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Camino de Santiago del 6 al 12 de julio de 2018

¡Una experiencia única!

Camino

 

¡Apúntate! Plazas limitas a 25

https://goo.gl/forms/u0bVzgwvMbV8Moyt2

Realizado durante las fechas del 6-12 de julio de 2018 y para un máximo de 25 personas asignadas por riguroso orden de inscripción.


Etapas:


o Sarria - Portomarín (23 km)
o Portomarín - Palas de Rei (25 km)
o Palas de Rei - Arzúa (28 km)
o Arzúa - Pedrouzo (21 km)
o Pedrouzo - Santiago de Compostela (19 km)

Albergues:


o Albergue Oasis (Sarria)
Servicios:
Cocina con fregadero, vitrocerámica, campana extractora, microondas, tostadora, menaje completo y cubiertos.
Salón comedor: Chimena de leña, TV, mesas, sillas, sofás y máquina de café.
Habitaciones: 4 habitaciones para albergar a 4, 5, 8 y 10 personas distribuidas en 2 plantas, con 2 baños, cada habitación dispone de camas-litera con colchones de 90 y una taquilla individual con cerradura. Todas las habitaciones son exteriores y cuentan con varios enchufes para cargar dispositivos electrónicos.
Exterior: terraza y jardín, que dan paso a la zona de lavandería, con lavadora, secadora, lavadero manual y tendedero.
Ubicación: Camino Santiago a Triacastela, 12, 27600 Sarria, Lugo
Página web: www.albergueoasis.com
Contacto: 982535516 / 605948644 / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


o Albergue Folgueira (Portomarín)
Servicios: Wifi, lavadora y secadora, lavadero y tendedero exterior, calefacción, cocina completa con menaje, servicio de desayuno, nevera, microondas, batidora.
Ubicación: Avda. Chantada,18 Portomarín - Lugo
Página web: www.alberguefolgueira.com
Contacto: 982 545 166 / 659 445 651 / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


o Albergue San Marcos (Palas de Rei)
Servicios: Wifi. Sala común con TV de Plasma y juegos de mesa Comedor común. Cocina equipada con vitrocerámica y microondas disponible para que nuestros huéspedes puedan prepararse su propia comida. Terraza exterior soleada. Lavandería provista de 2 lavadoras industriales, una secadora,
lavaderos y tendedero disponible para uso de nuestros huéspedes con servicio de zapatero. Aseos comunes con ducha en todas las plantas.
Habitaciones: literas con capacidad máxima para 8 personas, enchufes, Kit de sábana desechable, bajera y funda de almohada con 1 manta por huésped, taquillas individuales en las habitaciones para guardar objetos personales con candado. Ubicación: Travesía da Igrexa, s/n 27200 Palas de Rei (Lugo)
Página web: www.alberguesanmarcos.com
Contacto: 982 380 711 / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


o Albergue Vía Láctea (Arzúa)
Servicios: Repartidos en dos habitaciones y separados del resto de peregrinos, camas 90x190cm con sábanas de tela, mantas, almohadas; armario vestidor, enchufes eléctricos. Baños independientes hombres-mujeres con duchas independientes con útiles de aseo (secador de pelo, jabón de manos, servicio de toallas…). Zona de lavado (lavadora, secadora, lavadero, tendedero). Dos cocinas totalmente equipadas con frigorífico, congelador, microondas. Tres comedores independientes. Máquina expendedora (snacks, café, bebidas…). Cuatro salas de estar. Sala de lectura. Prensa diaria y deportiva. Televisión vía satélite. Terraza y jardín.
Ubicación: C/Xosé Neira Vilas, 26. 15810. Arzúa. A Coruña.
Página web: www.alberguevialactea.com
Contacto: 981 500 581/ 616 759 447/ Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


o Albergue Edreira (Pedrouzo)
Servicios: taquillas para objetos personales, enchufes, estanterías para mochilas, SIN COCINA, 2 microondas, menaje, terraza, lavadora y plaza de garaje para dos coches.
Ubicación: Rúa da Fonte, 19 – Arca 15821 O Pino A Coruña
Página web: www.albergue-edreira.com
Contacto: 981 511 365 / 660 234 995 / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

o Albergue Compostela (Santiago de Compostela)
 Servicios: taquillas para objetos personales, enchufes, estanterías para mochilas, SIN COCINA, 2 microondas, lavadora. A la espera de confirmar la hora de entrada.
Ubicación: CALLE DE SAN PEDRO DE MEZONZO, 28 - BJ, Santiago DE Compostela
Página web: www.alberguecompostela.es
Contacto: 881 017 840 / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Comidas: se realizaran todas (desayuno, comida y cena) en los albergues citados a excepción del último día en Santiago que se cenará en la ciudad (no incluido en el precio).
PRECIO POR PERSONA: 175 €

