Jueves, 16 Abril 2020 11:26

«El miedo que cierra las puertas» II Domingo Tiempo de Pascua

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En el segundo domingo de Pascua proclamamos en el evangelio las dos apariciones de Jesús a los discípulos en una casa, supuestamente el cenáculo, donde Jesús había celebrado la cena pascual. En las dos apariciones se dice que estaban con las puertas cerradas. En la primera, se apostilla que era por miedo a los judíos.
Jesús resucitado se presenta con poder, se sitúa en medio, les saluda con la paz y les muestra las manos y el costado para que entiendan que es el mismo que fue crucificado. Los discípulos se llenaron de alegría al verlo, y Jesús repite su saludo de paz y los envía del mismo modo que él fue enviado por el Padre. ¿A qué los envía? El texto lo aclara a continuación: «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”» (Jn 20,22-23). Este gesto de Cristo, soplando sobre los discípulos, expresa la donación de su espíritu para que puedan otorgar el perdón de los pecados. Es el aliento de vida en que se ha convertido Cristo por su resurrección: Él es el «espíritu vivificante» (1 Cor 15,45), agente de la nueva creación que reconcilia al hombre con Dios. Se ha cumplido el tiempo y Dios ha aceptado la ofrenda de su Hijo, elevado sobre todo poder y constituido en fuente de la verdadera Vida.
En la resurrección Jesús ha recuperado el espíritu que entregó a su Padre, pero lo recupera con su humanidad glorificada que se convierte así en el cauce por el que llegará a todas las generaciones el Espíritu de la vida y de la resurrección. Hemos sido recreados, vivificados, liberados de la muerte. A los ocho días, Tomás, que no estaba con los discípulos la primera vez y se negaba a creer retando de alguna manera a que Cristo le concediera la gracia de tocar su humanidad, ve cumplido su deseo. Cristo se aparece, otorga de nuevo la paz y le ofrece a Tomás la posibilidad de tocar sus llagas carnales y gloriosas. El evangelio no dice si Tomás llegó a hacerlo y experimentar así lo que todo hombre desearía: comprobar que el cuerpo de Cristo es real, con las llagas de la pasión y con la gloria de la resurrección. Lo cierto es que Tomás se rindió ante Cristo e hizo la más bella y solemne confesión de fe en primera persona: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
Todo esto sucedió estando las puertas cerradas por miedo a los judíos, es decir, por miedo a la muerte. Sabían bien los discípulos que el destino de Jesús sería el suyo: la muerte de cruz. Y vivían con las puertas cerradas, no sólo a los judíos, sino al mismo Cristo en quien no creían a pesar del anuncio de María Magdalena, «apóstol de apóstoles» (Papa Francisco).
El miedo a morir nos encierra en la muerte que tememos. Cristo, con la efusión de su espíritu, nos abre a la vida. Por eso la paz que otorga va seguida de la misión, para lo cual es preciso abrir las puertas y salir. En Pentecostés la Iglesia naciente sale sin miedo, ebria de Espíritu, como diría san Agustín, a proclamar la salvación universal. La Iglesia tiene el peligro, en muchas ocasiones, de encerrarse en sí misma, por temor a que el Espíritu la lleve adonde el egoísmo, la comodidad, y, finalmente, el miedo a perder la vida no quieren ir. Se vive más cómodamente en el refugio de nuestros temores (y no me refiero ahora a la situación presente) que en la misión a la que Cristo nos envía con todo su poder. El que ha vencido a la muerte no nos envía desamparados, sino con su propio soplo y espíritu, capaz de regenerar el mundo y de vencer la muerte. El día de Pascua Jesús entró en la casa cerrada por miedo y la dejó abierta para siempre.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

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