Viernes, 01 Mayo 2020 12:40

«Pastor y Puerta de la vida» Domingo IV Tiempo de Pascua

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El cuarto domingo de Pascua se centra en el Buen Pastor. No puedo celebrar este domingo sin recordar a quienes, en estos días de confinamiento, nos han abandonado. Pastores y fieles. Todos hemos sufrido. Las familias sin poder acompañar a sus seres queridos. El presbiterio diocesano que no ha podido celebrar unido la eucaristía por quienes han pastoreado el pueblo de Dios en Segovia. Quiero recordar sus nombres: Isidoro Mardomingo, Juan Bayona, Ángel García, Andrés Rodao. Todos ellos nos han precedido en el ejercicio de un ministerio que nos supera, el de Cristo, Pastor y Puerta de las ovejas.
Llama la atención que Jesús utilice esta doble imagen, en apariencia contradictoria, para definirse a sí mismo. Todos entendemos la imagen del pastor, que conoce y reúne a sus ovejas, las llama por su nombre y conduce a verdes praderas. La imagen del Buen Pastor está, sobre todo, asociada a su muerte. Porque Jesús ha arriesgado su vida hasta darla totalmente por salvar a su rebaño. Cuando perdemos la senda, no deja de buscarnos. Y la imagen de Cristo llevando sobre sus hombres la oveja perdida ha inmortalizado su título de Buen Pastor. En esta búsqueda afanosa del hombre, Jesús ha pasado por la cañada oscura de la muerte, precediéndonos, para que cuando tengamos que pasar por ella, no nos encontremos solos. El cristiano nunca muere solo, ni siquiera el que no ha podido aferrarse a la mano de un ser querido o sentir su presencia junto al lecho. El cristiano muere acompañado de Cristo, que nos toma de la mano para llevarnos al Padre.
Más compleja, aunque no imposible de entender, es la imagen de la puerta. Jesús dice dos cosas: sólo el que entra por la puerta del aprisco es el pastor. El bandido salta por otra parte. Pero, al mismo tiempo, afirma que él mismo es la puerta y que, por medio de él, «se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos». Son dos imágenes complementarias que iluminan la misión de Cristo. La primera subraya la condición de dueño del rebaño, que entra por la puerta. La segunda hace referencia a su condición de Redentor que ha dado su vida abundantemente para que el hombre entre y salga por él para salvarse. Entramos por Cristo, ciertamente, cuando somos bautizados —es la entrada en su aprisco de vida eterna— y recibimos los sacramentos, donde la vida brota a raudales. Y salimos por Cristo —en el morir— para heredar el Reino de Dios. Cuando Jesús muere, su costado queda abierto definitivamente para adentrarnos en las praderas infinitas de Dios, donde no hay llanto, ni luto ni dolor —según el Apocalipsis— porque la muerte ha sido vencida.
Entrar y salir por Cristo es una imagen entrañable de la libertad que el hombre ha adquirido gracias a Cristo. Sólo en la casa de uno se tiene la libertad de entrar y salir con la certeza y confianza de hallarse en su propiedad. Cristo es nuestra propiedad, nuestra casa y refugio. Nosotros le pertenecemos, y él nos pertenece. Es nuestro, nadie nos lo puede arrebatar; y él jamás nos soltará de su mano. ¿Quién puede apartarnos del amor de Cristo? se preguntaba san Pablo. Nada ni nadie. Por eso, el dolor que deja la ausencia de quienes se han ido, aunque sea en esa dramática soledad de familiares y amigos, no puede ensombrecer la certeza de que Cristo los ha llevado sobre sus hombros, atravesando el oscuro túnel de la muerte, y los ha introducido en las verdes praderas de su Reino. Han entrado por la puerta de su costado abierto y han visto la luz de la otra ladera, la luz inmarcesible que no conoce ocaso. Demos gracias a Dios por nuestros sacerdotes y fieles que nos han precedido en la fe y en la esperanza que alientan nuestro camino.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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