 

Ungidos por Dios

Siempre ha llamado la atención que Jesús quisiera bautizarse en el Jordán uniéndose a los pecadores que acudían a escuchar al Bautista y hacer penitencia. Sumergirse en las aguas del río representaba un lavatorio mediante el cual se renunciaba a los pecados para llevar una vida nueva. Si Jesús no tenía pecado, ¿por qué quiso asemejarse a los pecadores y aparecer como uno de tantos? No extraña, pues, que el Bautista se negara a bautizarlo con este argumento: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le responde con una frase enigmática que ha suscitado mucho debate entre los estudiosos: «Déjalo ahora, conviene que así cumplamos toda justicia» (Mt 3,14-15).

¿A qué justicia se refiere Jesús? La palabra justicia, término clave en el evangelio de Mateo, hace referencia al cumplimiento de la voluntad de Dios, que hace al hombre justo y perfecto. Jesús no quiere entrar en el debate que le propone el Bautista sobre quién de los dos necesita ser bautizado, sino que afirma la norma de conducta que regirá toda su vida: cumplir la voluntad del Padre, agradarle en todo. Surge entonces otra pregunta: ¿Por qué el bautismo de Jesús agradaba a Dios si mostraba a su Hijo como un pecador más que hacía penitencia? Precisamente por eso: Jesús se humilla, se somete a un rito de purificación, se une a los hombres pecadores para indicar que su misión consistirá en estar con ellos y ofrecerles la salvación. Sabemos que Jesús, en su muerte, es contado entre malhechores. Y durante su vida pública, algunos le acusaron de comer y beber con pecadores. Al someterse al bautismo de Juan, Jesús revela simbólicamente que asume sobre sí los pecados de los hombres a quienes viene a redimir. Esta es la justicia que desea realizar: siendo santo, se humilla y cumple la voluntad de Dios. En este sentido, el bautismo anuncia su muerte ofrecida como expiación de los pecados.

A este gesto de Jesús, el Padre responde con una afirmación sobre Jesús que explica el significado de su bautismo. El texto de Marcos, que leemos hoy, dice que, al salir del agua, Jesús vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajando sobre él en forma de paloma. Y se oyó una voz: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Esta afirmación dirigida directamente al «tú» de Jesús disipa toda duda sobre su santidad y misión. Tiene todo el aspecto de una proclamación, de una investidura del hombre Jesús que recibe el Espíritu sobre su propia carne para poder realizar el plan del Padre. Mezclado con pecadores, ha venido a salvarlos; confundido entre los malhechores, viene a hacerlos justos. Como dice momentos antes el Bautista, Jesús es el más fuerte que viene a bautizar, no con agua, sino con Espíritu Santo, el mismo Espíritu que él recibe en el bautismo. Por eso, cuando Pedro explique a los paganos quién es Jesús, lo definirá como «el Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él» (Hch 10,38).

Podemos decir que para realizar la justicia de Dios, su Hijo ha querido humillarse hasta ser tenido por un pecador y, desde esta proximidad con los pecadores, liberarlos con el bautismo del Espíritu que restaura la santidad perdida. Tomando nuestra carne, ha hecho posible que el Espíritu, que él recibió del Padre en el Jordán cuando le ratificó como Hijo, pueda pasar a todos los que somos bautizados en él. ¡Cómo cambiaría nuestra vida si fuéramos conscientes de nuestro bautismo y entendiéramos que también a nosotros Dios nos llama hijos y nos envía al mundo para liberar a cuantos viven oprimidos por el mal! Exactamente como Cristo, ungidos por Él.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

