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 En la mañana de hoy, Cáritas diocesana de Segovia se ha puesto en comunicación con la Gerencia de Servicios Sociales de la Junta de Castilla y León y con la Subdelegación de Gobierno en Segovia. El motivo, informar de las dificultades con las que se encuentra la Residencia de Mayores de El Sotillo para poder llevar a cabo su misión de atender y proteger a los mayores, las personas más vulnerables en esta crisis sanitaria, y cortar la entrada o circulación del virus en la residencia.

Este objetivo se ve difícilmente lograble en estos momentos, puesto que no se dispone de Equipos de Protección Individual (EPI), tampoco de oxígeno, ni, sobre todo, del personal cualificado necesario para poder sustituir las numerosas bajas laborales que se han suscitado en los últimos días.
Ante esta situación de extrema gravedad por la falta de personal y de material de protección -sumada a la no provisión de éste por parte de la administración pública- y pensando en el bienestar de los mayores, la dirección del centro solicita a las autoridades pertinentes las siguientes medidas:
• La realización de las pruebas de detección de COVID-19 entre los residentes del centro.
• El traslado inmediato de positivos y personas aisladas del centro a estancias medias o lugares habilitados a tal fin.
• Y si llegara el caso, la asunción, por parte de la Gerencia de Servicios Sociales, de la gestión de este Centro, proveyendo todo el personal sanitario y medios técnicos fundamentales, o la intervención de la UME y personal sanitario del ejército en el contexto de la asunción de la responsabilidad por parte de la Administración Pública.
Actualmente la situación, aunque en estos momentos ningún anciano está infectado, es límite debido a las bajas de personal. El centro ha informado a los familiares de los residentes y mantiene la esperanza de que las administraciones puedan cursar las ayudas que desde Cáritas diocesana se han solicitado y que hasta el momento han sido desoídas.

El milagro de la resurrección de Lázaro constituye un puente entre la primera y la segunda parte del evangelio de Juan. La primera parte, llamada «libro de los signos», es un conjunto de milagros a través de los cuales Jesús manifiesta su identidad. Las bodas de Caná, la multiplicación de los panes, el ciego de nacimiento permiten a Jesús hablar de sí mismo con el admirable lenguaje de los signos: él es el vino nuevo de la salvación, el pan bajado del cielo, la luz del mundo que nos permite ver el horizonte trascendente de las cosas. Con el milagro de la resurrección de Lázaro, se llega al clímax de las afirmaciones de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. Ninguna afirmación puede superar a esta que nos habla de Cristo como Absoluto, como el Día último en que resucitarán los muertos.
La segunda parte del evangelio de Juan se llama «libro de la gloria» porque presenta la muerte y resurrección de Jesús a la luz la «gloria» con la que Dios mismo se manifiesta en su propio Hijo. Cuando, al mandato de Cristo de quitar la losa del sepulcro, Marta responde que su hermano lleva ya cuatro días enterrado y huele mal, Jesús replica: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios». La enfermedad y muerte de Lázaro servirá, como dice Jesús a sus discípulos, «para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
¿En qué sentido? Es claro en todo el relato que Jesús desea acrecentar la fe de los suyos y sembrar la fe en quienes aún no creen en él. Entre los judíos, había quienes creían en la resurrección de los muertos, al final de los tiempos, y quienes la negaban, como los saduceos. El milagro de la resurrección de Lázaro manifiesta el ser mismo de Jesús: el es la resurrección y la vida. Pero paradójicamente, este milagro, que suscita la fe en muchos judíos, se convierte en el hecho que provoca la reunión del Sanedrín que decide darle muerte. Así lo dice proféticamente el sumo sacerdote Caifás: «Conviene que uno muera por el pueblo». Y desde aquel día decidieron darle muerte.
Queda aún sin esclarecer una cuestión ya aludida: ¿en qué sentido el milagro de la resurrección revela la gloria de Dios en Jesús? En primer lugar, por el hecho mismo: el poder de resucitar a un muerto sólo pertenece a Dios, que manifiesta así su gloria, su soberanía sobre la vida y la muerte. Pero hay todavía otro motivo latente en el relato. La resurrección de Lázaro anuncia y prefigura la definitiva resurrección —la de Cristo— que hace de su muerte una muerte gloriosa, pues gracias a ella, Jesús atraerá todas las miradas hacia él, es decir, será reconocido como el vencedor de la muerte. Por eso puede decir a Marta: «el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
La fe en Cristo nos introduce ya aquí, en este mundo, en el ámbito definitivo de la Vida. Creer en él y vivir para siempre son las dos caras de una misma realidad. Este evangelio, por tanto, nos dispone a vivir el misterio pascual de Cristo con la esperanza de la vida inmortal, aunque pasemos por el trance de la muerte física. Como a Marta, Jesús nos pregunta: ¿Crees esto? La fe en la resurrección no es una ilusión sin cumplimiento, ni un anhelo sin plenitud: es la señal que define al cristiano, la verdad contundente del Credo que sostiene las demás verdades como la clave de bóveda. Sin la resurrección no hay cristianismo, no hay Cristo. El cristiano afronta la muerte con la serenidad de quien vive ya en la Vida, de quien ha sentido, según dice el poeta J.A. Peñalosa, que «Dios besó al pecador en la mejilla», cuando su Hijo tomó nuestra carne y puede, por tanto, afirmar: «y muerte no es morir si estoy contigo».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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“Sembradores de esperanza”

