mujer revelan el engreimiento y autocomplacencia en su propia justicia, carente de toda misericordia.

Frente al hijo mayor, el menor, que dilapida los bienes del padre, es el tipo que von Hildebrand ha denominado «pecador trágico», que, siendo hijo, termina haciéndose un pobre esclavo de las algarrobas de los cerdos. En Israel, cuidar cerdos era una profesión maldita, porque el cerdo era un animal impuro. Este oficio apartaba del culto sinagogal y hacía del pastor un pecador público. Que este pobre pecador tome conciencia de su estado, se levante y retorne al padre es, por parte de Jesús, una invitación a todos los que eran juzgados de modo inmisericorde por parte de los escribas y fariseos, a confiar en la acogida de Dios que se alegra cuando un pecador vuelve a casa. La descripción del padre, que, cuando de lejos ve venir a su hijo, echa a correr y se le arroja al cuello para cubrirle de besos, es magnífica. Dice el texto que al padre «se le conmovieron las entrañas», expresión que indica la conmoción del amor irrefrenable, que se desborda en alegría y misericordia. Bien ha escrito Péguy: «el padre era el que más lloraba».

En la bula de este año de la misericordia, el Papa Francisco dice que «cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar a este hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

            

Publicado en Tiempo de Cuaresma
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