No es fácil comprender el misterio que acontece en Jesús de Nazaret. Prueba de ello son las herejías que se sucedieron en los primeros siglos de la Iglesia hasta que se formuló el credo que profesamos en la liturgia. Comprender que Dios se ha hecho hombre sin disminuir a Dios y al hombre es tarea ardua que sitúa a la razón al límite de su posibilidad. Los herejes no han buscado serlo. Han querido entender y explicar el misterio, hacerlo razonable. Han deseado mantener la fe, pero, al razonarla y explicarla, han perdido el equilibrio. Han negado a Dios o han negado al hombre. Y la fe confiesa que Jesús es al mismo tiempo Dios y hombre, sin que ambas naturalezas - la divina y la humana – se confundan entre sí o se separen. Ese es el equilibrio necesario para poder atravesar el abismo del misterio sin caer hacia un lado u otro, como hace el funámbulo cuando camina sobre la cuerda floja o el alambre sujetando con las manos la barra que le da seguridad y equilibrio. Valga el ejemplo: la norma de la fe es la barra que ayuda al equilibrio.

            Herejes ha habido siempre y los habrá. Más aún: en muchos creyentes está latente un hereje. Me explico. Cuando hablan de Jesús, muchos subrayan tanto su humanidad, que lo divino y sobrenatural desaparece. Lo presentan como si sólo fuera hombre. Les cuesta entender que en un ser humano pueda habitar la plenitud de lo divino, como dice san Pablo. Les fascina Jesús, pero lo reducen a simple hombre. Así lo afirmaba Arrio, y el arrianismo ha reverdecido en momentos diversos de la historia. También hoy.

            Otros hablan de Jesús como Dios y resaltan tanto su condición divina que lo humano queda eclipsado, reducido a mera apariencia. La encarnación sería un «fraude» de Dios que nos ha hecho creer que su Hijo se hizo hombre, pero no fue así. Los herejes, llamados docetas, afirmaban en los primeros siglos que el cuerpo de Jesús no era real, sino aparente e ilusivo. Hay creyentes que consideran como un demérito de la divinidad haber asumido lo humano, como realmente hizo el Hijo de Dios, a excepción del pecado. Se explica así que la afirmación de que «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52), les resulta incomprensible. Pase lo de la edad y lo de la estatura, pero ¿crecer en gracia? ¿Puede Dios crecer en gracia? Olvidan, de hecho, que Jesús era también hombre.

            Cuando se estudia la cristología - el tratado sobre Cristo – apasionan las discusiones entre los teólogos por la finura de los razonamientos para mantener lo que los evangelios afirman con toda claridad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Esta afirmación es un dogma de fe, ciertamente; es preciso creer. Pero la razón, abierta siempre al misterio, puede explicar el dogma sin perder ninguno de los dos polos: el divino y el humano. Porque si Jesús fuera sólo un hombre, no podría ofrecer la salvación del pecado y de la muerte; y si fuera sólo Dios, no habría nacido de María Virgen en carne humana. Lo humano no habría sido asumido, como afirman los grandes maestros de la fe, para ser salvado. Estamos hablando de un misterio que no puede ser agotado por la razón, cuando ésta se niega a reconocer que Dios es siempre inefable, trascendente y su poder supera todo razonamiento. A veces hay que acudir a los poetas para entender algo de lo que dicen los teólogos. Sirvan estos versos de Chesterton: «De regalo ha caído en la tierra un Dios demasiado grande para el cielo/ Ha saltado sobre todas las cosas, y ha roto los límites de la eternidad:/ igual que un ladrón o un enamorado ha entrado en el tiempo y en la tierra mortal, pues el vino del mundo se desborda/ derramando su esplendor en la arena».

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

 

            Confieso que no me gustan las felicitaciones de Navidad que silencian el misterio cristiano con un «felices fiestas». Comprendo que sea así, pues no todos profesan la fe cristiana ni celebran sus misterios. Me llama la atención, sin embargo, que en una sociedad hambrienta de compasión, solidaridad, ternura y cercanía, no se explote más la esencia de la Navidad: Dios hecho carne para vivir siempre junto a los hombres. Podrá creerse o no esta verdad, pero constituye un patrimonio del espíritu difícil de enajenar. Se ha hecho viral, diríamos con lenguaje moderno. Y hasta aquellos que no creen, desearían que fuera verdad.

            Dios no ha puesto límites a su comunicación. No le ha bastado crear el mundo, ha querido vivir en él como un hombre más – siervo, pastor, amigo, esposo, taumaturgo – y ha venido, en su Hijo, para consolar a su pueblo, como dice hoy Isaías. No ha querido seguir hablándonos por profetas, sabios y poetas de Israel, sino que nos ha enviado su propia Palabra, hecha carne. El Dios inefable, tres veces santo, cuyo nombre hebreo – Yahwé – no puede ser pronunciado en Israel, ha tomado un nombre nuevo, Enmanuel, «Dios con nosotros». Se llama Jesús, «Dios salva».

