La Diócesis de Segovia, pensando en el bien general de la población, es consciente de la realidad que existe en nuestro país con motivo de la extensión del coronavirus Covid-19. Por ello, compartiendo la preocupación común, llamamos al compromiso y la responsabilidad de todos.
A tenor de la evolución de los acontecimientos y, siguiendo las recomendaciones tanto de la Consejería de Sanidad de la Junta de Castilla y León como del Ministerio de Sanidad, el Obispado de Segovia ha decidido actualizar las recomendaciones para toda la Diócesis. Decisiones que se irán modificando a medida que las autoridades trasladen nuevas directrices.
De esta forma, las medidas cautelares adoptadas por responsabilidad y pensando en el bien general de todos los ciudadanos y que se suman a las ya anteriormente transmitidas son las siguientes:
• Todos los actos correspondientes a la Visita Pastoral del Obispo de la Diócesis, Don César A. Franco, quedan aplazados.
• También se aplazan, por el momento, los actos preparados para la celebración del Día del Seminario. Evento que, previsiblemente, tendrá lugar el fin de semana en el que se celebra la Jornada Mundial por las Vocaciones, en el mes de mayo.
• Durante la Cuaresma, tienen lugar numerosas celebraciones penitenciales en las parroquias. Por este motivo, se recomienda la confesión individual y que ésta tenga lugar en habitaciones amplias o colocando en los confesionarios los medios oportunos para evitar el contagio por fluidos.
• Las catequesis quedan suspendidas de forma presencial. No obstante, se delega esta tarea en los padres para que, por el momento, sean ellos quienes se conviertan en catequistas de sus hijos en el ejercicio de la transmisión de la fe. Por este motivo, invitamos a los párrocos a que puedan facilitarles las indicaciones y el material necesario para este fin.
• Asimismo, recomendamos que se supriman los grupos de vida ascendente, asambleas parroquiales, …
• Aconsejamos que las personas mayores o pertenecientes a grupos de riesgo eviten acudir a las celebraciones eucarísticas en las parroquias y opten por seguirlas a través de otros medios como radio o televisión.
• Quedamos a la espera de lo que la Conferencia Episcopal Española pueda decir en base al requerimiento que la Junta de Castilla y León le ha trasladado en referencia a los actos de la Semana Santa.
• Reiterar las recomendaciones sanitarias de mantener una higiene correcta, lavarse las manos de forma continuada, evitar estornudar y toser al aire y ponerse en contacto con el personal cualificado si se detectan síntomas preocupantes.
Desde el Obispado se insta a los párrocos a que, en la Oración de los Fieles o en otro momento, inviten a hacer una oración por el fin del coronavirus, el fortalecimiento de los asistentes sanitarios, así como por la diligencia de todos.
Finalmente, dada la importancia de la situación en la que nos encontramos, llamamos a evitar la desinformación y la propagación de bulos. Por ello, conminamos al uso de los canales y fuentes oficiales de comunicación.

