Entre los atributos de Dios figura el de paciente. Dios es lento a la ira y rico en piedad. La paciencia de Dios tiene dos fundamentos: de una parte, está la misericordia, que sabe esperar la conversión del pecador. De otra parte, está el hecho de que Dios no tiene tiempo, no está sometido por tanto a las esclavitudes de la temporalidad: no tiene que llegar a tiempo a ningún lado, porque está en todos; no tiene prisa por conseguir frutos porque es Señor de la historia; no se ve amenazado por perder una ocasión para ganar un triunfo, ni precipitado por el deseo de conseguir una victoria porque todo es suyo y la historia le pertenece. Dios es paciente y sabe esperar el momento decisivo de su juicio, que llegará al fin del tiempo.

La parábola del trigo y la cizaña, proclamada en el evangelio de este domingo, pone de relieve la paciencia inagotable de Dios, que resulta incomprensible para los espíritus impacientes que desearían establecer la justicia a su manera o dictar incluso a Dios el medio eficaz de hacerlo. Cuando los criados se dan cuenta de que, junto al trigo sembrado por el dueño del campo, empieza a verdear la cizaña, acuden presto y piden al señor permiso para arrancarla. La prudencia del Señor, y la paciencia, aconsejan otra cosa: al arrancar la cizaña puede también arrancarse el trigo. Hay que esperar al momento de la siega. Prudencia y paciencia.

Hay un dato que merece destacarse. Los impacientes son intolerantes con el mal ajeno, no con el propio. Se fijan en el mal que crece fuera de ellos, no el que crece en su propio campo interior. Su justicia, que pretende suplantar la de Dios, lleva de inmediato al juicio. Pero el campo del que habla Jesús no es sólo el mundo considerado como algo externo a nosotros, sino nuestro propio mundo donde, si somos sinceros, crecen juntamente el trigo y la cizaña. San Macario, un notable discernidor de espíritus, dice que «desde el día en que Adán fue creado hasta el fin del mundo, el Maligno, sin descanso alguno, hará guerra a los santos. Sin embargo, son ahora pocos los que se dan cuenta de que el devastador de las almas cohabita con ellos en su cuerpo, muy cerca del alma». Tomar concienciad de esto es fundamental, porque dentro de nosotros sí podemos arrancar con la gracia de Dios, sin temer dañar al trigo, al cizaña que crece. ¿Por qué no lo hacemos ya, de inmediato? ¿Quién lo impide? Exigir a Dios que haga lo que nosotros no podemos con nuestras fuerzas potenciadas por la gracia, ¿no es una arrogante hipocresía? Eso intentaron hacer los que arrastraron a la adúltera hasta Jesús para lapidarla de inmediato, porque era cizaña en medio de un grupo que se consideraba justo. Jesús les devolvió el argumento: el que de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra.

No hay que olvidar además que tenemos medios para que la cizaña no crezca en demasía y sofoque el trigo. Jesús nos ha dado normas muy eficaces para luchar contra el mal que el enemigo siembra en nosotros y en los demás: la oración y la penitencia, la corrección fraterna, la práctica de las virtudes, el testimonio de nuestra propia vida; son herramientas más eficaces que la precipitación o tomarse la justicia por su mano. Ha hecho más la paciencia de los santos que la impaciencia de los «justos» que pretenden reformar la iglesia y el mundo llevados por un supuesto «celo de Dios». Es fácil erigirse en juez de los demás mientras se es complaciente consigo mismo. Es más fácil airarse contra el pecado ajeno que determinarse a erradicar el nuestro. Arranquemos, con la ayuda de Dios, la cizaña de nuestro corazón y seguramente comprenderemos por qué Dios espera con paciencia el momento de su juicio.

+ César Franco

Obispo de Segovia

El domingo, 16 de Julio, se cumplen 249 años de la dedicación de la catedral de Segovia que tuvo lugar en 1768. Providencialmente, celebramos este aniversario con la inauguración del nuevo presbiterio cuyo altar será consagrado solemnemente. Desde la reforma del Concilio Vaticano II, el presbiterio de la capilla mayor de la catedral se arregló provisionalmente mediante el mobiliario que ha llegado hasta hoy. El cabildo catedralicio ha decidido renovar el presbiterio dando a la liturgia catedralicia la dignidad que merece. Agradecemos esta iniciativa que pone de relieve la importancia de los tres elementos que conforman el espacio celebrativo: el altar, el ambón de la Palabra de Dios y la cátedra episcopal.

