Miércoles, 17 Abril 2019 08:53

«He visto al Señor»

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Cuando la Magdalena corre hacia el sepulcro de Jesús la mañana del domingo no esperaba hallarlo vacío. Su conclusión fue inmediata y así lo comunica a Pedro y Juan: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2). Ni por un momento pensó en la resurrección. Pedro y Juan salen corriendo, alarmados por la noticia, y al llegar al sepulcro se asoman y contemplan el lienzo por el suelo, y el sudario, enrollado en su lugar, aparte. Era claro que, de haber sido un robo, los ladrones no habrían perdido el tiempo dejando las telas mortuorias. Algo inesperado había sucedido, que, al menos en Juan, provoca la fe: «vio y creyó». El evangelista, que es el mismo Juan, añade: «Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,10).
Es cierto que Jesús había anunciado su resurrección, pero lo había hecho utilizando verbos poco precisos que podían interpretarse vagamente. Habló de «levantarse», «alzarse», «resurgir». Los discípulos no entendieron el significado de este lenguaje y se preguntaba qué significaba resucitar de entre los muertos.
El hecho de que el sudario, que se enrollaba alrededor de la cabeza, estuviera así, en su lugar, no por el suelo como el lienzo, le hace entender a Juan que Jesús ha superado las leyes de la física, y ha trascendido el espacio y el tiempo: ha resucitado, dejando la huella de su paso por el sepulcro, que ahora está vacío. No llega a la fe mediante la Escritura, sino mediante los signos que ve: «Vio y creyó».
Mientras tanto, María ha vuelto al sepulcro, situado en un jardín, y se ha puesto a buscar por los alrededores el cuerpo del Maestro. Sigue pensando que lo han robado y se afana en encontrarlo. Jesús se hace presente sin mostrar su nueva identidad y María lo confunde con el hortelano, a quien le pide que, si es él quien lo ha tomado, se lo entregue. Jesús revela entonces su identidad llamándola por su nombre: «¡María!». Y esta se vuelve dándole el título de su vida pública: «¡Rabboni», que significa Maestro.
El evangelio hace suponer que la alegría del descubrimiento la llevan a acercarse a Jesús para abrazarle los pies y besarlos, pero Jesús la detiene y le anuncia expresamente lo sucedido: «No me retengas que todavía no he subido al Padre. Pero anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17). Jesús desvela el misterio que ella no había comprendido aún, pues pensaba que Jesús había vuelto de nuevo a esta vida. De ahí su deseo de abrazarle. Pero la resurrección no es volver a esta vida que podemos en cierta medida apresar con las manos. Así como los lienzos no pueden retenerlo en el sepulcro, tampoco los suyos disponen ya de él, pues pertenece al mundo de Dios, su Padre. Su cuerpo ha sido transformado por la gloria divina. Sigue siendo el mismo cuerpo, pero reconocible sólo cuando el Resucitado se da a conocer libremente, indicando así su pleno señorío.
En este relato hay dos cosas que muestran la transcendencia del hecho. En primer lugar, el signo del sepulcro vacío con el lienzo y el sudario. En segundo lugar, el mensaje a la Magdalena, que se convierte así en «apóstol de apóstoles», como ha subrayado el Papa Francisco. Que sea una mujer la primera en recibir el mensaje y darlo a conocer a los apóstoles, indica que este relato no pudo ser inventado en una época en que la mujer no podía ser testigo. Jesús le concede el privilegio de anunciar a los suyos el misterio de la Resurrección. Y cuando María lo hace, ya no le llama «Maestro», sino «Señor», que es el título del Resucitado: «He visto al Señor y ha dicho esto».

 

 

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