El 25 de marzo de 2020, solemnidad de la Encarnación del Señor, se celebra la Jornada por la Vida. Este año se ha elegido el lema “Sembradores de esperanza”, título del documento que presentó el pasado mes diciembre la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida sobre cómo acoger, proteger y acompañar la etapa final de esta vida.

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida, ante la situación de pandemia por el coronavirus, añaden una nota complementaria al mensaje habitual que ya habían hecho público. “La celebración de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo tendrá este año una motivación especial”, afirman. Y recuerdan que “hay una razón para no perder la alegría profunda y la esperanza: ”. “En las actuales circunstancias, -continúan- los cristianos debemos seguir siendo en nuestro entorno –con nuestra palabra y ejemplo- sembradores de esperanza, paz y alegría”.

Los obispos se dirigen a las familias, “es momento de cuidarnos unos a otros y de practicar la misericordia (empezando por esa maravillosa obra de misericordia que nos llama a “sufrir con paciencia los defectos del prójimo”) dentro de la familia y con los más cercanos”. Y a los sacerdotes, que en esta Jornada por la vida son sembradores de Esperanza “disponibles a atender las necesidades espirituales de los que se lo pidan y lo necesiten”. “El sacerdote, al igual que Jesucristo, no puede retirarse, ni esconderse ante la cruz, sino que manifiesta a la sociedad que la Iglesia también sale con ellos favoreciendo la vida”, puntualizan.

“Un <sí a la vida> lo dicen aquellos miembros de la Iglesia, especialmente los religiosos y religiosas y tantas personas que siguen manteniendo la acción caritativa”, recuerdan también los obispos. “Ellos hacen posible -precisan- que no se queden desasistidos durante el confinamiento “los de siempre”, como unos descartados, sino que hay una Iglesia que tiene cuidado de que nadie se quede fuera, abandonado y descontado de la lista de los hermanos”.

Además, en esta Jornada de la vida “tenemos que tener muy presente, de manera muy especial, a todo el personal sanitario, que está sembrando la esperanza con su entrega y buen hacer”.

Por último, pedimos al Señor por todos aquellos sacerdotes, diáconos, voluntarios, personal sanitario, miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado y trabajadores y servidores públicos que han sido contagiados y han dado su vida por ayudar a los demás. Todos vosotros sois los grandes sembradores de la Esperanza Cristiana que nos habla de un cielo nuevo y una tierra nueva donde no exista el llanto, el luto ni el dolor y nos alienta a renovar nuestra confianza en Dios y recordar una y otra vez que el sentido de nuestra vida es la esperanza en su salvación.

 

Lea y descargue aquí la nota remitida por los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida.

