marta

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Viernes, 13 Septiembre 2019 10:47

La alegría de la fiesta.D. XXIV Tiempo Ordinario

En las parábolas de la misericordia Jesús nos ha dejado el retrato de su Padre. Si por un azar, los evangelios se perdieran y sólo nos quedáramos con estas tres parábolas de Lucas, habríamos conservado la quintaesencia de la enseñanza de Jesús sobre la misericordia del Padre.
Es sabido que en estas parábolas Jesús se defiende de quienes, entre los fariseos y los letrados criticaban su relación con los pecadores, dado que un maestro de la ley debía evitarla. Jesús les dirige este alegato para que conozcan cuál es el secreto del juicio de Dios sobre los pecadores arrepentidos.
En las dos primeras parábolas sorprende la desproporción del comportamiento del pastor que abandona sus noventa y nueve ovejas por salir a buscar solo una. Y el de la mujer que pierde una moneda y pone todo su empeño en encontrarla. Quiere decir, en ambos casos, que lo perdido es más estimable que lo poseído. Y que una oveja y una dracma tienen el valor del conjunto. Por otra parte, para un pastor que ama a sus ovejas, cada una tiene un gran valor, y para una mujer que seguramente ha perdido una dracma de la dote de su boda, como parece ser el caso, se trataba de la décima parte de su pequeño tesoro.
En la tercera parábola la relación no es la del propietario con sus cosas, sino la del padre con su hijo menor, que se marcha de casa para dilapidar la parte de su hacienda. Entra el juego la relación paternofilial que va más allá del valor de un objeto.
La parábola del hijo pródigo está cargada de simbolismo. En su desvarío, el hijo termina cuidando puercos, animal impuro para los judíos, símbolo de la bajeza de su estado. El traje, la túnica, el anillo y las sandalias con que el padre le reviste, indican la recuperación de su dignidad perdida, la que tenía antes de marcharse de casa. El encuentro entre el padre y el hijo está descrito con una conmovedora emoción, pues al padre, al divisar en la lejanía el retorno, echa a correr, conmovido internamente, se le echa al cuello, lo abraza y le cubre de besos. Al hijo apenas le da tiempo a confesar su culpa y arrepentimiento. Todo ha quedado disuelto por el abrazo del padre, que se adelanta en el amor, y lo engendra de nuevo con la misericordia.
Es claro reconocer en la figura del hijo mayor, el símbolo de los fariseos que criticaban a Jesús. El enfado, el orgullo, la negación a entrar en el banquete son actitudes que no corresponden a un hermano bueno, que se alegra del retorno de quien se había perdido. El padre actúa con misericordia, saliendo afuera y recordándole su condición de hijo fiel que cuenta con todo el patrimonio del padre: «Todo lo mío es tuyo». No cabe mayor magnanimidad ni mayor signo de confianza. Este hijo, que se creía bueno, ha estado viviendo en la casa del padre, como si fuera un mercenario, no un hijo; un asalariado, no un heredero; un extraño que no reconoce a su hermano. El «deberías alegrarte» es un reproche del padre que indica la única actitud posible, capaz de derrotar a la envidia asesina de las entrañas misericordiosas. La alegría por el retorno del pecador tiene en el cielo la magnitud de la fiesta, que en la tierra se refleja en el banquete que se da al hijo recuperado, que, para el padre, nunca ha dejado de ser hijo, como el hermano mayor.
El secreto del juicio de Dios es la misericordia que Jesús practica precisamente en la relación que sostiene con los pecadores. Como fruto de ella, la alegría se extiende sobre la tierra porque ha llegado el único que puede acoger a los pecadores e incorporarlos a la fiesta, pues cada vez que uno se convierte hay más alegría en el cielo que por aquellos que, teniéndose por justos, creen que no necesitan perdón. Son estos los que, como el hermano mayor, no entienden la alegría de la fiesta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

