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Sábado, 20 Agosto 2016 09:10

Domingo XXI: ¿Serán pocos los que se salven?

Hay preguntas a las que Jesús no quiere dar respuesta porque reflejan curiosidad morbosa. Por ejemplo, la del número de los que se salvarán, que aparece en el evangelio de hoy. Jesús no responde, y reacciona con una llamada a tomarse en serio la salvación eterna. «Esforzaos, dice, por entrar por la puerta estrecha». Jesús, en línea con la enseñanza sapiencial, retoma la idea del camino, o la puerta, que conduce a la vida. Exige esfuerzo, renuncia, fidelidad. Hay que esforzarse para entrar. Y añade algo que nos afecta de modo directo a quienes tenemos una relación personal con Cristo. Pensamos muchas veces que, para salvarse, basta una relación externa con él: haber comido y bebido con él, haberle tratado familiarmente. Cuando la puerta del Reino se cierre y muchos pidan que se les abra en razón de este trato y familiaridad, el amo de la casa les dirá: «No sé quiénes sois, alejaos de mí malvados».

Por mucho que queramos suavizar estas palabras de Cristo, pues molestan a la sensibilidad actual, son palabras duras que requieren atención. Jesús no es dado a rebajar las exigencias del Reino de Dios. Todo lo contario: las presenta con toda claridad y sencillez. Si el hombre no se toma en serio la salvación, puede encontrarse con la puerta cerrada por mucho que insista en que le abran. ¿Qué quiere decir esta seria advertencia de Cristo? Jesús se refiere a los miembros del pueblo de Israel, que, por descender de los grandes patriarcas —Abrahán, Isaac, Jacob— podían pensar que tenían asegurada la entrada en el Reino de los cielos. Elegidos por Dios para ser su pueblo, tenían el riesgo de dormirse en los laureles, y creer que bastaba su título de ser los «primeros» en la elección para asegurarse el premio eterno. Jesús les dice que vendrán de Oriente y de Occidente, del Norte y el Sur, es decir, de pueblos paganos, y se sentarán en la mesa del Reino mientras ellos serán echados fuera, porque hay «últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». Cuando Lucas escribe su evangelio ha comenzado ya la misión entre los gentiles. Él ha sido compañero de Pablo en la misión y es testigo de que los gentiles reciben el evangelio con alegría y se adhieren a Cristo. Son los últimos, pero su respuesta de fe les coloca por delante de los primeros.

También en nuestro tiempo esta advertencia de Jesús tiene aplicación. Podemos pensar que por el hecho de pertenecer a la Iglesia y participar de vez en cuando en la liturgia, ya tenemos el cielo ganado. No cabe duda de que el cristiano debe cumplir con sus obligaciones en cuanto miembro de una comunidad creyente. Pero no basta una espiritualidad de mínimos, ni —como dice Jesús— darse golpes de pecho y llamarle Señor. Hay que esforzarse por entrar por la puerta estrecha: practicar la justicia y la misericordia; vivir en coherencia con el evangelio; luchar contra el mal en todas sus formas; compartir nuestros bienes con los necesitados; lanzarnos con pasión a la evangelización; acoger en nuestra vida el espíritu de las bienaventuranzas, que es la ley de Cristo para los suyos. Quien vive así no debe temer que le cierren la puerta del Reino. Por eso, lo importante no es conocer el número de los que se salvan, ni el puesto que van a ocupar en la mesa del Señor. Lo importante, dice Cristo, es hacer todo lo posible por entrar, por no quedar fuera, para que el amo de la casa no tenga que pronunciar unas palabras estremecedoras:  «no os conozco». No podemos decir que Cristo no habla claro. No es un adulador de oídos pusilánimes o seguros de sí mismos. Es la Verdad que nos ayuda a trabajar cada día por entrar  en el Reino de los cielos.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

Publicado en Tiempo Ordinario
Sábado, 30 Julio 2016 20:44

Domingo XVIII: La necia codicia

A medida que el hombre se cierra a Dios, se bloquea en él el pensamiento de la muerte. Es el síndrome de la avestruz que esconde la cabeza en un agujero para no ver el peligro. Este tipo de hombre, incapaz de mirar la muerte de frente, en la antigüedad era considerado necio, porque perdía el horizonte de su existencia finita. Sabio era, por el contario, el que pensaba en la muerte, consideraba su término temporal y se preparaba a morir, consciente de que sólo así dignificaba sus días. Filosofar era sinónimo de aprender a morir.

Es lógico que, cuando el hombre deja de pensar en Dios y en el más allá, se aferre al más acá, y ponga su nido en las cosas de la tierra, se torne codicioso, con la ingenuidad poco contrastada de que así será feliz. ¿Pueden las cosas de este mundo, o el mundo entero, saciar la sed de infinitud que habita al hombre? ¿Pueden las riquezas hacerle verdaderamente feliz?

En el evangelio de hoy, un oyente pide a Jesús que interceda ante su hermano para que reparta la herencia con él. Jesús, dirigiéndose al público, dice que se guarden de toda clase de codicia porque, aunque uno ande sobrado, la vida no depende de sus bienes. Lo sabemos por experiencia. Jesús no dice nada nuevo. Hasta los más ricos y poderosos de la tierra mueren como los más pobres, irremediablemente. Jesús cuenta entonces la historia de un rico que, al tener una gran cosecha, se dio cuenta que no tenía dónde almacenarla. Pensó entonces derribar los graneros que poseía y construir otros más grandes, capaces de guardar todos sus bienes hasta el fin de sus días. Y se decía así mismo: «alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente». En estas andaba, dice Jesús, cuando Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?». Y, como colofón  de la historia, concluye Jesús: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,19-21).

¿Quién no conoce historias semejantes? La codicia no tiene límite, se autoalimenta con el afán de agrandar el granero. Jesús lanza primero una pregunta que desvela lo absurdo de almacenar bienes que serán para otro, porque la muerte impide gozarlos a quien los atesora. El fin de muchas fortunas termina en la Hacienda pública o en disputas feroces de herederos, legítimos o advenedizos. La segunda afirmación de Jesús nos sitúa en el plano de la transcendencia, el que los codiciosos olvidan: así es el fin de quienes atesoran para sí y no son ricos ante Dios. Naturalmente, quien no cree en Dios quedará frío ante esta consideración. Jesús llama necio al que vive así, porque hacerse rico para sí mismo, cuando tenemos los días contados, sólo se justificaría si la riqueza tiene un fin social, y se convierte en ayuda para otros. Pero no es esta la perspectiva de la parábola, que busca poner en evidencia la necedad de una vida en la que todo se ve de tejas para abajo. Por eso Jesús advierte del peligro que tiene la codicia. Cuanto más grande es el imperio que uno logra, más trágico es el fin que le espera sin el horizonte de Dios y de la inmortalidad. Al final, se queda sólo consigo mismo y con sus bienes, como muestra la genial película «Ciudadano Kane», un magnate ambicioso que, cuando muere totalmente solo, pronuncia el nombre del trineo con que jugaba en su niñez, la única etapa de su vida en que fue feliz. Normalmente el codicioso tiene el alma fría, es insensible a las necesidades de los demás, vive obsesionado por los bienes, volcado en sí mismo, enterrado ya en vida entre sus bienes. Olvida que cada día que pasa es un día que le gana la muerte en su llegada. Es un necio.

+ César Franco Martínez

Obispo de Segovia

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