Secretariado de Medios

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Cercana ya la Pascua, este domingo último de Cuaresma nos dispone para vivir la absoluta novedad que trae la muerte y resurrección de Jesús, que termina con todo lo antiguo para establecer lo definitivo. Dice Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,18). Eso de antaño son las grandes hazañas que Dios hizo con su pueblo. Sorprende esta afirmación porque las obras de Dios deben recordarse siempre. El profeta, sin embargo, lanza su mirada al futuro y ve cosas mayores, inauditas, sorprendentes. Dios actuará con un poder admirable, que dejará pequeñas las obras realizadas hasta el presente.

La escena de la adúltera perdonada por Jesús es un ejemplo de esas obras mayores y una advertencia para no mirar al pasado, en este caso, la ley de Moisés. Los fariseos tienden una trampa a Jesús para que confirme la lapidación exigida por la ley. Jesús calla, escribe algo en el suelo, y finalmente dice su sentencia: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8,7). Después, volviéndose a la mujer, le dice que ninguno la ha condenado y tampoco él la condena, pero que, en adelante, no peque más. Sin abolir la ley, Jesús la deja sin eficacia, porque establece un principio nuevo de moralidad: Solo Dios, el único santo, es el que puede juzgar y condenar. Todos los demás tenemos pecado y no podemos condenar a nadie. En esta escena brilla la novedad de Jesús que perdona a la mujer y la exhorta a no pecar más.

En la segunda lectura de este domingo, tomada de la carta de Pablo a los filipenses, encontramos otro ejemplo de la novedad absoluta de Cristo. Pablo, en este relato autobiográfico (Flp 3,8-14), mira también su pasado para renunciar a él, pues se tenía por justo, irreprochable, cumplidor de la ley como el que más. Por eso, perseguía a los cristianos con furia para acabar con la obra de Jesús a quien tenía por blasfemo. Esa imagen de sí mismo se vino abajo cuando se encontró con Jesús en el camino de Damasco y comprendió que el único Justo era él. Comenzó entonces un camino de conversión que le llevó a decir: «Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús». He aquí la novedad: La persona de Cristo y su acción salvadora con los hombres. Por alcanzar esta salvación, Pablo mira su vida pasada como basura comparada con el conocimiento sublime de Cristo Jesús. Y confiesa con humildad: «Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe» (Flp 3,8-9). 

Todos nosotros estamos llamados a descubrir la fascinante novedad de Cristo que año tras año celebramos en la Semana Santa. Como la adúltera y Pablo de Tarso también nosotros hemos encontrado en Cristo la redención que todo hombre anhela: ser liberado del pecado y de la muerte. Mirar hacia atrás en nuestra vida (a no ser para agradecer lo bueno) puede impedirnos aferrarnos a lo que está por venir, a la salvación futura. Tanto a la adúltera como a Pablo, el encuentro con Cristo les abrió una perspectiva nueva, que les libró de conceptos caducos, basados en la ley mosaica. El fariseo Pablo también habría pedido la lapidación de la adúltera, como pidió la del diácono Esteban. Se situaba en la perspectiva antigua hasta que descubrió la ley de Cristo cuya absoluta novedad nos obliga a mirar a Dios como el único santo que ha enviado a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para que salve por Él.

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Con el inicio el mes de abril comienza la campaña para la declaración del Impuesto sobre la Renta, junto a la que la se retoma la que informa a los contribuyentes sobre el hecho de marcar la ‘equis’ en la casilla que permite destinar el 0,7% de su tributación a la Iglesia católica, o bien destinarlo a fines sociales o decantarse por repartir esta asignación entre las dos opciones.

            En 2021, 7 337 724 de personas en España marcaron la ‘X’ a favor de la Iglesia Católica en su declaración, lo que supone, contando las conjuntas, que 8,5 millones de contribuyentes confían en la labor de la institución. Esto supone un 31,57% de las declaraciones, gracias a las que la Iglesia recibe 295,5 millones de euros. A pesar de que en términos interanuales el número de declaraciones con asignación a la Iglesia Católica ha aumentado en 40 000, el porcentaje y la asignación económica han sufrido un leve descenso.