Las sentencias de Jesús en el evangelio de este domingo apuntan a los fundamentos de su seguimiento. Podemos decir que Jesús establece las condiciones que debe tener en cuenta quien quiera seguirlo. A primera vista, resultan exigentes, pero no hay que olvidar que la exigencia se mide en proporción al fin que se quiere alcanzar. Desde la perspectiva humana, la exigencia en el trabajo es condición necesaria para llegar a ser un auténtico profesional. Nadie pensará ser un excelente médico, ingeniero o arquitecto, si no está dispuesto a ser exigente con el estudio de las distintas disciplinas. Lo mismo podemos decir de aspira a ganar los juegos olímpicos o llegar a ser un virtuoso de cualquier instrumento musical. El alma tiene más exigencias que el cuerpo, porque se trata de salvarse o no, más allá de la muerte y esto no es una cuestión baladí.
Las exigencias de Jesús parten de un principio fundamental: Para seguir a Jesús hay que posponer todo, incluso la propia vida, hay que tomar la cruz y seguir en pos de él. Sólo sabiendo quién es Jesús, el Hijo de Dios, se puede entender su pretensión de no anteponer nada a él. Sólo sabiendo lo que ofrece —la vida eterna— podemos asumir la necesidad de que él sea siempre el primero en nuestras vidas. Lo cual no desmerece el amor a los padres, esposos, familia. Porque todas estas realidades son también don de Cristo. En cuanto a tomar la propia cruz y seguirle, ¿es que se puede entender de otra manera la respuesta a lo que él ha hecho por nosotros? Amor con amor se paga, solemos decir. La cruz es el signo del amor de Cristo, al que sólo corresponde adecuadamente el amor con que aceptamos nuestra propia cruz.
Que el hombre se juega en el seguimiento de Jesús la vida entera lo da a entender las dos comparaciones que Jesús establece, orientadas a discernir con prudencia nuestro comportamiento. Un hombre que desea construir una torre debe calcular primero si tiene medios para ello, no sea que empiece a construir y no logre su objetivo siendo objeto de burlas de quienes lo ven. Del mismo modo, un rey que quiere librar una batalla contra otro deberá ponderar si puede ganarle con diez mil hombres a quien viene a él con veinte mil. Son ejemplos de clara prudencia.
Si en el orden temporal actuamos así, ¿cuál será nuestro comportamiento en el orden espiritual? La vida cristiana es la construcción de un edificio espiritual que debe durar la vida entera. En la construcción de ese edificio entran las virtudes, las actitudes evangélicas, la práctica de la oración y de los sacramentos, la dirección espiritual, las obras de caridad y todo el conjunto de la vida moral. Y todo esto unido con la argamasa de la gracia y docilidad al Espíritu Santo, sin el que no podemos edificar nada. ¿Nos sentamos a considerar si podemos edificarlo? Las veces que hemos fracasado, ¿no se debe a nuestra falta de reflexión y prudencia?
También se compara la vida cristiana con una batalla en la que, como dice san Pablo, no luchamos contra enemigos de carne y sangre, sino con los poderes del mal que están actuando en nuestro mundo y buscan perdernos. Sólo un infeliz, que olvide el poder de estos poderes, sale al campo de batalla mal pertrechado. Caerá en el primer ataque. Los grandes tratados de vida espiritual nos advierten del peligro de ser vencidos por no haber tenido en cuenta las armas del Espíritu que necesitamos poseer y que san Pablo describe admirablemente en la carta a los Efesios 6, 11-13. Sin esas armas, podemos dar por segura la derrota. El mismo Jesús nos ha dicho, en el momento de su prueba, que sin vigilancia y oración, somos pura fragilidad. Y nos ha advertido que el enemigo busca constantemente el flanco más débil para introducirse en nuestra casa.

