Secretariado de Medios

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Con hondo pesar no pude celebrar, a causa del COVID, la Eucaristía de despedida de las monjas cistercienses de Santa María y San Vicente el Real, cuyo monasterio, acostado en la ribera del Eresma, en línea con San Juan de la Cruz, el Parral de los Jerónimos, la iglesia de la Veracruz y el Santuario de la Fuencisla ofrece de Segovia una fisonomía mística, heredera de grandes tradiciones espirituales que marcan la historia del Occidente cristiano. Perdemos el Císter, arraigado en la regla de san Benito y reformado por monjes, entre los que destaca san Bernardo de Claraval, que retornaron a las fuentes del ora et labora y a la austeridad tanto artística como litúrgica que se había descuidado por los benedictinos de Cluny.

            Pero quiero hablar sobre todo de sus cuatro monjas que aún habitan el monasterio, ancianas y cargadas de virtudes, que viven su partida como si las arrancaran de raíz de la bendita tierra que han trabajado y amado como una herencia recibida de Dios. La obediencia les conduce al final de sus vidas a otro hogar. Marchan con dolor y esperanza, con nostalgia de su vida escondida en este pequeño paraíso, testigo de la ofrenda de sus vidas, de su plegaria y silencio, de su hospitalidad fraterna, que echaremos de menos los segovianos. Recuerdo la primera vez que celebré la Eucaristía con esta comunidad, cuyo número ascendía entonces a once monjas. Junto al altar, estaba el báculo de la abadesa mitrada (no sé si queda alguna en España con este rango). Bromeé con la madre diciéndole que su báculo era más alto que el mío y le pregunté si eso significaba competencia con mi autoridad. Sonrió como hacen los ángeles y me comentó que ella no lo usaba. En el Císter la autoridad pertenece a Cristo. Ahora, la abadesa ha tenido la gentileza de regalarme el báculo de su toma de posesión, que usaré como recuerdo de la autoridad de las mujeres en la Iglesia (apenas recordada hoy), que se expresa en el servicio y amor mutuo, el cuidado fraterno de la comunidad y la diligencia en la oración y el trabajo que ha hecho del Císter un modelo indiscutible de humanidad y vida en común.

            Desde que la obediencia les dio a conocer el cierre del monasterio he tratado más con estas monjas y he percibido mejor su espiritualidad y virtudes, su extraordinario desprendimiento de los bienes de este mundo, y su deseo de consumar sus vidas fieles al camino de santidad que encontraron en su juventud. Una de ellas, que está ciega, vive acogida en las Hermanitas de los Pobres, porque los carismas se hermanan fácilmente en la caridad. Su rostro rebosa la luz interior del Císter y, aunque no ve, te mira con una ternura indecible, y con la sonrisa de quien todo lo tiene en el Dios que la ama y sostiene.

            Se nos van las monjas cistercienses y, aunque muchos no lo entiendan, Segovia es más pobre sin ellas. Perdemos un hogar de oración y mística pegada a la tierra. Perdemos una tradición de siglos. Nos quedamos sin un reclamo hacia Dios, como la campana que toca a maitines y a las horas canónicas. Hasta el final, cansadas de ordenar y limpiar para dejar todo en orden, han luchado por dilatar su partida. Han podido celebrar el Triduo Sacro y contemplar la ciudad de Segovia desde sus celdas con la oración que nunca nos faltará mientras vivan en el agitado Madrid donde seguirán su camino de santificación. Para mí son santas y lo digo con el orgullo del pastor que conoce a sus ovejas, aunque no tanto como las conoce Cristo, el único que puede entrar en su secreto jardín interior.

Gracias, hermanas, por su entereza, sabiduría, sencillez, obediencia y humildad. Gracias por el testimonio de su vida. ¡Que Dios provea y vuelvan a sonar las campanas que nos inviten a adorar a Dios!

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El director de Cáritas Diocesana de Segovia, Ángel Anaya, ha sido el encargado de inaugurar la nueva sede de la entidad junto al vicario general de la Diócesis de Segovia, Ángel Galindo —en nombre del Obispo, Mons. César Franco, positivo en Covid—. Un acto que se ha desarrollado en el antiguo convento de las hermanas de la Tercera Orden (conocidas como las Juaninas), lugar donde Cáritas ha centralizado todos sus servicios asistenciales.

Durante su intervención, el director de Cáritas Diocesana de Segovia ha subrayado que la razón de ser de la entidad es el servicio a los demás. Por ello, esta «nueva andadura que comienza con la nueva sede no es casualidad, sino que permitirá mantener vivo el espíritu del servicio a los más necesitados». Este cambio va a permitir congregar más servicios y mejorar los existentes, así como atender a un mayor número de personas. «Todos, empleados y voluntarios, entendemos este edificio como un instrumento para poder atender más y mejor a todos los que lo necesitan», ha destacado Anaya.

