Cartas (7)

Queridos diocesanos:

El curso 2021-2022 se nos presenta con esperanza y al mismo tiempo con incertidumbre. Parecen dos términos incompatibles pero no lo son. La esperanza es propia del creyente que mira el futuro con la confianza puesta en Dios. La incertidumbre es típica del hombre que no domina el tiempo y desconoce, por tanto, cuál será su devenir. Estamos viviendo una pandemia con olas sucesivas y nos falta certeza sobre su duración y consecuencias últimas.

            En este contexto la propuesta de un Plan Diocesano de Pastoral para el próximo curso parece una aventura arriesgada. No obstante, nuestra responsabilidad de Iglesia diocesana nos impide quedarnos con los brazos cruzados esperando tiempos mejores. Confiamos en el Señor y avanzamos en nuestro camino.

            En este curso próximo tenemos algunos acontecimientos que nos ayudarán sin duda a vivir con esperanza y entusiasmo la misión que Cristo con confía.

  • El Papa Francisco ha convocado un Sínodo de Obispos con el sugerente tema: «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». El Papa nos urge a participar en la consulta a nivel de diócesis y será parte de nuestro quehacer pastoral. Si hacemos bien esta reflexión redundará en beneficio de las demás acciones programadas en el plan diocesano de pastoral para este curso.
  • En noviembre está prevista, si Dios lo permite, la asamblea presbiteral en la que llevamos trabajando hace tiempo. Será una ocasión importante para que el presbiterio tome conciencia de su imprescindible misión en la revitalización de la vida cristiana de nuestro pueblo y en la llamada que debemos hacer a los laicos a asumir sus responsabilidades en la Iglesia.
  • Con la alegría propia de la salvación de Cristo, celebraremos el Año Jubilar Henarense, que supondrá una renovación de la piedad popular mariana y de su proyección en la vida diaria de nuestras familias. Nos impulsará a realizar las acciones pastorales con la confianza que aprendemos de María, modelo de creyente.
  • Los obispos españoles hemos sido convocados por el Papa Francisco a la visita ad limina apostolorum. Los obispos de la Provincia eclesiástica de Valladolid nos encontraremos con el Santo Padre a comienzos de enero de 2022. Es una ocasión extraordinaria para estrechar los lazos con la sede de Pedro y vivir la comunión de nuestras iglesias con el Vicario de Cristo. El informe que presentaremos de la diócesis nos ayudará a descubrir nuestras fortalezas y debilidades y a caminar en la dirección que nos marque el Papa.

Estos acontecimientos forman parte del Plan Pastoral de este curso, que, con ocasión de la pandemia, nos ha parecido obligado que debía prorrogar el del curso anterior, el último del trienio para el que fue elaborado. Dado que la pandemia nos impidió realizar la programación prevista, hemos pensado, después de consultar con los diversos consejos, delegaciones y secretariados, poner el acento en acciones que quedaron en suspenso y señalar otras que, tanto a nivel diocesano como arciprestal, merecen la pena llevarse a cabo.

Como ya he señalado en otras ocasiones, el Plan diocesano de pastoral no es un corsé que constriñe la creatividad o nos encarrila en una dirección única. La diócesis es muy variada, los arciprestazgos difieren unos de otros, por lo que la pastoral debe responder siempre a necesidades concretas que no siempre se contemplan en la unidad del plan. Pero es una ayuda muy estimable para vivir la comunión eclesial, descubrir la variedad de las propuestas y trabajar en la búsqueda de objetivos comunes. Si a esto añadimos los acontecimientos aludidos al inicio de esta carta, comprendemos fácilmente que debemos huir del agobio, del activismo y de cualquier actitud que ponga freno a las iniciativas concretas que, a juicio de las parroquias, deban llevarse a cabo.

Con el fin de ser fieles a los objetivos prioritarios señalados en el trienio 2018-2021 y, al mismo tiempo, suplir las limitaciones que la pandemia nos ha impuesto en el curso pasado, hemos señalado algunas acciones específicas que pueden ayudarnos a completar y dar continuidad al trabajo realizado hasta ahora. Corresponde a los arciprestazgos y parroquias, según su peculiaridad, concretar cómo llevar a término dichas acciones

Al mismo tiempo hemos señalado tres bloques temáticos que, en las aportaciones surgidas en los diversos Consejos diocesanos, han sido considerados prioritarios para nuestra acción pastoral. Me refiero a los siguientes bloques sobre los que quiero hacer algunas consideraciones:

Todos sabemos la importancia que tiene la familia en la pastoral de la Iglesia, importancia que ha sido puesta de relieve en los dos sínodos dedicados a ella. Evangelizar la familia es evangelizar la sociedad. La disolución del concepto de familia y la desestructuración de la misma, ocasionada por diversas causas, la sitúa en el punto de mira de nuestra acción pastoral. Todo lo que hagamos por visitar las familias, acompañarlas, ayudarlas material y espiritualmente, redundará en beneficio de toda la familia de los hijos de Dios, que es la Iglesia. Debemos, además, estar abiertos a los movimientos familiares y a experiencias que han dado fruto en este ámbito. Al mismo tiempo, como pastores del pueblo de Dios, tenemos en nuestras manos muchos medios para sostener a la familia en su vocación: sacramentos, cursillos prematrimoniales, encuentros de familias, de novios, etc. Fortalecer los lazos de las familias cristianas entre sí es asegurar la conciencia de pertenencia a la Iglesia y contrarrestar el desafecto eclesial que invade nuestra cultura.