+ César Franco
Obispo de Segovia

Banquetes y recompensas

La enseñanza moral de Jesús está llena de pequeños detalles, que le sirven para explicar actitudes fundamentales del vivir cristiano. Partiendo de costumbres sociales, Jesús abre el horizonte del conjunto de la vida moral indicando así que en lo pequeño subsiste lo grande. En el evangelio de hoy, Jesús explica dos virtudes fundamentales de la vida cristiana: la humildad y la magnanimidad. La primera constituye el fundamento de la vida moral; la segunda, es la actitud de los espíritus grandes que buscan hacer el bien por encima de todo.
Para ayudar a entender la importancia de estas virtudes, Jesús parte de una costumbre típica de oriente: el banquete, símbolo de comunión de vida y de hospitalidad. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en uno de ellos, observando el comportamiento de los participantes. Viendo que muchos se afanaban por escoger los primeros puestos, exhorta a la humildad haciendo lo contrario: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tu, y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante los comensales. Porque todo el que se enaltece, será humillado y el que se humilla será enaltecido». Escoger el último puesto es propio del hombre humilde que ha superado la convencional apariencia de ser importante. Parece un gesto trivial, pero no lo es. ¡Cómo nos gusta figurar, sentarnos al lado de personas importantes! Dios no mira las apariencias sino el corazón humilde y pequeño. Sólo a Dios corresponde enaltecer, y suele hacerlo cuando descubre a alguien de corazón humilde.
Por lo que respecta a la magnanimidad, Jesús, dirigiéndose a quien le había invitado, le exhorta a invitar, cuando dé un banquete, no a quienes pueden devolverle el favor —parientes, amigos, vecinos ricos— pagándole con la misma moneda. Por le contrario le anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos. Y la razón que da para este comportamiento tan inusual es la siguiente: «Dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos». Las obras buenas —viene a decir Jesús— las premia Dios, no los hombres. La dicha de hacer el bien consiste en que el hombre no busca recompensa humana, reconocimientos y homenajes públicos. Si fuere así, ya estaríamos pagados y nuestra obra buena habría quedado reconocida en el ámbito de este mundo pasajero. El hombre magnánimo piensa en el bien en sí mismo. Su corazón se abre no a los propios intereses, sino al bien común, que alcanza sobre todo a los más pobres y necesitados. Y la recompensa que tendrá por su caridad es la vida eterna de la resurrección final. Sólo Dios puede premiar de este modo, porque sólo Dios conoce el interior del corazón humano y discierne la rectitud con que hacemos nuestras buenas obras.
En la eucaristía que celebra la Iglesia tenemos presentadas de modo eminente estas dos actitudes evangélicas. La humildad del Hijo encarnado que sirve la mesa ocupando el último lugar, el del siervo que se humilla hasta dar la vida. Y la magnanimidad de quien invita a su mesa a quienes jamás podrán pagarle ese banquete, porque todos los que participamos en él, independientemente de nuestra condición social más o menos elevada, pertenecemos a ese grupo de pobres, lisiados, cojos, es decir, los humildes de la tierra que se sientan con Cristo, no en razón de sus méritos, sino de la amistad que Cristo nos brinda.
+ César Franco
Obispo de Segovia.

Las palabras de Jesús que concluyen el evangelio de este domingo son muy conocidas y las usamos con frecuencia para señalar la paradoja de la vida humana en la que, como si fuera una carrera, los primeros en salir son los últimos en llegar, y los últimos se colocan en la primera línea.
En su enseñanza itinerante, mientras recorría aldeas y ciudades de Palestina, una persona plantea a Jesús esta pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Como en otras ocasiones, Jesús no responde directamente a la cuestión, sin duda por considerar que la pregunta es impertinente, nacida de la mera curiosidad. Como maestro de moral, Jesús responde con una llamada a entrar por la puerta estrecha, pues muchos intentarán entrar y no podrán. En ese día, no valdrá decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Es evidente que, con esta expresión, Jesús se dirige a sus contemporáneos que han tenido la oportunidad de conocerlo, comer y beber con él y escuchar su doctrina abiertamente. Jesús les dice que sólo con eso no se alcanza la salvación. Es preciso algo más para que, cuando llamemos a la puerta del banquete del Reino, se nos abra para participar en él.
¿A qué se refiere Jesús con estas advertencias? Sabemos por otras palabras de Jesús que él entendió su misión, en primer lugar, como una llamada al pueblo elegido para que le aceptara como el Mesías prometido. La mayor parte de su ministerio público lo dedicó al pueblo judío, descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob, que esperaban la salvación anunciada por los profetas. En esta misión, muchos le dieron la espalda y no lo acogieron como Mesías. Pero Jesús no sólo era el Mesías de Israel, sino el esperado de las naciones, es decir, de los pueblos gentiles. Por eso, los evangelios narran episodios en los que Jesús sale a los pueblos paganos, vecinos de Israel, para predicar y hacer milagros. Baste recordar aquí el emotivo encuentro con la mujer sirofenicia que le suplica la curación de su hija con tanta fe que Jesús, conmovido, le concede lo que pide. Aquella mujer de gran fe es el símbolo de los paganos que esperaban la salvación.
Teniendo en cuenta estos datos, entendemos que las palabras de Jesús son un reproche a quienes, perteneciendo al pueblo elegido, le dan la espalda. Jesús les dice que no entrarán en el Reino si no cambian de actitud. Sus palabras no pueden ser más provocativas y luminosas: «Entonces será el llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad. Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos». Los primeros destinatarios de la misión de Cristo son los hijos de Israel; los últimos, los paganos. Pero el orden puede invertirse dependiendo de la acogida o no de Jesús como Mesías y Salvador.
Nosotros pertenecemos a esos paganos que han llegado a la fe en Cristo gracias a los primeros evangelizadores. Pero no podemos dormirnos en los laureles, porque también nosotros podemos ser los últimos si no somos fieles al seguimiento del Señor. De hecho, Europa, en su vivencia y práctica de la fe, ha quedado muy atrás en relación a otros continentes que nos aventajan por su vitalidad y dinamismo de la fe. El Papa Francisco ha llegado a decir que la tradición cristiana de Europa se ha trastocado en traición a sus fundamentos. Las palabras de Jesús, advirtiendo que podemos quedar fuera del Reino, valen también para nosotros: De ahí la necesidad de una conversión radical a Cristo y a su evangelio para que cuando llamemos a la puerta del Reino la encontremos abierta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

