Para acercarse a Dios hay que asumir a priori que es un misterio insondable. Es el principio y fundamento de la religiosidad y de la creencia. Así titula su libro el teólogo E. Przywara: Deus semper maior. Dios es siempre mayor que nuestro intento de conocerlo. Y así empieza el famoso argumento ontológico de san Anselmo: Dios es un ser tal que nada mayor puede ser concebido. Sin este presupuesto, el intento de acercarse a Dios, resultará siempre un fracaso. En cierto sentido es lo que Dios pide a Moisés desde la zarza ardiente: le exige descalzarse, es decir, reconocer que pisa terreno sagrado, misterioso e inefable. Dios sobrepasa nuestro limitado conocimiento. Isaías dice que los pensamientos y caminos de Dios no son los de los hombres. Y el profeta Oseas pone estas palabras en labios de Dios «Yo soy Dios, no un hombre».

En la enseñanza de sus parábolas, también Jesús habla de su Padre en términos que desconciertan al hombre. El comportamiento de Dios, por ejemplo, en la parábola del hijo pródigo, supone para el hijo mayor una injusticia: No entiende que el padre organice un gran banquete para acoger al hijo que se ha gastado la herencia con prostitutas. El hijo mayor, que se tiene por justo y obediente, pretende juzgar a su padre desde una posición de justicia que representa la del grupo fariseo que se escandalizaba porque Jesús acogía a pecadores y se sentaban con ellos a la mesa. Jesús, con su parábola, desvela el comportamiento de Dios que acoge al pecador con la alegría de quien ha rescatado del pecado a un hijo suyo.

En la parábola de este domingo, también Dios se comporta injustamente según una mentalidad de estricta justicia. El dueño de la viña, al final de la jornada, ordena a su administrador pagar el mismo salario a quienes han trabajado desde el amanecer y a quienes se incorporaron al trabajo al caer la tarde. No son pocos los lectores, incluso de hoy, que consideran el proceder de este amo como una clara injusticia. El contexto de esta parábola es muy parecido a la del hijo pródigo: esos últimos que, al atardecer, son llamados a trabajar en la viña, representan a los pecadores, acogidos y perdonados por Cristo que llama a trabajar en su viña. Desde una concepción de la justicia, entendida desde la óptica farisaica, según la cual el hombre se justifica a sí mismo mediante la observancia de la ley, el comportamiento de Jesús era reprochable. «La aparente lógica de la protesta de éstos —escribe M. Herranz— desaparece como aventada por un ciclón: sin esta injusticia, no habría perdón de Dios; el perdón de Dios, su inmensa y desconcertante bondad, es lo que único que puede hacer de pecadores justos. Sin esa bondad y ese perdón, el pecador, es decir, el hombre estaría muerto para siempre; y Dios no quiere la muerte del pecador».

El final de la parábola es como un rejón que Cristo clava en nuestra conciencia, tantas veces farisaica, de «justos» irreprochables cuando no comprendemos el comportamiento de Dios, o lo tachamos de injusto. «Amigo —dice Jesús— no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma la tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tu envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros y los primeros últimos». Nos cuesta entender la bondad de Dios, la medida de su amor siempre infinito y desconcertante. Pero, ¿qué sería de nosotros si no fuera así? ¿O pensamos que tenemos el jornal ganado por ser trabajadores desde el amanecer? Es mejor sorprendernos por lo desconcertante de Dios que caer en la envidia de los «justos».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

La parábola del siervo que recibe de su señor el perdón de una enorme deuda y que, a su vez, se niega a condonar a un compañero una pequeña cantidad de dinero, es utilizada por Jesús para enseñarnos una verdad que nos cuesta aprender y vivir: que debemos perdonar como Dios perdona. La parábola tiene su origen en una pregunta de Pedro a Jesús: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar, hasta siete veces?». Jesús, mediante un juego de palabras con el número siete, símbolo de perfección en el judaísmo, le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que equivale a decir, siempre que te lo pida. Y, para aclarar esto, Jesús cuenta la parábola que se lee este domingo. Dios se esconde detrás del señor indulgente que perdona todo, mientras que el hombre queda retratado en el siervo sin entrañas que mete en la cárcel a su deudor. Al conocer la mezquindad del siervo, el señor, indignado, le condena a los verdugos hasta que pague toda su deuda. Jesús termina la parábola con esta enseñanza: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

