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Para poder vivir la Pascua de este año de una manera activa y como ayuda de parroquias y comunidades, durante estos días, iremos compartiendo en la página web de la Diócesis unos materiales elaborados por las Delegaciones de Liturgia de las Diócesis de Astorga, Ávila, Burgos, Ciudad Rodrigo, León, Osma-Soria, Oviedo, Palencia, Salamanca, Santander, Segovia, Valladolid y Zamora… especialmente concebido para estos momentos y para vivirlo en familia.

Este material es un subsidio complementario de las celebraciones en directo, o cuando éstas no se pueden tener.

Desde las Delegaciones de Liturgia, antes de empezar aconsejan seguir estos sencillos pasos:

  • Buscar el momento adecuado (el Domingo de Ramos y Domingo de Pascua puede ser a mediodía, Jueves Santo y Sábado Santo por la tarde-noche previo a la cena y el Viernes Santo por la tarde.
  • Preparar un portátil, ordenador o smart tv para visionar el video del comienzo.
  • Ambientar el lugar (una vela encendida, una biblia abierta, un crucifijo o una imagen del Señor Jesús, un símbolo que haga referencia a la celebración del día tal como indicamos al comienzo de cada celebración).
  • Reunir a la familia, a quienes estáis en el mismo domicilio en la cuarentena en el salón u otro espacio de encuentro, que sea cómodo para orar (para el Domingo de Ramos, Viernes Santo y Domingo de Pascua).
  • El lugar adecuado para el Jueves Santo y el Sábado Santo será la mesa del lugar donde se come en ocasiones especiales.

El esquema de cada día es el siguiente:

  • Introducción (palabras de un adulto y visionado de un video)
  • Oración del padre o madre de familia
  • Lectura del Evangelio (con varios de la familia)
  • Oración de los fieles
  • Padrenuestro
  • Comunión espiritual
  • Oración final
  • Oración a María por el final de esta pandemia.


DESCARGAR MATERIALES: SEMANA SANTA EN FAMILIA

 Domingo de Ramos

Jueves Santo

Viernes Santo

Vigilia Pascual. Sábado Santo

Domingo de Pascua

Caritas Twitter

 

En medio del fuerte impacto sanitario y social de la pandemia del coronavirus, que está causando una grave precariedad social y un intenso sufrimiento en tantas familias de nuestro país, la Iglesia española, a través de Cáritas, la Conferencia Episcopal y los medios de comunicación Cope, TRECE y Ecclesia invitan a vivir la Semana Santa en clave de fraternidad con todos los afectados.

Cáritas Segovia, preocupada por el impacto que esta crisis está generando en nuestra sociedad y en especial en las personas mas vulnerables tanto en el momento actual como a lo largo plazo, se une a esta campaña de captación de fondos con el fin de movilizar la solidaridad de particulares, empresas, instituciones, etc.

Para colaborar puedes hacerlo de las siguientes maneras:

- A través de tu cuenta bancaria electrónica: indicando tu nombre y apellidos, NIF, domicilio añadiendo en el concepto Campaña COVID19. Nuestro número de Cuenta es:
ES90 2038 7627 8260 0013 5015

- También pueden llamar a los teléfonos de Cáritas Segovia (921462820 - 921461188), en horario de mañana de 8h a 15h: indicando nombre y apellidos, NIF, Domicilio, Número de cuenta bancaria (donde desee que hagamos el cargo), importe, número de teléfono y dirección de correo electrónico si se dispone de él. En este caso se le haría un cargo bancario por el importe que nos indiquen.

Ante el Coronavirus DONA. Cada GESTO cuenta.

La celebración del Día del Amor Fraterno en el día de Jueves Santo es un momento privilegiado, en estos días que celebramos como Iglesia la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, para llamar a vivir la fraternidad y hacer vida real el mandamiento nuevo del amor.

Hay formas concretas de expresar esa solidaridad y cercanía con todos aquellos que atraviesan por circunstancias difíciles a causa del coronavirus.