Viernes, 16 Agosto 2019 08:49

Paz y división. D. XX. Tiempo Ordinario.

La fe cristiana implica a toda la persona en su adhesión a Cristo como Hijo de Dios encarnado. Creer no es sólo confesar el Credo. Es, sobre todo, acoger a Cristo como Señor y Redentor del género humano. Razón y corazón van unidos en el único acto de fe que hace el cristiano. Por ello, cuando confesamos la fe, acogemos en nuestra vida a Cristo y buscamos identificarnos con él en deseos, pensamientos, palabras y obras. Es imposible ser cristiano sin implicarse totalmente en la adhesión a Cristo. En el prólogo de su evangelio, san Juan afirma que los que acogen a Cristo han creído en su nombre y han recibido la gracia de ser hijos de Dios.
Acoger a Cristo, optar por él, tiene consecuencias muy serias en la vida ordinaria. Cristo se convierte en un signo de contradicción, dado que marca la frontera entre la luz y la oscuridad, la verdad y la mentira. Han sido muchos desde el inicio del cristianismo los que han muerto a causa de su fe o han sido perseguidos, humillados y marginados. Entendemos así las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo que sorprenden a muchos lectores. Dice Jesús: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Y habla de las divisiones que pueden existir en el seno mismo de una familia a causa de él.
Lo sorprendente de esta afirmación reside en que parece contradecir lo que afirman otros textos del Nuevo Testamento: que Cristo ha venido al mundo para traer la paz definitiva. San Pablo dice que Cristo es «nuestra paz». Sabemos además que su misión es la de reconciliar al mundo con Dios y derribar el muro de odio que se levanta entre los pueblos. Cuando Jesús dice que ha venido a traer división se refiere a que la opción por él puede acarrear divisiones hasta en la misma familia, por la sencilla razón de que no todos están dispuestos a acogerlo. Y así ha sucedido, sucede y sucederá siempre. En este sentido decía que la fe puede traer consecuencias muy serias en la vida ordinaria, como ha ocurrido en la vida de los mártires.
En el evangelio de hoy Jesús dice que ha venido a prender fuego en la tierra y desearía que ya estuviera ardiendo. Se refiere al fuego del espíritu que ungiría a los apóstoles como testigos cualificados del Señor. Pero afirma también que tiene que ser bautizado, expresión que se refiere a su muerte. Jesús es muy consciente de que necesita morir para que el Espíritu descienda sobre el mundo. Esta relación entre muerte de Cristo y venida del Espíritu ayuda a entender las exigencias de la fe cristiana en la vida ordinaria. Lo que el cristiano tiene que sufrir a causa de la fe debe interpretarse a la luz de la entrega de Cristo hasta morir. Su ejemplo siempre ha animado a los cristianos a seguir sus pasos y dar la vida si fuera preciso. Por eso el mártir es el prototipo del creyente que no antepone nada al amor de Cristo.
Hay que reconocer que esta forma de entender la fe resulta muy exigente, incluso para los cristianos. Y ciertamente lo es. Marca la diferencia entre la fe auténtica y la fe acomodada a nuestros propios intereses. El teólogo evangélico, mártir del nacismo, D. Bonhöffer, distinguía con mucha lucidez entre la fe barata y la fe cara. La fe barata es la que ha perdido la exigencia radical que afecta a toda la vida del cristiano. La fe cara es la que, a la luz de la entrega de Cristo por amor, nos permite someternos plenamente a él como Señor de nuestras vidas. Se hace evidente así que el destino de Cristo y el del cristiano están indisolublemente unidos. Como dice san Pedro, hemos sido rescatados por la sangre del cordero. Cristo nos ha amado muriendo por nosotros. La única respuesta posible al amor de Cristo por parte del cristiano es la disponibilidad a hacer lo mismo por él.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

