SábAbr15

Domingo de Resurrección (A): Carne gloriosa y resucitada

            Nada sería el cristianismo sin la resurrección de Cristo. La solemne vigila pascual del sábado santo no tiene comparación en la historia de las religiones. La victoria de Cristo sobre la muerte es el único acontecimiento que puede dar al hombre la certeza de vivir para siempre, no sólo mediante la pervivencia del alma más allá de la muerte, sino por la resurrección de la carne. El concepto de resurrección de los muertos sólo puede explicarse a la luz de la resurrección de Cristo. Cualquier teoría que pretendiera explicar la resurrección como un tipo de supervivencia espiritual que no implicara a la carne del hombre sería incompatible con la fe cristiana. La razón es sencilla: Dios ha creado al hombre, cuerpo y alma, para vivir eternamente. Resulta paradójico que en una época como la nuestra, que exalta el cuerpo humano y su dignidad, se den interpretaciones de la resurrección que excluyen nuestra carne de la gloria que merece en cuanto parte integral del hombre.

Se dice, por ejemplo, que la resurrección se da en el mismo momento de la muerte. Esta afirmación carece de la lógica más elemental. No hay resurrección si el cuerpo permanece en el sepulcro. Si fuera así, ¿qué ocurre con los restos mortales que yacen en los cementerios? ¿Serán eternamente polvo? ¿Se puede hablar de resurrección si se pierde una parte de nuestro ser? ¿Puede el hombre entenderse sin su propio cuerpo?

Cuando san Pablo reflexiona sobre este tema, se sirve de lo que ha sucedido en Cristo para afirmar que, así como él resucitó, también nosotros resucitaremos, según la imagen de su cuerpo glorioso. De lo contrario, nuestra carne humana no tendría ningún valor. Habría sido un mero accidente de nuestra existencia. Y no es así. El Hijo de Dios, al asumir nuestra carne en su encarnación, le ha dado una dignidad trascendente, un destino eterno. Tomó nuestra carne, vivió en nuestra carne, murió en la carne y resucitó con su carne. Dice Benedicto XVI que a partir de la encarnación de Cristo «sucede algo conmovedor: el régimen de contacto salvífico con Dios se transforma radicalmente y la carne se convierte en el instrumento de la salvación, “el Verbo se hizo carne”, escribe el evangelista san Juan, y un autor cristiano del siglo III, Tertuliano, afirma: Caro salutis est cardo, “la carne es el quicio de la salvación”». Dios ha asumido nuestra carne y la ha convertido en el eje o quicio de la salvación. Cristo ha resucitado con su propia carne y este es el modelo ejemplar de nuestra propia resurrección.

La experiencia de los apóstoles está bien atestiguada: vieron a Cristo resucitado, comieron y bebieron con él, les mostró las llagas de la pasión y permitió a Tomás, aunque el texto no confirma que lo hiciera, meter su dedo en los agujeros de los clavos y su mano en la llaga del costado. Cristo resucitado no es un fantasma, ni una sugestión de los apóstoles o una visión de alucinados. Los relatos de las apariciones coinciden en afirmar que se les «mostró», «se hizo ver». Es verdad que al principio no le reconocen, pero este hecho indica que, por sí mismos, no llegaron a la fe. Fue necesario que Cristo les abriera los ojos y lo reconocieran. Dicho esto, vieron y tocaron su carne viva y gloriosa, transformada por el Espíritu, es decir, resucitada a una vida inconmensurable, eterna. Así sucederá con nuestra carne, la que recibimos al ser engendrados. Aunque sufra la corrupción del sepulcro, está llamada a resucitar con Cristo, porque su carne y la nuestra son inseparables desde el momento en que él mismo quiso trasmitirnos su espíritu que restaurará nuestro cuerpo, el mismo que nos constituye, y sin el cual no podríamos aspirar a la resurrección.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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