El Papa Francisco ha repetido hasta la saciedad, especialmente durante el año jubilar de la misericordia, que Dios no se cansa de perdonar, porque su amor es infinito. A todos nos consuela y conforta escuchar este mensaje, que es el centro del evangelio. Todos necesitamos el perdón de Dios que nos libre del peso de nuestras culpas. Cada uno conoce las suyas, pero todos somos pecadores redimidos por el Señor. Sin embargo, no escuchamos con la misma alegría y satisfacción la consecuencia de este perdón de Dios: también nosotros debemos hacer lo mismo con quien nos ofende. Nuestra admiración por la misericordia termina cuando somos nosotros quienes debemos aplicarla. Entonces comprendemos que perdonar es un atributo de Dios y no tanto de los hombres. Por eso Jesús pone siempre el ejemplo de Dios capaz de perdonar todo tipo de pecados y borrarlos de nuestra historia personal, para invitarnos a hacer lo mismo con nuestros semejantes. En la oración del Señor, el Padre nuestro, nos comprometemos a esto cuando decimos: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden». ¡Qué comprometido es decir como! Porque si es como lo hace Dios, seremos perdonados; pero si no es como Dios, tampoco él nos perdonará a nosotros, según la parábola de este domingo.

El orgullo del hombre es la razón por la que le cuesta  tanto perdonar. El amor propio herido nos impide rebajarnos, humillarnos y olvidar las ofensas. Incluso cuando perdonamos nos falta con frecuencia dar el paso último de Dios: olvidar la ofensa, borrarla de nuestra memoria. Para ayudarnos en este ejercicio de virtud, que nos asemeja a Dios, bastaría recordar por un momento todo lo que Dios me ha perdonado, lo que nunca me echará en cara una vez absuelto de mis pecados. Esta debe ser nuestra actitud con los demás. «Todo hombre, escribe san Agustín, es un deudor que, a su vez, tiene acreedores, Por eso Dios, que es justo, te ha dado para con tu deudor una regla que él mismo observará contigo. Existen, en efecto, dos obras de misericordia que nos liberan, y que el mismo Señor ha expuesto brevemente en el evangelio: Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará. La primera trata del perdón y la segunda de la caridad».

Hagamos memoria de la misericordia de Dios con nosotros, no en abstracto, sino en la concreción de su perdón cada vez que hemos acudido a él. Aprendamos su medida para que así él no tenga que aplicar la nuestra cuando supliquemos la clemencia que no estamos dispuestos a conceder a otros.

+ César Franco

Obispo de Segovia

No corren tiempos buenos para la Iglesia, para la Iglesia en general y para cada asamblea de cristianos que se reúne a celebrar la Eucaristía. La deserción de las jóvenes generaciones, y de las adultas de media edad es un fenómeno general. Abundan los mayores, que siguen fielmente constituyendo nuestras asambleas litúrgicas. No es un fenómeno nuevo. La carta a los Hebreos, escrita hacia el año 70 d.C., constata que muchos abandonan las asambleas, y en algunas épocas del cristianismo el abandono de la fe ha hecho pensar que la Iglesia agonizaba lentamente. En el sínodo sobre Europa del año 2012 sorprendió el término de «apostasía silenciosa» para describir la situación de nuestro tiempo. Es evidente que esta situación entristece a pastores y fieles y  amenaza con el desaliento.

En el evangelio de este domingo, sin embargo, Jesús afirma algo que nunca podemos olvidar: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». No se trata de agarrarse a un clavo ardiendo en una situación de emergencia. Dos o tres constituyen, según Cristo, un pequeño recinto que alberga su presencia. La comunidad creyente fundada por Cristo no existe sólo en las grandes asambleas sino en las pequeñas comunidades, en los dos o tres que se reúnen en el nombre del Señor para orar juntos, escuchar la palabra, celebrar los sacramentos y vivir la caridad fraterna, esa caridad a la que apela Jesús cuando nos dice que si hemos de corregir a algún hermano, hagámoslo con dos o tres testigos. Dos o tres.