El director de Cáritas ha dado paso a la hermana María Soledad, de las juaninas, presente en la inauguración. Una intervención emocionada en la que ha agradecido que el convento siga vivo, y siga siendo «casa de Dios para los más necesitados».  

Por su parte, el vicario general de la Diócesis, Ángel Galindo, ha querido recordar que fue al principio de la pandemia cuando, tras el anuncio de la marcha de las juaninas y, con el deseo de mantener este convento, se propuso a Cáritas su uso como sede, entendiendo que el lugar donde se encontraban no permitía atender tanta demanda de asistencia. Asimismo, ha destacado que Cáritas representa la «función solidaria de la Iglesia abierta a todos, creyentes y no creyentes», para concluir deseando que la entidad, desde su nueva sede, siga haciendo «mucho bien a esta ciudad y esta provincia con ese espíritu gratuito, solidario y fraternal» que le caracteriza.

Tras las intervenciones y la bendición, trabajadores, voluntarios y representantes institucionales han acompañado a Ángel Anaya en el recorrido por las instalaciones para conocer, de primera mano, la sede con la que Cáritas ha logrado subsanar la dispersión y los problemas de espacio, lo que se traduce en una mejora sustancial en la atención que presta a los usuarios.

Viernes, 29 Abril 2022 11:53

REVISTA DIOCESANA MAYO 2022

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Los cuatro Evangelios terminan con relatos de apariciones de Jesús a los suyos. Aunque no narran el hecho de la resurrección, las apariciones confirman que Jesús ha vencido la muerte. Está vivo y se manifiesta a los suyos. Con frecuencia, sin embargo, la idea que se tiene de la resurrección es la de un alejamiento de los suyos en un mundo que no tiene relación con el nuestro. Nada más ajeno a la realidad. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Ya el hecho de que diga «yo estoy», en presente, es significativo. La resurrección no aleja a Cristo de los suyos, sino que establece una relación más estrecha que la de su vida terrena. Así lo indica el final de Marcos: «Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (Mc 16,20). Jesús, no solo está con los suyos, sino que coopera en su trabajo.

Esta relación de Cristo con su Iglesia es descrita de modo magistral en el Evangelio de este domingo. Se trata de la última aparición de Jesús en el Evangelio de Juan. Al aparecerse en Jerusalén, Jesús había pedido a los discípulos que fueran a Galilea para verlo. Juan describe este encuentro en Galilea, junto al lago de Tibieríades, donde Jesús había llamado a los primeros discípulos. Los siete apóstoles que estaban allí son sorprendidos por un visitante que les pide pescado para comer. Al responderle que no han pescado nada durante la noche, el visitante les dice que echen la red a la derecha y encontrarán, como así fue. Juan reconoce entonces que se trata de Jesús y Pedro se tira al mar para llegar el primero a la orilla. Los demás llegan a la orilla con una red llena de peces. Concretamente, ciento cincuenta y tres. Pero, cuando llegan a la orilla, ven unas brasas encendidas y sobre ellas un pez y pan. Se trata, sin duda, de una evocación de la Eucaristía; por ello, nadie pregunta a Jesús quién es, porque sabían que era él.

Con este relato tan elocuente, Jesús ha retornado a Galilea, que es como decir que la historia allí empezada continúa también allí. No ha salido de la vida de los suyos, ni de su trabajo ordinario, la pesca. Al hacer el milagro, evoca el que ya hizo cuando llamó a Pedro también después de otra pesca milagrosa. Y Pedro, al arrastrar la red llena de peces hacia la orilla, está cumpliendo su misión: llevar la iglesia, simbolizada en la red, hacia Cristo, su cabeza. Hasta el número de peces —ciento cincuenta y tres— significa la totalidad de los pueblos que creerán en Jesús. Todos caben en la red sin que esta se rompa, porque la iglesia, a pesar de los cismas, es una unidad indestructible. Todo cuadra, por tanto, en la vida de Jesús y en la de la Iglesia. Jesús encomienda su Iglesia a Pedro, pero no desparece de ella, sino que sigue presente haciendo la eucaristía y caminando por delante de los suyos. Así lo sugiere claramente el final del relato. Después de haber examinado a Pedro tres veces sobre el amor, Jesús le dice la palabra clave: Sígueme. Y en pos de Jesús, avanza Pedro seguido por Juan. Hermosa escena en la que, con Cristo a la cabeza, Pedro y Juan siguen sus huellas ante un horizonte abierto, donde, a diferencia de otras apariciones, como la de Emaús, no se dice que Jesús desaparezca. ¡Cómo va a desaparecer si es la cabeza de la Iglesia! Resucitar no significa abandonar este mundo, sino reconducirlo hacia la plenitud. No es difícil imaginar la escena: Jesús camina delante, hacia la plenitud de la historia futura. Detrás van los apóstoles, con la conciencia clara de que Él vive, no ha desaparecido ni lo hará nunca. Está presente.