            Es cierto que la razón no llega a abarcar semejante misterio - ¿o locura? -, lo cual lo convierte en más creíble, más acorde a la naturaleza de Dios, que sobrepasa los argumentos de la razón para provocar la indagación del misterio y, sobre todo, la adoración, que es la postura más razonable del hombre ante lo inefable. Cuando el hombre se aproxima a esta verdad, con un corazón limpio, percibe que Dios es el más prójimo del hombre, su compañero más cercano. Y entiende las últimas palabras del evangelio de hoy: «A Dios nadie lo ha visto jamás. Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Aquí está la razón de la grandeza y universalidad de esta fiesta que une el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres, la gloria divina y la paz humana. En sus Rimas, el gran artista Miguel Ángel Buonarroti dice así: «Mas, ¿qué puedo yo, Señor, si a mí no vienes con la inefable y acostumbrada cortesía».

            Si Dios hubiera venido en el estrépito de la tormenta, con rayos y fuego, como en el Sinaí; si hubiera desencadenado la furia de la naturaleza o aplacado la ira del mar, como en Tiberíades; si hubiera, con bota de hierro y brazo poderoso, aniquilado el mal como hizo con el faraón; si hubiera exterminado con ira santa a cuantos corrompen el mundo con sus crímenes innombrables, habríamos creído en él. En realidad, cuando se dice que Dios no existe, es porque anhelamos un Dios que actúe en el mundo con la justicia de los hombres y prepotencia de los poderosos. Pero no. El Dios cristiano viene a envolverse en pañales, presagio de los lienzos de su mortaja; viene en la fragilidad de un niño que gime y necesita ser amamantado; viene a dejarse agasajar por pastores, magos y, sobre todo, pecadores; viene a convivir, compadecer, conmorir con las víctimas inocentes de la crueldad del hombre; viene a ser cordero y comida de arrepentidos que buscan consuelo en el único que puede perdonar y recrear el mundo; viene con la inefable y acostumbrada cortesía de quien no impone su ley, se deja besar por un traidor y negar por su primer vicario en la tierra. Viene solicitando agua a la samaritana, cobijo en casa de amigos y pecadores, para ofrecerles su cortesía, la amable presencia  de quien se llamará, siendo adulto, manso y humilde de corazón.

            Este es el contenido de nuestra fiesta, la verdad que celebramos, el gozo desbordante de quienes saben que Dios nace para vivir y morir con nosotros y darnos la Vida. Dios mío, ¿cómo es posible que cueste tanto decir feliz Navidad?

+ César Franco

Obispo de Segovia

cartel general laudatos

 

El Papa Francisco en su Encíclica “Laudato si” presentaba el desafío urgente de proteger nuestra casa común. Estos encuentros quieren responder a la necesidad de despertar un sentimiento de amor al Creador y, como consecuencia, a su creación “LA CASA COMÚN”.

Entendemos que lo que no se conoce difícilmente se puede amar, por este motivo te invitamos a que te vengas con nosotros de finde del 17 y 18 de marzo a SEGOVIA para tener una experiencia de contacto con la naturaleza en ambiente festivo con otras chicas y chicos de tu edad.

Estos encuentros tienen la finalidad de unir a adolescentes (de 13 a 16) y jóvenes (a partir de 17) que se encuentren en los diferentes grupos parroquiales colegio y comunidades para ir fomentando una vida diocesana.

Además, avanzando en el ámbito de la pastoral juvenil de nuestra diócesis, la parte formativa de estos encuentros para los jóvenes (mayores de 17 años), se verán complementados por el desarrollo de monográficos sobre pastoral con la finalidad de servir de complemento a los encuentros de jóvenes con talento, edificando las bases para la formar un cuerpo diocesano de agentes de pastoral juvenil.