Una de ellas es el gesto que Cáritas y la Conferencia Episcopal proponen para el día de Jueves Santo bajo el lema “La fraternidad alumbra la esperanza”. Se trata de encender una vela en el momento de compartir la cena, acompañado de una oración-bendición.

Con este gesto se invita a unirse a Jesús en su Última Cena y a todos por los que Él se entrega. En un día donde, a causa del aislamiento, sólo hemos podido celebrar la Eucaristía de manera virtual, este gesto nos ayudará a sentirnos, si cabe, más unidos entre nosotros, más en común-unión con todos y con toda la Humanidad sufriente por esta pandemia global. Al encender una vela, nos unimos en comunidad fraterna y alumbramos la Pascua que esperamos.

Otro gesto a través del cual es posible expresar en el Día del Amor Fraterno esa cercanía solidaria con los afectados ante el impacto del coronavirus es canalizar ese compromiso a través del apoyo económico a la campaña de emergencia “Cada gesto cuenta” lanzada por Cáritas para apoyar las necesidades más urgentes de las personas en situación más vulnerable.

Son innumerables las iniciativas solidarias que todas las 70 Cáritas Diocesanas de España y cada una de las Diócesis están desarrollando, bajo el lema “La Caridad No Cierra” para acompañar las necesidades básicas de quienes se encuentran en condiciones de mayor precariedad, como son, entre otros, las personas sin hogar, los mayores o las familias con escasos recursos.

En este Día del Amor Fraterno de 2020, cuando Jesús nos invita a sentarnos a su mesa, a compartir el pan y la vida, a aprender la lección del servicio, es el momento en el que este servicio debemos centrarlo de forma concreta en los golpeados por el coronavirus y, especialmente, en quienes están en situación de mayor vulnerabilidad y exclusión social ante la pandemia.

Algunas actitudes para vivir la fraternidad

Dentro de la llamada que Cáritas y la Conferencia Episcopal lanzan para vivir este año la jornada del Amor Fraterno potenciando el valor de la acogida, se apuntan algunas actitudes que pueden ayudar a vivir el amor fraternal:

  • Mirada atenta para descubrir la necesidad del otro, comenzando por aquellos con quienes compartimos el hogar y el confinamiento.
  • Humildad para reconocer la propia vulnerabilidad y acoger el cariño y la cercanía del otro.
  • Ayuda mutua. Es la hora de una fraternidad inteligente, ejemplar y creativa para superar el individualismo y descubrir que nos necesitamos todos.
  • Compasión. Sentir con el otro y estar al lado compartiendo desalientos y esperanzas.
  • Responsabilidad para cuidarse y cuidar al otro, asumiendo las consecuencias de las propias acciones.
  • Gratuidad. Amar es dar, es dar-se, ofrecer lo que soy y tengo, aunque parezca insignificante.
  • Acompañar como expresión del amor hecho servicio generoso, entregado y cercano.
  • Orar contemplando a Cristo en su Cruz y mirando con ternura a todos los que sufren.
  • Esperanza, la que viene de Cristo resucitado, que ilusiona y abre al futuro porque con la Pascua llegan días de salvación y alegría.

Oración-bendición

Asimismo, y con objeto de acompañar el encendido de una vela en el momento de compartir la cena, Cáritas y la Conferencia Episcopal proponen una oración-bendición:

Gracias Señor, porque nos amaste hasta el final,
hasta el extremo que se puede amar: dar la vida por otro.

Gracias Señor, porque en la última cena
partiste tu pan y vino, para saciar nuestra hambre y nuestra sed…

Gracias Señor, porque en la Eucaristía nos haces UNO contigo,
nos unes a tu vida, en la medida en que estamos dispuestos
a entregar la nuestra…

Gracias Señor, porque en el pan y el vino
nos entregas tu vida y nos llenas de tu presencia.

Gracias Señor, porque quisiste celebrar tu entrega, en torno a una mesa
con tus amigos, para que fuesen una comunidad de amor.

Bendice nuestra cena, Señor; bendice a nuestros hermanos más frágiles
y enfermos con quienes hoy nos sentimos especialmente unidos;
que la fraternidad alumbre para ellos la esperanza.
AMEN.