El próximo 18 de agosto los vecinos de Fuensoto volverán a celebrar culto en la iglesia parroquial, tras los dos años que ha permanecido cerrada por problemas estructurales. El Obispado de Segovia, ante los problemas de seguridad que planteaba el templo, tuvo que adoptar la decisión de cerrar al culto este templo hasta que no se acometiesen las obras necesarias para evitar cualquier desprendimiento en las cubiertas.
El proyecto de restauración que ha tenido un plazo de ejecución de mas de un año y medio ha consolidado las cubiertas de la nave y de la torre entre otras mejoras. Las obras se han acometido en 5 fases, ascendiendo la inversión realizada a más de 130.000 €, financiados en gran mayoría por la parroquia y por el Obispado de Segovia.
En la primera y segunda fase los trabajos se centraron en la restauración integral de la cubierta de las naves del templo y de la torre, siendo la inversión más costosa. En una tercera fase se realizó el acondicionamiento de los accesos a la torre y los suelos de la torre y el coro del templo. En las últimas dos fases, los trabajos se han centrado en la modificación y mejora de los accesos desde el exterior al interior de la iglesia, el cambio en la ventanas la limpieza y pintura integral del templo.
El domingo dia 18 a las 12, se celebrará una Eucaristía presidida por el Vicario General de la Diócesis, Ángel Galindo, acompañado por Helber A. Daza , párroco de la localidad y José Mª Bermejo, hermano de San Juan de Dios, natural Fuentesoto.

En este domingo, que coincide con la fiesta de santa Clara, Jesús habla en el evangelio de dos actitudes evangélicas que han hecho de la fundadora de las clarisas un faro esplendoroso en la Iglesia. Me refiero a la pobreza y a la vigilancia que supone el retorno de Cristo al fin de la historia.
Jesús comienza su enseñanza con una vibrante llamada a vender los bienes y dar el dinero a los pobres, porque no se puede servir a dos señores: a Dios y a las riquezas. El corazón del hombre no se puede dividir en parcelas, sino que goza de una unidad admirable, como indica la sentencia de Jesús: Donde está tu tesoro, allí está vuestro corazón. Santa Clara, siguiendo los pasos de san Francisco, entendió esta llamada a la pobreza total como el don que recibía de Cristo para dedicarse enteramente a él. Hija de noble familia, huyó de su casa y cambió su estilo de vida fundando la segunda orden de vírgenes consagradas a Dios, con el estilo de Francisco de Asís. La diócesis de Segovia tiene el privilegio de contar con seis monasterios de clarisas que siguen dando el testimonio de la pobreza como camino de identificación con Cristo. Hoy les agradecemos su existencia y pedimos a Dios que sean muchas las jóvenes que escuchen la misma llamada que sintió santa Clara.
La segunda actitud evangélica que aparece en el evangelio de hoy es la vigilancia porque no sabemos el momento de la segunda venida de Cristo en gloria y majestad. El cristiano —dice Jesús— no es dueño de sí ni de sus bienes. Es un criado, un administrador de los dones que ha recibido de Dios. Por esta razón, debe estar vigilante, a la espera del Señor y dueño de la casa. No debe vivir ajeno al señorío de Cristo, que nos juzgará sobre cómo hemos administrado los bienes que, en último término, vienen de Dios. Y del mismo modo que vigilamos para que el ladrón no desvalije nuestra casa, lo mismo debemos hacer si queremos que el Señor, al llegar, nos encuentre en vela. Esta actitud prudente, propia de quien se sabe siervo y no señor, brilló en santa Clara de manera eminente. Como abadesa del monasterio de san Damián, que san Francisco de Asís se lo entregó como sede para su orden, santa Clara vivió en la constante espera de Cristo, recordando lo que dice Jesús: «Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá». Santa Clara cuidó de sus hijas con la humildad propia del siervo. Las cuidó con ternura, atendía a las enfermas y las protegió de las ocasiones en que el monasterio podía ser invadido por musulmanes y enemigos de la ciudad.
La vigilancia no significaba para ella una fuente de incertidumbre, inquietud o miedo al juicio de Cristo. Era la vigilancia de la esposa que espera la venida del esposo con alegría desbordante. Esta alegría evangélica, junto a la oración y el trabajo, han sido las señas de identidad de las clarisas que se extendieron rápidamente por Europa como un signo de que el evangelio se actualizaba en estas comunidades nacientes. El centro de su vida es Cristo, verdadero tesoro capaz de llenar el corazón del hombre. La llamada «dama pobreza» situaba a Francisco y Clara en el camino de la perfecta imitación de quien no tuvo en la tierra sitio donde reclinar la cabeza. Y la alegría de vivir el evangelio expresa la profunda liberación del redimido que entiende la vida como dependencia del Señor y Criador de todo el universo. Si atendemos bien a lo que sucedió en santa Clara y en sus hijas, no es otra cosa que lo afirmado por Jesús en el evangelio de hoy: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino».