La Cuaresma es un tiempo oportuno para encontrarnos con Dios cara a cara. Así se encontró la samaritana con Cristo. Este pasaje del cuarto evangelio es un magnífico relato de lo que significa la sed de Dios que hay en el hombre, quiera éste o no quiera. Somos sedientos de Dios. Basta un momento para que esa sed estalle como torrente de agua viva en el interior del hombre. Es sabido la importancia que la filosofía moderna da al deseo que habita en el hombre y le impulsa a buscar la felicidad plena. Sin saberlo, la samaritana buscaba ser feliz, es decir, buscaba la verdad.
Jesús le pide agua porque estaba cansado del camino y, seguramente, sediento. La mujer se sorprende, dada la enemistad entre judíos y samaritanos y comienza un diálogo con Jesús sobre el agua: la del pozo y la que sólo puede dar Jesús. Aparece aquí lo que llaman los estudiosos el malentendido joánico, que establece dos planos de comprensión sobre una misma palabra: el agua. Agua física y agua del Espíritu. Jesús se las apaña para llevar a la samaritana a su terreno: el del deseo de Dios. Y, poco a poco, le descubre que el agua verdadera es la que quita la sed para siempre —el deseo colmado— y que a Dios sólo se le rinde culto en el Espíritu y la Verdad, dos términos que se refieren a Jesús en el cuarto evangelio. Sólo Jesús da el Espíritu; sólo Jesús es la Verdad.
La samaritana ha entrado en el terreno de Jesús, se deja llevar por él, reconoce que su vida no es auténtica, que ha tenido cinco maridos y el de ahora no es suyo. En una palabra, se ha dejado iluminar por la Verdad. Y Jesús se la revela de modo inefable: cuando ella le pregunta sobre el mesías, Jesús dice: «Yo soy, el que habla contigo». Jesús no sólo le dice que es el mesías, sino que, al utilizar la expresión «Yo soy», se está refiriendo al nombre de Dios y es como si dijera: El Dios que es está aquí. Así lo explica Le Guillou. Jesús revela por primera vez su identidad a una mujer, que es no sólo un habitante de Samaría, sino el símbolo de la humanidad y del mundo. Y, revelándose, despierta en la mujer el deseo de Dios, manantial de agua viva. Por eso, se olvida del cántaro y corre presurosa a contar a sus vecinos lo sucedido.
Mientras tanto, han venido los discípulos. Extrañados de que hable con una mujer a solas, no se atreven a preguntar sobre la conversación que se traían. Y, como Jesús no había comido, le ofrecen lo que han comprado en el pueblo. Jesús rechaza el alimento y, jugando de nuevo con el simbolismo de las palabras, dice que él tiene un alimento que ellos no conocen. El hambre de Jesús se ha saciado con el agua que ha dado de beber a la samaritana. ¡Qué atractivo es este Jesús sediento y hambriento del deseo de los hombres! Los discípulos se preguntan si alguien le ha traído de comer. Y Jesús da la clave de lo sucedido: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34). E invita a sus discípulos a levantar los ojos y a contemplar los campos que están dorados para la siega. Esos campos dorados son los samaritanos que acogerán a Jesús por el testimonio de la mujer, escucharán su palabra, lo verán cara a cara y creerán en él como el Salvador del mundo. Jesús se ha servido de la samaritana para anunciar en el pueblo que él es la Verdad, la que ansía conocer el hombre en lo más profundo de su ser. El es el agua viva que hace brotar en el interior del creyente una fuente que salta hasta la vida eterna. Es el Salvador que nos introduce en el ámbito de Dios para darle verdadero culto y adorar con una vida nueva al mismo que nos hizo para él. El Jesús sediento y hambriento nos ha despertado a la sed y al hambre de Dios diciéndonos quién es Él.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

El Obispado de Segovia quiere lanzar un mensaje de calma ante la alarma suscitada en los últimos días en torno al virus COVID-19, el coronavirus. Asimismo, en línea con las directrices del Ministerio de Sanidad y la Consejería del ramo de Castilla y León, el Obispado quiere trasladar una serie de recomendaciones cuya última finalidad es prevenir posibles riesgos para la salud pública del conjunto de la ciudadanía.


Es por este motivo por el que, correspondiendo a la expresa solicitud de las autoridades sanitarias que se han dirigido al Sr Obispo solicitando nuestra colaboración, se recomienda que en todas aquellas celebraciones que se lleven a cabo durante las próximas semanas se evite, en la medida de lo posible, el contacto físico sustituyéndolo por otro tipo de señales de respeto en aras de mantener la cautela.


Asimismo, el Obispado se suma y comparte las indicaciones referidas por el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello:

  • • Conveniencia de retirar el agua bendita de las pilas en iglesias y otros lugares de devoción
    • Posibilidad de ofrecer otro gesto de paz en la eucaristía diferente al tradicional abrazo o estrechamiento de mano, como puede ser una inclinación de cabeza
    • Que las personas que distribuyen la comunión durante la eucaristía se laven las manos antes y después de este servicio
    • Que las muestras de devoción hacia las imágenes tan propias de este tiempo de Cuaresma y en la próxima Semana Santa puedan ser sustituidas por otras como la inclinación o la reverencia, facilitando con ello una mayor rapidez que evite aglomeraciones


Por tanto, y reiterando el llamamiento a la tranquilidad, el Obispado remite a las recomendaciones sanitarias de mantener una higiene correcta, lavarse las manos de forma continuada, no estornudar ni toser al aire y ponerse en contacto con el personal cualificado si se detectan síntomas relacionados con la enfermedad.