El altar, mediante su notable elevación en el centro del presbiterio, es el lugar más sagrado de la liturgia porque en él se realiza el misterio eucarístico. Por eso se consagra mediante la unción con el santo crisma. Es el símbolo de Cristo, que es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. El celebrante lo venera con un beso al comienzo y al final de la celebración y lo inciensa al inicio de la eucaristía y en el ofertorio. En la tradición cristiana se situaba sobre la tumba o reliquias de los mártires, que, a ejemplo de Cristo y en comunión con él, habían entregado su vida como ofrenda agradable a Dios. Es el ara del sacrificio en la cruz y la mesa que actualiza la Cena del Señor con sus apóstoles al instituir la Eucaristía y el Sacerdocio. Según la tradición de la Iglesia, la mesa del altar fijo (no móvil como era el de ahora) debe ser de piedra natural, signo de la consistencia y durabilidad del misterio que sucede en él. El ritual de consagración expresa claramente la santidad del lugar donde el pueblo cristiano recibe las primicias de la vida eterna.

El ambón de la Palabra de Dios, elevado como un púlpito para proclamar la Verdad, es la mesa de la Palabra, donde Dios alimenta a su pueblo. También el ambón tiene su consistencia material y estética para que los fieles comprendan que no es un mero atril con finalidad utilitaria, sino el lugar elevado para proclamar a la asamblea la historia de la salvación, los oráculos de los profetas y los textos de sabiduría de quienes en nombre de Dios iluminan al pueblo como el faro encendido que guía su camino. El ambón es el signo de que Dios no deja de hablar a su Pueblo con palabras antiguas y siempre nuevas. En él se cantan los salmos y se venera sobre todo el Evangelio de Cristo que recibe en las solemnidades el honor del incienso.

Finalmente, la cátedra episcopal, que da nombre a la iglesia madre de la diócesis, la catedral, es el lugar de la presidencia eucarística y del magisterio del obispo, que, como sucesor de los apóstoles, nos vincula a los orígenes del cristianismo y nos alienta a vivir mirando siempre hacia Cristo, que vendrá al fin de los tiempos para consumar la historia de la salvación. La cátedra del obispo evoca a Cristo Maestro que, según la costumbre judía,  solía enseñar sentado. En la cátedra su magisterio se hace presente en aquellos que participan de su sacerdocio a lo largo de los siglos. La cátedra recuerda al propio obispo que su autoridad no se fundamenta en sus cualidades, talentos y saberes, sino en quien es el único Maestro que tiene palabras de vida eterna. Es el lugar de la sucesión apostólica donde el obispo aparece como un eslabón de la cadena que tiene su origen en Cristo de quien recibe la capacidad de hablar y presidir en su nombre. Demos gracias a Dios por este acontecimiento que nos permitirá vivir con gratitud y gozo los misterios que nos salvan. Laus Deo.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Es posible que la devoción al Corazón de Jesús nos parezca anticuada, pasada de moda. Es posible también que algunas imágenes del Corazón de Cristo resulten poco atractivas, melifluas, carentes de verdadera espiritualidad. En el arte, incluso en el sacro, hay cosas buenas y cosas malas. Pero el simbolismo del Corazón de Cristo es y será siempre actual. ¿Hay algo más nuclear en la persona que el corazón? ¿Algo identifica más al hombre que su propio corazón? ¿No late con fuerza cuando nos enamoramos? ¿No parece que se sale del pecho cuando algo nos asalta o nos conmueve? ¿No lo entregamos a alguien como signo de amor? Hasta lo usamos, como emoticón, en nuestros diálogos sin palabras. El corazón es un símbolo universal, comprensible por todos.

Jesús se ha definido a sí mismo con el símbolo del corazón en estas únicas y asombrosas palabras: «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,28-30).  Como símbolo del hombre en la cultura semita, el corazón representa la humanidad de Cristo, que se define como manso y humilde, capaz de atraer hacia sí a los fatigados y agobiados para aliviarlos con su sola presencia. Poner la cabeza sobre su pecho, como hizo Juan en la última cena, es signo de amistad y descanso. Es un gesto de confianza que sugiere la identificación con aquel que amamos. Jesús atrae por su mansedumbre, no rechaza a nadie, busca al que se pierde. Seduce con su humildad y abajamiento. Precisamente este descenso a lo bajo, perdido y postergado, convierte a Cristo en el amigo más fiel y cercano que podemos imaginar. En él siempre hay alivio y descanso.

