Secretariado de Medios

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El año litúrgico cristiano comienza con el tiempo de Adviento, invitación a la esperanza. Todo comienzo conlleva esperanza. Es el anhelo de llegar a término y culminar una obra en la que hemos comprometido el deseo más íntimo del corazón. Cuando no esperamos, la vida se congela en la tristeza, el sinsentido y la rutina de vivir. No hay meta.

            Desde la creación del hombre y el pecado que lo expulsó del paraíso, Dios ha mantenido a la humanidad con promesas de salvación. Podemos decir que Dios no ha dejado de echar aceite en la lámpara de la vida para que nunca se apagara la llama de la esperanza. Y cuando Cristo aparece en el horizonte de la historia humana, las promesas de Dios alcanzan su cumplimiento. Según dice san Pablo, «todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en él. Así, por medio de él, decimos nuestro Amén a Dios, para gloria suya a través de nosotros». Decir «Amén» es afirmar que la esperanza se ha cumplido, vive entre nosotros y se llama Jesucristo. De ahí que los cristianos no pueden vivir en la aflicción de quienes no tienen esperanza (cf. 1 Tes 4,13). El apóstol se refiere a la aflicción de la muerte que representa la máxima desesperanza. Una esperanza que no permitiera atravesar el umbral de la muerte con la certeza de la vida eterna no sería tal. Si la muerte fuera el fin del camino, seríamos los más desgraciados de los hombres.

            El Adviento acrecienta la esperanza, y por ello nos invita a salir al encuentro del Dios que viene en nuestra propia carne. Las primeras palabras de la predicación de Jesús son una llamada a la conversión: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Para entender bien este comienzo, debemos recordar que el año judío empieza y termina con la llamada a la conversión, al retorno a Dios. La fiesta de Rosh ha Shaná, que inicia el año nuevo, es una invitación a la renovación total. Jesús inicia su ministerio con este espíritu de la espiritualidad judía. La razón es clara: Dios se acerca, viene a renovar el mundo. La cercanía del reino de Dios, es decir, de su soberanía sobre todas las cosas, mueve al hombre a volverse a él. Cristo inaugura el tiempo nuevo y definitivo. Según los rabinos, Dios también reza. ¿Cómo es posible esto? podemos preguntarnos. ¿Cómo puede rezar Dios? ¿A quién se dirige cuando reza? El Talmud de Babilonia pone estas palabras en labios de Dios: «¡Que la medida de mi misericordia prevalezca sobre la medida de mi justicia!». Dios es pura misericordia y viene al mundo en su Hijo, que es la misericordia encarnada en favor de los hombres.

            A la luz de lo dicho se entiende que la llamada a la conversión del Adviento se distingue de la que proclama la Cuaresma. En el Adviento, la novia espera al novio y sale en su búsqueda; en la Cuaresma, la esposa llora al esposo y rasga su carne con la penitencia. Son dos modos de expresar el amor. Lo distintivo del adviento es la alegría porque la llegada inminente de Dios anuncia sus desposorios con la humanidad, aniquila el temor a morir y arroja al abismo la soledad del hombre sin esperanza de salvación. El sonido del cuerno judío llamando a la oración recuerda el toque de trompetas que anuncia la llega del rey. En opinión de los judíos, al sonar el cuerno, Dios abandona el trono de la justicia para sentarse en el trono de la misericordia que desea derramar a manos llenas. ¿No es esta la misión de Cristo? ¿No acuden a él los lisiados, leprosos, ciegos y sordos? ¿No viene a resucitar a los muertos? ¿No es él la luz del mundo que ilumina a quienes están postrados en tinieblas y en sombras de muerte? Si esto es así, vivamos la bienaventurada esperanza. Levantemos la cabeza, se acerca nuestra liberación.

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Belén Monumental 01

El claustro del Seminario Diocesano acoge por tercer año consecutivo un nuevo belén monumental que nos acerca a las tierras del Duratón

 

Un año más el claustro del Seminario Diocesano de Segovia se convierte en lugar de referencia en las visitas navideñas por acoger el belén monumental. La muestra de esta edición se suma a la de los dos pasados años (de temática costumbrista y hebrea, respectivamente), alcanzando ya una superficie de 120 metros cuadrados que recrean tan entrañable acontecimiento navideño.