En el segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia proclama el evangelio de la transfiguración de Jesús. El hecho es narrado por Mateo con mucha sobriedad mediante el uso de dos metáforas: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17,2). No tenemos espacio para explicar en qué pudo consistir el hecho, pues nos interesa sobre todo entrar en su significado. El narrador nos ofrece dos claves. En primer lugar, todo sucede después de haber anunciado Jesús a sus discípulos que será ejecutado en manos de sus enemigos. Tal anuncio provoca desconcierto entre los suyos, pues no entendían que el Mesías tuviera que padecer. Pedro, incluso, se planta ante Jesús para decirle que tal cosa no debe suceder. Jesús reprende duramente a Pedro, llamándole Satanás, y diciéndole que no se interponga en su camino. La otra clave que ofrece el evangelio es el mandato de Jesús de no contar nada de lo que han visto hasta que resucite de entre los muertos.
Es claro que el milagro de la trasfiguración tiene una finalidad pedagógica, dado que los tres discípulos que lo vieron son los que, en Getsemaní, verán a Jesús acechado por la angustia de la muerte. Se trata, pues, de iluminar la muerte. Por eso, los discípulos no deben decir nada hasta que Jesús resucite de entre los muertos, pues será la resurrección el hecho que ilumine el sentido de los padecimientos y muerte de Jesús e, incluso, el milagro de la transfiguración que, en cierto sentido, es como un anuncio escenificado de la resurrección. El rostro resplandeciente de Cristo y los vestidos luminosos son dos imágenes muy expresivas para revelar la trasformación del cuerpo de Cristo.
Lo más importante de este relato tiene mucho que ver con una afirmación de Albert Camus, premio Nobel de Literatura, quien decía que la admiración por los evangelios termina cuando llegamos a la página sangrienta de la cruz. Si pudiéramos arrancar esa página haríamos el evangelio más amable, ¿no es verdad? Son muchos los que no encuentran sentido al dolor y al sufrimiento humano. Incluso utilizan el sufrimiento como argumento para negar la existencia de Dios. En su libro, «¿Por qué el Dios del amor permite que suframos?», el teólogo G. Greshake, intenta responder a esta pregunta que siempre se hará el hombre apelando precisamente a la compasión de Dios, que ha querido, en su Hijo Jesús, asumir el dolor del hombre abriéndole al mismo tiempo a la esperanza de la resurrección.
En una sociedad materialista como la nuestra, hablar de la muerte o confrontarse con ella resulta algo indecente, lo que el sociólogo estadounidense G. Gorer ha llamado «pornografía de la muerte». Es preferible no pensar en ella, evadirse de todo sufrimiento y privar así de sentido las vidas de muchas personas probadas por el dolor, que, con tanta frecuencia lo asumen con toda entereza y dignidad. Dios también está ahí, de manera misteriosa pero real. Lo dice Jesús cuando se identifica con los que sufren. Su máxima identificación aparece en la cruz. El judío E. Wiesel cuenta que fue testigo presencial de este suceso en Auschwitz: «Los SS ahorcaron a dos hombres y un chico ante toda la gente del campo reunida. Los hombres murieron rápidamente; la lucha del chico con la muerte duró una media hora. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está?, preguntó alguien detrás de mí. Cuando después de largo rato seguía el chico retorciéndose en la horca, oí que aquel hombre volvía a exclamar: ¿Dónde está Dios ahora? Y oí una voz en mí que decía: ¿Qué dónde está? Ahí está […] pendiendo de la horca».
Clavado en la cruz, Cristo ha asumido todo sufrimiento humano y, sin ningún discurso, ha dado la clave de lo que sólo podemos entender a la luz de la resurrección.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

Don César A. Franco, Obispo de Segovia, ha celebrado esta tarde una eucaristía en el templo de Fuentepelayo. Una misa que ha servido de inauguración de cara al recorrido pastoral que tiene previsto realizar a lo largo de los meses de marzo y abril.