ENCUENTRO SEGOVIA MARZO 1

ENCUENTRO SEGOVIA MARZO 2

 

 

Inscripción: https://goo.gl/forms/uSRlXmVLq2Xpm96D3

Autorización para padres: Autorización para padres

Hoy hablamos mucho de coherencia. La exigimos a los políticos, a los eclesiásticos, a los hombres de empresa y a los demás. Los pedagogos insisten en educar en la coherencia, es decir, en la adecuación entre nuestras creencias —religiosas o no— y el comportamiento diario. Somos conscientes de que sin coherencia el hombre se convierte en un fariseo, un cínico y, en último término, un ser inconsistente. La coherencia hace creíble a la persona y la reviste de dignidad y respeto. «Es coherente con sus ideas», decimos cuando queremos hablar de la integridad de alguien.

Jesús trata el tema de la coherencia en la parábola de este domingo, que tiene como destinatarios a los sumos sacerdotes y ancianos de Israel que se jactaban de ser justos cumpliendo la voluntad de Dios. Jesús presenta el caso de un padre que tiene dos hijos a quienes manda ir a trabajar a su viña. El primero le dice de primeras que sí, pero no va; el segundo dice que no, pero recapacita y va. ¿Quién de los dos obró bien?, pregunta Jesús. No era difícil responder a la pregunta, que parece dirigida a niños. Sólo el segundo hizo la voluntad del Padre, responden los interlocutores de Jesús.

La enseñanza de la parábola reside en las palabras que pronuncia Jesús después y que resultan extrañas al lector de hoy: «Os aseguro —dice— que los publicanos y prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan el Bautista a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no lo creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni lo creísteis». ¿Qué relación hay —se pregunta el lector actual— entre la historia de los dos hijos y estas palabras de Jesús? Los publicanos y prostitutas son dos categorías de pecadores que, en tiempo de Jesús, tenían cerrada la entrada en el Reino de los cielos, en razón de sus escándalos públicos. Sin embargo, sabemos que algunos de ellos se convirtieron al escuchar a Juan el Bautista, y entre los seguidores de Jesús había publicanos y prostitutas convertidos. Eran como el hijo rebelde de la parábola que no quería obedecer la ley de Dios, pero, al final, fue a trabajar a su viña. Por el contrario, los líderes religiosos de Israel, que decían formalmente sí a Dios, vivían de espaldas a su voluntad. Eran como el hijo que dice sí al padre, pero no va a trabajar a la viña. ¿Quiénes eran entonces los coherentes? Tampoco es difícil responder a esta pregunta.

Si aplicamos esta enseñanza a nosotros mismos, descubrimos su enorme actualidad. Es un examen de conciencia sobre la coherencia de nuestra fe. Un estudioso de este pasaje hace esta consideración: «Nosotros, cristianos, hacemos profesión de seguir a Jesús, somos practicantes; externamente mostramos todos los signos de la docilidad a Dios; pero esta docilidad ¿es verdaderamente real, profunda, o es solamente superficial, contradictoria con tantas acciones que no son realizadas según la voluntad de Dios?». Junto a esto, todos conocemos personas que han vivido en desobediencia a Dios y, al convertirse, comienzan a llevar una vida ejemplar de fidelidad a Dios, adelantándonos en el camino hacia el reino de los cielos. Jesús invita a cambiar la actitud del corazón: pasar de una aparente actitud de justicia, que se queda en meras fórmulas externas sin contenido, a la verdadera obediencia de la fe, que consiste en cumplir la voluntad de Dios. Jesús lo dice con otras palabras que establecen el principio de la coherencia de la fe: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre  que está en los cielos» (Mt 7,21).

+ César Franco

Obispo de Segovia

Para acercarse a Dios hay que asumir a priori que es un misterio insondable. Es el principio y fundamento de la religiosidad y de la creencia. Así titula su libro el teólogo E. Przywara: Deus semper maior. Dios es siempre mayor que nuestro intento de conocerlo. Y así empieza el famoso argumento ontológico de san Anselmo: Dios es un ser tal que nada mayor puede ser concebido. Sin este presupuesto, el intento de acercarse a Dios, resultará siempre un fracaso. En cierto sentido es lo que Dios pide a Moisés desde la zarza ardiente: le exige descalzarse, es decir, reconocer que pisa terreno sagrado, misterioso e inefable. Dios sobrepasa nuestro limitado conocimiento. Isaías dice que los pensamientos y caminos de Dios no son los de los hombres. Y el profeta Oseas pone estas palabras en labios de Dios «Yo soy Dios, no un hombre».