Aunque llevamos décadas en la Iglesia reflexionando sobre este tema, los frutos no son proporcionales a la reflexión y al deseo de incorporar con más eficacia los laicos a la misión de la Iglesia. Es posible que el problema resida en dos aspectos que ya hemos considerado en otras ocasiones: a) la necesidad de formación integral sin dar nada por supuesto; b) el ofrecimiento de cauces eficaces para asumir responsabilidades en la Iglesia.

Esto exige favorecer medios de formación o intensificar los que ya tenemos insistiendo en los temas de la iniciación cristiana y en la Doctrina social de la Iglesia, que afecta directamente a los ámbitos donde el laico está llamado a su apostolado específico. A este respecto, sea bienvenida toda iniciativa parroquial y arciprestal —conferencias, grupos de estudio, cursillos intensivos—que convoque a los lacios a la formación permanente e intensiva. También el apostolado asociado, y en especial la Acción Católica General, ofrece planes de estudio y, sobre todo, un cauce de participación en la vida de la Iglesia donde los laicos son miembros activos y responsables de sus propias acción apostólicas. La institución de los ministerios de acólitos, lectores y catequistas puede ser también un cauce de formación y acción que merece ser estudiado.

  1. Vocaciones sacerdotales.

En el contexto de la vida cristiana como vocación y teniendo en cuenta que las vocaciones se desarrollan normalmente en el ámbito de una comunidad cristiana viva (familia, parroquia, movimientos), la pastoral de las vocaciones sacerdotales debe tener como referencia la comunidad del seminario donde los posibles candidatos puedan descubrir el modo peculiar de vivir en el seguimiento de Cristo. Debemos potenciar visitas al seminario, encuentros y convivencias con los seminaristas, catequesis vocacionales, y la pastoral de los monaguillos que acerca a niños y adolescentes al misterio de la liturgia. Acompañar a los confirmados y a jóvenes y adultos con signos de vocación debe ser prioritario en este ámbito pastoral. Por otra parte, la comunidad diocesana debe asumir como suya esta grave necesidad de la Iglesia e implicarse en la promoción vocacional no como simple propaganda sino como propuesta de vida que proviene de la llamada del Señor. Orar al dueño de la mies y trabajar el terreno para que la semilla de la vocación no caiga en tierra estéril es responsabilidad de todos.

Finalmente, quiero hacer unas consideraciones sobre el estilo y la pedagogía de quienes debemos llevar adelante este plan de evangelización. Desechando cualquier actitud de escepticismo, desaliento y apatía, trabajar en la viña del Señor es siempre un motivo de gratitud y gozo. No nos toca dar crecimiento a la semilla de la palabra que esparcimos con generosidad. Tampoco nos incumbe determinar ni el tiempo y el lugar de los frutos que esperamos. Nuestra actitud es servir al Señor, confiar en su acción y porfiar sin desmayo en los fines que buscamos. Las indicaciones del Papa Francisco en su magisterio rebosan confianza en el Señor y nos advierten de caminos errados: individualismo, activismo, críticas destructivas, falsas concepciones de iglesia, voluntarismo sin oración, reducción del apostolado al éxito pretendido.  Por otra parte, las tres palabras del tema para el próximo sínodo —comunión, participación y misión— nos marcan la meta hacia la que debemos caminar.

En cada uno de los ámbitos aludidos —familia, laicado, vocaciones— tenemos suficientes documentos del magisterio pontificio para orientar nuestro camino. Debemos, por tanto, discernir nuestras acciones desde la oración, la reflexión comunitaria y el empeño en ser fieles a lo que programamos. Solo así podemos dar cuenta al Señor de qué hemos hecho con los talentos recibidos y gozarnos si, a pesar de las dificultades, se los devolvemos aumentados. Nuestra diócesis será sin duda bendecida por quien siempre paga con generosidad el esfuerzo de quienes anuncian el evangelio de la salvación y de la vida. Que La Virgen de la Fuencisla y san Frutos nos concedan siempre la alegría de evangelizar. San José, cuyo año jubilar celebramos, nos alcance la docilidad a Dios y la prontitud en nuestra respuesta.

Con mi afecto y bendición

En Segovia, a 25 de Julio de 2021.

+ César Franco,

obispo de Segovia.