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En las apariciones del Resucitado, que narran los Evangelios, Jesús quiere dejar claro que posee la misma identidad de quien vivió entre los hombres y murió en la cruz. Mucha gente se pregunta la razón por la que, en algunas apariciones, los testigos no lo reconocen enseguida. Hay una razón teológica y otra pedagógica. En cuanto a la teológica, es obvio que el cuerpo de Jesús ha sufrido una transformación radical sin dejar de ser el mismo. Su cuerpo ha pasado a la gloria de Dios y esto significa que su forma de existir ha cambiado radicalmente. Ya no está sometido a las leyes de espacio y de tiempo y su naturaleza humana se ha perfeccionado haciéndose «espiritual». Lo espiritual no debe entenderse en sentido etéreo, fantasmal, como el de algunas películas de ficción. San Pablo habla de cuerpo «celeste», «espiritual» o pneumático, es decir, el cuerpo que ha alcanzado la perfección a la que Dios nos ha destinado desde la creación. Santo Tomás de Aquino, apoyado en los textos bíblicos, resumía las cualidades del cuerpo resucitado con estas palabras: claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza. Algunas de estas cualidades se describen en los evangelios cuando Jesús aparece y desaparece de repente, atraviesa las puertas y los sitios cerrados o se habla de metáforas relacionadas con la luz, como el relámpago que precede a la remoción de la losa del sepulcro (cf. Mt 28,3), o la aparición a Saulo de Tarso en el camino de Damasco (Hch 9,3).

            En cuanto a la razón pedagógica por la que Jesús no es reconocido de inmediato, como sucede en la aparición a la Magdalena, a los discípulos de Emaús y en el lago de Galilea, los teólogos argumentan de la siguiente manera: las apariciones del Resucitado no son descubrimientos de los discípulos, sino iniciativa de Jesús, que se hace ver. Es Jesús quien desea mostrarse a los suyos en el momento determinado, porque la fe en su resurrección es un don, una gracia que él concede. Su presencia, por tanto, es revelada por él mismo y esto explica esa especie de «juego» que consiste en manifestarse poco a poco, como en un crecimiento hacia la fe que culmina con el reconocimiento de su persona cuando él lo decide. Se puede decir que Jesús, para llevar a los suyos a la fe, utiliza pedagógicamente el método de la revelación progresiva de sí mismo.

            Esta pedagogía de Jesús se sirve, además, de la memoria de la vida anterior. Cuando se aparece a María Magdalena, el momento de la revelación final sucede cuando Jesús pronuncia el nombre de María. En los discípulos de Emaús, Jesús recurre a la fracción del pan, gesto inolvidable para los suyos. En la aparición junto al lago de Galilea, Jesús evoca la pesca milagrosa de su vida pública con otra pesca semejante. Y cuando se aparece a los apóstoles y a Tomás, según leemos en el Evangelio de hoy, Jesús les muestra las señales de la pasión en las manos y el costado. Este es el principio de identidad de su propio cuerpo, que, aunque ha sido trasformado en cuerpo «celeste» o glorioso, sigue siendo el mismo y puede ser reconocido como tal. Por ello, la resurrección confirma que se trata del Crucificado. Esto lo dice muy bien san Juan en el Apocalipsis, que también leemos hoy. Cuando Jesús Resucitado se le revela en la isla de Patmos, le dice: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo» (Apc 1,17-18). No se puede explicar mejor el misterio de la Resurrección. Es lo mismo que dicen los ángeles a las mujeres cuando encuentran vacío el sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,5-6).

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La vicaría general apela al «sentido común» y a la vulnerabilidad para su uso durante las celebraciones litúrgicas y las reuniones

 

Dos años después de la orden recogida en el Boletín Oficial del Estado que obligaba al uso de mascarillas en España, el Consejo de Ministros ha aprobado una nueva disposición publicada en el BOE con fecha de 20 de abril. En virtud de la misma, queda eximida la obligatoriedad de utilizarlas en espacios interiores, entre los que se encuentran los templos y lugares de culto.