            En Segovia, la tónica fue muy similar a la nacional, donde encontramos una ligera merma en el número de declaraciones con asignación a favor de la Iglesia Católica, lo que se traduce en una mínima caída en el porcentaje de declaraciones con asignación y el importe asignado en euros.

tabla asignación fiscal           

Este descenso refleja el deterioro económico ocasionado por la pandemia que, además del altísimo coste en vidas humanas, implicó un descenso significativo de la actividad económica. Asimismo, tiene relación con el aumento del número de cotizantes ocasionado por los ERTES, que recibieron sus borradores sin ninguna de las casillas marcadas. Por todo ello, el ecónomo diocesano, Rafael de Arcos Extremera, hace una lectura optimista de los datos: «que en más del 40% de las declaraciones se marque la ‘X’ a favor de la Iglesia en una provincia como la nuestra nos empuja a seguir trabajando y nos hace estar un poco satisfechos, porque la variación ha sido ínfima».

Compromiso

La Diócesis de Segovia agradece el compromiso de todos aquellos que sostienen su actividad con su oración, la entrega de su tiempo y su aportación económica, que se hace patente de manera especial en la casilla de la declaración de la Renta.

Marcar la ‘X’ en la declaración de la Renta a favor de la Iglesia Católica y otros fines de interés social es una decisión libre y voluntaria, un gesto por el que no se paga más, ni te devuelven menos. Esta asignación supone el 21% de los ingresos de la Iglesia en España, lo que la convierte en una importante fuente de financiación, aunque la mayor parte de los recursos provienen de otras vías. Así, para que todos los ciudadanos puedan conocer la actividad pastoral y social, y donde se destinan los recursos económicos, la Iglesia española elabora la «Memoria de actividades» y tiene a disposición el portal de transparencia, el de Xtantos y la web iglesiasolidaria.es

Campaña 2022

rosa y maría
Detrás de cada ‘X’ hay una historia que demuestra que «la Iglesia siempre tiene la mano tendida para ayudar a las personas cuando sus vidas están rotas o están a punto de estallar», como ha recalcado José María Albalad, director del Secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia, en la rueda de prensa de presentación del plan de medios para esta campaña.

Así, este año se han elegido seis testimonios reales, casos particulares que a su vez son universales y que permiten poner rostro concreto y humanizar las cifras haciendo visible el servicio de la Iglesia a la sociedad. Las segovianas Rosa Díez y María García —participantes en el Programa de Mayores de Cáritas Diocesana de Segovia— han querido mostrar cómo la Iglesia les ha ayudado en su vida, formando así parte de la campaña «multisoporte y omnicanal» que comenzará oficialmente el próximo lunes 4 de abril.

convenio web interior

 

Una vez firmado el convenio entre el Seminario Diocesano de Segovia y la UTE Teatro Cervantes ponemos en su conocimiento el contenido de este, en aras de promover la transparencia. En virtud de este acuerdo, el Seminario autoriza la ocupación de una parte de la llamada Huerta del Seminario con el fin de que se puedan llevar a cabo las obras de rehabilitación del teatro.

            En el convenio se contempla la delimitación del espacio a ocupar por parte de la empresa ejecutora de la obra, y se describen los trabajos necesarios para poder acceder de manera independiente a la zona de trabajo, que limita con la parcela que ocupa el teatro. Labores que conllevan desmontar la ornamentación del jardín, mover tierras y demoler parte de un muro. Así, para facilitar el acceso a la Huerta desde el Seminario está contemplada la ejecución de una pasarela de acceso peatonal.

            En el aspecto técnico, el convenio describe el acceso al espacio ocupado hasta que se materialice la entrada independiente a través de la calle Obispo Gandásegui, acceso que se retomará al final de la obra tras la reconstrucción del muro que servirá de acceso provisional. Además, está contemplado el proyecto para los trabajos arqueológicos que se deben llevar a cabo y los posibles contratiempos que pudieran surgir en caso de producirse hallazgos relevantes.