Queridos hermanos sacerdotes:

En varias reuniones del Consejo presbiteral hemos reflexionado sobre la situación de la diócesis en relación al ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal. El día 14 de junio de 2019, los arciprestes intervinieron en el Consejo presbiteral para hacer una valoración de la situación de la diócesis hacia una asamblea presbiteral. Cada arcipreste describió las fortalezas y debilidades de su propio arciprestazgo para ofrecer una visión del conjunto de la diócesis. En el Consejo presbiteral siguiente (15-XI-2019) se hizo una síntesis de la reflexión del Consejo anterior con el fin de caminar hacia una asamblea presbiteral que nos ayude a renovarnos y crecer en la vivencia de nuestro ministerio. En dicho Consejo, partiendo de los datos aportados en el anterior, se reflexionó sobre cómo trabajar en dicha asamblea teniendo en cuenta los diversos aspectos de nuestro ministerio: humano, espiritual, pastoral e intelectual. También se preguntó a los consejeros sobre las cuestiones prácticas referidas al modo de realizar la asamblea (objetivos, metodología, tiempos, etc.).

Con todos estos datos, el Consejo de gobierno de la diócesis consideró conveniente que, al tratarse de una asamblea presbiteral, se debía crear una comisión que, a la luz de las anteriores reflexiones, se encargara de preparar la asamblea, que tendrá lugar los días 9 y 10 de noviembre del presente año. Los miembros de esta comisión fueron elegidos en el Consejo presbiteral extraordinario del pasado 20 de enero, según el siguiente criterio de elección: dos arciprestes, dos sacerdotes miembros del Consejo presbiteral y dos sacerdotes que no fueran miembros de dicho Consejo. Los miembros elegidos de esta comisión, que estará moderada por el Sr. Vicario del Clero, son los siguientes:

1) Arciprestes:
Don Jesús Francisco Riaza Cabezudo
Don Fernando Mateo González
2) Sacerdotes miembros del Consejo presbiteral:
Don José María López López
Don José Antonio García Ramírez
3) Sacerdotes que no son miembros del Consejo presbiteral:
Don Enrique de la Puerta Soriano
Don Santos Monjas Aguado.

A esta comisión le corresponde, en primer lugar, elaborar con los datos recibidos de los anteriores Consejos un documento de reflexión que debe ser estudiado personalmente por cada sacerdote con el fin de llevarlo después al arciprestazgo y enriquecerlo con las aportaciones convenientes. Posteriormente, la comisión redactará, con las reflexiones de los arciprestazgos, el documento que servirá, previa la aprobación del obispo, como texto base para la asamblea presbiteral.

La necesidad de la asamblea ha sido planteada con el fin de iluminar los problemas de nuestro presbiterio. La situación humano-espiritual y la edad avanzada del clero, la incorporación de sacerdotes extranjeros —bien en servicio pastoral o bien para realizar estudios— la escasez de vocaciones, la importancia de formar laicos para tareas pastorales, y otro tipo de retos, que plantea la disminución de los habitantes y el envejecimiento de la población, requieren de nosotros, como pastores, pedir luz al Señor y buscar caminos de cara al futuro. Por ello, esta asamblea debe ser asumida por todos los sacerdotes con cargo pastoral como prioritaria frente a cualquier otra tarea pastoral, salvo los casos extraordinarios de urgencia. Como ya he dicho, durará dos días, y la comisión establecerá el lugar de reunión, el horario, y el procedimiento a seguir. Será una ocasión, no sólo para la reflexión, sino para la oración en común y la convivencia fraterna.

Como es sabido, la Iglesia no se gobierna de modo asambleario, por lo que la asamblea no tiene capacidad para legislar. Pero buscar el consenso de los presbíteros sobre los temas que afectan al gobierno de la diócesis es una forma de sinodalidad para ayudar al obispo a tomar las decisiones que considere necesarias para el bien de la diócesis.

Convoco, pues, a todos los sacerdotes con cargo pastoral y os invito, por tanto, a que ya desde ahora valoremos la importancia de este encuentro y pongamos todos nuestros talentos al servicio de esta llamada del Señor a vivir la fraternidad y la corresponsabilidad sacerdotal, cada uno teniendo en cuenta el servicio que presta a la diócesis. Para ello es fundamental reconocer:

1) Que la primera actitud que debemos fomentar y pedir al Espíritu Santo es la conversión a Cristo, que nos ha llamado, ungido y enviado para evangelizar, sanar los corazones y santificar con la gracia del ministerio recibido. Sin la relación estrecha, permanente y sincera con Cristo no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). Es necesario que cada uno se examine ante el Señor sobre los compromisos asumidos en la ordenación.
2) Que la sacramentalidad del orden sacerdotal nos une con un vínculo que arranca de la persona de Cristo y nos capacita para vivir su mismo sacerdocio en lo que toca a Dios y al pueblo que se nos ha encomendado. Este vínculo hace que nos miremos como hermanos al servicio de una misma misión. La fraternidad sacerdotal nace del sacramento recibido (cf. PO 8: «fraternidad sacramental»).
3) Que el sacerdocio nos capacita para vivir la preocupación por todas las Iglesias, de manera que, aunque pertenecemos a una diócesis concreta, no debemos olvidar nunca que estamos al servicio de la Iglesia universal que nos abre al don de la catolicidad (cf. PO 10; PDV 32).
4) Que el servicio a la comunión eclesial nos exige vivir con fidelidad a la Tradición que se remonta al Señor y que interpreta y explicita el Magisterio de la Iglesia, y, al mismo tiempo, mostrarnos disponibles para realizar nuestro ministerio donde la Iglesia lo requiera.
5) Que debemos vivir atentos a las necesidades de nuestro pueblo, conociendo su peculiaridad humana, cultural y religiosa, para lo cual es preciso vivir entre los hombres, conocer sus problemas —materiales y espirituales— para que el anuncio del evangelio vaya acompañado con el testimonio de nuestra vida.

Estas actitudes, que pido al Señor para mí mismo, no agotan en absoluto las que dimanan del Evangelio y de la gracia de nuestra ordenación, pero pueden ser una pauta para participar en la reflexión sobre la asamblea de modo que podamos aportar lo mejor de nosotros mismos si realmente nos hemos puesto bajo la acción del Espíritu Santo.

Es al Espíritu al que suplicamos que nos guíe con su dones en la edificación de la Iglesia y nos haga disponibles a su acción. Oremos también a la Virgen, Nuestra Señora de la Fuencisla, para que, como ella, vivamos obedientes a la Palabra y a la fe, y animosos en la esperanza y en la caridad para llevar a los hombres de nuestro tiempo la salvación de Cristo.

Con mi afecto en el Señor y mi bendición,
En Segovia, a 2 de Febrero de 2020, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo.

 

 

+ César A. Franco Martínez
Obispo de Segovia.

Viernes, 27 Mayo 2016 13:10

Amor de los Amores. Corpus Christi 2016.

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Amor de los Amores

Carta pastoral con motivo de la solemnidad del Corpus

            Cuando la Iglesia habla de caridad se piensa inmediatamente en la institución de Cáritas. Es lógico: la acción caritativa de la Iglesia tiene un prestigio social que supera las fronteras de la misma Iglesia, puesto que, a la hora de practicar la caridad, la Iglesia no distingue entre credos, razas ni otras diferencias sociales. La caridad es universal o no es caridad.

            Sin embargo, la caridad tiene su fuente en Dios. Dios es Amor, dice la Escritura. Y en otro lugar, Dios nos amó el primero. El Papa Francisco ha acuñado un  término, que llama a esta acción de Dios «primerear», es decir, «tomar la iniciativa», «adelantarse». Es lo que ha hecho Dios con el hombre: tomar la iniciativa en el amor. Dios ha sido el primero en amar. En la primera carta de Juan, esta verdad no puede ser más explícita: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). La iniciativa de Dios, adelantándose en el amor, es el fundamento de todo amor. Por una razón teológica fundamental: Dios es Amor y, por tanto, fuente de todo amor; y por otra razón de tipo histórico: Dios nos ha entregado a su Hijo en la plenitud de los tiempos para revelarnos la imagen perfecta del amor, imagen inseparable de lo que la Iglesia celebra este domingo: el Corpus Christi. La Caridad hecha donación hasta el extremo de hacerse alimento, el buen pan de Dios que se da a todo aquel que quiere saciar su hambre de amor.

            Esta unión entre la Eucaristía y el amor a los pobres está ya en el origen de la Iglesia. En la Última Cena aparece la Iglesia como una comunidad que recibe el Amor de Cristo, en el pan y el vino consagrados. Aquella primera comunión de los apóstoles constituía la comunidad que brotaba del amor de Cristo. La comunión íntima que estableció Cristo con los suyos se convertía, por su propia naturaleza, en una comunión estrecha con los hombres más necesitados, de forma que entre las notas distintivas de la Iglesia naciente, la palabra «comunión» significaba al mismo tiempo la comunión con Cristo y la comunión con los pobres. La Iglesia estableció su cáritas vinculada a la fracción del pan. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se dice claramente: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2,44-45).

            Conviene tener esto en cuenta para entender el significado de la Caridad en la vida de la Iglesia y no separar el amor de Dios y el amor a los pobres, privando así al uno del otro. Los dos van siempre juntos, como dijo en cierta ocasión la beata Teresa de Calcuta. Le peguntaron qué hacía primero, al encontrarse con un pobre: hablarle de Dios o darle de comer. Contestó con toda sencillez: hago las dos cosas al tiempo. En la Última Cena, cuando salió Judas del Cenáculo para traicionar a Jesús, todos los demás pensaron que, como tenía la bolsa común, se dirigía a dar limosna a los pobres. Es hermoso pensar que, mientras Cristo instituía el Sacramento del Amor, se pensaba en los más necesitados. Así debe ser siempre: la Eucaristía es la fuente del amor, y, celebrarla como merece, supone que compartimos con otros el amor que recibimos de Cristo. Por eso, cuando Cristo en la Eucaristía procesione este domingo por las calles de nuestra ciudad, cantaremos con gozo al Amor de los Amores. Es el Amor primigenio, la fuente de todo amor, el Amor llevado a la consumación, que nos enseña a compartir la vida con los demás, y adelantarnos nosotros también, antes de que nos lo pidan, en la práctica del amor.