              El belén monumental de este año nos acerca a las tierras segovianas del «espiritual río Duratón». En un paseo que comienza con la imagen de la visitación, y a través de la representación del conocido paraje de la Pedriza y de las Hoces de los ríos Duratón y Riaza podremos contemplar iglesias, monasterios, ermitas, murallas, cuevas,... lugares fácilmente reconocibles por los segovianos que, podrán seguir un camino de conversión que culminará con la contemplación del Misterio, enclavado en la cueva de los Siete Altares de Sebúlcor. Además, el visitante podrá disfrutar de una sorpresa al final de su paseo.

              Un recorrido por diferentes enclaves llenos de vida gracias a las más de cien figuras que ambientan el nacimiento de Jesús, de autores de renombre como Mayo Lebrija, Montserrat Ribes, Olot o los Hermanos Cerrada. Un homenaje a las pequeñas ermitas que pueblan nuestra provincia, recordando el espíritu de consagración que presidió este territorio de Segovia, todo ello integrado en la naturaleza, con fauna y flora de la zona.

La disposición de los belenes a lo largo del claustro permite observarlos con la debida distancia y en cumplimiento de las medidas sanitarias contra la Covid19 (mascarilla obligatoria, distancia y uso de gel hidroalcohólico), que se van a seguir manteniendo en la visita al recinto.

El próximo domingo 28 de noviembre, a las seis de la tarde, nuestro Obispo D. César inaugurará la muestra con una sencilla ceremonia de bendición. Desde entonces, quedará abierto hasta el próximo 9 de enero de 2022 con el siguiente horario de apertura: lunes a viernes de 17.30 a 20.30h; domingos y festivos de 12 a 14h y de 17.30 a 20.30h.

 

Belén Monumental 02

Belén Monumental 04

Belén Monumental 03

 

Estamos tan acostumbrados a ver cómo los dirigentes políticos llenan el ámbito público de la vida social con afirmaciones y juicios de valor sobre los más variados temas que afectan a la persona, a su íntima naturaleza y a los problemas de la sociedad, que hemos llegado a pensar que el único poder existente, junto al económico, es el político. Los Parlamentos se convierten en ocasiones en inmensas cátedras desde las cuales, sobre todo por medio de leyes, se busca inculcar en el pueblo antropologías y cosmovisiones desvinculadas de la razón natural y determinadas por presupuestos ideológicos, que, por el simple hecho de venir de los representantes del pueblo, se presentan como indiscutibles. Como si el pueblo les hubiera legitimado para ello. Los mismos que quitan del currículo de la ESO la asignatura de Filosofía o recortan los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas y morales (CE art. 27 § 3) no dudan en imponer ideologías contrarias a la naturaleza de la persona. Se niega la existencia de una verdad universal sobre el hombre abriendo la puerta sin reparos a «verdades» dimanadas de los propios idearios políticos. Por otra parte, la idea de que lo permitido por la ley es también ético ha suprimido la íntima relación entre naturaleza y derecho, de forma que éste tendría su fundamento, no en la naturaleza humana en cuanto tal, sino en la subjetividad del individuo. Como afirma la encíclica Veritatis Splendor, «el individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana» (nº 32).

En el Evangelio de hoy, solemnidad de Cristo Rey, Jesús representa el poder de la verdad. Acusado de tener pretensiones políticas, declara que su reino no es de este mundo, pues, en tal caso, su «guardia habría luchado para no caer en poder de los judíos» (Jn 18,36). Jesús deja claro a Pilato que su realeza es de otro orden: el de la verdad. El orden, al que todos los demás —político, económico, cultural—deberían plegarse pues la vocación esencial del hombre es la búsqueda, acogida y el respeto a la verdad. «Amigo es Platón, pero más amiga la verdad», dice el dicho atribuido a Aristóteles. Jesús se define a sí mismo desde la autoridad de la verdad: «Yo para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37). En la sociedad de las «fake news», donde la mentira se ha establecido como categoría de estrategia política es evidente que la verdad —ni la de Cristo ni la que procede de la estructura de la naturaleza humana— serán escuchadas por quienes han renunciado a la primacía de la razón sobre la propia subjetividad. Se podrá objetar que la verdad de Cristo vincula solo a los cristianos. Jesús, sin embargo, no habla de «su verdad», sino de la verdad que precede a su propia venida, pues afirma que ha venido para dar testimonio de «la verdad», indicando que lo que él enseña y personifica está presente ya en quien «es de la verdad», pues en todo hombre existe, por el hecho de su religación con Dios desde la creación, la aspiración a descubrir la verdad y someterse a ella con gozo y libertad. Es cierto que Cristo se presenta a sí mismo como «el camino, la Verdad y la Vida». Y, al afirmar esto, piensa en todos los hombres, no solo en los que le siguen. Los cristianos hemos tenido la gracia de reconocerlo y de ser acogidos bajo su dichosa soberanía al formar parte de su Reino. En él vemos ya realizada la Verdad de Dios sobre el hombre, pues al asumir nuestra naturaleza nos permite reconocer que la verdadera humanidad consiste en reproducir en nosotros su propia imagen, la que Dios dejó impresa en cada hombre en el acto de la creación.