            Atendiendo a los posibles perjuicios que cause la ejecución de la obra, el convenio contempla un aval de 90.000 euros como garantía de reposición, es decir, como garantía de que una vez finalizadas las obras el espacio ocupado volverá a las mismas condiciones previas a los trabajos.

            Asimismo, el convenio recoge la compensación económica que el Seminario recibirá como contraprestación al uso del terreno, acuerdo económico que se ha establecido de forma progresiva: el primer año de obra se compensará con 3.000€/mes; el segundo año de obra con 2.500€/mes, el tercer año con 1.500€/mes y los meses sucesivos hasta la recepción de la obra con 1.000€/mes. Teniendo en cuenta que el proyecto establece en 42 meses el plazo de ejecución, toda vez que fueran superados, se retornaría al canon de compensación inicial. Cabe recordar que tanto el Seminario como su zona adyacente está declarado como Bien de Interés Cultural, por lo que se trata de un patrimonio susceptible de protección para el bien común.

            La firma de este convenio, que ya estaba perfilado en octubre del pasado año, ha sufrido un ligero retraso por la necesidad de que el Ministerio concediera el visto bueno a la modificación del proyecto, en virtud de la cual se planteaba la entrada independiente al terreno ocupado del Seminario que, además, supone también un acceso más directo al espacio del teatro.

            El rector del Seminario, D. Juan Cruz Arnanz, se muestra satisfecho por el acuerdo alcanzado, reiterando su disposición y colaboración con empresas e instituciones para el buen desarrollo de los trabajos.

*NOTA: El convenio al completo puede descargarse en la sección de transparencia de esta misma página web.

La parábola del hijo pródigo, que se proclama en este domingo de Cuaresma, termina con unas palabras del padre al hijo mayor que describen lo que ha sucedido a su hermano pequeño cuando retorna a casa después de malgastar su herencia de forma disoluta. «Hijo —dice el padre— era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,31-32). El paralelismo literario que concluye el relato da la clave de la enseñanza de Jesús: el alejamiento de la casa del padre es muerte y pérdida; el retorno es revivir y ser hallado de nuevo para el padre.

            No se puede decir mejor ni más sintéticamente el significado de la conversión cuaresmal cuando uno retorna al hogar paterno. Sucede hoy que la nula conciencia del pecado impide al hombre en general, y muchas veces al cristiano, entender que el pecado sea muerte y pérdida de la condición de hijo; y, por consecuencia, que la gracia del retorno nos hace revivir y aceptar que nos habíamos perdido. Vivimos en la cultura del «buenismo» que ha desalojado cualquier atisbo de que el hombre, en su condición natural, puede pecar, es decir, oponerse a Dios y hacer el mal. Siempre hay excusa para todo con tal de no culpar al hombre de pecado. El concepto de pecado ha desaparecido del lenguaje cotidiano. Se habla de fallos, errores, comportamientos inadecuados, etc. Pensar además que el pecado acarrea la muerte, como dice san Pablo, es algo obsoleto. En realidad, hoy se respira una concepción semejante a la que defendía Rousseau, para quien el hombre nace bueno y la sociedad le corrompe, como si el hombre naciera sin pautas innatas del comportamiento moral. Difícilmente podrá convertirse quien excluya a priori la posibilidad de pecar. Justificará su comportamiento sin apelar a la conciencia moral, que, por sí misma, nos remite a Dios. Como mucho, el hombre acepta que puede hacer mal a sus semejantes, si es que tiene un grado de empatía para conectar con ellos. Vemos, sin embargo, casos —sin tener que recurrir al ámbito de las patologías— en que cuesta reconocer la culpa y, por tanto, la necesidad de expiarla.