+ César Franco Martínez

 

Obispo de SegoviaMeme Corpus Cesar Franco

Jueves, 31 Marzo 2016 06:56

Pascua: la amistad recuperada

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Pascua: la amistad recuperada

 

El tiempo de Pascua puede calificarse «tiempo del reencuentro». Reencuentro de Jesús con sus amigos. La muerte había segado violentamente la relación de Jesús con los suyos y éstos pensaban que todo había terminado. A pesar de que Jesús había anunciado la resurrección, no entendieron lo que decía. En la Resurrección, Cristo inicia una nueva vida, como triunfador del pecado y de la muerte, y sale al encuentro de los suyos para reanudar no la vieja amistad, sino una nueva y definitiva que atravesará la historia hasta el fin de los tiempos.

Desde el mismo día de la Resurrección, Jesús se hace presente en los ámbitos normales de la vida de los suyos. En el Cenáculo, en el camino a Emaús, en el mar de Galilea. Las apariciones pretender restablecer la fe en él, la convicción de que él es el Hijo de Dios, que ha superado el tiempo y el espacio y se hace contemporáneo de cada hombre.  Jesús busca recuperar la amistad adormecida y convertida en mero recuerdo. Y lo hace con gestos humanos, transidos de afecto y de cariño, evocando recuerdos de lo que han vivido juntos.

A María Magdalena se muestra como un jardinero junto al sepulcro, y la llama por su nombre, como tantas veces habría hecho. Ella le reconoce al pronunciar su nombre, con su mismo tono y afecto de voz. A los discípulos desalentados de Emaús, se les une en el camino, como un peregrino, y poco a poco les comenta las Escrituras que hablaban de él. Dice el evangelista que sus palabras encendieron su corazón. Ya dentro de casa, el gesto de la fracción del pan les abre los ojos y le reconocieron. Jesús había vuelto a comer con ellos. En el Cenáculo, cerradas las puertas, Jesús entra y se coloca «en medio de ellos», como solía hacer cuando enseñaba, y, ante la duda, les muestra las manos y los pies llagados y les pide algo de comer, para que no piensen que es un fantasma. Y a Tomás, al incrédulo Tomás, hasta le permite hacer lo que había pedido: tocar sus llagas. Esta condescendencia de Jesús indica el afecto que tenía a los suyos y lo interesado que estaba en recuperarles para la amistad y la misión.

¿Y qué decir del milagro de la pesca milagrosa? Los apóstoles habían vuelto a lo suyo: a su oficio de pescadores. En una mañana de Pascua, Jesús se les muestra en la orilla y, después de no haber pescado nada durante la noche, les concede la gracia de una pesca milagrosa, que recordaría aquella otra, mientras vivía. Jesús busca avivar la memoria de lo que hizo con ellos, identificarse con su propia historia pasada. A Pedro le examina del amor. Tres veces le pregunta si le ama, pues tres veces lo había negado. Jesús restaura la amistad, restaña las heridas, y devuelve la confianza a quien le amaba a pesar de sus negaciones.

Esta es la historia de la Pascua. Encuentro tras encuentro con los suyos, a quienes rescata de la duda, la incredulidad y el desamor. Es la historia preciosa del cristianismo. La iniciativa siempre es de Cristo, que confía en el hombre y le busca entre sus cosas, sus preocupaciones, sus pecados y sus anhelos más hondos. Jesús siempre busca. Es el Pastor que conoce a cada uno, lo llama por su nombre y le renueva la amistad: ¿Me amas? Es la pregunta clave, decisiva. La pregunta que hacemos a quien queremos. La que esperamos que nos haga esa persona a quien deseamos amar. Es la mutua correspondencia del amor, que, a pesar de las infidelidades, Jesús siempre está dispuesto a aceptar.

La Pascua es el tiempo del reencuentro con el Resucitado, que ha cambiado su modo de relación, ahora en la fe, no en la visión, y que nos invita a dar el salto al amor sin barreras porque estemos donde estemos, seamos como seamos, Cristo Resucitado siempre se hará presente en nuestras vidas y nos preguntará como si fuera la primera vez: ¿Me amas? Esta es la novedad gozosa de la Pascua: contestar con la humildad de Pedro arrepentido: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

0529

 

Sábado, 13 Febrero 2016 17:07

Plántale cara al hambre: siembra.

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Plántale cara al hambre: siembra

Carta pastoral para la Jornada de Manos Unidas.

