Jueves, 25 Abril 2019 10:20

La fe en la Resurrección. D. II de Pascua.

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La fe no es un sentimiento irracional. Dotado de razón, el hombre no hace un acto de fe —humana o religiosa— apoyado en su mera subjetividad. La fe no se justifica en uno mismo. Siempre hay algo externo al hombre que posibilita el acto de fe: un acontecimiento, una experiencia, algo que se acoge y percibe fuera de nosotros mismos. Cuando decimos que creemos en alguien, es porque tenemos experiencia de que es digno de fe, creíble. El amor, la confianza, es la base de esta experiencia de fe humana. Se ha dicho que «sólo el amor es digno de fe».
Las apariciones del Resucitado fundamentan la fe de los apóstoles. Fueron actos percibidos por los sentidos. Los racionalistas quieren explicarlas como alucinaciones, autosugestiones. Pero sabemos bien que ellos no creían en la resurrección para convencerse a sí mismos de que Jesús había resucitado. Menos aún, Pablo de Tarso que perseguía a los seguidores de Cristo. Para superar este obstáculo, se recurre a una insolación en el desierto que le hizo creer que vio al Resucitado. Demasiada fantasía para ser creída.
Las apariciones, tal como aparecen en los evangelios, son actos de Cristo que se muestra, que «se hace ver». Es el Resucitado quien se muestra, se impone desde fuera y entra allí donde se encuentran reunidos los suyos, estando las puertas cerradas. Se deja ver, oír, y hasta tocar, como sucede a Tomás, que se negaba a creer si no tocaba las llagas de sus manos y del costado. Se trata, pues, de algo perceptible, que ocurre como puro don del Resucitado. Por eso, los apóstoles fundamentan su fe en el hecho de haber visto a Jesús, de haber comido y bebido con él después de resucitar de entre los muertos. Y la primera carta de Juan comienza con un prólogo que no deja lugar a dudas sobre esta experiencia comunitaria que sostiene la fe de la Iglesia: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida, pues la Vida se hizo visible […] os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1,1-3).
Esta experiencia no es una ilusión irracional. Dios respeta al hombre dotado de inteligencia y no le exige que se comporte de modo absurdo. Puede probarnos en la fe, ciertamente, pero nunca lo hará sin atender las exigencias de la razón. Hasta en la prueba más dura, Dios deja «signos» para que la razón no tenga que claudicar. Otra cosa es que el hombre pida a la razón más de lo que ella pueda dar. Las apariciones del Resucitado, además, son «necesarias» para que los apóstoles fueran testigos veraces que la fe que predicaban. Y un testigo es siempre alguien que ha constatado la realidad que testifica.
Veamos el ejemplo de las dudas de Tomás, cuyo evangelio leemos hoy. Las dudas de Tomás parten de una desconfianza inicial, injustificada, en la comunidad apostólica. Podemos decir que Tomás, al negarse a creer, ha roto la comunión con su grupo, que le atestigua haber visto al Señor. No confía en los apóstoles de los que forma parte. Se aísla en su subjetividad. Tiene que venir el Señor a sacarle de su actitud desconfiada, incrédula. Su postura era irracional, puesto que tenía motivos para la confianza. La presencia de Jesús resucitado se le impone de modo irrefutable. No solamente ve, sino que es invitado a tocar. El reproche de Cristo vale para todos los que exigen pruebas «físicas». Los demás apóstoles también habían creído porque había visto. La aparición a Tomás da un salto cualitativo: Jesús le permite tocar para cumplir así con la exigencia de una razón que, a pesar de los signos, sólo se fiaba de sí misma.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

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