            Si nos adentramos en el ámbito de Dios, como hace Jesús en su parábola, todavía es más difícil reconocer que el pecado es ofensa contra Dios. De hecho, nos hemos acostumbrado a pensar en un Dios tan alejado de la vida de los hombres que hagan lo que hagan estos, sus acciones no afectan para nada a Dios. No es así, sin embargo, la imagen de Dios que nos trasmite Jesús. El padre de la parábola no es indiferente al comportamiento de su hijo. El relato de san Lucas nos permite imaginar que cada día el padre otea el horizonte con la esperanza de ver retornar a su hijo. Sentado a la puerta de casa, con sus ojos cansados por la vejez y la luz del día, el padre espera sin desmayo, confía en la conciencia de su hijo, sabe que en su corazón hay brasas del hogar paterno. Y cuando lo atisba desde lejos, «su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20), sin darle tiempo a que hiciera la confesión de su culpa. Este padre es el Dios revelado por Jesús. Y el hijo pródigo es el pecador que retorna a la vida y salvado de su perdición. Previamente ha recapacitado, ha considerado su estado de esclavitud al pecado —con la imagen de cuidar cerdos— y ha recuperado su condición de hijo, aunque no se considera digno de que le traten como tal. Pero prefiere estar en casa como siervo a vivir sin hogar como esclavo. No es tan malo entonces confesarse pecador si el gozo supera el engaño y la muerte que proporciona el pecado.

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Viernes, 18 Marzo 2022 12:20

PEREGRINACIÓN EUROPEA DE JÓVENES 2022

cartel pej segovia

«Joven levántate y sé testigo. El Apóstol Santiago te espera»

 

El Secretariado de Pastoral Juvenil de la Diócesis de Segovia os invita a participar este verano en el Camino de Santiago y la Peregrinación Europea de Jóvenes, en Santiago de Compostela. Si queréis vivir unos días especiales junto a un montón de jóvenes cristianos de vuestra edad, no podéis perder esta oportunidad… ¡Santiago nos espera!

¿Qué es la PEJ?

La celebración de la Peregrinación Europea de Jóvenes (PEJ 2022) es una de las citas fuertes del Año Santo Compostelano 2022. Catequesis, talleres, conciertos y propuestas de ocio y tiempo libre, disfruta de una experiencia única junto a más de 15000 jóvenes llegados de toda Europa.

Descubre toda la información de este encuentro en: http://pej22.descubre.es

¿Cuándo se celebra la PEJ 2022?

La PEJ 2022 tendrá lugar durante los días 3 al 7 de Agosto de 2022. No obstante los jóvenes estamos llamados a recorrer durante las jornadas previas el Camino de Santiago desde el 27 de julio. Una experiencia inolvidable en la que podremos conocer a multitud de personas al tiempo que profundizamos en nuestra fe.

¿Cómo participar en la PEJ´22 con nuestra Diócesis?

Rellenando este formulario, donde tienes todos los detalles:

https://docs.google.com/forms/d/1mKGRPQ9AcWZI9xSZDmWAEh6Q0T4Os6ywEAC9BhRWphc/viewform?edit_requested=true

En el precio está incluido el alojamiento y las comidas de todos los días.

¡LAS PLAZAS SON LIMITADAS! Los peregrinos que quieran participar, deberán tener entre 16 años (o nacidos en 2006) y 35 años (o nacidos en 1987). Los responsables, monitores y acompañantes de grupo sí podrán tener más de 35 años.

 

BOTN AUTORIZACIN

UCRANIA PAZ

El pasado mes de febrero el presidente ruso, Vladimir Putin, iniciaba una operación militar contra Ucrania. Desde entonces, cerca de dos millones de personas se han visto obligadas a abandonar su país, lo que se traduce en el mayor éxodo de refugiados en Europa desde la II Guerra Mundial. Además, los ciudadanos ucranianos que continúan en su país necesitan ayuda humanitaria de forma urgente.