Con estas visitas, que llevarán al obispo a las localidades que comprenden el arciprestazgo de Fuentepelayo, D. César se propone continuar con el objetivo que la diócesis se ha marcado en el Plan Diocesano de Pastoral: «Reavivar con alegría el encuentro personal y comunitario con el Señor y hacerlo visible en nuestra sociedad». Así pues, con la visita al arciprestazgo de Fuentepelayo que ha comenzado esta tarde, don César retoma una andadura que posteriormente le llevará al de Coca-Santa María.


Esta visita se convoca por medio de una carta pastoral que, en esta ocasión, lleva por título: “Dios visita a su pueblo con la Paz”. En ella, el obispo pide que, aunque la visita pastoral se realice en dos arciprestazgos, toda la diócesis la sienta como suya y ore al Señor por sus frutos pastorales.


Para D. César, las visitas pastorales son una manera de hacer visible a Cristo en medio de la sociedad, ya que posibilitan un encuentro más cercano con las personas: tanto sacerdotes, como consagrados y seglares. Asimismo, es un momento especialmente significativo para celebrar la fe junto al que es el sucesor de los apóstoles.

Queridos diocesanos:

Durante este trienio (2018-2021) hemos querido que el objetivo general del Plan Diocesano de Pastoral fuera este: «Reavivar con alegría el encuentro personal y comunitario con el Señor y hacerlo visible en nuestra sociedad». Todas las acciones de la Iglesia buscan el encuentro personal con el Resucitado de manera que, con el poder del Espíritu, podamos hacerlo visible entre nosotros y sea reconocido por los hombres de nuestro tiempo. Esta es la misión de la Iglesia.
Una de las formas de hacer visible a Cristo en nuestras comunidades es la visita pastoral del obispo, que me propongo continuar. A mi llegada a Segovia concluí la que había comenzado mi predecesor en el arciprestazgo de Cuéllar y realicé también la del arciprestazgo de Segovia. El curso pasado visité los arciprestazgos de La Granja-San Medel y Sepúlveda-Pedraza. Este curso me propongo visitar los arciprestazgos de Fuentepelayo y el de Coca-Santa María, si el Señor me concede su gracia.

 

Dice el Papa Francisco que la visita pastoral es «un signo de la presencia del Señor que visita a su pueblo con la paz» (PG 46). Si lo pensamos bien, la revelación cristiana es una magnífica sucesión de visitas de Dios a la humanidad, que, aunque se alejó de él por el pecado, nunca ha dejado de estar en el punto de mira de Dios, en el centro de su amor de Padre. De muchas y diferentes maneras Dios ha visitado a su pueblo, a nuestros antiguos padres en la fe —los patriarcas— a los jueces, profetas y sabios, para infundirles la gracia y la sabiduría para dirigir a su pueblo. El profeta Ezequiel presenta a Dios como el pastor que guiará a su pueblo personalmente, cuidando de todas y cada una de sus ovejas. Este necesidad de ser visitado por Dios está expresada como súplica ardiente en el salmo 106,4: «Acuérdate de mí, por amor a tu pueblo, visítame con tu salvación».
Dios ha respondido a esta súplica de manera desbordante e insospechada enviándonos a su amado Hijo, Jesucristo. Así lo afirma san Lucas: Cuando nace el Bautista, su padre exclama: «Dios ha visitado y redimido a su pueblo». Y, cuando Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín, la gente, sobrecogida de santo temor, dice: «Dios ha visitado a su pueblo». Ciertamente, Jesucristo ha cumplido todas las esperanzas de Israel y de la humanidad, pues en él, Dios mismo ha querido vivir entre nosotros compartiendo toda nuestra existencia. Mediante su resurrección, Cristo se ha constituido en Señor de la historia y en el humilde peregrino que no deja de caminar junto a su pueblo (cf. Lc 24).
Se entiende así que los apóstoles fueran enviados por Cristo para continuar su misión saliendo de Jerusalén en dirección a todas las naciones. Fundaron iglesias que visitaron según sus necesidades, como da testimonio el libro de los Hechos y las cartas de los apóstoles. Dice san Pablo que por tres veces visitó a la comunidad de Corinto (cf. 2 Cor 13,1) para predicar el evangelio y confirmar en la fe a sus miembros. San Pablo era consciente de que Cristo actuaba y hablaba por medio de él («en mí habla Cristo»: 2 Cor 13,3) en beneficio de su pueblo.