 

 

carta pastoral jueves santo

 

«Vean vuestras buenas obras y del gloria a Dios» (Mt 5,16)

El Jueves Santo reviste este año una especial significación a causa de la pandemia del coronavirus. Es el día del amor fraterno, que nace de la entrega de Cristo en la Eucaristía, donde reparte su cuerpo y ofrece el cáliz de su sangre a su Iglesia. Comparte con nosotros su existencia para que hagamos lo mismo: entregarnos a los demás. Si él ha lavado los pies de los apóstoles, debemos lavar los pies a los hermanos. Si él ha dado la vida por los hombres, también nosotros debemos ofrecerla a los demás. «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos» (1Jn 3,16).
La situación de pandemia en que vivimos ha puesto de manifiesto que el hombre es capaz de entregarse a los demás plenamente aun con el sacrificio de su propia vida. Así ha ocurrido ya con sacerdotes, personal sanitario y servidores del orden público que han muerto en razón de esta entrega o sufren el contagio. Pero no sólo se contagia el virus. También el bien y el amor es contagioso cuando abrimos nuestro corazón a la verdad de Dios y del hombre. Eso es lo que hace Jesús el celebrar la Nueva Alianza: comunicarnos el amor del Padre y entregarnos el mandamiento del amor.
La Eucaristía que instituye Jesús en el jueves antes de su pasión es una llamada a vivir la comunión de bienes, tanto espirituales como materiales. En los Hechos de los Apóstoles, la misma Iglesia que celebra la «fracción del pan» es la que exhorta a poner los bienes propios a los pies de los apóstoles para vivir la comunión con los más pobres. Una eucaristía que no se expresara en la caridad con los pobres no sería auténtica. Por eso, san Pablo reprocha a la comunidad de Corinto su modo indigno de celebrar la eucaristía: «Cuando os reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho. ¿No tenéis casas donde comer y beber? ¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen?» (1Cor 11,21-22).
Se aproximan tiempos recios, cargados de dificultades para los más pobres y desprotegidos. La Iglesia, como ha hecho siempre, está llamada a vivir desde la eucaristía la comunión con los más pobres, empezando por promover entre nosotros la sobriedad de vida, como enseña el apóstol: «Sed sobrios. Velad» (1Pe 5,8). Debemos regular con austeridad nuestro consumo, renunciar a gastos superfluos, practicar el ayuno como signo de solidaridad con los que no tienen y para compartir con los necesitados no sólo lo que nos sobra sino lo que consideramos necesario, que en muchas ocasiones no lo es. Como dice san Basilio: «Es del desnudo el vestido que guardas escondido en tu baúl… no compartir con los pobres los bienes propios es robarles y quitarles la vida».
La sobriedad de vida requiere centrarnos en lo esencial y poner todas las facultades de nuestro ser al servicio de los más débiles. Supone considerar el tiempo no en beneficio propio, sino a favor de los que sufren la soledad, la ancianidad, el sufrimiento ante la pobreza que tanta angustia causa. ¡Compartamos nuestro tiempo con los demás! Una visión de la Iglesia, fundada sobre el ejemplo de Cristo, nos urge a la creatividad poniendo en marcha iniciativas y cauces que favorezcan la comunión de bienes, según el principio moral de san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1Cor 12,26).
Junto al compromiso personal de cada cristiano, debemos fomentar el testimonio eclesial y comunitario administrando con justicia y caridad los bienes diocesanos, parroquiales y los que pertenecen a instituciones eclesiales como son los santuarios, cofradías y asociaciones cristianas. Sabemos bien que una de las finalidades fundamentales de los bienes parroquiales es, junto al sostenimiento del culto y la promoción de la evangelización, fomentar las obras caritativas de modo que se cumpla entre nosotros lo que dice el libro de los Hechos de la primitiva comunidad: «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma […] Entre ellos no había necesitados» (Hch 4,32.34).
Con el fin de cumplir con esta exigencia pastoral que atañe al cuidado de los pobres, con la ayuda de los diversos consejos diocesanos y de los arciprestes, estudiaremos la manera de regular la administración de los bienes que puedan ser destinados a las personas y familias que han quedado en grave necesidad como consecuencia de esta epidemia. Exhorto, pues, a toda la comunidad diocesana a vivir desde esta conciencia de solidaridad, que nace de la fe en Cristo y de la eucaristía que diariamente celebramos. En este sentido la colecta de Cáritas, que coincide siempre con la celebración del Jueves Santo, ayudará a paliar estas necesidades.
También os pido a cada uno de vosotros, desde la comunidad cristiana a la que pertenecéis (parroquias, cofradías, institutos de vida consagrada), que nos sugiráis o comuniquéis aquellas iniciativas que estiméis oportunas para llevar a cabo el ejercicio de la caridad fraterna. Entre todos podemos hacer más efectiva la administración de los bienes teniendo en cuenta el primado de la caridad. Se trata de cumplir el mandato del apóstol Santiago: «Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (Sant 2,15-16).
Vivamos, pues, en coherencia con nuestra fe que en estos días brilla en la liturgia del triduo sacro, aunque lo celebremos sin grandes asambleas. Es la liturgia universal e imperecedera, pública y comunitaria por sí misma, cuyos efectos llegan a todos a pesar de la pandemia. Nada debe impedir que también brille en el mundo la luz del testimonio cristiano, nuestra hermosa vocación que Jesús resume en estas palabras del sermón de la montaña: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,14-16).
Con mi constante recuerdo de las familias que han perdido un ser querido, de los difuntos, enfermos y todos los que os dedicáis a luchar contra la pandemia, os bendigo de corazón a todos los segovianos y me encomiendo a vuestras oraciones.
En Segovia, a tres de abril de dos mil veinte.