Lea y descargue aquí la nota complementaria

 

«Alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación» (Lc 21,27)

(Carta pastoral con ocasión de la Semana Santa)

 

Queridos diocesanos:

La dramática situación que vivimos, por causa de la pandemia del COVID-19, me apremia a dirigirme a vosotros para expresar los sentimientos de la comunidad diocesana, que me llegan directamente, de los sacerdotes y los míos propios.
Pasamos por un tiempo de prueba y purificación que el Señor ha permitido en su providencia. La historia del pueblo de Dios, desde Abraham hasta hoy, está forjada con el entramado de pruebas que han provocado, junto al sufrimiento y la muerte, frutos de purificación, paciencia, solidaridad y caridad fraterna. En estos días, la fragilidad y el dolor nos ha unido entre nosotros y con el Cristo sufriente que no deja de acompañar a su pueblo y de padecer con él. Quiero expresar en primer lugar, mi comunión y la de toda la diócesis con aquellos que más han sufrido: los que han muerto o están en grave peligro de fallecer, los familiares y amigos que les acompañan con cariño y profunda compasión. La compañía en el sufrimiento es propia del cristiano, porque responde a la compañía que Cristo ha tenido con nosotros al padecer y morir en la cruz. Os acompañamos con nuestra plegaria y afecto sincero

1. También deseo expresar la gratitud y el reconocimiento de la Iglesia a los que forman esa inmensa familia de sanitarios —investigadores, médicos, enfermeras, auxiliares, celadores y personal de todo tipo de servicios que forman los hospitales— que, de modo tan ejemplar, se han implicado hasta con el riesgo de su propia salud, en la atención a los enfermos de esta pandemia. Sois verdaderos samaritanos que, ante el sufrimiento ajeno, mostráis la capacidad que el hombre tiene de amar y dar la vida por sus hermanos. Para cuantos creemos en Dios, sois expresión viva de sus entrañas compasivas. Os acompañamos con nuestra gratitud, oración y afecto. Soy consciente de que necesitáis en muchos momentos ayuda y consuelo espiritual. Quisiéramos estar físicamente a vuestro lado. No es posible. Pero estamos con vosotros y junto a vosotros, no sólo con el aplauso diario, sino desde la comunión que Cristo ha establecido entre todos los hombres.
Mi pensamiento alcanza también a las fuerzas de seguridad del Estado, policías, militares, guardias civiles, que, como servidores públicos, trabajan para que los ciudadanos seamos responsables en el cumplimiento de las disposiciones dictadas por las autoridades competentes. Hoy mismo me comentaban que en el santuario de la Fuencisla, donde el Santísimo Sacramento es expuesto a la adoración, entran policías y guardias a rezar y volver a sus diversos trabajos. Que la Virgen, nuestra Patrona, os acompañe y sostenga sin desfallecer en vuestro servicio público imprescindible. ¡Gracias por vuestra entrega generosa!
No quiero olvidar a tantas personas, agentes de pastoral y seglares, creyentes o no, que ayudan a personas imposibilitadas en sus necesidades ordinarias y a cuantos consuelan a los que sufren por los medios telemáticos modernos.
Aunque he dejado para el final a los sacerdotes, no son los últimos en su generoso servicio a los demás. Algunos de ellos en Segovia están contagiados. En Italia se ha dado la cifra de 51 muertos. Quiere decir que, como ministros del Señor, no abandonan a su rebaño en momentos difíciles, sino que lo acompañan con diversas iniciativas y con la eucaristía que cada día se ofrece por los fieles, aunque la celebren solos. La eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y en ella nos encontramos unidos con una intensidad que ni siquiera sospechamos. Hermanos sacerdotes, dad gracias a Dios por vuestro ministerio.

