Lunes, 28 Diciembre 2015 22:11

La esperanza no defrauda

La esperanza no defrauda

La Iglesia empieza el año litúrgico con el tiempo de Adviento, que prepara la Navidad. Es un tiempo breve pero intenso porque se necesita mucha intensidad para avivar la esperanza. Hablo naturalmente de la verdadera y definitiva esperanza, que dinamiza al hombre hacia el futuro y le ayuda a pensar que puede ser mejor. Hablo de la esperanza que anida en cada uno de nosotros cuando se reconoce incapaz de ser mejor, de cambiar el corazón de piedra por otro de carne. Hablo de la esperanza de ser amado por lo que uno es y no por lo que tiene o aparenta. Hablo de la esperanza de que este mundo mejore y se trasforme en un mundo justo, fraterno, solidario. Y hablo, sobre todo, de la esperanza que supera el umbral de la muerte, y me sostiene en la fe de que existe la eternidad.

Sostener al hombre en esta esperanza sólo puede hacerlo Dios mismo. Y hasta Dios parece que lo tiene difícil cuando se trata de avivar en el hombre la esperanza. Charles Péguy, uno de los más grandes poetas cristianos del siglo pasado, ponía estas palabras en labios de Dios: «Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas y que crean que mañana irá todo mejor, esto sí que es asombroso y es, con mucho, la mayor maravilla de nuestra gracia. Yo mismo estoy asombrado de ello. Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble, y que brote de una fuente inagotable desde que comenzó a brotar por primera vez como un río de sangre del costado abierto de mi Hijo».

Durante el tiempo de Adviento la liturgia de la Iglesia está cargada de imágenes asombrosas que lanzan un reto al hombre cansado de esperar. Cansado y, al mismo tiempo, urgido a esperar. Se nos habla del desierto que se convertirá en un vergel; del león y del cordero que pacerán juntos; de la estéril que será madre fecunda; de la tristeza y del luto que se transformarán en cántico; de los opresores que serán castigados; de los montes y valles que formarán una calzada recta; de ciegos, sordos y cojos que verán, oirán y saltarán como gacelas; de leprosos que verán su carne limpia; de muertos que resucitarán. ¿Son sólo imágenes poéticas? ¿Son bellas metáforas? ¿De dónde viene esta cambio inaudito?

Dios entra en la escena de los hombres. Eso significa el Adviento. Se trata del advenimiento de Dios a nuestra tierra sedienta de esperanza, necesitada de redención. Es Dios mismo que enciende en el corazón de los pobres, como decía una poetisa, velas de esperanza. Todos somos pobres. Ciertamente, Dios lo tiene difícil cuando nos invita a esperar. ¿Hasta cuándo? dicen los pobres; ¿hasta cuándo?, gritan los humillados; ¿hasta cuándo? gemimos los que sentimos el peso del pecado que nos asedia cada día y nos hace caer. Nos parece que la esperanza es inútil, incapaz de sostener al hombre. Pero no es así. Esa «cosita de nada, esta pequeña niña esperanza» -dice Péguy- es inmortal y «ella sola atravesará los mundos llenos de obstáculos. Como al estrella condujo a los tres Reyes Magos desde los confines de Oriente, hacia la cuna de mi Hijo».

«La esperanza no defrauda», dice san Pablo. Esperar contra toda esperanza es la actitud de Abrahán, de María, de Cristo mismo, el Hijo de Dios, que se aventuró a vivir con nosotros, a sufrir y a morir, para que el hombre nunca perdiera la certeza de que es posible la esperanza de que esta vida tiene un sentido, una finalidad trascendente, un feliz cumplimiento de nuestras anhelos, porque el mismo Dios ha hecho suya nuestra propia carne. Aunque el Adviento dure sólo cuatro semanas, es el tiempo de toda la existencia humana. Por eso el evangelio de hoy nos invita a mantener erguida la cabeza porque se acerca nuestra liberación.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Jueves, 30 Julio 2015 17:50

Terminator: Génesis

Escrito por

2015, CIENCIA FICCIÓN, USA, 125 minutos

D/ ALAN TAYLOR

INT ARNOLD SCHWARZENEGGER (Terminator Abuelo), EMILIA CLARKE (Sarah Connor), JASON CLARKE (John Connor), JAI COURTNEY (Kyle Reese), J.K. SIMMONS (O’Brien), MATTHEW SMITH (T-5000), BYUNG-HUN LEE (T-1000).

