«Somos una gran familia, Contigo»    

El Día de la Iglesia Diocesana nos ayuda a pensar más allá de nuestra propia comunidad parroquial. La Iglesia no empieza ni termina en nuestra parroquia. No somos células aisladas ni autosuficientes. No podemos vivir separados ni al margen de la comunidad diocesana, presidida por el obispo, sucesor de los apóstoles, cuyo ministerio nos enraíza en la Iglesia universal. Es verdad que la parroquia es la localización más cercana, la referencia más inmediata de la Iglesia, pero no es autosuficiente, como en ocasiones llegamos a pensar. El párroco es enviado por el obispo, y todos los sacerdotes forman un único presbiterio llamado a vivir la comunión entre sí y con los fieles que les son encomendados. Ningún sacerdote puede actuar como si fuera el dueño de su parroquia, ni la referencia última para sus fieles. Del mismo modo que el obispo no puede vivir sin referencia al colegio episcopal y a su cabeza que es el obispo de Roma, vicario de Cristo.

Cuando contemplamos la parroquia en el contexto más general de la diócesis ampliamos horizontes y nos hacemos más católicos. Hay problemas diocesanos que resultan indiferentes si nos encerramos en nuestras parroquias. El problema de las vocaciones, por ejemplo, nos afecta poco si todavía contamos con un sacerdote que nos atiende, pero ¿hasta cuándo podremos contar con un sacerdote? La diócesis presta servicios que quizás en una parroquia no se necesitan, pero sin los cuales otras no podrían avanzar pastoralmente. Los delegados diocesanos llevan a las parroquias las preocupaciones del obispo y de la diócesis: familia y juventud, enseñanza y catequesis, misiones, patrimonio, etc. Un cristiano no puede quedar indiferente antes las necesidades de toda la diócesis, pensando que con su parroquia tiene todo resuelto. Esta visión no es católica. Supone un déficit en la comprensión de la Iglesia y en la comunión de bienes materiales y espirituales que la sustenta.

La Iglesia es una comunión, la gran familia de los hijos de Dios. La Jornada de la Iglesia Diocesana acrecienta nuestra pertenencia a esta familia y nos abre a la experiencia de compartir todo lo que somos y tenemos con el resto de la comunidad diocesana, aunque estemos separados por grandes distancias. Sin la aportación de cada uno, en el orden material y espiritual, la diócesis vivirá empobrecida y no podrá llevar adelante su misión evangelizadora. Por el contrario, si cada cristiano aporta lo mejor de sí mismo a su parroquia y a la diócesis, la Iglesia será más fecunda, más misionera, más abierta a las necesidades de los hombres. Por eso debemos conocer mejor nuestra diócesis, sus instituciones y servicios. La solidaridad entre los cristianos debe superar los límites de la demarcación  parroquial y abrirnos a las necesidades de parroquias que están más necesitadas que la nuestra. No hay parroquias de primer, segundo y tercer grado. Hay comunidades cristianas en las que el Espíritu de Dios actúa siempre en favor de la unidad, la caridad y la misión  universal de la Iglesia.

Como obispo vuestro, os exhorto a vivir con apertura y generosidad a las necesidades de la Iglesia de modo que la Iglesia de Segovia ofrezca a todos los segovianos el testimonio de la unidad y de la comunión de bienes, y todos seamos enriquecidos con la gracia que cada cristiano aporta a la gran familia de los hijos de Dios. Con mi afecto y bendición.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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