2. Muchos se han preguntado durante estos días sobre el sentido de esta pandemia y cómo podemos crecer en nuestra humanidad desde una situación que hace patente el límite mismo de la condición humana: la enfermedad y la muerte. Hay lecciones que se aprenden enseguida, apenas alcanzamos el uso de razón: somos frágiles, mortales. Carecemos de la capacidad de vencer, con nuestras propias fuerzas, el límite que nos aproxima a la muerte. Quizás entendemos mejor ahora el rito que inaugura la Cuaresma: la imposición de la ceniza con sus certeras palabras: acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás. La cultura actual, con su crecida y vana autosuficiencia, nos ha hecho olvidar lo que los grandes filósofos siempre han considerado: el hombre es la caña más frágil del universo. Memento mori. No somos dioses y es locura creer que lo somos. Es de sabios asumir la fragilidad de la que habla la Escritura: «Toda carne es como hierba y todo su esplendor como flor de hierba: se agosta la hierba y la flor se cae» (1 Pe 1,24). Ganaríamos en sabiduría si aprendiéramos esta lección y orientáramos nuestra vida desde actitudes y principios morales que no tengan sólo en cuenta la llamada «sociedad del bienestar», sino la «sociedad del espíritu», ése que cuando se escarba un poco en el hombre, acosado por su límite, florece casi espontáneamente. Como ha dicho un extraordinario poeta mejicano, que fundó un hogar para huérfanos, «soy más que todo esto/ que cabe en la clausura de la piel».
Acompañemos, pues, al hombre en su dolor, ese hombre doliente del que trata V. Frankl en sus escritos humanísticos, pero que nuestra compañía le abra al horizonte que trasciende su fragilidad: el del mundo del espíritu abierto a perspectivas de plena humanidad y de vida eterna. Seamos humildes ante la constatación de la impotencia. Podremos vencer al virus, en efecto, pero jamás venceremos el miedo que nos inculca nuestra condición mortal si no hacemos germinar la semilla de inmortalidad que Dios ha puesto en nuestra carne humilde.

3. Con esta carta quiero, como si fuera un pregón, recordaros que en breve celebraremos la semana santa en la que Cristo aparece como Siervo sufriente de Dios cargando con nuestras enfermedades y dolencias —físicas y espirituales— y venciendo la muerte con su resurrección. Será una semana santa muy atípica, sin casi fieles, privada de su solemnidad, reducida a lo más esencial: el amor ofrecido de Cristo en la eucaristía, en la cruz y en la vida resucitada. Pero en medio de esta sobriedad quedará intacto su misterio como una flor que brota en el desierto, como un manantial en tierra seca capaz de convertir el desierto en un vergel. Todo es esperanza. Por eso, os invito a vivir estos días como el Señor propone. Seguramente nos servirá para entender mejor su anonadamiento, su morir fuera de la ciudad santa de Jerusalén, como un desposeído de su regia ciudadanía, como si fuera un malhechor, un apestado. Aprendamos qué significa vivir hacia dentro de nosotros mismos y hacia dentro de nuestros hogares. Os invito a «celebrar» la semana santa en la «pequeña iglesia» que es vuestra casa. Los padres sois sacerdotes de vuestros hijos. Los mayores sois la rica tradición de nuestro pueblo. Ejerced vuestra veteranía y convocad a la familia en torno a la mesa. Permitidme estas sugerencias:


               + El jueves santo, a la hora de comer, poned en la mesa un pan y una copa de vino, recordando la Cena del Señor. Leed algún pasaje evangélico (el lavatorio de los pies de Juan 13; o la institución de la eucaristía que nos trasmite san Pablo en 1 Corintios 11, 23-34. Y rezad unidos el Padrenuestro dando gracias a Dios por la eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno. Es muy sencillo, ¿verdad?

               + El viernes santo, si tenéis un crucifico, ponedlo en un sitio importante de la casa. Y, cuando paséis junto a él, miradlo con fe —sobre todo a las tres de la tarde, hora de su muerte— besadlo con devoción y dadle gracias porque ha muerto por vosotros. Sed agradecidos con quien se puso en nuestro lugar padeciendo la muerte. Leed algún pasaje de su pasión o el sencillo relato de su muerte y guardad un momento de silencio, como esos que acostumbramos a hacer cuando ocurre una tragedia ¿No os conmueve este regalo inmerecido?

               + El sábado santo, por la noche, encended una vela, como hacemos cuando nos quedamos sin luz eléctrica. Que os ilumine tembloroso ese cirio que ahuyenta la oscuridad. Somos cristianos, hijos de la Luz, Cristo es nuestra luz porque ha resucitado y ha vencido la muerte. Si os atrevéis, cantad el aleluya, porque es la Pascua del Señor, su paso por nuestras vidas.