La importancia de estas palabras de Cristo reside en que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, crece mediante la incorporación sacramental de cada bautizado que confiesa la fe y se convierte en miembro de Cristo. Cada miembro de la Iglesia tiene un valor incalculable porque ha sido redimido por la sangre de Cristo y ungido con el mismo Espíritu que ungió a Jesús. Se explica que, en la primitiva Iglesia, se llamara santos a los bautizados. ¿Comprendemos la trascendencia de esto si nos tomáramos en serio el bautismo? ¿Valoramos a cada cristiano de nuestras comunidades desde esta perspectiva? A veces los sacerdotes somos derrotistas cuando, al convocar a nuestras comunidades, nos encontramos con presencias poco significativas. «Siempre los mismos... no viene gente nueva…», son comentarios frecuentes. ¿No significa esto valorar poco a los que vienen? ¿No está Jesús en medio de los dos o tres que se reúnen en su nombre? Hay que atenderlos como si fueran una multitud, porque en realidad representan a la Iglesia extendida por toda la tierra. Sí, esos dos o tres, la representan. Y posiblemente, si cuidáramos como se merecen a los pocos llegaríamos a muchos.

Quiero concluir esta reflexión con un texto precioso de san Efrén el Sirio, diácono, doctor de la Iglesia y uno de los más grandes poetas que ha tenido la Iglesia. Se trata de un himno publicado recientemente. El poeta rompe todo cálculo humano, toda medida, para hablar de la Iglesia y hacernos comprender el misterio que la constituye. Dice así: «El que celebra solo en el corazón del desierto,/ es él mismo una asamblea numerosa./ Si dos se unen para celebrar entre las rocas,/ millares y miríadas están allí presentes./ Si son tres los que se juntan hay un cuarto entre ellos./ Si hay seis o siete, doce mil millares se han juntado./ Si se ponen en fila, llenan el firmamento de oración./ Si son crucificados sobre la roca, y señalados con una cruz de luz,/ se ha fundado la Iglesia./ Si están reunidos,/ el Espíritu planea sobre sus cabezas./ Y cuando terminan su oración,/ el Señor se levanta y sirve a sus siervos».

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

Nadie desea arruinar la vida. Atenta contra el instinto básico de supervivencia y de felicidad. La humanidad está llena de ejemplos de personas que han dado al traste con su vida, la han perdido como en un juego de azar, echando todo a una sola carta. Paradójicamente no son personas pobres, sin recursos ni posibilidades de éxito. Los parias de este mundo tienen incluso más recursos para sobrevivir que ciertos beneficiados por la dicha, que, en la cima de la fama, del poder y del éxito se han derrumbado como la estatua del libro de Daniel con la cabeza de oro y los pies de barro. No es ninguna desmesura decir que la razón de la ruina ha sido siempre la actitud egolátrica de quien se ama a sí mismo por encima de todo y, desde luego, por encima de Dios. La persona egocéntrica está llamada a la disolución moral e incluso física.

            Los ejemplos de corrupción de personas que terminan en los tribunales y en la cárcel son el mejor comentario a las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» La mirada de Cristo no se detiene en la suerte física de las personas. Jesús se sitúa en el horizonte final, escatológico, de la vida humana. Se trata de un horizonte perdido para muchas personas que lo arriesgan todo pensando en el disfrute de los bienes temporales, como si ese fuese el fin último de la existencia. En la catedral de Segovia se exhibe una obra de arte, el llamado árbol de la vida, que cautiva a los visitantes. En la copa de un árbol los ciudadanos del mundo banquetean sin cesar. Desconocen que un poco más abajo, la muerte, como un macabro esqueleto, está a punto de talar el árbol y dar al traste con todo lo que promete ser felicidad. En el lado opuesto, Jesús está tocando una campana para evitar el trágico fin de quienes olvidan que el tiempo está a punto de tragarse todo lo efímero. Es una advertencia al hombre que ha perdido el sentido de la trascendencia, del juicio tras la muerte. Esta escena puede parecer a muchos un asunto de épocas pasadas. Hoy se vive en el carpe diem del tiempo sin Dios, tiempo en que el hombre se ocupa en «salvar su vida», que, según Cristo, significa canonizar el egoísmo. Quien vive así vive para la ruina, que comienza cuando uno sólo vive para sí mismo. Al olvido de Dios, sigue el olvido de los demás, el olvido de los pobres, y, por último, el olvido de sí mismo, llamado a la eternidad.