 

+ César A. Franco Martínez
Obispo de Segovia.

La Pascua de resurrección no es una fiesta más en el calendario litúrgico. Es la fiesta por excelencia. Sin la resurrección de Cristo no hay cristianismo. Sin la resurrección de nuestro cuerpo la fe cristiana se desvirtúa por completo. Cuando asistimos a las exequias de un cristiano, percibimos enseguida que la Iglesia proclama que los restos mortales del difunto resucitarán en el día final. Esta convicción la ha recibido de la Tradición que se remonta a Jesús y a los apóstoles. Nuestro cuerpo no es un apéndice del que se puede prescindir. Es parte sustantiva de nuestro ser. Por eso, en las exequias se honra al cadáver con el incienso porque recibirá la gloria de la resurrección, a semejanza del cuerpo resucitado de Cristo.
Al morir, el alma separada del cuerpo vive en la inmortalidad. Creada por Dios, vuelve a Dios y se somete a su juicio. El cuerpo —o, mejor dicho, el cadáver— espera la resurrección en que se unirá al alma para vivir su mismo destino. Este tiempo de separación, que la teología llama escatología intermedia, es un misterio que no llegamos a comprender porque la vida humana se sustenta en la unidad de cuerpo y alma, y no tenemos experiencia de cómo el alma puede vivir separada del cuerpo. Este misterio también se dio en Cristo, paradigma de lo que sucede al hombre. Su alma, separada del cuerpo, descendió al lugar de los justos para proclamar la salvación realizada en su muerte. Su cuerpo permaneció en el sepulcro, unido como el alma a su divinidad, esperando el momento de la unión en la resurrección.
En la resurrección de Cristo, su cuerpo resucita del sepulcro, venciendo así a la muerte. La fe cristiana es clara a este respecto: se trata de la resurrección de la carne realizada ya en Jesús. En él los muertos resucitarán. La Pascua de resurrección es, para entendernos, la nueva creación en la que Dios renueva todas las cosas, empezando con nuestra propia carne. El Cristo que sale del sepulcro es el mismo que tomó carne en el seno de María, el mismo que padeció la muerte y recibió sepultura. Ese Cristo volvió al Padre y se sentó a su derecha, es decir, recibió la misma gloria de Dios, la que tenía junto a él desde la eternidad, pero ahora compartida con nuestra carne. Por eso, puede decir san Pablo que Cristo «nos ha sentado en el cielo con él» (Ef 2,6). Esta frase tan atrevida no se explicaría si nuestra carne no estuviera llamada a la misma gloria del resucitado.
Cuando decimos que la resurrección de Cristo inaugura la nueva creación, afirmamos no sólo la vida más allá de la muerte, sino la transformación de este mundo creado que un día alcanzará toda su belleza y plenitud cuando los muertos resuciten. Negar la resurrección de la carne es el mayor desprecio que podemos infligir a nuestro cuerpo, creado para la gloria, y, en definitiva, supone negar la resurrección de Cristo, porque «si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados» (1 Cor 15,16-17).
Vivamos, pues, la Pascua de resurrección con alegría desbordante. No hay mejor noticia que ésta. Un notable académico de la lengua dice a los cristianos: «Católicos, no os dejéis arrebatar la Gloria de la carne […] Que, sobre todo, el cuerpo sea eterno es la mayor esperanza que se pueda concebir y sólo cabe en una religión cuyo Dios se dejó matar para que también la muerte se salvara. Quienes no tenemos la fortuna de creer, os envidiamos ese milagro, a saber, que para Dios (ya que no para los hombres) nuestra carne tenga la misma dignidad que nuestro espíritu, si no más, porque también sufre más el dolor».