               Podéis pedir también a vuestros párrocos las sugerencias que nos llegan de la Conferencia Episcopal en este tiempo en que la liturgia ha quedado tan restringida. El Papa Francisco, además, nos ha regalado el don de la indulgencia plenaria que podemos alcanzar —enfermos, familiares, personal sanitario y cuantos no puedan asistir físicamente a la liturgia— participando a través de los medios de comunicación en alguna celebración, leyendo la Palabra de Dios o recitando —con un corazón convertido que rechaza el pecado— las oraciones clásicas (Credo, Padrenuestro, Salve o Avemaría). Con este gesto, el Papa quiere expresar que Dios nos abraza con su misericordia y nos otorga el perdón. Cuando acabe el confinamiento podremos confesar y comulgar haciendo efectiva sacramentalmente la gracia de su misericordia.

4. Hace días comunicaba oficialmente que la misa crismal ha sido aplazada. La Santa Sede ha dado facultad a los obispos para celebrarla en un día que sea posible reunir a la comunidad diocesana. Como sabéis, en esa misa se consagra el santo crisma, se bendicen los óleos de catecúmenos y enfermos y los sacerdotes renuevan sus compromisos sacerdotales. La importancia y significado de esta misa es tan grande que me ha parecido conveniente, en bien de toda la diócesis, trasladarla a la fecha que se comunicará una vez terminado el estado de alarma y el confinamiento. Será así una ocasión providencial para dar gracias a Dios por haber terminado este tiempo de prueba y celebrar con gozo la comunión diocesana. En esta misa, que rompe la austeridad cuaresmal y se celebra —si se puede— el jueves santo por la mañana, la comunidad cristiana desborda de gozo al festejar la gracia de los sacramentos, conferidos mediante el crisma y el óleo santo, y al unirse con los sacerdotes que renuevan sus compromisos de fidelidad a Cristo y a la Iglesia. No he querido celebrar tanta alegría en la soledad de la catedral sin la presencia de los presbíteros y del pueblo santo de Dios. Quiero que esta celebración nos convoque a todos, como pueblo santo que somos, para proclamar que, pasada la tribulación, Dios ha estado grande con nosotros y nos permite recuperar la alegría empañada por esta prueba cantando la victoria de Cristo sobre la muerte. El es el Viviente, el Primogénito de entre los muertos, el que enciende la esperanza en los hombres como hizo un día con los discípulos de Emaús.

Hermanos todos, sentíos acompañados por vuestro obispo. En cada eucaristía os tengo presentes y rezo especialmente por los enfermos y sus familias. Rezo con profundo dolor por quienes enterráis a vuestros seres queridos sin poder hacer el duelo que deseáis, y también por los ancianos de las residencias que teméis al contagio. ¡No temáis, desechad todo pensamiento que os agobie! Que el Señor os proteja de toda tribulación y María, nuestra madre piadosa, cuide de vuestras casas como cuidó la suya de Nazaret.

Con mi afecto y bendición.

 

+ César A. Franco Martínez
Obispo de Segovia

 

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Nos encontramos en una situación de emergencia sanitaria originada por la pandemia del COVID19, el coronavirus. Por este motivo, desde la dirección de la Residencia Cáritas el Sotillo quieren informar a todas las familias de los residentes que, tanto por parte de la dirección como de todos los trabajadores, están empleando todos los medios de que disponen a su alcance para sacar adelante el trabajo.

En el centro atraviesan una situación delicada respecto a las bajas de personal ya que cuentan con una veintena de bajas. Afortunadamente, la mayoría de ellas han sido cubiertas gracias a un gran esfuerzo, dedicación y trabajo. Además, cada trabajador dispone de EPI (Equipo de Protección Individual) para poder desarrollar su labor con la máxima seguridad.

En cuanto a los residentes, todos ellos han sido aislados en sus habitaciones como medida preventiva y diariamente se les practica un control de constantes (saturación y temperatura). Cabe destacar que, a pesar de que en el último mes se han producido tres fallecimientos, NINGUNO ha dado positivo en COVID19.