            El pecado ha existido siempre. No hay historia de la humanidad sin pecado. Pero el hombre hasta muy recientemente lo ha reconocido, lo ha confesado arrepentido y no ha perdido la conciencia de que un día tendrá que dar cuenta a Dios. Ahí están las grandes obras literarias que han expuesto la tensión entre la culpa y el arrepentimiento, la caída y la redención, el pecado y la gracia.  «Obrad bien que Dios es Dios», dice Calderón de la Barca en su gran «Teatro del Mundo». El mismo mensaje que el cuadro de la catedral de Segovia: Cristo ha venido para advertirnos de la ruina que amenaza al hombre cuando se cree señor de sí mismo, autónomo y autosuficiente, que puede vivir de espaldas a toda verdad que le recuerde su finitud, su inconsistencia, su irremediable caminar hacia un juicio que le pondrá frente a la verdad desnuda de su ser. Alguien pensará que esto es predicación para débiles, no para hombres libres y seguros de su destino. Pero nadie escapa de la muerte. Por eso, cuando Pedro sugiere a Jesús que olvide la muerte que le espera en la cruz, Jesús le responde con las palabras más duras que tenemos en sus labios, dichas a un amigo: «Ponte detrás de mí, Satanás, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

+ César Franco

La relación entre Pedro y Jesús ha quedado definida en el encuentro de Cesarea de Filipo, que narra el evangelio de este domingo. Jesús se interesa por conocer qué piensa la gente de él y lo pegunta a sus discípulos. Las contestaciones son variadas: unos dice que Juan Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas. Jesús da un paso más y pregunta qué piensan de él sus discípulos. La respuesta inmediata viene de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Esta respuesta sintética no se contenta con decir lo que algunos sospechaban: Jesús es el Mesías. Añade algo más: El Hijo de Dios vivo. ¿De dónde viene este segundo nombre? En el salmo 2 (versículo 7) Dios se dirige al Mesías y le dice: «Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado». Pedro, por tanto, confiesa la fe contenida en el salmo, y une los dos títulos: Mesías e Hijo de Dios.

Ante esta respuesta, Jesús responde con un elogio de Pedro, llamándolo bienaventurado, porque su confesión no es el resultado de su saber ni de su indagación intelectual. Es una «revelación» del Padre del cielo. Por eso es dichoso, porque Dios ha tenido a bien revelarle el misterio de Jesús. Y en razón de esta revelación, Jesús, en contrapartida, revela quién es realmente Pedro. Con gran solemnidad, Jesús afirma: «Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». No se puede conceder un poder más grande a un hombre. Se trata de un poder espiritual, que está íntimamente vinculado a la persona de Cristo. Pedro sólo se entiende desde Cristo, y desde la fe en él. Por haber recibido la revelación de la verdadera identidad de Jesús de Nazaret, Pedro es constituido en la roca sobre la cual el Hijo de Dios edificará su Iglesia. En sus manos están las llaves del Reino de los cielos, de manera que lo que Pedro ate y desate en la tierra tiene su correspondencia exacta en el cielo. Pedro no sustituye de ninguna manera a Cristo, porque Cristo vive y no tiene sustituto. Pedro no sucede a Cristo, como algunos erróneamente afirman. Es Vicario de Cristo y goza de su autoridad para pastorear la Iglesia universal, pero no ocupa el lugar que sólo corresponde a Cristo. Pedro tiene sucesores, Cristo no.

Sabemos que Pedro, después de su confesión, tuvo que purificar su fe y su relación con Cristo. Intentó apartar a Jesús del camino hacia la cruz porque entendió su mesianismo de manera temporal. En la pasión, lo negó tres veces. Sin embargo, la promesa de Jesús se mantuvo inalterable: Pedro era la roca que daría a la Iglesia fidelidad, estabilidad, permanencia. Una vez resucitado de entre los muertos, Jesús le confirma como Primado de la Iglesia, no reniega de él y le confía el cuidado de las ovejas y de los corderos, es decir, de la totalidad del pueblo de Dios. Y esta gracia que otorga a Pedro es gracia para toda la Iglesia porque no termina con él, sino que continúa en sus sucesores. Se trata de una gracia conferida al pueblo de Dios, que recibe en Pedro, y ahora en el Papa Francisco, la certeza de la verdad sobre Cristo, la revelación de que Jesús de Nazaret, es el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido papas santos y papas pecadores. Ha habido momentos de esplendor del Papado y momentos de oscuridad. Sin embargo, en ellos no ha dejado de resonar la primera confesión de fe de Pedro y la promesa de Cristo de que, gracias a Pedro, el poder del infierno no podrá derribar la casa de Cristo edificada sobre roca.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Siempre ha sorprendido, en el pasaje de Jesús y la cananea que leemos este domingo, la constancia en la súplica de esta mujer que pide la curación de su hija. Sorprende sobre todo que, ante la negativa de Cristo y el aparente desprecio de sus palabras por pagana, ella responda con la firmeza de la fe en un gesto de humildad que cautiva a Cristo. Para comprender bien este pasaje, es preciso saber que Jesús entendió su misión como enviado principalmente al pueblo de Israel; por eso, cuando los discípulos interceden para que atienda a la cananea que viene gritando detrás de ellos por la curación de su hija, Jesús afirma: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Sabemos, sin embargo, que Jesús hizo alguna incursión en territorios paganos y también allí predicó y realizó milagros. Pero sólo después de la Resurrección, los apóstoles entendieron que la misión de Cristo era universal. El pasaje de la cananea, es, en cierto sentido, un anuncio de esta misión a los paganos.

