VieMay19

 

La Pascua es el tiempo idóneo para administrar el sacramento de la confirmación. Como obispo, no ceso de confirmar a adolescentes y jóvenes que se han preparado con catequesis adecuadas a su edad. Confieso, sin embargo, que cada vez me resulta más difícil hablarles sobre el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. Si ya es difícil explicar qué es lo espiritual del hombre, tan saturado por lo material, ¿qué entenderán —me pregunto— cuando hablamos del Espíritu Santo? El hecho de que en la revelación cristiana, el Espíritu se designe siempre mediante símbolos —agua, viento, fuego, soplo— indica la dificultad de representarnos al Espíritu, que lo invade todo, lo penetra todo, pero es inasible en su infinitud. Nos imaginamos al Padre, por la vivencia de haber tenido un padre terreno. Tampoco el Hijo —Jesucristo—  resulta difícil de imaginar, pues se ha hecho hombre. Pero, ¿y el Espíritu? ¿Cómo imaginarlo? Hablando con Nicodemo, Jesús le dice: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». ¿Cómo explicar esto al hombre de hoy? ¿Qué significa nacer del Espíritu?

La crisis de interioridad, típica de nuestro tiempo, y diagnosticada con tanta precisión por el filósofo Sciacca, ha dejado al hombre inerme ante sí mismo. No se conoce, no sabe quedarse solo y pensar, le abruma el silencio. Los jóvenes no saben vivir sin cascos ni auriculares, convertidos en apéndices necesarios de su naturaleza. Viven en una permanente extroversión de sí mismos  y absorbidos por los móviles, tablets y playstations. ¿Cómo hacerles sensibles a su mundo interior, a su espíritu? ¿Cómo educarles en la espiritualidad? ¿Qué les sugiere esta palabra?

En la teología de san Pablo se distingue entre el «espíritu» del hombre y el «Espíritu» de Dios, la tercera persona de la Trinidad. Según su pensamiento, el hombre, en cuanto ser espiritual, está preparado para recibir el Espíritu de Dios, pero necesita hacerse consciente de su propio espíritu, descubrir su propio «hombre interior» donde habita la verdad. Y sabemos que esto no lo favorece nuestra cultura y sociedad. Hagamos la prueba y preguntemos a los chicos qué saben de sí mismos, de su realidad interior. La respuesta es el silencio. Al menos, esa es mi experiencia.

Vuelvo al comienzo de mi reflexión. Entonces, ¿hay que renunciar a hablar del Espíritu Santo? En absoluto; pero necesitamos una pedagogía especial. Cuando Jesús habla de él, lo presenta como «paráclito», el que viene en nuestra ayuda; «consolador», que alivia nuestra orfandad vital; lo llama «espíritu de la Verdad». ¿Qué haríamos sin él? Pero advierte también que el «mundo» —en cuanto estructura de pecado— no lo ve ni lo conoce. No seamos ingenuos: para conocer al Espíritu Santo y recibirlo, hay que estar prevenidos y saber que hay una poderosa oposición al Espíritu por parte de las estructuras pecaminosas de este mundo, la misma oposición que hay frente a Cristo. La Iglesia, los obispos, y los cristianos debemos hablar del Espíritu, pero la mejor pedagogía es vivir de él y en él, de modo que nuestra vida sea de hecho espiritual, significativa de su verdad y belleza, porque para eso ha venido: para hacernos «espirituales» (no ñoños, ni simplemente piadosos). Ha venido a transformarnos según la imagen de Cristo y convertirnos en la prueba de que el hombre está hecho no sólo del polvo de la tierra, sino del soplo divino, del aliento del Resucitado, que hace al hombre reconocerse a sí mismo como hijo de Dios y hermano de Cristo, y vivir bajo el poderoso dinamismo del Espíritu que sopla donde quiere renovando el mundo.

+ César Franco

Obispo de Segovia

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