El protocolo de comunicación con las familias se desarrolla a través del departamento de enfermería, teniendo en cuenta que cualquier incidencia que pueda acaecer será comunicada durante la tarde al familiar responsable del residente. Así, si no se recibe ninguna llamada, se entenderá que todo está dentro de la “normalidad”.

Los responsables del centro entienden el golpe emocional que supone la falta de contacto con los seres queridos, pero destacan que lo primordial es la atención asistencial a los residentes que allí viven. Tanto la dirección como el departamento de enfermería y terapia ocupacional atienden los cientos de llamadas que reciben diariamente. Por este motivo, inciden en que es de vital importancia no saturar las líneas y recomiendan que solo llame un familiar por residente.

«No lo olviden, NUESTRO ÚNICO ESFUERZO, ES EL BIENESTAR DE ELLOS» Pablo de Vega Díaz. Dirección Residencia Cáritas El Sotillo.

REZO PAPA FÁTIMA

 

La pandemia del COVID19, el coronavirus, continúa haciendo estragos no solo en nuestro país, sino a nivel mundial. En esa misma dimensión, la internacional, es donde la Iglesia está demostrando su comunión más que nunca. Así, esta semana hay planteadas tres citas.

El Papa Francisco nos invita a una oración del Padrenuestro el próximo miércoles día 25, día de la Anunciación del Señor, a las 12.00 horas del mediodía.

Ese mismo día, el miércoles 25, los fieles españoles estamos llamados a rezar el rosario junto a nuestros vecinos de la Iglesia portuguesa. Tras él, se procedderá a la consagración de la Península Ibérica y sus islas al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, a la que se tiene una devoción arraigada en tantas diócesis.

Además, el viernes día 27 de marzo, el Santo Padre ha llamado a la oración conjunta tras la que impondrá la bendición Urbi et Orbi desde San Pedro del Vaticano.

Dado que debemos permanecer en nuestros hogares, todas estas citas podrán seguirse a través de TRECE en la televisión y COPE en la radio. Asimismo, las redes sociales oficiales retransmitirán estos actos.

La situación que atravesamos a nivel global a causa del coronavirus ha dado lugar al aplazamiento y cancelación de actividades y eventos en todos los ámbitos, también en el seno de la Iglesia. Así, la Santa Sede, con fecha 19 de marzo de 2020, ha publicado un decreto en relación a la celebración del Triduo Pascual.

Dicho decreto también hace referencia a la celebración eucarística de la Misa Crismal con las siguientes palabras textuales: "El Obispo, valorando el caso concreto en los diversos países, tiene la facultad para posponerla a una fecha posterior".

Por este motivo, el Obispo de Segovia, D. César Franco, ha decidido aplazar la celebración de la Misa Crismal en la Diócesis. A su debido tiempo, se comunicará del día dicha celebración, siguiendo las indicaciones de la Conferencia Espiscopal Española y con el fin de que puedan participar de ella tanto los sacerdotes que renuevan sus compromisos sacerdotales como el resto de los fieles de la diócesis.

MISA CRISMAL APLAZAMIENTO

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La Santa Sede ha hecho público un Decreto de la Penitenciaría Apostólica mediante el que concede indulgencias especiales a los fieles en la actual situación de pandemia a causa del coronavirus. Aquí puede leer el texto oficial:

DECRETO DE LA PENITENCIARIA APOSTÓLICA


Se otorgan Indulgencias especiales a los fieles afectados por la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como coronavirus, así como a los trabajadores de la salud, los miembros de la familia y todos aquellos que, en cualquier capacidad, incluso con oración, los cuidan.

“Alégrate en la esperanza, constante en la tribulación, perseverante en la oración” (Rom 12,12). Las palabras escritas por san Pablo a la Iglesia de Roma resuenan a lo largo de la historia de la Iglesia y guían el juicio de los fieles ante cada sufrimiento, enfermedad y calamidad.