Guion: Laeta Kalogridis y Patrick Lussier; basado en los personajes creados por James Cameron y Gale Anne Hurd. Producción: Paramount Pictures. Música: Lorne Balfe. Fotografía: Kramer Morgentau

ARGUMENTO

John Connor envía desde el futuro a su hombre de confianza, a Kyle Reese, para que salve a su madre del terminator que las máquinas han enviado. Pero justo cuando Kyle está siendo transportado observa cómo un terminator infiltrado en las filas de la resistencia ataca a John.

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CALIFICACIÓN: 5, entretenida

En la tarde de ayer el Obispo de Segovia, César Franco, entregó los premios del VI Concurso “Dibujando la Biblia” que organiza el Secretariado de Enseñanza Religiosa. Este año el tema elegido ha sido “Santa Teresa”, por estar celebrando el V Centenario del nacimiento de la gran mística castellana.

Han participado una veintena de colegios de la provincia de Segovia y han sido presentados más de 1500 dibujos. Se han concedido dos premios en cada categoría consistentes en materias escolar y libros. Para los premiados en primer lugar de los cursos superiores el regalo consistía en una plaza en uno de los campamentos organizados por la Escuela Diocesana de Tiempo Libre (EDETIL).



En infantil el primer premio ha recaído en Manuel de Lucas Herrero del colegio Domingo de Soto, y el segundo en Martina Sacristán Barriga del CEIP Arcipreste de Hita (El Espinar). En la categoría de primer ciclo de Primaria los premiados han sido, en primer lugar Lucía López Martín del CEIP El Peñascal quedando Jennifer Lema Becerra del CEIP Santa Eulalia en segundo lugar. Por lo que respecta al segundo ciclo de Primaria el primer premio ha ido a parar a Miranda Campoamor del CEIP Agapito Marazuela y el segundo a Pilar Revilla Pérez del CEO Virgen de la Peña (Sepúlveda). Finalmente, en el tercer ciclo el primer premio ha recaído en Alonso Velasco Gómez del colegio MM. Concepcionistas y el segundo en Daniel Jiménez Rajo del CEIP Diego de Colmenares.



En el acto de entrega de los premios el Obispo agradeció a los niños su participación, a los profesores de religión su tarea, no siempre fácil, y a los padres la decisión de haber elegido para sus hijos la clase de religión. «Una asignatura, afirmó el Obispo, que cuando se explica bien y los padres se interesan por ella es un elemento constitutivo de la formación muy importante. Nos ayuda a entender nuestra cultura».

Los dibujos ganadores y una selección del resto serán expuestos en el Obispado de Segovia, los días 3 y 5 de junio de seis a ocho de la tarde, para que puedan ser visitados por todas aquellas personas que lo deseen.

Lunes, 15 Junio 2015 10:05

Un bocado de pan

Jesús anunció en Cafarnaúm que daría a comer su carne y a beber su sangre. Sus palabras provocaron un enorme desconcierto, escandalizaron y «desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (Jn 6,66). A esta primera desbandada de discípulos se la ha llamado la crisis de Cafarnaúm. El realismo de las palabras de Jesús resultó inaceptable a la razón porque, sin duda, las entendieron de forma burdamente materialista. Les faltó creer en Jesús, a pesar de haber visto la multiplicación de los panes y los peces, y no comprendieron lo que decía.

También entre los Doce surgió el rechazo. De otro modo, Jesús no hubiera preguntado: «¿también vosotros queréis marcharos?». Es Pedro, de nuevo, quien profesa la fe: «¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). Cuando Jesús, en la última cena, pronuncie las palabras de vida eterna —«esto es mi cuerpo, esta es mi sangre»— entendieron que Jesús era capaz de ofrecer a los hombres el pan y el vino que, en sus manos, pasaban a ser su cuerpo y su sangre. Y por primera vez entraron en la mayor comunión que puede darse entre Cristo y los suyos. Entonces comprendieron que él era el Pan vivo bajado del cielo, prefigurado en el maná que Dios dio a los israelitas en el desierto.