            Por este motivo, el Obispo de Segovia, Monseñor César A. Franco Martínez, propone una colecta extraordinaria para «paliar la situación dramática que atraviesa nuestro país hermano de Ucrania». Un donativo extensible a todas las parroquias de la Diócesis y que tendrá lugar el próximo 10 de abril, Domingo de Ramos. La cantidad que los fieles tengan a bien aportar se sumará a la colecta que los sacerdotes realicen con motivo de la Misa Crismal, y todo ello irá destinado a sufragar las necesidades del pueblo ucraniano.

            Asimismo, don César ofrece, a través de Cáritas Diocesana de Segovia, el uso de casas parroquiales habilitadas para la acogida de refugiados, así como algunas plazas de residencia en la actual sede de la organización, antiguo convento de las Juaninas.

            Estas acciones se suman a la celebración de la Eucaristía por la paz en Ucrania que presidió Mons. Franco el pasado domingo día 13 en la Catedral, cuya colecta también fue destinada a Cáritas Ucrania a través de Cáritas Diocesana de Segovia.

 

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La Iglesia comenzó a formarse caminando con Jesús. La llamada de los primeros discípulos formó una comunidad en camino que invitaba a la gente a entrar en lo que más tarde se llamaría «Iglesia». Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de caminar, hasta el punto de que el cristianismo fue llamado ya en Jerusalén «el camino». Esta expresión designaba la enseñanza moral del cristianismo, pero recogía la espiritualidad judía del caminar juntos en la dirección marcada por la ley de Dios.  Lo «sinodal» no es un invento actual; es consubstancial a la Iglesia. Después de Pentecostés, los apóstoles y sus colaboradores se dirigieron a todos los pueblos para que Cristo fuera reconocido como Salvador del hombre. Que la Iglesia formara comunidades estables, presididas por los apóstoles y sus sucesores, los obispos, no quiere decir que haya dejado de caminar por el mundo como hizo al inicio de su existencia.

            Al servicio de esta Iglesia en camino están los sacerdotes, necesarios colaboradores de los obispos, que participan con ellos de la autoridad de Cristo y de la preocupación por todas las Iglesias. El Día del Seminario es una ocasión propicia para rogar al dueño de la mies que mande operarios a su mies. El sacerdote es pastor del pueblo de Dios que le acompaña, como dice el Papa Francisco, yendo a la cabeza, en el medio y también a la cola alentando a los que se retrasan en la peregrinación. Es un hombre, con todas las características buenas y malas de los hombres, llamado a ejercer la misión de Cristo Pastor en su pueblo. Dicho así, surge la pregunta inevitable: ¿Se puede representar a Cristo? ¿Se puede salvar la distancia entre la santidad de Cristo y la pobreza radical del hombre llamado a representarlo? Se puede, sí. De otra manera, Jesús no hubiera llamado a Pedro y al resto de los apóstoles que, como sabemos, eran hombres débiles. Tampoco habría llamado a pecadores públicos como, por ejemplo, san Mateo, san Pablo, san Agustín y santo Tomás Becket para ostentar su autoridad. Jesús elige a quien quiere y en la condición concreta de su vida, y la historia muestra que Dios puede transformar a un pecador en santo.

            La libertad con que Cristo llama es propia de un amor que no discrimina en razón de las virtudes que tenga o no la persona concreta. Es obvio que, al acoger la llamada, la persona recibe la gracia de poder cumplir con el encargo que recibirá en su día; de lo contrario, Dios pondría al hombre en condiciones imposibles de responder al llamamiento. Para cualquier vocación, Dios da la gracia.