La devoción al corazón de Cristo no es un invento moderno ni una devoción particular que algunos santos han desarrollado gracias a revelaciones privadas. Está en las palabras citadas de Jesús, leídas en el evangelio de este domingo, y en la escena conmovedora de la muerte de Cristo, cuando el centurión le atraviesa el costado con su lanza. El evangelista Juan da testimonio de este hecho que provoca la salida de sangre y agua, interpretado por la Tradición como símbolo de los sacramentos de la Iglesia. Algunas imágenes de Cristo lo presentan mostrando su llaga del costado, signo de su amor y compasión por el hombre. El Resucitado muestra las llagas de su humanidad indicando que es el Crucificado, y que el amor manifestado en la pasión perdura en su carne gloriosa. Y la carta a los Hebreos llega a decir que los cristianos tenemos libre acceso a Dios a través del velo rasgado de la carne de Cristo. Su humanidad se ha convertido en el camino seguro para llegar a Dios.

¿Es anticuada esta devoción? De ninguna manera. El mes de Junio, dedicado al Corazón de Cristo, no basta para llegar a comprender su ternura y misericordia con el hombre. Ni toda la vida. Comprender esta devoción a la humanidad de Cristo representada en su corazón es reconocer que Jesús nos ama con un corazón humano y divino al mismo tiempo. Supone darnos cuenta de que, como hizo con Pedro, nos pregunta si le amamos de verdad, si estamos dispuestos a amar como él e identificarnos plenamente con sus sentimientos. El cristianismo se reduce a esta identificación plena con Cristo de manera que nuestro corazón sea semejante al suyo, como pedimos en la oración. Nuestra espiritualidad puede adolecer no sólo de sentimentalismo vano, sino de racionalismo que ha olvidado lo que decía Pascal: el corazón tiene razones que la razón ignora; Dios es más sensible al corazón que a la razón.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

 

Aunque Cristo sea un misterio insondable, absolutamente único en el panorama de las religiones, se deja conocer a través de las exigencias que plantea a sus seguidores. Su forma de actuar y enseñar posee el estilo de una autoridad única, que él presenta como recibida directamente de Dios. Sus palabras y gestos se remiten a lo que ha oído y visto del Padre. Podemos decir que no se sale del guión que ha recibido del Padre para actuar entre los hombres.

Para seguir a Jesús hay que posponer todo: la familia, el trabajo, la profesión, los bienes de este mundo. Su señorío alcanza a toda la existencia de la persona. De ahí el título de «Señor» que recibe después de resucitar de entre los muertos. Sólo Él puede exigir lo que nadie se atrevería a pedir.

Los tratados de cristología se preguntan sobre la causa de estas exigencias de Jesús, formuladas así en el evangelio de hoy: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí, el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mt 10, 37-38). Estas exigencias suscitarían en sus oyentes la pregunta: ¿Quién es éste que reclama un amor único, una entrega total, un seguimiento radical? Naturalmente, como sabio maestro, Jesús no se contentó con mostrar sus exigencias, sino que las propuso en el marco de una enseñanza más amplia, que es conocida como predicación del Reino de Dios.

Desde el inicio de su enseñanza, Jesús ha proclamado que el Reino de Dios ha comenzado a implantarse en este mundo no como un reino temporal, sino como la extensión a todos los hombres de la soberanía del Dios Creador y Señor de la Historia. Dicho reino se ha hecho presente en la persona de Jesús, cuyos signos salvíficos revelan que Dios viene para salvar al hombre en su integridad y a todos los hombres. Nada queda fuera de la influencia de este Reino presente en Cristo. De ahí que haya que tomar una opción por Cristo hasta el punto de que aceptar o rechazar a Cristo supone entrar o quedar excluido del Reino. Cuanto el hombre haga por él no quedará sin recompensa: hasta el vaso de agua fresca dado en su nombre. Quien quiera seguir a Jesús debe, pues, estar dispuesto a perder la vida por él, a darlo todo, sencillamente porque él lo da todo por el hombre, y ofrece lo que nadie puede dar: la vida eterna.