Que Dios pueda estar en un bocado de pan es una enorme provocación a la razón. Es la paradoja de que lo infinito pueda ser al mismo tiempo finito. Lo inefable, minúsculo; lo eterno, temporal. Dios hecho niño en Belén y crucificado en el Calvario. Y, en el colmo de la paradoja, hecho bocado de pan. He aquí el núcleo de la paradoja cristiana. Pero, miradas bien las cosas, esto es lo que hace más creíble al cristianismo. Como bien decía Romano Guardini sobre el ser de Cristo, sólo caben dos hipótesis: que sea una locura, o que sea verdad. Herodes tomó por loco a Cristo y lo vistió con una túnica blanca. Cristo guardó silencio ante el ultraje. Pero la mañana de la Resurrección despejó cualquier duda sobre la verdad que encerraba su persona, sus hechos y su enseñanza. San Pablo dirá que la locura de la cruz ha desbaratado la sabiduría del mundo y que la necedad de la predicación evangélica ha desbancado los artificios de la razón autosuficiente. Dios ha triunfado negándose a sí mismo y anonadándose en una carrera hacia abajo, hacia la pobreza radical, hacia el desprecio y la burla, hacia la pequeñez de un bocado de pan. Esto es lo más divino de Dios en su acción por el hombre.

Y ahí está la paradoja: ese trozo de pan consagrado en las manos de Cristo y del más humilde sacerdote que celebra la eucaristía en el último rincón del planeta ejerce una atracción irresistible en los hambrientos y sedientos de la vida eterna. Ante el sagrario y la custodia que porta al Sacramento solemnemente por las calles de nuestras ciudades se postran los sencillos de corazón, los cansados y agobiados por la vida, los sembradores de paz y justicia, los humillados por los poderes de este mundo, los misericordiosos y justos de la tierra que han superado el escándalo de la razón soberbia y adoran al Dios que según la fórmula antiquísima de san Justino se encuentra en el «pan y vino eucaristizados». Dios sale al encuentro del hombre en la
Eucaristía, con sorpresa, como le ocurrió a André Frossard, que no le buscaba, el día de su conversión en una capilla donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento: «Una sola cosa me sorprendió —dice— la Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso».

+ César Franco
Obispo de Segovia

Lunes, 15 Junio 2015 10:03

Jesús y su Reino

LA VOZ DEL OBISPO. Las parábolas que Jesús utiliza para hablar a los hombres del Reino de Dios tienen mucho que ver con los interrogantes que suscitaba su persona y su enseñanza entre los oyentes. Hablaba de la llegada inminente de un Reino, que, sin embargo, tardaba en venir. Decía que los tiempos se habían cumplido, pero nada cambiaba a su alrededor. ¿Dónde estaba la novedad anunciada por Jesús? ¿A qué promesas se refería cuando decía de sí mismo que venía a cumplir lo que afirmaban los profetas? ¿Era Jesús realmente el Mesías?

Incluso hoy, después de tantos siglos de cristianismo, muchos siguen hablando del silencio de Dios porque, a su juicio, Dios no actúa en la historia con la prepotencia que ellos desearían: arrancar la cizaña de raíz, aunque se pierda el trigo. O hacer crecer la semilla, como se hace hoy en ciertas industrias, forzando los ritmos de su crecimiento. El hombre quiere aplicar a Dios su modo de actuar y olvida lo que decía el gran profeta Oseas: «Yo soy Dios, no un hombre» (11,9).

Dios tiene su ritmo, su tiempo, sus caminos, que, venturosamente, no son los del hombre. La parábola de la semilla que crece, sin que el sembrador sepa cómo, mientras él duerme y se levanta cada día, revela una verdad profundamente consoladora, que anima a la confianza. Jesús enseña que su palabra, simbolizada en la semilla, lleva en sí misma el fruto seguro. Posee la eficacia de Dios encerrada en su núcleo. La tierra, afirma Jesús, produce la cosecha ella sola. Y un día el sembrador podrá decir con júbilo: «Ha llegado el tiempo de la siega» (Joel 3,13). Con esta parábola, Jesús anima a la confianza de quienes pueden sentirse defraudados porque no ven crecer en su interior la palabra que Dios siembra cada día; se irritan ante la lentitud del crecimiento y piensan, quizás, que jamás recogerán el fruto esperado. Su parábola juzga también a los «labradores» que quisieran precipitar la cosecha, pensando que son ellos mismos los autores de la gracia y de la conversión de los demás. Se olvidan de que sólo Dios es el dueño de la mies y da a su tiempo el crecimiento.

