Jueves, 09 Mayo 2019 10:26

«Di sí al sueño de Dios». D. IV. de Pascua

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Al final de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Panamá, el Papa Francisco animó a decir «sí» con María «al sueño que Dios sembró» en el corazón de los jóvenes. Estas palabras han servido para el lema de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebra en este cuarto domingo de Pascua, tradicionalmente llamado domingo del Buen Pastor. El lema dice: «Di sí al sueño de Dios».
La vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada tiene mucho que ver con el calificativo de Buen Pastor que Jesús se da a sí mismo. La cultura nómada y pastoril que caracterizó durante siglos al pueblo de Israel convirtió la figura del pastor en un símbolo precioso de la ternura de Dios con su pueblo. Dios cuida de su rebaño, conoce a cada una de sus ovejas, las conduce a ricos pastos, venda las heridas que se hacen en el camino y las protege de toda asechanza del enemigo. La ternura de Dios con su pueblo es tan grande que, cuando anuncia la era final de la salvación, dice de sí mismo que se convertirá en el pastor de su pueblo y no permitirá que ningún otro lo pastoree.
Este deseo o «sueño de Dios» se cumple en la encarnación de su Hijo. El se autoproclama Buen Pastor y añade a todas las promesas anteriores a su venida algo insospechado: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna, no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,27-30). Ser cristiano es pertenecer a Cristo y al Padre. Entre el rebaño y el Pastor se da una relación de conocimiento y amor indestructible porque el Padre y el Hijo son uno solo. Viven en plena armonía y comunión. Participan del mismo ser. Por eso, Cristo puede darnos la vida eterna. No se trata ya de una metáfora, sino de la realidad que ha desvelado la Resurrección de entre los muertos.
Tener vocación es escuchar la voz de Jesús que llama a vivir su pasión por el hombre. Cristo llama a convocar una comunidad en torno a él. Quienes escuchan su voz, le siguen, no perecerán jamás y nadie podrá arrancarlos de las manos de Cristo, que son las manos de Dios. Dios es superior a todo. Aunque el hombre intente echar a Dios fuera de la sociedad, no lo conseguirá nunca, porque Dios es más fuerte, más tenaz, más humano que el mismo hombre. Y lo que nunca podrá hacer el poder mundano es arrancar al hombre de las manos de Dios. Quien entiende esta pasión que Dios siente por el hombre, experimenta la llamada a ser como Cristo: un buen pastor, un llamado a decir sí al sueño de Dios.
El hombre de hoy necesita experimentar que Dios le ama por sí mismo, tal y como es, con sus flaquezas, heridas y necesidades. Necesita ser tomado, como dice el salmo, entre las palmas de Dios, y descubrir que su vida está fuera de peligro —el peligro del sinsentido, de la muerte, y de la nada—. Necesita caminar hacia la meta de la plena felicidad, aunque tenga que transitar por cañadas oscuras. Tener vocación es sentirse llamado a entregar la vida, según el ejemplo de Cristo, para que otros vivan, hasta el punto de poder decir: Cristo y yo somos uno. Porque el llamado por Cristo a configurarse con él vive siempre entregado al cuidado de los demás, olvidado de sí, y haciendo realidad el sueño de Dios. Por eso es imposible echar a Dios fuera de este mundo, porque su Hijo no solamente quiso vivir como hombre en un momento de la historia, sino que sigue viviendo cada día, y «encarnándose» en quienes, al escuchar su voz, le siguen sin dudarlo y dando testimonio de que «nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

 

 

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