Se comprende así que en las palabras citadas de Jesús se repite por tres veces el estribillo «no es digno de mí». Jesús se presenta como el valor supremo del cristiano, frente al cual no existen competencias. Con esto no se degrada nada: ni las relaciones familiares, ni el valor de los afectos humanos, ni la importancia de los bienes de la tierra. Todo adquiere su medida, la de Cristo. Quizás la clave para entender estas exigencias resida en la última frase de Jesús: «el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí». La expresión «coger la cruz» hace sin duda referencia al hecho histórico de la muerte de Cristo, que subió al Gólgota cargado con su cruz. Ese gesto de amor único y total al hombre ha condicionado para siempre la relación con Cristo. Quien ha sido capaz de entregar la vida por los hombres, redimiéndolos de la esclavitud del pecado y de la muerte, se ha convertido en el Señor de la vida y puede, por tanto, exigir lo mismo a quienes quieran participar de su Reino, viviendo ya aquí bajo su señorío. Como decía el Papa Benedicto XVI, Cristo no nos quita nada, lo da todo. Y esta es la razón por la que, en una justa, leal y amorosa correspondencia, pueda también pedirnos que lo demos todo por él. Su única pretensión es reclamar un amor como el suyo. Pura coherencia.

+ César Franco

Obispo de Segovia

            

El pasado sábado 17 de junio, quince jóvenes de la Diócesis de Segovia participamos en la Olimpiada Católica. El evento tuvo lugar en el Pinar de Majadahonda y fue organizado por una asociación de parroquias de Madrid, por lo que Segovia puede decir que ha sido la primera diócesis fuera de la Comunidad de Madrid en participar.
Consistía en una competición de varias modalidades deportivas, que abarcaban desde fútbol y baloncesto hasta tenis de mesa. En total, se apuntaron más 18 equipos. Cada parroquia, o en nuestro caso Diócesis, participaba en la “lucha” por las medallas como una federación olímpica.
Los jóvenes de nuestra diócesis participaron en tres deportes: vóleibol, ajedrez y futbolín, debido a la alta inscripción en otros deportes. Más allá de llegar a semifinales en vóleibol y futbolín, lo que nos llevamos fue el buen rato que pasamos en comunidad, no solo entre los segovianos, sino con el resto de parroquias madrileñas. Podemos decir orgullosos que en esta propuesta “hicimos lío” formando la mejor afición, haciendo ruido y contribuyendo a que el ambiente fuera incluso divertido para todos los participantes. Tal fue así que la organización nos añadió una medalla de oro por ello.
El objetivo de este encuentro no era simplemente jugar a los diferentes deportes. La finalidad era tener presente a Dios bajo el lema ‘Atletas en Cristo’, sacado de una Carta de San Pablo, compartiendo deportivamente y respetando; y, como afirmó el sacerdote que presidió la Eucaristía del encuentro, dando gracias siempre por las oportunidades que tenemos.

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En el evangelio de este domingo Jesús habla de la posibilidad del martirio cuando se trata de dar testimonio de la fe. La fe —viene a decir— no es para esconderla en el interior de una bodega, sino para proclamarla desde las terrazas. El cristianismo nació como predicación pública de la resurrección de Cristo. Y esto acarreó enseguida persecución y muerte entre los seguidores de Cristo. Basta leer los Hechos de los Apóstoles para comprender que el martirio es inherente a la vocación cristiana. Cristo murió mártir a causa de las verdades que proclamó. Precisamente por esto enseñó a sus discípulos a contar con esta posibilidad. Y lo hizo de dos formas: acrecentando la confianza en Dios y perdiendo el miedo a morir.

Si analizamos bien estas dos actitudes reconocemos fácilmente que tienen el mismo fundamento. Dios es el señor de la vida y conduce nuestro destino con infinita sabiduría. La confianza en Dios reside en que nada sucede sin su consentimiento. Ni los gorriones del cielo ni los cabellos de nuestra cabeza caen al suelo —dice Jesús— sin el beneplácito del Padre celestial. Y no hay comparación entre el hombre y los gorriones. Por eso, Jesús anima a la confianza en la providencia y a perder el miedo.