+ César Franco
Obispo de Segovia

 Colores SS

Los colores litúrgicos son aquellos pigmentos específicos que se utilizan para la liturgia cristiana. Son un modo de establecer una conexión "más visual" con el tiempo litúrgico, o bien, con el tipo de evento o celebración a la que asistimos. No obstante, es necesario resaltar que la elección de cada color no es algo fruto del azar, puesto que cada uno de ellos tiene un significado especial.

Fue el Papa Inocencio III, allá por el siglo XIII, el primer pontífice en "hacer oficial" la asociación de determinados colores a los tiempos litúrgicos. Por aquel entonces, eran cuatro: verde, rojo, negro y blanco.

Posteriormente, durante el pontificado de Pío V, en torno a 1570, se incorporaron el rosa y el púrpura. Pero también el dorado y el plateado, reservados ambos para las ocasiones más especiales. Además, en España, contamos el privilegio de usar el color azul, que simboliza la pureza y la virginidad, sólo exclusivamente en la fiesta de la Inmaculada Concepción​ y para fiesta marianas donde la Conferencia Episcopal lo autorice.

En esta ocasión, nos vamos a centrar, exclusivamente, en los colores del tiempo litúrgico en el que nos encontramos, la Semana Santa. En esta época, son tres los colores principales a usar: morado (o púrpura), rojo, blanco y dorado (estos dos últimos de forma conjunta).

  • Morado. El color púrpura simboliza preparación espiritual y penitencia. Se utiliza los días de Lunes Santo, Martes Santo y Miércoles Santo. Teniendo en cuenta que se asocia con el luto, invita al recogimiento, la reflexión y el arrepentimiento. Es una llamada a la preparación para la Pascua que está por llegar.
  • Rojo. Este color simboliza la sangre y la fuerza del Espíritu Santo. Se refiere a la virtud del amor de Dios. Es usado principalmente en las fiestas de la Pasión del Señor como el Domingo de Ramos y el Viernes Santo.
  • Blanco y/o dorado. Este color, el blanco representa a Dios. Simboliza la alegría, pureza, tiempo de júbilo y la paz. Normalmente, el dorado se utiliza en las celebraciones más importantes del año, en este caso, la Vigilia de la Pascua de Resurrección. También el blanco es el color del Domingo de Pascua y el de Jueves Santo, por la tradición de celebrar este día la Misa Crismal en la que se bendicen los óleos que se utilizan durante todo el año.