Una verdad semejante se esconde en la parábola del grano del mostaza, considerada la más pequeña de la semillas. Quienes seguían a Jesús eran vistos por los fariseos y letrados como unos pobrecillos sin cultura. Se les llamaba despectivamente «gente de la tierra», de la que poco podía esperarse. ¿Cómo podría Jesús hacer de ellos los destinatarios y el germen de su Reino? Para responder a esta cuestión, Jesús apela a una verdad constante de la Escritura: Dios escoge lo pequeño, lo último, lo que no tiene apariencia. El profeta Ezequiel había dicho que Dios tomaría una rama tierna y la plantaría en lo alto de un monte y llegaría a ser un cedro noble donde anidarían las aves del cielo. Así sucederá con el pequeño rebaño de seguidores de Jesús que forman la primera iglesia: minúsculo como un grano de mostaza, acogerá en sus ramas a los pájaros del cielo.

Bien miradas las cosas, estas parábolas del Reino retratan a Jesús. Podían llamarse indistintamente parábolas del Reino o del Verbo de Dios. Porque Jesús es el grano de trigo sembrado en la tierra, cuya cosecha es inconmensurable. Mientras el mundo dormía, se levantó de entre los muertos llenando de vida el universo entero. Y siendo el último, el despreciado y humillado, con el rostro desfigurado y sin belleza, es el árbol que sigue creciendo con la energía de la resurrección de manera que todo hombre encuentra en él refugio, acogida, sombra y abrigo, como si fueran pájaros que anidan en sus ramas. Jesús nos ha contado su Reino con palabras bellas. Sólo él podía hacerlo, porque él es el Verbo, la Palabra que cumple lo que dice. Exactamente como había dicho Ezequiel: «Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré» (17,24).

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Domingo, 19 Abril 2015 21:48

Soy yo en persona

Jesús ha venido a espantar los miedos del corazón del hombre. Miedo a la soledad, a la enfermedad y, sobre todo, miedo a la muerte. Con cierta frecuencia, Jesús exhorta a sus discípulos a no tener miedo. Ante la tempestad del lago, ante el peligro de la persecución por la fe, ante el riesgo de perder la vida. También en su despedida, Jesús anima a su pequeño rebaño a confiar, a no temer la separación que conlleva el adiós del Maestro. Anuncia que vendrá, que estará siempre con los suyos, que su partida no es definitiva. Volverá y estará siempre con los suyos hasta el fin del mundo.

Cuando Jesús resucitado se presenta en medio de sus discípulos, dice san Lucas que «llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma». Jesús les espanta el miedo mostrándoles las manos y los pies, atravesados por los clavos, y dejándose tocar para hacerles comprender que era de carne y hueso. Más aún, come delante de ellos un trozo de pez asado. El realismo de la resurrección no puede expresarse de mejor manera, si se tiene en cuenta que Lucas, el tercer evangelista, escribe para cristianos de cultura griega, tan cerrada a una comprensión positiva de la carne. «Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona», dice Jesús mostrándose a sí mismo.

Por la resurrección, Cristo ha pasado a ser el Viviente, que se hace contemporáneo de cada hombre en cada circunstancia que se encuentre. Vive para siempre y se hace el encontradizo con el hombre que soporta sus propios miedos; miedos que, como los negros fantasmas que pintaba Goya, intentan devorarlo. La resurrección de Cristo ha arrojado una poderosa luz sobre la existencia humana al vencer de modo definitivo el fundamento de todos los temores, el miedo a morir, el miedo a la nada, a la infinita soledad de quien, a medida que cumple años, sólo le queda esperar la muerte. El hombre ya no es «el que nace, sufre y muere», como decía Unamuno. No es el hombre arrojado a una existencia sin sentido, o sin futuro. Desde la resurrección de Cristo, el hombre vive con la certeza de estar acompañado por el Viviente.

Esta es la experiencia que han vivido muchos conversos, empezando por Saulo de Tarso, fariseo cabal, que, aún creyendo en la resurrección, se obstinaba en negarse a creer que Jesús pudiera haber resucitado. Desde el encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco, el converso Pablo vivirá con la convicción de que Jesús vive y se hace presente en todas las circunstancias de su vida. Cuando lo conducen ante el gobernador Porcio Festo para juzgarlo, éste reconoce que la única acusación que existía contra Pablo es que afirmaba que un tal Jesús, ya muerto, estaba vivo. No hay forma más sencilla de definir la fe cristiana. Todo se reduce a confesar que Jesús vive, como canta la Iglesia en la noche de Pascua.