En la enseñanza de sus parábolas, también Jesús habla de su Padre en términos que desconciertan al hombre. El comportamiento de Dios, por ejemplo, en la parábola del hijo pródigo, supone para el hijo mayor una injusticia: No entiende que el padre organice un gran banquete para acoger al hijo que se ha gastado la herencia con prostitutas. El hijo mayor, que se tiene por justo y obediente, pretende juzgar a su padre desde una posición de justicia que representa la del grupo fariseo que se escandalizaba porque Jesús acogía a pecadores y se sentaban con ellos a la mesa. Jesús, con su parábola, desvela el comportamiento de Dios que acoge al pecador con la alegría de quien ha rescatado del pecado a un hijo suyo.

En la parábola de este domingo, también Dios se comporta injustamente según una mentalidad de estricta justicia. El dueño de la viña, al final de la jornada, ordena a su administrador pagar el mismo salario a quienes han trabajado desde el amanecer y a quienes se incorporaron al trabajo al caer la tarde. No son pocos los lectores, incluso de hoy, que consideran el proceder de este amo como una clara injusticia. El contexto de esta parábola es muy parecido a la del hijo pródigo: esos últimos que, al atardecer, son llamados a trabajar en la viña, representan a los pecadores, acogidos y perdonados por Cristo que llama a trabajar en su viña. Desde una concepción de la justicia, entendida desde la óptica farisaica, según la cual el hombre se justifica a sí mismo mediante la observancia de la ley, el comportamiento de Jesús era reprochable. «La aparente lógica de la protesta de éstos —escribe M. Herranz— desaparece como aventada por un ciclón: sin esta injusticia, no habría perdón de Dios; el perdón de Dios, su inmensa y desconcertante bondad, es lo que único que puede hacer de pecadores justos. Sin esa bondad y ese perdón, el pecador, es decir, el hombre estaría muerto para siempre; y Dios no quiere la muerte del pecador».

El final de la parábola es como un rejón que Cristo clava en nuestra conciencia, tantas veces farisaica, de «justos» irreprochables cuando no comprendemos el comportamiento de Dios, o lo tachamos de injusto. «Amigo —dice Jesús— no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma la tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tu envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros y los primeros últimos». Nos cuesta entender la bondad de Dios, la medida de su amor siempre infinito y desconcertante. Pero, ¿qué sería de nosotros si no fuera así? ¿O pensamos que tenemos el jornal ganado por ser trabajadores desde el amanecer? Es mejor sorprendernos por lo desconcertante de Dios que caer en la envidia de los «justos».

+ César Franco

Obispo de Segovia.

La parábola del siervo que recibe de su señor el perdón de una enorme deuda y que, a su vez, se niega a condonar a un compañero una pequeña cantidad de dinero, es utilizada por Jesús para enseñarnos una verdad que nos cuesta aprender y vivir: que debemos perdonar como Dios perdona. La parábola tiene su origen en una pregunta de Pedro a Jesús: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar, hasta siete veces?». Jesús, mediante un juego de palabras con el número siete, símbolo de perfección en el judaísmo, le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que equivale a decir, siempre que te lo pida. Y, para aclarar esto, Jesús cuenta la parábola que se lee este domingo. Dios se esconde detrás del señor indulgente que perdona todo, mientras que el hombre queda retratado en el siervo sin entrañas que mete en la cárcel a su deudor. Al conocer la mezquindad del siervo, el señor, indignado, le condena a los verdugos hasta que pague toda su deuda. Jesús termina la parábola con esta enseñanza: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

El Papa Francisco ha repetido hasta la saciedad, especialmente durante el año jubilar de la misericordia, que Dios no se cansa de perdonar, porque su amor es infinito. A todos nos consuela y conforta escuchar este mensaje, que es el centro del evangelio. Todos necesitamos el perdón de Dios que nos libre del peso de nuestras culpas. Cada uno conoce las suyas, pero todos somos pecadores redimidos por el Señor. Sin embargo, no escuchamos con la misma alegría y satisfacción la consecuencia de este perdón de Dios: también nosotros debemos hacer lo mismo con quien nos ofende. Nuestra admiración por la misericordia termina cuando somos nosotros quienes debemos aplicarla. Entonces comprendemos que perdonar es un atributo de Dios y no tanto de los hombres. Por eso Jesús pone siempre el ejemplo de Dios capaz de perdonar todo tipo de pecados y borrarlos de nuestra historia personal, para invitarnos a hacer lo mismo con nuestros semejantes. En la oración del Señor, el Padre nuestro, nos comprometemos a esto cuando decimos: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden». ¡Qué comprometido es decir como! Porque si es como lo hace Dios, seremos perdonados; pero si no es como Dios, tampoco él nos perdonará a nosotros, según la parábola de este domingo.

