Sábado, 09 Mayo 2020 11:35

«¿Es tan difícil creer?» Domingo V Tiempo de Pascua

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Es frecuente, en el diálogo pastoral, que personas no creyentes manifiesten su deseo de creer y lo expresen de diversas maneras: si yo tuviera la suerte de tener fe… si alguien me mostrara el camino… La hija de Charles Chaplin, Geraldin, cuenta que su padre era ateo, pero la envió a estudiar a colegios católicos. En cierta ocasión, fue invitado por el colegio de su hija y afirmó: «Querría tanto poder creer, sería tan bello que alguien me convirtiese…».
La fe es un don de Dios, ciertamente. Pero es también una búsqueda del hombre que, en ocasiones, se hace tortuosa y difícil. Hay un camino, sin embargo, en esta búsqueda que siempre da resultado. Consiste en mirar a Cristo, contemplar su persona, observar sus obras. Exactamente es lo que dice él en el evangelio que se proclama en este domingo de Pascua. Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su partida, se entristecen. El Maestro los consuela diciendo que va a prepararles una morada en la casa de su Padre y que ya saben el camino. Tomás, el incrédulo, le replica: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Era claro que no habían comprendido las palabras de Jesús, quien se siente en la necesidad de aclarárselas. Jesús desarrolla su discurso de despedida, que arranca con esta solemne afirmación: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Jesús es el Camino. No dice que el camino sea su enseñanza, su doctrina, sus exhortaciones morales. Él mismo es el camino. De ahí que sea preciso contemplarlo con atención, porque él revela los secretos de Dios. Tampoco está explicación de Jesús parece convencer a todos, porque Felipe, le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Felipe no se contentaba con tener ante sus ojos el camino hacia Dios, quería ver a Dios directamente. Y Jesús, le reprocha su petición con estas palabras: «¡Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre». En cierto sentido, en Jesús tenemos el camino y la meta, porque, si viéndole a él, vemos al Padre, vemos la meta de nuestra peregrinación.
Quien busca creer tiene que clavar su mirada en Jesús y aprender a descubrir en él al Dios eterno. Cuando Charles Chaplin leyó la Historia de Cristo de Papini, le dijo al jefe de la productora que había comprado los derechos del libro: «El papel de Jesús es para mí». Había quedado fascinado por la persona de Jesús. Algo parecido le sucedió a Pasolini cuando leyó el evangelio según san Mateo que llevó al cine con un guión muy pegado al texto evangélico. La persona de Jesús atrae, despierta interés por el mundo que anuncia donde él mismo ocupa, junto al Padre, el lugar preferente. Pero es preciso contemplarlo para llegar a la fe.
También es preciso contemplar sus obras que dan testimonio de él. «Creedme —dice Jesús— yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras». Las obras de Jesús son obras del Padre en él. Sus gestos y actitudes, su trato con las personas, su atención a pobres y enfermos, sus milagros (que Juan llama «signos»), su actividad misionera es revelación de Dios. De ahí que hasta sus enemigos, viendo sus obras, reconocían que Jesús gozaba de una autoridad única y desvelaba como ningún maestro de su tiempo los misterios de la vida y de la muerte, abriendo el horizonte de este mundo creado al increado de Dios. Quien contemple de verdad a Cristo llegará a la fe si su mirada es limpia. Así lo miró el buen ladrón, crucificado a su lado, que obtuvo la promesa del paraíso. Y así lo contempló también el centurión testigo de su muerte que hizo esta solemne confesión de fe: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

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