En medio de su búsqueda intelectual del sentido de la vida y de su dramática soledad, apartado de su familia en un piso de París, otro converso, el filósofo García Morente, describe así el momento, llamado por él «hecho extraordinario», en que Jesús vino a espantarle los negros fantasmas de su mente para conducirlo a la fe: «Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el momento en que despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. No puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya mismo, en el mismo momento, sin tardar. Me puse de pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí».

+ César Franco

Obispo de Segovia

Domingo, 25 Enero 2015 20:33

¿Qué buscáis?

LA VOZ DEL OBISPO. Es significativo que las primeras palabras de Jesús en el Evangelio de Juan sean: «¿Qué buscáis?». Al darse cuenta que dos discípulos del Bautista le siguen, se vuelve y les dirige la pregunta. No es una mera pregunta, pues está relacionada con el hecho de seguirle. Y esta circunstancia hace de la pregunta una provocación a tomar conciencia de los motivos por los que le siguen. Como si dijera: ¿Qué buscáis al seguirme? De hecho, los discípulos manifestaron su curiosidad sobre el lugar donde vivía Jesús y contestaron: «¿dónde vives?».

Quizás sea mucho decir que estas primeras palabras de Jesús constituyan una clave para entender el cuarto evangelio. Pero tampoco es descaminado. A lo largo de su relato, el evangelista ensarta diversas escenas dónde Jesús, de una o de otra manera, se cuela con sus palabras en los entresijos del alma de los personajes con quien dialoga: Natanael, Nicodemo, la samaritana, el paralítico de la piscina, el ciego de nacimiento, Marta, la hermana de Lázaro, Poncio Pilato; y el fascinante diálogo de Jesús resucitado y Pedro a orillas del lago, que termina con las últimas palabras que pronuncia Jesús: «Tú, sígueme». En todos estos encuentros late la pregunta del inicio: ¿qué buscáis? y en todos ellos se explicita el reto que Jesús ha venido a plantear al hombre: Sígueme. Se puede decir que el Hijo de Dios ha querido hacerse el encontradizo con el hombre para dirigirle estas dos palabras: «¿Qué buscas?» y «sígueme». La primera y la última palabra del evangelio.

El hombre es un buscador insaciable. Busca vivir en plenitud, la felicidad. Tiene un hueco dentro que necesita llenarlo, como escribe Carlos Murciano en su soneto autobiográfico: «Palabra que procuro, mas en vano / llenar tu hueco, rellenar mi hueco». Debajo de la higuera como Natanael, buscando el agua del pozo, como la samaritana, o echándole en cara a Jesús, como Marta, no haber estado junto a Lázaro para evitar su muerte, el hombre —cualquiera sea su condición y su nombre— está hecho para buscar el sentido de su vida, que no puede acallar con curiosidades más o menos anecdóticas, como aquellos dos primeros discípulos: ¿dónde vives?; o, como la samaritana, que pretendía ocultar su grave problema moral con una pregunta piadosa: ¿en qué monte debemos dar culto a Dios? No. Cuando Jesús inquiere, lo hace en profundidad: ¿qué buscas? ¿en qué dirección camina tu alma? ¿hacia dónde te diriges?

La crisis de interioridad que el hombre padece desde hace tiempo, como denuncia el filósofo Sciacca, le impide entrar dentro de sí con determinación y valentía y preguntarse en primera persona: ¿qué busco? Se queda en los aledaños de su ser más íntimo, perdido en la maraña de sus emociones y sentimientos y volcado en la exterioridad. ¡Qué bien lo describe san Agustín al narrar su propia conversión! «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera de mí, y fuera te andaba buscando. Como un engendro de fealdad, me lanzaba sobre la belleza de tus criaturas. Estabas conmigo, pero yo no estaba contigo... Y entonces me llamaste, me gritaste y rompiste mi sordera. Brillaste y resplandeciste ante mí, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste tu perfume, aspiré hondo y te deseé. Te gusté, te comí y te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz».

