No solo de pan...

Septiembre 2020

septiembre 2020

6 de septiembre – Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

El mensaje de Dios es claro, a pesar de las palabras duras con las que habla. Él ha enviado a su Hijo a la tierra para hablarnos de sus entrañas de misericordia, pues vino a reconciliar consigo al mundo. Por eso, nos pide que escuchemos su voz, que abramos nuestro corazón ante Él, que es nuestro Dios, nuestro Creador y la Roca que nos salva; de manera que al escuchar y hacer vida su Palabra, podamos desde la libertad de hijos de Dios, ser sus siervos, como Siervo es el Hijo; y con su misma humildad, ser palabra viva que anuncia y denuncia, y cuida de su pueblo como centinela. Denuncia aquello que se aparta de su voluntad, para hacer que tu hermano regrese a casa, y anuncia con toda tu fuerza que Dios ha instaurado una nueva ley de reciprocidad, la Ley del Amor, por la cual no debes nada a nadie y nadie te debe a ti, salvo el amor mutuo. De manera que, como diría san Agustín, ama y haz lo que quieras, porque cuando amas, solo quieres el verdadero bien para el amado.

8 de septiembre – Festividad de la Natividad de Nuestra Señora

Celebramos el nacimiento de Aquella que nos entrega a Aquel que se hace ofrenda por amor a cada uno de nosotros. Ella, como la ciudad de Belén, es la más pequeña de sus hijos, pero es en la que ha puesto sus ojos el Salvador. Así, de Ella, la más humilde, la más sencilla, nace el que ha de gobernar a todo el Pueblo de Dios, la Iglesia, en la que se congregarán todas las naciones. Y María salta de gozo porque confía plenamente en la misericordia del Padre, y con Ella nosotros. Además, de confiar sin medida en que se cumplirá lo que Dios ha dicho, la Palabra nos invita a salir de lo establecido, a romper moldes, siempre haciendo la voluntad de Dios; de ahí ese “No temas acoger a María” en lugar de repudiarla, como se esperaba. Hoy Cristo nos mueve a acoger a su Madre, evangelizadora y apóstol, que trae al que salva a su pueblo de los pecados, pastorea con fuerza hasta el confín de la Tierra, siendo Él mismo la paz. Abramos nuestro corazón a la vida nueva que nos trae el Señor.

13 de septiembre – Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

La vida en Cristo, vivir en Él, por Él y para Él: este es el regalo más grande que nos ha hecho el Señor. Y aunque en Él todo es gratis, nos pide una pequeña cosa: “Amarnos unos a otros como Él nos ha amado”, hasta el extremo, sin porqués. Pues Él es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Él perdona todas nuestras culpas y cura todas nuestras enfermedades, rescata nuestra vida de la fosa; por eso, no tengamos miedo a una vida totalmente entregada en el amor, un amor sin límites, en libertad. Un Amor que nos introduce de lleno en las ascuas de su corazón y nos pide no temer ninguna enfermedad, ni ningún dolor, porque ahí está Él, la fuente de nuestra alegría, que como una madre nos sostiene en su regazo. Pero, si nosotros, que hemos sido colmados de gracia y ternura, muchas veces en nuestro corazón dejamos que aniden la ira, el odio y la venganza, ¿cómo podemos esperar a que el mensaje de Jesucristo sea fecundo en esta tierra? La Palabra es clara y nos advierte: ¡Cuidado!, el vengativo sufrirá la venganza del Señor. En nosotros está el acordarnos de la alianza con el Señor, pasar la ofensa por alto y darle la vuelta a la medalla, y donde vemos dolor y sufrimiento, ofensa y pecado, reconocer a Cristo sufriente en el hermano.

 14 de septiembre – Festividad de la Exaltación de la Santa Cruz

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo muy amado por la salvación de la Humanidad. Jesús bajó desde el cielo y se encarnó para anunciarnos la redención de cada persona y el perdón de nuestros pecados, a pesar de nuestra infidelidad, como ocurría con el Pueblo de Israel. Vino para hablarnos de la verdad de Dios, de la verdad del Padre, que se deshace en amor por cada uno de sus hijos y no busca su perdición, sino su salvación. Pues si no hubiera querido que todos sus hijos se salven, hubiera pagado a cada uno según sus obras, sin compasión ninguna, y cuando volvían hacia Él su corazón, no los habría perdonado y habría acabado con ellos. Escucha, pueblo mío, nos dice hoy el Señor, que quiero hablarte al corazón y, mientras miras el amor desbordante de mi Hijo clavado en la cruz, salva tu vida y ven a mí, que te regalo la vida eterna, porque solo quiero que te conviertas y que vivas.

20 de septiembre – Domingo XXV del Tiempo Ordinario

Muchas veces en nuestra vida ordinaria planificamos, nos hacemos horarios, proyectamos actividades, sin darnos cuenta de que hay Alguien que nos mira sonriente desde el cielo, pensando: “¿y después qué?, ¿después de eso qué piensas hacer?”. Y nos propone un encuentro inmediato con Él. Búscame, que salgo a tu encuentro, que quiero encontrarme contigo, que estoy a tu lado. Y Dios, una vez más, nos sorprende, nos rompe los esquemas y busca nuestra conversión, trastoca nuestros planes y hace que se cumpla en nosotros su voluntad, que no es más que nuestra vida sea conforme al Evangelio, sea digna del Evangelio; y a través de nosotros se manifieste su libertad de espíritu y su bondad, al ser imagen y semejanza suya. Supliquémosle que abra nuestro corazón para que aceptemos la Palabra del Señor.

27 de septiembre – Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

Dios desde el Corazón de su Hijo nos manda un mensaje constante: ¡Conviértete y vivirás! Nos propone un cambio de vida, viviendo en la unidad, revistiéndonos de los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que siendo Dios, por amor, se hizo uno de nosotros. Esto hace que dejemos atrás las propuestas del mundo y nos dejemos seducir por Jesús, viviendo, como diría san Vicente de Paúl, con un amor afectivo y efectivo. Un amor afectivo a semejanza del de Jesús, del de Dios, con una ternura y misericordia eternas; pero también efectivo, que se compromete en la lucha por el cambio de las estructuras de este mundo, por la justicia desde la Caridad, haciendo (SUPRIMIR DE) nuestro proceder semejante al suyo, porque escuchamos su voz y le seguimos.

Hna. María de Gracia del Río Villodres

 

 

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