JueMay04

IV Domingo Tiempo Pascual (A): El pastor y la puerta.

El hombre puede ser definido por su ansia de vivir.  Es la razón que le mueve para abrirse camino en la vida, superar las dificultades y luchar contra todo lo que le amenaza, incluida la muerte. Vivir y vivir para siempre es lo más propio del hombre que se siente frustrado al experimentar que no está en él lograrlo. Sus ansias de vivir chocan con la experiencia de la muerte.

El trasfondo antropológico de la parábola del buen pastor, es decir, el presupuesto del que parte Jesús al presentarse a sí mismo como el que viene «para que tengan vida y la tengan abundante» es justamente esta pasión irrefrenable del corazón humano por vivir. Y la imagen de Cristo, cargando sobre sus hombros a la oveja perdida, es la respuesta más justa y bella a esta necesidad vital del hombre. Los oyentes de Cristo sabían que Dios mismo se había presentado como pastor de Israel que buscaría a las ovejas débiles y descarriadas y las llevaría a pastos abundantes. En las casas y en las sinagogas habían aprendido desde niños el salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas». Y conocían también las palabras consoladoras de Ezequiel: «Yo mismo —dice Dios—  apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear… buscaré las perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas, a las gordas y fuertes las guardaré» (Ez 34, 13-16). Jesús, al aplicarse a sí mismo esta imagen, no deja dudas sobre quién es él.

No se contenta, sin embargo, con decir que él es el buen pastor. Añade algo nunca oído: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante». Esta imagen de la puerta ha suscitado mucha discusión entre los estudiosos del evangelio. Parece contradictoria con algo que dice Jesús en el mismo pasaje. ¿Cómo puede ser Jesús el pastor que entra por la puerta del redil y no salta por los muros como hace el ladrón, y al mismo tiempo la puerta por donde entran las ovejas? Es evidente que la imagen resulta chocante, pero no absurda. Jesús se dirige en primer lugar a los malos pastores, o guías de Israel, que se aprovechaban de su pueblo. Estos no entraban por la puerta del aprisco, sino saltando sus muros. Él, sin embargo, entra por la puerta, el guarda le reconoce, y sus ovejas escuchan su voz. Por eso, añade: «quienes han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no les escucharon». Al decir que él ha entrado por la puerta, está legitimando su misión de pastor, es el dueño del rebaño, el Dios de Israel que entra en su propia posesión.

Al afirmar, además, que es la «puerta», se dirige a los suyos, a quienes le reconocen como pastor, y les invita a «entrar y salir por él», es decir, a vivir en la confianza plena de ser amados y conocidos por el pastor que nunca defrauda y que conduce a pastos abundantes, imagen lírica de la vida sin fin, de la eternidad. La puerta de Cristo es su propia carne, abierta en la cruz de par en par, por la lanzada del centurión que dejó expedito el camino que, en el Antiguo Testamento, estaba cerrado por el pecado del hombre. Como dice la carta a los Hebreos, los cristianos tenemos «el camino nuevo y vivo», inaugurado por Cristo a través de su propia carne, para llegar a Dios. La puerta está abierta para todo aquel que busca saciar sus ansias de vivir: Cristo es el acceso directo a Dios, que nos invita a entrar y salir por él y encontrar el alimento que colma la sed de inmortalidad propia del hombre que se resiste a morir.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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