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

 

Por nuestro instinto de conservación y supervivencia, tendemos a acumular bienes pensando que de ello depende nuestra vida. La experiencia, sin embargo, nos dice lo contrario. La muerte no es aliada de nuestros bienes, y llega lo mismo a la casa del rico que a la del pobre. Los bienes nos aseguran una dolce vita o un nivel de bienestar, pero no nos aseguran la vida ni la inmortalidad. Las tumbas faraónicas son el mejor comentario a que la acumulación de bienes no prolonga la existencia ni satisface las expectativas de felicidad que el hombre lleva inscrito en su corazón.
Sabemos también que los bienes son ocasión de muchas divisiones y pleitos familiares. Precisamente el evangelio de hoy comienza con una interpelación que le hace a Jesús uno de sus oyentes: Maestro —le dice— dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Jesús, después de decirle que él no es juez para esos asuntos, afirma: «Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno ande sobrado la vida no depende de sus bienes». “Andar sobrado” es una expresión muy actual cuando queremos decir que alguien vive instalado en la altanería de sus riquezas o incluso en el orgullo de sí mismo por lo que cree ser y tener.
Para que entendamos el sentido de la codicia, Jesús cuenta la historia de un hombre que, ante un año de buena cosecha, decide tirar sus graneros y hacer otros más grandes que almacenen sus bienes. Y se dice a sí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come y bebe y date buena vida». Y concluye Jesús: «Necio, esta misma noche te van a exigir la vida y lo que has acumulado ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios». El contraste entre lo que el hombre piensa y lo que Dios depara es magnífico. La vida del hombre codicioso que se olvida de Dios es una necedad. ¿De quién será lo acumulado? ¿De qué servirá planear el futuro si el hombre no es dueño de su vida? En la catedral de Segovia está el cuadro del pintor flamenco Ignacio de Ries, conocido como el árbol de la vida. Los hombres banquetean en la copa de un árbol mientras el esqueleto de la muerte con su guadaña está a punto de cortarlo. Jesús toca una campana para advertir al hombre de su final trágico y en el ángulo superior izquierdo se leen estos versos: «Mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo; mira que te mira Dios, mira que te está mirando».
A veces este tipo de enseñanzas son tildadas de moralizantes, dando a esta expresión un matiz negativo. Es una forma de no querer mirar la verdad de frente, la verdad de la vida. Nadie negará, si es sabio, que no hay verdad más incontestable que la muerte y que la vida no depende de los bienes acumulados. La verdadera sabiduría, la que enseña Jesús, consiste en ser rico ante Dios y ponderar el fin que damos a nuestros bienes, que puede ser muy fecundo si les quitamos el valor absoluto que no tienen. ¡Cuánto podemos hacer en obras de caridad, en fundaciones benéficas, en atender a los pobres! ¡De cuántas esclavitudes podemos librar a hermanos nuestros que viven en pobrezas radicales, en miserias cuya sola existencia juzga el llamado estado de bienestar!
Jesús, a quien llamamos el Maestro, nos enseña la verdadera sabiduría. La verdadera riqueza es amasar bienes para Dios. Pero Dios no los necesita. Es el bien supremo, feliz en sí mismo. Es obvio que los bienes para el Señor son los bienes para nuestros hermanos. La riqueza alcanza así una finalidad social y fraterna de primera magnitud. Ya lo enseñaban los Padres al decir que sólo somos administradores de nuestros bienes, nunca señores absolutos. Seamos sabios. Es una cuestión de vida o muerte.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia

 

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