Cuando los dos discípulos de Juan preguntan a Jesús: «¿dónde vives?», éste les contesta: «Venid y veréis». En realidad, iban siguiendo a Jesús, pero la invitación de Cristo les introduce en una forma nueva de seguirle, que consiste en experimentar dónde vive, es decir, en habitar con él, gustando, comiendo y bebiendo de él, como dice Agustín de Hipona. Y pasaron de la simple curiosidad a la experiencia del encuentro con aquel, que, antes de que lo conocieran, ya los había encontrado.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

Domingo, 25 Enero 2015 20:17

La carne exaltada

LA VOZ DEL OBISPO. El bautismo de Jesús en el Jordán inicia una aventura apasionante que aún no ha llegado a término: es la aventura de la carne humana ungida por el Espíritu de Dios, quien, como si se tratara de una nueva creación, la impulsa hacia la gloria.

Por eso, la fiesta del Bautismo de Jesús cierra el ciclo de Navidad. Puede resultar sorprendente el salto cronológico que se da desde Belén, donde hemos visto nacer al Mesías y ser adorado por pastores y magos, hasta el río Jordán. Aquí, el joven profeta de Nazaret, de unos treinta años, se sumerge en sus aguas para ser bautizado por el Bautista en señal de penitencia. Este salto en el tiempo no lo es en la teología: en el Bautismo se revela definitivamente la identidad personal del Niño de Belén. Ya no se trata de lo que dicen los ángeles, pastores y magos. Según el relato evangélico, cuando Jesús se sumerge en las aguas (eso significa etimológicamente bautismo) y asciende de ellas, se rasga el cielo y se oye la voz del Padre que dice: Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco. Y el Espíritu Santo «bajó sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma» (Lc 3,22) para ungir a Jesús con una fuerza que jamás le abandonará y que trasmitirá, como don divino, a quienes sean bautizados en él. Ya no hay dudas de quién es Jesús. Su Padre las despeja desde lo alto.

¿Qué significa todo este lenguaje, que resultará extraño a quien no esté familiarizado con la Escritura o haya dado la espalda a la realidad sobrenatural? Los estudiosos llaman a este acontecimiento «teofanía», manifestación de Dios. También lo designan como «cristofanía», porque Cristo está en el centro de la revelación. Pero también podemos decir con propiedad que se trata de la manifestación del Hombre nuevo que acontece en Cristo. Permítanme explicarme.

Al asumir el Hijo de Dios nuestra carne, se ha hecho solidario con el hombre de forma inaudita e inefable. Se ha cargado —valga el símil— con un fardo pesado a sus espaldas, dado que nuestra carne, la carne humana, estaba herida por el pecado de Adán. De hecho, si Jesús quiere ponerse en la fila de los pecadores que deseaban hacer penitencia por sus pecados en el Jordán, es para mostrar que no había hecho ascos a la condición humana, ni «se avergonzó de llamarnos hermanos» (Heb 2,11). Quiso ser contado entre los pecadores, sin haber cometido pecado ni haber sido tocado por el viejo Adán. Jesús es el hombre nuevo, el perfecto Adán que restaura al caído. De ahí que su carne reciba la Unción de lo Alto para convertirse en el cauce a través del cual el Espíritu se trasmita a los hombres, sus hermanos, y puedan aspirar a la renovación de todo su ser. No hay visión más positiva de la carne del hombre que ésta manifestada en Jesús, que le hizo exclamar a Charles Péguy: «lo sobrenatural es a la vez carnal».

He dicho que lo que sucede en el Jordán nos afecta a todos los redimidos por Cristo. Nuestra vida consiste en dejarnos invadir por su Espíritu, que descendió sobre nosotros en el Bautismo y nos unió a él con lazo indestructible. Es el Espíritu de los hijos de Dios que nos da la verdadera libertad; el Espíritu de la resurrección que ya ha comenzado a actuar en nosotros hasta el momento final de la resurrección de la carne; el Espíritu de la verdad que nos permite conocerla, amarla y proclamarla a los cuatro vientos; el Espíritu de la justicia y la caridad, que podemos practicar sin temor a sucumbir en nuestra debilidad; el Espíritu de la misericordia que nos capacita para ser iconos del Cristo misericordioso que se acercó a los pecadores y comió con ellos en su mesa porque había venido a buscarlos y hacerlos partícipes de su Reino. Por eso, aquella aventura que comenzó en el Jordán continúa cada día que un redimido por Cristo se deja invadir y guiar por su Espíritu.