 La Jornada de Manos Unidas para este año 2016 se desarrolla bajo el lema «Plántale cara al hombre: siembra». Los datos son escalofriantes: en el año 2014 el hambre crónica afectaba a 805 millones de personas en el mundo. El fenómeno del hambre en el mundo abarca conceptos como malnutrición, subalimentación, desnutrición, hambruna. Lo dramático de la situación actual es que hay comida para todos, pero no todos pueden comer. San Juan Pablo II llamaba a esto «la paradoja de la abundancia». Una paradoja que, aunque no queramos, convierte a los que tenemos bienes en responsables de los que no tienen, como ha enseñado desde antiguo la tradición cristiana. De una u otra manera, todos somos responsables del mal que sufren nuestros hermanos. Y todos debemos acoger como dirigidas a nosotros las palabras del Señor: «Tuve hambre y no me disteis de comer».

 El Papa Francisco nos ha pedido en este Año Jubilar de la Misericordia que reflexionemos sobre las obras de misericordia, corporales y espirituales. La primera de las corporales es «dar de comer al hambriento». Cristo ha querido identificarse con todos los que sufren, y, en primer lugar con los que padecen hambre. Dice el Papa Francisco que «la carne de Cristo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado».

¿Cómo podemos hacerlo? Son muchos los medios a nuestro alcance, especialmente desde la conversión que nos exige la Cuaresma. El ayuno y la limosna tienen como finalidad practicar la justicia y la caridad con los más pobres. Podemos – y debemos – privarnos de gastos innecesarios, caprichos y gustos personales, vivir con mayor sobriedad y pobreza material, ofreciendo la limosna que brota de la caridad. Si observamos nuestro modo de vivir, rápidamente descubrimos cuáles son nuestras necesidades reales y cuáles las que nos creamos de manera superflua y egoísta. El afán de poseer no tiene límite en el corazón del hombre, como puede observarse en las diferencias que separan a los pueblos que viven en la opulencia de aquellos que se ahondan cada vez más en pobrezas crónicas, que claman al cielo. El mensaje del Papa Francisco en su encíclica «Laudato si´» es claro y rotundo. Nos exhorta a un cambio en el estilo de nuestra vida. «Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites» (204).

Lo más grave de esta situación es que llegamos a acostumbrarnos a ella, perdemos sensibilidad para detectar el mal y socorrer a quien lo padece. Nos hacemos como el rico epulón de la parábola de Jesús que menospreciaba al pobre Lázaro que yacía a su puerta. Cristo nos invita a la «compasión», que no es una lástima superficial, sino a padecer con los que sufren compartiendo sus propios sufrimientos como ha hecho Cristo con nosotros. La caridad cristiana tiene su motivación última y su modelo perfecto en el mismo Cristo, que aceptó sobre sí, como el Buen samaritano, la carga de nuestras dolencias y pecados. Sólo el amor redentor de Cristo, que se ha hecho solidario con toda la humanidad, puede hacernos comprender la enorme dicha que tenemos los cristianos que hacernos semejantes a él y la grave responsabilidad de atender a quienes nos desvelan hoy el rostro sufriente del Señor. Plantarle cara al hambre sólo puede hacerse mirando cara a cara a Cristo y permitirle que sea él mismo quien siembre en nosotros su caridad.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Meme ManosUnidas16 Cesar Franco

            

Sábado, 23 Enero 2016 09:55

¿Qué haces con tu hermano?

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Carta pastoral de monseñor César Franco                                                                                                                                                            para el día del Corpus Christi

corpus-Segovia

«¿Qué haces con tu hermano?»

Carta pastoral de César Franco.

Obispo de Segovia

7 de Junio de 2025

            

 

Es ya tradicional celebrar en la solemnidad del Corpus Christi el día de Cáritas. Este año lo hacemos con el lema «¿qué haces con tu hermano?», que recuerda el reproche de Dios a Caín cuando mata a su hermano Abel. Dios le pregunta: «¿Dónde esta tu hermano?», «¿qué has hecho?». Al excusarse Caín, Dios le dice abiertamente: «La sangre de tu hermano clama justicia ante mí».

Desde el inicio de la humanidad, la lucha fratricida, el desprecio del prójimo y el olvido de sus necesidades han sido notas distintivas de la condición humana herida por el pecado original. Este desorden radical ha sembrado en el corazón del hombre los gérmenes que nos dividen y enfrentan unos con otros hasta acostumbrarnos al sufrimiento de nuestros hermanos que padecen en su alma y cuerpo el odio asesino, la marginación, e incluso la muerte. La sangre de los que muren y el dolor de los que padecen necesidad claman justicia ante Dios, que nos pregunta: «¿Qué haces con tu hermanos».