Desde marzo de 2020, muchas han sido las restricciones que han alterado el orden habitual de las celebraciones litúrgicas por lo que, la no obligatoriedad legal del uso de mascarillas en interiores permite que los actos de culto en las iglesias retomen el pulso y las costumbres previas a la crisis sanitaria.

No obstante a lo anterior, la vicaría general de la Diócesis de Segovia apela al «sentido común» y prudencia de párrocos y fieles, siendo conscientes de que la pandemia todavía no ha llegado a su fin. Es por esto por lo que se recomienda el uso del gel hidroalcohólico a la entrada de los templos, así como en los presbiterios, para que los sacerdotes lo utilicen antes de la distribución de la comunión.

MASCARILLAS4Asimismo, se recomienda el uso de las mascarillas en aquellas situaciones en la que se tenga contacto prolongado con personas a distancia menor de 1,5 metros. Igualmente, se aconseja la utilización de mascarillas en celebraciones en las que el número de fieles sea elevado. De igual manera, es recomendable su uso en las catequesis y reuniones de grupos parroquiales, puesto que congregan a un buen número de personas en espacios reducidos.

En todo caso, la utilización de mascarillas será obligatoria durante la celebración del Sacramento de la Penitencia tanto para el sacerdote como para el fiel siempre que se realice en confesionario o a distancia inferior a metro y medio. En el caso de residencias de mayores, capellanías de hospitales y velatorios se atenderá a las prescripciones establecidas en cada lugar.

La vicaría general apela a la prudencia y al cuidado de los fieles en situación de mayor riesgo, llamando al «uso responsable» de las medidas de contención en todos los espacios de culto y de reunión de fieles, y deja en manos del buen juicio de los párrocos la decisión del uso o no de las mascarillas en aquellos templos en los que hay espacio suficiente para guardar la distancia recomendable.

Ángel Galindo García
Vicario General

 

La resurrección de Cristo es el acontecimiento trascendental de la historia y el que hace de ella historia de salvación. Que sea un misterio de fe no significa que pertenezca al mundo de las ideas abstractas. El Evangelio de este domingo de Pascua no narra el hecho de la Resurrección. Los Evangelios no dicen cómo sucedió, sencillamente porque trasciende la historia y pertenece al ámbito de Dios. Pero los discípulos vieron al Resucitado, comieron con él, según dice Lucas, y pudieron tocarlo y abrazarlo como las piadosas mujeres. Cuando Pedro y Juan van al sepulcro porque la Magdalena comunica que estaba vacío, corren y ven la piedra desplazada, la sábana mortuoria y el sudario doblado en el lugar donde reposó la cabeza de Jesús. Son las consecuencias de la resurrección, no el hecho mismo. Junto al sepulcro vacío, las apariciones completan lo que podríamos llamar huellas del misterio. El misterio en sí permanece en el ámbito de Dios que ha actuado, según las Escrituras, sacando a su Hijo de la muerte.

            La fe pascual no se edifica sobre un relato, sino sobre el testimonio fidedigno de quienes comieron con Jesús después de resucitar. «Hemos visto al Señor», dicen los primeros testigos. Que esta afirmación resulta creíble se debe a varias razones: Los apóstoles se negaron a dar crédito a las mujeres que decían haberlo visto, como dicen los discípulos de Emaús. Las mujeres, por otra parte, en tiempo de Jesús, no podían testificar en un juicio, por lo que resulta insólito que, de haber sido un embuste la resurrección, se otorgara a las mujeres el papel de testigos. Saulo de Tarso no solo no creía en Jesús, sino que perseguía con saña a sus seguidores para darles muerte. Su conversión resulta inexplicable sin la aparición del resucitado, como testimonia en sus escritos. El nacimiento de la Iglesia en los pocos días que van desde la resurrección a su presencia pública en Pentecostés sería un milagro aún más sorprendente si se niega el hecho de la resurrección. Basta revisar las interpretaciones racionalistas sobre estos datos para reconocer que se necesita más fe para no aceptar la resurrección que para «creer» en las construcciones ideológicas de quienes argumentan desde la llamada «crítica histórica».