1. Hacer visible a Cristo

Gracias al bautismo, que nos hace miembros de Cristo, cada cristiano tiene la capacidad de hacerlo visible en la sociedad. Por ello, la visita pastoral del obispo pretende fortalecer esta convicción para que cada cristiano descubra su enorme dignidad y su misión ineludible: mostrar con sus palabras y hechos que Cristo vive en él y en la comunidad de la que forma parte. Cuando se dice que el obispo confirma en la fe, se quiere decir que nos afianza en la certeza de pertenecer a Cristo, en la profunda convicción de que somos el «signo» de que Cristo vive y ofrece la salvación a todos los hombres. Por eso es fundamental que las comunidades cristianas tomen conciencia de que, gracias a ellas, Cristo se hace presente en un determinado lugar. Todas las acciones de una parroquia —culto, evangelización y caridad— son acciones de Cristo que vive en nosotros y se manifiesta en cuanto hacemos.
Esto no sería posible sin avanzar en la santidad de todo el pueblo de Dios, que pide a cada cristiano vivir con responsabilidad su condición de miembro de Cristo. La santidad no es algo abstracto sino la vida misma transformada por Cristo mediante la oración, la escucha atenta de su Palabra, la participación en los sacramentos y la práctica humilde de la caridad. En la visita pastoral, el obispo, como servidor de la santidad de los cristianos, tiene que alentarlos a no decaer, a participar activamente en la vida de la iglesia y a dar testimonio de su fe con alegría y fortaleza. Su misión es reavivar en cada cristiano la alegría del encuentro con Cristo resucitado gracias al cual podemos caminar seguros hacia la casa del Padre.

2. Encuentro con las personas

«En su visita pastoral a la parroquia —dice el Papa Francisco— dejando a otros delegados el examen de las cuestiones de tipo administrativo, el Obispo ha de dar prioridad al encuentro con las personas, empezando por el párroco y los demás sacerdotes. Es el momento en que ejerce más cerca de su pueblo el ministerio de la palabra, la santificación y la guía pastoral, en contacto más directo con las angustias y las preocupaciones, las alegrías y las expectativas de la gente, con la posibilidad de exhortar a todos a la esperanza. En esta ocasión, el Obispo tiene sobre todo un contacto directo con las personas más pobres, los ancianos y los enfermos» (PG 46).
El encuentro con las personas es fundamental. Lo vemos en la vida de Cristo y de los apóstoles. Hay que reconocer que la organización de la vida actual nos impide con frecuencia mantener estos encuentros de tú a tú con la calma y atención que debiéramos. En la visita pastoral se da prioridad a estos encuentros de manera que los fieles que lo deseen puedan tratar familiarmente con el obispo sobre los asuntos que les preocupan. Animo, pues, a participar en estos encuentros, que habitualmente tienen lugar con el párroco, de manera que, como dice el Papa, el obispo pueda conocer las preocupaciones, las alegrías y las expectativas de la gente. Esto no quiere decir que el obispo tenga la solución y la respuesta a todos los problemas de sus diocesanos, sino que, compartiendo su vida, puede iluminar, orientar, confortar y edificar con la fuerza del Espíritu la iglesia que le ha sido confiada.
En esta Iglesia tienen preferencia los pobres, ancianos y enfermos. En la medida de lo posible, me gustaría poder visitar en sus propios domicilios a quienes están impedidos por la enfermedad o la ancianidad y no pueden participar activamente en la vida parroquial.