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El libro del Apocalipsis dice que Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todo. Por él todo ha sido creado y hacia él tiende la creación entera en una especie de arrobamiento que busca la consumación. Al acercarnos al fin del año litúrgico, la Iglesia mira al punto final de la historia, al Cristo Omega que, según el Evangelio de hoy, viene «sobre las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13,26) para congregar a la humanidad en un juicio definitivo y solemne. Este lenguaje, de estilo apocalíptico, era bien conocido de los contemporáneos de Cristo pues habían sido educados en una visión teológica del cosmos y de la historia. Junto a estas imágenes, sin embargo, el mismo Evangelio de hoy utiliza otras más sencillas que describen el fin del mundo de manera más cercana y amable. Jesús propone que, si miramos a la higuera cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducimos que el verano está cerca. Del mismo modo, cuando veamos que suceden los signos apocalípticos referidos en su discurso, debemos pensar que «él está cerca, a la puerta».

Junto a una visión extraordinaria del mundo que, ante la llegada del Señor, se estremece en sus fundamentos y en los cielos, tenemos esta otra del visitante que llama a la puerta. También esta imagen aparece en el Apocalipsis: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Apc 3,20). Pocas imágenes podemos hallar más expresivas que esta. La historia se consumará cuando el Resucitado vuelva en su gloria y llame a mi puerta para cenar conmigo. El Dios de la creación y de la historia, el vencedor sobre el pecado y la muerte llama a la puerta para intimar en una cena que no tendrá fin.

Ante esta perspectiva se comprende que, desde la partida de Jesús resucitado al Padre, la iglesia anhelara su vuelta. Miraba al final, a la meta de su peregrinar. Añoraba el tiempo de la convivencia con el Maestro y atisbaba el horizonte con el deseo de su retorno. Estaba a la espera de que alguien llamara a la puerta y abrirle con la certeza de que era el Maestro. Esta visión de la historia hoy suena a mito, leyenda, relato piadoso y edificante, es decir, literatura. Nos falta la vivencia de la cercanía de Dios en Cristo. No miramos a la meta, hemos perdido lo que Julián Marías llamaba la visión «futuriza» de la vida. Si hay algo cierto es que la vida avanza hacia su fin. En estos días los poderosos de la tierra, reunidos para hablar del clima y de nuestro planeta, han pronunciado discursos apocalípticos sobre el fin de nuestro planeta si seguimos tratándolo como un cubo de basura. ¿Son los nuevos profetas? Dejando aparte la visión global del planeta, más cercano es el fin de cada uno de nosotros, la llegada a la «Estación Termini» de la vida. Como en la película de Vittorio de Sica que lleva este nombre, la estación es el símbolo de la decisión: ¿qué hacer con mi vida? No podemos dejar que pasen los trenes, uno tras otro, sin tomar en serio la verdad de mi vida, cuyo fin es seguro. La vida tiene un punto omega, que, gracias a Cristo, está lleno de esperanza y de amor infinito. Creer es esperar el momento de la consumación, de la plenitud escatológica en la que este mundo viejo dará paso al nuevo, totalmente liberado de la esclavitud y de la muerte, inimaginable pero real, un mundo que se abrirá paso en la vida de cada uno de nosotros cuando oigamos que llaman a la puerta y la abramos con la convicción de que el Altísimo se ha hecho tan cercano a nosotros, tan compañero y amigo, que viene a cenar con nosotros en la cena sin fin, partiendo el mismo pan que nosotros comemos cada domingo.

 

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Sábado, 06 Noviembre 2021 18:15

REVISTA DIOCESANA NOVIEMBRE 2021

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Hay enseñanzas de Jesús que parten de sus observaciones sobre la conducta de la gente. Por los Evangelios sabemos que Jesús era un observador atento a cuanto sucedía a su alrededor, bien en la calle con la gente, bien en los actos de sociedad, como un banquete, o bien mirando a la muchedumbre de los peregrinos cuando subían al templo. En el Evangelio de hoy, el evangelista dice que «estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,41-44).