            Reducir el cristianismo, como hacía Bultmann y sus seguidores —que, todo hay que decirlo, pronto lo dejaron solo— a una experiencia subjetiva de tipo existencial es suponer que un mito se puede crear en el espacio de un brevísimo tiempo cuando aún viven los testigos —amigos y enemigos— de los acontecimientos. La cristología tiene uno de sus mejores soportes, como señala M. Hengel, en la cronología del Nuevo Testamento. No hubo tiempo para crear el mito, que exige Bultmann en su teoría de la desmitificación. No hubo tiempo para crear un pensamiento tan desarrollado como el elaborado en el llamado tiempo pre-paulino —desde la muerte de Jesús hasta la conversión de Pablo—, que contiene ya los elementos esenciales de la fe cristiana. La aparición del domingo —dominica, dies Domini— es inexplicable sin el acontecimiento de la resurrección, del mismo modo que el monoteísmo resulta inexplicable sin la llamada de Dios a Abrahán, padre de los creyentes. Un Dios que no tuviese capacidad de intervenir en la historia, no sería Dios. Y un Dios que, al asumir nuestra carne, no tuviera el poder de vencer la muerte y salir victorioso del sepulcro, sería un dios inaceptable para la razón, por mucho que a esta le cueste entender el misterio. Pero la fe es, en muchas ocasiones, más razonable que el pensamiento de los hombres. Cuando la Iglesia confiesa la resurrección no se evade de la historia, la hace más comprensible.

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En esta mañana de Lunes Santo, la S.I. Catedral ha vuelto a acoger al presbiterio de la Diócesis de Segovia en la celebración de la Misa Crismal. Una Eucaristía presidida por el obispo D. César Franco, que ha contado con la presencia del Obispo Emérito, D. Ángel Rubio. La presencia de ambos prelados ha dotado de simbolismo a esta celebración, ya especial de pro sí, en la que se ha bendecido el Santo Crisma y los sagrados óleos de catecúmenos y enfermos. Asimismo, y como es habitual, los sacerdotes de la Diócesis han renovado las promesas que realizaron al comenzar su ministerio sacerdotal, y que tienen origen en esa llamada personal que Cristo les hizo y a la que respondieron con un «sí».

            En su homilía, Mons. César Franco ha señalado que esta celebración, la Misa Crismal, es «un anticipo gozoso de la Pascua» con un horizonte de salvación del cuerpo y alma que solo podemos esperar de Dios, el único que puede salvarnos del pecado y la muerte.

          crismal 2 Durante su intervención, era inevitable mencionar la guerra de Ucrania, lugar donde encontramos hoy muerte, desolación y crímenes fratricidas. «Es imposible quedar impasibles ante el horror que el odio y la muerte siembran entre los hombres que somos hermanos», ha señalado el obispo. Cabe recordar que el óbolo entregado generosamente por los sacerdotes de la Diócesis con motivo de esta celebración irá destinado —junto con los donativos del Domingo de Ramos— a colaborar con la emergencia humanitaria de Ucrania.

            Haciendo alusión a los óleos, don César ha recordado que Dios, como Padre, se conmueve ante el sufrimiento de los pueblos y es por eso por lo que envía a su Hijo para que, «con criaturas tan sencillas como el agua, el pan, el vino y el aceite renueve y perfeccione lo que el pecado intenta destruir». Así, ha remarcado que todo aquello que el pecado destruye puede ser restaurado gracias a ese fruto del olivo, «que nos unge como cristianos, nos consagra como ministros, nos fortalece en nuestra fragilidad».

    Antes de renovar los compromisos sagrados asumidos en la ordenación sacerdotal, el obispo ha recordado a la comunidad presbiteral que el Señor actúa por medio de ellos para realizar la salvación en la historia. Asimismo, ha subrayado que «el ministerio sacerdotal no es una estructura inventada por los hombres para organizar la iglesia según los parámetros y pretensiones de cada época», sino que se fundamenta en la figura del Mesías. En esta línea, don César ha señalado que las contradicciones que conlleva el ministerio son las mismas que sufrió Jesús para asegurar que «nuestro ministerio no puede ser entendido desde concepciones de liderazgo que busca, de manera más o menos encubierta, el dominio de los demás (...) Nuestro ministerio se realiza en el (...) Espíritu de Cristo, el mismo que en la acción litúrgica convierte el óleo en crisma de salvación».

            Finalmente, el Obispo de Segovia ha llamado a confiar en que la unción de Cristo es signo de la presencia salvadora de Dios «que ofrece esperanza y alegría a la humanidad, amenazada por todo tipo de esclavitudes».

 

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A continuación reproducimos al completo la homilía pronunciada por Monseñor César Franco Martínez en la Misa Crismal que puede descargar pinchando aquí

 

«He ungido a mi siervo con óleo sagrado»

Homilía para la misa crismal

Segovia, 11 de abril de 2022

 

La Misa Crismal es un anticipo gozoso de la Pascua. La Iglesia, antes de celebrar el triduo sacro, nos ofrece una visión unitaria del misterio de Cristo, al que contempla en esta celebración como primogénito de entre los muertos, el que es, el que era y el que vendrá, el Alfa y la Omega de la historia, el Señor todopoderoso. Confiesa, además, que él nos ha redimido por su sangre y nos ha constituido en «reino y sacerdotes para Dios su Padre» (Ap 1,6). Todos nosotros, por el bautismo y el orden sacerdotal, somos «la estirpe que bendijo el Señor», «sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios» (Is 61,8).