Otro argumento que Jesús utiliza para afrontar el martirio es que los hombres pueden matar el cuerpo pero no pueden destruir el alma. ¿A quién debe temer el hombre entonces?  A quien puede destruir alma y cuerpo, es decir, a Dios. Quizás este argumento nos resulte más difícil de comprender, porque nos hemos fabricado una imagen de Dios de la que hemos eliminado el juicio que realizará de nuestra propia vida, un juicio que pertenece, no obstante, a la enseñanza de Jesús y que no está en contradicción con la imagen del Dios misericordioso. Precisamente porque Dios es misericordioso y busca salvar al hombre, le previene de la posibilidad de frustrar su propia vida. En las actas del martirio de san Justino, un gran apologeta cristiano, se lee que cuando el juez le amenazó con los tormentos, el santo le replicó que no temía la tortura sino sólo a Dios. Este temor del santo, lo que la Sagrada Escritura entiende por santo temor de Dios, no es otra cosa que la conciencia clara de que el fin de la vida no lo determina la muerte física, sino el juicio último de Dios, que será inapelable y marcará para siempre el destino eterno de cada persona

El evangelio de este domingo concluye con unas palabras de Cristo que son una seria advertencia a quienes, ante el temor a morir, pueden renegar de la fe en Cristo. Dice Jesús: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre del cielo» (Mt 10,33). Todos llevamos en la médula de nuestro ser el miedo a morir, porque valoramos la vida física como si fuera un absoluto. Cuando la vida se contempla en clave de eternidad, lo que debe preocupar al hombre no son los años que permanezca en esta tierra, sino su destino último, el que ratifica Dios con su juicio. Los mártires han entendido esto y no se han echado atrás ante la amenaza de la muerte física. Siguiendo el ejemplo de Cristo, han lanzado su mirada hacia el destino último y han vencido el miedo a morir mediante la confianza suprema en el autor de la vida, la física y la que se prolonga más allá de la muerte. Han comprendido que no hay que tener miedo a los hombres, que, al fin y al cabo, son actores secundarios del drama humano. Hay que vivir bajo el santo temor de Dios, que tiene su última palabra sobre la vida y la muerte y, como enseña la fe, es juez remunerador de vivos y muertos.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

18 de junio, Día de Caridad

«LLAMADOS A SER COMUNIDAD» PARA QUE TODOS VIVAMOS
CON LOS MISMOS DERECHOS Y DIGNIDAD EN LA CASA COMUN

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«Llamados a ser comunidad» es la propuesta que lanza Cáritas a toda la comunidad cristiana y al conjunto de la ciudadanía en el Día de Caridad, que, como cada año, se celebra el domingo 18 de junio, festividad el Corpus Christi.

Con esta invitación, se quiere poner de relieve la importancia de que todas las personas podamos vivir en común en la misma casa, en la Tierra común que nos acoge a todos, con los mismos derechos y dignidad, que pertenecen a todos los seres humanos por igual.

La campaña institucional de Cáritas en Corpus Christi, llama la atención sobre la necesidad de colaborar en la realización “de una comunidad humana plural, donde seamos capaces de reconocer la riqueza que cada persona aporta en la construcción de la sociedad, cultivando la actitud de acogida y el intercambio enriquecedor, a fin de crear una convivencia más fraternal y solidaria”. Como se señala en los materiales editados para esta jornada, “se trata de vivir la cultura del encuentro”, en palabras del papa Francisco.

   “La acogida y la apertura a los demás, lejos del miedo que sólo nos lleva a ver riesgos y peligros, son una oportunidad para descubrir el rostro de Dios en cada hermano y hermana, para celebrar en comunión los dones y riquezas que nos regala a cada uno para poner al servicio de la construcción del bien común, que es de todos”.

Para poner de manifiesto la importancia de esa vida comunitaria en el momento presente, Cáritas pone el foco en el drama de la movilidad humana que viven hoy en día millones de personas que se ven obligadas abandonar sus hogares para asegurar sus vidas o sus derechos básicos. A ese respecto, se hace una invitación en clave personal a revisar nuestras actitudes hacia las personas migrantes que conviven con nosotros, en nuestros mismos barrios y comunidades.