Vayamos a la escena. Cuando la mujer consigue llegar a Jesús, se postró ante él con esta sencilla súplica: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es muy escueta y hace alusión a la costumbre de echar a los perrillos de la casa trozos de pan: «No está bien echar a los perrillos el pan de los hijos». La mujer, acoge el reto de estas palabras de Cristo, y responde con toda franqueza y libertad: «Tienes razón, Señor, pero también los perrillos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». ¡Hermosa respuesta que conquista a Cristo! Una pagana, que no pertenece a Israel, ha manifestado una gran fe. Se realiza algo que Jesús dirá al contrastar la carencia de fe en el pueblo escogido y la fe de los pueblos gentiles que vendrán a sentarse en la mesa del Reino de los cielos. La fe de esta mujer puede presentarse como ejemplo a seguir para Israel, el pueblo elegido. Jesús, doblegado en cierta medida, realiza el milagro, pero lo presenta como si hubiera sucedido por la simple fuerza de la fe: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Quienes estamos dentro de la Iglesia y, por tanto, sentados en la mesa de Cristo, pensamos muchas veces que tenemos derecho a comer el pan de los hijos. Y así es en razón de nuestro bautismo. Olvidamos, sin embargo, que hay gente que, sin pertenecer aún a la Iglesia, busca a Cristo, atraída por su persona, sus palabras y gestos. Ansían tener fe y poder sentarse a su mesa. A esta gente puede sucederle lo mismo que a la cananea: que se acercan a Cristo para recoger las migajas de pan que caen de su mesa. Y con pocas migajas alimentan su deseo de salvación. Esto debe interpelarnos a quienes nunca nos falta el pan de los hijos. ¿Qué hacemos con él? ¿Cómo progresa nuestra fe? ¿Con qué gratitud seguimos a Cristo y le servimos? ¡Cuántos hombres y mujeres habrá en el mundo que, si tuvieran parte en la mesa de Cristo, nos enseñarían a ser verdaderos hijos! Como la cananea que, sin duda, interpeló a los discípulos de Cristo y a él mismo.

Este evangelio nos invita a gritar con fuerza a Jesús: «Señor, socórreme». Quizás no lo haga enseguida, pero no dejará de atendernos si gritamos con fe humilde y perseverante. Así lo dice Guillermo de Saint-Thierry: «A veces, Señor, te siento pasar, pero no te detienes, pasas de largo y yo te grito como la cananea. ¿Me atreveré todavía a acercarme a ti? Seguro que sí: los perritos echados de la casa de su amo siempre vuelven a ella y, por guardar la casa, reciben cada día su ración de pan. Frente a la puerta, te llamo; maltrecho, suplico. Así como los perritos no pueden vivir lejos de los hombres, ¡de la misma manera mi alma no puede vivir lejos de mi Dios!».

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

La fe y la duda van a menudo de la mano. No son incompatibles. Creemos en Dios y en el poder de su palabra, pero nos amenaza la duda cuando sentimos su ausencia o su silencio. Dudamos ante los misterios de la fe, pero se acrecienta la fe cuando nos fiamos de quién los ha revelado. La fe aniquila la duda, y la duda nos remite a la fe. Quien lea el diario íntimo de Unamuno percibirá el contraste de la actitud creyente y la incrédula cohabitando y batallando en su alma según se dejase llevar por el orgullo de la inteligencia o la sencilla humildad de la fe.