            La misión sacerdotal se realiza de muy diferentes maneras, porque Dios, al llamar, no anula las habilidades y capacidades de cada uno. Hay sacerdotes dedicados al estudio y a la enseñanza, a las misiones, a la pastoral sanitaria y penitenciaria. Los hay que son capellanes de instituciones religiosas. Si variado es el pueblo de Dios en sus formas de vida, variada es la misión sacerdotal que debe atender a los fieles en el lugar donde se desenvuelve su existencia. Una cosa unifica a todos: son ministros de Cristo y de la Iglesia, servidores del Pueblo de Dios. Esto quiere decir que sin una radical comunión con Cristo y con la Iglesia, el sacerdote no podrá cumplir su ministerio. Sin oración, sin cuidado de la vida espiritual, sin verdadera amistad sacerdotal, sin formación permanente, el sacerdote estará expuesto a muchas dificultades para ser fiel a la misión de Cristo. También para él vale lo que Jesús dijo para todos: sin mí no podéis hacer nada. Dicho con palabras de san Pablo, la gracia de Dios y su fuerza se manifiesta en nuestra debilidad.

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Después de haber subido el domingo pasado al monte de las tentaciones para ser testigos del enfrentamiento entre Jesús y el diablo, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración en el monte Tabor. Pasamos del desierto de la prueba al monte de la luz y de la gloria. Esta pedagogía de la Iglesia en la Cuaresma pretende iluminar el misterio de la persona de Jesús en su doble dimensión: humana y divina. En cuanto hombre, Jesús es tentado como otro cualquiera y experimenta la necesidad de Dios en su prueba. En cuanto Hijo de Dios, revela su gloria mientras ora al Padre.

            El relato de Lucas, proclamado este domingo, a pesar de su brevedad, dice muchas más cosas de las que aparenta. Afirma que la transfiguración sucede «mientras oraba» Jesús. El salmo 34, 2 invita a la oración de esta manera: «Contempladlo y quedaréis radiantes». Esto sucede en Cristo: mientras ora, «lo penetra la gloria de Dios y transfigura luminosamente su rostro y vestidos (Sal 104,2). Como si la materia se convirtiese en energía luminosa» (Alonso Schökel). Los apóstoles duermen indicándose así que eran incapaces de contemplar tal misterio, preludio de la resurrección. La nube que los envuelve simboliza la presencia velada de Dios, y la voz del Padre evoca la revelación definitiva acerca de Jesús. Las chozas —o tiendas— de las que habla Pedro son una alusión a la fiesta de los tabernáculos, evocación del tiempo pasado en el desierto cuando los israelitas vivían en chozas. Y recuerda también la tienda del encuentro en la que Dios habitaba y donde dialogaba con Moisés.

            Como vemos, todo el relato apunta a Cristo como el lugar santo por excelencia donde se manifiesta la gloria de Dios. Este Jesús es el mismo de las tentaciones en el desierto. Por un momento se transfigura cuando ora y prepara a los discípulos a superar el escándalo de la cruz, cuando de nuevo lo vean como un hombre traspasado de dolor (no de gloria) en la ciudad santa de Jerusalén hacia la cual camina con sus discípulos para consumar su éxodo hacia el Padre, es decir, su muerte y resurrección.

            En el camino hacia la muerte, el milagro de la Transfiguración tiene un doble sentido pedagógico: por una parte, nos aclara que muerte y gloria son inseparables. La cruz no es el final de la vida de Cristo. Es camino para la gloria. La fe cristiana tiene su fundamento último en la resurrección sin la cual la muerte sería un fracaso total. Por otra parte, aclara también que el cristiano está llamado a transfigurarse en el sentido del salmo 34: «contempladlo y quedaréis radiantes». En la medida en que el cristiano ora a Cristo glorioso, va caminando hacia la gloria definitiva y su rostro —es decir, su persona— se inunda de gloria. Es lo que vemos en los santos que, gracias a su unión con Dios, nos revelan la gloria de su rostro. Cuando Moisés hablaba con Dios, según la Biblia, su rostro se iluminaba cada vez más y tenía que cubrirse el rostro con un velo para no deslumbrar a quienes le miraban. Es una forma simbólica de hablarnos de la transfiguración del hombre cuando se encuentra con Dios: su ser cambia, se hace nuevo, deslumbra por la verdad, bondad y belleza de su vida. En nuestro caminar hacia la Pascua, la Cuaresma es la posibilidad de trasfigurar nuestras vidas según el modelo de Cristo. Como decía san Pablo, «todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18). De esta manera, los cristianos podemos ser en el mundo un signo luminoso de la presencia de Dios. ¿No se nos propone una aventura apasionante? ¿No estamos llamados a ser luz de este mundo?