   “¿Te has preguntado cómo son sus vidas, cuáles son sus sentimientos, sus sueños?”, se interroga en el díptico editado para el Día de Caridad, al tiempo que se invita “a practicar el encuentro y la acogida con otras personas, a ti, a tu grupo o comunidad, a conocer la vida de los otros, su historia, su camino, ponerse en su lugar, saber qué necesitan, compartir”.

La mejor manera de responder a la llamada a ser comunidad de seres humanos iguales en derechos y dignidad, bajo el techo de la casa común que es la Creación, pasa por poner en práctica estos valores y actitudes:

Hacer comunidad, buscar siempre el bien común, ser participativo, compartir y vivir sencillamente, hacer un consumo responsable, ser cooperativo, tener un compromiso solidario trabajando por la justicia y los derechos para todos, El dinero no rige mi vida, el bien del ser humano es lo primero, afán de servicio y gratuidad, cuidado y religación con la Madre Naturaleza, cultivar la propia profundidad, la espiritualidad, la trascendencia

Julio Alonso. Delegado de Cáritas

Es difícil entender que un cristiano afirme que la misa no le dice nada. Muchos cristianos abandonan la eucaristía aduciendo esta razón. Intentando comprender la sinceridad de quien piensa así, podemos suponer ignorancia del significado de la eucaristía. Se desconoce su origen, el valor de sus signos y palabras, y, en último término, la intención de Jesús al ofrecer su cuerpo y sangre como comida y bebida. Quien ignora esto no entiende nada. También puede ser que la rutina de nuestras misas borre la belleza de su contenido. Como la fotografía de un ser querido termine por no decir nada cuando el tiempo ha borrado su imagen convertida en una mera sombra.

Sabemos, sin embargo, que la eucaristía ha suscitado siempre fascinación entre los cristianos sencillos y humildes, y entre los grandes místicos —muchos de ellos grandes intelectuales— que han descubierto en ella el pan bajado del cielo, como dice Cristo en el evangelio de san Juan: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Jesús pronunció estas palabras en su famoso discurso, llamado del Pan de Vida, pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún, para explicar el significado de la multiplicación de los panes y peces. El pueblo se quedó en el milagro sin entender su sentido último. Y quiso hacer rey a Jesús para que nunca les faltara el pan. Querían tener aseguradas sus necesidades materiales. Jesús se ve forzado a aclarar que él no ha venido a solucionar los problemas materiales del hombre y explica el milagro como un signo anticipado de la entrega de su cuerpo y de su sangre en el banquete eucarístico. Y lo explica con tal realismo que no deja ninguna duda sobre el significado de la eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitare en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come ni carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Tanta claridad, tanta luz en sus palabras, escandalizó a los oyentes y cambiaron el deseo de hacerlo rey por el rechazo. Curiosa paradoja: los hombres prefieren llenar sus estómagos antes que vivir eternamente. Esperan ser saciados de bienes materiales y desprecian a quien ofrece vivir para siempre.

La eucaristía es Cristo mismo ofreciendo al hombre vivir para siempre. Las palabras de Jesús nos revelan una intimidad entre él y los suyos que supera toda imaginación y todo idealismo desencarnado. Jesús afirma que su cuerpo es comida y su sangre bebida. San Ignacio de Antioquía dice que la eucaristía es «remedio de inmortalidad, antídoto para no morir sino para vivir en Jesucristo para siempre». Y conmueve leer en las memorias del cardenal vietnamita Van Thuán, en proceso de canonización, que era la misa, celebrada secretamente en el campo de concentración, cuando lograba obtener un poco de pan y de vino, la que le sostuvo en medio del sufrimiento haciendo él mismo de su propia vida una eucaristía —es decir, una acción de gracias— ofrecida a Dios.

Ante testimonios de este tipo, ¿cómo podemos devaluar la misa o caer en la rutina? ¿qué ha ocurrido entre los cristianos para que la entrega de Cristo, que se actualiza en cada eucaristía haya dejado de decirnos algo? ¿qué sucede en nuestras asambleas dominicales cuando el memorial de Cristo se convierte en un recuerdo borroso del pasado y no en el aliciente para ofrecer nuestra vida a Dios como la han ofrecido los santos? Después de tantos siglos de cristianismo, debemos volver a Cafarnaúm y escuchar de labios de Cristo la invitación a vivir en el y él en nosotros: esto es la eucaristía.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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