Una vez que concluye la Semana Santa, el blanco será el color para el Tiempo de Pascua, hasta que lleguemos, cincuenta días más tarde, a la celebración de Pentecostés. Entonces, regresará el color rojo, símbolo del fuego del Espíritu Santo que inunda el corazón de los apóstoles y todos los que hemos recibido la confirmación.

 

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El Santo Padre preside la Santa Misa del Domingo de Ramos invitando a los fieles a no abandonar lo que realmente importa.

Como inicio de una Semana Santa peculiar, que viviremos en nuestros hogares, el Papa Francisco ha presidido la Eucaristía del Domingo de Ramos en una basílica de San Pedro de El Vaticano prácticamente vacía. El Pontífice ha iniciado su homilía asegurando que Dios nos sirvió “dando su vida por nosotros”, es decir, pagó un gran precio por nosotros por una razón: nos ama.

Francisco ha puesto ante nosotros la imagen de la traición que sufrió el Señor: la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. El objetivo es que seamos conscientes de que cuando alguien defrauda la confianza que depositamos en él, es algo “terrible”. Por ello, ha invitado a que seamos sinceros con nosotros mismos: Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Sabedor de nuestra debilidad e inconstancia, el Señor “nos curó” cargando con nuestra infidelidad y borrando nuestra traición para que podamos contemplar al Cristo Crucificado diciendo: Mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús.

En alusión al Evangelio, Francisco ha subrayado la frase de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Una sentencia “dura” que, según ha asegurado, refiere al experimento de la soledad más absoluta del Señor. No obstante, un experimento que es una muestra más de su servicio a nosotros: Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos.

Ante la desolación que vivimos por la pandemia del coronavirus y con el sentimiento de abandono latente, Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”, asegura el Papa.

Así, Francisco ha hecho referencia a la situación que atraviesa el mundo entero debido a la crisis provocada por el coronavirus y ha subrayado que es un drama que nos está obligando a tomar en serio lo que cuenta y a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Por eso, y ante la Semana Santa que hoy comenzamos, ha pedido que en estos días nos pongamos ante el Crucificado y contactemos con aquellos que sufren, están solos o necesitados.

Finalmente, el Papa ha enviado un mensaje a los jóvenes, puesto que hoy se celebra la XXXV Jornada Mundial de la Juventud a nivel diocesano: Queridos jóvenes: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás.

 

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La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española ha hecho pública una nota en relación a la situación de alarma que ha provocado la pandemia y con motivo de la celebración de la Semana Santa.

En la nota, los miembros de la Comisión Ejecutiva señalan que “queremos mostraros nuestro gran afecto y dirigiros con sencillez una palabra de ánimo y esperanza, apoyándonos confiadamente en Dios. Somos discípulos de un Dios que tiene entrañas: se conmovió por Lázaro, su amigo fallecido, por el hijo de la viuda o la hija del centurión, consoló a los tristes y curó a los enfermos y dio su vida en la Cruz para ofrecernos una vida nueva y eterna, como celebramos en la Semana que se inicia este Domingo de Ramos”.

En esta situación desconcertante, para la que nadie estaba preparado, los obispos señalan que “estamos viendo múltiples historias de santidad y variados ejemplos de entrega y heroísmo que muestran cómo el ser humano es capaz de superar grandes desafíos sirviendo a los demás con amor, generosidad, fortaleza y sacrificio”. Al mismo tiempo reconocen y agradecen “la entrega generosa de los profesionales de la salud plenamente volcados en la atención médica y humana a los enfermos, así como a los equipos de investigación que buscan soluciones a la pandemia. También queremos mostrar nuestra cercanía y apoyo a los ancianos y quienes viven en las residencias de mayores. A ellos, garantes de nuestra sabiduría e historia, debemos todo en nuestra vida y es el momento de devolver tanto amor y sacrificio. Nuestro agradecimiento a quienes se empeñan vivamente en cuidarles con cariño y esmero”.