            La fórmula que emplea Jesús para iniciar sus palabras —«en verdad os digo»— expresa que quiere enseñar algo importante. Para entender bien su enseñanza conviene tener en cuenta, en primer lugar, la contraposición entre «muchos ricos» y la «viuda pobre». Es sabido que en la Biblia la viuda es un personaje que representa el desamparo, la pobreza y la necesidad. Junto a los huérfanos y a los extranjeros vivían de las limosnas y ayudas de los demás, especialmente si la muerte del marido las había dejado sin recursos para vivir. De ahí que a Dios se le dé el calificativo de Dios de huérfanos y de viudas. Si, además, habían quedado sin descendencia, muchas de ellas quedaban en la más absoluta pobreza. Se explica que Jesús, en la cruz, viendo a su madre viuda, se la encomendase a Juan para que la protegiera. En el libro de Baruc, la comunidad judía en el destierro se presenta como una «viuda abandonada de todos» (4,12). Sabemos que la comunidad cristiana naciente se ocupó especialmente de las viudas, cuidando de su futuro y amparándolas frente a la adversidad.

            No es difícil imaginar la escena que contempla Jesús. En contraste con los ricos, la viuda se acerca a uno de los cepillos del templo y echa dos monedillas, que, según Marcos, era «todo lo que tenía para vivir». Esta traducción del texto griego le quita expresividad, porque literalmente dice: «ha echado toda su vida». Frente a los que echaban de lo que les sobraba, ella entrega la vida representada en las monedas que guardaba para sus sustento. No se escapó este gesto a la mirada aguda y penetrante de Jesús que conoce la intimidad de cada hombre. La viuda se convierte así en el prototipo del verdadero culto, pues esta escena tiene lugar en el templo, donde los judíos daban culto a Dios. Su actitud pone de relieve la esencia del culto a Dios, que no consiste en dar de lo que a uno le sobra, sino de entregar la vida entera en oblación. Si el primer mandamiento de la ley es amar a Dios con todas las fuerzas, la mente y el corazón, la pobre viuda lo ha cumplido con creces porque se ha dado a sí misma poniendo toda su seguridad y confianza en el Dios vivo.

            Hay pasajes evangélicos que resumen de modo admirable en qué consiste la esencia de la religión y del culto que damos a Dios. Este es uno de ellos. La viuda, sin buscarlo, es sacada por Jesús de su anonimato y enaltecida en su pequeñez hasta la cima de la ejemplaridad. Ella honra a Dios de la única manera que es posible honrarlo. Frente a un culto que reduce la entrega de uno mismo a dar de aquello que le sobra, la viuda adora a Dios con la virtud que es atributo de Dios: la magnanimidad. No se guarda nada para sí misma y lo entrega todo con el convencimiento de que Dios no necesita nuestras limosnas sino el corazón entregado. Este es el verdadero culto que conquista a Dios y atesora en el cielo nuestras riquezas.

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Premio SAR 1

 

El obispo de Segovia le hace entrega un reconocimiento concedido por representar a todos los que trabajan vocacionalmente por una Iglesia y una sociedad mejores

 

El premio San Alfonso Rodríguez que la Diócesis de Segovia concede anualmente a finales del mes de octubre reconoce en una sola persona la labor callada pero eficaz de todos aquellos que dedican su tiempo a los pequeños servicios cotidianos en favor de la Iglesia y la sociedad.

Esperanza Diéguez, de 79 años, ha sido la galardonada este año con todo merecimiento. Voluntaria en proyectos de carácter social desde hace 35 años, fue una de las pioneras en los programas de promoción de la mujer de Cáritas Diocesana de Segovia. Su labor ha sido múltiple y variada en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen de la capital: catequista de niños y jóvenes, animadora de grupos parroquiales, miembro del consejo de pastoral, responsable de Cáritas, estando siempre disponible para feligreses y vecinos.

En una típica tarde de otoño, la iglesia del Seminario acogió este pasado domingo 31 de octubre a un centenar de segovianos, amigos y familiares de la premiada y fieles de las parroquias de San Alfonso Rodríguez de El Sotillo y del Salvador, en Segovia, que siguen conservando la devoción al santo portero con entusiasmo y sentido cristiano.

