«El Covid: una visita de Dios a mi vida», FR. JESÚS MARÍA HERNÁNDEZ

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Año nuevo, vida nueva. Uno empieza el año tratando de hacer propósitos. Con los años uno prefiere no hacerlos porque no se cumplen o aprende a hacer solamente uno. Mi propósito en este nuevo año era evitar todo aquello que me quitara la paz por mis pensamientos.

El día uno de enero me levanté con esto en mente, pero resulta que ese día no amanecí muy bien. Me dolía la cabeza y sentía algo de mareo. Lo primero que pensé que era debido a que me trasnoché viendo televisión y mandando mensajes, ya que como era “Año Nuevo”…, no quería acostarme tan temprano como otros días….

Llamé al Dr. Carlos para decirle cómo me sentía. Entonces ante la posibilidad que fuera Covid me indicó un tratamiento para sobrellevarlo, ya que no tenía ningún síntoma fuerte. Vitaminas, paracetamol, ibuprofeno, revisar la temperatura. Al día siguiente decidí volver a repetirme la prueba del Covid que me había hecho cinco días antes y di positivo. Ya era claro lo que tenía y había que tratarlo. El domingo 3 fui a hacerme una hematología y una tomografía de los pulmones para ver cómo estaba afectando el virus en mis pulmones. El resultado no presentaba nada mayor, aunque sí había evidencia de alguna lesión. De momento permanecería en casa porque los síntomas no eran fuertes y se podían controlar.

Así estuve en casa desde el día uno hasta el seis. A todo esto, estaba en comunicación con los doctores Óscar Mora y Carlos Villamizar, quienes atendieron al P. Edixsandro y en la última semana estaban cuidando en la Policlínica del Táchira al P. Antonio. Además de preguntar por el estado del P. Antonio, yo les comentaba cómo me iba sintiendo y ciertas dificultades que iban apareciendo. El martes 5, el padre Antonio regresó a casa con el alta médica y acompañándole Ricardo Chang, para cuidarle como enfermero. Ricardo subió a mi habitación y se dio cuenta de cómo me encontraba, con fiebre y de que necesitaba algo más en mi tratamiento. Ël comentó con el Dr. Villamizar de mi situación.

El día seis, día de la Epifanía del Señor, tenía que hacerme una hematología que el Dr. Mora me había pedido el día anterior para ver cómo seguía. Sin embargo, ese día amanecí con una gran debilidad para salir de la habitación e ir a la clínica. Empecé a solicitar el favor de que alguien me pudiera hacer la extracción de sangre en la habitación y llevarla al laboratorio. Llamé a la Dra. Ana Navas y ella me puso en comunicación con Monseñor Mario Moronta, quien movió sus contactos. En este tiempo, de llamadas y consultas, el Dr. Villamizar me llamó y me dijo que me fuera de una vez a la clínica. La debilidad era grande y no se debería correr ningún riesgo, ya que estábamos en el día sexto y hasta entonces no había tomado ningún antibiótico y la fiebre era alta. Y esa fue la decisión de ir a la Policlínica del Táchira para que allí me pudieran aplicar el tratamiento que necesitaba y hacerme el seguimiento para que la cosa no fuera a mayores.

Me buscó una ambulancia de Protección Civil, porque no sentía fuerzas para bajar desde mi habitación a la calle e ir en el carro. Gracias a Dios, el desayuno hizo su efecto y recobré energía y pude bajar por mi mismo y subir a la ambulancia para el traslado.
Pag.4 Imgen Ecos de la misión
Llegué a la policlínica resonando en mi interior la experiencia vivida con el P. Edixsandro. El día anterior el P. Antonio había vuelto a la casa recuperado y con mucho ánimo. Ahora era yo el que se iba…

Desde mi llegada a la Clínica el trato fue muy bueno. Los doctores ya habían dispuesto mi ingreso sin demoras de la zona de Triaje, ni papeleos. El P. José Gregorio Goyo se encargó de hacer todo lo demás. El personal sanitario se volcó y empezaron a aplicarme el tratamiento. Me sentí tranquilo, porque allí iba a estar bien cuidado, algo que en la casa no se podía por las circunstancias especiales de un enfermo con Covid. No se puede entrar en la habitación del enfermo, hay que evitar todo lo que a las otras personas pueda ponerles en riesgo de contagio…. Y así también empezaría el tratamiento de hidratación, antibióticos, vitaminas, esteroides y… todo lo que se necesitara.