Cuando Jesús se acerca a sus discípulos andando sobre el agua, en una noche de tormenta, Pedro le pide, para asegurarse de que no es un fantasma, que le mande ir hacia él caminando también sobre el agua. Jesús le ordena que vaya y Pedro comienza a andar sobre el lago encrespado, acercándose a Jesús. Pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse. ¿Qué ha sucedido para este cambio radical? La palabra y la autoridad de Jesús son suficientes para que Pedro, fiándose, comience a caminar sobre el agua. El viento y el miedo, es decir, las circunstancias externas y los propios temores —la duda— minan la confianza puesta en Cristo y la tormenta se acrecienta en el interior del alma. Es entonces cuando se despierta de nuevo la necesidad de creer: «Señor, sálvame», grita Pedro al hundirse. Y, dice el evangelio: «Jesús extendió su mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Comentando este pasaje, dice magistralmente Orígenes: «Al principio, su deseo de salir al encuentro de Jesús lo hará caminar sobre las aguas. Pero, estando su fe todavía poco segura y dudando de sí mismo se dará cuenta de la fuerza del viento, tendrá miedo y empezará a hundirse. Sin embargo, saldrá de este peligro porque lanzará a Jesús este gran grito: ¡Señor, sálvame! Entonces, el Verbo extenderá la mano para socorrerlo, reprochándole su poca fe y sus dudas».

Esta escena del evangelio se ha convertido en una imagen perfecta de la vida cristiana. La fe no es sólo la aceptación de las verdades que Dios nos revela con su autoridad; es también una confianza creciente en el Señor que nos agarra con fuerza en las tempestades de la vida. Martin Buber dice que hay dos formas de fe: la judía y la grecocristiana. Esta última pone el énfasis en tener por verdaderas determinadas proposiciones; la judía, sin embargo, acentúa la relación de confianza en Dios como persona. Es la postura de Pedro que se fía de Cristo y comienza su andadura sobre el agua. Y, al gritar que le salve, experimenta que le agarra y evita que se hunda. La fe cristiana significa «creer algo a alguien»: es confianza en quien habla y revela la verdad y conlleva la aceptación de lo que dice. La duda amenazará cualquiera de estos dos polos de la fe: minará la confianza en la persona que se revela, es decir, Dios y Cristo; o salpicará de escepticismo las afirmaciones de fe. Por tanto, para creer no basta confesar el Credo, sino reconocer quién está detrás de los artículos de la fe. Tampoco cree plenamente quien se adhiere a Cristo pero rechaza alguna de sus proposiciones, pasándolas por el filtro de su razón aislada de la fe. La fe verdadera despeja toda duda. Esta siempre puede amenazarnos, pero la autoridad de Cristo y la experiencia de su salvación es el mejor antídoto contra la duda. Por eso, aunque se den juntas, la duda se desvanece ante el acto de fe y entramos con Cristo en su barca. Como decía el beato Henry Newman: «Si alguno dice: Sí, ahora, en este momento, yo creo…; pero no puedo prometer que mañana también creeré, entonces es que tampoco ahora cree».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

El día 6 de Agosto la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, que este año cae en domingo. Los tres evangelios sinópticos narran el hecho que, a partir del siglo IV, se sitúa en el monte Tabor donde existe una bella basílica que lo conmemora. En el Oriente cristiano, la Transfiguración ejerce una enorme influencia en la mística y en la iconografía. Es un misterio que invita a la contemplación de Cristo, quien, al transfigurarse, anuncia su futura resurrección. Para entender bien el significado de la Transfiguración hay que considerar algunas claves de lectura que nos ofrece el texto.

En primer lugar, dice san Mateo que este hecho sucede seis días después de que Jesús anunciase por primera vez su muerte y resurrección. Hay que relacionarlo, por tanto, con este anuncio que sorprendió a los apóstoles e hizo que Pedro quisiera desviar a Cristo de su camino. La muerte de Cristo se presentaba como un escándalo a quienes pensaban que era un Mesías político. Por ello, la liturgia presenta la Transfiguración como un suceso que pretende ayudar especialmente a los tres testigos de la agonía de Jesús, a superar el escándalo de la pasión.

Otro dato muy ilustrativo es que Jesús les prohíbe hablar del suceso hasta que resucite de entre los muertos. Aunque los judíos creían en la resurrección, el hecho de que Jesús hable de la suya propia debió desconcertarles porque la resurrección era entendida de modo colectivo y no individual. Por eso discutían sobre qué quería decir resucitar de entre los muertos. En la mente de Jesús es claro, sin embargo, que, una vez resucitado, los apóstoles entenderían el sentido profético de la Trasfiguración, en cuanto anuncio de su victoria sobre la muerte. Por eso, la Trasfiguración es considerada como una cristofanía, es decir, una revelación del ser mismo de Cristo.