En un clima de comunión y participación, a pocos días de haber comenzado el sínodo de la Iglesia Católica que por primera vez cuenta con una fase diocesana abierta a la escucha de todos, se leyeron textos místicos de san Alfonso acompañados de la música compuesta por la hermana Mónica Pérez, religiosa de María Inmaculada, se compartieron testimonios sobre la premiada y se remató el acto con el himno a San Alfonso Rodríguez cantado por los asistentes e interpretado al órgano por su autor, Alfonso María Frechel.

Tras recibir el llamador artesanal de manos del obispo de Segovia, Esperanza afirmó sentirse agradecida a Dios por haber podido demostrar en su vida su vocación de servicio a los demás y animó a todos hacer lo mismo.

Con estas palabras, se cerró una jornada festiva, un acto sencillo y coral, con muchas voces, de una Iglesia de Segovia que quiere seguir, al estilo de san Frutos y san Alfonso Rodríguez, la senda de la sencillez, la espiritualidad y el servicio a los demás en la sociedad de hoy.

La solemnidad de Todos los Santos apunta al origen y meta del cristiano y le advierte de que la vida es peregrinación. La santidad de Dios está en el origen de todo. Dios es santo. Así se reveló al pueblo de Israel. De esta verdad se deriva que el hombre, creado a su imagen, está llamado a la santidad. «Sed santos porque yo soy santo» (Lv 11,45). Jesús toma esta «ley de santidad» del pueblo judío y la reformula de esta manera: «Sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Es un cambio ligero pero significativo: nos acerca, en primer lugar, la imagen de Dios, llamándolo Padre, e interpreta la santidad en clave de perfección para hacernos entender que podemos llegar a alcanzarla, porque todo en el hombre tiende a la perfección de su ser, a la plenitud de sus capacidades si orienta bien su libertad.

Desde esta perspectiva, entendemos que san Pablo, dirigiéndose a los cristianos de sus comunidades, los llame «santos». Si lo consideramos bien, es una justa definición del cristiano, que ha sido santificado en el bautismo por su incorporación a Cristo. Es verdad que esta santidad ontológica del bautismo tiene que hacer efectiva en la santidad moral de cada día: en esto consiste el ejercicio de la vida cristiana. Aspirar a ser lo que ya somos por el bautismo.

Quienes han llegado a la patria del cielo, los santos —canonizados o no— han alcanzado la meta y en ellos brilla de modo definitivo la belleza de la santidad de Dios. El 1 de noviembre celebramos en una sola fiesta la multitud de quienes han imitado al Padre celestial y, durante su vida en la tierra, han reflejado en su comportamiento la forma de ser de Dios. Así exhorta san Pedro a sus cristianos: «Lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta» (1 Pe 1,15). Al contemplar ya en la gloria a quienes nos han precedido en la fe, nos miramos a nosotros mismos para recordar nuestra condición de «santos» en la tierra que caminan hacia su destino final. Hoy la palabra «santidad» suena extraña, alejada de nuestros intereses. Hablemos de integridad, rectitud, justicia, y seguramente nos resultará más familiar. Todo esto encierra el término hebreo (qadosh) con que la Biblia define la santidad, y lo que Jesús entiende por «perfección» cuando nos invita a ella. Es la llamada que Dios nos ha dirigido al crearnos según su propia imagen. Entender la vida así es la aspiración de nuestra naturaleza, que no podemos frustrar bajando el listón.

Los fieles difuntos, a quienes recordamos el 2 de noviembre, están ya salvados, aunque esperan el momento definitivo de ver a Dios cara a cara en el estado que la Iglesia llama «purificación». Son la iglesia purgante. Los conmemoramos con piedad y oramos por ellos con la clara certeza de que entre todos los miembros de la iglesia existe el vínculo indestructible de la caridad. La conmemoración de los fieles difuntos nos recuerda, a los que aún peregrinamos en este mundo, que existe otro, el definitivo, al que debemos llegar con la vestidura blanca del bautismo, limpios de toda mancha, para contemplar el rostro del Dios vivo, el solo Santo entre todos los santos. La santidad es, por tanto, participación de la vida de Dios. Él ha impreso en nosotros nuestra dignidad y destino. Nos ha entregado a su Hijo para que veamos en él lo que espera y quiere de nosotros. Nos ha dado todos los medios necesarios para llegar a la meta. Y, mientras caminamos, nos permite vivir en una purificación constante mediante los sacramentos, la oración y la práctica de las virtudes. No carecemos de nada para ser santos. Contamos, además, con una muchedumbre de intercesores que, desde la meta, nos aseguran que es posible alcanzarla.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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