El orgullo del hombre es la razón por la que le cuesta  tanto perdonar. El amor propio herido nos impide rebajarnos, humillarnos y olvidar las ofensas. Incluso cuando perdonamos nos falta con frecuencia dar el paso último de Dios: olvidar la ofensa, borrarla de nuestra memoria. Para ayudarnos en este ejercicio de virtud, que nos asemeja a Dios, bastaría recordar por un momento todo lo que Dios me ha perdonado, lo que nunca me echará en cara una vez absuelto de mis pecados. Esta debe ser nuestra actitud con los demás. «Todo hombre, escribe san Agustín, es un deudor que, a su vez, tiene acreedores, Por eso Dios, que es justo, te ha dado para con tu deudor una regla que él mismo observará contigo. Existen, en efecto, dos obras de misericordia que nos liberan, y que el mismo Señor ha expuesto brevemente en el evangelio: Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará. La primera trata del perdón y la segunda de la caridad».

Hagamos memoria de la misericordia de Dios con nosotros, no en abstracto, sino en la concreción de su perdón cada vez que hemos acudido a él. Aprendamos su medida para que así él no tenga que aplicar la nuestra cuando supliquemos la clemencia que no estamos dispuestos a conceder a otros.

+ César Franco

Obispo de Segovia

No corren tiempos buenos para la Iglesia, para la Iglesia en general y para cada asamblea de cristianos que se reúne a celebrar la Eucaristía. La deserción de las jóvenes generaciones, y de las adultas de media edad es un fenómeno general. Abundan los mayores, que siguen fielmente constituyendo nuestras asambleas litúrgicas. No es un fenómeno nuevo. La carta a los Hebreos, escrita hacia el año 70 d.C., constata que muchos abandonan las asambleas, y en algunas épocas del cristianismo el abandono de la fe ha hecho pensar que la Iglesia agonizaba lentamente. En el sínodo sobre Europa del año 2012 sorprendió el término de «apostasía silenciosa» para describir la situación de nuestro tiempo. Es evidente que esta situación entristece a pastores y fieles y  amenaza con el desaliento.

En el evangelio de este domingo, sin embargo, Jesús afirma algo que nunca podemos olvidar: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». No se trata de agarrarse a un clavo ardiendo en una situación de emergencia. Dos o tres constituyen, según Cristo, un pequeño recinto que alberga su presencia. La comunidad creyente fundada por Cristo no existe sólo en las grandes asambleas sino en las pequeñas comunidades, en los dos o tres que se reúnen en el nombre del Señor para orar juntos, escuchar la palabra, celebrar los sacramentos y vivir la caridad fraterna, esa caridad a la que apela Jesús cuando nos dice que si hemos de corregir a algún hermano, hagámoslo con dos o tres testigos. Dos o tres.

La importancia de estas palabras de Cristo reside en que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, crece mediante la incorporación sacramental de cada bautizado que confiesa la fe y se convierte en miembro de Cristo. Cada miembro de la Iglesia tiene un valor incalculable porque ha sido redimido por la sangre de Cristo y ungido con el mismo Espíritu que ungió a Jesús. Se explica que, en la primitiva Iglesia, se llamara santos a los bautizados. ¿Comprendemos la trascendencia de esto si nos tomáramos en serio el bautismo? ¿Valoramos a cada cristiano de nuestras comunidades desde esta perspectiva? A veces los sacerdotes somos derrotistas cuando, al convocar a nuestras comunidades, nos encontramos con presencias poco significativas. «Siempre los mismos... no viene gente nueva…», son comentarios frecuentes. ¿No significa esto valorar poco a los que vienen? ¿No está Jesús en medio de los dos o tres que se reúnen en su nombre? Hay que atenderlos como si fueran una multitud, porque en realidad representan a la Iglesia extendida por toda la tierra. Sí, esos dos o tres, la representan. Y posiblemente, si cuidáramos como se merecen a los pocos llegaríamos a muchos.