3. Celebrar y vivir la fe

El momento culminante de la visita pastoral es la celebración litúrgica de la fe en la eucaristía que implica a toda la persona. Confesar nuestra fe en el Dios manifestado en Cristo, participar en la mesa de la palabra y de la eucaristía, es siempre una gracia inestimable. En la eucaristía tomamos conciencia de ser Cuerpo de Cristo que vive en gozosa comunión la presencia entre nosotros del Resucitado. Reconocemos a Cristo en la fracción del pan que es la mejor invitación a partir nuestro pan con los demás y darnos a los hermanos como se dio él mismo.
Os invito, por tanto, a celebrar la eucaristía como el momento en que la Iglesia se edifica a sí misma a partir de la entrega sacrificial de Cristo. Es el momento de la unidad en la fe y en el sacramento instituido por Cristo, el momento de poner nuestros bienes en común a favor de los pobres, el momento de la alegría pascual y de la esperanza en la vida eterna. Es el día que hizo el Señor porque, gracias a su resurrección, se nos ha dado acceso a la vida eterna.
Dado que la eucaristía edifica la Iglesia, invito a celebrar en ella el sacramento de la confirmación, que nos une más profundamente a la Iglesia mediante el don del Espíritu. Ningún cristiano debe dejar de recibir este sacramento que pertenece a la iniciación cristiana y nos ayuda a tomar conciencia de nuestra vocación y de la misión que tenemos en la sociedad como testigos del Señor. La confirmación acrecienta además nuestra esperanza al ver que niños, jóvenes o adultos dan el paso a una fe más personalizada y decidida a dar testimonio público de la adhesión a Cristo y a su Iglesia. En estos tiempos en que tantos cristianos abandonan nuestras asambleas y silenciosamente reniegan de la Iglesia —sólo Dios conoce sus verdaderos motivos—, quienes reciben el Espíritu Santo en la confirmación alegran el corazón de la Iglesia y son, si se les acompaña en su itinerario de maduración personal, una esperanza para el futuro. Animo, pues, a quienes aún no están confirmados a que se preparen para este sacramento, llamado también de la fortaleza cristiana, pues nos capacita a vivir en medio del mundo luchando con valentía contra todo lo que se opone al Evangelio de Cristo.

4. Oración por la visita pastoral

Aunque la visita pastoral se realice en dos arciprestazgos, pido a toda la diócesis que la sienta como suya y ore al Señor por sus frutos pastorales. La Iglesia es edificación de Dios y necesita la oración de todo el pueblo cristiano. Pido a las comunidades de vida monástica y a los diversos institutos de vida consagrada que se unan en la oración a este momento de gracia, para que el Señor se acuerde de nosotros y transforme nuestra pobreza en abundancia de dones espirituales. Pidamos sobre todo para que el Señor suscite vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada en nuestra diócesis, bendiga a las familias fortaleciendo el amor conyugal y filial y proteja de manera especial a quienes se sienten más necesitados en el cuerpo y en el espíritu. Que aumente en las comunidades cristianas el amor a los pobres, ancianos y enfermos de manera que brille el amor de Cristo por sus predilectos. También os pido que oréis por el obispo y los sacerdotes para que no obstaculicemos la acción del Espíritu y para que, a pesar de nuestra fragilidad, seamos signo del Buen Pastor que visita siempre con amor a su pueblo.
Pongamos esta visita pastoral en manos de Nuestra Señora de la Fuencisla, Madre de la Iglesia, y bajo la intercesión de san Frutos, para que el Señor nos conceda lo que más se dirija a su gloria y a la salvación de nuestro pueblo.

Con mi afecto y bendición

+ César Franco,
obispo de Segovia.