Cáritas pretende responder a esta pregunta mediante el camino que Cristo ha abierto con la entrega de sí mismo en la Eucaristía, cuya solemnidad celebramos. Cristo se ha entregado por los hombres en un amor sin reservas, dando su Cuerpo y Sangre como alimento de eternidad. Este gesto de Cristo se ha convertido en el fundamento de la Iglesia y de la caridad que pretende llevar a todos los hombres. San Pablo dice que «la caridad de Cristo nos urge al considerar que si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2Cor 5,14-15). El amor de Cristo es el que justifica nuestra caridad, hasta el punto de que ya no vivamos para nosotros mismos sino para los demás, compartiendo nuestra vida y bienes con los más necesitados. Cuando san Pablo organiza entre sus iglesias una colecta para la Iglesia de Jerusalén, la justifica diciendo: «Conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8,9). No se puede ser más explícito: Cristo nos ha enriquecido haciéndose pobre; de igual modo, nosotros debemos enriquecer a los demás empobreciéndonos mediante la caridad fraterna.

Si celebramos bien la eucaristía, entenderemos que en ella encontramos hecho realidad lo que nos dice san Pablo. Cristo se ha empobrecido de tan manera que ha quedado convertido en la comida de la Iglesia. Su Cuerpo y Sangre se han hecho banquete de vida, comunión e inmortalidad. Quienes participan en este banquete conforman su vida a la de Cristo y progresivamente se van transformando en Cristo asumiendo su mismo estilo de vida, sus comportamientos, su voluntad de dar la vida a otros. Cáritas es la expresión de esta amor de Cristo que quiere alcanzar a todos los hombres mediante la entrega de los cristianos.

Cáritas no es una organización al margen de la Iglesia, ni independiente de ella. La forman todos los cristianos que, con sus ofrendas, limosnas, aportaciones periódicas y el tiempo que dedican a los demás acogiendo y visitando a los necesitados, muestran el rostro materno de la Iglesia que sufre con la pobreza espiritual y material de sus hijos. La Caridad es el núcleo más íntimo de la Iglesia, su fuego y fuerza interior. Por ello, es preciso que cada comunidad cristiana, cada parroquia se organice de manera que la preocupación por los pobres esté en el centro de su acción misionera y apostólica. Invito, pues, a todas las parroquias y comunidades cristianas a vivir con un solo corazón y una sola alma el ejercicio de la caridad, para que el testimonio de los creyentes manifieste el amor de Cristo que no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida por los hombres. Bien podría ser este el lema de Cáritas: servir hasta dar la vida. Eso es lo que celebramos el día del Corpus Christi, día de la Caridad. Sólo la contemplación de Cristo en la Eucaristía aumentará nuestro amor, nuestro deseo de compartir los bienes con los más necesitados, y hará de nuestra diócesis, de nuestras parroquias y comunidades el signo vivo de que Dios cuida de sus hijos más pobres, en los que Cristo reclama que hagamos con ellos lo que haríamos con él.

Aprovecho esta carta para dar gracias a la Cáritas diocesana y a todos los grupos de cáritas que existen en las parroquias y comunidades cristianas por sus trabajos y desvelos, en este campo fundamental de la Iglesia. Y pido al Señor y a Santa María, Madre suya y nuestra, que en todo lo que hacemos brille siempre el amor de Cristo, anonadado, crucificado y hecho eucaristía por nosotros. Sólo así nuestra caridad no será una farsa, nuestra mano derecha no sabrá lo que hace la izquierda y, lejos de enorgullecernos por lo que hacemos, daremos gracias a Dios que nos permite servir a los pobres que, como él mismo dijo, siempre estarán con nosotros.

Os bendigo de corazón

+ César Franco

            Obispo de Segovia

 

 

Sábado, 23 Enero 2016 09:31

Dios visita a su pueblo

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Carta pastoral de monseñor César Franco                                                                                                                 por Adviento, Navidad y visita pastoral

puerta-santa-segovia    

Dios visita a su pueblo Adviento, Navidad y visita pastoral del obispo

Carta pastoral de Mons. César-A. Franco Martínez

Obispo de Segovia

              

 

Queridos diocesanos:

Quiero aprovechar el tiempo de Adviento para desearos que vuestra esperanza crezca más y más, alentada por la certeza de que Cristo viene de nuevo a nosotros en las fiestas de Navidad. Es la esperanza que el mundo necesita y que se funda sobre la promesa de que Dios acompaña siempre a su pueblo y le guía hacia la verdadera vida y felicidad.

En el rezo de Laudes, la Iglesia afirma cada día que en Cristo Jesús Dios ha visitado y redimido a su pueblo. «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, dice Zacarías, nos visitará el sol nacido de la alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de la muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz». No puede haber noticia más gozosa que ésta: la visita de Dios que nos arranca de la tiniebla del pecado y de la muerte para conducirnos hacia la paz, conjunto de todos los bienes mesiánicos. Os animo, pues, a prepararos con alegría a la fiesta de la Navidad, que este año reviste un carácter más gozoso si cabe, puesto que la viviremos en el Año jubilar de la Misericordia, que el Papa Francisco ha convocado. El día 13, segundo domingo de Adviento, abriremos la puerta del Perdón de nuestra catedral cuyo umbral traspasarán los peregrinos en busca del abrazo del Padre que nos acogerá como al hijo pródigo cubriéndonos de besos de paz, ternura y reconciliación.