A partir de ese momento fue dejarme llevar por el tratamiento, los cuidados de doctores y enfermeras. No pensé en absoluto de cómo podía ser, sólo dejarme tratar. No me preocupaba de cuánto me llevaría estar allí.

He de confesar que me molestaban los mensajes del celular. Hubo dos cosas que desde el principio empecé a reaccionar negativamente. Por un lado, contra los consejos, “remedios” caseros que me trataban de indicar. Las preguntas impertinentes que si me estaban aplicando esto o lo otro. ¡Porque ahora todo el mundo entiende de medicina y más de Covid! A mí me interesaba que me dejaran en paz y me ponía en manos de los doctores y enfermeras y ellos sabían qué tratamiento necesitaba. «Que si el té de la hoja de guayaba, que la cúrcuma, que el limoncillo eran muy buenos…» Todos esos comentarios me molestaban. Así como preguntarme por el tratamiento… «¿No te dan esto o lo otro?», «a mí me vino muy bien, me lo recomendó el médico»... Yo sólo quería escuchar o seguir a los médicos y enfermeras que me estaban cuidando. A ellos me confiaba, no quería escuchar otras voces.

Otro inconveniente al principio era cómo manejar el tema de mi familia, estando lejos. Mi madre nerviosa. Y en algún momento me culpabilizaba de mi contagio. Que porqué no había tenido cuidado. Que siempre me lo estaba diciendo que es un virus muy contagioso. Algo que también que tuve que pedirle, a pesar de se mi madre, que no me repitiera tal cosa.

Antes del contagio, he de confesar que me sentía muy seguro de que estaba haciendo todo en regla para que no pudiera pasar. La cuarentena estricta sin salir de casa, medidas de limpieza, uso de mascarillas, (FPP-N95), uso del alcohol. No creí que siendo tan disciplinado me pudiera llegar a contagiar. Claro nunca perdí de vista que había que seguir siendo humano, y que si tenía a un hermano en la comunidad contagiado, no lo dejaría de atender a él como tampoco lo hice con Edixsandro. Siempre era un riesgo, pero la caridad nos lleva a ser prudentes corriendo los riesgos. Muchas veces en este tiempo he pensado en las otras épocas de la historia donde también hubo epidemias. Muchas personas, corrieron el riesgo de la caridad.

A pesar de mi seguridad, de cumplir con las normas de bioseguridad, Dios tenía un plan muy distinto al que yo pensaba. El “bicho” se coló. ¿Cómo? No lo sé. Cierto es que entró en mi cuerpo para cumplir una misión.

La experiencia la considero una gracia de Dios. El Covid ha sido una visita de Dios y de María a mi vida.