No es fácil hablar de la Cuaresma en tiempos en que se ha oscurecido la conciencia del pecado. Esta situación viene de lejos. Ya Pío XII afirmaba que el problema de su tiempo era la pérdida del sentido del pecado. Si la Cuaresma llama a la conversión, y no hay conversión sin aborrecimiento del pecado, ¿cómo podemos vivirla? A lo sumo, el hombre reconoce que tiene fallos, debilidades, incorrecciones en su comportamiento. El pecado es más que eso: es dar la espalda a Dios y a su amor, y, por tanto, dejar de amar al prójimo como a sí mismo. El pecado es un acto deliberado mediante el cual nos oponemos al plan de Dios, a sus mandatos revelados en la alianza y, en último término, al mandamiento del amor dado por Cristo en la última cena. El pecado es una cuestión de relación entre dos personas que están llamadas a amarse: Dios y el hombre, el hombre y su prójimo.
Cuando Dios llama a la conversión, parte siempre del amor que nos tiene: un amor de padre, semejante y superior al de una madre; un amor de amigo y enamorado, de novio y esposo; un amor que ha tenido su expresión más plena en la entrega de Jesucristo en la muerte y resurrección. Si no comprendemos estos presupuestos, jamás entenderemos el pecado como una ruptura de la relación con Dios que nos deja a la intemperie, en la soledad más radical, en la oscuridad de una vida sin amor. Convertirse es retornar al Dios que nos ama y perdona, caer de nuevo en los brazos del Padre pródigo en misericordia. Convertirse es abrirse al perdón de Dios, que desea restablecer la alianza con nosotros. Por eso, debemos sentirnos pecadores y reconocer que nuestro corazón es de piedra y no de carne cuando nos negamos a amar.
La Cuaresma es el tiempo del retorno a Dios. Para facilitarnos la ayuda necesaria, la Iglesia pone ante nuestros ojos a Jesús, el Hombre Nuevo, que nos educa en la lucha contra el pecado haciendo él mismo penitencia durante cuarenta días y cuarenta noches —esa es la primera Cuaresma— por los pecados de la humanidad. En el desierto Jesús nos enseña luchar contra el Maligno, príncipe del pecado y el mentiroso por excelencia. Fijar la mirada en Jesús es fundamental para aprender la lucha espiritual que se desarrolla en el corazón de cada uno.
Las tentaciones que padece Jesús son el paradigma de las nuestras, porque ha querido asemejarse a nosotros para que viéramos en él lo que debemos vivir en nosotros. Un teólogo de nuestro tiempo ha hablado de las «armas escatológicas» que utiliza Jesús para vencer a Satanás. Estas armas nos defienden de las tentaciones básicas del corazón humano: el afán de riquezas (o de poder), la vanagloria (la impostura de la imagen), la soberbia (que pretende hacernos dioses). Las armas para vencer son claras: la pobreza, entendida como libertad ante toda riqueza; no aspirar a glorias humanas; la humildad como adoración de Dios. Jesús vence a Satanás con la palabra de Dios, que es el pan de cada día; vence con el rechazo de todo milagro que le diera la imagen de un mesías-espectáculo —el showman de lo divino— ; y vence postrándose ante su Padre, el único digno de gloria y poder.
Seguir a Jesús es introducirnos en el desierto interior de nuestro corazón donde se dan las luchas importantes contra el pecado. En esta lucha no estamos solos. Nos acompaña Cristo, triunfador sobre el mal, y nos sostiene la iglesia entera con su liturgia, su oración continua, y sus llamadas a la caridad con nuestros hermanos, porque sólo la caridad garantiza que la oración y el ayuno son sinceros. Vivir la Cuaresma significa que el cristiano se reconoce pecador, ciertamente, pero también sabe que la fuerza de Cristo y del Espíritu le acompañan y no le defraudan.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

 

Como ya es habitual, la Plataforma de Amigos de don Antonio Palenzuela organiza unos
sencillos actos el día 22 de febrero de cada año para mantener vivo el recuerdo del que
fue obispo de Segovia de 1970 a 1995 y que tan honda huella dejó en nuestra diócesis.
En esta ocasión, se cumplían los 50 años de su ordenación episcopal. Por la mañana, se
realizó una ofrenda floral junto a la placa que la ciudad le dedicó en el exterior de la
residencia de las Hermanitas de los Pobres. El breve panegírico compuesto por D. José
María Carlero, estudioso que ha ordenado y clasificado su obra escrita, se centró en la
idea de RE-CORDAR: volver a traer al corazón para actualizar su humildad, empatía,
sabiduría y espiritualidad.