En esta liturgia la Palabra de Dios nos revela el plan del Dios Creador y Renovador del universo que fija su mirada en la humanidad doliente, en los corazones heridos, en los cautivos, en los tristes y los que hacen duelo. Dios viene a consolar, a sanar, a vestirnos de fiesta y ungirnos con el óleo de la alegría. Las vasijas del óleo y del crisma que traeremos en solemne procesión simbolizan los dones de la creación, y en especial el aceite sanador, que recupera su belleza perdida por el pecado, y se nos regala como medicina, santificación y liberación de todas las opresiones que tienen su origen en el pecado. ¡Cuánto necesitamos celebrar hoy esta Eucaristía! Si miramos el mundo con los ojos Dios encontramos muerte, desolación, luto, crímenes fratricidas y sacrílegos, como ha llamado el Papa Francisco a la guerra en Ucrania. Es imposible quedar impasibles ante el horror que el odio y la muerte siembran entre los hombres que somos hermanos. La celebración de hoy tiene como horizonte la salvación integral del hombre — cuerpo y alma — que Dios realiza como Señor del mundo, el único que puede salvarnos del pecado y de la muerte.

El hecho de que una criatura como el aceite se convierta en instrumento de sanación y santificación quiere decir que Dios tiene poder para renovar su creación, y al hombre entero, con el poder de su gracia. Las entrañas de Dios se conmueven ante el sufrimiento de los pueblos y envía a su Hijo para que, con criaturas tan sencillas como el agua, el pan, el vino y el aceite, renueve y perfeccione lo que el pecado intenta destruir. En esta acción litúrgica la creación se renueva y recupera la alabanza primigenia que Dios mismo entonó cuando dijo «que todo era bueno». El poder destructor del pecado no es absoluto. Tiene remedio. El hombre puede ser sanado, restaurado y devuelto a la creación como quien la custodia y perfecciona. La acción de Dios se hace patente en el fruto del olivo, que nos unge como cristianos, nos consagra como ministros, nos fortalece en nuestra fragilidad y nos perfuma con la alegría del evangelio. El duelo, la ceniza y el luto dan paso al consuelo, a las galas de fiesta y a la alegría. Así obra el Dios misericordioso. La creación se ve libre de la esclavitud del pecado, como enseña el Papa Francisco, cuando el hombre reconoce el señorío de Dios en ella y alaba a Dios uniéndose a la alabanza que brota de su misma naturaleza. Y el hombre, unido a todos sus hermanos, alcanza su dignidad plena cuando se mira en el Creador y reconoce que está hecho a su imagen y semejanza.

Para que el plan de Dios se realice en todas sus dimensiones, Dios no se ha contentado con enviar a su Hijo, sino que se ha escogido un pueblo sacerdotal para realizar la liturgia de la creación renovada. El hombre restaurado en Cristo es sacerdote que dirige la creación hacia su término mediante la liturgia del trabajo, del amor conyugal, de la constitución de familias que, como iglesias domésticas, celebran cada día la vida nueva del Resucitado. Queridos cristianos de Segovia, Dios ha puesto en vuestras manos la gozosa responsabilidad de ofrecer vuestras vidas a Dios en el culto de la verdad, la rectitud, la justicia social, la caridad con los más desfavorecidos. Ungidos por el bautismo sois Cristo para la sociedad, el Cristo que hoy nos recuerda que ha venido a ungirnos con su misión de Mesías para que nos convirtamos todos en un pueblo, escogido de entre los pueblos de la tierra, que tiene como título la estirpe del Señor, su descendencia. Ningún cristiano puede renunciar a la misión de Cristo. Se convertiría en sarmiento estéril de la vid, en sal insípida. Renunciaría a la paternidad de Dios que hace de cada uno de nosotros hijos muy amados. Lo que se ha llamado en estos tiempos últimos la «apostasía silenciosa» de los cristianos es una de las causas por las que este mundo va hacia la deriva y se convierte en un desierto donde la acedia engendra, como enseñan los Padres, todo tipo de pasiones, de desolación y de muerte. Dios no expulsó del paraíso a nuestros primeros padres para condenarlos a la infelicidad, sino para que la memoria de su dignidad perdida los llevara a convertir este mundo en una réplica del que disfrutaron en los orígenes de la historia. Para esto vino Jesucristo en la realidad de nuestra carne y actúa ahora en esta liturgia de la misa crismal.