Este es el último dato que constituye el centro del relato evangélico. Cuando la nube, signo de la presencia de Dios, cubre a los testigos, una voz sale de ella para anunciar: «Este es mi Hijo, el amado, escuchadle». De modo semejante al bautismo, la voz de Dios revela quién es Jesús de Nazaret. No es un hombre cualquiera ni un profeta más sino el Hijo amado del Padre, la Palabra que Dios dice al mundo. Los hombres deben escucharle.

Este desvelamiento del ser de Cristo se ha realizado en la Trasfiguración, palabra que traduce la griega metamorfosis cuyo significado es cambio de forma. Conviene recordar que cuando san Pablo habla de la encarnación de Cristo, dice que, dejando la forma de Dios, tomó la forma de siervo. Pero no dice que haya dejado de ser Dios. Desde esta perspectiva, la Transfiguración deja traslucir en la carne humana de Cristo la gloria que siempre ha tenido junto a Dios, por ser Dios mismo.

Para que comprendamos la trascendencia de este misterio y lo que de él podemos aplicar a nuestra vida, conviene saber que Pablo utiliza dos veces el verbo metamorfoo. En una ocasión, lo hace para oponer a la ceguera de los judíos la iluminación de los cristianos que son transfigurados por la contemplación de la gloria de Cristo resucitado (2Cor 3,18). En la segunda ocasión, exhorta así a los cristianos de Roma: «No os amoldéis a este mundo, sino transfiguraos por la renovación de la mente para discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rom 12,2). Es obvio que, al utilizar este lenguaje, nos invita, como han hecho los grandes maestros de la fe, a contemplar cara a cara a Cristo, para que la luz de su rostro no sólo nos revele quién es Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, sino cuál es nuestro destino si caminamos en pos de Cristo: ser transfigurados ya en esta vida, según su imagen, de gloria en gloria.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

La vida del hombre es una constante elección. Desde que se despierta en la conciencia nuestra capacidad de discernimiento, estamos abocados a elegir. La personalidad se configura progresivamente por este doble movimiento: discernir y elegir. Es obvio, pues, que el hombre debe aprender desde niño el arte del discernimiento. Sólo así podrá elegir lo que más le conviene para su crecimiento integral como persona y como cristiano. El Papa Francisco dice que hoy se habla de un «exceso de diagnóstico» que «no siempre está acompañado de propuestas superadoras y realmente aplicables» (EG 50). No basta, asegura, con una mirada puramente sociológica que pretende abarcar la realidad social y aplicar una metodología de manera neutra y aséptica. Francisco quiere ofrecer más bien un discernimiento evangélico, que define como la mirada del discípulo misionero que se alimenta con la luz y la fuerza del Espíritu Santo para reconocer la llamada que Dios nos hace en una determinada situación histórica (50, 154).

Para discernir, por tanto, es preciso acostumbrar el oído a la Palabra de Dios y reconocer qué nos pide en una situación concreta. Nadie podrá hacerlo sin asumir el valor supremo que tiene el Reino de los cielos. A propósito de esto, Jesús utiliza en el evangelio de este domingo dos parábolas gemelas que tienen un mismo argumento: compara el Reino de los cielos con un tesoro escondido y una perla preciosa. Quien lo encuentra, no duda en vender todo para quedarse con el tesoro y la perla. Es la postura sabia de quien discierne el valor del hallazgo y pone todas sus capacidades al servicio de su deseo: poseer tal riqueza. El discernimiento que Jesús presupone en el persona que encuentra el tesoro o la perla se orienta a la acción, es decir, a elegir lo que debe hacer para quedarse con el valor descubierto.

En esta elección el hombre se juega su libertad y su vida. Se entiende, pues,  que Jesús insista en los principios que deben regir nuestras elecciones. El hombre que quiere edificar una casa debe discernir si tiene medios para terminarla. El rey que quiere entablar batalla contra otro debe discernir si tiene un ejército superior al de su contrario. Y Jesús llama sabio a quien pondera los días de su vida en relación con el término de la misma, no sea que habiéndose preocupado por almacenar bienes materiales sea pobre ante Dios.