DAP3


Por la tarde, la capilla del Santísimo Sacramento acogió una Eucaristía presidida por el
Deán de la Catedral. La palabra clave de su homilía fue LIBERTAD, la que movió siempre
a don Antonio en su pensamiento y en su labor pastoral. Ubi spiritus, ibi libertas fue el
lema de su episcopado. Tras el acto religioso, los Amigos presentaron una nueva edición
del famoso “libro verde” de 1995, una antología de textos del querido obispo con muchas
de sus reflexiones e intuiciones acerca del mundo y la Iglesia que siguen siendo válidas
hoy, 25 años después de su publicación. La jornada terminó con una sentida oración junto
a la tumba que guarda sus restos.

DAP5


Un día hermoso. Unas 50 personas fieles a don Antonio Palenzuela, escogidos y
entusiastas, disfrutaron con sencillez de estos actos como una pequeña isla en medio del
ruido de la ciudad, entre el tráfico que incesantemente transita junto a la placa de las
Hermanitas y el carnaval que ya se barrunta en los aledaños de la Plaza Mayor. Hoy y
siempre nos hacen falta estos remansos de serenidad que nos lleven al re-cuerdo, a la
reflexión y a la libertad de pensamiento y acción. El ejemplo de don Antonio Palenzuela
nos puede muy bien guiar por este camino.

DAP6

El pueblo de Israel ha tenido siempre una conciencia muy viva de la santidad de Dios. Es el Dios infinitamente santo que ha hecho alianza con su pueblo para hacerle partícipe de su misma santidad. Por eso, la santidad de Dios y la del pueblo judío están estrechamente unidas como aparece claro en la conocida como ley de la santidad judía: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2). La razón de la santidad del pueblo radica en que el Dios Creador ha dejado su impronta en la criatura, de modo que ésta debe reflejar la santidad de Dios. Además, al pactar con su pueblo, Dios le pide que viva sus mandamientos como forma concreta de santidad. Se comprende, entonces, que después de enunciar la ley de santidad —«Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo»—, el Levítico enuncie algunos preceptos que se refieren al amor, como expresión de la santidad de Dios.
En el texto del sermón de la montaña Jesús recoge la ley de santidad de Israel, pero se atreve a reformularla con algunos cambios significativos. Dice así: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,42-48).
Jesús no dice «vuestro Dios», sino «vuestro Padre celestial». Este cambio revela uno de los rasgos de la enseñanza Jesús: Dios es Padre que nos mira como hijos puesto que nos ha engendrado por el bautismo. Los hijos deben adoptar la conducta del Padre, de manera que no deben contentarse sólo con amar a los hermanos de raza, parientes o cercanos, sino que deben extender su amor a los enemigos y perseguidores, porque el Padre celestial hace salir su sol sobre buenos y malos manda la lluvia sobre justos e injustos.
El segundo cambio que hace Jesús es utilizar la palabra «perfectos» y no «santos». No hay oposición entre ambos términos: la santidad a la que debe aspirar el discípulo de Cristo se concreta en la perfección (o plenitud) del amor, es decir, en imitar al Padre bueno. Esta perfección se expresa, a diferencia de la ley mosaica, en el amor a quienes nos persiguen o tenemos por enemigos. La plenitud de la ley consiste en el amor. Por eso, Jesús exhorta a vivir una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, es decir, a superar interpretaciones restrictivas del amor al prójimo reflejadas de modo expresivo en el «ojo por ojo, diente por diente». La perfección de la que habla Jesús no tiene fronteras: supone el cumplimiento íntegro de la Ley, cuyo origen es Dios, el Padre celestial, que nos urge a imitarle en todo. En definitiva, se trata de amar como Dios ama.
Seguramente alguien se preguntará si es posible amar como Dios. Quizás el texto de Mateo induce a confusión, pues dice que seamos perfectos como nuestro Padre celestial. La partícula griega que se traduce por «como» puede tener el significado de «porque», como en la ley de santidad judía. Se invita, pues, a los discípulos de Cristo que sean perfectos «porque» su Padre lo es, aunque no lleguen nunca a imitarle plenamente. No debemos olvidar, además, que Dios es quien infunde su amor en nuestros corazones mediante el Espíritu recibido en el bautismo. Si lo acogemos de verdad, amaremos como Dios ama.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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