Quiero concluir esta reflexión con un texto precioso de san Efrén el Sirio, diácono, doctor de la Iglesia y uno de los más grandes poetas que ha tenido la Iglesia. Se trata de un himno publicado recientemente. El poeta rompe todo cálculo humano, toda medida, para hablar de la Iglesia y hacernos comprender el misterio que la constituye. Dice así: «El que celebra solo en el corazón del desierto,/ es él mismo una asamblea numerosa./ Si dos se unen para celebrar entre las rocas,/ millares y miríadas están allí presentes./ Si son tres los que se juntan hay un cuarto entre ellos./ Si hay seis o siete, doce mil millares se han juntado./ Si se ponen en fila, llenan el firmamento de oración./ Si son crucificados sobre la roca, y señalados con una cruz de luz,/ se ha fundado la Iglesia./ Si están reunidos,/ el Espíritu planea sobre sus cabezas./ Y cuando terminan su oración,/ el Señor se levanta y sirve a sus siervos».

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

Nadie desea arruinar la vida. Atenta contra el instinto básico de supervivencia y de felicidad. La humanidad está llena de ejemplos de personas que han dado al traste con su vida, la han perdido como en un juego de azar, echando todo a una sola carta. Paradójicamente no son personas pobres, sin recursos ni posibilidades de éxito. Los parias de este mundo tienen incluso más recursos para sobrevivir que ciertos beneficiados por la dicha, que, en la cima de la fama, del poder y del éxito se han derrumbado como la estatua del libro de Daniel con la cabeza de oro y los pies de barro. No es ninguna desmesura decir que la razón de la ruina ha sido siempre la actitud egolátrica de quien se ama a sí mismo por encima de todo y, desde luego, por encima de Dios. La persona egocéntrica está llamada a la disolución moral e incluso física.

            Los ejemplos de corrupción de personas que terminan en los tribunales y en la cárcel son el mejor comentario a las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» La mirada de Cristo no se detiene en la suerte física de las personas. Jesús se sitúa en el horizonte final, escatológico, de la vida humana. Se trata de un horizonte perdido para muchas personas que lo arriesgan todo pensando en el disfrute de los bienes temporales, como si ese fuese el fin último de la existencia. En la catedral de Segovia se exhibe una obra de arte, el llamado árbol de la vida, que cautiva a los visitantes. En la copa de un árbol los ciudadanos del mundo banquetean sin cesar. Desconocen que un poco más abajo, la muerte, como un macabro esqueleto, está a punto de talar el árbol y dar al traste con todo lo que promete ser felicidad. En el lado opuesto, Jesús está tocando una campana para evitar el trágico fin de quienes olvidan que el tiempo está a punto de tragarse todo lo efímero. Es una advertencia al hombre que ha perdido el sentido de la trascendencia, del juicio tras la muerte. Esta escena puede parecer a muchos un asunto de épocas pasadas. Hoy se vive en el carpe diem del tiempo sin Dios, tiempo en que el hombre se ocupa en «salvar su vida», que, según Cristo, significa canonizar el egoísmo. Quien vive así vive para la ruina, que comienza cuando uno sólo vive para sí mismo. Al olvido de Dios, sigue el olvido de los demás, el olvido de los pobres, y, por último, el olvido de sí mismo, llamado a la eternidad.

            El pecado ha existido siempre. No hay historia de la humanidad sin pecado. Pero el hombre hasta muy recientemente lo ha reconocido, lo ha confesado arrepentido y no ha perdido la conciencia de que un día tendrá que dar cuenta a Dios. Ahí están las grandes obras literarias que han expuesto la tensión entre la culpa y el arrepentimiento, la caída y la redención, el pecado y la gracia.  «Obrad bien que Dios es Dios», dice Calderón de la Barca en su gran «Teatro del Mundo». El mismo mensaje que el cuadro de la catedral de Segovia: Cristo ha venido para advertirnos de la ruina que amenaza al hombre cuando se cree señor de sí mismo, autónomo y autosuficiente, que puede vivir de espaldas a toda verdad que le recuerde su finitud, su inconsistencia, su irremediable caminar hacia un juicio que le pondrá frente a la verdad desnuda de su ser. Alguien pensará que esto es predicación para débiles, no para hombres libres y seguros de su destino. Pero nadie escapa de la muerte. Por eso, cuando Pedro sugiere a Jesús que olvide la muerte que le espera en la cruz, Jesús le responde con las palabras más duras que tenemos en sus labios, dichas a un amigo: «Ponte detrás de mí, Satanás, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».

+ César Franco

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