Su acción se hace patente gracias al ministerio que nos concedió a los ministros ordenados. A través de los signos litúrgicos que nos introducen en el misterio inaprensible a los sentidos, Cristo actúa, por medio del obispo y de su presbiterio, para realizar la salvación en la historia. Dios es autor de la liturgia, no el hombre, porque solo Dios puede intervenir en la historia de manera definitiva y eficaz para liberar al hombre y a la creación entera de la esclavitud del pecado.

El ministerio sacerdotal no es una estructura inventada por los hombres para organizar la iglesia según los parámetros y pretensiones de cada época. El ministerio sacerdotal tiene sus raíces y fundamento en la persona misma del Mesías, el Ungido de Dios que ha querido hacernos partícipes de su propia unción y compartir con los elegidos su misión salvadora. Por eso, nuestro ministerio, ahora y siempre, estará marcado por el signo de contradicción que configuró a la persona misma de Cristo. Cualquier intento que lleve al sacerdote a desmarcarse de la contradicción que conlleva el ministerio lo convertirá en un ser aislado, estéril, mundanizado, aceptado quizás por la sociedad del momento, pero extraño para sí mismo y para la Iglesia a la que ha sido destinado. Jesús sufrió en sus propias carnes, como vamos a celebrar en estos días, la contradicción de venir a salvar y ser rechazado; de querer dar la vida y ser condenado a muerte; de revelar los misterios de Dios y ser llamado blasfemo y endemoniado. Nunca pretendió el éxito mundano, ni siquiera ser aceptado con el aplauso de las multitudes. Huyó del intento de nombrarlo rey, guardó silencio ante quienes le juzgaban y se burlaban de él, y, en el colmo del amor, se ofreció en la cruz al Padre desoyendo a quienes le reclamaban que fuera eficaz, que bajara de la cruz y diluyera su identidad agradando a sus contemporáneos.  

¿Quién puede creer, si no es con la gracia de Cristo, que un poco de aceite santifica al hombre? ¿Quién acepta, sin ayuda del misterio, que unas breves palabras pueden absolver al penitente de sus pecados? ¿Quién, en el lecho de muerte, puede reconocer en el óleo de los enfermos que se le promete la inmortalidad si no reconoce en el Crucificado al que resucitará de entre los muertos? Nuestra sociedad, queridos hermanos cristianos y sacerdotes, ha dado la espalda al misterio. Como a Jesús, nos reclaman signos milagrosos, eficaces, como si el poder espiritual que ostentamos pudiera equipararse al poder temporal que tanto daño ha hecho en ocasiones a la Iglesia. Nuestra poder o autoridad está en el Siervo de Dios, muerto y resucitado. Nuestra misión vive de la contradicción del Mesías Jesús, como repetidamente enseña san Pablo. Nuestro ministerio no puede ser entendido desde concepciones de liderazgo que busca, de manera más o menos encubierta, el dominio de los demás, con clericalismos de izquierdas o derechas, si se nos permite hablar así. Nuestro ministerio se realiza en el Espíritu, no en la carne; y no es un espíritu cualquiera —sincretista, ideológico, o meramente humano—, sino que se trata del Espíritu de Cristo, el mismo que en la acción litúrgica convierte el óleo en crisma de salvación, y el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿Pensamos que nosotros, con nuestras capacidades, podemos realizar semejante intercambio? ¿Pensamos que podemos ofrecer al mundo una salvación que nos trasciende y supera al tener su origen en Dios? ¿No es esto motivo suficiente para agradecer a Dios que un día nos eligiera, por medio de su Hijo, para configurarnos con él y participar del ministerio encarnado en su persona?

Cuando dentro de unos momentos renovemos nuestros compromisos sacerdotales que han hecho de nosotros un pueblo sacerdotal y un presbiterio unido por la acción del Espíritu, se nos invita a alegrarnos con toda la creación y alabar a Dios porque ha hecho con nosotros obras grandes. Así hemos proclamado en el salmo responsorial que recoge los contenidos teológicos y espirituales de esta liturgia de alabanza: «Cantaré eternamente tus misericordias, Señor». La razón de este cántico la comunica Dios en persona: «He ungido a mi siervo con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder». A pesar de nuestra pequeñez y pobreza, Dios nos ha ungido y su presencia —simbolizada en la mano y el brazo del Señor— nos hace valerosos. Gracias a su nombre, crecerá nuestro poder. En el mundo somos, ciertamente, un signo de contradicción, como lo fue Cristo, pero la fuerza y el poder del Espíritu —superiores a cualquier dominio temporal— nos acompañarán siempre. Nuestra pobre vida insignificante a los ojos de este mundo se convierte, por la unción de Cristo, en el signo de la presencia salvadora de Dios que ofrece esperanza y alegría a la humanidad, amenazada por todo tipo de esclavitudes. Dios se abaja hasta nosotros; lo hizo en la encarnación, en su pasión y su muerte. Lo hace ahora en el humilde aceite de la alegría, que anticipa ciertamente la unción de su muerte, pero, sobre todo, la gloria que resplandecerá en la solemne vigilia pascual. Cantemos, por tanto, su misericordia, y renovemos nuestra fidelidad que nos permite vivir y actuar como ministros de la salvación. Amén.