Continuando con lo vivido, uno de los aspectos más duros de estos días ha sido el batallar con el aspecto emocional, psicológico y espiritual. Estaba aislado de toda la gente que quiero y que no podía sentir su cercanía física. La lejanía física no fue lo más fuerte, pues no me sentí abandonado, ni sólo. Lo que más me costaba era enfrentar el miedo o la depresión. Se agolpaban por momentos las imágenes de la experiencia vivida con la enfermedad de fray Edixsandro. Recordaba tantos momentos en los que le acompañé en su enfermedad… El ver cómo fue su deterioro. Cuando me subían el nivel de oxígeno, ya me veía que iba en el mismo camino que él. Luego recordaba las crisis que sufrió, las informaciones de los doctores. Pensaba que donde yo había ido a la clínica a llevarle lo necesario como medicinas, ropa, ahora estaba yo enfermo. Me venían los recuerdos de la noticia de su fallecimiento, de cómo tuve que decirlo a los otros padres… Acompañar sus restos al crematorio, recoger sus cenizas. Sentía miedo… Yo le decía a Dios: «yo creo que eres bueno, que no quieres nada malo para mí, confío en ti que nada malo me puede pasar… pero siento miedo, siento que no confío en ti como debiera». Seguía creyendo que «nada nos separará del Amor de Dios». Ahora parecía teoría, porque sentía miedo y no sabía cómo encajarlo eso en mí, en mi confianza en Dios. Y oraba a Jesús y a María pidiendo que me abrazaran, me arroparan para sentir su consuelo. Sentía vergüenza, de cómo a pesar de todo lo bueno que es Dios, y lo mucho que me ama, ahora sentía miedo que me pudiera morir… me sentía que fallaba a esa confianza, a lo que creo y predico… Y lloré porque me sentí así.

La enfermedad del Covid afecta el aspecto emocional. No sólo es lo pulmonar, la respiración, los ahogos, sino que afecta a los nervios a las emociones. Por momentos me sentía bajo de ánimo, aunque no creo haberme sentido en ningún momento deprimido.

IMG 20210306 WA0001Y por otro lado pensé, y si me muero, tanta gente rezando por mi salud… ¿Cuál es el testimonio del poder de la oración para sanar? A lo cual Dios me habló diciendo, tranquilo, que el testimonio del poder de la oración lo doy yo, no tú. Y me tranquilizó, saber que no tenía que preocuparme de nada. Todo estaba en las manos de Dios.

Así fueron pasando los días. Sólo tenía que estar, dejarme cumplir el tratamiento, dejar que todo hiciera su efecto. Nada fue forzado. Todo fue gratuito.

La experiencia de la gratuidad es una de las experiencias más fuertes que he podido experimentar en estos días. Dejarme hacer, total disponibilidad para que la vida fluyera y recobrara la salud. Yo no exigía nada y sin embargo todo se me estaba dando. Dios lo había dispuesto todo, para que en la clínica todo fuera funcionando, no me faltaran las medicinas necesarias, ni los cuidados. Los médicos estaban cumpliendo su misión, las enfermeras, los terapeutas de la respiración, el personal de limpieza, de cocina... Tantas cosas y todas eran un regalo de Dios, para que yo me pudiera recuperar. Y, por otro lado, mis hermanos de comunidad, los cercanos como los que están lejos físicamente, tenía en ellos la plena confianza que estaban haciendo lo posible para que todo fuera en orden. ¡ Muchísimas gracias a todos!

Han sido doce días hospitalizado. Una experiencia que, a pesar de la enfermedad, ha sido una gracia de Dios. Es una experiencia que Dios me ha dado a mí, que no la hubiera buscado de ninguna manera si no es por esta enfermedad. El Covid ha sido una visita de Dios a mi vida. A pesar de los múltiples cuidados que había tenido para evitar el contagio… Dios hizo que el “bicho” se colara en mi vida. Me sentía seguro de creer que cumplía con todas las normas de bioseguriad, uso de mascarillas, lavado de manos, distanciamiento…. Y, sin embargo, el virus me alcanzó. No sé cómo fue, pero lo cierto que ha dado una nueva luz a mi vida.

Sigo orando para que esta pandemia acabe. Oro por todos los que trabajan por aliviar el sufrimiento de la enfermedad, pero sobre todo agradezco a Dios porque a pesar de todo me ha hecho experimentar su amor gratuito, a través de tanta gente buena, que desinteresadamente, sin conocerme me han cuidado, han orado y han hecho posible que me pueda sentir recuperado.

Fr. Jesús María Hernández, OP

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