En su nota, agradecen también a los sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos por su dedicación pastoral: celebrando la Eucaristía, atendiendo a las familias y a las personas que viven solas, acompañando a los enfermos; así como a los monasterios de vida contemplativa que mantienen viva la llama de la esperanza con su oración. En especial aprencian “la disponibilidad incansable de los presbíteros y agentes de pastoral para acompañar estos difíciles momentos y sostener a las familias en el duelo con esperanza cristiana“ en los cementerios y en los hospitales y se preguntan si, en estos momentos, “no sería posible producir en nuestro entorno más equipos de protección que, además de proteger al personal sanitario, permitiera la presencia de los familiares más cercanos y la debida asistencia espiritual”.

En lo que se refiere a la atención a los enfermos, los obispos recuerdan el mensaje de la Pontificia Academia para la vida que señala la igual dignidad de toda vida humana, y que el tratamiento a cada persona “no se puede basar en una diferencia en el valor de la vida humana y la dignidad de cada persona, que siempre son iguales y valiosísimas. La decisión se refiere más bien a la utilización de los tratamientos de la mejor manera posible en función de las necesidades del paciente… La edad no puede ser considerada como el único y automático criterio de elección”.

Al agradecimiento a todas las familias y los trabajadores de los diversos sectores “que hacen posible que nuestras vidas puedan seguir adelante”, los obispos de la Comisión Ejecutiva unen su preocupación por la situación de los “más vulnerables, empobrecidos y en riesgo de exclusión” para los que pide y agradece el apoyo de “benefactores, colaboradores y voluntarios por su generosa caridad”. Al mismo tiempo señalan “gran herida en el campo económico, laboral y social del país” y la necesidad de un “el esfuerzo por paliar con altura de miras y sin intereses particulares las consecuencias de esta pandemia que genera sufrimiento y pobreza. Para salir de esta crisis vamos a necesitar más que nunca la colaboración estrecha entre el sector público y el privado, entre las instituciones civiles y religiosas. Hacemos un llamamiento a una alianza de toda la sociedad y sus instituciones en favor de este gran proyecto común”, para lo que “ofrecemos nuestros recursos humanos y materiales para hacer frente a este desafío. Juntos podremos superarlo y vislumbrar el futuro con esperanza”.

Los obispos concluyen con “una llamada a la esperanza, fundada en la resurrección del Señor y en su promesa:

“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)”.

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Mañana es Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, que este año estamos llamados a vivirla y celebrarla en nuestros hogares, cumpliendo esta cuarentena. Nuestros templos están más vacíos que nunca, más en silencio que nunca, pero cada uno de nuestros hogares es una pequeña iglesia donde vivir la fe.

Para poder vivir la Pascua de este año de una manera activa y como ayuda de parroquias y comunidades, durante estos días, iremos compartiendo en la página web de la Diócesis unos materiales elaborados por las Delegaciones de Liturgia de las Diócesis de Astorga, Ávila, Burgos, Ciudad Rodrigo, León, Osma-Soria, Oviedo, Palencia, Salamanca, Santander, Segovia, Valladolid y Zamora… especialmente concebido para estos momentos y para vivirlo en familia.

Este material es un subsidio complementario de las celebraciones en directo, o cuando éstas no se pueden tener.

Desde las Delegaciones de Liturgia, antes de empezar aconsejan seguir estos sencillos pasos:

  • Buscar el momento adecuado (el Domingo de Ramos y Domingo de Pascua puede ser a mediodía, Jueves Santo y Sábado Santo por la tarde-noche previo a la cena y el Viernes Santo por la tarde.
  • Preparar un portátil, ordenador o smart tv para visionar el video del comienzo.
  • Ambientar el lugar (una vela encendida, una biblia abierta, un crucifijo o una imagen del Señor Jesús, un símbolo que haga referencia a la celebración del día tal como indicamos al comienzo de cada celebración).
  • Reunir a la familia, a quienes estáis en el mismo domicilio en la cuarentena en el salón u otro espacio de encuentro, que sea cómodo para orar (para el Domingo de Ramos, Viernes Santo y Domingo de Pascua).
  • El lugar adecuado para el Jueves Santo y el Sábado Santo será la mesa del lugar donde se come en ocasiones especiales.

