Miércoles, 29 Mayo 2019 11:25

«¿Qué hacéis mirando al cielo?»Domingo de la Ascensión.

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Los cristianos confesamos en el Credo que Jesús subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Son dos imágenes que no pueden interpretarse literalmente, porque el cielo al que sube Jesús no es el que contemplamos sobre nuestras cabezas ni el Padre tiene derecha e izquierda como si fuera un ser humano. Los evangelistas utilizan imágenes asequibles para visualizar los misterios de la fe. Cuando Jesús habla de su partida de este mundo creado, dice que se va al Padre. Este mundo, por hermoso que sea, es creación de Dios, obra suya. Por la resurrección, Jesús ha trascendido esta creación, ya no está sujeto a las leyes de este mundo ni condicionado por el espacio y el tiempo. Ha entrado para siempre en el mundo de Dios. Antes de encarnarse —dice el prólogo de Juan— estaba junto a Dios, y, resucitado, vuelve a Dios. «Elevarse al cielo» es afirmar que Cristo retorna al Padre como Señor de todo lo creado. Eso significa sentarse a la derecha de Dios, imagen bíblica que subraya la idea de que el Hijo posee la misma gloria que el Padre.
En el relato de la Ascensión, según dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles, hay otro aspecto de este misterio que nos afecta a nosotros. Dice el relato que, mientras Jesús ascendía al cielo, sus discípulos se quedaron con la mirada fija en el cielo, viéndole irse. Dos hombres de blanco —una forma de designar a los ángeles— les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo» (Hch 1,11). Sin decirlo expresamente, Lucas está indicando la misión de los cristianos y de la Iglesia. Entre la partida de Jesús y su retorno al fin de la historia, los seguidores de Cristo no deben permanecer con los brazos cruzados. El cielo no es nunca una excusa para desentendernos de la tierra. Antes de su partida, Jesús dice a los suyos que serán sus testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo. Partiendo de Jerusalén se dispersarán por todo el mundo para testimoniar todo lo que Jesús ha dicho y hecho. El cristianismo es misión, testimonio, vida apostólica. La mística cristiana no nos separa de este mundo, sino que nos introduce en él con la fuerza del Espíritu para transformarlo según el proyecto de Dios. Por eso, celebramos en este día la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, subrayando con ello que la fe cristiana es un anuncio gozoso de salvación que debe ser comunicado a todos los hombres. Silenciar esta Buena Noticia es un atentado al núcleo mismo del evangelio, una infidelidad al mandato de Cristo: id y enseñad a guardar lo que yo os he mandado.
Es frecuente escuchar hoy que la religión es un asunto privado. Nada hay más opuesto a la entraña de la religión, y del cristianismo, que este despropósito. La religión es un hecho social y público indiscutible. Los creyentes no vivimos censurándonos a nosotros mismos ni ocultándonos ante la opinión pública. La fe religiosa pertenece al patrimonio universal de los pueblos. Cuando Jesús predica el evangelio, lo hace públicamente, en las calles, plazas y sinagogas. Sólo quienes pretenden imponer su «religión» a los demás tienen la osadía de censurar la libertad de los creyentes para expresar sus creencias y convicciones. Los cristianos, y los hombres de fe en general, no estamos en el mundo para quedarnos mirando al cielo en un misticismo desencarnado de la realidad. Somos artesanos, trabajadores, cooperadores de la verdad de Cristo en un mundo que necesita la presencia de Aquel que ha sido constituido Señor de cielos y tierra y ha revestido a los suyos con su mismo poder y autoridad.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia.

 

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