+ César Franco

Obispo de Segovia

Jueves, 01 Enero 2015 21:25

Dios con nosotros

VOZ DEL OBISPO. Me alegra profundamente que mi primer artículo en este periódico vea la luz el mismo día que inicio mi servicio como Obispo de Segovia. El papa Francisco me envía a esta antiquísima sede como sucesor de los apóstoles para realizar la misión de Jesús, el Cristo: evangelizar y ofrecer la salvación que nos trae.

Entro en Segovia cuando agoniza el tiempo de Adviento y la Navidad toca a nuestras puertas con su alegría y esperanza desbordantes. Por eso, me apresuro a desear a todos los segovianos una feliz y verdadera Navidad. Aunque es una fiesta que pierde progresivamente su genuino sentido cristiano, late en ella aún el carácter de «Buena Nueva»,  que es el significado de la palabra evangelio. Cuando los primeros cristianos utilizaron esta palabra estaban convencidos de que el nacimiento de Cristo, confesado como Hijo de Dios, era la gran buena noticia para el mundo. Que Dios mismo quisiera ser y llamarse Enmanuel, Dios con nosotros, era el mejor anuncio, capaz de asombrar  a toda la tierra.

Para el pueblo judío, esta noticia resultaba escandalosa, dado el concepto tan inefable que tenían de Dios, incompatible con hacerse sangre y carne, es decir, fragilidad y muerte.  Para la mentalidad griega, el evangelio era pura necedad, pues la carne no merecía el aprecio de los dioses. El hecho es que los cristianos proclamaron el evangelio a los cuatro vientos y ha llegado a los últimos confines de la tierra como una oleada pacificadora de esperanza y alegría. Decir que Dios ha tomado nuestra carne es afirmar que el hombre ha dejado de estar solo, radicalmente solo ante su destino en esta tierra, aunque transcurra en compañía de los hombres. Me refiero a la soledad del hombre que camina, como dice el libro de Job, irremediablemente hasta la muerte.

En la obra teatral «Esperando a Godot», el premio nobel de Literatura Samuel Beckett nos deja una escena sobrecogedora en este diálogo de los dos protagonistas:

«Vladimir: Nos ahorcaremos mañana. (Pausa). A menos que venga Godot.

Estragon: ¿Y si viene?

Vladimir: Nos habremos salvado».

Se discute quién se esconde detrás del personaje llamado Godot. Algunos quieren ver en él a Dios. A mi me gusta pensar, en el contexto existencialista de la obra teatral, que es la salvación anhelada por el hombre desde sus entrañas, el deseo de superar la desesperación que supone la vida sin horizonte trascendente, más allá de la muerte. Israel esperaba que el cielo se abriera y descendiera el Salvador. Los griegos inventaron sus mitos para alimentar su esperanza, y el hombre, quiéralo o no, vive como un drama la espera inevitable de la muerte. El cristianismo proclama que el hombre ha sido salvado por Dios, al asumir éste nuestra condición mortal. Las imágenes de los profetas son elocuentes. Basta la de Isaías para mostrarlo: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló» (9,1). Con gran habilidad, el evangelista Mateo cita estas palabras para presentar el ministerio público de Cristo y su llamada a la conversión. En Cristo ha brillado la luz que pretende alcanzar a cada hombre para disipar toda tiniebla y oscuridad de su corazón y del mundo.

Me alegra, repito, anunciar el Evangelio de la Navidad cuando entro en Segovia. Y vivir esta primera navidad en mi diócesis como testigo de la esperanza de Cristo. El hombre, aún cerrado en sí mismo, sabe que tiene salvación, que puede esperar: está abierto a la posibilidad de esa visita que le cambie, que le transforme y le arranque de cualquier tentación de desesperanza. ¡Cuántos hombres en el umbral de la decepción, se han abierto a Dios! Recordemos a nuestro Manuel García Morente. Cuando se convierte, dice él que «había llegado al fondo de un callejón sin salida» y contemplando a Cristo exclama: «Ése es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da el aliento y los trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho carne de hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear».

Feliz Navidad.

+ César A. Franco Martínez

Obispo de Segovia

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