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El desierto ocupa en la Biblia un lugar predominante. La experiencia de Israel al salir de Egipto y vivir cuarenta años por el desierto del Sinaí marcó para siempre su vida y espiritualidad. Una vez asentado en la tierra prometida, la memoria de Israel retornaría, como vemos en la Biblia, al tiempo del desierto que se convirtió en símbolo de la prueba, de la fidelidad de Dios y de la alianza de amor. Los milagros de Dios en el desierto —la nube de fuego, el agua de la roca, el maná del cielo— se convertirían en símbolos de la constante presencia de Dios a pesar de la incredulidad de su pueblo. Aunque parezca extraño, las tentaciones que padeció Israel durante su peregrinación en el desierto eran un preludio de la gran alianza de amor que Dios se disponía a establecer con Israel. Se comprende que el desierto sea al mismo tiempo lugar de tentación y lugar de desposorios. «La llevaré al desierto y hablaré a su corazón», dice Oseas 2,16, presentando a Dios como el esposo de Israel, su esposa.

            Al inicio de su ministerio público, Jesús se dirige al desierto de Judá, se adentra en su soledad y espesura espiritual, para reinterpretar la experiencia de Israel durante sus cuarenta años. Los cuarenta días y noches de Jesús, en ayuno y oración, evocan la búsqueda de Dios, el anhelo de la alianza y la tentación que superará alimentado por la palabra de Dios y la seguridad de su presencia. Jesús va al desierto impulsado por el Espíritu, atraído por Dios que le llama a confirmar su fidelidad. En el desierto se encontrará con el Adversario del hombre, Satanás, que pretenderá seducir a Jesús y desviarlo del camino de Dios. Jesús, sin embargo, se manifiesta como el fuerte que vence la tentación, en oposición a Israel, que cayó tantas veces en la infidelidad y sucumbió en la idolatría. Al final de los cuarenta días y cuarenta noches —imagen de la estancia de Israel en el desierto— Jesús aceptó ser tentado por el diablo para mostrar el camino de la victoria. La Palabra de Dios, el alejamiento del mesianismo triunfalista y el rechazo de la idolatría fueron las armas para vencer al enemigo. Las tentaciones de Jesús se convierten así en el camino para llegar a la alianza de amor con Dios. Jesús sale del desierto como el nuevo Israel victorioso.

            Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia nos invita a entrar en el desierto espiritual de nuestro interior, donde el hombre experimenta su vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la presencia del Dios escondido. Las tentaciones son las mismas para el antiguo Israel, para Jesús y para los cristianos de hoy, que somos un pueblo peregrino. También nosotros somos tentados por el hambre de bienes temporales, por un mesianismo de poder temporal y por la adoración de los ídolos que nos ofrecen o que nosotros mismos fabricamos. Hace tiempo que los cristianos hemos abandonado la oración y la palabra de Dios como el pan de cada día; hemos perdido el sentido del poder del Espíritu; y hemos reducido la adoración de Dios al templo y la liturgia olvidando la más arriesgada, que tiene lugar en la vida ordinaria. Nos ha invadido lo que ha dado en llamarse «apostasía silenciosa». Del amor hemos pasado al desamor.

            La Cuaresma es tiempo oportuno para renovar la alianza de amor. Los prácticas cuaresmales no nos separan de la vida cotidiana; nos introducen en ella como el lugar idóneo para vivir en la tensión del desierto: tiempo de prueba y tiempo de triunfo. Cuaresma es camino hacia la Pascua donde Dios renueva fielmente su alianza con su pueblo y este se consolida en la fidelidad. Debemos entrar animosos en el desierto porque solo así saldremos de él con el gozo de la fidelidad. Dios nos espera para hablarnos al corazón.

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