 

 

Jueves, 07 Abril 2022 08:33

«Triduo Pascual» Domingo de Ramos

El Triduo Pascual —jueves, viernes y sábado santo— nos permite vivir los acontecimientos de la muerte y resurrección de Cristo como una secuencia histórica que ha sido sacralizada por medio de la acción litúrgica. Dicho de otra manera: el fundamento del Triduo Pascual es la historia misma de los acontecimientos últimos de la vida de Jesús, que, en sí mismos, son la liturgia que él mismo ofrece al Padre. Su vida es el definitivo culto que sustituye el culto de Israel y el de los diversos sistemas religiosos surgidos a través de las edades del mundo. Cristo realiza y da plenitud, en su persona y en su acción, al sacerdocio como mediación entre Dios y los hombres y al sacrificio como ofrenda que reconcilia al mundo con Dios.

            La liturgia cristiana es la acción del mismo Cristo que sucede en nuestro tiempo, para participar de la redención que tuvo lugar en los tres días últimos de su vida. El Triduo Pascual actualiza la gracia infinita que se hizo patente a los ojos de los hombres durante el jueves, el viernes y el sábado que concluyeron la vida de Jesús. Gracias a la liturgia, el tiempo se hace permeable a los misterios de Cristo y, en cierto sentido, nos hacemos contemporáneos de los primeros testigos de su muerte y resurrección. No celebramos algo que se han inventado los hombres, sino la historia salvífica del primer triduo pascual sucedido en la historia.

            El jueves santo celebramos su última cena, en la que nos da su Cuerpo y Sangre por nuestra salvación. Nos hacemos comensales de aquel banquete donde Jesús nos entrega el Sacramento del amor, el Sacerdocio y el mandamiento nuevo. Aquel hecho constituyente de la nueva alianza se realiza aquí y ahora por nosotros y para nosotros hasta el fin de la historia.

            Desde el Cenáculo, salimos acompañando a Jesús hasta el Huerto de los Olivos y desde allí hasta el Calvario, donde el viernes, sobre las tres de la tarde, participamos de su muerte —cruenta entonces, incruenta ahora— que culmina el amor por los hombres. Asumiendo sobre sí mismo el dolor de toda la humanidad, Jesús se ofrece a su Padre, implorando el perdón y abandonando su espíritu en las mismas manos que creó al hombre del polvo de la tierra. La lectura solemne de la pasión del viernes santo dramatiza y actualiza la pasión y muerte de Jesús. Y el silencio que, tras la muerte de Jesús, invade a toda la tierra nos ayuda a entender que no hay palabras para describir la muerte del Hijo de Dios en la tierra de los hombres.

            Desde el Calvario, acompañamos al humilde cortejo que traslada el cuerpo de Jesús hasta el sepulcro, donde reposará mientras su alma desciende al lugar de los justos del Antiguo Testamento, para anunciarles la salvación que alcanza al tiempo que se inicia en la creación del mundo. Con María, aguardamos el momento de la noche santa y gloriosa que celebra la vigilia pascual como acontecimiento central de la salvación, donde la muerte es vencida por la resurrección del Dios inmortal, fuerte y santo, que es Jesucristo. No hay gozo mayor que el de esa noche en que renovamos nuestro bautismo porque, unidos a Cristo, podemos decir que hemos resucitado con él y con él hemos ascendido hasta la gloria del Padre. Es la noche del fuego santificador, del agua vivificadora, de la luz sin ocaso, de la alegría incontenible. Es la nueva creación que, superando la primera, la contiene y la salva de modo admirable, sin que nada de lo creado se pierda, sino que alcance su plenitud en quien es la causa y el fin de toda criatura: Jesucristo. Es la Pascua del Resucitado, la acción definitiva de Dios en la historia, que sumerge a la muerte en el abismo y nos arranca del corazón el triple y solemne Aleluya.

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Viernes, 01 Abril 2022 08:07

REVISTA DIOCESANA ABRIL 2022

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