Discernir no es sólo un ejercicio del entendimiento; conlleva también una decisión de la voluntad. Es la inteligencia y la voluntad quienes se ponen en juego. Porque si valoro mucho el tesoro o la perla, pero no me decido a vender todo lo que tengo para adquirirlos, seré un necio. Como aquel joven rico que, cuando Jesús le invitó a dejar todo por seguirlo, le faltaron las fuerzas y, dejando de lado a Jesús, se marchó triste. Era un joven con las ideas claras, desde niño había discernido el bien del mal y había cumplido los mandamientos, estaba deseoso de conocer el camino para alcanzar la vida eterna,  y cuando ésta se le puso delante en la persona de Jesús, perdió la oportunidad de su vida: no fue capaz de adquirir el tesoro que tenía delante. Su libertad no aceptó el reto de la elección que se le proponía. La tristeza que le invadió cuando se marchaba es el signo del fracaso. Sólo la elección del bien supremo da satisfacción al hombre que no está hecho para saciarse de lo que no puede dar la felicidad última. Lo sabemos bien, pero hay que aprender a ejercitarse en lo que dice san Pablo: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Entre los atributos de Dios figura el de paciente. Dios es lento a la ira y rico en piedad. La paciencia de Dios tiene dos fundamentos: de una parte, está la misericordia, que sabe esperar la conversión del pecador. De otra parte, está el hecho de que Dios no tiene tiempo, no está sometido por tanto a las esclavitudes de la temporalidad: no tiene que llegar a tiempo a ningún lado, porque está en todos; no tiene prisa por conseguir frutos porque es Señor de la historia; no se ve amenazado por perder una ocasión para ganar un triunfo, ni precipitado por el deseo de conseguir una victoria porque todo es suyo y la historia le pertenece. Dios es paciente y sabe esperar el momento decisivo de su juicio, que llegará al fin del tiempo.

La parábola del trigo y la cizaña, proclamada en el evangelio de este domingo, pone de relieve la paciencia inagotable de Dios, que resulta incomprensible para los espíritus impacientes que desearían establecer la justicia a su manera o dictar incluso a Dios el medio eficaz de hacerlo. Cuando los criados se dan cuenta de que, junto al trigo sembrado por el dueño del campo, empieza a verdear la cizaña, acuden presto y piden al señor permiso para arrancarla. La prudencia del Señor, y la paciencia, aconsejan otra cosa: al arrancar la cizaña puede también arrancarse el trigo. Hay que esperar al momento de la siega. Prudencia y paciencia.

Hay un dato que merece destacarse. Los impacientes son intolerantes con el mal ajeno, no con el propio. Se fijan en el mal que crece fuera de ellos, no el que crece en su propio campo interior. Su justicia, que pretende suplantar la de Dios, lleva de inmediato al juicio. Pero el campo del que habla Jesús no es sólo el mundo considerado como algo externo a nosotros, sino nuestro propio mundo donde, si somos sinceros, crecen juntamente el trigo y la cizaña. San Macario, un notable discernidor de espíritus, dice que «desde el día en que Adán fue creado hasta el fin del mundo, el Maligno, sin descanso alguno, hará guerra a los santos. Sin embargo, son ahora pocos los que se dan cuenta de que el devastador de las almas cohabita con ellos en su cuerpo, muy cerca del alma». Tomar concienciad de esto es fundamental, porque dentro de nosotros sí podemos arrancar con la gracia de Dios, sin temer dañar al trigo, al cizaña que crece. ¿Por qué no lo hacemos ya, de inmediato? ¿Quién lo impide? Exigir a Dios que haga lo que nosotros no podemos con nuestras fuerzas potenciadas por la gracia, ¿no es una arrogante hipocresía? Eso intentaron hacer los que arrastraron a la adúltera hasta Jesús para lapidarla de inmediato, porque era cizaña en medio de un grupo que se consideraba justo. Jesús les devolvió el argumento: el que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra.

No hay que olvidar además que tenemos medios para que la cizaña no crezca en demasía y sofoque el trigo. Jesús nos ha dado normas muy eficaces para luchar contra el mal que el enemigo siembra en nosotros y en los demás: la oración y la penitencia, la corrección fraterna, la práctica de las virtudes, el testimonio de nuestra propia vida; son herramientas más eficaces que la precipitación o tomarse la justicia por su mano. Ha hecho más la paciencia de los santos que la impaciencia de los «justos» que pretenden reformar la iglesia y el mundo llevados por un supuesto «celo de Dios». Es fácil erigirse en juez de los demás mientras se es complaciente consigo mismo. Es más fácil airarse contra el pecado ajeno que determinarse a erradicar el nuestro. Arranquemos, con la ayuda de Dios, la cizaña de nuestro corazón y seguramente comprenderemos por qué Dios espera con paciencia el momento de su juicio.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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