También este año, por la importancia que tiene la solemnidad de la Navidad, como manifestación visible del amor de la misericordia de Dios en Cristo, quiero recuperar en la santa Iglesia catedral la misa de medianoche del día 24 de diciembre, llamada tradicionalmente «misa del gallo». La iglesia madre de la diócesis, la catedral, no puede tener las puertas cerradas en la noche santísima en la que, como decía san Ireneo, Cristo, «viniendo en nuestra carne, nos trajo toda novedad». Desde hace muchos años no se ha celebrado esta misa preciosa de la Natividad del Señor, introducida con un solemne pregón, anuncio de la gracia que recibimos. Invito a todos los diocesanos y a las comunidades de vida consagrada, que no son contemplativas, a participar con el Obispo en esta santa liturgia de adoración y alabanza. Y como gesto de esta venida del Señor, bendeciré al final de la Eucaristía las imágenes del Niño Jesús que los participantes quieran traer para ser colocado después en el belén de cada casa. Así, todos estaremos unidos por la misma celebración y bendición.

Por último, aunque no lo menos importante, continuaré mi visita pastoral durante este curso en la ciudad de Segovia. Como todos sabéis, inicié mi ministerio episcopal con el propósito de concluir la visita pastoral de la diócesis, programada por mi predecesor, Mons. Ángel Rubio Castro. He concluido la zona rural de la diócesis que había quedado sin visitar. Y ahora me corresponde visitar las parroquias de la ciudad de Segovia, que es la fase final de la visita tal como había sido proyectada. Para mí será una ocasión privilegiada de conocer mejor estas comunidades cristianas y fortalecerlas en la fe y participar de sus anhelos e inquietudes. La visita pastoral del obispo es un signo elocuente de la visita de Dios a su pueblo y de la presencia de Cristo, Buen pastor, que cuida de todo el rebaño. El obispo tiene la misión fundamental de confirmar a sus hermanos en la fe para que el testimonio de la vida cristiana brille como la luz en medio de la oscuridad. En cierto sentido, el misterio de la venida en carne de Cristo, Luz de Luz, se prolonga en la visita del obispo que actúa en el nombre de Cristo. La visita pastoral es un momento de gracia porque se hace patente que Cristo es el único Pastor de su pueblo y se sirve del ministerio del obispo para que cada parroquia de la diócesis viva en la comunión que hace de la Iglesia un solo Cuerpo, cuya cabeza es Cristo.

Os invito, por tanto, a pedir por la fecundidad de la visita pastoral que nos ayudará a todos a dar un impulso mayor a la misión que el Señor nos ha confiado. La Iglesia está llamada a vivir siempre en salida, como nos recuerda el Papa Francisco, buscando especialmente a los que no conocen a Cristo ni forman parte de la comunidad eclesial. La visita pastoral será una ayuda para que nuestras comunidades vivan con más responsabilidad la gracia del bautismo y de la fe, y se edifiquen en torno al sacramento de la Eucaristía. Pero, al mismo tiempo, debe ser un acicate para no quedarnos encerrados entre los muros del templo o en los ambientes cálidos de quienes ya nos conocemos y vivimos la fe. Hemos de proclamar el evangelio a todas las gentes, empezando por los que tenemos más cerca, nuestros convecinos y compañeros de trabajo. Conscientes de que la fe no se impone, sino que se propone, procuremos, con la libertad de los hijos de Dios, acercarnos a todos los hombres sin excepción y ofrecerles la buena noticia del Evangelio, que es la presencia en el mundo del Hijo de Dios encarnado en el seno de María, muerto y resucitado para nuestra salvación. El anuncio del Evangelio es la primera responsabilidad del cristiano y, al mismo tiempo, el mayor gozo que puede experimentar, porque se trata de invitar a los hombres a acoger la Luz de Dios que ha roto la oscuridad del pecado y de la muerte, abriéndonos las puertas de la verdadera esperanza.

Os deseo, queridos diocesanos, un tiempo de Adviento lleno de esperanza. Preparémonos a recibir al Señor en nuestra vida personal, familiar y social. Abramos nuestras puertas a quien peregrina con nosotros hacia la casa del Padre. Y oremos para que la visita pastoral del obispo sea un signo claro y eficaz de la visita del mismo Cristo que ha querido hacerse contemporáneo de cada hombre. Que la Virgen María, nuestra Señora de la Fuencisla, nos ayude en esta hermosa misión.

Con mi afecto y bendición.

En Segovia, a 1 de Noviembre de 2015, Solemnidad de todos los Santos.

+ César A. Franco Martínez

Obispo de Segovia.

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