El momento presente en el que toda la humanidad está amenazada, amenazada por una enfermedad invisible e insidiosa, que desde hace mucho tiempo ha entrado fuertemente en la vida de todos, está marcada día tras día por temores angustiados, nuevas incertidumbres y sobre todo un sufrimiento físico generalizado y moral.

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Divino Maestro, siempre ha tenido ayuda para los enfermos de corazón. Como lo indicó san Juan Pablo II, el valor del sufrimiento humano es doble: «Es sobrenatural, porque está enraizado en el misterio divino de la redención del mundo, y también es profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, el su humanidad, su dignidad, su misión” (Carta Apostólica Salvifici doloris, 31).

Incluso el papa Francisco, en los últimos días, ha expresado su cercanía paterna y ha renovado la invitación a rezar sin cesar por los pacientes con coronavirus. Para que todos los que sufren a causa de Covid-19, precisamente en el misterio de este sufrimiento, puedan redescubrir “el mismo sufrimiento redentor de Cristo” (ibid., 30). Esta Penitenciaria Apostólica, ex auctoritate Summi Pontificis, confiando en la palabra de Cristo el Señor y considerando con espíritu de fe que la epidemia actualmente en curso, que se vivirá en términos de conversión personal, otorga el don de Indulgencias bajo las siguientes condiciones.

La Indulgencia Plenaria se otorga a los fieles afectados por el coronavirus, sometidos a un régimen de cuarentena por disposición de la autoridad de salud en hospitales o en sus propios hogares si, con el alma separada de cualquier pecado, se unen espiritualmente a través de los medios de comunicación para la celebración de la Santa Misa, la recitación del Santo Rosario, la práctica piadosa del Vía Crucis u otras formas de devoción, o si al menos recitan el Credo, el Padre Nuestro y una invocación piadosa a la Santísima Virgen María, ofreciendo esta prueba en un espíritu de fe en Dios y la caridad hacia nuestros hermanos y hermanas, con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración según las intenciones del Santo Padre), tan pronto como sea posible para ellos.

Trabajadores de la salud, miembros de la familia y aquellos que, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, exponiéndose al riesgo de contagio, ayudan a los pacientes con coronavirus de acuerdo con las palabras del Divino Redentor: «Nadie tiene amor más grande que esto: dar vida por sí mismos amigos» (Jn 15, 13), obtendrán el mismo don de la indulgencia plenaria en las mismas condiciones.

Además, esta Penitenciaria Apostólica otorga voluntariamente la indulgencia plenaria en las mismas condiciones con motivo de la epidemia mundial actual, incluso a aquellos fieles que ofrecen una visita al Santísimo Sacramento o la adoración eucarística, o la lectura de las Sagradas Escrituras durante al menos media hora, ya sea la recitación del Santo Rosario, o el ejercicio piadoso del Vía Crucis, o la recitación de la Coronilla de la Divina Misericordia, para implorar al Dios Todopoderoso el cese de la epidemia, el alivio para aquellos que están afligidos y la salvación eterna de cuántos ha llamado el Señor a sí mismo.

La Iglesia reza por aquellos que encuentran imposible recibir el sacramento de la Unción de los Enfermos y el Viático, confiando a todos y cada uno a la Misericordia divina en virtud de la comunión de los santos y concede la Indulgencia Plenaria al fiel en el momento de la muerte, siempre que haya estado debidamente dispuesto y haya recitado habitualmente algunas oraciones durante la vida (en este caso, la Iglesia compensa las tres condiciones habituales requeridas). Para lograr esta Indulgencia, se recomienda el uso del crucifijo o la cruz (cf. Enchiridion indulgentiarum, n.12).

La Santísima Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, Salud de los Enfermos y Ayuda de los Cristianos, nuestra abogada, quisiera ayudar a la humanidad sufriente, rechazando de nosotros el mal de esta pandemia y obteniendo todo el bien necesario para nuestra salvación y santificación.

Este decreto es válido a pesar de cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, desde la sede de la Penitenciaría Apostólica, el 19 de marzo de 2020.