El esquema de cada día es el siguiente:

  • Introducción (palabras de un adulto y visionado de un video)
  • Oración del padre o madre de familia
  • Lectura del Evangelio (con varios de la familia)
  • Oración de los fieles
  • Padrenuestro
  • Comunión espiritual
  • Oración final
  • Oración a María por el final de esta pandemia.

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Domingo de Ramos

 

Jueves Santo

Viernes Santo

Vigilia Pascual. Sábado Santo

Domingo de Pascua

 

La Semana Santa se inicia con el Domingo de Ramos. Jesús partió desde Betfagé, al otro lado del monte de los olivos, montado en una borriquilla hasta Jerusalén. Este itinerario se actualiza cada año en la llamada procesión de ramos, que, bendecidos, se guardan en las casas como recuerdo. Aún conservo yo palmas de los años pasados en Segovia.
Este año, debido a la pandemia, la procesión no se realizará litúrgicamente. Su simbolismo, sin embargo, no queda afectado por el virus. Podemos vivirlo interiormente. El Papa emérito Benedicto XVI distinguía en la peregrinación, sin separarlas radicalmente, la dimensión externa de la interna. Sin la interna, la externa queda devaluada. Lo mismo puede decirse de las procesiones: sin el camino interior hacia la conversión, lo externo puede resultar ineficaz. Rasgad el corazón, no las vestiduras, decían los profetas.
¿De qué manera puede realizarse esta procesión interior en el domingo de de Ramos? La liturgia de este día tiene dos aspectos inseparables: la procesión de Ramos, en la que Jesús es aclamado con vítores, presenta el triunfo de Cristo como rey pacífico que viene a establecer la paz sin servirse de medios violentos: Es la paz que se establece en el corazón de los hombres mediante la justicia, la humildad y la conversión del corazón. El pueblo lo aclama con cantos y reconoce su señorío. Pero, inmediatamente después, la liturgia proclama el evangelio de la pasión para indicar que la paz que trae Jesucristo es fruto de su pasión y muerte. Se cumple lo que dice Jesús a los discípulos de Emaús: es preciso que el mesías padezca para entrar en su gloria.
Pasión y gloria son inseparables en la vida de Jesús y del cristiano. Procesionar interiormente lleva consigo aceptar la pasión para disfrutar de la gloria. En este tiempo de pandemia podemos hacer este ejercicio espiritual. Todos, de una u otra manera, estamos sufriendo: bien por haber perdido un ser querido o conocido, bien porque vivimos en nuestra familia el sufrimiento de un contagiado, bien porque nos asalta el temor de ser futuras víctimas. Sufrimos también con quienes sufren en una solidaridad fraterna expresada de diversas maneras, con iniciativas nacidas del amor que restauran la imagen tantas veces negativa que tenemos del hombre. En este sentido, padecer con otros y por otros enaltece al hombre. Es parte de su dignidad. El Jesús crucificado por amor ha expresado como nadie que la compasión —padecer con— desvela las entrañas del Dios misericordioso y la dignidad del hombre que es compadecido. Por eso aplaudimos a quienes compadecen, como signo de nuestro respeto y admiración.
La gloria verdadera sólo viene de la entrega de uno mismo. La gloria de la que habla Cristo y el evangelio no es la que recibimos de los hombres. De esta gloria dice Jesús: «¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,44). Esta gloria que viene del único Dios es la que inunda a Jesucristo en su propia entrega: es la gloria del amor, que le lleva a la cruz para vencer la muerte y resucitar glorioso del sepulcro. Es la gloria de su servicio a la humanidad entregando la vida. Es la gloria del Siervo, que, aunque aparezca ultrajado y desfigurado, brilla con el esplendor de una belleza que no se queda en las apariencias sino que desvela el sentido último de la condición humana: entregar la vida por amor. Esa es la verdadera gloria, la que nadie nos puede arrebatar ni oscurecer, ni siquiera la muerte, porque es propio de Dios vencer hasta la misma muerte. Vivir esta pasión y gloria en el interior es realizar una verdadera procesión de ramos.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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