Mauro Card. Piacenza, penitenciario mayor

 

Lea y descargue el documento oficial de la Penitenciaría Apostólica

Como en cada diócesis, el bien pasatoral de la misma requiere del obispo la constitucion de un Consejo Presbiteral, esto es, un conjunto de sacerdotes que, como representación del presbiterio, ayuden al Obispo en el gobierno de la diócesis que le ha sido encomendada.

En la Diócesis de Segovia, el Consejo Presbiteral que a día de hoy asiste a D. César fue constituido el 16 de marzo de 2015, por lo que se cumplen los cinco años de duración previstos. Sin embargo, todo el país se encuentra bajo el estado de alarma a causa del coronavirus, por lo que toda reunión queda cancelada. Asimismo, D. César considera preferible que el nuevo Consejo quede constituido tras la celebración de la asamblea presbiteral.

Por este motivo, ha decretado la prolongación sine die y hasta pasada la asamblea presbiteral del actual Consejo tal y como está constituido actualmente.

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Nadie que desee hacer algo malo lo hace a plena luz. Busca la oscuridad. Se esconde de toda mirada. El mal se identifica con las tinieblas. En su diálogo con Nicodemo, Jesús le dice: «Todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz» (Jn 3,20-21). El milagro de Jesús, al curar al ciego de nacimiento, dramatiza esta contraposición entre la luz y las tinieblas. En este «signo» —dice H. Schürmann— «somos introducidos en el centro de la gran contienda entre la luz y las tinieblas que constituye el acontecimiento decisivo del mundo, un acontecimiento dramático en el que paulatinamente en un pobre ciego se va haciendo la luz al paso que en los “judíos”, que representan la humanidad ciega todo se vuelve paso a paso cada vez más tenebroso».

Si leemos con atención el evangelio de este domingo (Jn 9,1-41) descubriremos la maestría del evangelista al contraponer la luz que el ciego recibe de Cristo —desde la física a la espiritual— con las tinieblas en que sus oponentes se van hundiendo con tal de no reconocer que Jesús ha realizado un milagro. La clave para entender este relato, que escenifica la afirmación de Jesús —«Yo soy la luz del mundo»— se nos ofrece en las palabras que le dice al ciego de nacimiento: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9,39).
Como hemos dicho, el ciego —que recibe la gracia de la curación física cuando Cristo le unge los ojos con el barro hecho con su saliva y el polvo de la tierra y le envía a la piscina de Siloé para que se lave— se abre progresivamente al conocimiento de Cristo. Primero reconoce que «ese hombre que se llama Jesús» es un profeta, después afirma que, si le ha sanado, es señal de que viene de Dios, y, por último, termina llamándole «Señor», título reservado a Dios en el Antiguo Testamento, y haciendo una profesión de fe —«Creo, Señor»— postrado ante Cristo.
Este proceso de la oscuridad a la luz contrasta con el de los dirigentes judíos que, obstinados en no reconocer la mesianidad de Jesús, se hunden progresivamente en la oscuridad de su ceguera espiritual. Niegan lo más obvio: que aquel ciego ha sido curado. Y, para justificar este hecho, se atrincheran en su «ciencia teológica», considerando al ciego como un ignorante, amenazándole con expulsarlo de la sinagoga y afirmando que Cristo es un pecador. Más aún, ellos afirman que «ven», es decir, conocen la verdad. Por eso les reprocha Jesús: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece» (Jn 9,41).
Este relato evangélico se utilizó en la iglesia primitiva para una de las catequesis que los catecúmenos recibían precisamente en la Cuaresma como preparación del bautismo, que recibió el nombre de «iluminación» al otorgar la luz de Cristo. Lo explica muy bien san Pablo, en su carta a los Efesios, cuando dice: «Antes sí erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz […] sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas» (Ef 5,9). La vocación profética del cristiano le urge a denunciar el mal en cualquiera de sus formas. Pero esta denuncia no se hace sólo con palabras, sino con una vida que refleja la luz de Cristo. San Pablo se dirigía a paganos que se habían bautizados; hoy podría dirigirse a nosotros con las mismas palabras pues necesitamos que la luz ponga al descubierto muchas obras oscuras que exigen denuncia. También hoy necesitamos esta exhortación: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará» (Ef 5,14).

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

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